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Arthur sintió otro escalofrío recorrer su cuerpo por quinta vez en menos de una hora. Murmuró por lo bajo descontento con la situación, a la vez que sentía sus extremidades temblar. No es que le disgustara el frío, todo lo contrario, usualmente este clima era uno donde se sentía a gusto.
…Estando en su casa con una mantita suave sobre sus piernas, una taza de su té favorito en sus manos y una novela en su regazo.
No acampando en medio de la mismísima nada, donde su único abrigo es su chaqueta militar, y donde estaba rodeado de idiotas que le caían mal o tenía una relación tensa. Sobretodo el idiota, imbécil, tarado, estúpido y tonto perro que se estaba acomodando al lado suyo.
No quería mirarlo fijamente para no parecer raro, pero sus largas orejas reaccionaban ante todo movimiento que Alfred causaba a su lado, en un intento de acomodarse en su lugar. Incluso vio por el rabillo del ojo como se volvió a parar, dar un par de vueltas en el lugar, y acostarse nuevamente; colocando su propia chaqueta sobre su cuerpo, contento al encontrar la posición ideal para dormir.
Estaban todos acampando a la luz de la luna, más que nada porque iba a ser solo por esa noche. No le encontraban sentido el perder el tiempo en hacer varias tiendas para cada uno, ya que a final de cuentas iban a seguir viaje apenas amaneciera. De todas formas, para ser solo por unas horas que se quedaban ahí, hacía demasiado frío y ellos claramente estaban muy mal equipados para dicha temperatura.
Suspiró, mirando un poco apenado al norte americano, y recorrió con cierta timidez el grueso pelaje que cubría el cuello del canino. Seguro no tendría problemas con la frescura de esa noche, y dormiría como un cachorro recién nacido en una cunita de oro.
Quizás…si pregunta amablemente.
Se levantó una suave brisa que lo hizo tiritar de frío, pero que también le dio el valor para abrir la boca.
–O-Oye, América– Titubeó. Carraspeó un poco una vez que notó que tenía toda la atención del otro. – Hace mucho calor en el día, pero refresca bastante en la noche…–Listo, lo dijo. Ahora solo quedaba esperar que el otro le respondiera. Solo rogaba que entendiera la indirecta y no le hiciera decir nada vergonzoso.
América se movió un poco, las largas orejas de conejo de Arthur podían escuchar como la tela de la chaqueta de aviador hacía contacto contra el pelaje ajeno. – Hmm…— hizo una pausa pensativo. —Odio admitirlo, pero estoy de acuerdo contigo. – contestó asintiendo la cabeza, el mechón rebelde que tenía en su cabellera rebotando con el movimiento.
–…Por supuesto. – concluyó.
Nuevamente sopló el viento al punto que el cuerpo de Arthur lo traicionó y tembló, provocando que se quejara por lo bajo. Sus orejas reaccionaron al escuchar un sonido ahogado y divertido, proveniente de Alfred. –Pfft- Hahaha! No voy a hacer nada!—comentó entre risas, al idiota le parecía graciosa la maldita situación.
Ugh, no sabía quién era más imbécil: si él por creer que América haría algo al respecto, o el mismísimo americano. Podía sentir la humillación y el enojo florecer dentro de su pecho, reflejado en qué tan rápido empezaba a moverse su nariz. – ¡POR SUPUESTO QUE NO! Solo vete a dormir, ¡Idiota! – exclamó furioso y sintiendo como el pelaje de su nuca se erizaba. «¡Hmph! Perro estúpido» Pensó a la vez que se daba la vuelta para darle la espalda al americano. Cerró los ojos para intentar dormir, inconscientemente acercando sus piernas hacía su cuerpo para acumular todo el calor que pudiera.
Pasaron unos minutos en total silencio, donde lo único que se escuchaba cada tanto era el viento o algún ronquido de alguno de sus compañeros. Pensó con sarna en lo bien que esos hijos de puta estaban durmiendo, a diferencia de él. Aún siendo un conejo, y que su pelaje le servía de protección de muchas cosas, al ser corto y finito no lo protegía muy bien del frío.
Alfred hace rato que ya no se reía o movía, por lo que creyó que seguro ya estaba dormido, y esperaba pronto seguirle el paso. Cuando por fin sintió que su consciencia empezaba a divagar y los sonidos se tornaban cada vez más lejanos, sintió algo frotarse contra su trasero. Algo ligeramente duro y caliente, cubierto y disimulado por una capa de ropa.
« ¿Qué caraj -» Su cerebro hizo cortocircuito al ver por el rabillo del ojo como un brazo grande y musculoso pasaba por encima de él, dejando ver a quien se estaba posando encima suyo. Notó esos ojos que usualmente eran de un celeste tan limpio y hermoso igual que el cielo, se veían más oscuros. Como esa sonrisa tan característica e infantil, se veía más ladeada, confiada, seductora . Y su…Su lengua, que recorría los brillantes colmillos que reflejaban la luz de la luna.
-Podemos intentar entrar en calor, si quieres…-Murmuró Alfred en un tono de voz más bajo y grave, diferente de su usual voz aguda y chillona, que definitivamente NO vamos a hablar de cómo eso lo hace sentir en sus entrañas. -…Pero lo haremos a mi manera. –dijo a la vez que sus caderas volvían a moverse en un pequeño vaivén para frotar lo que, ahora sabía, era el miembro contra sus muslos.
No sabe cómo logró ahogar el sonido vergonzoso que casi se le escapa al sentir al americano dandose auto placer en consta de su cuerpo. Una ola de excitación lo cacheteó en la cara ante la situación, a la vez que sentía los músculos de sus muslos contrarse con cada embestida. Saliendo un poco del estupor en el que se encontraba, giró levemente la cabeza para conectar sus ojos con los ajenos. Tragó en seco al ver en primer plano la boca ligeramente abierta de Alfred, el como la lengua se asomaba entre los perlados dientes para poder oler y saborear mejor los aromas. – A-América…No deberíamos- Los demás están aquí. – Muy a pesar de las palabras que salían de su boca, su cuerpo lo traicionaba al corresponder los vaivenes del otro.
Una de sus orejas, la más cercana a Alfred, tembló al captar la risa grutural y animal que salió de la garganta del canino. – Jej, ¿Esa es tu única preocupación? Quédate callado entonces…¿Crees que puedes hacer eso por mí? – le dijo con cierta diversión ante la contradictoria de lo que decía el conejo, y el cómo su cuerpo reaccionaba a las caricias.
Arthur jadeó al escuchar un gruñido provenir de su acompañante, y se estremeció al sentir contra su espalda la vibración del pecho de Alfred por dicha acción. “Al demonio” Pensó, a la vez que permitía que las grandes manos del americano recorrieran su cadera, para que luego acariciaran el interior de sus muslos. Tocando, tomando, apretando hacía arriba y hacía abajo, cada vez más cerca de su intimidad.
No pudo evitar el gemido que se escapó de su boca al sentir una de las garras de Alfred rozar su entrepierna, y sintió la vergüenza acalorar su rostro por la humedad ahí abajo. Vió la sonrisa ladeada del rubio, el cómo su nariz parecía captar un aroma exquisito. Movió su propia cola rápidamente con anticipación.
– Mira cómo estás, y solo por un par de caricias…¿Tan desesperado estás de que te toque?— Alfred comentó, metiendo su mano dentro del pantalón, y tocando nuevamente sus genitales por encima de la ropa interior. Nuevamente sus muslos temblaron ante el contacto, a la vez que se le escapaba otro gemido.
¿Desde cuando Alfred era tan atrevido?
Soltó un bufido. Si había algo que a veces le hartaba de Alfred era ese ego suyo, que seguro se le estaba inflando en ese momento. Así que sin dudarlo, se levantó levemente y se apoyó en uno de sus codos, y su otro brazo lo estiró hasta tomar el miembro del americano por sobre la ropa. Sonrió victorioso al sentir el cuerpo ajeno tensarse. —Pues mira cómo estás tú, que ni te he tocado y ya estás goteando. – le comentó mirándolo por debajo de sus pestañas, pasando su dedo pulgar por la punta húmeda.
Su única advertencia fue un gruñido, y lo próximo que sintió fue como una fuerza bruta rasgaba sus pantalones y ropa interior de un solo tirón. Seguramente eso sería algo que, en un estado normal y con la cabeza en frío, le hubiera molestado. Pero dadas las circunstancias, el ruido de la tela desgarrandose no hizo más que calentarlo aún más.
Ya mañana se encargaría de regañar al otro, pero de momento…
Con un hambre que no sabía que tenía y que solo el otro podía saciar en esos momentos, unió sus bocas en un beso apasionado y hasta salvaje. Donde incluso se escuchaba el sonido de sus lenguas chocando, los gemidos y jadeos de ambos. Aún con una sola mano logró sacar el miembro de Alfred de sus confines sin mucho problema, sintiendo como éste latía en su palma. Cerró su mano alrededor del genital y ni fue necesario mover su extremidad ya que Alfred ya empezó a mover sus caderas a la vez que gimoteaba.
–Arf…Ahhh…Arthur De-déjame- Quiero…– Jadeaba el canino con cierta desesperación y urgencia en su voz. La nariz de Arthur comenzó a moverse repetidamente, oliendo el aroma de ambos combinados. No necesitó preguntarle al americano para saber lo que quería, mentiría si dijera que él no quería eso también. Al mismo tiempo que Alfred le lamía el hocico, Arthur guió el miembro entre sus muslos. Al mínimo contacto que hubo contra sus piernas, América lo abrazó con fuerza para que estuvieran lo más cercanos posible y embistió con fuerza.
Un gemido vulgar y sorprendido salió de la garganta del conejo al sentir el pene del otro arremeter entre los labios de su vulva. Quería controlarse con el nivel de volúmen de su voz, y por el contrario, Alfred parecía adicto a escuchar los sonidos que la otra nación era capaz de hacer. Por lo que se puso como meta hacer al otro gritar de placer, apuntando con la punta de su glande en dirección al clítoris.
—Ah, nnghh A-Arthur…You feel so good — Jadeó Alfred contra la oreja temblante del conejo, embistiendo con más fuerza y rapidez que antes. Se podía escuchar el sonido mojado que hacía el pene del canino al moverse entre los muslos del otro, frotándose contra los labios vaginales. Un buen par de veces, en movimientos erráticos, accidentalmente casi metía la punta del glande en la vagina. Pero se corregía rápidamente junto a un lloriqueo para seguir cogiéndose los muslos del inglés. Hasta que el conejo no le diera el permiso, el perro no iba a hacer nada.
Y hablando de Inglaterra, él por su parte ya hace bastante dejó de controlar sus gemidos, sobre todo al sentir un bulto empezar a formarse en la base del miembro del americano. Dios, iba a anudar.
—¡Ah! Nghh. Alfred, ¡Alfred! Gahh—Gemía casi sin poder decir una palabra coherente, y cuando por fin sentía que podía decir algo, un roce con el clítoris lo dejaba temblando. —A- America…Nghh… Métela dentro, ahora— ordenó, y que suerte tenía que el otro estaba igual o más desesperado que él. En la siguiente embestida errática, Alfred estiró un poco con uno de sus dedos el agujero y metió su miembro de una sola estocada. Ambos temblaron ante la intromisión, sintiéndose hasta borrachos del aroma y los sonidos del otro. —Ahh…Hmm… Good boy— murmuró el británico, satisfecho. Algo en Alfred cambió ante esas palabras. Con un rugido animal arremetió contra la entrada con más fuerza, velocidad y propósito que la vez anterior. A esa altura se podía escuchar el choque entre pieles con un sonido húmedo y pegajoso.
Ya estaban por llegar al climax, ambos lo sabían. La base del pene de Alfred ya estaba hinchada, lista para entrar una vez más y anudar dentro del británico. Y Arthur no quería otra cosa que eso, él estaba tan cerca también…
…Pero algo le empezó a hacer ruido.
Hace rato que se siente raro, algo en el ambiente, incluso en Alfred. Antes no podía darse cuenta qué era, sobre todo porque no es fácil pensar cuando tenés a un perro-lobo cogiéndote como si sus vidas dependieran de ello. Pero ahora, justo ahora, que están siendo tan ruidosos es que se dió cuenta que…que no hay nadie más que ellos. Ya no escuchaba los ronquidos de los demás, e incluso estaba seguro que no estaban ahí.
Cuando Arthur por fin sintió que se iba a correr, con sus muslos estremeciéndose en anticipación, Alfred se detuvo. Entre jadeos y quejidos desesperados por querer acabar, miró con el ceño fruncido al americano. Lo que le devolvía la mirada fue una sonrisa llena de simpatía y unos ojos cargados de pena.
¿Qué?
—Pucha Arthur, si no te hubieras dado cuenta tan rápido, ya estaría anudado a tí y estaríamos atascados.— dijo y negó con su cabeza en un movimiento sutil.
¿Darse cuenta?
América suspiró con cierta decepción, sacando de la vagina del otro su pene, aún goteando pre-semen. —Estábamos tan cerca…Despierta Arthur— comentó, y volvió a sonreírle con pena. Acercó su hocico al del otro y unió sus narices en un beso esquimal.
Espera, ¡¿Qué?! No, no, no. Su nudo—
.
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Abrió los ojos, y tal cual había sospechado y Alfred había confirmado, estaba soñando. Fue un maldito sueño , la puta madre.
Parpadeó un par de veces, quitando las últimas gotas de sueño de su mente. En el momento que entró en consciencia de lo que soñó, su mente no dejaba de repetir todas y cada una de las imágenes. Sintió su cara arder, los pelos de su nuca, espalda y brazos erizarse. Su nariz empezó a temblar, y él no sabía qué MIERDA hacer.
Tuvo un sueño húmedo con Alfred. TUVO un sueño HÚMEDO con ALFRED. TUVO UN SUEÑO HÚMEDO CON ALFRED.
Tapó su rostro con sus dos manos y gritó silenciosamente en ambas. «¡ No puede ser, no puede ser, nopuedeser!» Pensó desesperado. Y caliente. Dios, estaba demasiado cachondo y mojado. Eso no podía estar pasándole, no ahora, no ahí. Con Alfred al lado.
…
Con ALFRED al LADO.
Mortificado, giró lentamente su cabeza hacía el costado. Ahí andaba el cabrón, durmiendo a pata suelta y roncando. Cada tanto alguna de sus extremidades se movían, incluso le pareció ver que sus piernas estaban haciendo gestos de querer correr…claramente estaba en su séptimo sueño. Quizás hasta estaba soñando con que perseguía a una ardilla, conociéndolo.
Y mientras todos dormían, y definitivamente Alfred estaba durmiendo plácidamente a su lado y NO con un nudo en su maldito pene, Arthur estaba despierto.
Despierto y horny.
Horny por su ex colonia.
Suspiró, ignorando completamente lo mojado que sentía ahí abajo. Quizás al día siguiente ni se sentiría así, y nadie podría oler la excitación. Tratando de auto calmarse con palabras de aliento, volvió a acostarse de costado, el mismo de antes.
Solo para darse cuenta que de hecho, no era el único despierto.
Francis le devolvía la mirada con una sonrisa gatuna. Sus afiladas pupilas no abandonaron los ojos de Arthur una vez hicieron contacto. El zorro movió la cola de manera elegante, y el inglés frunció el ceño.
—¿Qué miras?— preguntó de mal humor.
El francés se encogió de hombros en un gesto desinteresado, aunque sus ojos y sonrisa decían todo lo contrario. —Oh, nada en realidad, mon ami.—le respondió, mirando hacía un costado. Se acomodó sobre donde estaba, tapándose mejor con su chaqueta azul. — Pero…— hizo una pausa, y Arthur se estremeció cuando volvió a ver los ojos burlescos de Francis posarse sobre los suyos. — Solo para recordarte…Que sigues haciendo demasiado ruido cuando duermes… Bonne nuit~ — y con eso último guiñó el ojo, dándole la espalda.
…
Mierda. En fin, quién necesita dormir.
