Chapter Text
—El deptamento es un asco, Jason.
El rubio levantó la vista de sus libros para pasearla perezosamente por el departamento. Vio el piso sucio, el polvo en los muebles, cosas tiradas en la mesa, ropa en el suelo y algunas tazas manchadas de café junto al sillón. Volvió a ver su libro, ajustando sus lentes sobre el puente de su nariz.
—No es mi turno —murmuró como respuesta.
—No he estado en casi toda la semana, ¿que te costaba mantener la limpieza?
Jason siguió sin mirar a Nico, quien frustrado miraba con la nariz arrugada su hogar. Vergüenza le daba decir que vivía ahí.
—Firmamos un acuerdo, me obligaste.
Y eso fue todo lo que Nico necesitó para entender la situación.
—Mierda.
—Es tu turno, Nico.
Hace un año, cuando Nico di Angelo y Jason Grace decidieron compartir departamento, el italiano obligó al rubio a firmar un acuerdo de convivencia. Resultaba ser que Nico era muy desprolijo e inconstante, pero conciente de que la convivencia no funcionaría si no ponía de su parte. Decidieron turnarse semanalmente las tareas de limpieza y bajo ninguna circunstancia podrían saltearse su semana de limpieza. Les funcionó siempre, siendo Jason muy organizado y con algunos regaños por desorden, la higiene del apartamento se mantuvo.
—Me encargaré ahora.
Jason suspiró resignado por lo que se venía. Nico conectaría el parlante, pondría música a un volumen apropiado para las tres de la mañana de un viernes y se pondría a limpiar soltando algunos insultos en italiano.
Se amarró el cabello en una media cola, encendió el parlante y cuando Lil Nas X empezó a sonar en el pequeño departamento, Nico se puso a limpiar.
Juntó toda la ropa sucia tirada en la sala, en su habitación y en la de Jason para poder lavar mientras barría. Estuvo cerca de treinta minutos recolectando envoltorios, tazas, libros y objetos fuera de lugar y una vez que los guardó, empezó la tarea dura.
Calzó sus guantes de latex y empezó por la cocina. Lavó platos, vasos y todo lo que encontró antes de limpiar el microondas. Jason observó divertido por sobre su libro cuando empezó a limpiar la sala, lo vio treparse a banquitos para poder quitar el polvo de los estantes altos y tuvo que sacarle unas cuantas fotos. Se veía lindo con su nariz arrugada, una camiseta enorme y parado de puntitas en un banco con el plumero en la mano.
Trapeó el piso, limpió la heladera, lavó el baño y colgó ropa, todo antes de las cinco de la mañana. Para entonces, estaba transpirado con el cabello pegado al rostro, cansado y se había deshecho de su bermuda para dormir.
—Bien hecho, Nico, se ve increíble.
—Gracias, Jace.
—Solo queda sacar la basura y bañarte, entonces iremos a dormir.
Nico bufo y se dejó caer en el suelo limpio, cerrando fuerte sus ojos. No tenía energía para más nada, cada movimiento de su cuerpo le suponía un esfuerzo enorme.
—Jace.
—Sé lo que vas a pedirme y la respuesta es no.
—¡Pero–
—No voy a sacar la basura por ti —interrumpió Jason ahora sin quitar la vista de un videojuego.
—¡Por favor!
—Nop.
Nico suspiró y estuvo a nada de lloriquear cuando recordó que todavía le quedaba algo de dignidad para salvar. En su lugar, rodó por el piso en un berrinche silencioso que fue ignorado y juntó voluntad para pararse.
—Estoy en ropa interior —señaló cuando se paró junto a su amigo.
—Y ese calzón te queda bien.
Jason se ganó un bufido antes de que su amigo desapareciera con las bolsas de basura fuera del departamento. En el ascensor, Nico se obligó a pensar que las cámaras de seguridad no funcionaban —habían necesitado las cintas la semana pasada cuando un ladrillo de fuente desconocida golpeó a Jason y el encargado les aseguró que hace años ya no funcionaban esas cámaras— y que su remera era lo suficiente larga para tapar sus boxers rojos.
Logró dejar la basura en el contenedor sin inconvenientes, no vio a ningún vecino y se sentía triunfante cuando volvió al ascensor.
Pero el universo no quiera nunca que Nico triunfe alguna vez.
Para cuando salió del elevador en su piso, vio a su vecino, el rubio bonito, dulce y simpático que siempre saludaba y vivía con un chico muy ruidoso. Excepto que esta vez el rubio estaba solo y tenía un sombrero cowboy en su cabeza. Lo único en su torso era una chaqueta abierta y en lugar de tener sus características chanclas y pantalones cortos, tenía unas botas tejanas y unos vaqueros que le quedaban demasiado bien para el corazón de Nico. Y además de estar vestido como el sueño sexy de cualquier homosexual veneciano —entiéndase Nico—, tenía las mejillas sonrosadas, una sonrisa fácil y el cabello despeinado.
A Nico el corazón le tembló.
Su vecino —Will, suministró la mente embobecida de Nico— estaba en su puerta peleando con la cerradura y se notaba borracho. El pelinegro quiso morirse cuando noto que tendría que pasar por delante de un Will borracho, vestido solo con una remera grande y todo transpirado. Menos ganas de existir tuvo cuando recordó que llevaba parado mirando a Will frente al ascensor cerca de cinco minutos.
Por quinta vez en la noche, Nico se armó de valor. Su madre no había criado cobardes, él era hermano de Bianca di Angelo y Hazel Levesque, sangre de valientes y fuertes corría por sus venas. Repitió el mantra durante todo el camino hasta su puerta y flaqueó solo cuando sintió el perfume fresco de Will mezclado con el olor del alcohol.
—Ey —llamó Will y Nico no pudo evitar querer desaparecer.
Quizás, solo quizás, estaba algo eclipsado por su vecino y quizás, solo quizás, se sentía avergonzado de estar así frente a él, quien estaba borracho e incluso así se veía como un dios.
—Hola, Will —saludó Nico con la mano en el pestillo de su puerta y mirandolo solo a los ojos, sin desviarse por la bronceada piel de los abdominales ajenos—. ¿Necesitas ayuda con las llaves?
—En absoluto, puedo con una tonta cerradura.
Nio se sintió entregado y realizado. Cualquiera era libre de juzgar cómo tembló por el acento y la voz sureña arrastrada de Will, él sabía que era algo irresistible y cualquiera en su lugar también hubiera temblado.
—En ese caso, iré a dormir. Buenas noches, Will —Nico necesitaba desesperadamente ponerse a salvo y no humillarse.
—Dios mío, ojalá algun día viera esos calzones en el piso de mi cuarto.
Entonces Nico hizo lo que todo hombre valiente haría.
Con las mejillas rojas, el corazón sufriendo acelerado y algo atontado, se metió en su departamento sin mirar al rubio y cerró la puerta de golpe.
Las palabras con acento se repetían en sus oídos y la imagen de Will sudado y de sonrisa relajada quemaban tras sus parpados cuando cruzó la sala hacia su habitación, ignorando completamente a Jason.
—¿Qué fue...
—Saqué la basura —respondió sin dejar hablar a su amigo.
No miró a Jason en ningún momento y volvió a golpear la puerta cuando se encerró en su habitación con planes de quedarse ahí repitiendo su encuentro con Will hasta el fin de los tiempos.
