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—Papá, ¿Hay algo de lo que te arrepientas?
La voz de su hijo menor sacó a Draco de sus pensamientos internos, su mirada se dirigió hacia Scorpius y pudo ver destellos de su madre en las facciones de su hijo a pesar de que era idéntico al propio Draco.
Arrepentimientos.
Draco tuvo muchos en aquella vida, demasiados para ser contados, pero aprendió a caminar sin pensar en lo que no fue para concentrarse en lo que podría ser. Ella le enseñó eso. No le había ido mal, pensó mientras la imagen de su hijo esperaba su respuesta.
Draco podría haberse arrepentido de muchas cosas, pero había una sola que jamás tendría su perdón.
—Una vez hubo una amiga… —comenzó despacio mientras el viento de la tarde helaba a los dos Malfoy. —Ella era brillante.
—¿Como una estrella?
Draco sonrió de lado.
—Como el sol, ella era dorada.
—No me gusta ese color.
Riendo, Draco asintió, su hijo era plata al igual que él, pero ella… ella siempre fue el dorado del sol.
Desde sus rizos castaños que se iluminaban por los rayos, hasta su sonrisa desgarradora que tanto lo emocionaba, nunca supo cómo, pero Hermione Granger lo iluminó con su fuerza y su forma de ser, su valentía y todo lo que representaba de sí misma cuando Draco apenas era más que una sombra.
Recordaba haber empezado octavo año con pocas esperanzas, acorralado por sus propias pesadillas y el rencor que había sentido hacia sí mismo. Los primeros meses habían sido un calvario para Draco y sin embargo, todo había cambiado cuando lo asignaron como compañero de pociones de cierto gryffindor.
Fue como comenzar de nuevo. Incluso si había tantos malos recuerdos entre ellos creando grietas en su tentativa relación.
Un pasado tan turbulento como el de ellos no se borra de un día para el otro. Ambos tuvieron que aprender eso en el camino.
Y dolió, dolió tanto recordar y perdonar. Draco pudo verlo en ella en cada momento juntos, la forma en que le pesaba tener que verlo y como a veces simplemente se quedaba mirándolo fijamente antes de negar con la cabeza y desaparecer por los estantes de la biblioteca.
Draco ni siquiera pudo culparla.
Así fue durante meses hasta que un día se acercó a ella por cuenta propia y se sentó en su misma mesa de la biblioteca.
—Ella me habría matado, a mí, a mi madre… a mi padre incluso.
Granger apretó los labios en una fina línea y asintió.
—Pero no creas ni por un solo segundo que no me arrepiento de no haber hecho nada para salvarte.— las palabras salieron de su boca con fuerza, casi escupidas en su dirección y entonces Draco se dio cuenta de que había guardado ese pesar por mucho tiempo—. Todos los días pienso en eso, en tus gritos, en tu sangre, en tu dolor... me arrepiento de no haber hecho nada. Me lo merezco, es mi castigo, mi mayor pesar incluso sobre la marca en mi brazo que me perseguirá hasta mi muerte.
No podía mirarla, su vista se encontraba clavada en la mesa, observando los detalles de la madera vieja.
Granger no dijo nada.
—Entonces, perdóname, perdona si decides hacerlo. No tienes idea de cuánto lo lamento, si las cosas pudieran haber sido diferentes, juro que haría todo lo posible para cambiar aquel destino.
—¿De verdad lo sientes? —su voz se escuchó como un susurro—. ¿De verdad lo lamentas?
Draco levantó la vista y la miró a los ojos.
Gris y marrón colisionaron en una guerra de palabras, una misma guerra que antes los había destruido para que lograran encontrar las piezas para armarse a sí mismos de nuevo.
—Cada día de mi vida, Granger.
Empezaron de nuevo desde ese momento.
Fue vacilante, casi frágil, la armonía que lograron construir. Descubrieron que más allá de todas las razones por las que eran diferentes, también habían otras mil razones más por las que se complementaban.
Muy de a poco Granger le fue regalando sus sonrisas y muchos más de sus pensamientos, aquel cerebro suyo parecía nunca poder dormir. Ella se empezó a preocupar en otros aspectos respecto a él y su vida. Se volvió su verdadera amiga y viceversa. Rio con ella, lloró con ella, aprendió actos de perdón y reparación con ella.
El año que tuvieron para ellos se fue consumiendo de a poco hasta el final de su historia post guerra. Una noche, mientras Draco terminaba de escribir en su pergamino, miró a un costado y la encontró dormida sobre los libros. En ese momento, supo que la extrañaría para siempre incluso si todavía no habían dicho adiós.
Pero también entendió que extrañarla sería algo con lo que tendría que vivir.
No hubo historia para una heroína de guerra y un mortifago más allá de las paredes de Hogwarts.
—¿Te arrepientes de ser su amigo, papá?
Draco parpadeó y volvió a la realidad, negó con su cabeza y con su mano revolvió el cabello rubio de su hijo.
—Nunca. —aseguró solemnemente— pero… me arrepiento del poco tiempo que tuvo nuestra amistad.
—Oh.
Scorpius no insistió con el tema, Draco lo agradeció porque no habría sido capaz de manejar más preguntas. El niño se alejó para jugar con los rosales que su abuela había plantado alguna vez cuando era tan solo un bebé creciendo en el vientre su madre y Draco lo observó desde donde se encontraba parado.
Los recuerdos volvieron a su memoria y Draco no tenía 37 años, sino 18 y se encontraba en la plataforma 9 y ¾ , 19 años atrás, en el día final de su año escolar.
El último día que la vio.
Granger se encontraba parada frente a él, mirándolo con ojos expectantes y un porte vacilante, se balanceaba sobre sus pies y Draco sabía que ella tenía la prisa de correr lejos y explorar mucho más del mundo tal como le había contado una vez en sus noches de estudio.
Ya… ya no había una guerra que la detuviera, ya no estaban tras su espalda y ella podía ser libre de haber volado lejos tal como sus ojos expresaban aquel deseo.
Draco pensó que no tenía lugar alguno en aquellos planes. Siempre lo supo.
¿Cómo podría ella volar a su lado mientras él arrastraba las cadenas del pasado?
Estas cadenas se enredaban en sus pies y sus brazos, pesaban y dificultaban su caminar, aquellas cadenas no eran más que su apellido y su historia familiar. Granger se merecía mucho más que todo aquello. Mucho más, todo un mundo, todas las cosas bellas y hermosas que la vida misma puede ofrecer a alguien tan brillante como ella.
La desesperanza aplastó el pecho de Draco y grabó el rostro de Granger en su memoria sabiendo que sería capaz de evocarlo cuando se sintiera en su punto más bajo. Cuando más la extrañara y ella se encontrara lejos, viviendo una vida que no tenía nada que ver con él.
—Fue un placer pasar este año contigo, Draco. —le dijo en un parpadeo—. Extrañaré a mi compañero de pociones.
Lo extrañaría, lo echaba de menos… a él. Draco. Draco Malfoy.
La necesidad de abrazarla llegó fuerte como las olas del mar… y nuevamente no hizo nada más que apretar los puños a su costado. La impotencia pesaba como plomo y cuando su
nariz picó, solo pudo ocluir para no romperse en frente de ella como un niño que no consigue lo que quiere.
Él la quería, la había querido por un tiempo.
Pero él no la merecía.
Aquellas eran dos cosas distintas.
—Yo… yo también te echaré de menos, Granger. Pero que no se te suba a la cabeza, ya tienes mucho que arreglar en ese lugar
Su mano se estiró y con toda la añoranza del mundo, tensó un rizo para luego soltarlo y que volviera a su forma original. Granger se acercó un poco más a él, dando un paso hacia adelante, fue imposible que sus alientos no se mezclaran y entonces Draco nunca se había sentido tan vivo.
Pero el pánico lo invadió como nunca y fue un instinto alejarse.
¿Por qué querría ella tenerlo cerca? ¿A él?
Ella era el sol, y él apenas se veía como una estrella.
—Está bien entonces, —Granger apretó un poco la mandíbula con una mueca en sus labios ante el rechazo, ni siquiera podía mirarla a los ojos y algo en él le decía que ella sabía de su oclumancia—Ten una buena vida, Draco. De verdad lo mereces, nunca olvides eso por favor.
Quería decirle tantas cosas, quería tomarla del brazo y acercarla, besarla con fuerza y nunca separarse de su lado, pero de nuevo, no puedo hacer más que quedarse quieto sin hacer nada.
Granger tocó su hombro con gentileza, demorando unos momentos mientras al mismo tiempo buscaba sus ojos, Draco no pudo darle lo que deseaba.
Entonces Hermione lo soltó y Draco nunca sintió tanto frío como en ese momento.
Su mano se dirigió a su hombro, tocando el mismo lugar donde ella lo había tocado, cerró sus ojos con pesar y apretó su mandíbula con fuerza, sabiendo que había dejado ir una maravillosa mujer, una mujer que amaba.
Dándose vuelta aun con su mano sobre su hombro, observó la última imagen que tuvo de ella durante los próximos años.
La parte trasera de su cabello rizado, iluminada por los rayos del sol y formando muchos colores en aquellas hebras que tanto extrañaría, su espalda derecha y sus pasos largos… alejándose de él.
Entonces, mientras Draco recordaba ese momento, sabía que el mayor arrepentimiento de su vida siempre sería no haberla besado en aquella plataforma hace 19 años.
Las cosas podrían haber sido diferentes.
Pero no por eso… mejores.
—¡Papá! —gritó una pequeña voz infantil y Draco se encontró sonriendo de inmediato, olvidando la melancolía que embarraba su corazón.
Dándose vuelta, vio a lo lejos a su esposa junto a su pequeña niña. Ambas se acercaban con sonrisas en sus rostros y rizos rebotando por todos lados.
No tenía 37, sino que volvía a tener 21 años y se encontraba caminando por las calles de Francia, pensando en cierta mujer con ojos marrones y sueños enormes. Pensar en ella le daba cierto sentido de pertenencia cuando sentía que no encajaba en cualquier lugar. Porque mientras Draco se sentía raro donde fuera que se encontrara, sabía perfectamente que al lado de Hermione Granger sería capaz de sentarse por los próximos mil años y formar toda una vida.
No había sabido de ella durante mucho tiempo, y donde sea que estuviera, Draco no deseaba más que felicidad para ella.
Minutos después se encontró sentado en un café, miró a la gente pasar por las calles. No pudo dejar de pensar en las miles de historias que cargarían todos ellos. ¿Serían tristes? ¿Habrían finales felices? ¿Estarían aquellas historias pintadas con tragedia? ¿O expresarían la dicha de la vida misma? ¿Los grises serían un intermedio o solo habrían blancos y negros?
Draco pensó y pensó.
Entonces, durante la noche, lo único que hizo fue escribir.
Porque tenía que curar su historia y sanar su pasado.
Empezó hablando de un niño, un niño que había nacido sobre sábanas de seda y recostado en una cuna de oro. Siguió por un padre, uno que había impregnado la frialdad, continuó con una madre, una que había logrado rayos de calidez. Terminó por una una guerra, arrepentimientos, una mujer, una despedida y una mano en el hombro.
En semanas, consiguió un editor, en meses, fue un libro publicado… en el mundo muggle.
Y en un año, ella golpeó su puerta con toda su furia.
—No puedes hacerme esto. —le dijo con resentimiento mientras chocaba el libro contra su pecho.
Draco absorbió cada detalle de Hermione después de no haberla visto por años.
Sus vivencias se mostraban en su rostro, su cuerpo no parecía otro pero era diferente, más curvilíneo, su cabello no era tan gigante y su porte no era otro que el de una mujer segura de sí misma que venía reclamar cosas del pasado.
—Gran—
—¡Yo también te amaba, absoluto imbécil! —gritó ella mirándolo con lágrimas contenidas en sus ojos.
—Hermione…
—Y cada uno de mis planes, cada uno de ellos, siempre venía con un nombre escrito al margen y Draco, ese era el tuyo. Siempre fue el tuyo.
Su pecho se contrajo con cada palabra que la mujer en frente de él soltó.
Ella lo amó. Ella lo quería.
Y simplemente la había dejado ir.
Así sin más.
—No me consideraba digno de ti, Hermione. —empezó lentamente, acercándose a ella—. Creía que no merecía para nada cada una de tus atenciones, cada momento que me diste… y pensé en ello por mucho tiempo. En ti. En lo que podría haber sido.
Granger lo miró con sus ojos marrones llenos de pasado.
—Yo quería todo contigo.
—Yo quería lo mismo, pero no podía permitírmelo, Hermione. No en ese momento donde estaba en un punto tan bajo.
—Draco—
—Debía sanar para encontrarte y este libro—levantó el objeto—Es la prueba de aquello.
—Simplemente me dejaste ir…
—Era lo correcto, si te hubiera besado, nunca jamás me habría separado de ti y necesitabas crecer lejos de la guerra y de mí.
—Nunca fuiste un equivalente a la guerra, Draco, yo era verdaderamente feliz a tu lado. Incluso si era simplemente tu amiga o compañera de pociones. —Granger rió entre sus palabras y señaló la portada—. Con esa prueba, supongo que también sentiste lo mismo.
Draco se acercó a ella sin vacilar alguno, tomándola de las mejillas, negó con su cabeza.
—Lo siento, Granger, lo siento en tiempo presente. Nada ha cambiado para mí. Nada.
La mujer en frente de él sollozó y entonces Draco unió sus labios en un apasionado beso que ambos habían esperado durante años. Mientras sus cuerpos se amoldaban el uno al otro, supieron que cada segundo de espera valió la pena.
Nunca más se volvieron a separar.
—Hola cariño mío. —le dijo a su hija menor mientras besaba su mejilla regordeta.
Cassie siempre fue la copia de su madre, solo que con ojos grises. Scorpius era la copia de su padre, pero con ojos marrones. Y en ambos niños, se encontraba la mayor firma de amor que jamás había existido. Ellos, Draco y Hermione, habían creado a esos hermosos seres existentes, ellos… ellos habían formado aquella familia tan hermosa.
Hermione se acercó a su lado, el arrepentimiento desapareció para dar paso a la gratitud.
Gratitud por haber encontrado el camino el uno al otro después de aquella vez donde las cosas no pudieron ser, gratitud porque la había encontrado para nunca dejarla ir, gratitud porque ella aceptó ser suya y lo reclamó como suyo en un altar, gratitud por todo lo que Hermione le había dado y los años compartidos junto a una maravillosa compañera como ella.
No podría haber pedido más, pensó mientras su familia se reunía. Cassie en sus brazos y Scorpius se acercó a su madre para ser abrazado.
Alguna vez su presente parecía una ilusión lejana, sin embargo, no se arrepintió de las cosas que hizo, no cuando todo aquello lo había llevado hasta ese momento.
—Hoy Scorpius me preguntó si me arrepentía de algo en mi vida. —le comentó a Hermione mientras ambos paseaban tomados del brazo, sus hijos jugaban unos pasos más adelante de ellos.
Hermione levantó una ceja ante la pregunta de su hijo.
—¿Y qué le dijiste, cariño?
Draco sonrió.
—Le hablé de cierta amiga que alguna vez tuve, una muy importante para mí.
—Draco, sabes que Pansy siempre se encuentra a una lechuza a distancia. —lo reprendió riendo y él solo pudo sonreírle a su amada esposa.
—Bueno, no, hablo de otra amiga, una que me ayudó en mi año más difícil, cuando parecía no tener esperanza alguna.
Granger lo miró a los ojos.
—¿Y qué le dijiste? —preguntó con su voz suave.
—Que me arrepentía de no haber tenido más tiempo con ella.
—Qué pena.
—En lo absoluto, era necesario dejarla ir, para que ambos nos encontráramos y fuéramos mejor el uno para el otro.
—MMh, supongo que tienes razón.
—Pero—la corrigió, parando en seco y girándola para que estuvieran de frente—. A pesar de eso, siempre me arrepentiré de aquel beso no dado.
La mano de Hermione sostuvo su hombro, tal como aquella vez.
Tuvieron 19 años de nuevo, su amor nunca sería capaz de envejecer.
—Suerte para ti. —le dijo besando castamente sus labios—. Que puedes recompensar aquello con mil besos más.
Y si así es como fueron las cosas, entonces Draco no tenía muchos arrepentimientos.
