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Iban rondando las nueve de la noche en el reloj digital a su lado cuando Anakin notó el silencio sepulcral en el dormitorio. No es que no hubieran sonidos, ya que, estando el Templo en medio del distrito oficial de Coruscant, a escasos metros del senado, las calles todavía respiraban con una población inquieta: voces y tráfico por todos lados. Lo que le extrañaba, más bien, era no escuchar los suaves manifestaciones de su padawan al prepararse para descansar luego de haber cumplido con sus lecciones del día. Sus pisadas ligeras sobre el tapete, moviéndose con un ritmo tranquilo y considerado, o la fricción que el escarceo de sus vestimentas generan al caminar. No había nada de ello dentro del espacio.
Al parecer llevaba más de dos horas sumido en su lectura, habiendo escogido como compañía un tratado de estrategias bélicas en la era del Imperio Galáctico, decido a nutrir su mente tanto como sus músculos. Una de las primeras lecciones del maestro Qui-Gon, recuerda Anakin, era mantener un equilibro en el desarrollo de sus facultades. No sirve de nada una buena forma para luchar sin una manera de aplicarla con astucia. Así que de vez en cuando, al retornar de sus misiones, o luego de transmitir las enseñanzas de los Jedi a su aprendiz, se sentaba en la sala del dormitorio a leer algún material bibliográfico en cualquier tema afín de sus intereses. Historia de la Orden, archivos de las reformas al Código, o tratados sobre estrategias de guerra y paz. Tenía una mente más que dispuesta a absorber todo el conocimiento dentro de los documentos, e imaginaba con rapidez formas de aplicarlo a las situaciones actuales en las que se encontraba. El maestro Windu no creía que Anakin pudiera tener tanta paciencia, pero no podía estar más equivocado.
Llevaba, en todo ese tiempo, sin ver a Obi-Wan.
No es que necesitara tener conocimiento de donde estuviera su padawan en todo momento, recientemente había cumplido los diecisiete años y no le faltaba mucho para ser caballero, más que capaz ya de cuidarse como un casi-adulto. Sin embargo, dada la naturaleza disciplinada y puesta a llevar su entrenamiento de la mejor manera, Obi-Wan acostumbraba a retornar por lo menos una hora antes de la hora de dormir. Decía, a pesar de las recomendaciones nada sanas de su maestro para quedarse más tiempo con sus amigos, que el descanso era fundamental para convertirse en el Jedi que siempre había querido. Un poco sonso para Anakin, que apenas si durmió en su propio entrenamiento, pero que igual le enternecía por la dedicación de su padawan. Se aproximaban las diez de la noche con cada minuto, y Obi-Wan no aparecía.
Recordaba que, después de haberse sentado en el comedor a cenar, Obi-Wan le había informado —no pedido permiso, ya esa etapa había sido superada hacía años— que saldría un rato, y cuando Anakin le recordó su compromiso temprano en la mañana con el maestro Plo-Koon, aseguró que volvería con tiempo para descansar. No le dijo detalles como con quién o donde estaría, y tampoco es que le hubiera preguntado; Anakin confiaba plenamente en su padawan. Nunca le había dado un indicio para dudar de su compromiso con la Orden, mas no podía evitar sentirse un poco desconcertado. Dejó el hololibro en la mesa de centro, levantándose para estirar sus músculos rígidos por estar en la misma posición mucho tiempo. En ese momento, sonó la breve alarma que señalaba la entrada de alguien al dormitorio y la puerta se abrió hacia un lado para mostrar a Obi-Wan.
—Maestro —lo saludó su padawan con una sonrisa, mientras entraba de lleno en la habitación.
—Obi-Wan —le respondió con un tono juguetón, cruzando los brazos sobre su pecho—. Estaba empezando a creer que unos piratas te habían secuestrado.
Obi-Wan le dedicó una mirada poco sorprendida, aunque las esquinas de su boca temblaron con una urgencia de sonreír. Anakin sonrió en su lugar, y avanzó hacia la pequeña cocina a lado derecho de la entrada. Tenían la costumbre de compartir una taza de té antes de dormir, aunque Anakin no tomara y se conformara con ver a su padawan disfrutar de la terrible mezcla de hojas que le regalaron por su cumpleaños. Un té especial de Naboo, que relajaba a Obi-Wan notablemente después de haberlo acompañado en una misión diplomática o de entrenar formas con su sable láser. Colocó la tetera sobre el fogón eléctrico, escuchando cómo su padawan se desvestía de su túnica exterior y la guardaba en el clóset a un lado de la puerta.
Cuando el silencio se prolongó, no escuchando pisadas, Anakin dirigió la mirada hacia su dirección. Obi-Wan se encontraba frente al clóset, ya cerrado, inmóvil. Le pareció extraño.
—¿Estás bien? —le preguntó.
—Sí, maestro —Obi-Wan se giró con lentitud, asintiendo—. Un poco cansado, nada más.
Anakin lo perdió de vista cuando caminó hasta las butacas en el mesón y se sentó. Se dedicó a buscar una taza para Obi-Wan, que naturalmente correspondía a la azul con detalles grisáceos. Fue un regalo de su maestro, trayéndola de un planeta especializado en la minería y producción de arcilla, por el fascinante parecido con el color de sus ojos. Es como si la hubieran hecho pensando en ti.
—¿Y con quién estabas? —Anakin rompió el silencio, luego de ver que el agua comenzaba a hervir.
—Con Ahsoka, la padawan de la maestra Shaak Ti, y Quinlan —Obi-Wan se demoró un poco en contestar.
—Ah, el anterior padawan del maestro Tholme… Ya es un caballero, ¿cierto?
—Sí, acaba de llegar de su primera misión en solitario.
Parecía ser esa la razón por la salida de Obi-Wan aquella noche. Su padawan siempre había sido muy cercano a Quinlan Vos, considerándolo un amigo, a pesar de que le llevara un año en edad y a veces le generara una chispa de irritación en sus primeros encuentros cuando el otro era padawan. Sabía que, cuando Anakin no estaba disponible para entrenar con él, ya fuera porque estuviera fuera del planeta o en una reunión del concejo, Obi-Wan le pedía a Quinlan practicar sus formas de combate. Puso la bolsita de té en la taza y lentamente fue vertiendo el agua abrasador. Se volteó y vio que su padawan luchaba contra el sueño, tratando de no cerrar los ojos. Anakin negó con la cabeza.
—Toma —le puso en frente la taza, y este espabiló—. Es mejor que vayas a dormir ya.
—Está bien —bostezó Obi-Wan, pasándose una mano por el rostro—. Hasta mañana, maestro.
—Hasta mañana.
Se levantó con mucha dificultad, recogiendo con cuidado la taza y con una última sonrisa, marchó hacia su habitación a mano derecha de la sala. Ahí fue cuando Anakin, habiendo culpado el cansancio por las acciones un tanto extrañas de su padawan, se percató que Obi-Wan llevaba su tabardo al revés. Tenía, cerca al cuello, una mancha oscura de color vino tinto.
Vino tinto.
Anakin se echó a reír.
