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Desde pequeñita, Sabrina nunca había tenido interés en príncipes o princesas. Aunque adoraba los cuentos de hadas, eran otras figuras las que cautivaban su ya entonces delicado corazón.
Soñaba con vivir un romance con un hechicero que la adornara con joyas, rocío y magia. Soñaba con duendes, trasgos, hadas y una casa escondida en el bosque. Con palabras y canciones prohibidas y el sol brillando tras un corazón, para volverse la luna.
A Sabrina le gustaba la Bruja. Cuando estaba con ella era menos niña bien y más risas en el viento.
Era siempre Sabrina quien iba a visitarla, nunca a la inversa. Casi en voz alta, soñaba con poder adentrarse en su mundo, con convertirse en una legendaria hechicera, con fama, gloria y el poder para hacer siempre lo que se le antojara, y elevarse por encima de las nubes.
Y entonces los ojos violáceos de la bruja la encontraban y la fundían y todo aquello desaparecía.
Entre las cuatro paredes de esa cabaña, Sabrina se convertía en una fuerza de la naturaleza, que la Bruja, con sus manos, modelaba a su gusto.
