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La música suena tranquila por todo el salón. La cena de la AFA era todo espectáculo y resplandor, con una leve melodía resonando en tus oídos. Eras la invitada de Pablo, pero en secreto, también la de Lionel.
Las luces tenían el brillo justo y un pequeño cartel con tu nombre te indica tu lugar designado. Admiraste la vajilla que reposaba sobre la mesa, y también el trabajo y esfuerzo del Chiqui Tapia para que todo el plantel y el cuerpo técnico se sintieran cómodos.
Como tu vestido llegaba hasta el suelo, lo recogiste un poco a la hora de sentarte.
Saludaste con una sonrisa a Andrea, la novia del Ratón. Te acomodaste en tu lugar y pasaste tus manos sobre tus muslos, alisando la tela. Miraste el vestido que llevabas puesto, uno que habías comprado hacía poco. Recordabas cuando estabas eligiéndolo, tocando suavemente los diferentes modelos, pensando en qué tela se deslizaría mejor por tu cuerpo en el momento en el que ellos decidieran quitártelo.
La respuesta llegó en forma de un vestido de satín.
No sabías por qué estabas tan nerviosa. Ya habías asistido a eventos formales del mundo del fútbol y, por sobre todo, ya tu relación con las dos personas más importantes del cuerpo técnico de la selección argentina era algo que venía pasando desde hacía un par de años. Entonces, ¿qué era lo que te tenía sentada al borde de tu silla?
Levantaste la vista, y ahí están, hablando. Lionel Scaloni y Pablo Aimar se encuentran parados a unos cuantos metros tuyo. Ambos vistiendo traje, el del santafesino es azul y el de riocuartense, negro. Tienen unas copas en las manos mientras charlan entre ellos, y sus cuerpos se inclinan el uno al otro. Parece que se estuvieran susurrando.
De vez en cuando, giran sus cabezas hacia los costados, como si no quisieran que nadie los escuche.
Sabes que están hablando de vos. Sabes que algo planean. Y en ese momento entendés que era eso lo que te traía inquieta.
Cuando Pablo posa sus ojos en tu dirección, mirás hacia otro lado. Te mordés el labio y esperás que no se haya dado cuenta que los habías estado espiando desde la distancia.
Las risas y las charlas que habían surgido en la mesa quedan muy lejanas a tus oídos, en los cuales sólo escuchás los latidos apurados de tu corazón.
Por el rabillo del ojo, diferencias sus siluetas asintiendo y separándose, caminando en direcciones opuestas. Seguís la de Lionel y él gira su rostro a tu lugar. Te sostiene la mirada por unos eternos segundos, y te sonríe un poco. Se da la vuelta y camina hasta retirarse del salón.
Frunciste el ceño, extrañada. ¿Qué estaba pasando?
Lo único que sabés era que no te vas a quedar sentada como espectadora.
Desconocés qué se traen tus dominantes entre manos, y eso lo hace un poco más entretenido.
Arrastrás tu silla hacia atrás, con intenciones de levantarte.
—Voy al baño.
Al ver tu cara de desconcierto, Andrea te toca el brazo con la yema de los dedos.
—¿Te sentís bien? ¿Necesitas un tampón o algo?
Sentís cómo la figura de Lionel pasa por detrás tuyo, y un escalofrío recorre tu espina. No sabés a dónde se dirige, pero tenés la leve sospecha de que tenés que seguirlo por lo lejos.
—No, no. Muchas gracias. —Contestás rápido y sin prestarle mucha atención, concentrada en él como para distraerte con otra cosa.
Empezás a caminar y podés sentir cómo la espera ya hace que te mojes un poco. Aunque tu relación con Pablo y Lionel no era nada nueva, nunca se habían propuesto realizar algo en un lugar público, y menos en una cena de la AFA.
Con tus ojos clavados en su espalda, seguís la figura de Lionel entre la gente. Sólo lleva una camisa blanca que le abrazaba los hombros, porque el saco reposa sin arrugas en su lugar en la mesa. La expectativa de poder tocarlo, tocarlos , se hacía cada vez menos tolerable.
No sabés cómo, pero Pablo te alcanza y coloca una mano en la parte baja de tu espalda. Se siente casi posesivo. Aspirás el aroma a colonia que él emanaba y tus piernas se aflojan un poco.
—Seguí caminando, hermosa. Todos te están mirando caminar pero vos y yo sabemos que sólo tenés una cosa en mente.
Apretás la mandíbula cuando sentiste cómo te susurraba y, a la vez, su mano se desliza hasta tu culo cuando parece seguro de que nadie podía ver la acción. Salen del salón y aumentan el ritmo de su caminata. Para ese entonces, la figura de Lionel es sólo una sombra al final del pasillo a la cuál tienen que seguir.
Luego de caminar por varios minutos en silencio, sólo escuchando tus pensamientos y sus respiraciones, giran en una esquina para casi chocarse con el cuerpo del mayor, quien estaba sonriendo, satisfecho.
Pasa una mano por tu mejilla y suspirás al tacto.
—Sos tan buena que hiciste lo que queríamos sin siquiera pedírtelo —refiriendosé a que te hayas levantado de la mesa y que lo hayas seguido—. Estoy muy orgulloso de vos.
Te estremeces con sus palabras y Pablo sólo ríe entre dientes.
—¿Ves lo que hacés? La estás malcriando.
Te pega en el culo y te trae de vuelta de la ensoñación que las palabras de Lionel crearon.
Te mordés el labio. ¿Qué podrían haber planeado?
El más alto sigue mirándote mientras abre una puerta a sus espaldas. Olor a flores y otros aromáticos artificiales te reciben. Es el cuarto del portero, donde guardaban todos los objetos de limpieza del lugar.
Pablo se adelanta y prende la luz. Amarilla, tenue y cálida. Lionel se retira lo suficiente para que puedas entrar al lugar.
¿Querían hacerlo ahí? ¿A sabiendas de que cualquier borracho que se haya perdido buscando el baño pudiera escucharlos? Sólo estarían a una puerta de distancia de uno de los escándalos más grandes del fútbol argentino.
Y, Dios, cómo mentirías si dijeras que eso no te calentaba.
Entraste al lugar con pasos confiados. Jamás dudarías de ninguno de tus hombres, y mientras sea con ellos, te sentirías cómoda en cualquier lado.
Aparte, de vez en cuando viene bien un cambio de aire.
Cuando los tres estuvieron en la habitación, Lionel te abraza por detrás, pasando sus manos por los costados de tu cuerpo, acariciándote, queriendo que te relajes. Pablo, en frente tuyo, te mira con esos ojos que sólo usa cuando su faceta de dominante estaba en uso.
Y a vos te encantaba .
—Ahora, corazón, vamos a poner un par de reglas —se acerca a vos y quedás en medio de ellos. El ruliento pasó un dedo, de forma delicada, por la abertura de tu escote, pero sin tocar nada que no estuviese a la vista. La lengua de Lionel en tu cuello hace que te desconcentres un poco, pero ponés toda tu estamina en tratar de escuchar a Pablo, quien habla en un tono de voz bajo, peligroso—. No vas a poder ser tan vocal como siempre —uno de sus dedos sube a tus labios y los acaricia. Como acto de reflejo abrís tu boca, haciendo que él los meta. Ríe y sus ojos nunca dejan tu boca cuando habla de nuevo—. Mirá, Lío. No puede esperar a que termine de explicarle lo que tiene que hacer que ya quiere que se la ponga.
Lionel ríe en tu cuello y te muerde suavemente sobre el pulso, haciendo que gimas y le prestes atención.
—Escuchá a Pablito, amor. Que mientras mejor te portes —se acerca a tu oído para lamer tu lóbulo—, más duro te vamos a dar.
Menos mal que él sostiene tu cuerpo, porque tus rodillas ceden. Tu tanga ya está por demás de mojada y tu vestido se siente más caluroso con cada segundo que pasa.
Los dedos de Pablo se alejan de tu boca y los chupa, sonriendo.
—Callate y escuchá. No gritos —levanta sus dedos a medida que enumera, y en tu cabeza sólo podías discernir el reflejo de su saliva sobre ellos y cómo se sentirían dentro tuyo. Apretás las piernas y suspirás por la presión—, no gemidos fuertes, no golpes contra ninguna superficie.
—Pero sí suspiros, gemidos acallados por nuestros cuerpos, rasguños, mordidas, y por sobre todo —Pablo mete sus dedos debajo de tu vestido, buscando tu centro. Pasa dos dedos por entre tus pliegues y cerrás los ojos ante el contacto. Si los tendrías abiertos, hubieras visto cómo Pablo los introduce dentro de la boca de Lionel—, tu humedad. Nuestra meta para cuando salgas de este cuarto, es que sientas cómo tus fluidos mezclados con los nuestros te bajen por los muslos. Y que cuando volvamos a esa fiesta, no puedas pensar en nada más que en nosotros dándote duro contra toda superficie plana que exista en este recinto.
Y con eso termina las instrucciones. Lionel y Pablo se separan de vos y el menor toma el cargo, como ya es usual.
—Desvestite.
Con manos temblorosas gracias a la expectativa, alcanzás el cierre que está al costado del vestido y lo bajás con firmeza. Cae con vuelo hacia tus pies, y sólo quedás en tanga y en zapatos frente a ellos. Una pequeña sonrisa se pinta en tus labios porque te das cuenta de que habías elegido bien: el satín resbala de la mejor manera.
Pablo comienza a desabotonarse la camisa de forma paulatina, mientras mira con una sonrisa algo que Lionel estaba haciendo detrás tuyo. Sentiste cómo el más alto agarra tus muñecas con delicadeza y pasa una tela por ellas, detrás de tu espalda. Era su corbata.
Tus ojos se dirigieron hacia el cielo raso cuando, a la vez, sentiste cómo la tela se apreta y cómo Pablo se acerca a pellizcar uno de tus pezones erectos. Gemiste por lo bajo, tratando de acatar sus reglas, pero no estás segura de cuánto podés durar.
Lionel comienza a besarte la espalda y Pablo sigue jugando con tus tetas. Lo único que podés hacer es tensar tus brazos y suspirar cada vez más fuerte. El pálpito entre tus piernas toma un ritmo constante y casi doloroso.
—Pablito, ¿qué querés hacer primero?
Pablo se muerde el labio mientras te mira.
—Me parece que tengo una idea, gordo.
Lionel sonríe contra tu piel cuando Pablo te agarra de los hombros y te obliga a arrodillarte. Se colocan uno al lado del otro, y admirás desde el piso a los pedazos de hombre que tenés al frente tuyo. Sus erecciones son notables pero, gracias a tu experiencia con sus cuerpos, sabés que todavía no están del todo preparados.
Se te hace agua la boca cuando Pablo empieza a bajar el cierre de su pantalón de vestir negro. Sus rulos parecen dorados gracias a cómo la luz les pegaba en ese momento, desde ese ángulo.
Su pantalón cae con un pequeño estruendo alrededor de sus pies, y Lionel lo mira con una ceja alzada. Pablo alza las cejas y sonríe un poco.
—Me había olvidado. Traje lo que me pediste.
Lionel, con una pequeña sonrisa, se arrodilla a tu lado, rebuscando en los bolsillos del pantalón que se encontraba en el piso.
Tragaste saliva cuando saca un plug anal de entre las telas.
Oh, así que sí lo tenían planeado .
Lionel sale del lugar apurado, buscando un baño para poder higienizar el juguete. Porque con ellos siempre es lo mismo: primero estaba tu seguridad.
Miraste hacia arriba, encontrándote con la mirada de Pablo. Una pequeña sonrisa se filtra por tus labios y él te sonríe de vuelta.
—Abrí tu hermosa boca para mi, como la buena putita que sos. Dale.
Su miembro todavía seguía envuelto en tela, pero al tener tus manos atadas, literalmente , sólo te queda acatar sus órdenes. Sacás la lengua y te aseguraste que una pequeña gota de saliva colgara de la punta.
El bóxer blanco del menor ya comienza a humedecerse y te acercás un poco para pasar tu nariz por la tela, delineándolo. El ruliento gime despacio y te agarra del cabello, incitándote a que apliques más presión. Y eso es lo que hiciste.
La puerta se abre rápidamente y casi frenás con los movimientos, si no fuera por la mano de Aimar que te retiene en tu lugar, con tu cara pegada a su pija.
—Ey, ¿no me esperaron?
La voz de Lionel llena la habitación y Pablo le sonríe con ternura.
—Siempre.
Se dan un casto beso en los labios y Lionel se arrodilla a tu lado. Te besa la mejilla y, con el plug en una mano y un lubricante en la otra, sonrió.
—Va a ser una noche interesante, mi amor.
Y con eso se pusieron manos (y bocas) a la obra.
Bajaste el bóxer de Aimar con los dientes, despacio, sin romper el contacto visual con él, mientras sentís cómo las manos y los labios de Scaloni te recorren completa. Tu espalda, tus pechos, tus brazos, tu cuello, tus piernas. Nada pasa desapercibido para el DT de la selección nacional y eso hizo que te mojes un poco más.
Tonteas con el miembro de Pablo un rato, besándolo, lamiéndolo un poco, suspirando sobre él. Sabés que lo exaspera, y su exasperación termina siempre en cachetadas. Eso era a lo que querías llegar. Querías que te marquen, que te dejen tan roja de la sobreestimulación que no pudieras volver a sentarte en tu lugar en la cena sin gemir por lo bajo del dolor y del placer.
—Bueno, ya terminamos con los juegos. ¿Por qué no me chupas la chota como sé que te gusta? Mirate —señala un rastro de saliva que se colaba por una de las comisuras de tus labios—. Estás babeando por chupármela —tira tu cabello hacia atrás y vos sonreís un poco—. Haceme un favor y haceme un buen pete, como esos que sabes hacer vos, o vamos a tener problemas.
A esta altura ya habías deducido que los problemas los ibas a tener igual, le hagas un buen pete o no, y eso era lo que te encantaba. En cierto punto, el castigo se convertía en placer.
Abrís la boca para recibirlo y sin pensarlo dos veces, el menor comienza a usar tu boca para darse placer. Ya se habían formado lágrimas en tus ojos cuando un dedo de Lionel te acaricia por sobre la tanga y eso te hace gemir. Pablo sisea entre dientes y mira a su compañero.
Se entienden sólo con miradas. Si Lionel te hacía gemir, Pablo también lo disfrutaba.
Sobre la tela, Scaloni hace círculos pequeños y lánguidos por sobre tu clítoris, sólo para jugar un poco con vos. A los pocos segundos utiliza el tubo del lubricante para ayudar a bajarte la tanga, y gime cuando nota los hilos de fluido que se pegan a ella.
—Ay, amor. Estás tan mojada…
Lo único que contestaste fueron los sonidos obscenos que Pablo producía cuando chocaba contra tu garganta. Cerrás los ojos y disfrutás de la actividad sensorial que se está llevando a cabo.
Lionel comienza a jugar con tu intimidad de a poco, sin apurarse. Te moja absolutamente toda con tus propios fluidos, y cuando pensaste que no podías más, su tacto te deja. Pablo saca su pija de tu boca y te lamés los labios al sentir la pérdida.
Cambian los roles. Pablo se arrodilla a tu lado y Lionel se para en frente tuyo. Se baja el pantalón que parecía carpa, los bóxers negros y clavás tu vista en su miembro cuando lo libera.
Ellos son personas distintas, y les gusta que les des placer de forma diferente. Con Scaloni es todo más tranquilo, y deja que tomes la iniciativa a la hora de hacerlo sentir bien.
Utilizas unas gotas de líquido preseminal que ya están decorando la punta del pene de Lionel, y vas despacio, acariciándolo con tu lengua y tus labios.
Pablo reparte besos en todo tu lateral y, mientras, te susurra cosas.
—Si vos supieras lo hermosa que te ves mientras chupás pija, corazón. Sos bellísima —te acaricia el pelo y le agarra el plug a Lionel, quien todavía lo tenía en su mano—. Ahora necesito que te relajes para que disfrutes vos también.
Una lágrima se desliza por tu mejilla, pero no gracias a la intromisión de Lionel.
Pablo esparce tu flujo hasta tu culo, en donde acaricia tu segunda entrada con delicadeza. Gemís y Scaloni tira la cabeza hacia atrás mientras murmura incongruencias.
El plug lleno de lubricante es lo primero que sentiste, y la presión leve que genera en tu cuerpo. Luego, un par de dedos de Pablo tientan la entrada de tu vagina.
—Relajate, amor —te susurra Lionel desde lo alto—. Ya lo hicimos un montón de veces. Dale, relajate para Pablito, así te puede hacer sentir bien.
Separás más tus rodillas, y, por consecuencia, los dedos de Aimar entran un poco en vos. Se deslizan rápidamente más adentro, y casi sin pensarlo, comenzás a subir y a bajar las caderas para poder tener más fricción. El plug entra poco a poco en tu culo, y cuando te das cuenta de la intromisión, te deslizás hacia atrás para poder hacerlo entrar por completo. Te quedás estoica, con la pija de Lionel por la mitad, gimiendo tan fuerte por el placer que sentís que el más alto tiene que meter su miembro más adentro de tu boca para acallar tus gemidos.
Inmediatamente los dedos de Pablo dejan de tocarte, y sabés que era porque no respetaste las reglas. Lionel también se separa de vos, y ambos te miran desde lo alto.
—Parate y recostate boca abajo sobre la mesa.
El ruliento señala una pequeña mesa de madera que no notaste que había allí. Lionel te pasa una mano debajo de los brazos y sentís cómo tus piernas se vuelven gelatina. El plug ofrece una presión tan exquisita que cambiás tu expresión de placer, y el mayor se da cuenta.
—Creo que le gusta más que antes. —Comenta.
—Lo único que le gusta más que antes es hacerme enojar, aparentemente —la mano de Pablo te obliga a inclinarte y tu mejilla recibe la madera fría con gusto. Tus tetas se apretan a ella y largás un suspiro. Las manos atadas a tu espalda se ponen un poco más coloradas cuando Lionel ajusta el nudo que está un poco suelto—. Por cada ruido que salga de tu boca, van a ser cinco minutos menos.
Tus ojos se abren. Es la primera vez que uno de sus castigos implica la posibilidad de reducir la cantidad de minutos de penetración. Tragás saliva y asentís con la cabeza.
—¿Entendiste? —Lionel habla.
—S-sí, señor.
—Me alegra —Pablo besa tu espalda y con un dedo mueve el plug—. Ahora, calladita. Porque no te gustaría que nos encuentren así a los tres, ¿o sí?
Sabés por demás que es una pregunta trampa. Ambos están al tanto de tu pequeña fijación por el sexo en público o en lugares de alto riesgo, tales como este.
Te ponés en puntas de pies, todavía con los tacos puestos, para que tengan una mejor visión de lo que se están perdiendo por charlar.
Ríen y no esperás la primera cachetada cuando llega, por parte de Pablo.
Abrís más las piernas mientras cerrás los ojos. Los chirlos no son nada nuevo, pero cada vez que te pegan, sentís cómo goteás.
Cada uno te nalguea la cantidad de veces que creen aptas para el castigo, y tus labios se mantienen sellados todo el tiempo. No querés perder la oportunidad de poder tenerlos adentro tuyo, entonces ponés toda tu fuerza de voluntad en tratar de no quejarte ni de gemir cada vez que sus manos tocan el plug.
—Te encantaría que todos te vieran en este momento, así, abierta para nosotros, como la putita que sos.
Suspirás cuando las palabras de Aimar llegan a tus oídos. Sangre bombea en tu cabeza y te sentís un poco mareada gracias a la posición y al aumento de tu ritmo cardíaco, pero ni un sonido sale de tus labios.
—Me parece que se comportó bastante bien, ¿no, Pablo?
Lionel acaricia tu culo despacio, tratando de apaciguar un poco el dolor.
Aimar te mira, evalúa qué tan mojada te encontrás y asinte, satisfecho.
—Sí, Lío. Ya es hora de darle su recompensa.
Suspirás cuando te ayudan a reincorporarte. Pablo besa tus tetas y pezones mientras que Lionel, a tu espalda, desajusta la corbata para poder sacártela.
—Vas a necesitar agarrarte de todos lados para lo que tenemos pensado hacerte, amor.
Y sonreís cuando uno de sus dedos comienza a mover el plug despacio, hacia adentro y hacia afuera para poder preparar tu entrada. Tus músculos ya se relajaron y ahora sólo queda disfrutar.
Los dedos de Pablo en tu entrada hacen que el juguete quede en el olvido cuando Lionel lo retira del todo.
—Es impresionante lo mojada que estás, corazón, ¿querés que te ayudemos con ese problemita?
Asentís y tirás la cabeza hacia atrás, apoyándola en el hombro de Lionel. Sentís cómo su miembro, ahora bien lubricado, juega entre tus nalgas y estiras los brazos hacia atrás para poder sostenerte de él. Lo mirás por entre tus pestañas y te mordés el labio.
—¿Me harías el favor, amor?
Y el mayor sonríe. Te agarra por debajo del culo, y vos enganchás tus rodillas en los hombros de Pablo, que ahora está arrodillado al frente tuyo.
Comenzás a gemir despacio cuando la punta del pene de Lionel se alinea con tu entrada, ya dilatada por el plug. Pablo toma su miembro y lo ayuda a introducirlo, poco a poco. Los gemidos de los tres se mezclan en el pequeño cuarto de limpieza.
—Eso, así, amor. Mirá lo bien que me recibís.
Las palabras de Lionel se pierden en las paredes cuando la barba recortada de Pablo se encuentra con el interior de tus muslos. Besa tu entrada, tu clítoris, y cuando se siente más aventurero, introduce su lengua en tu vagina.
Juega con tus pliegues y Lionel ya casi se puede introducir hasta su base. Agarró un ritmo suave y profundo, que hace que te hamaques sobre los hombros del menor. Sus manos pellizcan tus tetas y los grititos de dolor mezclados con placer se pueden escuchar más allá de la puerta.
Su respiración en tu intimidad y las embestidas de Lionel son demasiado para vos, así que cuando tus gemidos se hacen más agudos, anticipando tu primer orgasmo de la noche, Pablo sonríe.
—Dale, venite para nosotros. Correte en mi cara, corazón.
Su lengua aumenta el ritmo y su pulgar juega con la bola de nervios hinchada en la que se había convertido tu clítoris. Tus piernas comienzan a temblar, tus paredes comienzan a contraerse, y Lionel tiene que parar luego de que te vinieras porque casi se viene con vos.
Tu orgasmo es extenso y te recorre hasta la punta de los pies. Un ruido blanco se instaura en tus oídos y le lleva a Pablo varias lamidas el poder limpiarte como corresponde.
Se vuelve a parar, con la barba brillante de tus fluidos, y sonriendo. Te acaricia la mejilla y se coloca una mano en su miembro para pajearse un par de veces.
Todavía Scaloni está dentro tuyo, dilatándote, haciéndote sentir llena. Pero cuando Aimar se introduce con una sola estocada en vos, podés jurar que viste las estrellas detrás de tus párpados.
Una de tus manos se separa de Lionel y se aferra al hombro de Pablo. Podés sentir cómo tus uñas se hunden en la carne de los dos hombres, pero a ninguno parece importarle. Tus piernas se enredan alrededor del menor y el sonido de las pieles chocando te separaran del espacio tiempo en el que te encontrabas. Te sentís tan llena y plena que no podés parar de suspirar cada vez que te embisten. Estás ahí, suspendida en el aire, siendo penetrada por los dos hombres más hermosos que habían pisado esta tierra.
El calor que emanan sus cuerpos es suficiente para que una perdiera la cordura, pero cuando encuentran un ritmo combinado para poder bombear dentro tuyo, sabés que no vas a durar mucho más.
—Ahí está. Como con uno no te alcanza, necesitás que te llenen dos pijas para poder disfrutar.
—Sí, resulta ser que nos salió más puta de lo que esperábamos.
Los dedos de tus pies se contraen cuando los escuchás susurrarte.
—Pero mirá lo bien que nos recibe, Lío. Es increíble.
—Sí —te besa el hombro, ya cubierto con una capa de sudor—, ella es increíble.
Como si se hubieran puesto de acuerdo a través de telepatía, aumentan el ritmo. Ya ni te gastas en tratar de apaciguar tus gemidos, y ellos tampoco. Repiten tu nombre continuamente, como si fuera un rezo o una plegaria.
Y cuando llegan al clímax, es tan mágico que casi es necesario agradecérselo a una entidad superior.
Pablo se aferra a tus muslos y Lionel gruñe, ambos con las cejas fruncidas, temblando y los ojos cerrados. Sentís cómo comienzan a llenarte con su leche y eso fue lo que desencadena tu segundo orgasmo. Tus espasmos son suficientes para sacarles todo lo que Pablo y Lionel tienen para darte esa noche. Sentís cómo el pelo se te pega a la nuca gracias al sudor y los besos de Pablo sobre tu garganta, y los de Lionel sobre tu brazo.
Los tres terminan sudados, exhaustos y con la respiración acelerada. Un sentimiento de soledad te invade cuando comienzan a salir de tu cuerpo, lentamente, junto con sonidos obscenos. Los mirabas mientras se vestían, pero vos esperaste a que ellos terminen de prepararse. A Lionel le gusta ayudarte a vestirte y vos respetás sus deseos.
El mayor, ya preparado, te ayuda a ponerte de nuevo el vestido. La tanga, que la habías perdido en algún momento, descansa en el bolsillo del pantalón del ruliento, así que ni te molestás en recriminarle el hecho de que estabas quedando sin ropa interior. Cada vez que cogían, perdías una tanga.
Te peinan con sus dedos y te llenan de besos. Te prometen agua para cuando lleguen al salón, y todo lo que necesites para sentirte cómoda y estar bien.
Lionel se separa de vos para poder ver cómo habías quedado, y Pablo lo sigue. Das una vuelta sobre tus talones, todavía con las mejillas un poco rojas.
Hiciste contraer tus paredes internas y pudiste sentir cómo comenzás a humedecerte gracias a todo lo que los hombres a tu lado habían descargado dentro tuyo. Una pequeña gota se desliza por tu muslo, la cuál no pasa desapercibida para ninguno de los dos.
Con una sonrisita satisfecha pintada en los labios de los tres, se despiden del cuartito cerrando la puerta y apagando la luz.
