Actions

Work Header

Única en el mundo

Summary:

Sólo hay una persona en el mundo a la que Benedict deja conducir su motocicleta (o verlo llorar).

Notes:

Ok, los que leyeron la novela seguro lo han notado, o yo nomás estoy haciendo conjeturas ridículas, pero... Nadie me va a quitar de la cabeza que Violet y Benedict son hermanos perdidos–

Work Text:

I.

Las manos entrelazadas en la oscuridad.

«No te vayas».

Cálido. Sus dedos son cálidos. Sus ojitos de mar, la noche brillante. Todo es cálido. No quiere dejarlo huir. Teme que desaparezca otra vez.

«No me dejes».

Hay rojo, rojo, rojo por todos lados. No hay monstruos en el armario ni bajo la cama. Las bestias, en realidad, entran por la puerta y tienen su misma imagen, portan las voces similares y el mismo idioma. Les miran con recelo pese a tener el alma igual a la suya. Gritan en silencio y quieren arrastrar sus garras sobre su piel, hacerle pedazos, embriagarse de sí y tirarlo a un campo donde los pastizales son cuchillas y el aire es veneno, mortífera tortura. Hay una humareda picando en su nariz, un aroma sanguinario, mucho dolor, mareo, mareo, mareo, como si la tierra temblara y no tuviera en dónde apoyarse para no caer. Un abismo le acecha allá, en lo profundo de su yo interior, esperando devorarlo de un bocado y apagar sus circuitos.

Indefenso, se siente indefenso. Es horrible. No puede estar así. Él es fuerte (el más fuerte entre todos), debe serlo. Debe serlo porque— porque ella está allí, aún sujetando su mano, al final del día, al comienzo de la noche, en todo momento. Escondida bajo sus alas (rotas, incapaces de alzar vuelo). Sus orbitas brillantes, que poco a poco se opacan al igual que el cuadro desgastado al que llaman vivir, la pintura infernal y los pasos pesados sobre las piedras, sobre la arena, hundiéndose en el mar también azul como su mirar, están guiándole como la luz lunar entre la incertidumbre. No habla mucho, pero siempre está pidiéndole que no se olvide de.

(Que no olvide. Que no olvide. Que no olvide.)

«Vuelve a mí».

El azul le ahoga. Sus brazos ya no pueden escarbar alrededor, no pueden sujetarse a nada. Está cansado. La arena entre sus dedos y su cabello también se desvanece, como ella, como su pequeña figura grácil, como sus dedos cálidos y sus orbitas noctámbulas. Y él sólo puede verla desaparecer, convertirse en niebla húmeda —lágrimas amargas— mientras retazos desconocidos surcan y recorren su mente entera, de principio a fin, hasta que ya no queda nada más que un vacío sempiterno y mucho, mucho dolor. Dolor en los músculos, en los huesos, en los pulmones, en la cabeza. En la punta de los dedos, los cuales han perdido la imagen tácita de esa señorita que, con vocecilla de ruiseñor, daba cánticos («hermano mayor, hermano mayor, hermano mayor») aún en medio de la nada, rodeados de tormentas carmesíes, entre los colmillos de las bestias mordaces y crueles que ponían correas a sus cuellos y les hacían bailar danzas infernales.

Sueños— sueños rotos. Una vida amarga.

«Te encontraré».

***

II.

Su búsqueda no tiene razón de ser. Aunque es más que sueño (una meta), es menos que un suplicio. No hay rastro, no hay una imagen clara, no hay nada. Pasea a ciegas por lo que le resta de vida, vagando por un mundo insidiosa que sólo podría darle rechazo y brama. Nada ostentoso, una vida de viajero y asesino le sigue en la sombra, bajo un sol insípido que le recuerda con desagrado unos días mucho menos alegres.

Un niño sin nombre que tiene la arena del desierto en el pelo y el mar congelado e indomable en los ojos, y sobre la piel un montón de dibujos sin tinta (con sangre urdiendo fríamente a través de todo y hacia nada, no obstante) que le recuerdan alguna cosa que su memoria no guarda más que películas cortas que vienen tras quedar inconsciente. Situaciones inconsistentes, momentos hirientes, sueños que no son sueños y desvaríos banales, que le persiguen horas y horas —y segundos eternos—, a la par que sus dedos entrebuscan ansiosos aferrarse a algo, lo que sea. Pero la histeria del mundo real es—

Nadie, ningún adulto, quiere prestar auxilio a un niño al que ya no le queda nada. Nada más que su vida y la imagen borrosa de alguien importante que, tal vez sí o tal vez no, siguiera escondida y perdida entre la infinidad de otros rostros, otras voces, otras presencias. Y realmente no es importante, por supuesto. Lidiar con la crueldad y vivir en incertidumbre ante la negativa respuesta a sus súplicas internas («recuérdala, recuérdala»), con sinceridad, no es tan imposible. Se le hace como un chasquido entre sus dientes y silbar bajo la luz de la luna, a nadie, a todos.

El problema es que— es que hay un adulto que no es tan así como los otros. Y éste le asusta, vale. Es aterrador. Siniestro. Tiene una sonrisa de caramelo, el cabello de rosas rojas y se ríe como si estuviera todo bien —un maldito bastardo que ha visto la muerte a la cara y le sigue ignorando como si valiese nada—, mientras dicta palabras determinadas de tontivanidad y sugiere paganidades inmaculadas. Todo en él es un caos. Le da escalofríos.

—Benedict Blue.

Y le da un nombre que no debería ir con él, y aun así, le sienta tan bien que la noche en sus ojos se convierte en una mañana de verano.

Ahora Benedict sólo continúa pensando que el Viejo es un idiota, pero el hacerle a un lado ya no es posible, porque le debe la vida y le ha dado un precio muy, demasiado alto, tanto que nadie podría pagarlo. Y le ha regalado una estupidez innecesaria y le ha dicho que todo está bien, e ingenuamente le ha creído sin querer.

Y todo debería estar bien.

Él está bien. Siempre se obligó a estarlo.

(Incluso cuando en su interior sigue desesperado por encontrar a ciegas a una persona que ya no sabrá ni quién es, ni quién será, ni si seguirá.)

***

III.

Resulta que—

(No es el único con las manos manchadas de rojo ardiente.

Un infierno podría desatarse en cualquier instante.)

Vivir fuera de la guerra no es tan difícil. O tan sencillo.

Y aunque supiera de ello antes, realmente no es importante. En la punta de su lengua siguen impresos los pocos nombres que recuerda, tras sus pupilas los rostros variados, en lo profundo de su mente la información varada que debió desechar y que, aun así, no se larga. Los guantes sin dedos, de cuero, suelen quemar como hielo seco la piel rasposa de sus manos, pero allí está el mango de la motocicleta, y solo necesita subir las agujas en sus pies y golpearse el rostro con aire, con el aire de un viaje corto o largo, a veces sin importar el destino, a veces con un final muy necesario. Las imágenes borrosas que tienen sabores rústicos y algunas otras sutilezas son como una anestesia imprescindible, tal vez forzoso.

Y lo adora tanto que le asusta.

Algo no anda bien.

No hasta que cierra los ojos y revive una memoria que parece de otra existencia. A veces piensa que tal vez esos recuerdos no le pertenecen, pero algo así le deja acidez en la boca del estómago y, sin preocuparse mucho, decide que es mejor guardarse la vocecilla irreconocible que le sigue cantando tan dulcemente melodías que no le gustan, que ha terminado detestando hasta el punto de querer regurgitar una desdicha eterna. Sin embargo, allí continúa, pegado a sus brazos, un sentimiento desconocido que le burbujea el pecho y le llena —casi asfixiándolo porque, en pequeña maldad, se cierra sobre su garganta y no se aparta jamás— de algo parecido a la familiaridad que ha perdido y continúa buscando sin pensar.

Con sinceridad, a veces se cansa. A veces, se detiene también. A veces sólo quiere echarse a dormir y no rebobinar algo ya tan pasado. Un colapso irrelevante se cierne sobre sus hombros ante la desdeñosa maldición de un cariño anticuado que, quizás, ya nunca va a poder recuperar sin importar cuánto empeño ponga. O qué precio desee darle.

Pero es bueno que el trabajo le brinde el socorro de obligarlo a ignorarse a sí mismo, y a la preocupación insensata que nunca se va de su lado.

Al menos, hasta que alguien más aparece.

(Y ella es una muñeca más sucia que él. Que no sólo sus manos están pintadas de las almas ajenas, sino que también lo están sus pies de bailarina mortal, sus labios de dulce muerte engañosa que no suelta palabras ni en el día ni en la noche, que incluso tras el rastro que dejan los bordes de su bello vestido impoluto hay flores celestiales que anuncian el averno y el cielo.

Es la mensajera más bonita de todas. Una arma sangrienta. Un soldado que lo ha perdido todo.)

Y ella tiene la mirada de mar congelado, como él. El cabello de un color dorado, como oro refulgente, casi valioso, como él. Pero su piel no ha pasado por los tormentos desérticos de una vida bajo el sol, sino que deja el reflejo de ataques nocturnos y alaridos opacados por la misma traicionera luna— luna llena, luna menguante, luna creciente, luna nueva. Todas las noches, infinidad de veces, repetitivos escenarios donde no hay más que muerte y tortura y risas y desgarros y chapoteos. Y, como si las estaciones no pasaran cerca, la primavera no pinta su rostro (de niña rota, de flor inmaculada) pero lo deslumbra en su juventud, el verano en sus palabras (quema, quema, quema con crueldad), el otoño en su expresión (en picada, siempre en picada) y el invierno en su rededor (sus manos son frías, tan frías). Hay algo más también, tal vez en su forma cansina e insensible de mirar —de mirarle— y no sabría descifrarlo con certeza. Empero, no es que le importe mucho.

Y aún de esa manera, no puede evitar pensar que ella es tan pequeña que le da miedo que se rompa.

—Mi nombre es Violet Evergarden.

Pensamientos inútiles que tira a un lado desde ya.

Violet es más que una niña desdichada que no sabe lo que es el amor (que quiere aprender de él más que nada en el mundo). Su inquietud traspasa una curiosidad inquebrantable, hay un hilo inoportuno colgando junto a su manga. Quizás ella sepa cómo cortar una idiotez absurda como aquella, que (es) podría ser la idea de una meta cumplida.

No existen las cosas verdaderamente felices en un mundo como aquel.

***

IV.

Podría ser que, en su desdicha indeseada, Benedict piense tonterías.

Tonterías como que su hermanita está esperándole aún, perdida en la esfera interminable que es el planeta. Tonterías que tiene que ver con el absurdo e idiota (y soñador y triste y anhelante) pensamiento de que fuera siquiera posible el haberse topado con ella alguna vez, en alguno de sus viajes, en algún pequeño instante donde hubo cruzado los ojos con otro par del mismo color que el suyo. Que lo que tuviera como pista y el sendero a seguir no fueran más que vagos recuerdos de un cabello claro, tal vez falso, tal vez de tonos distintos, bajo la noche o en la penumbra, o incluso que tuvieran la misma suavidad que el algodón pese a estar impregnados de sangre ajena. Y él en un delirio pueda recordar haberle sonreído y decirle que todo está bien, que no le olvidará.

Pero no puede evitar reírse histérico, y entre lágrimas interminables, por haberle mentido tan descaradamente antes de no volver a verle nunca más. El ardor pasa desde su estómago a su corazón y sus brazos ocultan su expresión compungida en dolor. Ella ya no está. Ella era tan pequeña. Ella le acompañaba siempre y le repetía que estarían juntos. Ella esperó y deseó ir con él y él—

Él cayó al mar.

Y ya nunca más la volvió a ver. Su rostro bonito ya se había desvanecido, la imagen perdida de una niña parecida a él, nada más que tristes retazos resquebrajados. Le rompen poco a poco, todas esas cosas, toda esa calidez perdida. En un intento de trenzar las oportunidades y las dichas del pasado no le queda más que cerrar los ojos y aferrarse sin fuerzas a lo único que tiene enfrente.

Pero eso nunca ha sido suficiente. Casi termina ahogándose (como antes, como siempre) cada vez que le ocurre lo mismo.

—Benedict.

Sin embargo, esta vez hay un ancla sujetando sus manos. Ésta no se hunde, no lo arrastra. Porque la niña tiene las botas puestas en la tierra (literalmente) y siempre le saca, casi a patadas por culpa de sus ingenuas y afiladas palabras llenas de sinceridad desvergonzada, siempre evita que se vuelva a ahogar en el trasparente océano que conforma su mente hecha añicos —consecuencia directa de una niñez envenenada desde el comienzo y un crecimiento entre armas, muerte, tortura y guerra—. Entonces está esa cara bonita de invierno, con la mirada azul profunda que no alberga mucho, que podría esconder demasiado, tanto que ha construido una alarma constante y repetitiva dentro suyo.

Pero con eso, igual sigue siendo sólo ella. Y le agarra de las manos, el frío metal contra su piel, que se siente cálido pese a ello. Es refrescante, tal vez muy familiar, tanto que no puede reconocerlo porque lo único que tiene es la indecisión de su interior que ya no sabe aceptar la verdadera bondad —sólo la de ese Viejo.

Pero Violet es única, porque aunque no le sonríe nunca, le da una paz más grande que las personas que alguna vez lo hicieron. Y eso es realmente malo porque—

Porque las lágrimas no se detienen tan fácilmente, y la motocicleta ha quedado varada más allá. Él no puede dejar de intentar buscarle una razón, buscar una respuesta, a todo el desastre que es su existencia y la desesperación que le abruma al perder el único propósito (de su niñez) para vivir en un mundo como ese. Los sonidos de lo profundo de su garganta se esconden tras la tela del vestido de la joven que le acompaña sin pesares, sin mirarle con pena ni lástima, que simplemente se queda allí y espera con paciencia un final que él no quiere reconocer. No le alienta de forma vacía como lo haría cualquiera. Ni siquiera le abraza pero—

Pero está bien. Benedict no necesita un consuelo banal e hipócrita. Violet dice las cosas claras y todo termina con un acuerdo digno. Ella nunca le dice a Hodgins que él ha llorado por no saber qué hacer con su pasado y lo que aún busca sin querer. Él entonces le deja conducir la moto porque, sin prestarle mucha atención o molestarse en pensarlo cuidadosamente, le ha entregado toda su confianza encima como quien regala su corazón a un desconocido que le ha dado un dulce.

Sin embargo, Benedict no cree tener corazón, y Violet (no es una desconocida) no le ha dado un dulce.

***

V.

Desde entonces, tal vez puede sonreír con algo parecido a la alegría. No es suficiente, sin embargo, está bien. Ella está bien, ambos lo están. Guardan recelosos memorias que no han de decirle a nadie más, y se afianzan en palabras mudas y una solidaridad incomprensible. Nada sorprendente para las personas que no saben observar su alrededor, ni a las miradas confidentes o los trabajos sincronizados. La directriz de la niña-muñeca que no perdona con sus palabras sinceras y el chico que no confía en nadie más que en sí mismo. Nada fuera de lo usual.

Sorpresa, en cambio, es que Benedict Blue deje a alguien más conducir. Sorpresa también es que Violet Evergarden sea ese alguien más.

Sorpresa también sería que Hodgins sin querer crea que, al observarlos desde lejos, se ven tan parecidos que cualquiera pensaría que son familia.

*

*

*

¿fin?