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30 vidas

Chapter 3: Espejo (Perséfone/Hades)

Notes:

Este capítulo me dolió un montón porque se perdieron los avances una vez y luego me costó retomar :(
El resultado me gustó bastante.

(See the end of the chapter for more notes.)

Chapter Text

Kore ha vivido su existencia completa siendo protegido por su madre. Todo lo que conoce es el jardín al que alimenta con sus propias manos y del cual nunca se ha separado.

El tiempo se ha vuelto su enemigo. El día y la noche son perfectamente distinguibles en apariencia, pero para él comienzan a sentirse igual. Suceden en su interminable ciclo, encapsulándolo entre lo que más ama e impidiéndole conseguir un vistazo de lo que su curiosidad se muere por descubrir.

Apolo suele visitarlo cuando sus deberes como dios se lo permiten. Es amable, cuidadoso, cálido. Toca las flores que crecen en el cabello de Kore, besa el musgo que cubre sus brazos, agradece a la tierra que lo vio nacer.

Apolo dice amarlo, desearlo como su marido, y Kore siente su rostro caliente, su pecho apretado. Han pasado siglos desde la primera vez que Apolo hizo su confesión, e incluso más desde que se conocen, pero Kore jamás le ha dado una respuesta. Sólo acepta sus besos, sus caricias amorosas, sus promesas de entendimiento y paciencia.

—Esperaré por ti, Kore —murmura con ojos desbordantes en sinceridad, esperanza, confianza. Apolo lo cree tímido, dubitativo en su papel como un dios menor, y ofrece su confesión una y otra vez queriendo asegurarle que es suficiente. Que Kore es lo que él quiere—. No importa cuántas estaciones hayan sido, mi amor por ti es lo que hace que mi luz sea tan poderosa. Eres tú, mi precioso, quien le da fuerza a la estrella que arde en mi pecho.

Kore tiembla, nunca habiéndose acostumbrado a sus declaraciones. Apolo le da mucha importancia a lo que Kore significa en su vida. Sin importar que hagan sido siglos (milenios, susurra su cuerpo, sus raíces, la vida que siente vibrar bajo su piel), Kore no piensa que él pueda ser lo que Apolo asegura que es. Su falta de respuesta y continua vacilación son todo lo que Apolo ha obtenido de él.

Incluso en los besos que han sido depositados en sus mejillas y brazos, en las caricias deslizadas por su espalda y cintura, Kore no encuentra nada que pueda ser de valor para Apolo.

Él, el Sol, Hoseok, que brilla hermosamente y cuyo calor Kore puede sentir en lo más profundo de su ser, está preparándose para la decepción en su fallido cortejo.

Kore se ha percatado de que sus fuerza ha ido disminuyendo con el pasar de los años. Las plantas no florecen tan rápido, las frutas demoran en brotar, los vegetales crecen más pequeños. Por alguna razón, Kore ya no puede realizar sus deberes con la eficiencia de antes.

E incluso si ahora el cambio es perceptible únicamente para sus ojos expertos, si las cosas continúan así un día los otros dioses lo sabrán. Zeus lo sabrá, y Kore tendrá que responder por su incompetencia. Entonces, Apolo verá que Kore no tiene qué ofrecerle en un matrimonio. Verá que otra diosa o dios será el indicado para ser su cónyuge, para estar a su lado, para tener a sus hijos.

Kore retoma sus labores luego de que Apolo se excusa y regresa a los suyos. Como siempre, prometió regresar a visitarlo lo más pronto posible. Hoseok es uno de los pocos dioses en los que la madre de Kore confía, el único del Olimpo al que deja estar a solas con él.

Por eso, llegada la noche, cuando Kore siente a alguien dentro de su jardín, su primer pensamiento es que se trata de Apolo. Sorprendido por su visita tan pronta y en un momento tan desacostumbrado, Kore espabila de su sueño y sale de su habitación de hierbas para atenderlo.

A la mitad del camino, sin embargo, Kore cae en cuenta de la absoluta extrañeza de la situación y, precavido, avanza en silencio por el lugar que mejor conoce. De haberse tratado de Apolo, las mejillas de Kore ya estarían encendidas con sus besos, cálidas con sus palabras, las flores en su cabello cantando alegremente bajo la magnífica atención de Sol.

Kore encuentra al visitante (¿invasor?¿infiltrado?) de pie frente a un árbol de granadas, mirando las hojas y los frutos que Kore adora con todo su ser. La persona, sea quien sea, viste de negro y su aura es tan… intensa. Diferente a lo que Kore siente estando con su madre o con Apolo.

Distinto de una forma que Kore está desesperado por conocer.

Porque incluso si su madre lo trata como si hubiese nacido una luna atrás y su poder comienza a debilitarse, Kore no es cobarde ni temeroso. Nunca lo ha sido, incluso si esa es la fama que tiene en el Olimpo. La única razón por la que Kore no ha hecho más, por la que no es más, es que este grandioso, magnífico jardín es su jaula. Su cárcel diseñada y creada por la diosa que lo llama su hijo.

—¿Quién eres?

La persona salta, un sonido de sorpresa atorándose en su garganta. Kore sonríe, pero cambia su expresión a impasibilidad cuando la persona se da la vuelta. Tiene una capucha que esconde su rostro, aunque la sombra que lo cubre no es del todo natural. Sombras, piensa Kore acercándose con lentitud, una emoción desconocida haciéndose espacio dentro de su pecho.

—Soy Kore, hijo de Demeter. Este es mi hogar.

—Lo sé —responde la persona en una voz profunda y sedosa. Kore siente sus palmas cosquillear. Es una voz agradable, y sin ese ligero temblor al final de sus sílabas, está seguro de que sería más que hermosa—. Eh… Sé que no tengo permiso de estar aquí y q-

—Puedes tenerlo —Kore habla antes de pensar bien lo que implican sus palabras—. Si me dices quién eres, quizá obtengas mi permiso. No has dañado nada. Esa es una de las reglas que hay aquí. Además, si tienes el poder de entrar, sé que podrías haberle hecho cualquier cosa que desearas a mi jardín.

La figura vacila. Kore aún no puede ver su rostro, pero el misterio es vibrante, encantador. Incluso si esta persona no vuelve, si el interés de esta dios o semidiós es fortuito, la posibilidad de una salida fascina a Kore.

—No quiero dañarlo —murmura la persona agachando la mirada— y no quería molestarte. Me iré de inmediato. Discúlpame.

Se da la vuelta. Kore siente la tierra temblar. En un acto que lo sorprende, Kore corre hacia la persona y sostiene su brazo. La tela es suave y el cuerpo debajo se siente fuerte, frío, firme. Hay un jadeo de sorpresa que Kore juzga perfecto; su toque no es indeseado, su arranque de valor no ha resultado molesto, sólo inesperado.

—No, por favor. No tienes que irte. Está bien… si quieres estar aquí. Está bien.

Una risa corta. Incrédula. Amarga. Kore siente su garganta apretada. Hay tanto dolor en ese sonido. Tanto rechazo en su pasado.

—Por favor —repite dándole un ligero apretón a su brazo—. No te vayas. Es… solitario. Mi hogar, pero solitario —murmura, la confesión ardiendo en sus ojos y fluyendo cual agua por su lengua.

—Recibes visitas frecuentes de Apolo.

Kore inhala profundo. Recibió una confesión por la suya. Es un alivio. Y lo emociona. Esta persona sabe de Apolo, de su cortejo y su propuesta, lo que quiere decir que Kore le interesa.

—Si —acepta— y él regresa a sus deberes y yo me quedo aquí, solo. Apolo me busca cuando todo lo demás está en orden. Viene cuando cree que lo extraño. Me visita esperando que diga que sí y me convierta en su esposo.

Apolo, en su divinidad, sólo está esperando a que Kore le devuelva lo que él ha invertido. No imagina que Kore quiera rechazarlo en verdad. No considera que Kore no lo ama. Porque Apolo lo mira y ve lo mismo que su madre ve. Ve lo que Kore desea purgar de sí mismo.

La persona voltea hacia él. De cerca, su rostro sigue oculto, pero las sombras le han dado lugar a una máscara blanca. Kore puede ver sus ojos oscuros y brillantes.

—¿No quieres casarte con él?

Kore reiría si no estuviese consciente del que en el Olimpo todos creen eso. Su madre se ha encargado de anunciar el interés de Apolo como algo mutuo. Kore la ha escuchado horas interminables hablar de lo que él será entonces, de cómo su matrimonio con Apolo le dará una posición, una identidad, aunque Kore ya la tiene.

—Si quisiera, lo habría aceptado hace siglos.

Debería ser obvio, pero el amor es conceptualizado por los dioses de maneras que Kore no comparte. Acepta que el amor de Afrodita arde y destruye, que el amor de Atenea congela y hiere, que el de Zeus maldice, que el de Dionisio ha pasado por los labios de todos, que el de Ares alimenta guerras, que el de su madre se traduce en encierro, pero él no quiere ninguna de esas ideas. Quiere otra clase de amor. Un amor por el que se le reconozca, en lugar de que lo eclipse como el amor de Apolo.

—Entonces… En Olimpo se habla de ti, de tus futuras nupcias con Apolo, que a ti y a él les gusta este juego de espera en su cortejo. Esperan el anuncio oficial de tu boda en pocos años.

Kore se permite el enojo, la indignación de que se hable en su nombre. Ni ha estado en el Olimpo desde que acababa de nacer, pero resulta que allá se extienden palabras que él nunca dijo.

—Es mentira. Para mí, Apolo es un amigo y sus intenciones me son indiferentes —. Oh, es maravilloso decirlo en voz alta, decírselo a alguien que no reaccionará negativamente. Kore intentó decirle a su madre una vez, pero ella… Kore aprendió a no compartir sus pensamientos con ella—. Lo que se diga de mi en Olimpo no lo he dicho yo. Ahora, ¿me dirás quién eres?

—Ah… No. No soy alguien a quien quieras conocer, Primavera. De hecho, es mejor si no lo sabes —suelta la mano de Kore de su ropa—. Adiós.

Kore sabe que no podrá convencerlo de lo contrario. Deja que la persona se aleje. La tierra vuelve a temblar, sombras ocultan parte del jardín. Kore se pregunta qué clase de poder es ese, de dónde viene, quién es este dios o semidiós.

—¿Dime cómo puedo llamarte?

La persona se detiene una vez más. El corazón de Kore late con fuerza. Si no le importara, se habría ido sin más. Aunque no se dé la vuelta, Kore tiene suficiente con saber que no quiere irse. Que no quiere dejarlo.

—Taehyung. Llámame Taehyung.

Las sombras se arremolinan a su alrededor, el temblor de la tierra subiendo por la columna de Kore, haciéndose familiar. Kore parpadea y Taehyung se ha ido.

Semanas más tarde, en contra de su propio juicio y para el deleite de Kore, Taehyung regresa al jardín durante la noche. Kore, desde luego, va a su encuentro y esta vez consigue entablar una conversación con él.

Taehyung no se quita la máscara, pero baja su capucha cuando Kore lo lleva a la privacidad de una arboleda. Kore puede apreciar su cabello castaño y las delicadas piezas de metal que adornan algunos de sus mechones. De cierta manera, es similar a las flores que crecen del cabello de Kore, que son tanto una extensión de sí mismo como la expresión de su poder. Quiere preguntar qué significan, pero no cree que Taehyung le diría algo.

Cuando Taehyung dice que debe irse, Kore toma su mano enguantada y le hace prometer que volverá, y que esta vez no dejará pasar semanas enteras antes de hacerlo. Taehyung se avergüenza de su comportamiento descortés, pero Kore está feliz de obtener un compromiso.

Así, Taehyung regresa al jardín con frecuencia, oculto por la noche, las sombras y Kore, que teme las consecuencias de su madre enterándose. Taehyung le dice que este encierro es un insulto para el dios de la primavera, para el hijo de las estaciones. Kore quiere creerle, pero el peso de su poder desapareciendo es demasiado sobre sus hombros.

Pero eso Taehyung no lo sabe hasta varios meses después, cuando visita más temprano de lo usual y Kore lo recibe con ojos llorosos y mejillas húmedas. Taehyung sospecha de Demeter (llama a la madre de Kore por su nombre, sin miedo ni vacilación; ¿quién es?), de que su trato haya empeorado desde la última vez que visitó. Kore niega la acusación, reticente a revelar la verdad que Taehyung termina sacando de él con promesas de entendimiento, de su genuina preocupación y deseo de ayudar.

—Creo que… dejaré de ser el dios de la primavera. No ahora, no pronto, pero inevitablemente. Estoy perdiendo mi poder, Taehyung. ¿Qué soy sin esto? ¿Sin las flores y la tierra? ¿Sin el musgo y la fruta?

Kore se convertiría en mortal de perder su poder y sus deberes como deidad pasarían a las manos de otro dios. Era extraño, sin duda, pero tal cosa había sucedido antes, y Kore teme quedarse en la nada, vivir en la Tierra con los humanos a los que ha visto y auxiliado, pero que a él no lo conocen.

Taehyung, afortunadamente, toma su miedo seriamente. Kore llora otro par de lágrimas a su lado. Su corazón está desesperado por echar raíces con las cuales aferrarse a esta vida. La cercanía de Taehyung en un momento vulnerable lo llena de esperanza. Esa noche, Taehyung lo abraza contra su cuerpo, le habla de su juventud como dios dejando fuera todos los detalles que podrían darle a Kore una mejor idea de quién es.

Kore descansa su mejilla en el hombro de Taehyung, pone una de sus manos sobre su firme y amplio pecho, cierra los ojos e imagina una vida en la que esto es lo normal. Una vida en la que el hogar de Taehyung es su hogar, donde el Olimpo lo reconoce por ser Kore y el jardín que ama no es también su sitio de cautiverio.

Kore se queda dormido en los brazos de Taehyung, que se ha ido para cuando despierta. Ahí, con el recuerdo de Taehyung cuidando de él, Kore hace una decisión. Al mismo tiempo, sin que él lo sepa, Demeter y Apolo hacen un trato y Taehyung se entera de ello.

Pasan días, semanas, un mes, y Taehyung no vuelve. Kore espera despierto, la inquietud robándole el sueño y el dolor alimentando sus dudas.

Se cumplen seis semanas en las que Taehyung no aparece y entonces, para cerrar el candado de su miseria, Apolo se presenta frente a él con un anillo de oro. Demeter está detrás de él, sonriente, su mirada enfática diciéndole a Kore que una negativa no será aceptada. Kore sabía que era cuestión de tiempo que su madre interfiriera, pero que suceda es devastador.

Kore extiende su mano. La sonrisa de Apolo es deslumbrante. El anillo de oro pesa tanto en su dedo. No es oro común y corriente. Está repleto del poder de Apolo, del ardor de su luz y el ansia de su paciencia.

Los preparativos para la boda comienzan de inmediato. Kore no siente el tiempo entre el anillo y el día de la ceremonia.

Su madre es quien escoge su ropa. Kore, habiendo pedido privacidad, se viste solo. La tela es hermosa y la prenda está hecha a su medida. Kore se mira en el espejo. No se ve correcto.

Apolo seguramente luce perfecto. Oro y luz. Sol en persona. El Olimpo ha esperado sus nupcias durante siglos. Los prospectos de Hoseok nunca han sido escasos. Y aunque él no tiende a hablar de ello, Yoongi sabe que varios estarán en la ceremonia.

Su madre, harta de Kore y su terquedad, le había contado sobre Dionisio y Afrodita, de los semidioses y los héroes, de los mortales que murieron, intentando alcanzar a Hoseok. Apolo no tendría dificultades en encontrar un cónyuge, pero Kore no tendría una opción tan buena nunca más.

Eso tal vez era cierto, pero…

Kore inhala profundo, asaltado por el recuerdo de la noche en que conoció a Taehyung y las noches que pasó a su lado. Aún no sabe quién es, a pesar de tener cierta idea, y la posibilidad de reconocerlo entre los invitados de la boda arranca un sollozo de Kore.

De repente sobrepasado, Kore aprovecha su privacidad y corre por el jardín, el camino entre su habitación y el árbol de granadas sintiéndose familiar. Reconfortante, incluso si está solo.

Oculto del sol bajo la copa del árbol, Kore se arrodilla sobre el césped y trata de recuperar el aliento. Cierra los ojos no queriendo llorar, pero acaba apoyando las manos en la tierra, su espalda encorvada con la fuerza de su llanto. No puede hacer nada más, así que deja todo salir.

—¿Kore?

Kore salta, tomado por sorpresa tanto por ser llamado como por la voz que lo hace. Kore sueña esa voz, la tiene grabada en núcleo de su ser.

—¡Taehyung! —Exclama poniéndose de pie. Da la vuelta, muriéndose por tocar a Taehyung, pero se detiene en seco al verlo.

Viste de un profundo y brillante morado, un traje sobrio e ideal para la boda. Su cabello ha crecido hasta rozar sus hombros y está recogido en una coleta baja. Una única, delicada pieza de metal en su cabello resplandece con los rayos del sol. Y su rostro, por primera vez libre de la máscara frente a Kore, es una dulce combinación de angustia y maravilla.

—Taehyung… —murmura con voz temblorosa.

—Pensé que estarías preparándote, pero te escuché llorar. ¿Qué sucede?

Yoongi no tiene cabeza para pensar en eso.

—Tu rostro —dice como si estuviese en trance. Los hombros de Taehyung caen, labios presionados en una fina línea de timidez.

—Ah… Sí. En la boda… No podía aparecerme con máscara. Sería grosero.

—Grosero —exhala Kore, la incredulidad y la molestia haciéndose paso entre el dolor de las semanas y meses sin Taehyung—. Dejaste de venir sin previo aviso después de que te conté sobre mis miedos, ¿y usar la máscara en la boda es lo que te parece grosero? ¡No sé quién eres, y eso es lo que te importa!

Taehyung tiene la decencia de no rechistar.

—¿Por qué no volviste?

—Se anunció la fecha de tu boda. Yo… Ya me he entrometido lo suficiente, Kore. El Olimpo está lleno de personas esperando tu unión, bendiciéndolos a ti y a Apolo para que tengan una vida feliz juntos.

—¿Y eso importa porque…? —Kore trata de expresar lo poco que el Olimpo significa para él. Kore no conoce más que a su madre y su padre, a Hoseok y Taehyung, a los dioses que le han sido descritos, pero que no ha conocido en persona.

Taehyung suelta una risa. Kore frunce el ceño.

—Importa porque eres tú. Porque es Apolo. Porque soy yo —dice lo último mirando hacia el suelo. Vergüenza. Dolor. Kore se acerca, piensa en reconfortarlo como lo ha hecho en tantas ocasiones, pero Taehyung lo detiene. Sostiene sus muñecas, suave y tierno, ojos repasando la figura de Kore con cariño y resignación—. Te ves hermoso. Pensé que me presentaría después de la ceremonia, pero fui egoísta y quise ver tu jardín una vez más… quise verte una vez más, aunque pensé que estarías preparándote y no aquí.

Taehyung inhala profundo. Suelta las muñecas de Kore y da un paso atrás. Antes de que Kore pueda acercarse, Taehyung clava una rodilla en la tierra.

—Te di el nombre que han olvidado para que me llamaras por él. Pero te debo el nombre por el que me conocen en Olimpo y la Tierra, dulce flor.

Kore se siente revivir al escuchar ese apodo. Las flores de su cabello se abren, el musgo brilla, su piel se enrojece. Taehyung no tiene que hacer mucho para que Kore se encienda, para que sus pulmones de arbusto crezcan, para que su corazón de raíces quiera sembrarse en él.

—Soy Taehyung, hermano de Zeus y Poseidón. Soy Taehyung, hijo de Cronos. Soy Taehyung, el dios muerto —Taehyung toma una de las manos de Kore y presiona su frente contra el dorso de esta. Kore lo siente temblar, dudar una vez más antes de levantar la mirada y ver a Kore directo a los ojos—. Soy Hades, el rey del inframundo, el dios de la muerte, la riqueza y todo aquello que ha pasado a mis manos durante los milenios que he vivido.

La admisión visiblemente quita un peso de los hombros de Taehyung.

—Soy Hades, el dios… que te debe… Kore, soy el dios que te debe porque, sin ti, mi reino habría entrado en caos hace mucho tiempo. Gracias, Kore, mi primavera, por recibirme en tu hogar, aunque no lo merecía en lo absoluto. Te pido perdón por lo que haya hecho que te ofendiera o lastimara, esa nunca fue mi intención.

Hades arrodillado frente a él, ofreciendo disculpas que Kore no se habría atrevido a pedir, pero que calman parte de su enojo.

—Hades —dice Kore, probando el nombre en su lengua, la forma en que es tan familiar en su garganta. Los ojos de Taehyung están llenos de adoración, satisfacción. Ser llamado por su nombre es importante para un dios.

Hades, el rey de los muertos, cuyo reino yace bajo la tierra de la que Kore hace crecer vida. Son opuestos y, a la vez, están conectados. No hay uno sin el otro.

—Hades, tengo una pregunta.

Taehyung asiente, murmura ‘la que quieras' contra los nudillos de Kore.

—Hades, Taehyung, ¿me amas?

Taehyung sonríe.

—El único sentimiento que en verdad conozco es aquel que corre por el mercurio en mis venas cuando te veo, te sueño, te pienso, te siento. Cuando tus pasos en la tierra vibran hasta alcanzar mi reino. Cuando las raíces nutridas por tus manos penetran los pasillos por los que camino. Cuando las flores que nacen de tu cuerpo son dejadas para las almas que viven conmigo.

Las lágrimas arden en las mejillas de Kore. Su piel se siente tan sensible en donde toca a Taehyung que, por un segundo, Kore teme no poder soportarlo. Esta confesión ha destruido candados dentro de él de los que Kore ni siquiera estaba consciente.

Como un dios de la fertilidad, hijo resultado de una relación no consensuada, Kore hizo un juramento de castidad bajo la influencia de su madre. Su cuerpo no conoce la pasión, el sexo, la intimidad de dos cuerpos uniéndose, pero hoy es que los desea por primera vez. Hoy, sabiéndose querido, Kore siente los lengüetazos inclementes de la lujuria concentrados en su vientre.

—Te creo —dice. Taehyung traga, se mantiene quieto, esperando a que Kore continúe. A que termine de hablar antes de hacerlo él. Kore nunca había querido tanto a alguien como quiere a Taehyung ahora mismo—. Te creo, Taehyung, Hades, te creo. Pero estas palabras… Estas palabras pueden ser arrastradas por el viento.

Así como dejó de visitarlo, Hades puede alejarse para siempre. Puede simplemente dejar a Kore para salvarse de las repercusiones que los Olímpicos le harían enfrentar.

—Llévame contigo al Inframundo, Taehyung. Libérame del encierro que sabes cuánto sufro. Hades, rey del inframundo, hazme tuyo. Dame lo que sabes que quiero.

—Mi primavera, nadie apoyará nuestra unión. Me serás arrancado para siempre si me atrevo a llevarte.

Kore suspira, exasperado y perpetuamente enternecido con el hecho de que Taehyung intenta hacer lo correcto, lo apropiado, cuando Kore no tiene respeto alguno por las leyes que permitieron a su madre ser violada y a él, encerrado.

Kore se arrodila frente a Taehyung, sostiene su rostro entre las palmas de sus manos y se regocija cuando Hades responde abrazando su cintura. Taehyung lo quiere, lo quiere, y Kore no planea perder esto por nada. Si las leyes han sido tan injustas hasta ahora, entonces Kore va a aprovecharse de ellas para obtener lo que desea.

—No les demos la opción de negarnos.

Extiende un brazo hacia atrás. El árbol de granadas mueve sus ramas y pone un fruto en la mano de Kore.

—Llévame al inframundo y comamos la granada en tu reino. Seré tuyo y tú mío. Zeus tendrá que honrar las leyes que él mismo instauró.

Taehyung lo mira, estupefacto. Mira la granada en la mano de Kore, sus brazos apretándolo más cerca. Kore tiembla en su agarre. Quiere sentir más que esto. Más de lo que nunca ha sentido.

—No podrás volver.

Kore presiona su frente contra la de Taehyung.

—Amo mi jardín, pero es una cárcel. Quiero un hogar. Quiero vivir con mis propias decisiones.

Hades lo mira a los ojos, pensativo, sopesando. Sus brazos alrededor de Kore sirviendo de ancla para ambos. Por un momento, Kore cree que Hades dirá que no, que no quiere esto lo suficiente para arriesgarse a lo que Kore le ha pedido. Pero entonces, Kore siente la tierra temblar. Las sombras aparecen. Y de un momento a otro, Kore se encuentra en una habitación que, si bien no conoce, sabe de inmediato que pertenece a Taehyung.

Taehyung, que lo sostiene de la cintura, que lo mira con sus ojos preciosos sin decir nada. Parece superado por lo que acaba de hacer, por haberse atrevido a ir contra una unión bendecida por Zeus.

Yoongi no le da tiempo para dudar. Entierra sus dedos en la granada para partirla en dos. El jugo carmesí corre por su piel, cae de sus manos, mancha su blanco vestido. Taehyung traga, nervioso, tenso, y Kore no deja de mirarlo a los ojos mientras toma las semillas del fruto y las pone en su boca. Las muerde de inmediato, su cuerpo estremeciéndose al ser ligado al Inframundo, su estómago regocijándose ante el sabor de la granada, sus labios cosquilleando al darse cuenta de la forma en que la mirada de Taehyung cambia.

Sin dejarse cohibir, Kore deja caer el fruto en la cama y rodea el cuello de Taehyung con sus brazos. Las manos de Taehyung se hacen puños alrededor de su ropa, su expresión pareciendo torturada mientras espera a que Kore continúe, a que consienta y pida y quiera. Kore sonríe, extasiado, y besa por fin a Taehyung. Hades. Su rey de la muerte y los metales, de la riqueza y la lealtad.

Taehyung gime probando el jugo de la granada en los labios de Kore. Se acerca más, presionando sus cuerpos hasta que Kore siente contra su estómago la evidencia de su lujuria. La sensación es nueva, ansiada, y tan deliciosa contra su piel que Kore no puede evitar hundir sus dedos en el cabello de Taehyung y dirigir su rostro para tener mejor acceso a su boca. Taehyung sisea al sentir el tirón en su pelo, pero su lengua acariciando el paladar de Kore da testimonio de cuánto le gusta.

Kore lo quiere como esposo. Lo desea con una pasión que lo quema desde adentro. A pesar de ser un dios de la fertilidad, de ser vida, Kore apenas está sintiendo este bajo e irracional impulso por la procreación. Por el amor carnal. Por el sexo que sólo un marido puede darle.

—Hades, quiero ser tu esposo —murmura contra los labios del otro—. Taehyung, quiero que me ames de esta forma.

Taehyung lo mira, lo acaricia, comienza a pasar sus dedos por los lazos que mantienen el vestido de Kore en su lugar. Pronto, ya no hay nada que lo sostenga, y el vestido cae por sus hombros mientras Taehyung continúa besándolo, tocándolo, amándolo. Sin esa tela cubriendo su piel, Kore se siente liberado. Correcto.

Y más tarde, mientras Taehyung se deshace en alabanzas contra la piel febril de Kore y éste lo siente en lo más profundo de su ser, haciéndose un hogar en sus entrañas para siempre, pequeñas plantas comienzan a crecer del suelo y las paredes. La vida florece mientras Kore tiembla sobre Hades, los espasmos de placer dejándolo mudo y sordo a todo lo que no sea su esposo.

Porque la ley es clara. Incluso sin una ceremonia, la consumación los ha unido en matrimonio.

Kore lo siente. El cambio. La manera en que ser el esposo de Hades lo ha cambiado. Ahora es parte del Inframundo, inseparable de él. De Taehyung.

Es entonces, recuperando el aliento entre los brazos de Taehyung, que mira las hojas verdes moviéndose en busca de su cuidado, de su poder que es la fuente de su existencia y salud. Kore siente sus manos cosquillear, su pecho encendido con el ansía de tocarlas, procurarlas.

—¿Kore?

Reconoce ese como el nombre por el que le han llamado toda su vida. Y también esa voz como la única que nunca lo dijo en el tono que lo hacía estremecer con incomodidad.

Pero así como es familiar, es equivocado. Porque ahora es distinto. Porque la vibración de su poder se remueve inquieta y emocionada bajo su piel. Porque han nacido plantas en el reino de la muerte gracias a él, y eso alivia sus miedos como el toque cariñoso de Taehyung hace palpitar su corazón.

—Yoongi —murmura. Taehyung frunce el ceño—. Soy Yoongi —sonríe presionando su frente contra la de su esposo—. Ese es mi verdadero nombre. El que mi madre no conoce. El que el Olimpo no me ha dado. Yoongi. O Perséfone.

Taehyung lo mira. Sus manos se deslizan con ternura por la espalda de Yoongi, adorando su piel, buscando su calor.

—Yoongi —pronuncia con cuidado—. Quien reinará el Inframundo a mi lado. Yoongi.

Yoongi lo besa, extasiado, impaciente por ser con y para Taehyung. Sus fuerzas están unidas ahora. Entretejidas de forma que no pueden distinguirse la una de la otra. Y el poder de Taehyung es fresco, ligero, tan dulce alrededor de Yoongi que parece una locura haber podido sin sentirlo de esta forma.

Fuera del Inframundo, el caos se ha desatado. La desaparición de Kore se trata como un secuestro. Un crimen. Apollo se viste para la batalla. Zeus trata de apaciguar a una iracunda Demeter. Algunos dioses se regocijan con la noticia, avivados con las posibilidades, ebrios en rumores y habladurías. Otros encuentran el momento de la desaparición extraña, así como el hecho de que Kore no pusiera un pie en el Olimpo luego de su nacimiento.

Todo eso, sin embargo, poco le importa a Yoongi y Taehyung, que celebran sus nupcias en el Inframundo sin prestarle atención a mucho más.

Cuando el momento de enfrentarse a Zeus llega, Yoongi se presenta del brazo de Taehyung, su cabello rebosante de flores y decorado con delicadas piezas de plata y oro creadas por su esposo. Taehyung, por su parte, es suavemente abrazado por una planta trepadora que se hace camino a lo largo de sus hombros y cuello.

No queda rasgo de duda sobre lo sucedido a ninguno de los presentes. Y de haberlo, es esclarecido cuando Yoongi da su testimonio

Pronto, se declara la inocencia de Taehyung y Yoongi tiene la esperanza de regresar a su reino sin más contratiempos ni trabas.

Durante meses, se convence de que todo estará bien. Y entonces, el invierno se extiende y los humanos perecen en números alarmantes raramente vistos en el Inframundo. Además, Apollo declara desconocer la autoridad de Taehyung, lo cual es apoyado por dioses y semidioses que consideran a Hoseok una victima en el veredicto de Zeus.

Pero esa parte de la historia será contada en otra ocasión.

Notes:

¡Gracias por leer!

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