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Te sentías afortunada de ser la posesión más preciada de un temido Shichibukai. A diario agradecías estar bajo su protección y poder acompañarlo en todo momento; pocos habían sido los que probablemente habían pasado la noche con él tantas veces como tú y eso te llenaba de cierto orgullo.
Esta mañana como cualquier otra te encontrabas paseando por el casino clandestino de Baroque Works y, vestida con uno de los mejores vestidos dados por tu sugar daddy, observabas desinteresada a las personas del lugar. El abrigo de plumas blancas que cubría tus hombros desnudos y el vestido color grisáceo te hacían asemejarte a un precioso cisne. De por sí eras consciente de que tu belleza resaltaba, pero los ropajes no hacían sino afirmarlo.
Mientras estabas apoyada contra una de las columnas de mármol, esperando por que tu hombre llamase por tí (pues se encontraba encerrado en su oficina), notaste de reojo cómo una figura bastante alta se adentraba al local. No creías haber visto a alguien tan alto antes, aunque no es como que salieras de Arabasta para empezar. ¿Por qué salir? Después de todo este era el territorio de tu dueño, Crocodile.
El recién llegado portaba una vestimenta bastante extraña, por lo que asumiste que se trataba de un extranjero y además caminaba de forma particular. Sin duda era alguien extravagante, o eso pensaste.
Sus ojos se encontraban cubiertos por unas gafas así que no pudiste ver cómo éstos se clavaban en tí; no obstante, sí visualizaste cómo una sonrisa maliciosa asomaba en sus labios y a continuación se aproximaba. Te tensaste un instante, incapaz de predecir lo que estaría por ocurrir, decidiendo darte media vuelta y marcharte por prevención, mas su voz te detuvo.
–¿Eres El Cisne?.–Preguntó el desconocido con una expresión confiada, nombrando tu apodo en clave en la organización.
Frunciste el ceño, mirándolo de arriba a abajo con confusión. Jamás lo habías visto, ¿Cómo era que sabía por qué título se te conocía? Quizás era aliado de Crocodile, esa fue la respuesta más lógica que pensaste, o tal vez un viejo conocido del mismo. Aún así, que se hubiera acercado a tí sin dudarlo te daba un mal presentimiento.
–¿Por qué no respondes? ¿Te comió la lengua el gato?.–Cuestionó con claro sarcasmo, sin perder su sonrisa y luego extendió una de sus largas extremidades y te tomó del mentón para admirarte a detalle.
El gesto te molestó de sobremanera así que le golpeaste la mano y retrocediste de inmediato, mirándolo de forma interrogante, ¿Cómo se atrevía a ponerte un dedo encima? Todos aquí sabían que las posesiones privadas de Mr 0 estaban prohibidas para el contacto. Si alguien se atrevía aún así, probablemente acabaría siendo comida de cocodrilos.
–No me ponga la mano encima de nuevo.–Dijiste con repudio en la voz y la sonrisa del hombre rubio sólo se ensanchó y dió un paso en tu dirección.–Si valora su vida aléjese.
El desconocido sólo empezó a reír con su característico "fufufu" al escuchar cómo buscabas alejarlo en vano y el miedo se apoderó de tí. Un ambiente tenso cubrió por completo el local y mirando los alrededores te diste cuenta de que los presentes se sentían también intimidados por el recién llegado, casi como si se tratase de alguien peligroso. Quizás eso explicaba tus dudas.
–H-hablo en serio, estás en el territorio de Baroque Works, lárgate.–Dijiste con valor y al momento te arrepentiste, viendo cómo su gran sombra te cubría conforme se enderezaba, resultando más aterrador. No sabías quién era y, aún así, lo impredecible te hacía temblar de pavor.
–¿Crees que me iré sólo porque ese tonto cocodrilo lo diga? Nadie me da órdenes.–Contestó más serio, pero con la sonrisa siniestra plasmada.–De hecho creo que sería agradable verlo de nuevo. Ha pasado un tiempo.
Aterrada de lo incómodo que se hacía estar ante este tipo, revisaste de reojo el pasillo que conducía al despacho de tu dueño y te decidiste a ir corriendo en busca de su ayuda. Huiste lo más veloz que eras capaz, escuchando sus carcajadas atrás y cómo te seguía a paso calmado sin inmutarse. «Daddy Crocodile por favor, sálvame, sálvame», pensabas, desesperada.
Doblando la esquina y yendo impulsada por el miedo, alcanzaste la entrada a la oficina y cerraste tras de tí, agitada y sudando por la adrenalina. Tu corazón dió otro salto al cruzar mirada con el mismísimo Mr 0, quien se hallaba sentado en el sofá de la sala, revisando unos papeles apilados y con una expresión cansada.
–¡Daddy!.–Exclamaste aún preocupada por ese hombre que te había estado persiguiendo.–Daddy Crocodile, tengo miedo.
Corriste junto a él y sus ojos te admiraron de arriba a abajo mientras fumaba de su puro en lentas caladas y sujetaba algunas carpetas entre sus manos. Si bien se veía descontento de la interrupción, al tratarte de su más amada pertenencia, lo pasó por alto y dejó los documentos en la mesa, tomándote en sus brazos con media sonrisa.
–¿A qué se debe esta visita sorpresa, mi hermosa zorrita?.–Preguntó apretando tus caderas de forma posesiva y admirando tu figura con el vestido que te hubo regalado en tu cumpleaños pasado. Te quedaba excepcionalmente bien a su parecer.
El apodo te sacó un sonrojo involuntario y sonreíste feliz, pues su presencia te tranquilizaba de sobremanera. Estar en el poder de una persona poderosa y temida por otros te hacía sentir sumamente protegida, sabías que con él nada malo iba a pasarte y además, al tratarse de tu sugar daddy, tendrías todas las cosas materiales que desearas a cambio de sus muestras de cariño que por supuesto aceptabas. Eras su cisne preciado.
–Daddy, hay- hay un desconocido persiguiéndome. Me da miedo.–Dijiste temblorosa sobre su regazo y su ceño se frunció.
–¿Un desconocido? ¿Y por qué nadie se encargó de él?.–Murmuró entrecerrando los ojos con molestia. La sola idea de que algún malnacido tocase lo que era suyo le hacía enfurecer. Por inercia te pegaste a su pecho y sus dedos se apretaron en tus caderas, manteniéndote bajo su control.–Si algo te hubiese sucedido...
Notaste la ira en su voz y eso te preocupó. No querías estresarlo más de lo que debía estar ya por sus propios negocios así que decidiste tratar de relajarlo haciéndolo sentir bien. De paso, tu ansiedad por ese tipo extraño desaparecería al distraerte de esta manera.
Tus labios besaron los suyos de forma tierna, sintiendo apenas su textura y el olor a tabaco ligeramente asomando. Crocodile sonrió con cierta malicia, ya que aunque no lo admitiera había estado deseando follarte desde el inicio de la mañana. No pudo parar de pensar en tí en el momento que abandonaste su cama para tomar algo de oxígeno al aire libre; tu piel, tacto, sonidos, movimientos, besos, manos...todo de tí era una dulce tentación en la que no podía evitar caer una y otra vez. Se diría que era adicto a tí.
Con una expresión que hacía más que obvio lo que deseaba en este instante no hizo falta que te lo ordenara, aún así, sabiendo lo mucho que te encendía oírlo decirte lo que debías hacer lo hizo de todas formas. Su gran mano se aferró a tu mentón y te hizo mirarlo fijo a la vez que acariciaba tu boca con el dedo índice, con la mano opuesta con el garfio aferrada a tu cintura y tú tan quieta como una estatua, queriendo esto tanto como él.
–Ya que estás aquí no me vendría mal una mamada de las tuyas. Sabes lo adicto que soy a esa húmeda boquita.–Comentó separando un poco la cabeza para darle otra calada a su puro.–Hazlo, mi cisne.
No pudiste evitar sonreír de inmediato por el ansia más que obvio en su tono y el hambre en tus ojos bastó para acatar la orden. Le lamiste el rostro un segundo como un animal agradecido y te moviste hasta ponerte de rodillas entre sus piernas. Crocodile, complacido por tu sumisión, tomó tu cabeza con la mano libre y te estampó contra su paquete, dejando que su duro bulto se frotase con tus labios.
–Déjame seco, mi joya preciada.–Dijo con el deseo poseyéndolo con anticipación al notar tus manos bajar su pantalón y su más que clara erección mostrarse a escasa distancia de tu sonrojado rostro.
Sonreíste y sin perder tiempo lo comenzaste a lamer por toda la extensión, cerrando los ojos y disfrutando de su textura y caricias cuando su mano se posó sobre tu cabello, casi dirigiendo tus acciones. Se mordió el labio y sonrió tranquilo entre caladas, apretando tu cabeza contra su entrepierna y soltando suaves suspiros de placer por lo bien que lo hacías. Eras buena en esto y los dos lo sabíais; te gustaba conducirlo al orgasmo tras torturarlo un poco y luego ser castigada por él contra la mesa de escritorio. Sentirlo marcarte como su propiedad se sentía demasiado bien, para qué negarlo.
A medida que abrías la boca e ibas metiendo su gran y grueso pene dentro, lo más que podías, sentías su mano presionarte con más exigencia, indicando que te lo metieras más aún y, aun preocupada por esto, le hiciste caso. Lograste que cupiese hasta cerca de tu garganta, sin hacerte tener el reflejo de vomitar y conteniendo cualquier molestia que tuvieses al respecto para satisfacerlo como era debido. Con cuidado y algo de nerviosismo comenzaste a usar la lengua y boca lo mejor que podías, lamiendo todo de él y chupando con hambre mientras movías la cabeza.
Al estar tan pegada a él, se le hizo más sencillo manejarte y entre masajes a tu pelo, te agarró por un pedazo de éste para moverte al ritmo rápido que quería, forzándote a imitarlo para no atragantarte. Tras tanto tiempo juntos te habías acostumbrado a su tamaño, pero aún se hacía difícil satisfacerlo cuando quería que hicieras garganta profunda. No eras tan buena en ello, pese a esforzarte.
–Buena chica, tómame así.–Dijo entre gruñidos roncos y gemidos graves, dando embestidas lo suficientemente contenidas para no incomodarte, aunque le costaba resistir las ansias de follarte la boca. Al fin y al cabo eras preciada para él, no una puta cualquiera, así que se comportaba más cariñoso y comprensivo en cierto modo.–¿Te gusta que llegue tan profundo, verdad, mi zorra?
Asentiste en lo posible a sus palabras provocativas, continuando con las acciones, aferrada a sus piernas y sintiendo por momentos que él te manejaba más de lo que tú hacías por moverte a su ritmo. Su mano te sostenía con posesividad y sus embestidas te hacían perder el sentido, notando cómo poco a poco se hacía más cercano su orgasmo a juzgar por sus sonidos.
–Qué bien me tomas siempre, tengo tanta suerte de tener una puta como tú para mí solo.–Dijo entre suaves risas y con la respiración agitada mientras gemía y jadeaba más seguido, haciendo de tu pelo un caos por cómo te lo revolvía.–Bébeme, no dejes ni una gota.
Ahogaste varios gemidos en respuesta y en escasos segundos su semen inundó tu boca, sacando el miembro al poco y viéndote beber y tragar lo más que podías, riendo agitado y satisfecho. Sus manos te devolvieron a su regazo y sentiste su pene ahora algo más flácido frotarse con tu trasero bajo el vestido. Qué sorpresa, no llevabas ropa interior.
–No creas que acabé contigo. Quiero follarte todo el día. No sabes lo estresado que he estado hoy, mi cisne hermoso.–Murmuró gruñendo con los latidos acelerados y su garfio acarició por tu cuello, haciéndote tragar saliva y revelarlo a su vista.
–N-no me iré, no te preocupes, daddy, por favor, sigue.–Rogaste entrecerrando los ojos y te acercó más para lamerte el cuello y sentirte tensarte en sus brazos, pasando el garfio por tu espalda bajo el vestido, sacándote escalofríos por lo helado del material.
–Siempre tan obediente, mi buena chica.–Murmuró con orgullo y entre caricias fue dejando besos y lamidas por todo tu cuello, decidiendo marcar con los dientes las zonas más sensibles y sacándote gemidos deliciosos que como música dejabas salir conforme actuaba.–Sólo mía para disfrutar.
Sonreíste halagada y sintiéndote en el paraíso por sus acciones, dejándote llevar y echando la cabeza atrás entre gemidos y dejándolo actuar, con su pene poniéndose erecto de nuevo con el pasar de los minutos. Sin embargo, el calor volviendo a prender la situación se apagó en cuanto las puertas del despacho se abrieron de par en par sin previo aviso.
Diste un salto sobre Crocodile del susto y éste mismo se giró con clara molestia, abriendo los ojos con desconcierto, casi atónito, al ver en la entrada a esa persona que nunca más creyó ver. Su ex.
No dijiste nada, notando de reojo de quién se trataba y acurrucándote en el regazo de tu dueño con miedo, susurrando de forma que sólo él te escuchase. Las marcas que te había dejado ahora empezaban a generarte escalofríos y vergüenza y al haber sido interrumpidos te sentías expuesta ante un peligroso individuo.
–E-es el hombre de antes, el que me perseguía. Daddy, por favor, aléjalo.–Dijiste tartamudeando y aterrada, sin embargo, el rostro de Crocodile era una incógnita, no sabía qué decir o pensar.
–...¿Qué demonios haces aquí, Doflamingo?.–Cuestionó serio y frustrado tu dueño, haciéndote temblar en su regazo por la gravedad en su voz.
El desconocido rubio de gafas de sol y ropa extravagante sonrió amplio y cerró las puertas tras de sí, acercándose a vosotros dos despreocupado y animado. Parecía especialmente intrigado por esta situación.
–Oh, nada en particular, sólo quería saludar a mi viejo amigo.–Dijo sonriente Doflamingo, observando con una sonrisa la escena ante él. No se inmutó ante la postura o el hecho de que el pene de Crocodile siguiera al descubierto y a éste mismo tampoco le importó.
–¿Eres tú el imbécil que persiguió a mi mascota por los alrededores?.–Gruñó Mr 0 aferrando su mano y garfio a tu cuerpo para marcar territorio ante el flamenco, que sólo observaba con gracia.
–Sí, era yo.–Respondió de forma natural y tranquila, como si fuese alguien inocente, pese a su presencia ser lo opuesto cuando te lo cruzaste en el casino.–Había oído cosas de ella. Cosas como que desde que es tuya ya no piensas en mí.
Un toque de celos asomó entre sus palabras y no pudiste mostrar sino mayor desconcierto. Era más que evidente que estos dos tuvieron alguna clase de relación hace mucho, ¿Pero por qué venía ahora?
–Dime, Croco, desde que la tienes ya no te masturbas pensando en cómo me follabas el culo, ¿Verdad?.–Dijo entre risas Doflamingo y encogiéndose de hombros, con los ojos asesinos de Crocodile fulminándolo.–Dejé de importarte, sólo fui un juego para tí, ¿A que sí?
–¿Viniste a llorar, Mingo?.–Murmuró el pelinegro frunciendo el ceño y acariciando tu cabello en un intento por relajarse. Mientras conversaban te dedicabas a aspirar el perfume agradable de Crocodile, además de su tacto sobre tí.
–No, Croco, vine a hacerte un trato, ya que te gustan tanto los negocios y no piensas en salir de aquí. Nunca volviste a visitarme, ni siquiera contestaste mis llamadas, ¿Sabes la de noches que tuve que pajearme solo y triste esperando que contestases a tu den den mushi?
–...Mingo, no somos nada ya. No sé para qué viniste, pero estás incomodando a mi mascota, así que largo.
–Oh, pero ni siquiera oíste mi propuesta.–Dijo riendo el rubio, pasando su mirada a tí, que al estar de espaldas eras incapaz de saber qué expresión malévola estaría haciendo.–No quiero que volvamos.
–Gracias, tampoco quiero eso.–Comentó Crocodile dando algunas caladas a su puro e ignorando al flamenco triste.
–Vine porque quiero probar a tu mascota.–Dijo sonriendo amplio y ganándose otra mirada fulminante de desprecio.–Vamos, no paras de hablar de ella desde hace cerca de un año.
–¿Cómo sabes eso?
–Rumores que vuelan de una isla a otra.–Contestó con ambigüedad y caminando de izquierda a derecha ahora, a la espera.–Déjame ver qué es eso que tiene que te vuelve tan loco, Croco. Aunque no volvamos, me servirá para estar en paz.
–¿De qué mierda hablas, Mingo?.–Preguntó más molesto todavía Crocodile, incapaz de entender a qué venía todo esto.
–Quiero ver por qué prefieres estar con ella a volver conmigo, eso es todo.–Contestó más furioso y frustrado Doflamingo, asemejándose a la faceta que viste poco antes.–Y luego me iré, triste y devastado, a Dressrosa.
El hombre de negocios soltó la última calada de su puro antes de dejarlo sobre el cenicero de la mesa, suspirando agotado de tener que oír tantas estupideces y, encima, delante de tí. Aún así por quién sabe cuál razón, accedió, sólo por esta vez.
–Bien, pero sólo por hoy y para que te vayas a la mierda después, pájaro de mierda.–Murmuró clavando la mirada en la emocionada y, por supuesto, excitada, de Doflamingo.–Si la tratas mal te haré pedazos, ¿Me oyes?
El hombre de plumas rosadas esbozó una sonrisa traviesa y se acercó tranquilo a la dirección de los dos, casi haciéndote quedar aplastada entre ambos contra tu voluntad, pues te incomodaba tener a alguien tan extraño y ahora celoso pegado a tu espalda. A pesar de la inseguridad, Crocodile se acomodó abriendo un poco las piernas y besando tus mejillas y labios con suavidad, pasando la mano con el garfio por tu espalda y sacándote el vestido para dejarte desnuda.
Los ojos de Doflamingo te recorrieron tras las gafas y de inmediato posó sus manos sobre tu cuello desde atrás, visualizando las marcas que tu dueño te hizo momentos atrás y gruñendo suave, trazando con los dedos el camino de la clavícula a tus senos, sintiéndote tensarse por su contacto y sonriendo en respuesta.
–Qué envidia, también quiero esas mordidas tan bonitas que le dejaste.–Canturreó juguetón el rubio, siendo ignorado por el otro, que se limitó a distraerse besándote, metiendo su lengua en tu boca y reclamándote como suya ante el flamenco.–Ya, ya, ¿Puedes parar de darme celos?
–Si te molesta lárgate.–Dijo Crocodile en cuanto rompió el beso, lamiendo por tu mentón y escuchándote suspirar y gemir suave por los dedos de éste acariciando la entrada de tu vagina.
Doflamingo pensó en una forma de jugar contra las estrategias de su antiguo amante y creyó que sería divertido así que en cuanto vió la oportunidad movió una mano y unos hilos invisibles se enredaron en tus manos sin que te percatases de ello. Luego, de un movimiento ágil, éstas se alzaron contra tu voluntad y gritaste sorprendida en respuesta, escuchando las risas siniestras del hombre a tu espalda. Crocodile estuvo por decir algo, mas no lo hizo.
–Ten cuidado, Mingo. No juegues con mi paciencia.–Gruñó amenazante y su oponente sonrió travieso, moviendo con un gesto de su mano tus muñecas más altas aún, enviando una corriente de electricidad por tu cuerpo a causa del tirón que te daba.
–Sólo estoy haciéndolo más fácil para mí, relájate.–Contestó y a los segundos acarició tus pechos con fuerza con ambas manos, pegando su pecho a tu espalda y pasando su larga lengua por ésta, riendo cuando gemías en respuesta.
Crocodile no pudo evitar mirar de reojo a su antiguo amante y gruñó suave, recordando como esas manos traviesas suyas solían tocarle los pectorales a él. ¿Tal vez lo estaba haciendo a propósito? ¿Quizás intentaba hacerlo sentir también celoso, usándote? Fuera como fuese nunca volverían a estar juntos, eran incompatibles.
Tus caderas se empezaron a mover y los dos hombres se movieron contra tí desde sus posiciones, enfocándose en tí aunque de vez en cuando sus miradas se cruzasen. La mano de Crocodile se presionó contra tu clítoris y lo empezó a tocar para sacarte más sonidos, gemiste en respuesta, mordiéndote el labio por las caricias de Doflamingo y su paquete erecto presionado a tu trasero.
A medida que te movías, poco a poco fuiste atraída al pene de Crocodile, frotándote con éste como ya estabas acostumbrada y suspirando suave entre gemidos, embobada, notando su mano detenerse un momento en tu trasero y darte una nalgada fuerte y sonora, sacándote otro sonido agudo que sacó una risita maliciosa al rubio.
–Qué chica tan mala tienes en tu poder, Croco, mírala, mojada por tenernos a ambos dentro de ella.–Musitó disfrutando cada instante de esto y pasando sus dedos por tu trasero hasta tocar tu ano, sintiendo que te tensabas y negabas con la cabeza.–¿Qué niegas tanto, preciosa? Vamos, vamos, no puedo dejarte ir en esta situación.
Mientras Crocodile volvía a besarte con pasión y pasar la lengua por tu boca, frotando su miembro erecto contra tu entrada y amasando tus caderas, clavando las uñas de su mano y el garfio acariciando por tu torso, Doflamingo por su parte pasaba la lengua por tu espalda y hombros, mordiendo fuerte en éstos y llegando a tu cuello, lamiendo cada una de las marcas de dientes que te fueron hechas antes. De un gesto hábil se bajó el pantalón corto que portaba y pegó su gran pene a tu trasero, haciéndote tensarte entera a pesar de los gemidos ahogados que escapaban de tu boca.
–Creo que ya entiendo por qué te gusta tanto, Croco.–Comentó entre risas y mordidas, presionando su enorme miembro contra tu pequeño ano; no había forma de que entrase. No lo veías, pero notabas su tamaño en sólo la punta.–Se retuerce con un simple toque, eso es excitante, ¿Verdad?
Necesitabas estar lubricada o al menos tener un dedo dentro antes de ir directamente dentro, no ibas a poder soportarlo, pero Doflamingo tenía fe en tí, sentía que podrías y si lo lograbas vería ese valor tuyo. En cuanto notaste el pene de Crocodile entrar entero a tu mojado interior gemiste fuerte contra su boca y de inmediato volvió a devorarte los labios, gruñendo ansioso y moviendo las caderas con las tuyas; hacías lo posible por rebotar ignorando al hombre atrás, sin embargo, era casi imposible.
–D-daddy, me duele, daddy.–Dijiste entre gemidos, con los ojos entrecerrados y jadeando con la lengua afuera mientras te movías con él sujetándote. De inmediato supo que no lo decías por él y dirigió una mirada a Doflamingo, que presionaba un dedo contra tu ano, sacándote sonidos temblorosos y quejidos.
–Mingo, ¿Qué mierda te dije?.–Gruñó conteniendo los gruñidos y jadeos mientras te seguía follando, aferrado a tus caderas y el otro sólo rió suave, restándole importancia.
–Estoy intentando entrar, nada más.–Dijo con calma, como si fuera lo más normal del mundo.–No me importa que esté apretada, eso lo hace mejor.
Su dedo llegó tan profundo cómo podía, sacándote gritos suaves y ahogados de dolor entre los gemidos de placer. No podías soportarlo, pero la paciencia de Doflamingo se acabó y en cuanto sacó su dedo se decidió a directamente entrar a tí, a sabiendas de que tal vez no podrías volver a caminar durante una buena temporada.
Un grito escapó de tus labios y te aferraste a los hombros de Crocodile, escondiendo la cabeza contra su pecho y jadeando y gimiendo, dolorida y retorciéndote por la sensación, buscando apoyo; no obstante, en cuanto lo abrazaste, los hilos de Doflamingo te forzaron a volver a alzar las manos, dejándote inmovilizada de nuevo y sólo capaz de ocultar la cabeza contra él, rebotando por sus embestidas y hacia adelante por las de atrás.
El miembro de Doflamingo era enorme, de acuerdo a su tamaño, y estaba acabando contigo y tu escasa cordura, sacándote gemidos y gritos de dolor que lejos de preocuparlo o hacerlo ir más lento lo alentaron a acelerar y presionarse más contra tí, volviendo la sensación ardiente un auténtico infierno. A pesar del dolor, gracias a las acciones de Crocodile fuiste poco a poco capaz de distraerte, y abrazar el placer, ignorando lo más posible las corrientes eléctricas que te estaban matando con cada estocada.
Entre tus movimientos y los de ambos cada vez más seguidos y rápidos fuiste acercándote más al orgasmo, deseando que se acabase esta tortura de una vez, por tu zona trasera. Las manos del rubio te azotaron varias veces las nalgas, aspirando el olor a tu sudor por el cuello y lo bien que te sentías, tan apretada por delante y atrás que se sentía como estar en el paraíso. Por no mencionar lo bien que lo hacía sentir provocarte dolor, ese lado sádico suyo estaba amando esto tanto que no quería que se acabase.
–Tan apretada, mi cisne.–Gruñó contra tu oído Crocodile, jadeando contra tus labios y sonriendo amplio con lujuria en los ojos antes de correrse después de unas embestidas más, seguido por tí, que te corriste aullando de placer.
–Joder, no quiero acabar.–Murmuró entre jadeos y risitas Doflamingo, obteniendo una mirada de disgusto de parte de un agotado Crocodile.–Se siente tan bien, realmente eres buena en esto, putita.
Al poco logró alcanzar su límite y correrse en tu enrojecido y herido ano, saliendo al poco y esbozando una sonrisa tonta, satisfecho y feliz por la buena experiencia. Con los tres agotados y tu corazón acelerado por el esfuerzo y liberada de los hilos invisibles, Crocodile te tomó en sus brazos como su cisne que eras y te besó las mejillas y frente, sonriendo complacido y dándote un poco de after care, ya que lo necesitabas.
Doflamingo y Crocodile intercambiaron una mirada y en silencio se dijeron cosas que no llegaron a oírse en voz alta, pues no era necesario. Tal vez no sería la última vez que compartirían a este bello cisne.
