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Un sonido constante lo obliga a despertarse
Con quejas y gemidos se propone identificarlo y, con la más mínima intención de formular cualquier pensamiento coherente, se da cuenta que se trata del canto de un ave que se digna con maldad propia de un vampiro centenario a interrumpir su sueño.
Es de mañana, o al menos eso sospecha.
Sin embargo la voluntad férrea del ave (que ahora se declara como el enemigo mortal de Kakyoin) es aún mayor, continuando con su canto que penetra con fervor los tímpanos del pelirrojo y martillea directamente sobre su cerebro.
¿Qué demonios ha comido ese pajarraco como para ser tan malditamente ruidoso?
Por un momento el pelirrojo considera que tan factible sería que Hierophant Green lanzara un Emerald Splash en contra de la pobre ave para nada inocente y llena de maldad para así terminar con su propio sufrimiento.
Sin embargo, decide no hacerlo. La molestia de tener que moverse es aún mayor y la seducción de la comodidad de la cama le impide pensar en cualquier otra cosa que no sea volver a dormir. Por si fuera poco, el ave ha decidido desistir su intento de tortura, callándose y volando lentamente para hacer lo que sea que haga un ave de su calibre.
Es así que el pelirrojo intenta retomar su dulce sueño, girándose con lentitud sobre uno de sus costados en medio de las suaves y cálidas sabanas en busca de una nueva posición cómoda.
Fácilmente la encuentra, esta vez pasando una de sus manos bajo su cuello y cabeza sirviendo como un soporte más en una especie de almohada improvisada. Sus brazos y piernas se flexionan y su cuerpo entero se relaja. Si tuviera que describir su posición actual, lo haría como una posición fetal muy laxa.
Por si fuera poco, se da cuenta que la suavidad de las mantas se siente extremadamente bien sobre su piel poco peluda y la esponjosidad de la cama es lo suficientemente agradable como para tener la sensación de dormir sobre una nube pero sin llegar a sentirse sofocado al hundirse, ¿Es que acaso se encuentra durmiendo en un futón?
Eso no importa. El único pensamiento coherente que ronda su mente es el deseo constante de volver a dormir.
Acción que se propone a realizar. Pronto sus sentidos se adormecen y su respiración de relaja. Su mente divaga y su consciencia se pierde poco a poco…
Está a punto de dormirse…
Lo cual haría sino fuera porque un nuevo sonido molesto se hace presente.
Esta vez es mucho más constante, siendo el martilleo de un peso muerto sobre una superficie de madera ahuecada que cada poco se repite.
Se trata de pasos. Pasos sobre el engawa de fina madera fuera de la habitación.
Sin embargo, apenas tiene tiempo para pensar en nuevas quejas cuando otro sonido interrumpe su episodio de automiseria y sufrimiento.
Los pasos son seguidos por tarareos rítmicos en un tono melodioso que Kakyoin solo puede identificar como propio de la señora Holly.
Comúnmente, el pelirrojo estaría más que feliz de escuchar tan singular melodía propia del canto de los ángeles más puros e inocentes del cielo y la existencia.
No obstante, en momentos como estos, donde sus sentidos gritan de sensibilidad y su cabeza amenaza con explotar, se siente como una verdadera tortura sonora.
-Maldición… -dice entre dientes mientras renuncia a la seducción de la cama y la promesa de un poco más de sueño- ¿Qué hora es?
Y, por primera vez desde que se despertó, abre sus ojos con la más banal intención de mirar al desgraciado reloj que grita con desesperación un constante tic tac.
Es recibido por una fuerte luz resplandeciente que lo deja cegado por unos instantes. Como si se tratase del flash de una cámara que ha intentado con maldad tomar una fotografía a la retina del pelirrojo y, de paso, dejarlo encandilado y ciego.
- ¡Ah!
Sus reflejos le ganan. Se ve obligado a cerrar los ojos e intentar cubrir inútilmente con sus manos cualquier mínimo rayo de luz que tenga la infame intención de colarse por sus parpados, casi como si la luz fuera un agente mortal cegador.
A la par en que hace esto, se da cuenta del naciente dolor de cabeza que tiene. Como una punzada constante mientras un taladro penetra su cráneo y se arremolina sobre su cerebro.
Joder, se trata de una resaca.
10 minutos más tarde, cuando considera que sus ojos se han adaptado lo suficiente a la infame cantidad de luz en la habitación, retoma su intención de ver la hora.
Vuelve a girar sobre su cuerpo en medio de las sabanas y dirige su mirada a la pared de enfrente, confrontando de una vez por todas al reloj.
11:37
Casi es medio día.
Joder, ¿Cuánto bebió?
Ni siquiera lo recuerda.
Su vaga memoria de la noche anterior solo le informa que bebió por lo menos un total de 3 cervezas, para poco después seguir con el extraño alcohol francés que Polnareff aclamó con gloria como el mejor de toda Europa.
Seguido de ello, recuerda haber tomado un poco del whisky que el señor Joestar trajo directamente de América, solo para después continuar bebiendo directamente de la cerveza de Jotaro.
Oh, Jotaro.
Kakyoin hace un esfuerzo más por recordar algo sobre la noche anterior. Vagas imágenes de él haciendo un lapdance a Jotaro se arremolinan en su mente, pero su orgullo y, sobre todo, su dolor de cabeza, censuran el recuerdo, impidiéndole rememorar más. Así que piensa que tal vez fue solo un sueño.
Después de todo, es imposible que él hiciera algo así, ¿no? Jamás se humillaría tanto frente a Jotaro.
De cualquier forma, la idea de beber había sido propuesta por el señor Joestar, como un festejo tardío a la derrota de Dio después de 50 días de lucha contra usuarios de stand y más de 6 meses de recuperación intensiva en un hospital.
Así que, cuando el mayor de la línea de sangre Joestar propuso una noche llena de licor y festejo en la enorme casa de su hija, nadie se negó, haciendo que los crusaders se reunieran una vez más, tal y como se había vuelto costumbre desde la derrota del vampiro centenario.
Pero ha comenzado a divagar.
A juzgar por la hora y por el silencio del lugar (claro, exceptuando los estruendosos cantos de las aves y el martilleo de los pasos de Holly), todos siguen dormidos, presas de sus resacas.
Aunque, llegados a este punto, tal vez lo mejor es que Kakyoin se levante. Piensa que ya ha pasado el suficiente tiempo en la cama y probablemente la señora Holly no se sienta muy contenta de tener que limpiar el desastre de 5 hombres borrachos y un perro, además de prepararles el desayuno, por lo que lo mejor será ayudarla.
Con este nuevo pensamiento en mente, el pelirrojo se recarga con trabajo sobre sus codos y poco a poco se sienta sobre el futón, sintiendo inmediatamente la queja de sus músculos, el martilleo en su cabeza y la horrible incandescencia de la luz.
- Joder… - Kakyoin realmente desea volver a dormir y deshacerse de una vez por todas de la resaca.
Además, nota vagamente que le duele un poco sentarse, pero ese dolor es silenciado por el resto de sus otras afecciones propias de la resaca.
Una vez sentado, sus ojos comienzan a divagar en la habitación. Sabe que se encuentra en uno de los muchos cuartos de la gran residencia Kujo, pero no sabe exactamente en cual, así que lo primero que tiene que hacer es identificar un baño.
Sin embargo, algo rápidamente llama su atención.
Su camisa.
Su camisa tirada en el piso.
Tarda unos instantes en reaccionar hasta que por fin su cerebro se digna a juntar dos más dos.
Voltea con cierta urgencia a su torso y nota que no lleva camisa, cosa obvia, pero su mente no da para más con el creciente dolor de cabeza.
Vuelve a mirar al piso. Esta vez encontrando sus pantalones tirados deliberadamente en la esquina de la habitación y, a unos cuando metros de ellos, su ropa interior…
Ahora con temor, levanta un poco la manta que se cierne sobre él y, joder, nota que está completamente desnudo.
Se niega a la idea de creer que hizo algo tan estúpido por la noche. Voltea sobre sí mismo hacia uno de los lados del futón en busca de sus lentes (después de la batalla con N’Doul su vista no ha sido la misma) con la esperanza de que todo esto sea una broma.
Se guia por el tacto y mueve desesperadamente sus manos en busca de sus anteojos. No es que no vea nada, sino que la desesperación le impide actuar con claridad.
Sus manos tocan algo, lo toma con desazón entre sus dedos y lo lleva con urgencia frente a su cara con el fin de identificarlos.
Es una botella de lubricante y un paquete de condones.
Bien, llegados a este punto él realmente esta horrorizado de lo que sea que haya hecho la noche anterior y lo peor de todo es que ni siquiera lo recuerda, ¿Qué será de él cuando sepa que es lo que hizo? De seguro le da un paro cardíaco de la vergüenza.
Aunque, afortunadamente (o al menos eso piensa), el paquete de condones está cerrado, eso quiere decir que no hizo nada, ¿verdad?... ¡¿VERDAD?!
Pero, de ser así, ¿con quién se acostó?
Oh no.
Ahora Kakyoin sí está seguro de que sufrirá un ataque de pánico.
Lanza con cierto desdén los condones y el lubricante, y retoma la búsqueda de sus lentes.
Pronto los encuentra, se lo pone y con urgencia analiza la habitación en la que se encuentra.
Es entonces cuando se percata de los posters de sumo, los estantes llenos de libros de biología marina, la ropa negra esparcida por el lugar, los discos de rock clásico tirados en el piso y el peluche gigante de delfín que le regaló a Jotaro por su cumpleaños…
Sin embargo, cualquier otro pensamiento fatalista que Kakyoin fuera a tener es interrumpido por un fuerte ronquido justo a su lado.
Kakyoin se congela, teme mirar.
Con cierto miedo y de forma completamente rígida gira su cuerpo y dirige su mirada a su recién descubierto acompañante.
La bola de mantas de casi 2 metros se mueve ligeramente y Kakyoin, con temor, levanta un poco la tela blanca para descubrir su rostro.
Es Jotaro, que duerme plácidamente en el enorme futón.
Kakyoin no sabe si sentirse aterrorizado o aliviado.
Joder, ¿Cuánto tuvo que haber bebido el pelirrojo como para acostarse con su mejor amigo?
Él no lo sabe y tampoco quiere saberlo.
No es como que Kakyoin sea reacio a la idea de tener sentimientos por el más joven de los Kujo. Es más, el pelirrojo está más que consciente de su afecto hacia Jotaro desde el momento en que lo salvó, es solo que él realmente no esperaba encontrarse en una situación como esta.
Kakyoin esperaba más bien crecer, graduarse de una buena escuela de arte, sufrir en silencio mientras Jotaro se casa con una buena mujer con la que tendrá muchos hijos, ser padrino de los niños y finalmente morir solo y desgraciado pero con el secreto bien guardado.
Pero ahora, que ha tenido sexo con el objetivo de sus afectos, no sabe cómo reaccionar.
Por si fuera poco, él era virgen.
Joder, ni siquiera ha dado su primer beso.
Claro, hasta ayer.
Los recuerdos de la noche anterior poco a poco se arremolinan en su mente, pero son tan vagos y tan borrosos que no logra formar imágenes completas desde su subconsciente.
Lo poco que le informa su cerebro es que la noche anterior Jotaro lo tomó por la cintura y lo cargó desde la sala principal de la residencia Kujo hasta su habitación. Todo esto bajo los ojos borrachos del resto de crusaders…
Oh no…
Kakyoin no puede evitar sonrojarse ante estos pensamientos.
La sola idea de Jotaro tomándolo por la cintura y posando sus manos sobre su trasero para poder cargarlo hasta su habitación lo hace sonrojar. Haciendo que un polvo rojo coloree su rostro blanco porcelana y lo dote de un color rojo cereza como el que tanto le gusta.
Además… ¿Quién fue el pasivo y quien fue el activo?
…
Alguien toca la puerta, es Holly, que salva a Kakyoin de un nuevo pensamiento vergonzoso.
- Jotaro, cariño, ya es tarde, es hora de levantarse- dice dulcemente Holly mientras golpea con delicadeza el shōji con todo el amor de madre que logra reunir, aunque no espera una respuesta y apenas dice esto, se va para continua con sus labores diarias, probablemente ya acostumbrada a las pocas o nulas respuestas de su malhumorado hijo.
Kakyoin se detiene unos segundos más a pensar…
Holly. La señora Holly.
El pelirrojo está más que seguro que la madre de Jotaro estaba allí por la noche, observando desde lejos como su hijo llevaba al pelirrojo hasta su habitación…
Esto no puede ir a peor.
Ahora como se supone que vea a los ojos a la dulce señora Holly.
¿Qué le dirá ahora?
- Ey, señora Holly, tuve sexo con su hijo después de habernos emborrachado en su propia casa la noche anterior, ¿Cómo lo hace sentir eso?
Joder, No.
Kakyoin ahora si comienza a barajear la opción del suicidio. ¿Será posible ahorcarse con su propio Hierophant Green?
Ah… está bien, ya ha tenido suficiente automiseria y sufrimiento, es momento de levantarse…
Aunque no quiera.
Aunque no quiera hacerlo para nada.
Joder, él realmente NO quiere levantarse.
Pero tiene que hacerlo. Esperar a que el hombre a su lado se despierte sin duda no es una opción y muchos menos una solución.
Es así que, con renovada pero prácticamente nula motivación, decide abandonar la comodidad del futón y retomar su intención inicial de darse una ducha.
Tal vez así pueda sentirse más limpio después de lo hizo.
Con dificultan comienza a elevarse sobre sus piernas y obliga a su cuerpo entero a estabilizarse, pero la resaca continua cobrando factura, haciendo que sus músculos proclamen constantes quejas y su cabeza se ahogue en fuertes mareos.
Después de más dificultades de las que le gustaría admitir, el pelirrojo logra ponerse de pie, aunque las molestias en su cuerpo siguen siendo mayores.
Da el primer paso en dirección al baño pero sus músculos se quejan, su cuerpo se desestabiliza, sus caderas duelen y sus piernas ceden.
- ¡Auch!…
Cae al piso con un golpe sordo, notando inmediatamente el naciente dolor en su entrepierna y la sensación cálida de algo saliendo desde su interior.
Su curiosidad lo obliga a mirar el lugar de procedencia aunque su conciencia y la vergüenza le advierten que no debería hacerlo.
Semen blanco y espeso se escapa desde su interior.
Al menos eso responde a la pregunta sobre quien fue el activo y quien fue el pasivo.
No es como que Kakyoin nunca haya experimentado con su trasero o haya tenido algo dentro de sí.
(Su stand tiene tentáculos ¿¡ESTA BIEN!? Y él no está de humor como para ser criticado sobre los usos incorrectos de un stand durante una adolescencia hormonal).
Pero joder, ¿Qué tan grande es Jotaro como para dejarlo sin poder caminar? O, es más, ¿Que tan fuerte tuvo que haberlo embestido como para dejarlo en este estado?
Por supuesto que es en este momento en el que nuevos recuerdos se acumulan en la mente del joven pelirrojo, presentándole vergonzosas y explicitas imágenes el mayor sosteniendo las piernas del menor sobre sus hombros mientras embestía fuertemente en su interior.
Kakyoin recuerda el grosor de Jotaro y lo bien que se sentía rozando sus paredes internas mientras golpeaba ese punto sensible que él tanto ama. Un ligero calor se hace presente en su vientre.
En aquel momento Kakyoin había soltado un agudo gemido que lo había hecho merecedor de pequeñas burlas por parte de Jotaro, quien le dijo con ligera risa que gemía como niña. El pelirrojo no puede evitar sonreír ante este recuerdo.
Pero ya ha tenido suficientes recuerdos. Francamente se siente un poco mal consigo mismo por no lograr rememorar más de su primera vez, pero este no es el momento de pensar en ello, lo mejor será ir a darse una ducha.
…
Aunque el dolor en su entrepierna le informa que tal vez eso sea un poco más difícil de lo que creyó.
Jotaro se despierta con el sonido sordo de un cuerpo cayendo, aunque realmente no le toma la más mínima importancia, tal vez sea el anciano haciendo una de sus típicas bromas, o el entusiasmo de Polnareff haciendo mella en sus actividades matutinas, incluso Iggy y sus típicas persecuciones con Avdol que solo terminan con la negociación de un chicle de café… algunas veces con una cajetilla entera.
Pero Jotaro vuelve a dormir. Su consciencia sigue siendo lo suficientemente vaga como para únicamente registrar la sensación fría en la espalda del mayor y el ligero ardor que le provoca la manda una vez que se cubre con ella.
10 minutos más tarde el pelinegro reanima su consciencia y su mente identifica vagamente el sonido del agua de la ducha acompañado de algunos quejidos que, a juzgar por la voz, son producidos por Kakyoin.
Nada fuera de lo normal.
Tal vez lo mejor es que se levante.
Después de todo, ya está agradecido de no ser despertado por el anciano o peor aún, por Polnareff, pero él mejor que nadie sabe que una vez que Kakyoin se levanta, no tardará nada en intentar despertar al mayor, muchas veces terminando con un ojo morado o una costilla mallugada…
No es algo de lo que quiera hablar.
Es así que, aun somnoliento, Jotaro obliga a su cuerpo a reaccionar y levantarse con cierta flojera del futón.
Afortunadamente el pelinegro no recuerda mucho de la noche anterior. Su mente sigue estando adormilada, haciendo que sus pensamientos y sus movimientos sean en algo que él mismo llama “modo automático”.
Sin embargo, apenas levantarse nota la sensación de frió en su todo su cuerpo, descubriendo que se encuentra desnudo.
Lo cual tampoco es extraño, él suele dormir en ropa interior, así que encontrarse desnudo tampoco es tan raro.
Mmm… ¿pero ahora donde está su camisa?
Oh, allí esta, tirada en el piso junto a su chaqueta.
Y sus pantalones, en la esquina de la habitación.
También sus cinturones, justo al lado del futón.
¡Ah! Y sus calzoncillos sobre su lámpara de escritorio.
Que extraño, él no recuerda haber puesto su ropa allí.
Bueno, tal vez la noche anterior solo estaba lo suficientemente cansado como para arrojar deliberadamente su ropa. Nada de qué preocuparse.
Uno a uno recuperada cada una de sus prendas y se dispone a ponerse su camisa.
La eleva sobre su cabeza, mete uno a uno sus musculosos brazos y la baja por su torso.
¿Qué demonios?
Inmediatamente su espalda se queja, percatándose del naciente ardor sobre su piel lastimada.
Extrañado, camina hasta la puerta de su armario para poder mirarse en el espejo, encontrando una serie de profundos y dolorosos rasguños a lo largo de toda su espalda.
Si no fuera por que únicamente los tiene en esa área, juraría que acababa de pelear contra un maldito gato, saliendo perdedor.
Mierda.
Anoche tuvo sexo con Kakyoin.
El agua caliente se siente extremadamente bien sobre sus músculos mallugados, sintiéndose como el masaje de los dioses sobre su cuerpo profano.
El pelirrojo talla lentamente su cuerpo, pasando con curiosidad sus finos dedos sobre cada mancha dolorosa que encuentra sobre su piel blanco porcelana.
Se detiene unos segundos a admirar sus piernas blancuzcas. Encuentra una serie de moretones y mordidas en sus muslos internos que solo se intensifican cuanto más se acerca a su entrepierna. El menor recuerda como Jotaro le dijo en su momento que se relajara y que pensara en otra cosa que no fuera en la incomodidad de su entrada mientras lo acostumbraba a la presencia de sus dedos. Para esto, Jotaro se había dedicado a plantar castos y rítmicos besos en sus muslos internos para distraerlo del dolor.
Kakyoin decide continuar examinando su cuerpo. Pasa sus manos desde sus largas piernas hasta su ombligo, deteniéndose en su cadera y cintura, donde aún puede notar la vaga impresión de los dedos de Jotaro.
Llega a su torso y pasa hasta su pecho.
Pese a que allí no encuentra grandes marcas, el pelirrojo recupera perfectamente imágenes de Jotaro durante la noche anterior, lamiendo, mordiendo y jugando con sus pezones.
- J,Jotaro, no soy una niña- había dicho Kakyoin la noche anterior.
- Aun así parece que lo estas disfrutando demasiado- le había contestado Jotaro aun con una cadena de saliva uniendo su boca con el pezón izquierdo del menor.
Kakyoin se sonroja, teme que alguien, por imposible que sea, lo vea en este estado, así que decide continuar.
Sus dedos llegan hasta su cuello y, con ayuda de un espejo, nota que las mordidas se vuelven a intensificar. Jotaro pareciera tener una afección especialmente particular hacia este tipo de marca.
El pelirrojo lo encontraría tierno sino fuera porque encuentra una marca especialmente oscura y mucho más grande que el resto justo en la parte alta de su cuello, en una zona perfectamente visible al público curioso.
Su razón comienza a preguntarse cómo podría cubrir esa marca de las miradas fisgonas y los comentarios lascivos de sus amigos (que se limitan a Polnareff y al Señor Joestar), tal vez robe un poco de maquillaje de la señora Holly, aunque la sola idea lo hace sentir culpable. También podría utilizar bufanda, en plena primavera, para cubrirla; o inclusive optar por camisas de cuello de tortuga, mismas que no tiene.
Es oficial, Kakyoin va a matar a Jotaro por esto.
Sin embargo decide no hacerlo. Las pocas fuerzas en su cuerpo (cortesía del mismísimo Kujo Jotaro) le impiden realizar cualquier acción que requiera un poco de esfuerzo físico, incluso caminar. Así que opta por meterse en la bañera y disfrutar de toda la tranquilidad que un baño matutino le puede regalar.
Un gemido involuntario se escapa de sus labios cuando su piel toca la reconfortante agua caliente, sintiendo que sus músculos, por primera vez desde que se despertó, dejan de quejarse para dar paso a la relajación.
También nota, vagamente, que la mejilla izquierda de su trasero le duele, asociando fácilmente este dolor con una mordida.
Kakyoin hace la nota mental de patear a Jotaro por esto.
…
El clic de la puerta interrumpe su momento de relajación.
No puede ser Jotaro, ¿cierto?; tuvo que haber escuchado el sonido de la ducha y haber sabido que el pelirrojo se encontraba desnudo allí, ¿VERDAD?,
- Oi - la voz gruesa del menor de los Kujo termina por confirmarlo, es Jotaro, que ha decidido deliberadamente interrumpir el baño de relajación de Kakyoin
- ¿J,Jotaro?, ¿Qué haces aquí? – una pregunta tonta, se dice a sí mismo el pelirrojo, pero la sorpresa ha secuestrado su razón.
- Vine a rasurarme – dice secamente Jotaro, “propio de él”, piensa Kakyoin
- Oh, ya veo – es oficial, el cerebro del menor esta frito
Pasan unos minutos llenos de incomodidad en que el pelirrojo solo puede escuchar el sonido del rastrillo contra el lavabo y la flexión de los músculos del mayor. Internamente Kakyoin solo desea poder fundirse con la tina y, de paso, hundirse en el piso para desaparecer.
El pelinegro, en cambio, parece completamente ajeno a la incomodidad de su acompañante, continuando con su rutina matutina como si de una situación típica se tratase.
Kakyoin piensa en que tan sencillo sería ahogarse con el agua de la tina de baño, ¿podría hacerlo sin que Jotaro lo note? Probablemente no, su mejor amigo se percataría a tiempo y terminaría en una situación embarazosa de él desnudo mientras el pelinegro le aplica el boca a boca.
Joder, ahora esta sonrojado.
- Te traeré algo de ropa- es toda la advertencia que obtiene el pelirrojo antes de que Jotaro salga del cuarto de baño tal y como llegó.
Kakyoin da un respiro de alivio ante esto, al menos Jotaro le permitirá conservar un poco de su dignidad al no obligarlo a salir desnudo de la ducha frente a él.
O al menos eso es lo que el pelirrojo creyó hasta que el mayor regresó y permaneció expectante a un lado de la tina con las ropas de Kakyoin en sus manos, como si estuviera esperando que él personalmente las quitara de entre sus dedos.
Por si fuera poco, el pelinegro hace un ligero movimiento de manos incitado al pelirrojo a tomarlas de allí.
Kakyoin lo mira con cierta vergüenza y miedo desde abajo, encontrándose con la mirada severa de Jotaro, casi ordenándole que salga desnudo de la tina y tome las malditas ropas.
Finalmente el pelirrojo decide desistir, ya ha recibido suficiente humillación en tan solo dos días. Nada puede ser peor. Además, no es como que Jotaro no lo haya visto desnudo. Sobre todo ahora, después de su aventura de anoche.
Kakyoin se levanta y toma con delicadeza y cierta resignación las ropas que cuelga de las manos de Jotaro.
El pelinegro no puede evitar encontrarse sorprendido. Ahora que por fin tiene la oportunidad de confrontar cara a cara a Kakyoin, puede observar las marcas de la noche anterior. Notando inmediatamente los oscuros moretones, las dolorosas mordidas, los llamativos chupetones… Un ligero remordimiento inunda su corazón.
- Oi, Kakyoin, yo… lo sien- y antes de que el mayor pueda continuar, escucha el clic de la puerta cerrándose, encontrándose solo en el baño. – Dame un respiro-
El pelirrojo intuyó que el hecho de que Jotaro le diera las ropas era su señal para salir del baño. Probablemente todo lo que quería el pelinegro es ducharse, por si fuera poco este pareciera no tener resaca, muestra de su estilo de vida como un joven bebedor.
Aunque eso no importa mucho ahora.
Kakyoin pasa nuevamente a la habitación de Jotaro, donde se viste con los pantalones deportivos y la camisa floja que su gigantesco amigo le dio, probablemente las ropas más cortas que pudo encontrar en su armario sobrecrecido. Pese a ello, el pelirrojo no puede evitar arrastrar las orillas del pantalón y pelearse un momento con la camisa que con terquedad muestras más allá de su clavícula.
Una vez vestido, el pelirrojo opta por renunciar a la tranquilidad de la habitación de Jotaro, decidiendo de una vez por toda enfrentar la cruda realidad.
Sin embargo, apenas caminar un poco hacia la puerta, se tropieza, en parte por el tamaño demasiado largo de los pantalones, y por otra debido a algo en el piso.
Descubre que se trata de los cinturones de Jotaro colocados justo al lado del futón. Kakyoin honestamente no le tomaría la más mínima importancia si no fuera porque una idea extraña se cruza por su cabeza.
Mira sus muñecas para corroborar, encontrándose con que efectivamente sí, Jotaro lo ató la noche anterior con sus cinturones, las marcas en las muñecas del pelirrojo lo confirman.
Ya ha tenido suficiente de esto.
El resto de la casa no ve muy diferente a como comúnmente lo haría.
Es silenciosa, limpia y la luz del sol baña todo el lugar con un hermoso polvo dorado.
Kakyoin asocia esta tranquilidad al hecho de que el resto de hombres mayores aún deben estar dormidos, presas de sus resacas. El propio Kakyoin disfrutaría de esta mañana reconfortante sino fuera porque él también sufre las consecuencias de su noche de alcohol y descontrol.
Es así que continúa su caminar por la residencia Kujo. Uno a uno sus pasos lo llevan por los largos pasillos escuchando a lo lejos el fluir del agua, el salto de los peces Koi en el estanque y el golpe de la fuente Shishi-odoshi que corona el jardín.
Llega hasta la cocina donde su organismo le exige agua, sirviéndose un vaso y encontrándose con una nota en la mesa principal escrita con la pulcra letra de la señora Holly sobre un papel rosa pastel.
Cariño, fui al supermercado por ingredientes para el desayuno.
- Con amor, mamá.
Propio de la señora Holly, Kakyoin no puede evitar sonreír. Al lado de la nota, el pelirrojo también encuentra una caja de medicamento identificándolo como Ibuprofeno.
Joder, ahora Kakyoin en serio le agradece la vida a la señora Holly.
Tras tomar una pastilla y cerciorarse que en su sangre circule más Ibuprofeno que alcohol, continua bebiendo agua con la esperanza de aminorar la resaca.
No pasa mucho tiempo hasta que Jotaro llega a la cocina, se sirve un vaso de agua y se para con tranquilidad frente al pelirrojo, estableciéndose un incómodo silencio que Kakyoin juraría que duró por lo menos una hora, cuando en realidad no han pasado ni dos minutos.
Por otro lado, el pelinegro aprovecha este momento para observar a su acompañante, notando como la luz del sol contra el cabello pelirrojo del menor dan la ilusión de ser ardientes y pasionales llamas.
Al mismo tiempo, sus espesas pestañas se resaltan y hacen que los ojos de Kakyoin brillen aún más si esto es posible, dotándole de una apariencia similar a una nebulosa a los ya extraños ojos purpuras del menor.
Además de la postura obviamente avergonzada de Kakyoin, Jotaro también nota el ligero polvo rosa que colorea la piel blanco papel de sus mejillas, acompañado de un semblante similar a un puchero que solo provoca que el pecho del mayor se caliente.
Jotaro nunca se imaginó que Kakyoin pudiera entrar en la definición de tierno pero, joder, sí que lo era ahora.
Aunque, de todo, lo que más nota el pelinegro son las dolorosas marcas impresas en la piel delicada del otro, haciendo que el sentimiento de culpa vuelva a inundar su cabeza.
- Kakyoin.
- Jotaro.
Dicen ambos al mismo tiempo.
- Tu primero- continua Jotaro.
- N,no hay problema, tu primero – le responde Kakyoin, aun sin dirigirle la mirada.
Jotaro piensa un momento en cómo decirlo. Quiere pedirle disculpas a Kakyoin, en verdad quiere hacerlo, pero no es como que se arrepienta de lo que hizo anoche.
Él mismo se había encontrado atraído hacia el menor después de haberlo conocido. No solo su hermoso físico, sino su personalidad. Sus malas bromas, su franqueza, su torpeza, su inteligencia casi enciclopédica; demonios, incluso su tendencia a la crueldad, habían hecho que el pelinegro se encontrara enamorado más tarde que temprano de Kakyoin.
Lastimosamente, las emociones atrofiadas de Jotaro le habían impedido darse cuenta de su propio enamoramiento hasta que estuvo a punto de perder el objeto de sus afectos tras recibir el golpe casi fatal de Dio.
Y ahora, que por fin había probado un poco Kakyoin, no quería soltarlo.
Por eso es que Jotaro no podía decir que lo lamenta de verdad.
- Ey, Jotaro- dice Kakyoin, sacándolo de su transe- si quieres olvidar todo lo que pasó anoche, está bien, lo comprenderé, no lo volveré a mencionar.
- No – su arrebato le gana- no estoy molesto por lo que paso anoche… - traga incómodamente- ¿y tú?
- ¿yo?
Jotaro no habla, solo asiente.
- Siendo honesto, yo tampoco estoy molesto- Kakyoin evita a toda costa su mirada- tú me gustas Jotaro, por si no te habías dado cuenta.
Bueno, eso es un punto para Kakyoin, Jotaro en verdad no se había dado cuenta.
- ¿En serio? – prefiere confirmar.
- Sí, -entonces su mirada cambia por una maliciosa- ¿o crees que de lo contrario habría hecho lo que hice anoche? – dice Kakyoin, mientras lame sugestivamente sus dedos.
Joder, Jotaro juraría que sus pantalones han comenzado a sentirse incómodos.
- Dame un respiro, por tu culpa parece que anoche me peleé con un maldito gato.
- ¿tú te quejas?, por dios Jotaro, tengo marcas en todo mi cuerpo, como si una aspiradora y una bestia hambrienta me hubieran atacado al mismo tiempo. – para comprobar su punto, Kakyoin eleva un poco su cabeza, dejando a la vista las marcas en su cuello- ¡Ni siquiera puedo caminar bien!
Jotaro no dice más, una ligera risa de escapa de entre sus labios, divertido de las quejas del menor.
Un cómodo silencio se hace establece entre los dos.
Por supuesto que es en este momento en el que cierto francés decide interrumpir con uno de sus típicos ataques de gritos.
- ¡Bonjour! – dice, entrando a la cocina-
Y, tras de él, Avdol, con un semblante preocupado- Buenos días. Jotaro. Kakyoin. - Dirige una mirada a cada uno.
- ¿¡Cómo han amanecido mis dos niños favoritos!? – dice el joven francés mientras pasa sus brazos sobre los hombros de los dos adolescentes en una especie de abrazo varonil.
- ¿Acaso tú no tienes resaca? – pregunta Kakyoin obviamente molesto de los estruendosos gritos de su amigo.
- Sigue ebrio… - responde Avdol con resignación.
- ¿¡Qué!?
- Jaja oh mis dos jóvenes enamorados, ¿acaso no sabían que beber más alcohol sirve para aliviar la resaca? – dice Polnareff con orgullo, como si acabase de revelar un gran secreto del universo.
- Estoy seguro de que así no es como funciona – es todo lo que dice Kakyoin, intentando ignorar el hecho de que Polnareff acaba de llamarlos “Jóvenes enamorados”-
Pasan unos minutos más de singular tranquilidad que se resumen en Polnareff intentando beber más alcohol mientras Avdol sabiamente le da un vaso de agua, esperando que su amigo francés no cause más desastres de los que ya ha provocado… como los dos vasos quebrados y el piso mojado.
Cuando finalmente el egipcio logra controlar de alguna manera a Polnareff, Jotaro y Kakyoin no pueden evitar mirar con ternura la escena. Notando como el moreno parece genuinamente preocupado por su amigo. ¿Tal vez Polnareff y Avdol también se sienten como ellos?
La situación bien pudo haber quedado allí si no fuera porque Polnareff se dignó a abrir su bocota y continuar con sus payasadas de borracho bromista.
- Oye Kakyoin ¿Sabías que eres un gritón?
El pelirrojo no puede evitar escupir el agua en un cómico cliché, mirando expectante al peliblanco mientras poco a poco su rostro se tiñe de un fuerte tono rojizo que compite con su cabello. Jotaro se limita a mirarlo amenazadoramente.
- ¿Qué? – pregunta tímidamente Kakyoin.
- ¡Sí! Anoche gritabas como loco, Avdol y yo en serio consideramos interrumpir su sesión de sexo, te escuchabas como que estabas sufriendo mucho.
- A mí no me metas- dice el egipcio a lo lejos.
- Pero en serio Jotaro, ten un poco más de consideración por tu novio – continua Polnareff- Kakyoin prácticamente estaba gritando auxilio mientras lo partías en dos, ¿Estas consciente que eres jodidamente grande y Kakyoin es tiernamente pequeño? ¡tú delfín obviamente no va a entrar tan fácilmente en su florecita! – el francés apunta dramáticamente al menor, presentando un casi genuino semblante preocupado.
- Kakyoin y yo aún no somos novios- responde secamente Jotaro.
Es oficial, el pelirrojo quiere morir.
Si Polnareff no nota, o directamente ignora, el aura asesina de Jotaro o la presencia amenazadora de Star Platinum tras suyo, es un misterio para todos los presentes.
Afortunadamente (tal vez desgraciadamente) el señor Joestar entra a la cocina con toda la sutileza propia de un rinoceronte.
- Oigan, no traten mal a mi nuevo yerno- y, tras considerarlo unos segundos- o a mi nuevo nieto, ¿Cómo prefieres que te llame, Kakyoin?
- Solo mátenme- dice el pelirrojo ocultando su ya sonrojado rostro entre sus manos.
- Oh, no puedo hacer eso, mi nieto me asesinaría, ¿no es así Jotaro?
Jotaro no responde, prefiere no hacerlo. Aunque asesinarlo de una vez es una buena opción.
La mañana lentamente continúa, así como los chistes obscenos, las burlas picaras y, por sobre todo, las estruendosas risas de los tres hombres mayores (que bien podrían reducirse nuevamente al Señor Joestar y a Polnareff).
Esto les da el tiempo suficiente a los dos jóvenes adolescentes para voltear hacia el otro y cruzar miradas.
Kakyoin se encuentra con un semblante tímido y un par de ojos azules que solo expresan amor.
Jotaro, en cambio, se encuentra con un sonrojado y apenado Kakyoin, que apenas cruzar miradas con él, le responde con una cálida sonrisa.
El pelinegro no puede evitar devolver el gesto, descubriendo que esta es la sonrisa más genuina que ha expresado en meses y, para sorpresa de todos (incluso de él mismo) decide tomar la mano del menor.
Jotaro y Kakyoin entonces se dan cuenta que tal vez lo que pasó anoche no es tan malo, y tal vez este tan solo sea el comienzo de otra aventura más, una mucho más larga, más emocionante, más llena de amor y que, por supuesto, vivirán juntos.
