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Zweisamkeit

Summary:

Zweisamkeit. Unión de dos individuos en una misma soledad, es la actitud de la amistad máxima o del mejor encuentro entre dos almas, una soledad dentro de la cual ambos se tienen sólo para sí mismos y se reconfortan en ese estado de alejamiento de la realidad inmediata de otras compañías.


—Leo, suelta la puta pelota, cabrón.


Era increíble lo que cuatro años de tensión podían provocar, pero Rafa no se iba a quedar callado una vez más y observar cómo el diamante del Barça hacía lo que quería - como siempre. En medio de todos sus compañeros, el DT y un partido en pleno juego, le había gritado a Lionel Messi que se dejara de mamadas.

Chapter 1

Notes:

Empecé este fanfic en enero y según yo lo iba a tener listo para el cumpleaños de Rafa en febrero jskljajkaj, pero se me atravesó la tesis y era o terminar la historia o la carrera... al final terminé la carrera primero, pero la neta le eché más ganas al fanfic 👁️👄👁️ jahjajhs y nimode. La historia estaba pensada en ser slow burn de ahí que haya tanta plot jajsj, pero ya me está dando un poco de flojera xq es un buen de trabajo alch, ya ahí veré si se arma. De una vez me disculpo por el posible mal manejo del voseo y argentinismos, es que no le sé :'), acepto correcciones de argentinxs <3

Es una ship bien random, pero desde que vi lo de su "pelea" supe que tenía que hacerles fanfic de los puerkos. Espero les guste, amixes 👀 Dejo el link de la pelea que en sí no es pelea, sólo Pep regañando a Leo por lo que pasó jsjjajs:

https://www.youtube.com/watch?v=BIqsfXnfUk4

Chapter Text

Barcelona, verano del 2008 (el presente)

 

El sol de Cataluña era más amable que el de México por mucho. Rafa lo había sentido desde que puso su primer pie en Barcelona en el 2004 con tan sólo 25 años y si bien ya no se tenía que preocupar por quedar insolado a medio partido, sí que extrañaba esa calidez que sólo se conocía en su país. Aunque añorara volver, el número 4 no cambiaría por nada del mundo su trabajo.

El sudor le escurría por las sienes y empapaba su banda deportiva. Sin importar que sus piernas protestaran por el esfuerzo, se obligaba a seguir corriendo para agarrar ventaja sobre el equipo rival. Le costó un mundo sacarle el balón de los pies a Xavi, pero lo logró para hacerle un pase a Puyol, luego él a Milito y que de ahí el balón cayera en pies del delantero más cercano: Messi. Rafa, quien había robado la pelota inicialmente, apretó el paso para pelear por un costado hueco, perfecto para el remate.

—¡Leo! —gritó llamando la atención del joven argentino.

Lo observó correr con ella pasando uno, dos, tres jugadores que se quedaban bailando solos ante el ritmo imposible de la Pulga. La jugada que debió haber sido completada con un simple pase largo para él se extendió más de lo que el defensa esperaba y tal vez más de lo que sus compañeros también, quienes se habían posicionado en más puntos estratégicos con posibilidad de gol. Y aún así, la pelota seguía con el argentino, quien el defensa sabía, habiendo jugado con él por años, le gustaba dárselas de lobo solitario en entrenamientos.

—¡Leo! —volvió a presionar para recordarle que tenía un equipo alrededor—. ¡Messi!

Probablemente otros habrían dicho que lo había imaginado, pero estuvo completamente seguro que Leo lo había visto de reojo durante su gambeteo con Iniesta y había seguido como si nada. Te vas a la chingada, pensó Rafa. Siempre es lo mismo.

El nuevo número 10 parecía listo para marcar a portería cuando el defensa vio muy de cerca a Ronaldinho detrás de él. La va a perder, el escuincle no va a poder con Ronnie.

—¡Leo, suelta la puta pelota, cabrón!

Era increíble lo que cuatro años de tensión podían provocar, pero Rafa no se iba a quedar callado una vez más y observar cómo el diamante del Barça hacía lo que quería - como siempre. En medio de todos sus compañeros, el DT y un partido en pleno juego, le había gritado a Lionel Messi que se dejara de mamadas.

Como si fuese sacado de un trance, el chico despegó la mirada del balón hacia el mayor y no pudo detener el choque contra Ronaldinho, cayendo sobre su propio pecho en el pasto. El argentino todavía desorientado vio como sus compañeros se dispersaban y el guardameta se incorporaba a sabiendas de que no había peligro de gol, a pesar de que había estado armando la maldita jugada desde que le habían dado la pelota.

Leo soltó un "la puta madre" por lo bajo y, aun caliente por la corredera y frustrado por perder, se levantó del pasto para encarar al mexicano.

—¿Tenés algo que decirme, pelotudo?

—Me escuchaste a la perfección. ¿O sigues sordo? —retó de vuelta. No se iba a dejar intimidar por un niño que le llegaba al hombro.

—Chicos, tranquilos —intentó calmar Ronnie.

El DT quien había estado a unos metros observando entró al campo cuando vio a sus jugadores tensos y al brasileño tratando de interponerse.

—Eh, Leo, ya está —intercedió Guardiola, poniendo una mano en el hombro del chico—. Tómate un respiro que no pasó nada.

—Si quiere algo que me lo diga a la cara. Perdimos la jugada por su culpa. —Su tono usualmente apaciguado se tornó áspero mientras lo señalaba con la barbilla.

El moreno alzó un poco las cejas y si hubiese sido otra persona habría dicho que le sorprendió el que Leo le hiciera frente, pero hoy no estaba de humor para darle ningún crédito al mocoso. En su lugar, no dijo más, jaló a Ronaldinho del brazo y fueron con los compañeros ahora sentados en el pasto. Se dedicó a mirar con ironía cómo el delantero arrugaba la nariz y movía la cabeza de un lado a otro como hacía cada vez que estaba molesto, el pelo largo yéndosele a la cara a pesar de traer la liga en la cabeza.

Sea lo que sea que Pep le hubiese dicho después, el número 10 también se fue a sentar con los demás, a unos metros de él.

—Bien. Chicos, continuad y no dejéis que se cuelen por el costado, joder. Hay que apretar el paso también, delanteros —Con eso, Guardiola daba por finalizado el episodio.

Pero Leo, siendo Leo, el hijo de puta que todos tomaban por santo, no dio tregua y con la vista alta en un punto de la cancha, masculló:

—Káiser mis pelotas. —Fue lo suficientemente alto para que todos (incluyendo Rafa y Pep) lo escucharan.

En lugar de molestarse, Rafa se mordió la lengua para no soltar una risa, sorprendido por la burla hacia su sobrenombre.

—Ya está. Lionel, fuera del campo —Guardiola ni siquiera lo pensó dos veces, le hizo un ademán con la mano despachándolo del entrenamiento. —Rafa, lo mismo.

Se le borró la sonrisa del rostro. ¿Qué?

—¿Qué? —vocalizó.

Ni siquiera volteó a ver al mexicano ante la protesta. Sólo tomó el cronómetro de su bolsillo para encenderlo con los ojos escudriñados por el sol.

—Como oísteis, no quiero a ninguno de los dos aquí. Esperadme en los vestidores que ya tuvimos suficiente.

Los demás jugadores solo sisearon por el regaño y otros, como Ronaldinho, evitaban mirar la escena. Luego estaba Carles.

—¿Eso significa que hay descanso?

El mexicano no escuchó la respuesta puesto que ya había entrado al vestidor detrás de Lionel. Chingada madre. Todavía que el escuincle se creía el dueño y señor de la pelota, lo irrespetaba y detenía el entrenamiento, tenía que pagar el berrinche del mocoso. Abrió su locker para limpiarse la cara con una toalla y se sentó en una de las bancas.

No se arrepentía de haber hablado. Si bien todo el embrollo había sido a raíz de un simple partido de cinco contra cinco donde Leo se suponía era parte de su equipo, Rafa sabía de sobra que el argentino creía que era el mundo entero contra él. Probablemente saldría a jugar una final de Champions él solo si lo dejaran. Y lo peor es que Pep sería capaz de confiarle algo así.

El hombre más pequeño no despegó los ojos de su botella de agua y no cruzaron palabra hasta que Guardiola entró a los cinco minutos.

—Escuchad, yo sé que no sois los mejores amigos y no me interesa que lo seáis, pero algo muy distinto es que se refleje en el jodido entrenamiento. ¿Creéis que tenemos tiempo cuando el fin de temporada está encima?

—Pep...

—No he terminado —señaló con la mano para callar lo que sea que iba a decir el defensa.

—Ya es hora que lo arregléis como la gente normal. No va a ser aquí porque no tengo tiempo para que juguéis al jardín de niños en plena concentración. —Guardiola arrancó un pedazo de papel de su block de hojas. —Ni siquiera debería haber necesidad de esto, hostia.

Se arriesgó a ver a Leo de reojo para intentar descifrar si él estaba entendiendo hacia donde iba aquello. Pero era difícil adivinar lo que pensaba el chico si siempre cargaba la misma cara de perdido en el espacio. Sin embargo, notó por las cejas que estaba igual de confundido que él.

—Habladlo en privado en la casa de alguno de vosotros y limad asperezas. Para el siguiente lunes os quiero ver cordiales el uno con el otro. Sin opción.

—¿En una casa?

—Pep, ¿de qué va es-

Guardiola interrumpió la oleada de preguntas que sonaban más a reclamos indignados por parte de los dos, quienes se habían parado de las bancas como si así fueran a comprender mejor.

—Joder, ¿qué parte de "sin opción" no habéis pillado? ¿Acaso creéis que son los primeros jugadores que se pelean en una jodida práctica por una gilipollez? Me importa una mierda si os odiáis o no, ahora mismo me dicen cuándo y dónde lo vais a hablar para que luego no vengáis con que no habéis podido. 

—Domingo en la mía. Sólo puedo así —el argentino se apresuró a decir con tono tajante antes de que Rafa pudiera hablar.

Mamón, pensó el número 4.

—¿Puedes? —Guardiola preguntó con las cejas levantadas.

De poder, puedo. De querer... Soltó un suspiro.

—Sí, estoy libre.

Le tendió el pedazo de papel a Leo y un bolígrafo.

—Tu dirección. —Pep se talló la cara con un gesto de cansancio. —Bien. Los directivos están encima mío ahora, ¿sí? Y ya me tienen hasta los cojones con sus exigencias y cambios de último minuto. Por favor, ayudadme haciendo esto más fácil. ¿Cuento con vosotros?

Una punzada de culpa invadió a los dos jóvenes jugadores ante las palabras de su DT, quien siempre había estado ahí cuando lo necesitaban y hoy habían decidido armar una pelea por una tontería a unos días de un partido real.

—Claro que sí, Pep. Para lo que sea.

—Sí —asintió fervientemente Leo ofreciéndole el papel ya con la dirección a Rafa.

Un suspiro de alivio escapó de Guardiola y sonrió con suavidad.

—Gracias, chicos.

 


 

La voz de Puyol fue lo primero que Leo escuchó al entrar al vestidor a la mañana siguiente.

—Cuando el chaval dijo eso yo ni de coña me lo creí. Mira que decir que las patatas con ajo son superiores a-

—¿De qué están hablando? —preguntó divertido.

El catalán estaba sentado en una de las bancas poniéndose los botines y Ronaldinho se colocaba la banda en el cabello viéndose en el espejo de su locker. Los dos voltearon al escucharlo.

—Ah, nada, una tontería que me estaba contando el Dinho.

—¿Qué? —el brasileño hizo una mueca de confusión ya que el que estaba contando una historia sobre papas era otro.

Carles le lanzó al argentino una media cuando lo vio sentarse en la banca opuesta a ellos.

—Mejor cuéntanos tú qué te dijo papi Pep.

Leo rio y le lanzó la prenda de vuelta.

—¿Papi Pep? ¿Desde cuándo te gustá nuestro DT?

—Desde una vez que me mandó a buscar unos papeles a su coche y nunca lo encontré... porque no tenía coche.

Ronaldinho soltó una carcajada estruendosa.

—¿Entonces? —preguntó un inocente Leo.

—Sólo quería que recorriera todo el estacionamiento. Sí, el muy gilipollas me hizo darle toda la vuelta a la jodida concentración.

—Eso enamora a cualquiera —comentó Ronnie.

—Avisá cuando le des la sortija, che.

—Lo que le voy a dar es cabello. Le hace falta y a mí me sobra.

Los tres se echaron a reír. La risa de Leo haciéndose más callada cuando vio entrar al vestidor a cierto mexicano.

—¡Rafita! —exclamó el brasileño con tono alegre.

—Pero si es el Káiser —tanteó Carles por lo de ayer. —Pensábamos que te habías quedado con la señora Márquez.

Leo levantó las cejas y casi se le cae uno de sus botines de la mano. ¿Rafael se había casado?

—Son unos pendejos. Adriana es mi novia.

—Da igual, vive contigo, ¿no?

—Ya no. Se regresa a México por unas cosas de su familia.

—¿Todo bien? —Ronaldinho preguntó con gesto preocupado.

—Sí, Ronnie. Nada grave. —Le palmeó el hombro con agradecimiento.

—Bueno, eso significa que podemos llevar la fiesta a lo de Rafa.

—Ni se te ocurra.

—Chaval, no nos hemos reunido en semanas. Hace falta una y no puede ser en la mía porque Agnés no me deja, Ronnie nunca está en su casa y Leo ni nos va a abrir la puerta.

—Dile a Pep que te preste la suya —sugirió el más joven.

—Conociéndolo me daría una dirección y llave falsa, el bastardo.

—¿Quién es bastardo?

Hablando del rey de Roma, llegaba su DT.

—Nadie, alguien de por ahí —dijo Carles apresurado fingiendo que no se le habían encogido los cojones.

Los otros tres suprimieron una sonrisa. Pep levantó las cejas, pero no pareció darle importancia.

—Bien. Os quiero ver en diez en la cancha, por favor. Va a ser un día tranquilo, así que no os estreséis.

Si Guardiola había posado los ojos exclusivamente en el 10 y el 4 era pura coincidencia. Leo evitó mirar la reacción del defensa que seguía sentado junto a Puyol, quien ya se estaba levantando.

—¡Hoy es un buen día para ganarse el pan, muchachos! —exclamó con entusiasmo el siempre dispuesto Carles.

El brasileño le hizo segunda en su alboroto mientras salían. Y Leo no pudo evitarlo. Necesitaba saber qué estaba pensando después de la pelea de ayer. Cruzó miradas con Rafa por un segundo y la apartó cuando el mexicano parecía no despegarla primero - férrea e inescrutable como siempre. Sin pensarlo dos veces, se levantó de la banca y se fue... sin su liga del pelo. Maldijo por lo bajo. Se la iba a pasar toda la mañana con los mechones pegados a las mejillas... pero no iba a regresarse al vestidor por ella. Y mucho menos iba a preguntarse por qué.

 


 

Barcelona, 2005

 

—Sólo es un chico, tío. Está empezando, bueno, algo así. A veces creo que ya nos dejó a todos fuera del juego —rio mientras se sentaba en la silla de su oficina y Rafa en la opuesta del otro lado del escritorio.

—Lo sé.

—¿Por qué el recelo?

—No es nada de eso, Frank.

Rijkaard movió la cabeza de un lado a otro entre divertido y exasperado por su terquedad.

—Sí que lo es. No le hablas mucho, no lo tratas como a los demás. Pensé que era porque era el nuevo y con el tiempo te acostumbrarías, pero otros han llegado y tú como si nada. Es sólo con él. ¿Por qué?

¿Por qué? Esa era una buena pregunta. A la cual no tenía respuesta. Lionel era diferente a todos, eso lo veía cualquiera, pero que fuera un fenómeno de jugador no era motivo para ignorarlo (a veces muy evidentemente). Ni siquiera él entendía su comportamiento. El porqué el defensa desviaba su vista cada vez que se percataba que la tenía clavada en el delantero, tanto dentro de la cancha como fuera. Mucho menos se explicaba por qué evitaba (casi como regla) voltear a verlo en los vestidores (cuando el argentino sólo en shorts se demoraba en el espacio común antes de entrar a las regaderas). 

Lo que se preguntaba con más frecuencia aún era si imaginaba la pesadez de la mirada de Leo a sus espaldas. En ocasiones lo pescaba observándolo, pero el argentino sólo reaccionaba girando la cabeza sutilmente como si hubiese sido mera casualidad. Sin importar que Leo siempre tuviera una mirada rara en el rostro, en esas ocasiones se veía en extremo extraño.

—Sólo no nos llevamos, Frank. No hay otra cosa.

El DT lo observó con detenimiento y se encogió de hombros.

—Lo que funcione para ti, Rafa. Sólo te pido una cosa: que esto no interfiera con el equipo.

El mexicano lo miró con decisión a los ojos.

—Jamás.

 


 

Barcelona, 2004

 

La noche anterior había dormido poco y aquellas horas de sueño habían sido intranquilas. Se estaba despertando a mitad de la madrugada con el corazón agitado y una sensación casi de vértigo. Su lado más racional le decía que debía decirle a sus viejos para consultar con un médico, pero otra parte de sí lo convencía de que era temporal y era mejor no alarmar a nadie. Menos por cómo iban las cosas. El 2003 y lo que iba del 2004 habían sido espectaculares. Se había alzado del Juvenil B hasta llegar al Barcelona B en tan sólo un año. No tenía idea de cómo había sucedido, pero ahí estaba. No podía arruinar todo diciendo que estaba enfermo.

En algún punto de la noche había caído rendido de nuevo y se despertó unos minutos antes de que sonara su alarma. Esperaba que el día fuera tranquilo, al menos más que su noche. De camino hacia su entrenamiento, Lionel Messi no tenía idea que aquella mañana daría inicio una etapa inolvidable de su carrera... y de su vida también.

—Leo, hoy no vas a entrenar con nosotros —le había dicho Gratacós.

—¿Qué? ¿Por qué?

Su estómago dio un vuelco al pensar que sabían de su posible mala salud.

—Alguien quiere verte. No hace falta que te diga quien es Rijkaard, ¿verdad?

Los ojos del joven argentino se agrandaron y apenas pudo tartamudear un "no, señor". Se dirigieron a los vestidores de la Primera División y con la cabeza agachada y las manos temblándole vio frente a él a la plantilla más importante de toda España. Ronaldinho estaba en la entrada comiendo fruta de un tazón, Puyol se ataba los botines, Iniesta, Xavi y Sylvinho charlaban en las bancas y un solitario jugador de cabello largo que Leo identificó como Márquez se ponía una banda en la cabeza.

—Hola, tú eres Messi, ¿verdad? —el brasileño saludó cuando los vio acercarse. —Te he visto jugar. Eres increíble, chico.

—Yo... es... eh... m-muchas gracias.

—Soy Ronaldinho, pero me puedes llamar Ronnie. Si alguna vez necesitas algo, sólo dime.

Una calidez se extendió por su pecho por las palabras que Leo sabía eran sinceras. No sabía qué es lo que iba a hacer ahí exactamente, pero si alguna vez llegaba a jugar en el equipo grande, le gustaría que fuera junto a Ronaldinho. Estrecharon manos.

—Lionel Messi, — se escuchó una voz detrás de ellos: Frank Rijkaard, el DT de la Primera División. —He escuchado maravillas de ti, muchacho. ¿Cómo estás?

—B-bien, señor.

El DT saludó rápidamente a Gratacós.

—Me alegro, hijo. Ya veo que conociste a nuestro número 10. Pero sería mejor que ya fueras conociendo a todo el equipo. ¡Muchachos, vengan!

¿Cómo que fuera conociéndolos?

—Aquí tienes a Xavi Hernández, Andrés Iniesta, Sylvinho, Carles Puyol y... bueno, Rafael estaba aquí hace un momento. Debió salir a algo. Es el mexicano, seguro lo conoces.

Leo asintió.

—Bueno, chico, ¿te parece si entrenas hoy con nosotros?

El argentino no pudo pronunciar palabra. Su corazón palpitaba agitado como lo había hecho en la noche. Con las manos frías junto a los costados, se limitó a asentir con fuerza. Después de todo, ¿qué podía pasar?

Unos cuarenta minutos más tarde ya estaba sentado en la banca tomando agua de su termo. Habían finalizado el calentamiento y la parte técnica. Los demás seguían en la cancha organizando los equipos para un pequeño partido entre ellos, ya que ahora sí estaba presente la plantilla completa... aunque seguía faltando uno. Si Leo tenía que ser sincero admitiría que el entrenamiento había sido muy parecido al del Barcelona B, con una táctica muy similar, sólo que con compañeros con un juego más fuerte y colectivo.

Se secó el sudor de las sienes y se permitió un suspiro de alivio. Definitivamente, el 2004 iba a ser su año. No se dio cuenta que se había quedado ido viendo el verdor del pasto hasta que una voz lo sacó de su ensimismamiento.

—Tú eres el chico nuevo, ¿verdad?

Levantó la cara para ver unos ojos cálidos que se acercaban a donde el argentino estaba sentado. Márquez. Su corazón se empezó a agitar de la nada, ahora con más ganas que en la madrugada, como si de repente pensara que ya había caído la noche y era tiempo de darle guerra a Lionel.

El número 4 se sentó junto a él y ante la cercanía pudo registrar un aroma a colonia y a espuma de afeitar. Sus mejillas se sonrojaron cuando el mexicano se le quedó viendo esperando una respuesta.

—Yo... creo que sí.

El defensa le sonrió con amabilidad y extendió su mano.

—Mucho gusto. Soy Rafa Márquez.

—Leo Messi... hola.

El hombre más alto sonrió un poco divertido.

—Hola.

Leo estuvo a punto de decir "hola" otra vez como un imbécil, pero se detuvo antes de tiempo. A su vez, Rafa tampoco dijo nada y un silencio incómodo se impuso entre los dos jugadores sentados uno al lado del otro, viendo a los demás discutir.

El más joven creyó que de verdad se estaba enfermando. Su corazón le martilleaba el pecho como nunca y sentía que si se ponía de pie se iba a desvanecer como costal. Se pasó una mano por la frente y se preguntó si la atmósfera tan sofocante la podía sentir el hombre a su lado también, o si de verdad se estaba volviendo loco.

—Eh, eres de Argentina, ¿no? —finalmente habló Rafa, removiéndose en su lugar y metiendo sus manos a los bolsillos de la chaqueta deportiva.

Leo asintió furiosamente.

—S-sí, sí. De allá.

—Es bonito. Fui una vez. A Buenos Aires y a Córdoba. Nunca olvidaré los asados... ni cómo pedir cajeta por allá.

El argentino casi se atragantó con su propia saliva y sus ojos se agrandaron.

—¿Pedir qué?

Rafa soltó una risa y sus ojos marrones se entrecerraron.

—Dulce de leche, che. Nada más y nada menos. —El número 4 se recostó en el asiento y estiró las piernas un poco más relajado. —¿Tú has estado en México?

Leo negó con la cabeza.

—Creo que te gustaría —aseguró como quien ya sabe algo.

El argentino enarcó una ceja siendo contagiado con la confianza que emanaba el defensa.

—¿Sí? ¿Tan seguro estás?

El mexicano esbozó una sonrisa con todo y dientes.

—Sí, no conozco a nadie que no le haya gustado.

No supo por qué jodido motivo sintió sus mejillas calientes por ese comentario. Apartó la mirada de la de él y también se reclinó en el asiento.

—Y, bueno, ¿qué tanto hacen esos?

—Organizan los equipos para un partido entre nosotros.

—Qué flojera.

—Acabás de llegar.

—Sí, pero es lo mismo siempre. Calentamiento, técnica, táctica, partido. Rara vez hay algo nuevo, al menos no en estas fechas que no hay partidos importantes.

—Yo soy nuevo.

—Eso sí. —Se enderezó un poco y lo vio de arriba a abajo con una leve sonrisa. —¿Y sí eres tan bueno como dicen?

—Es broma, ¿no? —la voz de Sylvinho se hizo presente como el pinchazo que rompe una burbuja. —El chico es digno heredero de Maradona. ¿No lo has visto jugar?

Leo bajó la vista ante el cumplido.

—Bueno, igual no es para tanto, viste.

—Ahora sí estoy intrigado —dijo Rafa mientras se paraba. —Parece que los de allá van para largo, ¿por qué no le das unos toques a la pelota? A ver si como roncas duermes.

El argentino no tenía idea de qué significaba eso, pero ya se había levantado y Rafa había ido por un balón.

—Suerte con él. Es más exigente que todos nosotros juntos, —le dijo Sylvinho que había ido a agarrar una toalla de la maleta junto a Leo —pero si le callas la boca vas a ser mi héroe. 

—Qué héroe ni que nada —Estaba de vuelta. —¿No tenías que darle vueltas a la cancha?

—¿Ves? A esto me refiero. Humíllalo por nosotros, che —dijo mientras se iba riendo de nuevo hacia el tumulto de jugadores en el centro de la cancha.

Leo casi ríe también por las carcajadas del brasileño. Le agradaba el defensa. De la nada, un balón casi impactando con su rodilla lo regresó con Márquez.

—Vas, pues.

Tomó la pelota sobre sus pies e hizo lo que sabía hacer. Estaba muy lejos de ser la primera vez que alguien le pedía hacer "trucos", pero por alguna razón quiso lucirse más que otras veces. Maniobró los toques con su empeine, luego con su pecho y hombros para llevarla a la cabeza y después enviarla hacia atrás y pegarle con la suela. Lo hizo con la dirección y cantidad justa de fuerza para que cayera en su hombro de nuevo. De ahí, solo quedaba repetir.

Con una patada le regresó la pelota al defensa, tomándolo desprevenido. El mexicano silbó con impresión.

—Bueno, me convenciste.

—¿Así de fácil?

El mexicano sonrió de medio lado. Parecía ser algo que hacía seguido.

—Así de fácil. Ahora tú dime cómo madres le haces para que no se te vaya a un lado cuando le pegas con el talón.

—No es con el talón, es a mitad de suela. Sino sí se me iría de lado —levantó el pie enseñándole donde.

—¿De verdad? No tenía idea.

El más joven se encogió de hombros mientras ponía las manos en sus caderas.

—Bueno, ya te iré enseñando. —El argentino no tenía idea de dónde había salido tanta confianza. Un rubor se extendió por sus mejillas.

El defensa sólo rio encantado. A decir verdad, tenía una risa bonita.

—Conste, eh.

—¡Ey, ya estamos! —les gritó Carles desde el centro de la cancha, haciendo ademán con la mano para que se les unieran.

—Al fin. Vamos, niño.

Al final, la táctica era sencilla y su equipo estaba lleno de estrellas, así que no había nada de que preocuparse y el mismo 4 se lo confirmó cuando le dijo por lo bajo cuando se iban a colocar en sus posiciones: "a Carles y a mí nadie nos pasa, tú estate tranquilo". Le había agarrado el cuello en gesto de compañerismo y el argentino no supo que se apoderó de él cuando le regresó el gesto palmeando su pecho (tal vez demorándose más de lo debido) y diciendo: "estaré esperando mi pase".

Si Leo no se hubiese apaniqueado y casi corrido hacia su lugar habría visto la mirada sorprendida en el defensa y también cómo sus ojos lo recorrieron de arriba a abajo.

El partido comenzó y su instinto le decía que su prueba final para quedarse en la Primera también. No lo iba a echar a perder y con esa voluntad fue que se lanzó a correr por el campo a buscar el gol. Vio a Carles y Navarro pelearse por la pelota que fue robada por Sylvinho y pasada a Eto'o, ambos jugadores del equipo contrario.

El argentino sabía que un pase más para Ronaldinho y las posibilidades de que les marcaran gol serían seguras. De un extremo y antes que Eto'o pudiera hacer algo, el defensa mexicano se barrió ante sus pies llevándose la pelota. Las piernas de Messi reaccionaron por cuenta propia y casi como si ya supiera que estaba ahí, Rafa le cedió el balón con uno de sus impecables pases largos.

Sintió más que vio a los jugadores detrás suyo, pero él ya se dirigía al punto más débil de la estructura del equipo rival. Se le atravesó Bronckhorst y Abella, pero ninguno pudo contra él mientras esquivaba todo. No supo si fue suerte, un error en la defensa o de verdad ya tenía un buen nivel, pero sólo bastó un remate con su izquierda para que el balón tocara la red con una fuerza que hasta a él le sorprendió. Unos centímetros más y se iba por el travesaño. 

El grito de gol por parte de su equipo lo hizo reaccionar y cuando se volteó a celebrar ya estaba ahí Sylvinho alzándolo y los demás alrededor palmeando su espalda y cabeza. Lo había logrado. 

—No mames, ¿cómo hiciste eso? —Rafa le preguntó cuando se dispersaron para continuar.

—Yo... no sé.

—Pinche Leo, con lo pequeñito que te ves. —Le alborotó el cabello mientras esperaban el saque del guardameta. —Sabes, en mi país tenemos un nombre para chicos como tú.

Leo lo miró y notó el mismo brillo en sus ojos con el que lo había estado viendo todo el día. No supo si fue aquel brillo o el subidón de confianza que le había dado el gol lo que le provocó sonreírle un poco juguetón.

—¿Ah, sí? ¿Y cuál es?

El mexicano le devolvió la sonrisa.

—Escuincle.

Una mueca de confusión reemplazó su sonrisa. Escui- ¿qué? 

No pudo preguntar qué jodidas significaba eso porque el defensa ya estaba de vuelta en su posición con la cabeza de nuevo en el partido. Ver la pelota rodando en el pasto lo regresó al juego también.

Los minutos pasaron y Ronaldinho ya había logrado empatar. Ninguna sorpresa, en realidad. Todos los compañeros estaban cansados de correr y el sol ya estaba en su máximo esplendor. Se secó el sudor de la frente y empezó a tratar de calcular con todo lo que había aprendido hoy sobre el equipo qué jugada podía hacerles ganar.

Vio a Carles dándole guerra a Eto'o y a Rafa corriendo para asistirlo. El argentino escaneó la zona localizando a los defensas rivales y halló a Belleti mal posicionado. Ahí tenía que entrar. Lo único que esperaba era que el catalán y el mexicano hicieran su trabajo y pasaran la pelota al otro lado. Salió un poco desviada, pero el balón ya estaba a medio campo con Giuly. Siguió su plan y cruzó los dedos mentalmente.

—¡Libre! —le gritó al francés.

La asistencia fue perfecta, el argentino diría que fue más gol de Giuly que de él, pero fue de nuevo su izquierda la que remató al arco pasando por encima de las manos de Valdés a unos tres minutos de que acabara el juego. 

Estoy dentro, estoy dentro, estoy dentro; se repetía en la cabeza el argentino a sabiendas que iba a ser llamado.

Sus pensamientos fueron interrumpidos cuando sintió cómo era tacleado al pasto y su corazón se desbocó como loco cuando vio que a quien tenía encima era a Rafa Márquez con sus ojos marrones mirándolo con un brillo de asombro y, Leo se atrevería a decir, admiración.

—¡Leo, lo hiciste! ¡Lo hiciste! ¿Qué chingadera traes en lo pies?

No sabía qué responder a eso. Como fuera, el sentimiento de júbilo que se apoderó de él en esos momentos sólo le permitió reír de emoción al sentir las manos del mexicano agitándole la cabeza en celebración. No se hizo esperar la ola de jugadores que se unían para encimarse sobre Leo y atraparlo en una bola. Escuchaba felicitaciones y vítores, palabras de bienvenida incluso... pero él sólo podía concentrarse en el cuerpo perfectamente alineado al suyo.

Las manos antes agarrándole las mejillas ahora estaban recargadas en el pasto impidiendo que todo el peso de los compañeros recayera en el frágil cuerpo del argentino. Aquel aroma que percibió en la mañana seguía ahí: colonia, espuma de afeitar y ahora sudor combinados en una esencia masculina. La cabeza le daba vueltas y casi gimió cuando acercó más su nariz al cuello de Rafa quien también tenía la cabeza junto a la suya. No podía ver sus ojos, sus bonitos ojos marrones con aquel brillo... y Leo... Leo no podía estar equivocado... 

Se dejó llevar.

Le plantó el más gentil de los besos en la mandíbula y con un ligero movimiento rozó con sus dedos la piel descubierta de su cadera donde la playera se había alzado. Sintió al hombre mayor jadear contra su oreja y su cuerpo tensarse. 

Veme, pensó el argentino.

Como si saliera de un túnel, el cielo volvió a estar en su línea de visión encandilándolo y los jugadores que se habían encimado en ellos ya estaban de pie... incluido el número 4. 

—¡Eres un genio, Leo! —alguien lo levantó del pasto y lo abrazó. 

Desorientado, volteó a ver quien era y por los rizos supo que era Ronaldinho.

—Eh... gra-gracias —respondió en una vocecita.

¿Dónde estaba Rafa?

—Chaval, muy bien jugado —otra voz lo felicitó. Valdés, el guardameta—. Esperamos verte por acá —le estrechó la mano.

—¡Yo les dije! Es Maradinho —la voz de Sylvinho lo aturdió por un costado.

Un vacío se empezó a crear en su estómago. Rafael. ¿Dónde estaba Rafael? Alzó el cuello buscándolo con un frío en el pecho. Pero qué boludez acabo de hacer.

Fue el brasileño quien terminó llamándolo. 

—¡Eh, Rafa! ¿Viste lo que hizo el chico? Trae un nivel buenísimo.

Sylvinho se quitó del campo de visión de Leo y pudo observar al mexicano cerca de ellos con una toalla en la mano secándose el sudor de la cara. Un nudo se volvió a formar en sus entrañas y sintió una presión cuando Rafa pasó de largo sin siquiera voltear a verlo.

No... 

—Fue un simple gol. —Fue lo único que dijo.

No, no, no. Leo intentó buscar sus ojos desde la distancia, necesitaba ver esa chispa, ese brillo con el que lo había mirado. Necesitaba saber que aún estaba ahí, que no lo había imaginado. Necesitaba...

—Te esperan grandes cosas, Leo Messi. —Frank Rijkaard salía del vestidor mientras Rafa entraba. —Mañana quiero verte aquí otra vez, ¿de acuerdo?

El corazón le empezó a martillar el pecho. Parecía que caía la noche al mediodía.

—Sí... sí, de acuerdo.

 


 

Barcelona, 2006 (dos años después de conocerse)

 

No le volvería a hacer caso a Ronnie ni aunque le rogara toda la mañana. El aire dentro de la discoteca era pesado y el ruido le taladraba los oídos peor que su alarma de las 7. El brasileño le había preguntado qué le parecía el lugar recién habían entrado. 

—Pues es linda.

El brasileño había soltado una carcajada. 

—¿Linda? Linda una iglesia. Lo que necesitas es un trago y alguien que te anime. Espérame aquí.

Así fue cómo terminó con una birra en la mano (lo cual no le molestaba) y una chica desconocida pegada a su costado (eso sí). Leo no se consideraba una persona grosera, sus viejos le habían enseñado a ser amable con todo el mundo, pero hoy era un jueves por la noche. Mañana habría entrenamiento temprano y a decir verdad él simplemente prefería estar en cualquier otro lado. Y si ese otro lado era su casa, mejor.

—Entonces, ¿te gusta mucho el fútbol?

Pues sí, pensó el argentino ante la pregunta de la chica.

—Eh sí, la verdad es que sí.

—Me encanta tu acento. Es tan mono. ¿Todos los argentinos habláis así?

¿Qué sé yo? Sólo soy de Rosario. 

Con todo y cerveza en mano, se levantó del sofá donde estaban los dos. Creía que ya había cumplido con Ronnie.

—¿Querés algo de beber? —le preguntó a su compañera pelinegra mientras intentaba localizar al brasileño entre la multitud.

—¡Sí! ¿Me traes otro martini?

—Claro.

Bajó los pocos escalones que mantenían su mesa en un nivel más elevado y fue al bar a pedir la bebida. Su plan era simple: darle el martini a la chica y poner una excusa, buscar a Ronnie para avisar que se iría y conducir directo a casa. Escaneó la discoteca en busca de la sonrisa inconfundible del brasileño. Había un mar de gente y nadie a quien conociera, excepto... a un par de ojos que el conocía muy bien acompañados de un ceño fruncido y una mueca de confusión. 

Sólo a vos te pasá esto, Lionel.

Habría sido descortés no saludar. Aunque, bueno, no era que Rafa Márquez hubiese sido muy amable con él en los últimos años. Como fuera, agitó la mano como saludo. La confusión seguía en el rostro del defensa, pero al menos no lo ignoró como a veces acostumbraba. Es más, ahora se dirigía hacia él. 

—Leo, ¿qué haces aquí?

El tono tan directo con el que lo dijo lo tomó un poco con la guardia baja.

—Yo...

—¿Cómo llegaste? ¿Alguien te trajo? 

—Pues s-

—No es un lugar seguro.

El argentino no veía a qué venía eso. Si bien había notado que el lugar era un poco "dudoso" y no le favorecía el hecho de que fuera subterráneo, no le dio mucha importancia cuando entró con Ronnie.

—¿Cómo que seguro? Sólo es una discoteca.

—Bueno, no es la discoteca con mejor fama de por aquí.

Leo casi rodó los ojos.

—Bueno, qué sé yo. Como sea, sé cuidarme solo.

—Leo, tienes 19. ¿Qué sabes sobre cuidarte solo?

Eso sí le molestó.

—¿Quién te creés vos? He vivido aquí por años y no me ha pasado nada. Además, soy de Argentina.

—Sí, bueno, y yo de México. ¿Y luego?

Estuvo a punto de contestarle cuando una voz aguda interrumpió la discusión.

—Cariño, ¿ya tienes mi martini? 

Se había olvidado por completo de a qué había ido.

—Eh... no sé. —Volteó detrás de él para ver que el barman ya había dejado la bebida en la barra.

—¿Quién eres tú? —preguntó Rafa con su tono seco.

—Macarena, mucho gusto —le extendió la mano.

El defensa se tomó su tiempo para dignarse a estrecharla. Re pesado que sos.

Rafael Márquez.

—Eres de México, ¿verdad? Me encanta todo lo de allá. ¿Vosotros sois amigos?

Ni cerca.

—Tengo que irme —dijo el mexicano sin siquiera contestar—. Veo que no estás solo.

Leo estaba por irse, sí... aunque, ¿qué daño le podría hacer quedarse ya pensándolo bien? Vio al número 4 perderse entre la multitud.

—Vaya, qué malhumorado —comentó Macarena.

Y te fue bien.

Suspiró discretamente. Iba a ser una noche larga y lo peor era que él quería que lo fuera.

 


 

A la hora, Leo ya sentía su cuerpo caliente por el alcohol. No podía verse, pero estaba seguro que traía las mejillas encendidas por beber. En realidad, no había sido mucho, pero desde que entró a la Primera se empezó a tomar más en serio su desempeño y a disminuir lo que tomaba. Esa era la razón por la cual ahora se movía de un lado a otro como un imbécil intentando bailar. La española lo había arrastrado hasta donde toda la gente se mecía al compás de la música y no pudo hacer nada contra su insistencia. El argentino intentaba mover sus caderas imitando a los demás, incluso trató de aplicar algo que le sirviera de fútbol, pero estaba seguro que sólo conseguía verse como una boya tiesa en el agua.

—¡Hostia, como me flipa esta canción! —Le había gritado la chica mientras levantaba los brazos y coreaba la letra.

Leo sólo asintió. No tenía idea de quien cantaba.

—Joder, tío, que no te emociones tanto.

La chica - Macarena, se recordó - le sonrió y fue a enroscar sus brazos pálidos alrededor de su cuello. Sin aviso, empezó a menear sus caderas contra las de él. A esta altura se daba cuenta que la pelinegra era de hecho más alta que él. Por nada, en realidad, pero más alta al fin. Si estuviera interesado en ella, ese detalle le habría molestado. Por suerte no lo estaba, así que dejó que hiciera lo que quisiera. Leo posó sus manos en su cintura levemente, apenas un roce sin siquiera sostenerla. Fue lo suficiente para que la chica lo besara.

El argentino jadeó y la pelinegra lo tomó como invitación para meter su lengua en su boca. Sabía a martini y a menta. En otras circunstancias, el sabor habría sido placentero. Kun le habría dicho lo gil que era por rechazar una mina tan linda, pero ahora sólo se sentía extraño. Estuvo a punto de separarse cuando sintió una mirada clavada en su rostro. Tan pesada que no tuvo problemas para encontrarla. 

Si le pidieran reconocer el color exacto de los ojos de Rafa Márquez sabía que no fallaría. En aquel momento, en aquella luz, sus orbes estaban ensombrecidos por un fuego que nunca antes le había visto. Su mirada usualmente dura ahora parecía querer comérselo vivo. 

El mexicano estaba sentado en uno de los sillones apartados de la pista y a su vez una mujer de cabello castaño claro reposaba en su regazo. Era guapa, demasiado guapa. Sin poder evitarlo, el enojo del defensa terminó por contagiar al argentino quien, sin importarle ya nada y sin romper contacto visual con el mexicano, correspondió el beso de la chica. Se aferró a su cintura y movió sus labios contra los de ella de forma ruda. Vio a Rafa tensar la mandíbula y con todo el descaro del mundo, el más joven le guiñó el ojo desde la distancia.

¿Es esto lo que querés?

Las aletas de la nariz de Rafa se ensancharon y sabía que ahora sí lo había provocado. Se separó de la chica.

—Hostia, no eras tan tímido.

—Voy por otro trago, esperame acá.

Se abrió paso entre la multitud con dirección a lo que esperaba fueran los baños. Bajó unas escaleras apenas iluminadas y dio con lo que supuso era una especie de cava donde almacenaban el alcohol. Localizó las cajas con botellas de whisky y abrió una sin problema.

No se sorprendió cuando escuchó unos pasos acompasados bajar por las escaleras unos minutos después y la figura esbelta de Rafa se dejó ver. Se veía demasiado guapo esa noche. Leo se empinó la botella.

—¿No deberías estar con la chica esa?

—¿Y vos no con la tuya?

El defensa caminó hasta estar a menos de un metro del delantero.

—Sabes, no parece tu tipo.

—¿Y vos qué sabés sobre mi tipo, boludo?

Se acercó más a Leo. Con los pocos centímetros que los separaban ahora, el argentino podía oler el aroma a bar y a alcohol caro junto con su colonia. Además de un rastro meloso de perfume de mujer. Casi le da una arcada.

—Un presentimiento.

Alzó su mano para quitarle la botella de whisky y darle un trago. Lo odiaba. Leo no sabía si alguna vez había sentido odio hacia alguien, pero Rafa Márquez parecía ser el primero en muchas cosas.

—Cobarde de mierda que sos.

—¿Cobarde?

—Me escuchaste, hijo de puta.

—Bueno, ¿por qué tanta agresión?

Leo estaba harto de que le diera tantas vueltas, de que no reconociera lo que estaba pasando y más aún, que él mismo no le pusiera un alto. 

—Te lo digo en tu idioma si querés: hacete pendejo.

Dio un paso para irse de vuelta al tumulto que era menos asfixiante que esto, pero una mano en su brazo lo detuvo. El fuego en los ojos del defensa se arrebató y en un parpadeo fue arrinconado entre un barril de cerveza y el cuerpo de Rafa. El joven jadeó ante el contacto que creía sólo podía sentir durante partidos. El mexicano bajó la cabeza para rozar su nariz contra su cabello largo inhalando su aroma, tanteándolo. Leo se estremeció al sentir la respiración caliente contra su piel y la muy presente sensación de sus caderas juntas.

Tan fácil como eso, cualquier pensamiento de odio había quedado en el olvido.

—Quieres demasiado, Leo... Y yo también... ese es el problema.

El argentino no quería escuchar de problemas, sólo quería que acabaran el juego. Su cuerpo se sentía caliente y las palmas le hormigueaban. La cercanía con el mexicano lo estaba asfixiando y no deseaba otra cosa que no fuera salir de aquel bar del brazo de Rafa Márquez.

Una mezcla de alcohol, cansancio y años de desear y no tener hizo que Leo alzara la cabeza dispuesto a sellar el trato de una vez por todas. Resignado a ceder, el mexicano se inclinó.

—¡Rafa! ¿Estás aquí?

Era la voz de una mujer. La misma que había estado haciéndole compañía al defensa. Ni siquiera registró el momento en que Rafa se había despegado de él, sólo sintió su cuerpo de nuevo frío y una oleada de vergüenza. Por segunda vez en el día se sintió como un estúpido. 

—Aquí estoy —le respondió.

—Ya veo. ¿Eso es whisky? Esa reserva es buenísima. ¿Puedo? —le hizo un ademán a Leo quien estaba más cerca de la caja con botellas.

Leo asintió.

—Llevatelo. Yo no lo quiero.

Si había un segundo significado en sus palabras, no le prestó atención. Ni tampoco a la mirada que lo siguió en su camino de vuelta arriba. No se despidió de Ronnie ni de la chica, sólo condujo hasta su casa. Gracias a Dios no chocó contra un poste en todo el trayecto con lo tembloroso que se sentía. 

Tal vez no odiaba tanto a Rafa como se odió a sí mismo en aquellos momentos. Su cuerpo tan débil lo había traicionado cuando, aún excitado por lo casi ocurrido, provocó que su miembro se endureciera a mitad del trayecto a casa.

Al llegar, apresurado y con toda la vergüenza del mundo, su espalda se deslizó por la puerta al cerrarla y con una mano en sus pantalones abiertos, se masturbó pensando en brazos morenos, ojos marrones y una mandíbula delineada. Se corrió con un gemido roto y sobre el piso de su entrada. Cualquier dignidad que le hubiese quedado, se había desvanecido esa noche.

Leo no sabría esto, pero del otro lado de Barcelona, con las uñas rasguñando las caderas de una mujer, Rafa embestía a su amante de una noche. Tampoco sabría que el mexicano se imaginaba que el cabello castaño era más corto y la piel más pálida y que el nombre que gruñó en la voz más baja posible era el de Lionel Messi.