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Flores

Summary:

Los “Amores eternos” o también llamados “Almas gemelas”. Son amores más viejos que la memoria, amores que han vivido mil vidas; amores que, en su bendición y maravilla, causaron la caída de imperios, muerte y pena. Entonces como castigo y para no olvidar el poder que tiene el amor, fueron separados y condenados a buscarse hasta que el dolor los reúna y al por fin tomarse de la mano puedan volver a estar juntos.

Eso decía la leyenda, porque en la realidad no sucedían.

Para Colin Bridgerton, los amores eternos eran un mito usado para justificar que las personas solteras no pudieran tomarse de las manos ni llamarse por su nombre si no eran familia. Y para Penélope Featherington, las almas gemelas eran solamente un tema interesante de leer, cuentos románticos de personas destinadas a sentir el dolor de su otra mitad y marcas plateadas en las muñecas.

Ninguno de los dos creía realmente en la existencia de los amores eternos, almas gemelas o como quisieran decirles.

Hasta el día en que Colin comenzó a toser pétalos amarillos...

Notes:

IIdea inspirada en el coro de la canción “Flower” de Xiah Junsu.

Historia corta basada en el canon de la serie (sin mención de los libros), mi versión de la enfermedad de Hanahaki y algunos headcanon que me moría por usar. Todo inicia justo donde termina la segunda temporada.

(See the end of the work for more notes.)

Chapter 1: Como una vela en la lluvia

Chapter Text

Debería haberse dado cuenta.

El primer indicio fue la falta de apetito, lamentablemente estaba demasiado ansioso pensando en lo publicado en Whistledown para prestar atención a las pistas de su propio cuerpo.

No podía pensar en nada que no fuera Penélope y las cartas que ella no le respondió, así que no se dio cuenta de que había pasado de comer varías veces al día a probar bocado una sola vez. Todos se preocuparon cuándo, impulsado por la desesperación que sentía, comenzó a actuar extraño y se vio en la necesidad de explicar la situación.

Explicar era la palabra equivocada, en realidad confesó sus crímenes. Porque toda la familia leyó la columna, excepto Anthony que estaba en su luna de miel, y expresaron no solo su desagrado por las palabras dichas, también dejaron bien claro el repudio que sentían por la persona que se había atrevido a afrentar contra el buen nombre de Penélope. La más enfadada de todos, Eloise, juró venganza y amenazó con llevar a duelo al culpable.

Todavía no terminaba de lamer sus heridas ante la posible idea de que Penélope lo odiara cuando se enfrentó a la decepción en la mirada de su madre y la lengua cortante de su hermana. — Algo me dice que pagarás por esto, hermanito —, le dijo Benedict con una sonrisa y semblante serio, en una tarde llena de desesperación.

Ben había estado en lo cierto. Lo había pagado.

Con largas semanas sin noticias de Penélope, sin poder dormir porque cada vez que cerraba los ojos volvía a la noche en la que fracasó como su protector y amigo. Con la imagen de Penélope llorando en soledad mientras leía lo que estaba escrito en la columna de Lady Whistledown, sintiéndose traicionada por quien le prometió cuidarla.

Decidido a conseguir su perdón, no se rindió y le escribió sus disculpas, le escribió sus razones, le prometió compensar su falta de tacto y su debilidad ante la presión social. Le juró que si lo perdonaba no la lastimaría otra vez y su amistad sería una prioridad.

Justo antes de perder la calma, de dejarse llevar por la desesperación que se había apoderado de su corazón y estar a punto de mandar al demonio las consecuencias de sus acciones; antes de abandonar todo y encaminarse a la residencia de campo de los Featherington, recibió una carta.

Penélope lo perdonó.

No solo escribiéndole que lo entendía. Penélope además le aseguró que no existía necesidad de compensar de alguna forma su comportamiento y que solo había dicho la verdad.

— Nunca te avergüences de la verdad —, escribió ella en una carta que extrañamente no pudo leer en su voz. Supuso que se debía a su propia conciencia y se prometió ayudarla a mejorar su reputación durante la próxima temporada.

Se encaminó a Italia con brío renovado y el corazón ligero al saber que no perdió a su Pen.

Le escribió tan seguido como pudo, contándole de los atardeceres que veía y como le recordaban a su cabello, hablándole del mar y como lo hacía sentir nostalgia el azul de las olas y el cielo. Le habló incluso de un enamoramiento fugaz con una joven que conoció en la villa dónde se hospedó y del sueño loco que le cruzó por la mente al desear quedarse con ella, le preguntó si creía que su madre se enfadaría mucho. Bromeó con la idea de que fuera ella quien le diera la noticia de su boda relámpago a su madre y a cambio él la ayudaría a buscar un buen marido cuando volviera.

Penélope respondió a todas sus cartas. Con palabras amables, historias cortas de lo que sucedía en su hogar y algunas anécdotas que recordó gracias a los relatos que él le había escrito. Leyó todas y cada una de las páginas con ligereza, emocionado de saber de ella, escuchando su voz dentro de la mente con cada trazo de tinta. Imaginándola sentada en su escritorio, concentrada y sonriéndole a las hojas en blanco que poco a poco se iban llenando.

Estaba tan feliz de saberla su amiga que se atrevió a contarle de la ocasión en la que la comida le hizo mal, causándole una fiebre terrible y temblores que lo dejaron adolorido por días. “Recuérdame tener cuidado con los mariscos en el futuro, querida Pen”, escribió como posdata. A partir de entonces, en cada carta, Penélope escribía en letra pequeña un recordatorio para él, «Aléjate de los mariscos».

Supo que la confianza que se tenían se agrandó cuando Pen le escribió sobre el joven vicario que empezaba a frecuentar la residencia Featherington y su deseo de que el caballero se prendara de su hermana Prudence para que esta por fin hiciera una buena boda.

«Si es tan listo como lo describes, no ha ido a ver a Prudence. Solo asegúrate de que no se robe mi lugar en tu corazón, Pen», le escribió en el mismo papel donde dibujó para ella un boceto de la vista desde su habitación.

«Eso jamás. El lugar que tienes en mi corazón es tuyo hasta el día en que decidas abandonarlo», le respondió ella en una hoja de papel con flores prensadas.

— Entonces no vas a deshacerte de mí nunca —, le respondió en voz alta mientras acariciaba los suaves pétalos amarillos del diente de león. Nunca fue más feliz.

 

La fortuna se encargó de mostrarle que la felicidad se paga en lágrimas.

 

Cayó enfermo por segunda vez una semana después de recibir la última carta de su madre, en la que le pedía que volviera a casa, deseosa de pasar un tiempo en familia antes del inicio de la temporada. Estuvo en cama por tres días. La fiebre lo mantuvo prisionero dentro de su propia mente de forma inmisericorde, mostrándole imágenes que no entendía y que lo torturaron con saña.

Un vestido blanco en la oscuridad. Un destello rojizo rodeándolo. Una voz femenina llorando y llamándolo por su nombre.

No creyó sobrevivir. Pero lo hizo y volvió a casa con manos temblorosas, rostro pálido y vista nublada. 

La primera en notar que algo estaba mal fue su madre. — ¿Tienes frío? —. No tenía frío, pero desde que despertara de sus pesadillas no dejaba de temblar, había perdido peso a causa del viaje y estaba cansado más allá de la comprensión. Un deseo constante era el poder quedarse dormido, en secreto, tenía miedo de no poder volver a abrir los ojos. 

Tranquilizó a todos con relatos de su viaje y mencionando su breve enfermedad, enfatizando que estaba mejor y solo necesitaba volver a casa y estar con su familia para reponerse en su totalidad. Anthony y Kate volvieron de su viaje de luna de miel y la familia completa se permitió ignorar las preocupaciones para crear recuerdos alegres.

Hasta la fatídica tarde en la que comenzó a toser.

No recordaba mucho. Solo el dolor en el pecho, la sensación de su garganta cerrándose, la desesperación por respirar y los pétalos amarillos brillando contra la luz de las velas antes de perder la conciencia.

Ahora que pensaba en retrospectiva. La verdad se había paseado frente a él muchas veces. Y estaba tan ciego que no solo falló al reconocer que algo estaba mal, también se había asegurado de desestimar las preocupaciones de su madre, que lo habrían ayudado a darse cuenta mucho antes.

Quería salir corriendo y no mirar atrás. No quería estar ahí, no quería lidiar con lo que aparentemente era el destino y, sobre todo, no quería pensar en lo que iba a pasar cuando todo se fuera al demonio. Su pobre familia. De solo imaginar su sufrimiento se le rompía el corazón.

Un ataque de tos lo hizo levantarse de la cama. Pasó pronto, dejándole flores en el piso y el corazón inquieto.

Maldita fuera su suerte.

De niño, secretamente había deseado ser uno de los protagonistas de los cuentos que su padre solía leerle. Se imaginaba siendo un caballero que salvaba princesas y mataba dragones, como un pirata que surcaba los mares recolectando tesoros y como un explorador que vivía aventuras en tierras lejanas nunca vistas.

Ahora estaba ahí, mirando los pétalos amarillos que por fin lo convertían en el protagonista de una leyenda y además lo sentenciaban a morir joven.

Debería sentir algo. Después de todo estaba muriendo de amor no correspondido, según el obispo y el doctor, pero extrañamente no sentía tristeza. Se sentía vacío. Como si las ganas de vivir se le hubieran escapado y el color del mundo desvanecido en un parpadeo.

La incomodidad en el pecho se debía su enfermedad y la dificultad para respirar era un problema que lo condenó a permanecer dentro de la casa familiar, así que ya estaba acostumbrado a la sensación de su cuerpo tornándose en su contra de forma cruel.

Tenía que admitir que tan pronto le dieron las noticias, se imaginó que en poco tiempo estaría intentando derrumbar las paredes de la casa en un intento desesperado por salir. Estaba acostumbrado a ir y venir a su antojo, a vivir a su ritmo y tenía planes que ahora no sucederían. Con el pasar de los días la tan anticipada desesperación nunca llegó, en su lugar se presentó una aceptación triste que le llenó los ojos de lágrimas que nunca llegó a derramar.

Se dedicó a leer todo lo que no tuviera que ver con su problema, a permanecer rodeado de su familia y a tratar de reconfortar el corazón de todos a su alrededor lo mejor posible. Hubo canciones, cenas llenas de sonrisas tristes y suspiros pesarosos de su madre. Aun con las máscaras de tranquilidad y felicidad en los rostros de su familia, pudo notar que hacían lo posible para no recordarle de su situación y que estaban terriblemente asustados.

Lo sabía, claro que lo sabía.

Sabía de Anthony y sus crisis emocionales en las que maldecía el nombre de dios y a sí mismo, diciendo que si alguien debía morir joven, era él. Kate debía estar destrozada de escuchar el pesar en la voz de su marido. Lamentaba ser la razón por la que su felicidad conyugal parecía haber llegado a su fin, tragada por el luto anticipado y la tristeza.

También sabía de Benedict y sus noches bebiendo hasta la inconsciencia. Él mismo lo había tenido que llevar a su habitación un par de veces, Anthony tenía suficiente con que lidiar.

La peor parte era su madre, demasiado similar a cuando su padre murió. Saber que era su culpa que su madre pareciera un fantasma, lo hería de formas que no creía posibles. Así que pasaba tanto tiempo con ella como podía y Daphne estaba siendo una bendición a la hora de intentar consolarla y prepararla para lo que sucedería. No tenía mucha fe en que lograran “preparar“ a su madre. ¿Cómo se prepara una persona para la muerte de su hijo?

Para su sorpresa, la tragedia trajo consigo cosas buenas.

Su relación con Eloise mejoró y ambos se acercaron, su hermana incluso le pidió que la ayudara a mejorar sus habilidades en el pianoforte. Estaba agradecido de ser más cercano a ella, aun si surgía de la pérdida; pero estaba preocupado. Aterrado, si era honesto.

Eloise no había salido ni hablado con Penélope una sola vez. Le tomó un tiempo pero haciendo memoria, se dió cuenta de que esta situación venía pasando desde antes de que él partiera a Italia. Era la primera vez que una de sus peleas duraba tanto tiempo. Y de entre todos, Eloise necesitaría más ayuda, lo sabía tan bien como se conocía a sí mismo.

Eloise. Siempre independiente, confiada y valiente. Incluso presenciando a la muerte tocando a la puerta cuando era tan solo una niña, Eloise se había mantenido serena y callada, concentrada en los esfuerzos de Daphne por ahogar los gritos agonizantes de su madre. Necesitaría a alguien que le recordara que está bien sentir, que puede darse el lujo de ser humana. Que está bien si no siempre es fuerte.

Tenía una idea de cómo todo cambiaría cuando ya no estuviera.

Daphne enfocando sus esfuerzos en mantener con vida a su madre, porque ésta dejaría de existir un poco cada día, consumida por la pena si la dejaban por su cuenta. Anthony encerrado en su caparazón, culpandose, como si no hubiera hecho todo en su poder para salvarle. Kate con las manos llenas, ejerciendo como la cabeza de la familia y manteniendo a Anthony cuerdo. Benedict cuidando de Gregory, el único hermano menor que lo miraría como ejemplo a partir de ese momento. Lamentaba anticipadamente el suplicio de Benedict, criando a su hermanito con el eco de la voz del hermano perdido en la mente; agradecía que el pequeño Greg no tuviera los ojos azules, sería demasiado para Ben. Francesca protegiendo a Hyacinth, ambas consolándose mutuamente y encargándose de que la casa nunca esté en silencio. — Porque el silencio es el reino de la tristeza —, dijo Frannie hace tantos años, cuando perdieron a su padre.

Todos se protegerían como uno y compartirían el mismo pesar, pero en el fondo, Eloise se sentiría sola. Porque no puede abrirse con facilidad, en especial con la familia y Ben tendría responsabilidades difíciles ayudando a Kate y Anthony. «Necesitará a Penélope», se dijo.

Haciendo uso de la recién adquirida debilidad de Eloise por él, intentó averiguar la razón de la pelea. — ¿Ella te pidió que hablaras conmigo? —, su hermana intentó sonar fría y enfadada, sin lograr esconder el tono anhelante en su voz.

— No. Penélope nunca mencionó que estabas enfadada, me di cuenta solo —, la desilusión en la mirada de Eloise le dio esperanza. — No sé qué pasó entre ustedes —, deseaba saber, pero sabía que Eloise no se lo diría, — Pero pienso que no hay forma que el amor que se tienen sea tan fácil de olvidar —. Su hermana se inquietó en el asiento y supo que estaba en lo correcto. Eloise podía estar enojada pero no había dejado de querer a Penélope y probablemente la extrañaba terriblemente. — Penélope te extraña, lo sé por la forma en la que escribe de ti en las cartas que me envió —, solo necesitaba crear una chispa.

Eloise no lo decepcionó, sus ojos brillaron con ilusión y casi pudo ver cómo su cerebro comenzaba a moverse. Sonrió. — No te metas en mis asuntos —, dijo Eloise antes de salir de la habitación. 

Penélope cuidaría de Eloise.

Y Eloise cuidaría de Penélope.

No había pensado en ella desde que volvió a Londres. No, eso no era cierto. Se negaba a pensar en ella desde que despertó en su habitación, rodeado de expresiones solemnes.

— Colin, debemos hablar —, fue su primera vez escuchando a Anthony de esa forma. Lo asustó. En otra situación, probablemente habría estado feliz de saber que de entre cada ser humano del ancho mundo, él, tenía un alma gemela. Un “amor eterno”, en palabras del obispo. 

Recordaba las historias. Se las leyeron de niño muchas veces, siempre con finales felices y cuadros románticos.

No era su caso.

Al parecer, su alma gemela lo había rechazado. Curioso, ya que dudaba haberla conocido alguna vez.

Y porque el amor es voluble, él iba a morir.

— El mal de la flor —, dijo el obispo, — Es raro, una leyenda —. Cuando Colin tosió y los pétalos amarillos aparecieron delante de todos, el hombre de dios suspiró. — No tiene cura —, la voz del médico que le observaba desde el otro lado de la habitación le causó escalofríos. Escuchó a su madre sollozar desde afuera de la habitación. — No una vez que los pétalos aparecen —, finalizó el hombre de ciencia.

Extraño y poco común, el médico y el obispo estaban de acuerdo.

— Hay una forma —, dijo una voz femenina desde afuera, reconoció a Hyacinth. Anthony trató de evitar que su hermana entrara a la habitación, pero nada detenía a Hyacinth. — Matrimonio, ¿no es verdad? —, preguntó con ilusión la niña, mirando fijamente al obispo. 

— ¿Perdón?—, Colin casi sonrió. El hombre mayor, con el poder un rango otorgado por la iglesia, se encogió ante la mirada de su hermanita.

— Si Colin se casa con su alma gemela el mal de la flor se detiene —, la certeza en la voz de Hyacinth dolió. Claramente no funcionaba como en los cuentos porque el obispo agachó la mirada.

Todavía no sabía cómo le explicaron a Hyacinth y Gregory lo que estaba pasando y aunque le avergonzaba admitirlo, no quería saberlo. No podría soportar saber que era culpa suya que sus hermanos menores ya no creyeran en cuentos de hadas y en almas que se aman en más de una vida. Hyacinth no volvió a mencionar el tema, nadie de la familia en realidad. Lo agradecía, no quería pensar demasiado en ello.

Era extraño. No estaba enfadado con esa persona sin rostro, lo lamentaba por él mismo, por supuesto, pero no estaba enfadado. Tampoco se sentía mal de saber que sus planes para el futuro no pasarían, «Algo bueno de no tener un propósito», se dijo.

Lo único que odiaba eran las noches sin dormir.

Medianoche. Eso decía el reloj sobre la chimenea. Se levantó de la cama con una sensación inquieta en el pecho y otro ataque de tos, necesitado de aire. Caminó con cuidado asegurándose de no despertar a Benedict que estaba de guardia, bebido, como era su reciente costumbre.

El frío nocturno fue bien recibido, le recordó que estaba vivo y por un momento lo hizo olvidarse de sus pulmones moribundos. Comenzó a recorrer el jardín, sintiendo nostalgia al pasar por el lugar donde jugó tantas veces con sus hermanos cuando eran pequeños, sonriendo al pasar la vista por el rincón dónde Anthony le enseñó esgrima, suspirando al ver la banca de piedra dónde le enseñó a Gregory a jugar cartas. Pronto todos esos lugares serían solo recuerdos que vivirían a través de la añoranza de su familia.

«Aquí fue dónde Colin se tropezó al perseguir a Eloise»

«En ese arbusto, Colin se ocultó por tres horas para asustar a Benedict»

«Esa es la ventana que Colin rompió al intentar trepar por la enredadera una vez»

Solo esperaba que su luto durara poco, que pronto fueran bendecidos con más miembros en la familia que los hicieran olvidarse de él.

Estaba por darse vuelta para entrar a la casa cuando la vio, una figura encapuchada dirigiéndose a la entrada de servicio. La preocupación lo hizo moverse sin pensar. Observando de cerca; siguió a la persona por todo el costado de la casa, hasta llegar a la ventana de Eloise. 

Cuando notó que estaba por lanzar algo, salió de su escondite en la oscuridad. — ¿Puedo saber qué haces aquí a esta hora?—, el jadeo asustado lo hizo sonreír y sentirse un poco culpable. 

— ¡Colin!—, el alivio en su voz lo hizo sonreír aún más. Su voz, casi musical, lo estremeció de felicidad.

— ¿Tienes la costumbre de despertar a mi hermana a medianoche, Pen?—, le dijo mientras avanzaba hacia ella sin dejar de mirarla. ¿Siempre estaba tan bonita bajo la luz de la luna?

— N-no. Sabes que no —, Penélope agachó la mirada, — Es solo que…—, parecía asustada y la escuchó suspirar. Se acercó un poco más, tratando de animarla a hablar. — Vas a pensar que estoy loca —, el tono triste de su voz le causó una sensación pesada en el estómago, así que se inclinó para poder susurrarle al oído, — Nunca Pen, jamás pensaría eso de ti.

Penélope levantó la mirada y él le sonrió, cuando ella le sonrió de vuelta pudo volver a respirar. ¿Había estado conteniendo la respiración?

— Colin… ¿Todo está bien? —, la pregunta lo sorprendió y ella pareció verlo en su rostro porque siguió hablando, — Tal vez no tiene sentido, probablemente estoy equivocada, pero…—, como si un dique se hubiera roto, el ambiente cambió y Penélope se giró, mirándolo con una intensidad que amenazó con ponerlo de rodillas.

— Estas últimas semanas he sentido que algo está mal—, su voz se llenó de desesperación y ¿miedo?, — Tu madre me respondió que esta temporada iban a tomárselo con calma —, su voz se quebró, — ¡Ella nunca se lo toma con calma! —, pudo ver cómo todo su cuerpo comenzó a temblar y lo único en lo que pudo pensar fue en abrazarla, — Y después, después…—, el miedo en su voz se transformó en pánico, — Eloise respondió mi carta —, dijo ella con la expresión de alguien que hubiera escuchado que el fin del mundo estaba cerca.

Le sonrió. Agradecido por su preocupación y asombrado por la forma en la que su mente puso todo junto, llegado a la conclusión correcta.

— Colin —, su seriedad lo hizo controlar su expresión, no quería hacerla pensar que sus preocupaciones no importaban. — Eloise no olvidaría nuestra pelea tan fácil—, examinó su rostro. Estaba preciosa, incluso con ese gesto preocupado y los ojos relucientes por las lágrimas.

— Tal vez, Eloise se dio cuenta de que no vale la pena que sigan enfadadas —, le dijo con voz amable. «Y que pronto va a necesitarte porque estará de luto y le va a hacer falta alguien que la mantenga en una pieza». — No te preocupes Pen, es una buena noticia, ¿no es verdad? —, volvió a sonreírle, intentando tranquilizarla.

Penélope siempre tan lista, pudo ver a través de la sonrisa y lo que sea que vio en sus ojos no la convenció porque negó con insistentes movimientos de cabeza. — No, hay algo más —. Cuando la vio llevarse las manos al pecho, en ese gesto nervioso que hacía cuando tenía miedo, le dolió el corazón. — No has respondido mis cartas y prometiste que no lo olvidarías —, se quedó callado.

No sabía de esas cartas.

Probablemente su familia ni siquiera había revisado la correspondencia estas últimas semanas. Estaban demasiado ocupados lamentándose y enfocados en pasar tanto tiempo juntos como fuera posible.

La tomó de las manos, sintiendo la suave tela de los guantes entre los dedos y la miró a los ojos tratando de transmitirle paz. — Pen —, le dijo en voz baja. Usando el tono de voz que sabía la tranquilizaría.

Se lamentó en secreto. Un buen amigo no miente a menos que tenga una buena razón y él tenía una muy buena razón.

Pero Penélope lo miró de esa forma. Esa que conocía tan bien, la que le decía “ Te creo ”. ¿El mar es dulce?, te creo. ¿El cielo es rosa?, te creo. ¿La luna es verde?, te creo. 

En todos sus años de conocerla, había visto esa mirada un millón de veces. La más reciente, en el baile en la casa Featherington al final de la temporada anterior, cuando le dijo que era especial para él, cuando él prometió cuidarla.

Entonces por fin se dio cuenta.

Tenía una razón por la que evitaba acercarse a la ventana que daba a la entrada principal, la misma razón por la que no miraba al escritorio y se negaba a tocar su pluma aun cuando para él era como una extensión de su mano.

Porque pensaría en ella, y al pensar en ella iba a extrañarla y al extrañarla iba a querer verla.

Y si la veía tendría que mentirle.

Y no quería mentirle.

Tomó aire, intentando darse valor para decir las palabras «todo está bien».

— Colin, por favor —, su súplica rompió algo dentro de él. No pudo hacerlo. — Ven conmigo —, se escuchó decir en voz baja. 

La tomó de la mano y la llevó hasta el sauce dónde la conoció hace tantos años, cuando ella todavía usaba vestidos a las pantorrillas y él pantaloncillos cortos. Lo que daría por poder volver a esos días, tiempos felices y despreocupados, días en los que lo único que ocupaba su mente era que Penélope le contara alguna de las historias que había leído esa semana.

Penélope lo siguió sin preguntar, sin soltarle la mano. Cuando se sentaron, se tomó un momento. ¿Cómo debía decírselo? «Pen, estoy muriendo». «Pen, es posible que no nos veamos más». «Pen, me voy a un viaje muy lejos».

Miró sus manos, todavía entrelazadas. El blanco del guante de Penélope le trajo un recuerdo agridulce, de cuando eran niños y por accidente le manchó el guante con tinta. Ese día, Penélope estaba muy asustada porque su madre iba a regañarla y él le prometió que tomaría la responsabilidad y se aseguraría de que no le pasara nada. A Lady Featherington no pudo importarle menos, diciéndole que siempre podían comprar más guantes. Pero para él, esa fue la primera vez que Penélope lo miró con estrellas en los ojos.

Volvió a mirarla. 

Sus bonitos ojos azules destellaban por las lágrimas contenidas y la preocupación. Todavía sentía una presión incómoda en el pecho al recordar cómo esos mismos ojos que brillaban más que estrellas, se ensombrecieron la noche del baile Hastings, cuando le dijo que se iría de viaje. ¿Volvería a pasar? ¿Sus ojos perderían su fulgor al saber el destino que le aguardaba? ¿Lloraría por él?

— Colin —, lo sacó de sus pensamientos con la suavidad que solo ella tenía. Tomó su otra mano para darse fuerza y agachó la mirada, temeroso de mostrarse frágil.

— Penélope, tienes razón —, dijo con voz calmada, — Ha pasado algo y es la razón por la que todo parece extraño —, se obligó a respirar con calma, — Y necesito que entiendas que aun si no lo parece, todo va a estar bien —, de verdad rezaba por estar en lo correcto.

— ¿Colin? —, pudo escuchar su miedo, frío y cortante. La acercó a él. Nunca había sentido tantas ganas de tomar a Penélope de la mano y salir corriendo, dejando atrás la realidad. No podía protegerla del dolor. 

— Pen, a ti te encanta leer de las almas gemelas, ¿verdad? —, eso llamó su atención y ella asintió. — ¿Qué pasa cuando una de las mitades rechaza a la otra? —, el miedo en su mirada le dolió. — ¿Recuerdas lo que pasa?—, trató de mantener la voz neutra, pero el nudo que sentía en la garganta se apretó y pudo sentir las lágrimas formándose. 

Penélope asintió, con un lustre aterrado en los ojos y labios temblorosos. — La persona con el corazón roto, empieza a toser pétalos de flores —, susurró ella. Si no estuvieran a solas a mitad de la noche, no la habría escuchado. 

«Es ahora, miente, dile que no se preocupe», dijo su conciencia. 

— Estoy enfermo, Pen —, No podía. Con un dolor punzante en el pecho, vio el momento exacto en que ella dejó de respirar. Y ante sus ojos, Penélope se consumió en dolor.

No tuvo que decirle con palabras. No necesitó explicarle lo que significaba. Porque Penélope entendió, con una mirada. Su corazón se rompió bajo el cielo lleno de estrellas, con él mirando y sin poder hacer nada para evitarlo.

— No, no, no, no, no —, dijo ella. Las lágrimas brotaron del océano de sus ojos como un huracán. — Dime que no es cierto —, la fuerza con la que ella le apretó las manos lo golpeó directamente en el corazón. — Colin, dime que es un error —, no pudo responderle, — Colin, por favor —. Penélope sollozó. Y en ese primer sollozo se fueron sus energías, pudo verlo, como su cuerpo entero languidecía por la pena.

No pudo soportarlo.

La abrazó. Olvidando el decoro y su posición como caballero, la dejó llorar contra su pecho, sintiendo las lágrimas empaparle la camisa y a Penélope temblar entre sus brazos. No podía haber nada peor en el mundo que escucharla llorar, que saberla herida y no poder hacer nada para aliviar su angustia. 

Estaba en el averno. 

Por primera vez, maldijo a su alma gemela. No por rechazarlo sin conocerlo, condenandolo a morir sin haber explorado el mundo o por traerle solo desgracia por el simple hecho de existir. No. La maldijo por hacer llorar a Penélope. 

— Estás equivocado —, sintió como el nudo en de su garganta se apretó, — Las almas gemelas no existen —, no sabía si se lo decía a él o a ella misma, — No se puede morir de amor no correspondido —, de todas formas, le dolió como si lo apuñalaran en el corazón. — Colin, debe haber algo que podamos hacer —, Penélope se soltó del abrazó y lo miró de una forma tal que lo sacudió internamente, — Hablaré con Marina, si se lo pido vendrá.

Le tomó un momento entender a lo que se refería. — Pen —, trató de calmarla. Ella siguió hablando, — Estoy segura de que su esposo lo entenderá.

— Pen —, repitió, apretándole las manos. Penélope volvió a mirarlo y él le sonrió. — No es Marina—, sus palabras no la tranquilizaron.

Verla encogerse bajo el peso de la pena lo hizo estremecerse y le fue difícil contener las lágrimas. — No hay nada que hacer, Pen —, dijo en un susurro.

Penélope se levantó con prisa, como si un rayo de esperanza o necedad la hubiera atravesado. — No —, dijo ella con voz firme, — ¡No! —, repitió caminando de un lado a otro. Estaba tan aterrada, desesperada, con el corazón al aire y en agonía.

Cerró los ojos, sintiéndose incapaz de verla sufrir.

— No puede ser, es una broma cruel —, dijo ella con la voz cargada de pesar. No se atrevió a abrir los ojos, tenía ganas de llorar, de gritar. — Por favor, Dios —, Penélope volvió a sollozar y la escuchó caer al piso.

No se movió, si se movía él también se quebraría. ¿Y si eso sucediera quién reconstruiría a Penélope?

— No él, Dios, por favor, no él —, la escuchó decir. Contuvo el aliento.

Todo tomó sentido. 

Había estado demasiado sumido en el dolor desgarrador de verla llorar, demasiado preocupado de su reacción, demasiado concentrado en mantenerse en una pieza. Que no pensó en la razón por la que Penélope estaba destrozada.

Y los recuerdos vinieron en olas, una tras otra. Las sonrisas, en especial esa que era solo para él. Los secretos, que solo compartía con él. Las miradas de adoración, que parecían tener su nombre escrito. Los sonrojos, que la hacían brillar de forma encantadora. La forma en la que Penélope decía su nombre. 

Buen Dios.

 

Penélope lo amaba.

 

Abrió los ojos y la vio arrodillada en el suelo, abrazándose a sí misma. Se dejó caer a su lado, asustado de tocarla. ¿Qué podía hacer? ¿Qué podía decirle?

— Pen —, sus labios se movieron por sí solos. — Colin—, le respondió entre sollozos.

Se abrazaron, sin pensar, sin importar nada más. Solo quería que Penélope dejara de padecer, ¿por qué tenía que romperle el corazón?

A mitad de la noche, con la luna brillando en toda su gloria, en el mismo lugar dónde por primera vez le secó las lágrimas en su doceavo cumpleaños; consoló a Penélope. 

Y dejó que su calor lo consolara también, sintiendo que no lo merecía, pero agradecido por el bálsamo suave de su amor en las heridas internas que había dejado sangrar en silencio.

El sueño llegó a su fin con el eco del reloj en el despacho de Anthony. ¿Cuánto tiempo llevaban ahí arrodillados?

La realidad volvió, como un golpe en el costado que le sacó el aire de los pulmones y lo estremeció de culpa. Penélope estaría arruinada si alguien se daba cuenta, si alguien la veía salir de su jardín sin acompañante y a esas horas.

Un terror frío lo recorrió. No podía dejar que su último acto sobre la tierra fuera arruinar a Penélope.

— Pen, debes volver a casa —, el tiempo se les había terminado.

— No, no puedo irme —, ella lo abrazó más fuerte y las lágrimas volvieron a inundarle los ojos. Penélope no quería soltarlo porque tenía miedo.

— Pen, voy a estar aquí mañana —, le dijo con confianza. El doctor había dicho dos meses, aun tenían tiempo.

— No, si me voy…—, no necesitó terminar la oración. Él entendió. «No volveré a verte».

— Madre te invitará al té de la tarde, te veré en unas horas— , el tono calmado de su propia voz le sonó extraño. ¿Cómo podía hablar tan calmadamente cuando sentía un tornado por dentro?

Penélope negó con la cabeza y agachó la mirada, sin soltarle la camisa. Sonrió, como un idiota. Saber que Penélope lo amaba tanto, lo reconfortó de una forma absurda y maravillosa.

— Pen, te prometo que te veré más tarde —, ella por fin levantó la mirada. Tenía la nariz enrojecida por el llanto, los ojos fulgurantes por las lágrimas y estaba trágicamente hermosa.

— No quiero dejarte —, dijo ella con la voz llena de sentimiento. Se le encogió el corazón y estuvo a punto de echarse a llorar como un niño.

— Te juro, por lo más sagrado, que te veré más tarde —, le dijo sin pensar. Si tenía que condenarse para que Penélope dejara de mirarlo de esa forma tan desolada, lo haría con gusto.

Ella aceptó su juramento y lo soltó.

Tan pronto estuvieron separados lo envolvió el frío. Pudo sentir cómo todo su cuerpo le pedía volver a abrazarla, pudo verlo en su cara también, pero no podía permitírselo. Así que se levantó y después la tomó de la mano para ayudarla a levantarse. — Te acompaño hasta la entrada—, dijo con una convicción que no sentía.

Avanzaron en silencio, tomados de las manos y al llegar a la entrada principal, se obligó a soltarla. — Colin —. la miró a los ojos, implorando que no lo dijera en voz alta. No podría soportarlo. No cuando debía verla marcharse. Penélope, como siempre, lo entendió. — Adiós, Colin —, dijo antes de salir corriendo.

Se forzó a quedarse quieto. Mirándola alejarse, conteniendo el aliento y sintiendo como se le rompía el corazón. Cuando Penélope se giró a mirarlo, se mordió la mejilla para evitar decir su nombre.

Si la llamaba ella volvería. Si decía su nombre ella vendría y lo abrazaría.

Y ambos terminarían de forma trágica. La muerte vendría a reclamarle dentro de unas semanas y Penélope lo vería partir para después sumirse en la desesperanza de amar a un hombre muerto. No podía permitirlo. Sin importar lo tentado que estuviera a correr detrás de ella. No estaban destinados.

Penélope se limpió las mejillas y se dio vuelta, después terminó de cruzar la calle.

Siguió mirándola hasta que desapareció en la oscuridad y cuando ya no pudo verla, se dejó caer en los escalones de la entrada de la casa.

Que humilde sentimiento, saberse amado por ella.

El corazón le latió con fuerza y la voz de Penélope diciendo su nombre retumbó en su mente. Maldijo al destino. Porque de entre todas las personas en el mundo, si pudiera elegir a alguien, sería Penélope.

Ahora que ya no había nada que ocultar podía aceptarlo por lo menos para sí mismo. Podía verlo, mejor dicho, podía verse. Llevándole flores. Paseando con ella del brazo. Cantando a dueto en el salón familiar. Bailando un vals a la vista de todos mientras le susurraba palabras dulces al oído. Besándola en el altar. Podía ver todos y cada uno de los escenarios que los llevarían a estar juntos, a tener una familia. 

Si tan solo tuviera tiempo.

Sentado en el frío piso, mirando el cielo lleno de estrellas, hizo lo que no había tenido necesidad de hacer ni siquiera cuando lo sentenciaron a muerte. Lloró. Por lo que no podría ser. Por lo que no sabía que deseaba hasta que estuvo fuera de su alcance. Por los sueños que no sabía que tenía hasta que supo que no se harían realidad. 

Lloró por Penélope. Y lo que pudieron tener si el destino no fuera tan cruel.

Recargado contra la puerta verde de su hogar, con la brisa del amanecer secándole las lágrimas y con el corazón deshecho de dolor, fue como Benedict lo encontró.

— ¿Mirando el amanecer? —, dijo su hermano con voz pastosa. Le sonrió, asintiendo con expresión solemne. — ¿Te sientes bien? —, preguntó Ben con expresión preocupada. Se tomó un momento para responderle.

— Extraño montar a caballo —, le dijo con voz ligera y afable. A sus oídos la mentira sonó a verdad.

Benedict sonrió, — Eso puede arreglarse —. Asintió y se levantó del piso. — ¿De verdad estás bien? —, escuchó algo extraño en la voz de su hermano, pero no quería pensar en eso.

— Bien y cansado —, Benedict le creyó, sonrió y abrió la puerta.

No salieron a montar. Tampoco le habló a su madre de la invitación al té para Penélope. No se atrevió a pensar en la razón. Demasiado cansado, demasiado abrumado, demasiado frágil para ofrecerse explicaciones.

Pasó la mañana jugando con Hyacinth y Gregory, cantando con Francesca, leyendo junto a Eloise. Ben y Anthony lo llevaron al despacho por la tarde para hablar de algunas cosas, no recordaba específicamente de qué. Sabía que la familia notó su semblante afligido y trataban de distraerlo. Lamentablemente solo una persona podía ayudarlo y no se atrevía a ir a buscarla.

Mentirle había sido lo correcto, incluso si en ese momento no era una mentira. No podría soportarlo. Ver la desesperación, el luto y el pánico en sus ojos. Imaginarse a Penélope llorando su muerte…

La sola idea hacía que su corazón doliera y amenazara con detenerse.

Lo sobresaltó un ataque de tos. Y los malditos pétalos amarillos que iban a matarlo flotaron en el aire, cayendo con gracia y delicadeza. Sería hermoso si no fueran la evidencia de su desgracia.

Pasó el resto del día mirando por la ventana de forma masoquista. Sumiéndose en la huella dolorosa que tenía en el pecho y que de alguna forma le recordaba que seguía vivo.

Durante la cena, sonrió tanto como pudo, sin sentirlo. La familia fingió no darse cuenta de lo falso en su sonrisa y siguieron como si nada. Se bebió los remedios del médico y pretendió no escuchar a Kate hablar con el mayordomo de los arreglos para “el futuro”. Su cuñada era de acero, le estaba agradecido.

 

Entonces sucedió.

 

La sensación incómoda en el pecho que lo había estado acompañando todo el día, se acrecentó. No pudo respirar. Pudo sentir los pétalos aglomerarse en su garganta y comenzó a toser.

Cayó de rodillas.

Intentó gritar, sin poder hacerlo.

Comenzó a perder la vista y todo en lo que podía pensar era en que tenía que llegar al escritorio.

— ¡Colin! —, escuchó gritar a Eloise. La sintió arrodillarse a su lado. — ¡Anthony!, ¡Ben! —, gritó su hermana con la voz llena de pánico. Pronto hubo pasos por todas partes.

Siguió tosiendo sin control.

Los pétalos undularon a su alrededor, transformándose en destellos amarillos en medio de su visión borrosa.

No podía hablar y de verdad necesitaba decirles. Rogarles. Suplicarles.

 

«Sepúltenme con las cartas de Penélope»