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La noche cae pesada, como si el Cielo bajara a la tierra con sus nubarrones a atravesar las vidas de los humanos con sus caprichos y sus miserias. Pero la noche se mantiene despejada. La vida continúa y Yato lleva a Kazuma enrollado alrededor del cuello.
Con una mano se acomoda aquella tela suave y cómoda que lo protege del viento, con la otra empuña el arco. Yato no siente frío. No de la manera exacta que lo haría un humano, pero la sensación se le cuela traicionera entre las rendijas de aquel enorme pañuelo y se le asienta en el cuerpo. Dispara otra flecha. Un ayakashi se dispersa en el aire y Yato continúa andando de techo en techo.
Aunque llevan varios días de entrenamiento, buscando acoplarse el uno al otro, la coordinación de sus movimientos y la puntería de sus disparos deja mucho que desear. La frustración se le desliza en la lengua cuando finalmente llama a Rekki y Kazuma se materializa otra vez a su lado. Aquel enorme y cómodo pañuelo ya no le roza los hombros con ingravidez y, sin el abrazo de Rekki sobre el cuerpo ni la presencia de Yukki entre los dedos, Yato se siente extrañamente al descubierto.
Kazuma, no Kazune. El Kazuma de traje y lentes de Bishamon, está de pie frente a él. A ojos humanos, luce tan recto y compuesto como siempre, pero Yato puede ver la manera en que se sacude entero, reajustándose, como si volviera a ser quien fue antes. Antes de esto, de ellos. Yato puede ver el quiebre en su postura, imperceptible pero presente.
Ahoga una risa y carga la sonrisa en los labios con ironía.
—Bueno, eso fue definitivamente per-fec-to.
La protesta que crece en Kazuma muere cuando cruzan las miradas. Yato lo observa con el rostro ladeado, lleno de perspicacia y Kazuma se deja deslizar por la pared del callejón en el que se encuentran. La frustración cae también en Kazuma. Yato puede verla en los bordes de su cuerpo, en el ligero movimiento de una de sus manos y en la manera en que se tuerce víctima del peso de un nuevo fracaso.
Debería ser más fácil. Natural, incluso. Para ellos que se conocen desde hace tanto.
Kazuma se acomoda el armazón de los lentes sobre el puente de la nariz, un gesto cargado de nerviosismo que Yato puede sentir temblarle en el cuerpo.
Yato se lleva una mano a los labios, dando golpecitos al ritmo de una, o varias memorias. Kazuma—Kazune—Hirano Kiyotsugu, se despliega en su mente como un eco y un presente.
—¡Oye, Kazuma! Hazme el favor de hacerte a un lado —dice, enderezándose de golpe y tomando asiento en aquel rincón de la pared, en el espacio que queda entre un tacho de basura, vacío y olvidado, y Kazuma. Los brazos de ambos se aprietan uno contra otro—. ¡No me mires así! Hace frío y somos amigos, ¿o no, Kazuma?
Yato pronuncia la sonrisa. Guarda en ella multitudes. En cambio, los labios de Kazuma se contraen hasta casi desaparecer. Guarda silencio. Ni niega ni concuerda con aquella afirmación. La pregunta se balancea entre ellos, como el alma de Hiyori suele correr entre Yato y Yukki, atrapada en un limbo donde no es ni lo uno ni lo otro.
A Yato la desconfianza de Kazuma le duele de una manera muy diferente que el punzar de una impureza. Este dolor no se refleja en su cuerpo, no lo marea, ni lo inhabilita, pero aun así lo siente hondo.
No debería existir esta brecha. Este abismo. No entre ellos que se conocen desde hace tanto.
Yato puede retraer los recuerdos de todos esos años. Desde que Kazuma se presentó frente a él, Yato, Dios de la Calamidad, Nora al alcance de su mano, y ofreció a toda su familia a cambio de Bishamon. Entonces, aún lucía como cuando era humano. Yato puede ahora reconocerlo. El mismo cabello, el mismo kimono verde, y la misma desesperación de aferrarse a la vida en sus ojos. Desde entonces, Kazuma se despliega como un álbum familiar.
—No deberíamos quizás…
—¡Me agradas como Rekki! Eres calentito, Kazuma.
Con la exageración y la exaltación que acostumbra, Yato exclama aquellas palabras, tragando el resquemor de todos los años que han compartido juntos, siendo mucho, siendo nada, el uno para el otro. Yato se acurruca contra Kazuma buscando el abrigo perdido de aquella especie de bufanda en la que se convierte Kazuma como Rekki. El aroma permanece. Cítrico. Como el placer del jugo de una fruta en los labios en pleno verano.
Kazuma se remueve incómodo ante el contacto. Pero no lo echa, ni sugiere que deben retirarse a otra parte a pasar la noche. No lo punza con pensamientos impuros. No imagina que es Bishamon a su lado. Yato lo observa jugar con sus manos entrelazadas sobre el regazo. Con un dedo traza las líneas del kanji que deja a Choki al descubierto, un movimiento mecánico, cargado tanto de nostalgia como de certeza. Sobre el pecho, Rekki se mece al compás de su respiración.
Yato sabe, como saben todos los dioses, del poder de un nombre.
Yato posee ahora el más valioso de todos los suyos.
—No me digas que te sientes como un adultero, Kazuma —dice, con tono juguetón, restándole importancia aquel silencioso secreto. Con qué facilidad se había deslizado Kazu entre su lengua. Kazuma, Kazune… el de Bishamon, aquella que había odiado a Yato con fervor, y el de Yato, quien fue por tanto tiempo, benefactor y beneficiario.
Cuánta ironía. Ellos que han estado enredados desde hace tanto.
Yato desliza una mano por el brazo de Kazuma hasta delinear las líneas que lo marcan como pertenencia de Bishamon. Apoya el rostro sobre las líneas que lo identifican como suyo. Murmura una melodía entre labios, un sonido que no reconoce pero que suena como el ronroneo de un gato.
El respingo de Kazuma Yato lo siente en todo el cuerpo, pero éste no opone resistencia cuando Yato desliza los dedos entre los suyos, cubriendo a Choki con ellos. El gesto parece calmarlo. Un frágil respiro que acabará por deshacerse cuando amanezca. Entonces, continuarán entrenando, un Dios de la Calamidad y su shinki, su nora.
Aquí, ahora, sólo están ellos y cuando se acomoda contra Kazuma y cierra los ojos, éste lo protege del viento.
