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Language:
Español
Stats:
Published:
2026-04-12
Completed:
2026-06-06
Words:
72,754
Chapters:
8/8
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5
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27
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569

Caminando entre amapolas.

Chapter 8: Octava parte: No pienso dejarte ir.

Notes:

(See the end of the chapter for notes.)

Chapter Text

La celebración, en efecto, inició tan pronto Stanley puso un pie en el área de entrenamiento.

No fue una sorpresa como tal, dado que todos pensaban que contaban con más tiempo para prepararlo todo, pero eso no les impidió actuar como si el militar no hubiera sospechado nada y estuviera más que aturdido por la situación. La verdad es que sí que lo estaba, pero por un motivo por completo diferente.

—Eso fue rápido —comentó Ryusui al acercarse a él en medio de los últimos preparativos para la celebración—. Estaba convencido de que se tomarían su tiempo, pero si lograron arreglar la situación, entonces me doy por satisfecho de que mi plan funcionara —dijo alegre con un sonoro chasquido de dedos.

—Ryusui, lo que hiciste no fue-…

—¡Ya me contarás luego! ¡Por ahora necesito ir a revisar algo! —dijo de inmediato y corrió hacia donde Senku instalaba algo junto con Chrome, dejando a Stanley con las palabras a medias a la vez que se abstenía de maldecir—. ¿Es que lo hace a propósito? —masculló contra sus manos.

—Ni lo pongas en duda —se unió de pronto una voz a su lado, aunque Stanley adivinó de quién se trataba.

—Entonces, ¿cuánto tiempo decías que debía esperar? —preguntó, mirando la expresión acomplejada de Sai, quien a su vez veía a su hermano revolotear de un lado a otro, entusiasmado con los preparativos, por demás minuciosos, junto a una sonrisa tan brillante que denotaba que no, no había conseguido deshacerse de sus sentimientos hacia el militar—. ¿Quieres decírselo ahora?

—¿Es una buena idea?

—Quizá no… —se encogió de hombros, sobre todo cuando vio como Ryusui tropezaba con unos cables y Tsukasa lo atrapaba justo a tiempo; el tipo daba la impresión de estar siempre detrás del Nanami, un pensamiento que Stanley compartía y que le fastidiaba de sobremanera hasta el punto de hacer rechinar sus dientes, lo que crispó al matemático—. O tal vez sí…

Sin responder a la duda de Sai, Stanley decidió que no quería contemplar por más tiempo el modo en que Tsukasa y Ryusui se sonreían entre sí a la vez que hablaban animadamente acerca de quién sabe qué y se fue de ahí, dejando al mayor de los Nanami solo, aunque no por mucho tiempo.

—Joven Sai, ¿tiene un minuto? —preguntó Xeno -quien todavía tenía el moño de regalo pegado en el cabello-, al acercarse a él en cuanto el militar se perdió entre la gente.


La tarde pasó en medio de charlas banales, risas aquí y allá y gente festejando con sinceridad el cumpleaños de uno de sus nuevos miembros, el cual en serio intentaba compartir la alegría del reino y, dado que nadie preguntaba nada respecto a su sonrisa tensa, Stanley daba por hecho que sus esfuerzos estaban dando frutos.

Pero había una persona en particular que no se estaba creyendo ese cuento suyo.

Ryusui miraba desde la distancia, preocupado. ¿Acaso no funcionó? ¿O es que lo habían rechazado de nuevo? Pero ellos dos habían estado hablando como siempre durante toda la fiesta, así que tampoco había tensiones de las cuales tomar nota y en parte eso ya era un alivio.

—Al menos no lo arruiné, pero está claro que no salió según lo previsto —dijo para sí, aunque su acompañante lo escuchó y no supo bien qué cara poner.

—¿Estás seguro de que eso era lo que Stanley quería? —preguntó Tsukasa, quien de pronto sentía un poco de pena por el militar. Ryusui podía ser terco cuando se lo proponía y eso quedaba en evidencia esa tarde.

—¿Y qué más si no? Además, Xeno no se ha quitado el moño, así que no creo que haya salido del todo mal. Tal vez me equivoqué y habría sido mejor hacer esto al final de la fiesta…

—Tengo mis dudas… —se rio el más alto, con una risa nerviosa.

—O podría preguntárselo directamente —sugirió y por instante parecía tan resuelto a ello que cualquier otro habría caído en el engaño de que ya no sentía nada por el Snyder, sin embargo, dado que el que estaba a su lado era Tsukasa, esa máscara cayó más rápido de lo que fue colocada y el capitán pronto se desanimó por más que trató de ocultarlo—. No, mejor no.

—Forzarte a ti mismo a olvidarte de este asunto será peor, ¿sabes?

—Para ti es fácil decirlo, a ti te fue bien —bufó con mohín que no duró mucho tiempo, pues el sólo hecho de ver a Stanley platicar y reír con Xeno era suficiente para que su corazón se oprimiera en su pecho. Su estúpido y necio corazón.

—De no haber sido por ti, seguramente no me habría ido tan bien —confesó y la sonrisa de gratitud hacia el rubio fue automática, lo que distrajo por un momento al otro de sus propios lamentos.

—Soy un genio en esto, ¿verdad? —se alabó con diversión antes de regresar su atención al militar—. Así que, no entiendo qué salió mal aquí. Debo pensarlo con cuidado, todavía estoy a tiempo de arreglar esto. Te veo después.

Y con eso se despidió. Estaba dispuesto a llegar hasta donde fuera posible con tal de recibir el golpe de realidad que al parecer necesitaba para dejarse de falsas esperanzas. No quería seguir albergando la ilusión de que tenía oportunidad. No quería estarse equivocado al interpretar las acciones del militar porque temía volver a desilusionarse. Dos veces habían sido suficientes. Ryusui comprendía que no soportaría una tercera vez.

Quizá, después de esta noche, emprendería el viaje que se había propuesto, alejándose así del reino por un tiempo. Apartándose de Stanley para ya no verlo, al menos no hasta estar seguro de que ya no sentía nada por él.

Tsukasa, por su parte, lo vio marcharse con un gran suspiro de por medio.

Agradecía que en esta ocasión Ryusui no hubiera salido herido a causa del militar, pero tampoco estaba del todo seguro de que esto fuese mejor. Después de todo, el hecho de fingir no ver la realidad estaba haciendo que el propio capitán se hiciera daño a sí mismo, viendo señales torcidas donde no las había o de plano pasando de largo de ellas.

Si se permitía que esto siguiese, al final, quién sabe qué consecuencias habría. Dudaba que fueran buenas.

Pero ¿qué podía hacer él para arreglarlo? Si iba y le decía a Ryusui la verdad, este lo tacharía de loco y no le haría caso, en el mejor de los casos. En el peor, pensaría que se está burlando de él y se alejaría, cosa que Tsukasa no quería. Apreciaba demasiado a ese excéntrico joven como para apartarlo de su lado.

Sin embargo, la situación comenzaba a ser lamentable a esas alturas.

—Este…

Y mientras pensaba en una manera de solucionar esta cadena de malentendidos, que no hacía más que alargarse conforme pasaban los días, una voz detrás de él, tímida en primera instancia, se hizo oír, por lo que atendió, curioso, al intuir de quién se trataba.

No se equivocó.

—Ah, Sai, ¿qué ocurre? —preguntó, suavizando su propia voz y expresión pues el chico todavía podía ponerse nervioso con gente con la que no estaba adaptado a tratar y, aunque a Tsukasa ya lo conocía, Sai todavía podía ser un poco vacilante al hablarle.

—Verás… Bueno, eres libre de decir que no si no quieres hacerlo, entiendo que quizá esto vaya contra tus principios, sobre todo porque involucra a Ryusui —la mención del joven hizo que toda su atención se volcara sobre el mayor de los Nanami, intimidándolo sin querer, no obstante, Sai prosiguió—. Pero en serio necesitamos tu ayuda.

—¿De qué se trata?

—Antes que nada, quiero aclarar que fue idea de Xeno —se apresuró, no quería tener conflictos con ese chico.

—Lo entiendo —asintió y entonces Sai se lo llevó a un sitio apartado del barullo de la fiesta para poder explicar mejor el descabellado plan.


La celebración terminó tras varias horas y, para cuando se dieron cuenta, ya era bien entrada la noche.

Todavía hubo un par de personas que se quedaron despiertas alrededor de la fogata que se había encendido en algún punto y Stanley estaba más que seguro que varios de sus soldados estarían ahí, buscándolo, pero él decidió que ya había tenido suficiente, así que, en el primer instante en que las miradas se apartaron de él, se marchó en medio de la penumbra del bosque, el cual atravesó para llegar a la zona de los dormitorios sin ser visto.

Fue un día largo y, aunque estaba agradecido por la fiesta, no podía decir que estuvo de humor todo el tiempo, en especial porque en ningún momento tuvo oportunidad de hablar con cierto marinero, así que, conforme fueron pasando las horas, su humor se fue agriando más y más hasta llegar a ese instante.

Así pues, con el fresco de la noche de septiembre, avanzó a paso lento hasta su habitación, decidido a meterse en la cama y no saber de nada más hasta el día siguiente donde, seguramente, seguiría con sus fútiles intentos de obtener algo de la atención de Ryusui, quizá apenas la suficiente para que el chico dejara de interrumpirlo y le permitiera por fin arreglar todo, sin apariciones de terceros tampoco.

Debía admitir que estaba un poco harto de esa comedia a la que la vida gustaba de empujarlo, sin embargo, a esas alturas, no se veía renunciando. Ya había soportado bastante para llegar al menos al punto donde el capitán del Perseo no huía de él y no iba a retroceder por una pizca de hastío.

Distraído por estos pensamientos, no alcanzó a notar que tres personas se ocultaban entre los arbustos con prisa, sin perderlo de vista hasta que se internó entre los pasillos de las cabañas individuales que fungían como dormitorios para los miembros del reino.

Stanley abrió la habitación, que nunca se molestaba en cerrar con llave, y encendió la luz con calma, la cual se esfumó con rapidez cuando en el interior del cuarto se escuchó un fuerte estruendo, lo que disipó cualquier rastro de cansancio en su cuerpo para pasar a la alerta en caso de tener que lidiar con algún intruso, sin embargo, en cuanto levantó la mirada para buscar al responsable del sonido, se paralizó en su sitio, incapaz de emitir un sonido cualquiera o de siquiera moverse más allá de entrar en el cuarto y cerrar la puerta antes de que alguien más pasara por ahí y viera lo mismo que él.

Era envidioso, había que ser honestos y, a pesar del shock, todavía conservaba el raciocinio necesario para saber que no quería compartir esa vista con nadie más.

Acostado en la cama, envuelto en un sedoso listón satinado de color rojo escarlata, estaba Nanami Ryusui, el cual, al igual que él, se congeló en el instante en que sus miradas se cruzaron. Ninguno de los dos puso atención al montón de cosas que el más joven había tirado de la mesa de noche en su intento por escapar, si es que su posición en la orilla de la cama decía algo. En realidad, Stanley estaba más concentrado en el hecho de que el joven, además del listón, sólo llevaba encima un par de bóxer negros y nada más, lo que hizo que Ryusui se encogiera en su lugar con una expresión que era la imagen perfecta de la frase: «trágame tierra».

Por si fuera poco, el joven estaba amordazado, así que no pudo excusarse y tampoco parecía tener intenciones de intentar balbucear nada al respecto, de hecho, todo lo que hizo fue dirigirle una mirada de disculpa y absoluta mortificación al mayor, quien todavía no podía reponerse de la impresión y pensaba que estaba soñando.

Sería un muy buen sueño, si es que era así.

Y temiendo que, en efecto, fuera de ese modo, Stanley, con duda, se acercó un paso al capitán quien, al notarlo, retrocedió en la cama, arrastrándose como mejor pudo hacerlo.

—Ryusui… —llamó Stanley, despacio, pues no quería poner más nervioso al Nanami de lo que de seguro ya lo estaba y cuando este lo miró con duda, pero sin alejarse más, el militar llevó su mano hasta la mordaza, que también era un bonito listón satinado, y lo retiró con cuidado.

—Juro que no sé qué pasó —dijo en primera instancia apenas verse libre—. Yo no planee nada de esto. De hecho, todo fue tan rápido que no sé ni quién fue, pero creo haber escuchado la voz de Xeno. ¿Quizá fue un desquite? Bueno, no puedo negar que me lo merezco, pero lo importante aquí es que yo no sé nada. De un momento a otro me vi arrastrado hasta este lugar por alguien y…

En lo que él se enfocaba en su propia diatriba en un intento por explicar por qué estaba en la habitación del militar, semidesnudo y envuelto de esa forma, Stanley se fijó en la nota que colgaba del moño que el más joven llevaba en la cabeza y la tomó sin que el otro lo notara, metido todavía en sus explicaciones.

La nota era un texto sencillo:

«Buena suerte.

Feliz cumpleaños.»

Reconocía la letra de Xeno aunque no estuviera firmada y, a pesar de que no ponía en duda que eso había sido idea de él -tal vez un poco llevado por la venganza también- no cabía duda tampoco de que el científico, por sí sólo, no habría podido con eso, así que tuvo ayuda, pero ya descubriría después quienes fueron los otros implicados.

Por ahora, lo importante.

—… así que, en serio lo lamento —prosiguió Ryusui, cuya retahíla de palabras se había perdido en el vacío para Stanley, quien se enfocó en el modo en que el rojo brillante contrastaba a la perfección con la piel bronceada del más joven tras horas de navegación en el mar profundo—. Esto debe ser incomodo, ¿cierto? —se rio, un sonido quebradizo que rayaba lo abochornado y el desespero—. Me iré de inmediato, lo prometo. Pero si pudieras ayudarme a desatarme al menos para que pueda caminar, yo…

—Ryusui —interrumpió, apoyando su rodilla en el borde de la cama y cuando se inclinó hacia el muchacho, sorprendido por la repentina cercanía, se aseguró de que éste lo mirara directo a los ojos antes de proseguir—, hablas demasiado.

Sin darle oportunidad a responder, e impaciente a más no poder, reclamó los labios ajenos en un beso lo bastante suave para no abrumar a Ryusui, pero lo suficientemente intenso para que éste no pudiera rechazarlo o apartarse de inmediato. Y ese beso sabía exactamente a lo que el militar siempre imaginó: era dulce, tal vez un poco mentolado y estaba más que seguro de poder saborear el vino afrutado que habían servido esa tarde, pero también sabía a victoria e incluso le daba la sensación de que era así como debió ser desde un inicio y no pudo sentirse más idiota por pensar en todo el tiempo que se perdió de eso.

Ahora que por fin lo tenía, no quería dejarlo ir. Estaba seguro de que ya no podría soltarlo después de esto por mucho que Ryusui se lo pidiera. No quería que se alejara, no quería romper con ese contacto nunca y Stanley se encargó de esto al sujetar el rostro ajeno con una mano, sin embargo, dicho gesto fue una medida innecesaria desde que el Nanami, incrédulo, se quedó paralizado en su lugar, casi sin respirar, hasta que por fin el mayor, necesitado, a su pesar, de aire, se separó, sin arrepentimientos por sus acciones, pero dispuesto a fingir estarlo si eso ayudaba a que Ryusui saliera de su estado de shock.

—P-pero… Xeno…

—Acabo de besarte, ¿y es él en quien piensas primero? —alegó con el ceño ligeramente fruncido y no estaba seguro si era por el hecho de que seguían dándole vueltas a lo mismo o si era porque Ryusui estaba pensando en alguien más.

—Es que…

—Escucha —ordenó, sujetando su rostro ahora con ambas manos para asegurarse de que el otro no perdiera detalle de sus palabras—. Lo que dije esa vez, fue una mentira, ¿entiendes? Estabas dispuesto a ir hasta las últimas consecuencias con tu confesión y yo tenía que encontrar el modo de evitarlo, así que eso fue lo primero en lo que pensé y es cierto que en algún momento tuve sentimientos por Xeno, pero ya no más. He estado todos estos meses detrás de ti como un vil idiota, ¿y en serio no pudiste darte cuenta por ti mismo de que lo que dije ese día fue una patética excusa?

Ser capaz de confesar esto después de un largo tiempo se sentía tan relajante que Stanley temía que las piernas le fallaban, por suerte estaba hincado en la cama, justo por encima de Ryusui, de lo contrario, habría caído víctima del agotamiento mental que estuvo soportando durante meses.

—Pero si eso es cierto, ¿entonces por qué me rechazaste? —objetó, casi suplicó por una respuesta y esos ojos relucientes, desesperados por una respuesta que pudiera darle paz, hizo que la respiración del militar se cortara por la culpa que sentía.

—Porque… —dudó. No quería hablar de sus pesadillas ni de sus arrepentimientos, no por una cuestión de orgullo, sino porque no estaba preparado todavía para decirlo en voz alta sin temblar al recordar cada una de sus acciones, pero en cuanto cruzó miradas de nuevo con el más joven, quien continuaba implorando por la verdad, una que le dijera que no estaba soñando, comprendió que estaba perdido y que haría cualquier cosa que ese joven le pidiera, quisiera o no—. Porque tenía miedo.

—¿Miedo? ¿De qué podrías tener-…?

—¡Por el amor de Dios, Ryusui! ¡Prácticamente te maté en Sudamérica! ¡A ti y a todos los demás! ¿Tienes alguna idea de cuántas veces soñé con eso desde que desperté de la petrificación? ¡Han sido tantas veces que ya he perdido la cuenta y cada noche se vuelve peor! —espetó y, a pesar de que su cabeza le gritaba que no tenía derecho, después de todo, de tocar a ese joven, cada fibra de su cuerpo le rogaba porque lo abrazara, así que, arrastrado por sus deseos reprimidos, se arrojó sobre Ryusui para estrecharlo entre sus brazos con la suficiente fuerza para no lastimarlo, casi temblando en el intento, temeroso de que sus pesadillas hicieran de las suyas y convirtieran ese sueño en un nuevo martirio—. Cuando te acercaste y me dijiste eso, yo sólo podía pensar en que no lo merecía y en que estabas loco por sentirte de ese modo respecto a mí. De hecho, todavía lo pienso, pero si me dices ahora que no quieres estar conmigo, creo que me volvería loco. Estoy más que seguro de que no podría soltarte, mucho menos cuando por fin puedo tenerte.

»¿Tienes idea de lo que es lidiar con esta contradicción? Deseaba con mi alma abrazarte y hacerte mío tanto como quisiera y, a la vez, tengo este temor constante de que en cualquier momento pueda lastimarte de nuevo y me paralizo y no sé qué más hacer, así que… Pensé que estarías mejor lejos de mí.

El silencio cayó sobre ellos como un manto pesado del que no supieron cómo librarse por un buen rato en el que Stanley, a pesar de todo, se rehusó a separarse de Ryusui. Si el joven en serio se lo pedía, no prometía lograrlo, pero intentaría alejarse de él, a pesar de que, tal y como dijo, seguramente acabaría volviéndose loco, por lo que tendría que irse a otro país con tal de no cometer una locura… O eso era lo que se decía, sin embargo, la verdad era que, bien lo sabía, eso terminaría de una manera muy distinta y una vez más sintió temor por la posibilidad de herir a Ryusui incluso si no quería hacerlo.

Había anhelado durante tanto tiempo a ese joven que la sola idea de alejarse le revolvía las entrañas y admitía que era una auténtica escoria por pensar así, pero poco le importaba a esas alturas.

Así que, incluso si Ryusui lo rechazaba en ese instante, él no se quedaría quieto.

Con ese pensamiento, sin darse cuenta, aumentó la presión en su abrazo en el que todavía mantenía prisionero al más joven y se quedó así, disfrutando del calor ajeno hasta que Ryusui se animó a hablar.

—¿Todavía piensas eso?

—¿Qué cosa? —inquirió contra su hombro, haciendo que el otro temblara apenas, lo que lo hizo sonreír.

—Acerca de que estoy mejor lejos de ti…

—Sí —admitió con una risa entre dientes—. Si pudieras leer mi mente justo ahora, creo que pensarías lo mismo.

—¿Estás seguro de ello?

—¿Quieres comprobarlo?

—Tal vez… —y ante eso, Stanley se separó apenas lo suficiente para verlo a los ojos, aunque Ryusui se encargó de que eso no fuera posible al voltear el rostro con el inicio de un rubor coloreando sus mejillas—. ¿No acabas de decirlo tú mismo? Incluso si no lo crees, estoy consciente de lo que hiciste en Sudamérica, lo estoy más de lo que crees. Y, aun así… —un toque gentil en su mejilla lo hizo voltear y su mirada quedó capturada por la del otro en ese instante.

—¿No tienes miedo?

—¿Lo volverías a hacer? —preguntó en cambio, tensando a Stanley—. Si Xeno te lo pidiera, ¿volverías a atacarnos como lo hiciste?

—No —respondió sin titubear, sorprendiéndose a sí mismo de paso por la rapidez con la que lo dijo y aún más por la convicción en su propia negativa—. No podría hacer eso otra vez.

—¿Por qué?

—Porque tú estarías con ellos, ¿no es así? Justo como esa vez… —sus brazos volvieron a aferrarse al capitán, ansiosos, cumpliendo con sus deseos egoístas de no querer dejar ir a ese terco y brillante joven nunca más—. No soportaría que me mirases así de nuevo. ¿Tienes idea de cuántas veces he visto esa mirada tuya en mis pesadillas?

«Ah, esa vez…» pensó Ryusui.

La verdad era que, entre todo el desastre que fue aquella noche, sus recuerdos eran borrosos, pero ya que Stanley lo mencionaba, sí, recordaba vagamente haberlo visto esa vez, escondido entre los árboles. Quedó en claro desde un inicio que nunca tuvieron oportunidad, pero el militar todavía se tomó la molestia de tomar sus precauciones y Ryusui lo descubrió, en realidad, estaba casi seguro de que lo notó mucho antes de que Stanley se percatara de su presencia. Pudo herirlo, tenía el arma y su puntería no era tan mala. En serio que pudo hacerlo, pero, al contrario del Snyder, él no tenía esa sangre fría que se necesitaba para llevar a cabo semejante acción, así que vaciló y ese fue su mayor error.

Cuando sintió el primer impacto, todo lo que pudo hacer fue pensar en los miembros del reino que quedaban y que serían masacrados por culpa de su cobardía, pero, sobre todo, asegurarse de que Stanley supiera que Ryusui no tenía miedo. Jamás lo tuvo. Confiaba en los suyos, así que, incluso con el destino desastroso que cayó sobre ellos esa noche al otro lado del mundo, Ryusui todavía se mantuvo firme hasta el último segundo.

Y después de esa noche… ¿pesadillas? No, no fue así. Estaba más que seguro de que el más afectado en ese aspecto fue Gen debido a que él presenció en primer plano el deceso tanto de Taiju como suyo, pero Ryusui, quien lo vivió en carne propia, no podía decir que tuvo un daño colateral tras ese evento. No estaba muy seguro sobre si eso era normal o no, sin embargo, dado que no hubo un trauma al respecto, ¿por qué tendría que cambiar a esas alturas?

Así pues, con sus manos todavía atadas, sostuvo como pudo el rostro del militar que lo escrudiñaba con dudas, buscando algún rastro de miedo o de mentira en su expresión; Ryusui detectó también una pizca de temor por estar siendo engañado, no obstante, estuvo claro que no encontró nada de eso cuando, al sentir los dedos ajenos tocarlo, su rostro cambió a uno que todavía cargaba con un profundo remordimiento y estaba al borde de desmoronarse.

—No tuve miedo antes. No tengo miedo ahora. Mucho menos cuando me dices con esa honestidad que no volverías a herirnos. ¿No es eso suficiente para ambos? —dijo y una preciosa sonrisa se dibujó en sus labios, un gesto exclusivo para Stanley, quien contemplaba por primera vez esa expresión en el más joven y decidió en ese mismo instante que no permitiría que nadie más la viera ni mucho menos que alguien más la tuviera.

Con esa resolución invadiendo cada parte de su ser, Stanley volvió a esconderse en el hombro del otro, abrazándolo con urgencia a la vez que permitía que cada sentimiento reprimido saliera por fin, derramándose sobre Ryusui, quien, gustoso, lo recibió.

Y mientras Ryusui se quedaba ahí, relajándose en el calor que lo envolvía y casi olvidando la situación en la que se encontraba, Stanley, de un momento a otro, se concentró más en la textura sobre sus manos, la piel cálida, los músculos que se relajaban bajo su toque, la esencia de la sal de mar combinada con el viento del bosque, aromas que gritaban a todo volumen la naturaleza esquiva del contrario, pasajera, indomable, imposible de retener y eso, aunque encantaba a Stanley, también lo desquiciaba, porque él adoraba esa libertad que exudaba el más joven así como la detestaba, ya que el militar deseaba tanto mantenerlo a su lado justo como lo estaba ahora, amarrado, a su merced y tan suyo tanto como él quisiera.

Fue así como, antes de darse cuenta, cedió ante el impulso que arremetió contra él con la fuerza de un huracán.

Sus dientes se encajaron en la piel de Ryusui, dejando la marca de una mordida en el hombro ajeno de forma evidente, imposible de no verla a menos que se cubriera y el pensamiento lo puso de buen humor.

Ryusui se exaltó y se removió debajo del mayor sin tener la más mínima idea de qué hacer o cómo reaccionar ante lo repentino del acto.

—¿S-Stanley? Espera, ¿qué haces…? —e inútilmente trató de empujarlo con ambas manos y fue ahí que cayó en cuenta de nuevo del embrollo en el que estaba metido, acrecentando el sentimiento de vergüenza que había quedado rezagado minutos atrás.

—¿Qué acaso no es obvio? —dijo con una sonrisa maliciosa de por medio—. A veces en serio dudo de que tengas tanta experiencia como dicen.

—No… Es decir… Sí, lo entiendo, pero ¿ahora? ¿No es un poco pronto? —intentó disuadirlo a la vez que buscaba el modo de escabullirse. No es que en serio no quisiera, era más bien que su corazón no estaba preparado para afrontar esto y sentía que si se quedaba más tiempo en esa posición tan peligrosa acabaría sucumbiendo al bochorno que lo embargaba sin piedad.

—No, no lo es —respondió el militar, deteniendo su intento de escape al sujetar sus manos envueltas en el brillante listón rojo por encima de su cabeza, logrando así que el torso musculado de Ryusui quedara al expuesto, cubierto sólo por el satín sedoso del listón.

¿Quién y cómo lo envolvieron? Stanley no estaba del todo seguro sobre si quería agradecerle a la persona en cuestión o si, por el contrario, quería matarla por haberle puesto las manos encima al chico. Al final decidió que mientras no haya sido Tsukasa, estaba bien, además, lo tenía ahora para sí, ¿no?

Y mientras Stanley se tomaba su tiempo para observarlo de pies a cabeza una y otra vez, Ryusui más se encogía en su sitio, tratando en balde de ocultarse. No es que fuera ajeno a ese tipo de juegos, pero… bueno, esto se sentía demasiado diferente desde que era el militar quien estaba con él y, sobre todo, desde que había sentimientos implicados. Ese par de cuestiones eran nuevas y el capitán de pronto se sentía como la persona menos experimentada posible, lo que lo estaba matando de vergüenza.

Ryusui estaba tan concentrado en esto, que se olvidó de cierto detalle que no se suponía que Stanley debía ver en su cuerpo.

—Esto… ¿lo hice yo? —inquirió el mayor, tocando con delicadeza el pecho de Ryusui cual si fuera de cristal; el Nanami se estremeció, pero no por el toque en sí, sino porque recordó la marca que tenía ahí.

Se trataba de una profunda cicatriz que ni medusa pudo borrar. No era una huella de la petrificación como la que tuvo en su mano por bastante tiempo, sino que ésta lucía como lo que era, una mancha en la piel causada por una herida de gravedad que se había negado a marcharse.

Ryusui no respondió. No tenía nada que decir al respecto. Le hubiera gustado que Stanley no la viera nunca, mucho menos después de que confesara haber sufrido de pesadillas a causa de la batalla que desató, pero, tal parecía, eso iba a pasar tarde o temprano.

—Es sólo una parte más de nuestra extraña costumbre —se encogió de hombros con una sonrisa tímida cuya intención era disipar la tensión repentina, sin embargo, lejos de eso, este gesto suyo desconcertó al militar.

—¿Qué costumbre? —inquirió, frunciendo el ceño con extrañeza.

—Ah, ¿tú tampoco lo sabías? No es que hablemos mucho de ello, así que supongo que es normal que no te hayas enterado antes, pero en este reino tenemos una peculiar cadena de víctima y victimario que fue inaugurada por Tsukasa y Senku.

—No lo entiendo —respondió aun más confundido. ¿Y por qué demonios tenía que salir a relucir el nombre de Tsukasa en esa situación? Stanley pronto sacudió la cabeza para despejarse de ese pensamiento. Se estaba volviendo irracional.

—Tsukasa intentó matar a Senku; Hyoga intentó matar a Tsukasa; Senku intentó matarlos a ambos… Luego ustedes intentaron matarnos a nosotros… Y ahora somos todos aliados del mismo reino. No es un tema de conversación muy común, ¿no crees?

Stanley se tomó un momento para asimilar la información, sin tener la menor idea de cómo reaccionar o qué decir y, a juzgar por la mirada comprensiva de Ryusui, no era el primero en enterarse de esto ni el último en entrar en duda respecto a la cordura de todos en ese grupo.

—¿Exactamente… qué es lo que tienen en la cabeza?

—Eres el único hasta ahora que no ha hecho escándalo por eso —se rio el más joven y si alguien lo viera así, pensaría que su historia no fue más que una mala broma del momento, pero Stanley, quien conocía parte de los inicios de ese reino, podía intuir que no era mentira y, una vez más, no tenía idea de cómo tomarlo, aunque al menos eso explicaba porque Ryusui no se cuestionó su propia salud mental cuando descubrió que estaba enamorado de él.

—¿Todo saben de esto?

—No sé si alguien se lo haya dicho ya a Xeno.

Algo le decía a Stanley que sí.

Un largo suspiro escapó de los labios del militar, quien se desplomó sobre el más joven, con su cabeza apoyada en el pecho de éste, sintiendo la respiración de Ryusui debajo de él, así como el golpeteo errático de su corazón, lo que, pese a todo, lo hizo sonreír.

No estaba seguro sobre si debería preocuparse de la cordura de todos ahí o si debería agradecer haber caído en un sitio como ese. Demasiada gracia divina, si se lo preguntaban, pero no se iba a poner quisquilloso a esas alturas.

En vez de eso, Stanley volvió a mirar la cicatriz en medio del pecho de Ryusui, una marca que no debería estar ahí. Ryusui, a sus ojos, era la encarnación misma del sol, un sol resplandeciente, alegre y el hecho de que tuviera rastros de una dolorosa herida como esa le oprimía el corazón y deseaba tanto volver en el tiempo y darse un tiro a sí mismo por haberse atrevido a lastimar a ese sol imperioso.

A su sol.

Con ese pensamiento, Stanley dejó un rastro de besos delicados sobre la marca, como si con eso pudiera curarla o pidiera perdón. Estaba seguro de que Ryusui lo entendería y eso sólo lo animó a continuar, además de los lindos suspiros que el otro dejó escapar ante su tacto.

Justo cuando Stanley se acercaba para besarlo, Ryusui volteó el rostro, todavía sin poder asimilar la situación actual, mas esto no desanimó al militar quien dejó un camino de besos que bajaban desde la mejilla del joven hasta la mandíbula y de ahí al cuello y los hombros, donde se encargó de besar con suavidad encima de la marca de mordida que le había dejado antes, haciendo que Ryusui temblara al contener un jadeo, sobre todo cuando Stanley volvió a morderlo, esta vez en el cuello y Ryusui se preguntó cómo haría para tapar la marca después.

—E-espera, Stanley, sólo dame un minuto…

—No quiero —rezongó desde su posición, en el hueco que quedaba entre el cuello y el hombro del más joven, donde hundió el rostro, sin cansarse de ese aroma a libertad que el otro poseía—. Ya me hiciste esperar bastante.

—¡No es como si hubiera querido hacerlo! —espetó con un mohín de por medio, a lo que el mayor se rio a la vez que se erguía sobre sus brazos.

—¿Entonces habrías accedido de inmediato si te hubiera correspondido esa vez?

Y ahí Ryusui tuvo que detenerse otro segundo al notar que había cavado su propia tumba sin darse cuenta.

—Eh…

Llevado ahora por un impulso nacido de la ternura debido a la expresión del otro, Stanley lo estrechó entre sus brazos, acunándolo de forma protectora en éstos como había querido hacer tantas otras veces. Se aseguraría de ser el único que pudiera hacer eso con él de ahora en adelante, sin importar a cuántos tuviera que amenazar para tener el derecho exclusivo de ser sólo él y nadie más quien pudiera sostener a ese imperioso joven de esa manera.

—Ya me arrepentía antes de haberle dado tantas vueltas a esto, ahora lo hago más por pensar en todo el tiempo que desperdicié —murmuró contra la clavícula del otro.

—¿En qué sentido dices eso…? —preguntó, aunque pronto deseó no haberlo hecho cuando el militar se levantó y con una feroz, así como encantadora sonrisa, añadió:

—¿Tú en qué «sentido» crees que dije eso? —inquirió, inclinándose sobre él otra vez, más cerca de su rostro.

—Siento… que no debí decir eso… —se lamentó, pero en esta ocasión, cuando intentó evitar la intensa mirada del otro, éste no se lo permitió y sostuvo su mentón con la mano libre, pues la otra todavía mantenía prisioneras las muñecas del rubio.

—Vamos a recuperar el tiempo perdido, entonces.

Y con eso, interrumpiendo la protesta de Ryusui, Stanley se arrojó sobre él, atrapando los labios ajenos en un beso más intenso que el primero, el cual se encargó de profundizar cuando, al morder el labio inferior del capitán, este no pudo reprimir un jadeo de sorpresa, permitiendo que el militar deslizara su lengua dentro y reclamara cada rincón de ese cálido sitio como suyo, robando todos los suspiros y dulces sonidos que el otro pudiera emitir, sin dejar escapar ni uno solo.

Con Ryusui distraído, Stanley se aventuró con sus caricias, pasando su mano libre por cada espacio de piel al que tuviera acceso, ansioso por tocar cada centímetro de ese joven, por marcarlo como suyo así como estaba haciendo con su boca.

En medio de este sentimiento creciente de posesividad, la mano libre de Stanley llegó al punto más bajo, el cual comenzaba a despertar y esto lo hizo sonreír en medio del beso, del que se vio obligado a separarse cuando Ryusui, aturdido por la sensación que lo tomó desprevenido, se apartó con un jadeo entrecortado que se encargó de ahogar al morderse los labios, un gesto que agradó al militar más de lo que hubiera pensado.

—S-Stan… —exhaló, sin poder hacer otra cosa además de retorcerse e intentar cerrarle el acceso al mayor al juntar las piernas tanto como pudo, pero esto sólo hizo que la mano ajena quedara presionada ahí y el militar no iba a desperdiciar esa oportunidad.

—Ese sonido me gustó, hazlo de nuevo —sonrió a la vez que su mano se encargaba de brindar otra caricia al miembro de Ryusui, quien se sacudió sin poderlo evitar. El hecho de que sus manos y pies estuvieran atados, limitando su movilidad, de algún modo lo volvían más consciente de todo lo que lo tocara, desde la cinta sedosa que recorría su cuerpo y se apretaba a su alrededor con cada movimiento, hasta los hábiles dedos de Stanley, que se abrieron paso dentro de la única prenda que llevaba encima.

—Dejando eso de lado… —se esforzó en hablar, a pesar de que las caricias aumentaban su ritmo—. ¿L-lo has hecho… con un hombre antes?

—Ya que lo mencionas, no —y entrecerrando los ojos a la vez que su mano se cerraba alrededor del miembro ajeno, arrancando un grito ahogado de Ryusui cuando presionó la punta con el pulgar, preguntó con voz ronca—: ¿Tú sí?

—¿Por qué siento que no es buena idea responder a eso…? —titubeó el más joven con una sonrisa nerviosa.

—¿Cuántos? —inquirió el militar, continuando con las caricias, pero más despacio esta vez, impacientando al capitán.

—Algo me dice… que tampoco debo responder a eso…

Y justo cuando Stanley se planteaba sonsacarle una lista de nombres para hacer visitas de control después, tuvo la necesidad de hacer una tercera pregunta que podría decidir el destino de esos hombres.

—¿Alguno de ellos te tuvo así antes?

—¿A-así? —dudó y cuando Stanley volvió a dar un apretón a su miembro, Ryusui comprendió el sentido de la pregunta con un estremecimiento que lo recorrió de arriba abajo—. N-no…

—¿Nadie? —insistió con sospecha.

—No, nadie —negó, aliviado cuando le fue permitido tener un respiro de las caricias restrictivas del otro.

—Bien. Entonces, yo soy el primero —dijo, más como una afirmación y otro tanto como una orden que Ryusui apenas si alcanzó a registrar cuando se vio despojado del único rastro de ropa que portaba—. En ese caso, me aseguraré de ser el único. Así que, incluso si te aburres o te quieres ir, no te dejaré, ¿lo entiendes?

—E-espera, estoy un poco perdido…

—Está bien, me encargaré de que lo entiendas pronto —desatando la cinta que amarraba sus pies, se acomodó entre sus piernas para que no pudiera cerrarlas de nuevo—. Pero por si acaso te lo diré —y tras arrojar fuera de la cama un bote de loción que a saber en qué momento agarró, su mano volvió a bajar—. De aquí en adelante, seré el único que puede tocarte así.

Ryusui no tuvo oportunidad de responder cuando el primer digito se introdujo despacio en él, tensando cada musculo de su cuerpo debido a la intromisión inesperada que se abría paso en su interior.

No tenía nada a qué aferrarse más que a sí mismo y los escasos pensamientos racionales que quedaban en él y le daban vueltas al asunto, sin poder creerse todavía que eso, en serio, estaba pasando.

Pero más importante aún, ¡Ryusui ni siquiera sabía si podría soportar eso más tiempo! Estaba claro que el capitán del Perseo estaba lejos de ser una persona tímida, no obstante, por primera vez en su vida, se sentía tan vulnerable y expuesto, que estaba al borde de una explosión interna como eso siguiera así, sobre todo ahora que debía asimilar que iba a ser el de abajo.

—Espera, Stanley, sólo dame un segundo… —comenzó a la vez que hacía el intento por alejarse otra vez—. P-puedo hacerlo por mi cuenta, así que…

—No quiero —alegó, volviendo a tumbarlo en la cama—. ¿Tienes alguna idea de todo lo que me he estado conteniendo por tocarte desde hace tiempo?

—P-pero…

En ese instante, Stanley lo calló al besarlo de nuevo y esta vez Ryusui no rehuyó del contacto, sino que lo recibió como si fuera lo normal y porque, debía ser honesto, él también había anhelado tanto el día en que pudiera hacer algo como eso con el militar que no iba a seguir evitándolo.

Apenas Stanley se separó para trazar con sus labios un camino hasta la oreja del más joven, un segundo dedo se abrió paso junto al primero y Ryusui esta vez no pudo evitar que su voz saliera temblorosa y vergonzosa a su vez.

—¿O acaso lo estoy haciendo mal? —y cuando estuvo seguro de que Ryusui se aferraba a las almohadas con ambas manos, lo soltó, dedicándose así a brindar más caricias a la piel ardiente del otro—. Aquí hay un punto que debería sentirse bien, ¿no? ¿Dónde es? ¿Más profundo?

—P-por eso te digo que… —de pronto, cortando sus palabras, una sensación placentera lo recorrió cual corriente eléctrica, paralizándolo a la vez que, sin darse cuenta, sus caderas se movieron en busca de más—…  S-Stan… ¡Ah!

Algo ahí se sentía inesperadamente bien.

—¿Es aquí? —preguntó todavía contra su oreja, besándola a la vez que se apresuraba en acariciar el mismo punto con evidente interés por la expresión de Ryusui, quien no pudo contener el resto de los sonidos que escaparon de su garganta por más que se esforzara, fascinando a Stanley más y más, cuyo deseo por descubrir otras reacciones en ese chico aumentó con creces—. Sí, es aquí.

Y contra toda expectativa, Ryusui se rio, un sonido suave y encantador que reverberó desde su pecho, atrayendo a Stanley cual girasol en busca de la luz cálida del sol que era la sonrisa de ese joven.

A pesar del montón de sonidos encantadores que el capitán dejaba salir para él, ese sería el único que siempre lograría capturar por completo la atención del militar, el único capaz de hacerle mirar sin cansarse nunca de aquella dulce expresión que el otro tenía.

—Así que eres de los que les gusta hablar… Nunca lo habría imaginado —comentó, sin borrar la preciosa sonrisa que tenía pintada en el rostro, acompañada de un suave rubor en sus mejillas y los ojos brillantes, haciendo temblar a Stanley quien en ese mismo instante decidía que aquel sentimiento alojado de manera inamovible en su interior rozaba lo doloroso.

Le gustara o no, quería tanto a ese joven que el sentimiento se desbordaba y era desesperante el hecho de querer abrazarlo por completo y no ser capaz de hacerlo.

Fue así como, llevado por esta urgencia, se arrojó para lo que había declarado su nueva adicción: reclamar los labios del más joven en un beso fogoso y suave a la vez. Quería sentir tanto esos labios, probarlos como era debido, no sólo guiado por la urgencia de tomarlo tan pronto como pudiera y tanto como quisiera, si no grabar cada sensación en su cabeza una y otra vez hasta que le fuera imposible de olvidar y cuando Ryusui volvió a corresponderle con el mismo deseo, Stanley lo sostuvo tan cerca de su cuerpo como fuera capaz.

Y mientras los besos continuaban, robándole el aliento sin consideración, Ryusui pudo sentir de cerca la impaciencia del militar golpear contra su muslo, así como la forma en que las manos del otro se aferraban a su cintura y cadera o recorrían su torso, delineando sus músculos con una lentitud que lo enloquecía antes de volver a sostenerlo con fuerza de los costados a la vez que lo alzaban y acercaban al miembro endurecido del militar.

Era fácil notar que Stanley no podría aguantar más tiempo… ni él tampoco.

Rompiendo el beso con algo de reticencia por parte del mayor, cosa que lo hizo reír, Ryusui realizó un gesto hacia sus manos todavía presas del listón satinado a la vez que se abrazaba a la cadera del militar con ayuda de sus piernas, presionándolo contra él y arrancando un suspiro al hombre que lo miraba con un deseo imposible de ocultar.

—Quiero tocarte… —dijo contra sus labios, de los cuales no se separó por completo, enviando un escalofrío al cuerpo de Stanley.

Haciendo caso a la petición, Stanley no tardó en liberar el nudo del listón y, apenas verse libre, Ryusui lo rodeó con sus brazos, atrayéndolo así a otro beso del cual él tomó las riendas; el militar debía admitir que podría pasarse la vida de esa forma y cuando las manos ajenas se escurrieron debajo de su ropa, desabotonando la camisa que llevaba para dejarlos a ambos en igualdad de condiciones, Stanley se desbordó por fin hacia el límite de su propia paciencia.

—Ryusui… —jadeó sin poderlo reprimir cuando las manos del Nanami bajaron hasta su entrepierna, rozando el miembro erecto con la punta de los dedos.

—¿Mmh? —murmuró contra los labios del militar, con una sonrisa que, de nuevo, Stanley no había visto antes, pero que captó de inmediato.

—Pequeño provocador —masculló, aunque sin una pizca de molestia, si no que le regresó la sonrisa y cuando el más joven lo atrajo hacia otro beso a la vez que se deshacía del cinturón en sus pantalones, Stanley levantó una de las piernas de Ryusui sobre su hombro y ya sin reprimirse, dejó una mordida en esta.

—¿Planeas hacer eso toda la noche? —preguntó el más joven, divertido, sin embargo, por las acciones del otro.

—Ni lo pongas en duda.

Y en el instante en que juntaba de nuevo sus labios, decidiendo que adoraba robar cada suspiro de ese joven, Stanley se preparó, sosteniendo de cerca a Ryusui cuando inició con el recorrido dentro de él.

—Stanley… —jadeó el Nanami, aferrado a su espalda a la vez que trataba de controlar su respiración para relajarse lo más que pudiera.

—Sólo un poco más —susurró y, antes de darse cuenta, mordió de nuevo el hombro de Ryusui cuando estuvo dentro por completo. Se sentía tan bien que podría derretirse ahí mismo por el placer de tener a ese joven con él.

Ryusui se rio y acarició los cabellos revueltos de Stanley cuando sintió los dientes ajenos encajarse en su piel.

—Ahora no tengo dudas de que harás eso cada que puedas.

Stanley sonrió contra su cuerpo tras besar la nueva marca.

—Eres mío ahora, necesito pruebas de ello.

Ryusui dejó escapar una nueva carcajada antes de que sus labios fueran sellados de nuevo al tiempo que el mayor empujaba contra él, arrancándole el primer gemido que Stanley se encargó de beber como si tuviera entre sus manos el más dulce de los vinos, un sonido tan embriagante que lo incitaba a ir tan profundo como pudiera con tal de obtener más de estos y, para gran regocijo suyo, los obtuvo.

Pronto la habitación se llenó de más suspiros y gemidos entrecortados que rebotaron en las paredes durante gran parte de la noche hasta que, en algún punto que ninguno de los dos ocupantes del cuarto sabría identificar, se detuvieron para dar paso a un sueño tranquilo, sin pesadillas esta vez, sólo el silencio y el calor del otro entre sus brazos.


Cuando la mañana llegó, Ryusui se encontró de frente con un par de orbes ambarinos que lo miraban con, ahora lo sabía, una adoración tal, que se sintió cohibido a primera hora del día y eso que la noche anterior habían hecho todo tipo de cosas que justo ahora no quería recordar o explotaría por sobrecalentamiento.

—¿Estás bien? —preguntó Stanley, apartando un mechón de cabello rebelde del rostro ajeno.

—Sí —asintió, incapaz de sostenerle la mirada al militar.

—No estás soñando, si es lo que piensas —dijo al notar la duda todavía en los ojos dorados—. Yo también lo pensé.

—Lo lamento por eso —se disculpó apenado.

No iba a confesar ahora que ya tenía sospechas desde antes, pues seguramente Stanley se molestaría, pero siendo justos, tampoco es como si el militar le hubiera dejado las cosas fáciles antes de eso, así que quizá podía tomar eso como que estaban a mano.

—Ahora ya da lo mismo —lo tranquilizó al atraerlo hacia sí para estrecharlo en sus brazos—. Por ahora, lo que más me urge es pedirte algo.

—¿Qué es? —inquirió, levantando la cabeza para verlo, aunque Stanley se mantuvo firme en sus observaciones a la pared de enfrente, evitándolo, lo que ocasionó que Ryusui se inquietara por un segundo.

—¿Podrías… alejarte un poco de Tsukasa?

Listo lo dijo.

Desde que despertó le había dado vueltas al asunto porque no quería arruinar las cosas apenas comenzar, sin embargo, decidió que no podía con la idea de que Ryusui siguiera rondando cerca de alguien que había demostrado tener un cariño bastante peculiar, desde su perspectiva, hacia él.

Y tal y como temía, Ryusui se alejó rápido de su lado con una mirada de consternación pura que no fue capaz de sostener.

—Pero ¿por qué? Creí que había quedado claro que no pasaba nada entre él y yo.

—Sí, sé eso ahora. Pero no puedo estar seguro de que ese tipo lo entienda.

—Oh, no —suspiró Ryusui, desplomándose en la cama con el rostro enterrado entre los cojines. No se escuchaba molesto o algo parecido, más bien cansado, por lo que Stanley se permitió un poco de alivio al comprobar que no había arruinado nada, sin embargo, todavía quedaba la curiosidad por la reacción del capitán, el cual, todavía en su escondite, refunfuñó—: ¿Por qué todos piensan que Tsukasa siente algo por mí?

—Lo escuché confesarse una noche que se quedó en tu casa —admitió y entonces Ryusui se incorporó de golpe, alarmado por sus palabras.

—¡¿No escuchaste?!

—Pasaba por ahí porque Xeno me pidió que te entregara algo, no estaba espiando ni nada.

—No, pero más importante, ¿le dijiste a alguien?

—¿No? ¿Por qué reaccionas así? —alegó, pues la sensación de que se estaba perdiendo de un dato importante comenzaba a fastidiarlo.

—Bueno, a estas alturas ya da igual, puesto que Tsukasa ya se lo dijo, pero en ese momento habría sido muy malo… —murmuró para sí, perdido de repente en sus pensamientos, lo que no estaba ayudando nada a disipar la curiosidad de Stanley.

—¿Malentendí algo?

—Todos han malentendido las cosas desde el inicio —bufó tras un rato, frotándose el rostro con exasperación antes de volverse hacia Stanley, atrapando la mirada del otro para asegurarse de que lo estaba escuchando con atención—. Tsukasa ha estado enamorado de Senku desde hace años. Lo que oíste esa noche fue a Tsukasa desahogándose conmigo porque, al parecer, Senku, al igual que todos, pensó que nosotros estábamos saliendo y cuando Tsukasa fue y le insinuó sus sentimientos, ¡el tipo explotó! ¿Puedes creerlo? Jamás he visto a Senku molesto y no quiero descubrirlo, la verdad. Es decir, me hizo feliz saber que Senku es leal a sus amigos y que no me traicionaría de esa forma, pero eso desencadenó una discusión entre ellos y por eso Tsukasa fue a hablar conmigo. Y eso fue lo que tú escuchaste… Y ya que lo mencionas, fuera de contexto, eso se debió escuchar muy mal…

Stanley se quedó congelado en su sitio, registrando la información que le fue soltada de repente sin aviso previo y que, ahora que lo sabía, de algún modo las cosas encajaban bastante bien si daba una mirada cuidadosa hacia atrás, de hecho, encajaban tan bien que era ridículo no haberse dado cuenta antes de todos los detalles que pasó por alto por tantos meses.

Y, mierda, eso significaba que amenazó al pobre chico de a gratis la última noche que hablaron, genial.

Con un suspiro aún más largo, el militar ocultó el rostro entre sus manos, derrumbado por la sensación de alivio, derrota y vergüenza que lo embargó de buenas a primeras.

¿Qué maldita cadena de malentendidos era esa? ¿Cómo las cosas podían llegar a torcerse hasta ese punto en el que todo de repente sonaba a una comedia barata escrita a altas horas de la noche?

Ryusui, por su parte, le lanzó una mirada de inquietud.

—En serio que no pasó anda entre Tsukasa y yo. Los rumores se extendieron antes de que ninguno de los dos nos diéramos cuenta, pero tratar de corregirlos a todos era revelar lo que Tsukasa sentía por Senku y no él no estaba listo para eso todavía así que…

—Sí, ya lo entendí —aclaró, todavía contra sus manos—. Es sólo que ahora pienso en que necesito ir y disculparme con alguien.

—Oh… ¿Debería preguntar?

—No, por favor, no —negó y, antes de que Ryusui dijera algo más, lo tomó de regreso entre sus brazos y lo arrastró consigo a la cama—. Sólo olvidemos que esta conversación sucedió.

—Entonces, respecto a Tsukasa…

—Todavía no quiero que sigas con él, ni con nadie más.

—Pero si yo no he dicho nada de Xeno —bufó y pronto se vio acorralado bajo el cuerpo de Stanley.

—Si quieres que me aleje de él, lo haré —declaró, resuelto en sus palabras, tomando en curva al menor.

—Yo no dije nada…

—¿Entonces no quieres?

—¡No me voltees las cosas! —replicó y todo lo que obtuvo por respuesta fue una risa entretenida y, posterior a eso, un beso gentil que lo hizo callar… al menos hasta que algo se presionó contra su entrepierna—. Stanley…

—Sólo una.

—No, aguarda, al menos deja que me recupere un poco… —e interrumpido por otro beso más profundo, sus reclamos fueron ignorados por completo.


—¿Está bien, joven Ryusui? —preguntó Xeno al encontrarlo en la cafetería horas después, sentado en una mesa aparte donde Stanley lo dejó tras cargar con él hasta ahí antes de irse a entrenar.

—No sé muy bien qué responder a eso —confesó el marinero, que se debatía entre sonreír como un idiota o quejarse en voz baja del dolor sordo en su parte baja.

—¿Quizá deba decirle a Senku que es hora de reinventar los analgésicos? —se rio, a lo que el más joven se dejó caer sobre la mesa con un sonoro quejido.

—Igual a este paso no tarda en hacerlos por su cuenta —agregó y para cuando Xeno miró a la puerta de la cafetería, donde Tsukasa ayudaba a su colega científico a caminar, comprendió, con cierto asombro, a qué se refería el rubio.

—Oh, eso explica muchas cosas —dijo para sí, mas en cuanto notó que Tsukasa se acercaba al verlos, lo disimuló con una sonrisa educada.

—¿Ryusui? —llamó el más alto, preocupado al ver el estado de letargo en el que se encontraba su amigo—. ¿Estás bien?

—Podrías decir que, al igual que tú, estoy bastante bien —se rio al voltearse hacia él, todavía recostado en sus brazos. Su sonrisa no hizo más que agrandarse cuando se percató del rubor que amenazaba con cubrir el rostro del castaño.

—Y-ya veo. Me alegro, entonces —carraspeó, mirando a otro lado.

—Y ya que estamos —entrecerró los ojos con acusación—, fueron ustedes los que me dejaron en su habitación, ¿verdad? —inquirió, o acusó, dado el caso, alternando vistazos entre Xeno y Tsukasa, quienes lo evitaron con descaro.

—Debo admitir que fue una idea bastante creativa. El joven Sai también estuvo de acuerdo —agregó el científico, a lo que Tsukasa resopló debido a la forma en que el hombre decidió delatar al mayor de los Nanami.

—¡¿Sai también?! —y tan pronto dijo eso, pasos se escucharon alejándose del sitio con prisa.

—Al menos funcionó —se jactó Xeno.

—No puedo decir que no, pero…

—Por cierto, joven Ryusui, ¿cómo es Stanley? Bastante pegadizo, ¿cierto? Apuesto que no lo ha dejado moverse por su cuenta en lo que va de la mañana —se rio y Ryusui tuvo que reprimir la repentina punzada de celos que lo atravesó.

—¿Cómo sabe eso? —cuestionó, pero en sus ojos debió ser evidente la incertidumbre que trató en vano de ocultar, dado que el científico hizo un gesto para calmarlo.

—Oh, no me malentienda —se apresuró en aclarar—. Mi amigo es ese tipo de persona con su familia y amigos, aunque no lo parezca. Es fácil deducir que lo sería mucho más con su pareja, ¿no cree?

Y la mención de esa palabra en específico, a la que el científico se encargó de darle énfasis a posta, hizo que Ryusui olvidara cualquier rastro de inseguridad en él y volviera a ocultarse entre sus brazos.

La verdad era que sí, después de esa ronda en la mañana, Stanley no sólo lo ayudó a asearse y volver a su casa para que se cambiara -tarea en la cual también lo ayudó-, si no que, una vez ahí, casi reemplazó a François en la mayoría de las tareas, lo que causó gracia en el mayordomo al ver a su joven amo tan abochornado por la atención recibida que era incapaz de levantar el rostro, una escena peculiar para presenciar, dado lo desvergonzado que solía ser el joven Nanami, un hecho que su hermano se encargó de puntualizar con evidente diversión cuando se los encontró en la casa, aún más cuando Stanley cargó a Ryusui en brazos para traerlo a la cafetería donde le dio la orden especifica de esperarlo.

No es como que el capitán pudiera moverse mucho por su cuenta, si debía ser honesto, pero era embarazoso ser consciente de que había más personas que presenciaron todo eso.

Se preguntó entonces cómo sería su vida y rutina de ahí en adelante y, mientras pensaba en esto, alguien lo llamó.

—¡Ryu! Es hora de irnos.

Movido cual resorte, Ryusui se volteó de inmediato hacia Tsukasa con una mirada inquisitiva así como sorprendida, mas su amigo, al captar su gesto, negó con la cabeza, junto una sonrisa que no iba dirigida hacia él y era la clara expresión de: «este tipo no tiene remedio», y se encargó de señalar a la puerta de la cafetería por la cual Stanley había hecho su entrada.

—Te veo luego —se despidió el castaño, brindando una única mirada de reconocimiento al militar antes de volver donde Senku.

—¿Oh? ¿Ya usan apodos? —se burló Xeno, aunque su sonrisa no era para nada burlona.

—Sólo yo puedo llamarlo así —aclaro de inmediato el militar quien no tardó en cargar a Ryusui, el cual tuvo que protestar.

—Espera, puedo caminar por mi cuenta…

—Alguien me dijo que tiendes a tropezarte y rodar colina abajo, así que no te creo.

—¡’Kasa! —reclamó avergonzado, pero lo único que obtuvo fue el sonido de una carcajada reprimida y una mirada divertida por parte de Senku que contemplaba todo al lado del luchador.

—Andando, François me pidió que te llevara a tu oficina.

—No pretenderás hacer esto todo el día, ¿cierto?

—¿Alguna objeción?

Y, Ryusui debía ser honesto: no, no tenía ninguna, de hecho, una vez superada su vergüenza inicial, pensó: «¿por qué no?».

—Quiero ir por el camino largo —agregó, acomodándose mejor entre los brazos del militar, el cual no pudo evitar reír ante tal exigencia caprichosa.

—Harás que te malcríe.

—¡Ja, ja! Es inevitable, de una vez te advierto —se mofó y Stanley no tuvo más remedio que asentir.

—Sí, me temo que sí.

E importándole poco que estuvieran en plena vía pública, se inclinó para besarlo a lo que Ryusui, ya sin importarle nada, le correspondió sin dudar. Ya habían esperado bastante.

Notes:

Soy la primera en querer saber cómo es que lo que yo pensé que iban a ser cinco partes acabaron siendo ocho, pero bueno xd.

Ahora bien, por si alguien se lo preguntaba, sí, el fanfic siempre estuvo planeado para terminar de esta forma desde que vi los fanarts que coloqué. Todo este tiempo intenté dirigirlo a este desenlace porque estas escenas estuvieron listas desde antes del propio inicio. Espero que no se haya sentido forzado o algo parecido qwq

Btw, pasando a otras cosas, en esta ocasión tenemos un Ryusui bottom y Stanley top, pero puede que escriba en algún momento algún one-shot donde Ryusui sea el top, porque también amo que él sea el de arriba -w-, sería una historia corta que no tenga que ver con este fanfic, tengo varias ideas para estos dos también y espero poder desarrollarlas todas y no quedarme estancada como con mis otras ships :’v

Y con relación a esto, debo añadir que me sorprendió que mi versión de Stanley fuera tan habladora al momento de tener relaciones. Los que escriben quizá entiendan esta parte en donde a los personajes les da por hacer lo que se les venga en gana incluso si nosotros como escritores no queremos que hagan ciertas acciones. Pues me pasó eso mismo con Stanley, cuando me di cuenta, el niño ya andaba en las suyas con mi Ryusui y yo ahí de: “ora… ¡¿en qué momento?!”, sobre todo por su personalidad en la cama, fue como: “ok, no sé qué está pasando… pero sigue así xd”.

Respecto a mis versiones de Stan y Xeno, la verdad es que la idea de que sean amigos de la infancia me lleva a preguntarme ¿cómo serían ellos genuinamente como amigos?, al final de cuentas, son hombres y los hombres tienden a llevarse pesado, sean quienes sean y tengan la educación que tengan, jamás he visto que en una amistad de varones no se gasten bromas pesadas entre ellos y genuinamente quise tanto retratar eso en este fanfic, porque siempre que veo alguna interacción del StanXeno en fanfics o doujinshis son en el ámbito romántico y está bien, al fin y al cabo que las versiones canónicas no ayudan a verlos como simples amigos xd, pero yo sí que quería ver a Xeno usando un elocuente y elegante sarcasmo contra Stan y Stan perdiendo la paciencia, respondiéndole a las mofas con bromas o empujones como suelen hacer los hombres. Creo que me ha salido bien, al menos yo estoy satisfecha con mis versiones y espero que a ustedes también les haya agradado ^^.

Pero en fin. Aunque disfruté mucho escribiendo algo de ellos dos, porque el fandom exigía material StanRyu en español, ante todo, espero que ustedes, quienes se tomaron la molestia de leer esto hasta el final, les haya gustado también qwq

Tengo más ideas para este par, pero ya serían one-shots, los cuales estaré subiendo en el apartado: "One-shots del Reino Científico", eso sí, informo desde ya que las actualizaciones en ese apartado no son seguidas y puedo demorar hasta meses en publicar algo nuevo, espero puedan tenerme paciencia :'D

Una vez más, muchísimas gracias por leer. Espero verlos en otra historia ^^

Nos vemos :D

~A. W.~

Notes:

Creo que no me salió muy bien la personalidad de Stan, pero como quería que sufriera un poquito, no me importa :^]

Respecto a la manera en la que Xeno se dirige a los otros, dudé entre dejarlo así o ponerle mister, como suele decir en ocasiones cuando se refiere a alguien que no es Senku, pero se escuchaba un poco raro, así que lo dejé así :3

Ahora sí, ¿recuerdan que dije que las actualizaciones serían cada sábado? Pues dejemoslo en que serán cada sábado, casi cada domingo, juas xd

Pero bueno, dejando eso de lado, espero que este primer capítulo les haya gustado y que puedan darle una oportunidad a mi pequeño proyecto :'D

Nos vemos ^^