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BORN FROM GODS: BETWEEN BLOOD AND DARKNESS

Summary:

Tres bandos distintos, enfrentándose en una guerra que parece no tener fin, con un Candidato político neutral dispuesto a enfrentarse a todos para lograr su meta, ¿pero será esta meta la que tanto predica o tendrá otros planes para el mundo? No importan sus intenciones iniciales, porque una vez que se vea de frente con el otro líder neutral, todo cambiara. Para bien o mal.

Notes:

Ibrahil: ¿Dónde empezar? Inicialmente sería una historia estilo Mr. & Mrs. Smith con los X-Men, pero salió algo más bien complicado. Joder, y que complicado que nos salió. Sencillamente era un fic corto que se salió de control y que nos absorbió durante meses, esperamos que lo disfruten tanto como nosotros.

Vanessa: ¡Es larga!, sí lo sé, nuestras historias son generalmente largas, pero esta es larga y creo que un giro fresco en torno a temática, esperemos que les guste, a nosotras nos ha encantado tanto que nos quedamos meses seguidos enganchadas a ella, escribiendo y escribiendo y que conste, eso no suele pasar, tendemos a saltar entre historias e ideas, nunca mucho tiempo en algo, hasta que esta historia :3 salió de nuestras cabecitas.

Beta principal: Nem-sa! Muchas gracias, nena, por toda la ayuda que nos has dado con este fic, que tan largo como es, aun asi te arriesgaste a ayudarnos con el :D fue un alivio tener alguien en quien apoyarte mientras nosotras peleabamos con el otro monstruo. Gracias por las palabras, consejos y animos.

Muchas gracias a Elghin-Hall y Nocturnal_Fox, por todos los animos que nos dieron! De verdad chicos, usteden son nuestra salvacion.

Disclaimer: Los actores no nos pertenecen. Carnage es propiedad de Marvel Comics.

Chapter 1: PROLOGO: Como todo comenzo.

Chapter Text

 

 



BORN FROM GODS
BETWEEN BLOOD AND DARKNESS

 


PRÓLOGO
Como todo comenzó.

                                                                                                    



En los veinte años que lleva viviendo en Norfolk City, nunca ha llovido tanto como hoy.

Parece que el cielo va a caerse a pedazos sobre la ciudad con cada trueno que resuena en la más basta oscuridad del cielo, solo fugazmente iluminada por la poderosa luz de los rápidos relámpagos que centellean cada vez con más ira desde la infinita vastedad sobre él. No tiene palabras para expresar cuan empapado se siente.

Recuerda como Christian Kane, un no tan sabio amigo, diría “es como caminar desnudo por la calle” como un adjetivo a esta lluvia, al huracán que azota las costas de la ciudad cercana y que al parecer ha tocado tierra y nadie ha notificado a los medios de comunicación masiva. Es ilógico que haya alguien en la calle a esas horas de la noche.

Es aún más estúpido que él esté en la calle en esas condiciones.

Con la capucha de su suéter sobre su cabeza —no es impermeable, porque tiene el cabello y el rostro igual de empapados que el resto de su cuerpo—, las manos en los bolsillos del pantalón, el celular (seguramente perdido total) sin dejar de vibrar contra sus arrugados y helados dedos, que buscan esconderse más profundo en sus bolsillos buscando algo de calor.

Se siente patético.

Pero tiene una misión para hoy, y está muy seguro de que a quien sigue no se va a detener por una lluvia torrencial.

Además de las protestas anti xenofobia que había ahora, y el estatus quo con respecto a la elección de un posible candidato neutral para el Senado de los Estados Unidos de América; Norfolk City era conocida por ser el puerto principal, después de Cabo Rey al norte —donde el huracán estaba golpeando violentamente— y donde el tráfico de todo lo que respirara era más que común.

Hoy, un cargamento de niños somalíes, venia directo al puerto que no iba a estar vigilado por nadie, porque el Gobernador era un malvado Republicano al que la mitad de los habitantes de Virginia querían colgar de los testículos y encajarlo en una estaca. No permitiría que los traficantes se salieran con la suya. Incluso si le tocaba actuar solo.

Así que sigue caminando, paso a paso, mirando disimuladamente cada lugar por donde camina, cada mirada, cada intención. Sintiendo dentro de sus zapatos el pequeño, pero ineludible pozo de agua que se forma y algo irritado por eso, pero sin desconcentrarse ni un segundo. Temiendo que al más mínimo movimiento le pueda significar a alguien su vida.

Está consciente además que seguramente quien le sigue no se va a acercar de forma muy llamativa en un primer lugar. No, seguramente se hará con un momento para hacer lo que él está haciendo, revisando cada cuadra y cerciorándose que nada le detenga.

Así que tampoco le extrañaría que sepa de su presencia o al menos sospeche.

No ha sido él quien se ha enterado de este caso. Más bien, ser el dueño de un bar le da la ventaja de escuchar conversaciones que de verdad no debería oír por su propia seguridad, no en esta ciudad al menos.

Nunca se ha llevado heridas serias a casa después de escuchar a un par de hombres hablar de un cargamento de droga o de una transacción económica por un asesinato, tampoco le ha dado por jugar a ser un superhéroe, porque él mejor que nadie sabe que no podría ser aceptado como uno. No de nuevo.

Aunque sus amigos siempre se andan quejando de que los poderosos nunca hacen nada, no apoyan este estilo de vida alternativo al de honorable dueño del mejor bar de la costa, algunas veces miembro honorario del club neutral; otras, mejor conocido como el casanova Jensen Ackles.

Uno de sus anteriores amantes lo había dicho una vez, sus ojos color verde, que resaltaban con su piel perfectamente blanca, llena de pecas que solo hacían que tu imaginación volara e incluso su firme cuerpo, le hacían un pecado a la vista.

¡No había mencionado, todo!

No señor, él era más.

Y lo sabía.

Y no se refería exactamente a sus poderes.

Una larga vida de promiscuidad y placeres le había dado la fuerza para seguir adelante, para no ser solo un desadaptado más, de esos que pasaban las tardes combatiendo el crimen con esas habilidades extraordinarias de las que cada vez muchos más eran capaces de reproducir. Lo que le llevaba a pensar —como muchos otros— que ellos eran el siguiente paso en la evolución.

No solo eran mutaciones genéticas, desarrollando así una serie infinita de variedades que les definían como fenómenos antes los ojos de billones de humanos que cada día perdían más y más poder, asustados en sus propias casas, conspirando sobre como quitarlos del medio de un solo movimiento y así poder por fin, poner un alto a la reproducción de los fenómenos.

A veces sospechaba que había más chicos malos que buenos buscando hacer algo por el mundo.

Quienes no solo eran capaces de reproducirse —tanto con hembras como con varones— sino que eran razas superiores, más fuertes, más inteligentes. Pero tal como los humanos, no todos los fenómenos eran buenos.

Él sabía que ellos eran el próximo paso de la humanidad, no era engreído, ni soberbio, había claras evidencias de ello, pero eso no significaba que podían decidir sobre la vida y la muerte, que podían acabar con miles de personas, porque no les habían considerado superiores.

No, eso sí era una locura.

Alcanzo al sujeto que perseguía pocos metros más adelante, por lo que se tuvo que detener, mientras el hombre cruzaba la calle, él se refugiaba bajo un techo de latón de una de las fábricas cercanas a su puesto. Sabía que tenía que tomar otra ruta, era lo mejor, tenía la impresión de que iba en círculos, simplemente siguiendo al sujeto encapuchado como el por su instinto, por ese sonido apenas parpadeante de la sangre que corría en sus venas.

— Vamos... — busco por un callejón que no fuera a llevarlo a una trampa, pero era inútil, no había nada vivo en ese lugar a pesar del hombre, y guiarse con el sonido de su sangre siendo bombeada era su única opción de atraparlo.

Se decidió que esperar cinco minutos le daría una ventaja segura, por lo que contó los segundos en su cabeza, muy lentamente para no equivocarse con las prisas.

De un momento a otro, el fluir de la sangre que bombeaba de un lado a otro se incrementó, era como si aquel hombre estuviera haciendo un significativo esfuerzo, entonces lo observo, del callejón desolado salieron fieras llamas de fuego llenas de fuerza y cubriendo de esquina a esquina. Era una trampa, sí hubiera entrado seguidamente a este, el fuego se hubiera llevado su vida.

Comenzó a correr, introduciéndose en un callejón cercano y buscando un sitio elevado en el que pudiera subirse, intentando que su propio pulso no se entrometiera en el sonido violento del palpitar de a quien seguía. En lugar de conseguir una escalera o un cubo con el que poder impulsarse a los techos, vio una alcantarilla.

Hizo una mueca.

— Tengo que dejar de hacer esto... — se maldijo por su graciosa idea de jugar a ser superhéroe de una ciudad en decadencia, antes de que su cuerpo entero se colara por las fijas rendijas del alcantarillado, deshaciéndose en sangrientas tiras para poder entrar en tan diminuto espacio.

Esta era la peor parte de su poder, aunque después de veinticuatro años se había acostumbrado a la grotesca imagen.

Era la sangre misma que corría por sus venas.

Esa era su habilidad especial.

Era como ser un fenómeno de agua —aunque pertenecía a esa rama de poderes—, pero en lugar de que sus poderes tuvieran la consistencia del agua, tenían el color y el espesor de la sangre, por fortuna, nunca se había coagulado a media acción.

Eso sí que sería ridículo e irónico.

Existían dos posibilidades, que aquel hombre pensara que el furioso fuego le había atrapado y con ello detenido o que tuviera alguna forma de saber que aún le seguía, aunque fuera nada más que malicia, no podía arriesgarse. Por eso el seguirlo por las alcantarillas de aquella patética y por cierto maloliente ciudad — más ahí abajo — era la mejor acción que tenía.

Para evitar que este hombre llegara a su objetivo.

Allí abajo, claro, era un poco más difícil diferenciar el ahora débil pulso de ese sujeto del de las ratas que le pasaban por los pies.

— ¡No voy a volver hacer esto! — Se gritó a sí mismo, intentando ver por dónde iba en las inundadas alcantarillas, manteniéndose pegado a la pared para no tocar el agua sucia que corría en el canal central. Tenía que cruzar todo el tramo que había corrido para esconderse antes de perder el rastro.

 

Tiene un pequeño cuaderno entre sus manos, es de un color negro opaco y está hecho de un elegante cuero, las iniciales de su nombre en dorado “J. P.”, están cuidadosamente fijadas en una de las esquinas que quedan ocultas estratégicamente de los ojos de cualquiera.

La hoja de reciclaje que contiene el cuaderno deja ver un pequeño dibujo de un edificio, es algo grande y destacan primordialmente las salidas, remarcadas una y otra vez, casi de manera obsesiva. Sin que el movimiento del auto favorezca a que alguna línea se salga de donde las demás se agrupan y se hace un poco más gruesas por la insistencia del hombre cuyo cabello castaño cubre una parte de su rostro.

Podría decirse que es una mala costumbre, pero le hace sentir seguro, sumamente seguro. Desde aquella fatídica noche siempre que se traslada a un lugar nuevo, no solo dibuja sino que verifica cuales son las salidas que tiene, después de todo, un sobreviviente como el necesita estar preparado.

Él es eso, si alguien busca alguna forma de describirlo, sobreviviente sería la mejor palabra que podría encontrar, lo fue aquella noche y lo seguirá siendo. El dibujo es justamente del lugar donde dentro de una hora dará su discurso, uno importante, algo grande.

— ¡Maldición! — su mano deja de sujetar el lápiz unos segundos, en que este se desliza de sus dedos. — Robert olvide mi discurso, debemos regresar.

Es una fortuna que se encuentre a dos cuadras de su casa.

— Sí, señor. — replica de inmediato su chofer particular, dando la vuelta en la siguiente entrada en U del bonito vecindario, donde las familias más pudientes se juntan a hacer barbacoas los fines de semanas, con sus espectaculares piscinas y jacuzzis al aire libre, y los hijos en colegios para formarse como futuros burgueses.

El no creció así, no creció en un buen vecindario. Creció en el campo en una casa pequeña para la cantidad de personas que dormían en ella; expuesta al sol y a la intemperie, una casa de tejas viejas y quebradizas, con mantas suaves en las camas, desgastadas con los años; la vieja casa de Kerrington olía a hogar, a su hogar.

Se preguntó, muy brevemente, si alguna vez volvería a percibir ese olor sin tener que recordar el crudo olor a cadáveres calcinados que algunas veces podía jurar que percibía brotar de su piel.

La nueva casa había sido pagada con su salario como Senador por el Distrito de Maryland, después de que acabara la escuela de derecho como una buena promesa, saliendo de Harvard para ocupar un cargo político lo más cerca de su mentor. Era enorme, demasiado; para que una sola persona la habitara.

A veces resultaba tan abrumante y vacía, que prefería pasar horas en la oficina, buscando entre sus cuadros, libros y protocolos, la paciencia y la tranquilidad que necesitaba para no gritar cuando alguien le felicitaba por su posición neutral en torno al principal conflicto de este pobre planeta.

Neutral.

Eso era ridículo.

Nadie podía ser eso.

Bajando del auto, observo a ambos lados de la solitaria calle, su chofer se había bajado también a abrir su puerta, había una razón por la cual tenía un chofer y esa razón tenía nombre y apellido; pero no le molestaba, Robert Redford era una persona callada que no se animaba a decir mucho aun cuando alguien insistía.

Camino hasta la puerta de entrada, no considerando necesario que el auto cruzara la verja, era una zona privada y toda su casa estaba protegida por altos muros de piedra que la dividían de las demás casas.

Escucho a Robert subirse nuevamente al auto, manteniendo el motor en marcha. No le tomaría demasiado ir por la hoja de su discurso y volver a subir al auto. No le tomaría demasiado porque él siempre había sido mil veces más veloz que cualquiera.

¡Y letal!

Eso le dice una pequeña voz en su cabeza que ignora, mientras su sistema de seguridad automatizado reconoce el color y forma de sus ojos y le deja entrar.

— Creó que lo deje en el desayunador...

Se apresura adentro, buscando en la cocina, pero no logra conseguirlo donde pensaba que lo había dejado. Se da la vuelta, pensando en que si fue allí donde lo vio la última vez, debe de estar cerca. Se inclina a mirar debajo de la mesa central y sonríe cuando lo ve entre las patas de la silla.

No es que su memoria le falle a la hora de improvisar, pero tener algo con lo que reforzarse lo hace sentir sumamente seguro de lo que está haciendo, entrando de lleno en una campaña para ser Senador de los Estados Unidos.

Su cabello castaño que esta apenas por encima de sus hombros, se desordena un poco cuando se inclina por el escurridizo papel y no le extraña, siempre ha tenido un cabello rebelde, "ella" se lo decía cada noche, cuando le cantaba algo hasta que él se quedaba dormido.

Se devuelve por los interminables pasillos, caminando hacia la salida, acomodando un poco intuitivamente su cabello.

Tiene la apariencia impecable de un político republicano; siempre bien acomodado y con trajes de renombre en su closet, es un verdadero alivio que no se haya ensuciado las rodillas, se hubiera tenido que cambiar y retrasar aún más el viaje al Hotel Reimbrant, donde se celebraría la gala.

Cerrando la puerta con llave nuevamente, se apresuró a llegar a la entrada, cerrando la verja tras él y dando un último vistazo a la casa antes de que algo brillante tras el llamara su atención.

Por instinto se gira de inmediato, sintiendo como el aire que normalmente llega a sus pulmones no es el necesario, su garganta se seca y una expresión de miedo toma forma en su rostro. Siente, como si fuera de nuevo un niño.

Uno indefenso y asustado.

No importa si intenta moverse, es imposible hacerlo cuando esta tan paralizado de miedo.

Quiere huir, esconderse, pero no puede hacer más que boquear mientras ve la llamarada fantasma acercarse a él, reconoce una fuerza como esa en cuanto la ve, y en otras circunstancias la enfrentaría, si fuera un espectro de agua o de viento, pero el fuego... lo aterra.

Intenta decir algo, gritar por ayuda, pero todo lo que su cerebro registra es "no dejes que te escuche", la voz de su madre en su oído, el calor abrasante sobre él.

Entonces escucha un ruido extraño, como si algo vibrara bajo sus pies, y lo siguiente que registra su cerebro es un fuerte chorro de agua helada saliendo de una toma de agua cercana e impactando al espectro de fuego, que se desvanece en cenizas invisibles centímetros antes de llegar a él.

Esta respirando agitadamente mientras trata de registrar que es lo que ha pasado, debe estar algo pálido supone y realmente no se siente bien, no solo lo sabe por la forma en que su cuerpo reacciona sino porque inconscientemente su espalda esta contra la puerta, casi acurrucado, asustado, pero en silencio siempre en silencio.

— ¡Hey! ¿Estás bien? — antes de que Robert quien apenas lo ha notado se acerque a él, hay un extraño frente a él. Con la ropa húmeda, como sospecha que también está su traje, pero manchada de negro. — Mierda de cosas que uno tiene que ver en este barrio... — el sujeto se ríe suavemente. — ¿Quieres que llame una ambulancia?

Sus ojos claros llenos de miedo, deben sorprender al otro hombre por el murmullo que deja ir cuando él simplemente le mira, aun sin moverse más que lo necesario para que sus ojos se encontraran.

— ¿Señor Padalecki? ¿Está bien? — Redford está allí segundos después acercándose a Padalecki, pero sin tocarle. Esa siempre ha sido la regla, "no te acerques demasiado".

Pero el hombre de ojos verdes, que aún está cerca de él, no lo sabe y además está perdido en sus ojos, en lo que sea que sintió cuando ambos compartieron esa primera mirada. Por eso lleva su mano al hombro ajeno, tomándose el atrevimiento de acariciar un poco.

— Hey, está bien, está a salvo.

Siente un calorcillo tiñendo sus mejillas, todas sus defensas caídas brevemente. Le costaría muchos años admitir como un gimoteo patético se salió de sus labios antes de que bruscamente recuperara la compostura, alejando de un manotazo al extraño.

— ¡Wow! Tranquilo, tigre, solo quería saber si estabas bien. — hay una sonrisa divertida en el sujeto del suéter rojo sucio que se aleja, metiendo las manos en sus bolsillos que parecen humedos. — bueno, ya estás bien.

— Espera… — su voz sale algo extraña, por lo que se aclara la garganta un poco. — Eres bastante valiente para ser humano... Gracias.

— Si... — riéndose ligeramente el extraño le guiña un ojo. — cuando quieras, chico grande... — fue allí cuando su salvador le miro de arriba abajo, deteniéndose en su paquete.

Sus mejillas vuelven a sonrojarse —aunque no sabe si en algún momento dejaron de estarlo—, pero mientras tanto, se lame los labios, piensa que su corazón late aun desbocado, por el susto de hace pocos minutos y nada más.

Nada más.

— ¿Cuál... Cuál es tu nombre?

— ¿Mi nombre? — parece dudar en dárselo, fijándose donde está de pie. — supongo que no importa... soy Jensen.

— Gracias, Jensen. — repite, sonriendo tímidamente.

— No fue nada, tú habrías hecho lo mismo por mí. — alejándose un poco, mientras se olía la ropa; Jensen Ackles se sintió afortunado de que este inocente humano no hubiera salido herido por su estúpido error de seguir a alguien tan poderoso como para que lo hubiera hecho moverse por toda la ciudad bajo tierra.

Era increíble lo mucho que había corrido en tan pocas horas, siendo perseguidos por esos perros del infierno que por poco mataban a alguien. Por fortuna, había actuado con rapidez sin dejarse en evidencia.

Miro a su alrededor y pensó si esto había sido un accidente o ese hombre, era realmente perseguido por ese espectro, este lugar parecía ostentoso, entonces quizás, solo quizás aquel hombre era el objetivo desde el inicio.

— Disculpe... — se giró hacia la voz que le hablaba, descubriendo que era el hombre alto al que había salvado, tenía la mano estirada, como si le ofreciera algo, aturdido por ese gesto, estiro la mano. — es todo el efectivo que tengo, así podrás comer algo esta noche y quizás darte una ducha en un hotel. — anuncio, sonriendo cuando Ackles por fin lo tomo. La toma de agua seguía botando, solo que el chorro era como el de una fuente, hacia arriba. — Gracias por tus servicios.

— Oh. — sus ojos verdes buscaron los cafés, aún tenían algo distinto que le llamaba la atención, pero intento centrarse en lo que sucedía, en su enorme mano extendida con algo de dinero hacía él. — No soy un indigente hombre, solo... — se da cuenta que su olor y lo mojado de sus ropas no son la mejor prueba para lo que dice. — Me tomaste en un mal momento, chico.

— Oh... — no parece nada avergonzado. — entonces, para tu familia.

Jensen Ackles.


Derrotado. Apestoso. Sucio.

Regresa esa misma noche al bar cerrado. Abre la puerta. Mira adentro. No hay nadie, esta tan vacío como el día de la apertura, donde el lema "Ackles's Joint Neutral Bar" no causo muy buena impresión entre los vecinos; no hasta que la panadería Ster's Cakes, cambio su nombre a "Neutral Bakery".

Se sienta detrás de la barra, antes de ponerse de pie. Deja las llaves sobre la madera, girándose a ver las sillas perfectamente ordenadas, la pista de baile limpia. Este chiquillo, Steve Carlson está haciendo un muy buen trabajo para ser un humano. Trabaja duro, solo espera que no sea por lo de "libertad condicional" y porque él es su tutor ahora que esta fuera de la cárcel. Antes estaba dentro —lógicamente— encerrado por robar comida en una tienda.

Se subió a la barra, tirándose al otro lado antes de pensárselo dos veces.

— Whisky. — susurra, pensando que no tiene demasiado licor en la sangre.

De pronto, esto de tener un bar parece algo sumamente genial. Un bar, licor gratis. Pues no tan gratis, pero tiene para pagar las cuentas así que una botella no le hará daño.

Enciende la televisión cuando ha conseguido una bolsa de patatas bajo el mesón, y se dispone a comer y beber cuando lo ve.

— Pues mierda.

Es el chico de hace unas horas, lo reconocería donde fuera y no sabe exactamente porque, pero ahí está con un impecable traje gris que delinea su cuerpo de manera perfecta, sus facciones están más serias y algo frías de las que recuerda cuando estuvo a punto de morir hace algunas horas, porque iba a morir, ese ataque iba con toda la intensión de arrebatarle la vida. Está de pie frente a un montón de gente, hablando de una convivencia pacífica entre humanos y fenómenos, una construcción conjunta de un mundo mejor.

Baja la vista al suelo y nota que el canal está trasmitiendo los discursos de los distintos oferentes a senadores del congreso del país y... ¡No puede creerlo!

— ... Senador... uff... — deja el Whisky a un lado, sintiendo como todo su cuerpo ya está acalorado. — ...nada como eso para excitarte.

Eso le confirma que efectivamente existe la posibilidad de que no fuera un accidente y ese espectro fuera detrás de —lee con cuidado la pantalla— Jared Padalecki, un humano, que aspira a un importante pero peligroso cargo.