Chapter Text
Todo pasó muy deprisa.
Los nudillos de Sir Emmerich se clavaron en sus costillas y las partieron por la mitad. En el suelo había sangre, mucha sangre. Su nariz goteaba sin cesar al compás del reloj.
Tic. Tac.
Se levantó a duras penas, su visión borrosa y la respiración frágil. Debía sacar a Ronan.
Tic. Tac.
Agatha gritó. Gris gritó. Pero ya no les escuchaba. ¿Acaso no lo entendían? No pensaba dejar a nadie atrás. Y menos ahora, menos después del dolor, de los disparos, de las discusiones, de los sacrificios… Suficiente. Estaba harta de no hacer nada, de ver cómo el miedo les consumía.
Tic. Tac.
Suficiente.
Sir Emmerich limpió el puño con el que la había aturdido y salió del vagón, indemne. Celedonia no tuvo tiempo de reaccionar, su luz se esparcía por el suelo como cristales rotos. Aun así se incorporó, sus piernas temblorosas, y avanzó hacia el caballero hasta alzarlo en brazos. No pensaba rendirse, no ahora.
—Os tengo —susurró, más para sí misma que para Ronan o Gris. Verles sufrir despertaba en ella una ira visceral que erizaba su piel e incendiaba su alma. Pensó que así debía sentirse Galiah. Enfurecida. Frustrada. Harta. Cogió un paño y se lo llevó a la boca, apenas podía respirar. El humo avanzaba a pasos agigantados y oscurecía todo en su dirección. «Suficiente», entendió que decía la diosa. Y no podía culparla.
—¡Cel! ¿Tienes cómo salir?
La voz del Eze'vada la llamó desde el hombro de Ronan. Celedonia miró alrededor; la ventana, bloqueada; el pasillo, cerrado; el vagón... en llamas. Un sudor frío recorrió su nuca al comprender que era demasiado tarde. Iba a morir. Iba a morir de forma horrible y sin salvar a nadie. «Eres una niña tan estúpida». Su mente se hundía en el miedo y un frío helado la paralizaba. Pensó en huir, pensó en llorar, pensó en Agatha, en decirle que había sido tonta e imprudente y que ella tenía razón. En Gris, en todo lo que tenían aún por hablar. En Arianna, en pedirle perdón… y en decirle que la quería. Su corazón se encogió. No había salida, ni nadie a quien culpar, tan solo las decisiones que ella misma había tomado. El camino terminaba ahí, en sangre y fuego, apunto de consumirla como un halo de luz hambriento.
Y entonces, las sombras tiraron de ella.
Respiró. No había rastro de humo y sobre ella brillaba el techo barnizado del segundo vagón. Se incorporó, apoyada sobre sus codos, y buscó con la mirada al resto. Estaban Agatha, Cassian, Gris…
—¿Y Ronan?
El D’Ezer apretó los labios.
—No tenía... suficiente poder para traeros a ambos.
Un jarro de agua fría heló su pecho. ¿A eso habían llegado, después de todo? ¿A tener que abandonarle a su suerte? El ácido cítrico se aferró a su estómago y amargó sus labios. Celedonia comprendió entonces dos cosas. La primera, que no importaba cuánto lo intentara, no podía salvar a todo el mundo. La segunda, que prefería morir intentándolo a vivir arrepentida.
Pero el frío volvió a recorrer su piel cuando se dio cuenta que no había rastro del Eze'vada.
—Gris… ¿y tu alma?
Silencio.
—¡Gris! —Gritó Agatha, el ceño fruncido y el pánico en su rostro.
—No puedo dejar solo a Ronan. —El silencio se hizo más pesado, más denso. Nadie se atrevía a respirar—. Al menos, si estoy con él…
Alguien gritó algo. Cassian habló, Agatha habló... pero ella ya no escuchaba. Sus nervios florecían en su estómago como gajos enredados en flor que crecían y la asfixiaban desde dentro. De nuevo, ese zumbido, de nuevo, ese terror.
Cuando el Eze’vada regresó, el tiempo fluyó de nuevo.
Celedonia volvió a respirar.
Y el tren descarriló.
Un zumbido resonaba en sus oídos. Negro. Todo era negro. Tenía la mitad del cuerpo aplastada y, la otra mitad, entumecida. No sintió el impacto. Tampoco su cuerpo caer. Pero no veía por el lado izquierdo y su mejilla estaba ensangrentada. Una punzada de pánico se clavó en su pecho. Ya había estado así antes, tuerta y tirada en una cuneta, apunto de morir por la razón equivocada. Esta vez, al menos, la consolaba pensar que había elegido bien. Necesitaba creer que había elegido bien.
—¿Gris? —Trató de reclinar su cuerpo. Las costillas se hundieron más, tosió sangre—. ¿Estás aquí…?
El D'Ezer asintió, su voz ronca y cuarteada por la tos. El polvo flotaba por todas partes y humo negro se había adherido a las paredes. Debían salir de allí.
Y entonces, llegó Senn.
Celedonia repasó en ese momento todas las historias que le habían contado. Historias sobre caballeros que sorteaban mil obstáculos para convertirse en héroes y salvar al amor de su vida. Entendió en ese momento que en esas historias reinaba la suerte. Cuando Agatha corrió hacia ellos, desmembrada y perseguida por una diosa enfurecida de cuatro brazos y radiantes llamas, entendió que no existía la suerte. Que allí no había héroes ni historias de amor, tan solo las consecuencias de sus actos. «No seas imprudente», le habían dicho los Laforet. «No improvises, no te arriesgues, y no te sacrifiques». La risa amarga de su padre acompañaba aquellas palabras. «Joder, Cel, sobre todo no te sacrifiques. Ni siquiera vas a vivir para ver si la otra persona lo consigue». Celedonia odiaba pensar que podían tener razón, igual que odiaba pensar en ellos en absoluto.
Todo pasó muy deprisa.
Igual que el fuego en el tren.
Igual que el disparo en la pierna.
Igual que el golpe en el pecho.
Igual que la mitad de su vida.
Todo se escurría entre sus dedos sin que fuese capaz de retener nada.
De hacer nada.
De parar nada.
Tic.
El calor llegó antes que el impacto.
Tac.
Intentó hablar, sus labios secos.
Tic.
El fuego creció y consumió sus cuerpos.
Tac.
Y pensó en Arianna.
Tic.
Y pensó en Galiah.
Tac.
Y, con la levedad que la noche abraza al día, todo se fundió a negro.
