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lo que podríamos haber sido (y lo que un día seremos)

Summary:

La próxima vez que Crowley ve a Azirafel después del día en el que le rompió el corazón, entró en un ascensor de un blanco cegador y le dejó atrás, es casi en el mismo sitio.

Tres interminables meses después.

Ese horrible día, conduciendo sin dirección y despacio en un Bentley en silencio. Crowley no estaba seguro de si volvería a ver a Azirafel y mucho menos tan pronto teniendo en cuenta la forma en la que dejaron las cosas. Intentaba decirse a sí mismo que le daba igual si alguna vez sus ojos se volverían a posar sobre rizos blancos, ojos grises del color del acero y una pajarita ridícula de tartán pero las lágrimas amenazando con derramarse desde detrás de sus gafas de sol delataban sus verdaderos sentimientos.

(Sin mencionar los aleatorios pero persistentes trozos de pintura de color amarillo brillante en su coche de otra manera negro puro, frotados implacablemente con un dedo índice a la temperatura de una llama).

Work Text:

La próxima vez que Crowley ve a Azirafel después del día en el que le rompió el corazón, entró en un ascensor de un blanco cegador y le dejó atrás, es casi en el mismo sitio.

Tres interminables meses después.

Ese horrible día, conduciendo sin dirección y despacio en un Bentley en silencio. Crowley no estaba seguro de si volvería a ver a Azirafel y mucho menos tan pronto teniendo en cuenta la forma en la que dejaron las cosas. Intentaba decirse a sí mismo que le daba igual si alguna vez sus ojos se volverían a posar sobre rizos blancos, ojos grises del color del acero y una pajarita ridícula de tartán pero las lágrimas amenazando con derramarse desde detrás de sus gafas de sol delataban sus verdaderos sentimientos.

(Sin mencionar los aleatorios pero persistentes trozos de pintura de color amarillo brillante en su coche de otra manera negro puro, frotados implacablemente con un dedo índice a la temperatura de una llama.)

Ciertamente tampoco pensó que volvería a la librería, el sitio donde todo ocurrió—pero que muy tampoco pasó—el sitio en este gran planeta verde y azul que mantiene la mayoría de sus recuerdos.

También se equivocó en eso.

A Crowley solo le lleva unas pocas semanas el dejar su recientemente recuperado piso donde se había dedicado con esmero a una segunda jubilación de beber, llorar y dormir a partes iguales, resurgiendo a la luz del día con un siseo feroz y un asco intenso por cualquier cosa agradable. No cree que hubiera salido de no ser por la francamente milagrosa llamada de Muriel, frenética y desconsolada, acerca de la epifanía de que en realidad elle—a pesar de su entusiasmo sin límites y su afán por aprender—no tiene ni absoluta idea de llevar una librería o conversar con humanos de una manera que pueda ser considerada normal. 

Pero no es culpa de elle que el cielo le asignara la embajada sin algún entrenamiento preliminar, consejo útil o una oportunidad de hacer cualquier pregunta.

Típico.

Sentado en el Bentley inmóvil, fulminando con la mirada el velocímetro marcando cero e intentando reunir la fortaleza de girar la llave, Crowley suspira derrotado. Siente cierta obligación hacia Muriel, en su mayoría por lástima (ignora descaradamente la pequeña voz en su cabeza, la que suena sospechosamente como cierto ángel, susurrando palabras como bueno y amable), pero también odia admitir que Nina simplemente sirve el mejor espresso de Soho y necesita seriamente cafeína, si solo para evitar tener que hacer un esfuerzo desganado que le impida tener que hacer un milagro para conseguir un nuevo hígado. Eso y que no diría que no a un oído dispuesto y a una cara amable y comprensiva que se parece a la de Maggie.

Apretando los dientes y echando a un lado sus reticencias que ha estado teniendo durante más tiempo del que quisiera admitir, Crowley arranca el coche y conduce el trayecto hasta la calle Whickber en tiempo récord.

(Y supone que es de esperar que regresara a la escena del crimen, como es natural buscar lo que se ha perdido en el último sitio en el que se vio, aunque sabe que su corazón ha estado con Azirafel durante mucho más tiempo que los pocos míseros meses en los que ha estado en el Cielo).

Primero va a la cafetería, sabiendo que necesitará su tradicional taza grande con seis chorros de espresso antes de que tenga la energía de lidiar con Muriel, cuando de repente es acosado por una preocupada e inquieta dueña de tienda de discos y una mordaz e interesada y reticente camarera.

- ¿Dónde demonios has estado?-, espeta Nina con el ceño fruncido enmascarando lo que Crowley sabe es preocupación genuina.

- ¡Hemos estado de los nervios contigo desaparecido sin mediar palabra!-, grita Maggie, cerca de ella con las manos moviéndose nerviosamente alrededor de Crowley pero afortunadamente no tocando nada. - ¿Y dónde diantres está el señor Fell? Tampoco lo hemos visto, estos últimos meses todo ha sido tan extraño…

Crowley apenas se traga una risa burlona. Eso ha sido la frase del siglo.

Antes de ser consciente de ello, es empujado firmemente hasta la silla en la mesa que solía ocupar con Azirafel, un hecho que hace que su garganta se aprieta absurdamente mientras sube sus gafas más por la nariz de manera protectora, y su taza grande es posada frente a él junto con dos expectantes e impacientes dependientas.

Brillante.

Con un suspiro hastiado, Crowley cuenta una versión acortada de la verdad, o tanto como puede, sabiendo que no tiene sentido mentirles. Parecen haber asumido más o menos su existencia sobrenatural y después de todo, ellas fueron las que le animaron a ser sincero con Azirafel. Y parecen realmente interesadas en saber cómo salieron las cosas.

(Y Crowley supone que estaría mintiendo si dijera que no se sentía bien al sacárselo de su pecho, descargar algo de su siempre presente y doloroso desamor con alguien, con cualquiera que escuchara, incluso si son estas dos humanas que parecen haber tomado tanto interés en él y en su vida amorosa como él lo ha hecho con ellas).

Sin embargo no puede soportar demasiado de sus miradas llenas de lástima mientras intentan consolarle inútilmente y ofrecerle palabras tranquilizadoras—Maggie en particular parece no dispuesta a creer que las cosas hayan terminado antes de incluso haber empezado— y pasa menos de media hora antes de que Crowley se trague lo último de su espresso y dé excusas malísimas. Solo cuando murmura algo acerca de ir a ver cómo está Muriel lo dejan y se despiden de él en la puerta, sacándole promesas rápidas de no dejar pasar tanto tiempo antes de volver.

Y la parte más extraña es que Crowley cree que puede que en realidad las mantenga.

Cuando abre la puerta de la librería solo tiene un momento para que el dolor de la última vez que estuvo aquí le invada, pesado y paralizante antes de que casi le maten de un susto por un grito eufórico con su nombre.

(Uno que no es nada como el tono dulce y tranquilizador que daría lo que fuera por volver a oír otra vez, como en los viejos tiempos.)

- ¡Señor Crowley! ¡Oh, me alegra tanto que haya venido! ¡Necesito su ayuda desesperadamente!

Muriel se queda cerca de arrojar sus brazos alrededor de él con alivio, afortunadamente igualmente de incómode con el contacto físico como lo es Crowley, pero aun así mantiene un espacio grande como precaución: le lleva la mayor parte de una hora pero Crowley detalladamente le explica que algunas librerías no existen como tal para vender libros sino para exponerlos, como obras de arte. Y Crowley pacientemente explica que, en cualquier caso, tal vez Muriel tal vez pueda beneficiarse de aprender más sobre el mundo de los humanos antes de que intente tareas arduas como transacciones y hacer inventario.

Pareciendo de alguna manera aliviade por esto, Muriel asiente seriamente y firmemente está de acuerdo con que la sugerencia de Crowley de leer al menos la mitad de los libros en la tienda antes de hacer nada más es la manera más sabia de proceder y elle le sigue agradecidamente hasta la estantería donde sabe que están las enciclopedias y los otros tomos educativos.

(Y si Crowley mantiene los ojos firmemente apartados del último sitio donde estuvo con Azirafel, con sus labios presionados y las manos del ángel cálidas sobre su espalda durante el más breve de los instantes, sosteniendo justo debajo de sus escápulas humanas mientras sus alas temblaban en otro plano…bueno, eso es para lo que están sus gafas de sol).

Si los ojos abiertos como platos, fascinados y los dedos moviéndose son alguna señal, los libros en la tienda deberían mantener a Muriel ocupade durante un tiempo y sus preguntas infinitas respondidas. A Crowley le lleva más tiempo del que le hubiera gustado el desestimar sus enérgicas gracias, muriéndose por marcharse. Para cuando sale de la librería y vuelve al Bentley está completamente y sin sentido agotado.

Crowley colapsa en el coche, cerrando la puerta con esfuerzo e inmediatamente dejándose caer en el asiento del conductor con un pesado suspiro. Agacha la cabeza y levanta las manos para quitarse las gafas, tirándolas sin cuidado sobre el salpicadero y sintiendo cada uno de sus más de seis mil años.

Volver al Bentley de la librería de esta forma se parece demasiado al día en el que Azirafel le dejó hace tres meses y el dolor de Crowley—el cual nunca ha desaparecido, solo ha emigrado al asiento de atrás de su cabeza hasta que está solo de nuevo y pueda saltar felizmente otra vez al frente—le golpea una vez más de lleno.

Está parpadeando rápidamente intentando dar un golpe preventivo a las lágrimas que puede sentir aproximándose con rapidez, sus ojos serpentinos empezando a picar con un demasiado conocido picor, cuando sus sentidos demoníacos se reaniman, sintiendo un cosquilleo en la nuca y de repente está seguro de que está siendo observado.

Por otro ente celestial.

Aparte de tensarse ligeramente en su asiento, Crowley no mueve ni un músculo, solo sube sus ojos desprotegidos hacia arriba para mirar agudamente en el retrovisor hacia The Dirty Donkey y ver a—

Azirafel.

El corazón de Crowley salta traicioneramente en su pecho al mismo tiempo que su estómago parece que estuviera intentando volar dentro de él, sus labios separándose en una inhalación rota por las sensaciones duales, y sus miradas se encuentran en el espejo cuando se da cuenta de que Azirafel está mirándole también.

El ángel está de pie dentro del ascensor blanco que lleva al cielo, las puertas abiertas y esperando pacientemente a que salga a la calle Whickber pero Azirafel parece bastante congelado donde está, sus ojos abiertos como platos y su boca ligeramente abierta con una expresión similar a la de Crowley.

En el transcurso de un segundo, los músculos de Crowley se desbloquean y se mueve sin pensar, movido por alguna fuerza invisible que le lleva a abrir la puerta del Bentley—ignorando los pitidos enfadados de los coches que suenan como respuesta—y salir al asfalto, agarrando la parte de arriba del coche y dándose la vuelta para mirar al ascensor, sin importarle que sus ojos amarillos estén al descubierto y desesperados para que todos los vean.

Pero las puertas del ascensor ya se están cerrando sobre la forma conocida de su ángel.

Otra vez.

Con el tiempo no se hace fácil volver a la librería pero al igual que con la mayoría de cosas que encuentra difíciles y dolorosas, Crowley lo hace de todas formas.

(A pesar de que le desgarra el corazón un poco más cada vez que atraviesa la puerta, Crowley cree que hay una diminuta parte de él que todavía encuentra consuelo en el lugar, todos sus recuerdos—por amargos y contaminados que estén ahora—rodeándolo como una manta junto con la constante e infinita expansión de libros, quietud y polvo).

Además, Muriel desesperadamente necesita su ayuda y aparecer cada pocos días hace que Maggie y Nina le dejen tranquilo.

Así que, después de un mes de esta rutina, aquí es otra vez donde se encuentra a sí mismo, solo en la librería mientras Muriel pasa una o dos horas cruciales con Maggie recibiendo algún tipo de lección en socialización. Actualmente está balanceado en lo alto de una vieja escalera que Muriel encontró en algún lugar en las profundidades de la tienda, usando su cuerpo alto y larguirucho para alcanzar los libros en lo alto de las estanterías donde Muriel no se aventura, habiendo declarado solemnemente una fobia paralizante a las alturas después de haberse leído un diccionario médico en dos días.

(Fue solo con la paciencia nacida de seis mil años que Crowley se abstuvo de señalar que de hecho, elle es une entidad alada capaz de volar y por ende, inmune a los peligros de unas escaleras, pequeñas o grandes.)

A pesar de sus quejas contenidas, A Crowley no le importa la tarea, sintiendo algo parecido a la calma—pero más apagado, silencioso y más doloroso— teniendo algo que hacer y una razón para estar de vuelta aquí en la librería.

Eso es hasta que la puerta se abre.

Sabe en un instante que es Azirafel, sintiendo el familiar destello de energía angelical que tiene un sabor claramente diferente al de Muriel o al de cualquier otro ángel que se hayan dignado a bajar del Cielo y a estar en su presencia.

(Y es simplemente un hecho indiscutible el que conozca el aura de Azirafel al igual que conoce todas las estrellas y constelaciones en el cielo, intuitivamente y sin duda como fueron una vez parte de su misma alma y el conocimiento íntimo de ellas no pudo ser apartado de él con ningún tipo de intervención divina).

Desafortunadamente, se le ve perfectamente en su escalón desde la entrada de la tienda, de espaldas a la puerta y sacando volúmenes de la estantería principal y—en su prisa para prepararse a sí mismo o girarse o simplemente huir tan rápido como pueda—Crowley estúpidamente tropieza sobre sus propios pies grandes en el escalón demasiado pequeño, agarrando la estantería justo a tiempo para balancearse y evitar una caída vergonzosa al suelo.

(Y por qué, oh, ¿por qué su existencia no es más que una serie de caídas espectacularmente patéticas? Caído de la gracia, caído de escaleras, caído enamorado—)

Crowley consigue darse la vuelta justo a tiempo para ver a Azirafel—con sus rizos blancos y un nuevo traje y una expresión sincera—apresurarse hacia delante unos pocos pasos con una mano estirada, moviéndose instintivamente para ayudarle.

-Oh ¿estás b—

La piel de Crowley le pica furiosamente por la preocupación genuina de su voz.

-Estoy bien-, consigue sisear a pesar de la falta evidente de consonantes sibilantes en la palabra. - ¿Qué quieres entonces?

Crowley observa a Azirafel parpadear con sorpresa, sobresaltado por la clara hostilidad de su voz y Crowley despiadadamente aplasta el destello automático de culpa que siente. En el tiempo que le lleva a Azirafel procesar la pregunta, apartar sus manos estiradas para en su lugar frotarlas nerviosamente delante de él, Crowley baja las escaleras con el pequeño montón de libros que ha conseguido reunir antes de ser interrumpido. Con un chasquido de dedos, Crowley manda el montón volando hasta la mesa para que Muriel lo vea luego y—al mismo tiempo—trae su gafas de sol desde donde las había dejado por pura costumbre.

Azirafel le observa ponérselas firmemente sobre la cara con una expresión inescrutable antes de responder finalmente a su pregunta.

-Se…se supone que tengo que ponerme al día con Muriel pero—

-No está aquí-, interrumpe Crowley rudamente.

-Sí, puedo verlo-, dice remilgadamente Azirafel, finalmente pareciendo responder a la actitud brusca de Crowley, y Crowley ahoga la sensación de amarga satisfacción de que por fin haya picado el anzuelo.

(Porque el dolor que le infringió a Crowley la última vez que estuvieron en esta tienda está rugiendo de nuevo dentro de él y siente que su serpiente interior se está desenroscando y moviendo la mandíbula y muriéndose por luchar—)

- ¿Serías tan amable de decirme dónde—

-En la calle. En la tienda de Maggie.

La mandíbula de Azirafel se aprieta al ser interrumpido otra vez pero simplemente asiente con firmeza.

Un silencio intensamente incómodo cae entre los dos.

(Y—por muy enfadado que esté—Crowley no puede evitar mirar fijamente a Azirafel, bebiendo con avidez su familiar forma de una manera que no ha podido en meses, obligado a estar sobrio después de años literales de ver a su mejor amigo todos los días, y Azirafel se mueve inquieto bajo su atención, evitando su mirada, una arruga horrible tallada entre sus angelicales cejas, su aspecto muy diferente de la cara sonriente y adorable que le había pedido bailar—)

- Por fin conseguiste salir del ascensor ¿eh?

La crueldad de la frase—arrancada involuntariamente de su interior con un gruñido interno en un esfuerzo de evitar romper a llorar y arrojarse a los pies de Azirafel—es evidente en la manera en la que quema al salir de la boca de Crowley y lleva a la mirada de Azirafel a volar hacia la suya, shock, culpa y dolor claros como el día en su cara.

-Evidentemente-, espeta después de calmarse a sí mismo. -Y viendo como estás aquí y Muriel no, me pregunto si podríamos tomarnos un momento para hablar—

Pero Crowley ya está negando con la cabeza.

Azirafel se interrumpe a sí mismo como si Crowley le hubiera cortado verbalmente otra vez, si boca colocándose en una expresión que Crowley reconoce como profundamente insatisfecha.

- ¿Puedo preguntar por qué no?-, saca, forzosamente paciente.

¿Por qué no?

Crowley apenas consigue no estar boquiabierto, perplejo de que pudiera hacer tal pregunta en aparentemente buena voluntad, y redirige sus esfuerzos en intentar parecer desinteresado e indiferente.

-Intenté hablar-, gruñe, sin conseguir su misión. -No funcionó muy bien ¿verdad?

Azirafel resopla suavemente, visiblemente frustrado pero aparentemente incapaz de negar la verdad de la respuesta de Crowley.

-Bien, entonces-, dice con el aire de ofrecer una sugerencia perfectamente racional. -¿Qué tal escuchar entonces?

La rabia se enciende como nunca dentro de Crowley y enseña los dientes por puro instinto, la implicación clara de que no guardó su confesión en su interior como un meteorito mientras Azirafel relató su maravillosa nueva oferta de trabajo irritándole muchísimo.

-Intenté eso también, si lo recuerdas-, sisea, sus manos apretándose en puños. -Escuché antes de hablar, de hecho, y no cambió la puta situación para nada.

Esto parece finalmente empujar a Azirafel sobre el tenuemente borde sostenido de su control y de repente ambos están gritando.

-Bueno, ¡tal vez esta vez tengo cosas diferentes que decir!-, ladra Azirafel.

-Bueno, ¡tal vez es demasiado tarde para mí para querer oírlas!-, escupe Crowley.

- —¿por qué estás siendo tan cabezota—

- —¿cómo pudiste estar tan ciego—

- —¿por qué no puedes simplemente escuchar —

- ¡—porque me rompiste el puto corazón, Azirafel!

El tiempo se congela.

Si no fuera por el firme flujo de gente pasando en la calle por la ventana, Crowley podría haber creído que uno de ellos había hecho un milagro, pero hay una clara falta de influencia divina a su alrededor. Está simplemente en el resultado de las palabras de Crowley, arrojadas en el aire entre ellos y resonando horriblemente alrededor de la librería. Solo puede mirar fijamente la forma horrible en la que la mandíbula de Azirafel está suelta, pareciendo igualmente perplejo y horrorizado por la admisión de Crowley.

(Y es demasiado parecida a la expresión de justo después de que sus labios se hubieran separado, su boca abierta y los ojos abiertos como platos y llorosos, pareciendo tan asqueado con él que Crowley había querido arrancarse la piel—)

Cuando Azirafel habla otra vez, su voz es suave y está devastada, ya no enfadada y rompiéndose en los bordes con impaciencia, en su lugar suplicándole a Crowley algo que no entiende o no sabe cómo dar.

-Me pediste tomar una decisión imposible, Crowley-, susurra Azirafel.

Crowley parpadea lentamente, sintiendo sus ojos traidores serpentinos volverse húmedos con lágrimas que se niega a dejar caer.

-Te pedí que me eligieras a mí-, susurra Crowley, suave y roto. -Si eso es imposible para tí…entonces supongo que elegiste bien.

El labio inferior de Azirafel tiembla.

-Eso no es justo, Crowley-, jadea. -Soy—¡soy un ángel! ¡Me pediste renunciar a mi fe! Lamento que tú perdieras la tuya cuando Caíste, pero…¡pero no puedes esperar lo mismo de mí!

Crowley retrocede, sintiendo las palabras de Azirafel quemarle la piel como el agua bendita.

- ¿Perdiera?-, repite incrédulo. - ¡No perdí mi fe! ¡Me la arrebataron! ¡La misma gente a la que has vuelto! ¿No te acuerdas?

- ¡Pero eso es exactamente! ¡Lo recuerdo! ¡Y puedo cambiarla!-, dice Azirafel, el siempre tonto y exasperante optimista. -¡Puedo hacerlo!

- ¿Cómo?-, exige Crowley queriendo oír una justificación, un plan, cualquier cosa para explicar la misión temeraria y autoproclamada de Azirafel.

- ¡Les voy a enseñar!-, suelta Azirafel, una asquerosa conocida explosión de determinación dándole energía al mismo tiempo que abruptamente agota a Crowley. -¡Se lo voy a mostrar, les voy a ayudar a entender la Tierra, la humanidad! Todas las cosas que no pueden ver desde el cielo, ¡todo lo que hace a los humanos tan extraordinarios para tí y para mí! Les voy a abrir los ojos para lo que necesita cambiar, lo que podría mejorarse—

- ¿Qué, como poner una nota en un buzón de sugerencias?

Azirafel se queda en silencio abruptamente.

(Porque en seis mil años nunca han hablado de cuando se conocieron antes de su Caída y—mientras hay cosas de las que no se acuerda en aquel tiempo—también hay cosas que nunca olvidará. Y le duele más de lo que le gustaría admitir que Azirafel piense que puede hacer lo mismo por lo que fue castigado Crowley sin tener repercusiones. Casi tanto como le asusta pensar que Azirafel pueda Caer por cometer los mismos errores que él y ni tan siquiera verlo venir—)

-Ángel-, susurra fervientemente y con un profundo dolor en su pecho, el apodo cariñoso arrancado de él por primera vez desde que Azirafel le hizo el corazón añicos. -Tu bondad, luz y amor no son lo de ellos. No quieren lo que tú quieres. Y, no importa lo mucho que lo intentes…no puedes cambiarlos.

Pero la boca de Azirafel se está apretando, sus ojos endureciéndose y ya está sacudiendo la cabeza, y todo el momento es una repetición de ese horrible día de hace cuatro meses pero Crowley no puede parar, ignorando su corazón lamentándose en su pecho no ser arrancado una vez más cuando Azirafel vuelva a ese ascensor y se lo lleve con él.

-Eres demasiado bueno para ellos-, susurra Crowley desesperadamente, intentando decirle lo que siempre ha sabido categóricamente, intentando como siempre lo ha hecho, salvarle. -Siempre has sido mejor que el cielo, ángel.

Hay tanto silencio en la tienda después de la blasfemia de Crowley que puede oír temblar la respiración de Azirafel desde el otro lado de la habitación y observa cómo su barbilla le tiembla violentamente antes de resumir todos sus problemas en una breve frase, clavando la estaca final a través del corazón de Crowley con cuatro sencillas palabras.

-...yo no creo eso.

(Y Crowley se obliga a sí mismo a no romper a llorar ahí mismo, diciéndose a sí mismo que aguante hasta que pueda gritar, llorar y emborracharse hasta la saciedad en la privacidad de su piso, justo como ha estado haciendo durante las interminables semanas desde que Azirafel hizo esto la primera vez y justo como indudablemente estará haciendo durante el resto de su miserable existencia por el sistema está podrido y su ángel no puede verlo y todo lo que esto significa es que Azirafel nunca lo elegirá a él.)

-Entonces no puedo ayudarte-, dice Crowley serio y sin emoción y simplemente muy jodidamente cansado.

-Crowley-, respira Azirafel, las lágrimas atascándole audiblemente la garganta. -Por favor, vuelve conmigo—sin ti…no puedo…te neces—

-Ya no soy un ángel, Azirafel-, le corta Crowley firmemente, porque tiene que hacerlo, porque no puede oírlo decir la palabra “necesitar” de esa manera otra vez sin autodestruirse. -Y nunca querré ser uno de nuevo. Así que puedes quedarte con tu perdón..

Azirafel suelta un sollozo ahogado y Crowley se odia por lo que sabe que tiene que decir a continuación.

-Y mantente alejado de mí.

Azirafel se da la vuelta y prácticamente sale corriendo por la puerta.

Pero no antes de que Crowley vea las lágrimas finalmente cayéndole por las mejillas, brillando bajo la luz del crepúsculo filtrándose por el polvoriento y una vez reconfortante santuario de su librería.

Lágrimas que reflejan las suyas.


Después de eso Crowley no vuelve a la librería.

Ignora llamadas de Muriel, Nina y Maggie durante un mes entero a favor de la regresión, encerrándose en su piso e intentando beber hasta quedarse inconsciente, la simple idea de volver a su lugar dos veces despreciado y accidentalmente ver a Azirafel de nuevo, le llena de náuseas y miedo y un anhelo terrible y autodestructivo que le sube por la garganta igual que si fuera ácido.

Así que se lo traga de nuevo con alcohol.

Mientras bebe, espatarrado de cualquier manera a través de varios sitios en su piso, se lamenta. Lamenta el hecho de que Azirafel no pueda amarlo por quién es, un ángel caído, un demonio, una serpiente, todo ángulos ásperos y lengua sibilante y ojos amarillos. Y lamenta el hecho de que intentara pedírselo porque, después de todo, Azirafel tenía razón en una cosa: él es un ángel y amar a un demonio podría causar que Cayera.

Y Crowley sabe en lo profundo de su herido y dolorido corazón que—incluso si Azirafel estuviera dispuesto a Caer por él—Crowley no se lo permitiría porque ser un ángel, un ser de verdad, luz y bondad, es lo que hace a Azirafel…Azirafel. Es todo lo que Crowley ama de él y nunca querría que cambiara en aras de una serpiente oscura y despreciada quien nunca pudo dejar de hacer preguntas.

(Lo cual hace incluso más doloroso que Azirafel le hubiera pedido hacer justo eso, cambiar a algo que no es, porque Crowley simplemente no es suficiente de la manera que es.)

Mucho más que todo eso, Crowley se lamenta por la pérdida de su mejor amigo, su único compañero constante de los últimos seis mil años, la relación más plena, segura y afectuosa que ha tenido desde que bajó desde los cielos y perdió todo. Lamenta la pérdida de la siempre presente posibilidad de más, ese algo casi tangible que ha estado provocándolos durante milenios, esa pizca de esperanza dentro de él que susurraba palabras como tal vez y algún día.

Crowley lamenta su estupidez por salir de su zona de confort y presionar por más cuando claramente Azirafel no estaba preparado, dispuesto o capacitado para dar algo más, tan nervioso y alterado y para nada en el mismo sitio que el rogar desconsolado de Crowley.

(Y más que nada, lamenta la muerte de su misión milenaria, el objetivo de su vida, su único propósito, de intentar ser suficiente para su ángel.)

Crowley considera seriamente echar a perder estos pensamientos hasta que inevitablemente aparezca otro apocalipsis, viendo poco sentido en algo más, y encontrando descanso solo en pequeños arrebatos de sueño insatisfecho. Solo se permite sucumbir a estas siestas cuando está tan espectacularmente borracho que no puede ni ver e incluso entonces solo durante unas pocas horas, de otra manera es torturado por su subconsciente con sueños de Azirafel, dolor y más anhelo del que puede soportar.

(Su beso malogrado figurando pesadamente en estas visiones, normalmente terminando como lo hizo en la realidad, a veces incluso peor y solo una vez convirtiéndose en algo tan explícito, precioso y encantador que Crowley se despierta con lágrimas en su cara.)

Es mientras uno de estos episodios demasiados breves de inconsciencia cuando se despierta inesperadamente, estirado sobre su incómodo sofá negro de cuero con una botella medio llena balanceándose entre sus dedos relajados, por un suave golpeteo en la puerta de su piso.

Raro.

Crowley entrecierra los ojos hacia la puerta confundido y obliga a su mente embotada a considerar su opciones las cuales, hasta donde él puede decir, se limitan a ignorar a quien muy probablemente sea un comercial ignorante impacientemente esperando en el pasillo, tirar la botella contra la puerta con un grito incomprensible o simplemente levantarse para abrir.

Algo persistente en su cerebro le dice que al menos debería ver quién es antes de cerrarle la puerta en la cara y otro suave golpeteo finaliza su decisión por él.

Con un gruñido, Crowley se levanta tambaleándose del sofá, dejando con reticencia su botella sobre la mesita del salón y chasqueando los dedos para hacer un milagro desganado para estar presentable, colocando su ropa, cogiendo sus gafas de sol y quitándose la borrachera lo suficiente como para que tal vez pueda formar una frase coherente sin esforzarse mucho.

(Cualquier otra cosa permitirá a su siempre presente dolor volver con sigilo a su pecho y le herirá, así que tiene que poner un límite en algún sitio, y además, sabe que no hay nada que incluso un milagro pueda hacer con la delgadez extrema que permanece en su cuerpo, las ojeras oscuras bajo sus ojos amarillos sin vida, y la apatía general que está viviendo en su interior y que se niega a marcharse.)

Un tercer golpe suave consigue hacerse oído mientras Crowley atraviesa el piso y aprieta los dientes con creciente irritación, finalmente llegando a la puerta y abriéndola con un gruñido, pensando en quien sea que está tan dispuesto a molestar su eternidad de miseria mejor que tenga un maldita buena razón…

Crowley parpadea detrás de sus gafas de sol.

Ahí no hay nadie.

Se asoma por la puerta para echarle un vistazo al pasillo, todavía sin ver nada ni a nadie, antes de que un movimiento desde abajo capte su atención y mira hacia abajo, inhalando bruscamente al ver a…

Azirafel.

Está desplomado contra la pared en el suelo junto a la puerta de Crowley, agachado en una postura desconocida y extraña que hace que Crowley se congele, inseguro, confuso y preocupado.

-…Crowley…

Y entonces Crowley ve la sangre dorada empapando la parte de atrás de la chaqueta de su traje.

Con varias palabrotas originales murmuradas, Crowley se pone sobrio completamente y en un instante se agacha junto a Azirafel sobre el pasillo enmoquetado de su edificio y coloca las manos a cada lado de la cara de Azirafel sin titubear, intentando inclinar suavemente su cabeza para que pueda mirarle a los ojos.

- ¿Azirafel?-, sisea Crowley. - ¿Qué demonios…? 

La propia sangre de Crowley se hiela cuando ve bien la cara de Azirafel, sin heridas pero extremadamente pálida con el ceño fruncido de dolor y los párpados moviéndose de una manera que le dice a Crowley que está balanceándose peligrosamente al borde de la inconsciencia.

-Joder-, murmura Crowley.

Y entonces los ojos de Crowley van hacia abajo para investigar la extraña posición de Azirafel, encogido, sin duda para alejarse del dolor de cualquiera que sea la herida en su espalda, pero su brazos están doblados delante de él también y parece casi como si estuviera sosteniendo algo protectoramente contra su pecho, algo como un montón de mantas rosas y Crowley se inclina más para ver mejor porque parece casi como si pudiera ser un…

Un bebé.

-Jesucristo…

Azirafel suelta una risa inesperada.

-Sí…desde luego.

Le lleva un momento captar el significado de esas extrañamente importantes palabras pero, cuando cae en ello un milisegundo después, la boca de Crowley se abre en shock. Estira una mano temblorosa para apartar una de las mantas para revelar una cara diminuta y redonda mirándole con curiosidad, los grandes ojos azules abiertos y brillando con una tonalidad extrañamente morada.

Fantástico.

Un portazo en el pasillo saca a Crowley de su estado de shock e instintivamente se dobla sobre Azirafel y el pequeño montón de alegría, una intensa oleada de protección inundándole cuando su cuerpo se curva sobre la forma prona del ángel, apenas suprimiendo un siseo defensivo escapándose de entre sus dientes.

Necesita llevarlo dentro.

Moviéndose rápidamente ahora, Crowley desliza un brazo bajo las rodillas ya dobladas de Azirafel y el otro alrededor de la parte baja de su espalda, intentando evitar la gran mancha de sangre dorada por miedo a agravar la herida no vista que está debajo. Alzando el cuerpo sólido de Azirafel con una fuerza demoníaca escondida en sus extremidades angulosas, Crowley lo lleva—y por extensión al niño en sus brazos—rápidamente adentro y hace que la puerta se cierre con llave tras ellos. Una vez dentro, titubeando sobre dónde colocar a Azirafel en su desconocida condición, es cuando el ángel en sus brazos de repente dice su nombre otra vez con voz ronca.

- ¿Crowley?

-Sí-, contesta con rapidez Crowley, rindiéndose y simplemente arrodillándose en mitad del salón, bajando cuidadosamente a Azirafel para sentarlo frente a él sobre la alfombra. -Estoy aquí, Azirafel. ¿Puedes hablar? ¿Qué ha pasado? ¿Dónde estás herido? Trae, dame a la niña…

Con más resistencia de la que espera de alguien probablemente sufriendo una gran pérdida de sangre, Crowley abre las manos apretadas de Azirafel y las aparta del montón de mantas cuidadosamente extrayéndolo de su agarre mortal. La diminuta humana dentro empieza a inquietarse con el cambio de manos, haciendo gorgoritos suavemente y Crowley duda antes de hacer una rápida serie de milagros, chasqueando los dedos una vez para hacer que la niña duerma un sueño pacífico y profundo y otra vez para hacer aparecer una pequeña cuna rosa. Crowley se levanta y suavemente coloca al bebé durmiente en ella, quedándose un momento para asegurarse de que no se despierta antes de quitarse las gafas de sol y tirarlas sin cuidado, y rápidamente volviéndose a arrodillar junto a Azirafel.

Las manos nerviosas de Crowley le pican, moviéndose ligeramente antes de colocarlas sobre los brazos donde espera que no haya nada que no haya visto que le cause dolor y el ángel no se aparta. Inesperadamente hace lo contrario, inclinándose pesadamente hacia Crowley en cuanto siente su toque y—lo suficientemente cerca para inhalar ansiosamente su olor—Crowley puede oír ahora cómo de pesada y trabajosa su respiración es.

-Azirafel-, intenta Crowley de nuevo, con pánico e insistente. - ¿Qué ha pasado?

-El Cielo…-, raspa Azirafel, su voz tan baja y áspera que a Crowley le cuesta entenderlo. -Me pilló…intentó matarme…me escapé…pero no del todo, eh…ileso, por así decirlo…

La rabia empieza a borbotear junto a la preocupación y el miedo que han estado burbujeando dentro de Crowley desde el instante en que encontró a Azirafel fuera, haciéndole tragarse un rugido con dificultad y optando por acercar más a Azirafel con una mano y haciendo unos pocos milagros con la otra para añadir algunas protecciones al piso, asegurándose que nadie del Cielo sea capaz de encontrar a Azirafel aquí.

Está casi acabando con eso cuando el ángel en sus brazos suelta un gemido de dolor a través de los dientes apretados y recaptura la atención de Crowley en un segundo.

-Bien-, murmura Crowley volviendo al tema más urgente. -Veamos con lo que estamos lidiando aquí.

Con el corazón martilleando en su pecho, Crowley empieza a quitarle a Azirafel su estúpida chaqueta del Cielo, cuidadosamente apartando la gran zona empapada con sangre dorada y murmurando rápidas disculpas cada vez que el movimiento le hace hacer una mueca o gemir. Finalmente apartando y echando a un lado la chaqueta manchada, Crowley chasquea sus temblorosos dedos para desabrochar los primeros botones de la camisa de Azirafel y suavemente tira del cuello hacia abajo, sobre los hombros, quitando la tela empapada de sangre hasta la mitad de su espalda y dejándola alrededor de sus codos para ver…

¿Nada?

Crowley frunce el ceño, parpadeando y volviendo la mirada de la claramente húmeda y dorada tela colgando de Azirafel hasta su extrañamente pálida e inmaculada piel incapaz de resistir pasar una mano seca y fría sobre la suave zona para asegurarse de que sus ojos no le están engañando.

- ¿Azirafel?-, dice Crowley confundido. -No hay nada en tu espalda, ¿qué…por dónde estás sangrando—yo no…

-No es mi espalda-, dice Azirafel apretadamente. -Mis…mis alas.

Oh.

Oh, esos cabrones intentaron aniquilarlo. 

( Y el desastre de emociones negativas enredadas girando y moviéndose en su pecho se solidifica en una rabia pura, sólida, quemando y casi incontrolable y es solo la sensación de Azirafel apretándole el brazo y moviéndose ligeramente hacia delante y hacia atrás con el dolor lo que le mantiene centrado, tan destino a la soledad a la deriva que le ha plagado desde que su ángel volvió a los seres que ahora han intentado dos veces destruirlo para siempre.)

Crowley aprieta los dientes con tanta fuerza que si hubieran sido humanos estarían reducidos a polvo y consigue ponerse bajo control con gran dificultad. 

-Bien-, murmura de nuevo asintiendo para sí mismo. -Bien, vale, Azirafel, necesitas sacar tus alas.

Pero Azirafel ya está sacudiendo la cabeza. -No puedo…-, suplica desesperadamente. -Casi no pude hacerlas desaparecer…Crowley…duele…

-Lo sé, ángel, lo sé-, murmura Crowley, el apodo saliendo instintivamente con su necesidad profunda de tranquilizarlo. -Pero Azirafel, no puedo curar lo que no veo, así que tienes que hacerlo ¿vale? Respira hondo. A la de tres.

Azirafel gime suavemente con desesperación pero Crowley siente sus costados expandirse mientras inhala reticentemente en preparación.

-Vale, bien. ¿Preparado? Una…dos…¡tres!

Azirafel suelta un grito de agonía que tira horriblemente del corazón de Crowley, y rápidamente se inclina hacia atrás tanto como puede sin soltar a Azirafel para evitar ser golpeado en la cara cuando un par de alas salen de su espalda para expandirse en el salón. Aguantando la respiración, Crowley hace que las luces brillen más con un chasquido para poder ver mejor, aferrándose a la esperanza de no ver lo que a menudo protagoniza sus pesadillas y luego casi derrumbándose con alivio al descubrir que…

Siguen siendo tan blancas como la nieve.

(Y Crowley tiene que parpadear varias veces rápidamente para desterrar la humedad que abruptamente ha aparecido ahí, su garganta apretándose y picando con alivio porque ha sabido desde hacía mucho antes de que Azirafel apareciera fuera de su puerta que nada le pararía para destrozar al Cielo si se atrevieran a expulsarlo.)

-Bien hecho, ángel-, susurra Crowley jadeando casi tan pesadamente como lo está haciendo Azirafel. -La parte más difícil ya está. Ahora déjame mirar bien…

Obligándose a permanecer en calma, Crowley le echa un ojo crítico a las extremidades recién reveladas de Azirafel y su mirada es atraída inmediatamente a la derecha. Está claro por la forma en la que la sujeta que el ala derecha de Azirafel ha sufrido un daño considerable, el hueso del cual sus plumas primarias salen, torcido y doblado en un ángulo que no es natural, las plumas manchadas y pegadas con sangre dorada. La mirada de Crowley sigue el ala torcida hacia dentro donde se conecta con su escápula y sus ojos se abren como platos al ver una gran hendidura en la piel, abarcando la articulación inferior del ala, la escápula y una porción de la mitad de su espalda.

Desde ahí está sangrando.

Seriamente.

Maldiciendo de nuevo para sí, Crowley le echa un breve vistazo al ala izquierda de Azirafel para confirmar que no está herido antes de volver su mirada hacia la dañada.

-Vale, vale-, murmura Crowley para sí. -Parar la hemorragia, tengo que parar la hemorragia…

Tragando secamente, Crowley chasque los dedos para traer un reposapiés a través de la habitación hasta parar junto al ángel. -Aquí, Azirafel, apóyate en esto. Necesito ambas manos…

Crowley suavemente inclina hacia delante a un Azirafel gimiendo para que se apoye, se frota las manos libres mentalmente preparándose. Como demonio, puede solo llegar hasta cierto punto para sanar heridas angelicales como esta pero cree que al menos puede cerrar la herida, lo cual es la cosa más importante. Crowley impacientemente aparta los nervios revoloteando en su estómago por lo que está a punto de hacer, demasiado consciente de lo poco útiles que son.

Necesita concentrarse.

(Y no pensar en cómo este es el milagro más importante que probablemente realizará.)

Convocando todo su no inconsiderable poder, Crowley respira profundamente y sostiene las manos a centímetros de la herida abierta en la espalda de Azirafel, obligando al músculo, tejido y piel a unirse otra vez. Aguanta la respiración y observa con tenso escrutinio cuando la herida empieza a curarse a sí misma con rapidez y Azirafel se retuerce bajo él, gimiendo suavemente por lo que ciertamente es un proceso desagradable, pero Crowley puede oír su respiración relajarse, ahora menos trabajosa, y su postura pierde mucha de su tensión dolorida, relajándose sobre el reposapiés con una caída agotada.

Sacudiendo sus manos repentinamente húmedas, Crowley se gira hacia lo que parece el hueso roto de la articulación del ala primaria de Azirafel, y asiente para sí.

-Vale, Azirafel-, murmura Crowley, no estando seguro de si tan siquiera está todavía consciente. -Solo tengo que arreglar este hueso. Luego puedes descansar, lo prometo…

Azirafel le da un pequeño murmullo que Crowley elige entender como consentimiento. Con otra inhalación profunda, Crowley apoya sus dedos suavemente sobre el hueso roto y cierra los ojos en concentración, dejando que su poder fluya a través de él de nuevo hasta que oye un fuerte crujido y el grito en respuesta de Azirafel. Crowley rápidamente abre los ojos para ver el ala, temblando ligeramente y todavía impregnada en sangre dorada secándose con rapidez, pero de nuevo correctamente con su forma.

(Gracias a quien sea).

-Vale, he acabado, todo terminado-, respira Crowley, sus manos volviendo suavemente hacia el cuerpo de Azirafel sin darse cuenta, ahora intentando instintivamente reconfortar en vez de sanar.

Desafortunadamente no puede hacer nada acerca de la extensa pérdida de sangre, demoniacamente incapaz de restablecer el ichor tal y como es, lo que significa que Azirafel tendrá que recuperarse del resto a través de métodos humanos.

Lo que significa descanso del de toda la vida.

Preparándose, Crowley vuelve a coger a Azirafel, manteniéndolo alejado de su cuerpo para evitar mover su ala recién curada, y lo lleva a su habitación, firmemente ignorando el desastre de sentimientos confusos que brotan con el pensamiento a favor de acomodarlo para que descanse.

Cuando entran en la habitación, Crowley se queda junto a su cama con las manos llenas de ángel, fulminando con la mirada las sábanas de seda negras hasta que se doblegan a su voluntad y se echan hacia atrás por sí solas. Después Crowley planta una rodilla cuidadosamente en el borde del colchón y se inclina hacia delante para colocar a Azirafel con suavidad boca abajo en mitad de la cama, sus alas, incapaces de retraerse, extendidas lánguidamente por el colchón a cada lado de él.

Azirafel gime suavemente cuando se percata del cambio y su cabeza automáticamente se gira para apoyar agradecidamente su mejilla sobre una de las almohadas de Crowley, inhalando profundamente contra la tela de tal manera que hace que el pecho de Crowley se apriete con anhelo. Echando a un lado sus sentimientos que le distraen, Crowley con rapidez aparta la camisa manchada de Azirafel de donde todavía está metida en su cintura. La hace desaparecer sin cuidado hacia el salón con la chaqueta a juego arruinada, las manchas de icor inamovibles incluso con un milagro, y gentilmente tira de la sábana hacia arriba para dejarla justo bajo las sensibles articulaciones de las alas de Azirafel.

Dando un paso atrás, Crowley inhala profundamente.

Eso es todo lo que puede hacer por él ahora, aparte de dejarlo descansar, y Crowley siente el latido acelerado de su corazón finalmente empezar a relajarse ahora que el ángel está fuera de peligro inmediato, tanto que le lleva un minuto darse cuenta de que Azirafel está murmurando algo incoherente en su almohada.

- ¿Qué es, ángel?-, pregunta Crowley acercándose para captar las palabras amortiguadas.

-...lsiento, Crowley.

Crowley frunce el ceño ante la inesperada disculpa. - ¿Lo sientes? ¿Por qué?

-Volver…-, susurra Azirafel, la culpa audible incluso con su voz debilitada. -Me dijiste que me mantuviera alejado pero…sin ningún sitio al que ir…lsiento…

Entonces Azirafel queda inconsciente, su boca y su cuerpo sueltos cuando finalmente pierde el conocimiento a causa del dolor, la pérdida de sangre y el agotamiento y Crowley solo puede tropezar hacia atrás y colapsar en un sillón junto a su cama, aturdido en su interior.

(Porque—a pesar de su muy todavía roto corazón—estar en cualquier otro sitio aparte de justo al lado de Azirafel ahora mismo simplemente es impensable).

Hasta que Crowley oye un llanto agudo proveniente del salón.

-...Mierda.


La cantidad de energía necesaria para curar las sustanciales heridas de Azirafel, mucha más que los típicos milagros triviales de Crowley, hace mella en él, pero se niega a dormir y en su lugar vigila testarudamente al ángel durmiente con ojos irritados y sus pies apoyados en la cama.

A Crowley se le ocurre a las pocas horas de su vigilia impuesta que nunca antes ha visto a Azirafel dormir, En realidad no está seguro de si el ángel en toda su existencia se lo había permitido, siendo mucho más propenso al pecado de la gula; al contrario que Crowley, quien favorece la pereza, y Crowley intenta ignorar el picor en su pecho al ser probablemente el único que alguna vez ha visto al ángel en tal vulnerable estado.

Con sus ojos fijos en el firme subir y bajar de la espalda de Azirafel y la forma en la que sus alas tiemblan ocasionalmente en su sueño, Crowley también se toma tiempo para considerar sus sentimientos por el ángel en su cama, los cuales no son menos complicados de lo que habían sido antes de que llegara. No siente arrepentimiento ni vergüenza por ayudar a sanar y a esconder a Azirafel porque, como muy bien saben los dos, Crowley es incapaz de no rescatarle cuando tiene los medios para hacerlo, algo que nunca cambiará a pesar de sus estatus.

(Pero esta sencilla verdad no cambia el hecho de que tampoco nada más ha cambiado, que todavía están muy distanciados y enfrentados y que el corazón de Crowley todavía yace sangrando y palpitando a los afortunadamente todavía divinos pies de Azirafel.)

Como es, la única cosa que aparta a Crowley del lado de Azirafel es la niña.

Como era de esperar la reencarnación de pocos meses de Dios es un bebé con buen comportamiento. Apenas llora, duerme profundamente, ríe cuando Crowley hace que sus pañales se limpien, traga leche con un mínimo de escupir y mira hacia arriba felizmente a Crowley cuando la coge.

Después de las primeras doce horas de cuidar d e los dos, dividiendo su tiempo lo mejor que puede entre el ángel y la niña mientras pensando con determinación sobre qué hacer, Crowley toma la decisión de dejar el piso durante una rápida media hora, embarcándose en una tarea que se ha convertido en inevitable y que permanece como la única cosa capaz de arrastrar a Crowley del lado de Azirafel.

Lleva al bebé a la librería.

Mientras que las protecciones que ha colocado en su piso deberían esconder a él y Azirafel sin problema, a Crowley le preocupa que no sean suficientes para ocultar a la mismísima Jesucristo, con pañales o sin ellos, pero recuerda lo bien que la librería escondió al antiguo Arcángel Supremo de la hueste celestial que fue allí específicamente buscándolo. Eso, y que Crowley se imagina que la librería, todavía una embajada angelical, por el amor de quien sea, es el último sitio en el que pensarían en buscar a Cristo reencarnado. Duda de confiar en Muriel con un cargo tan importante, tal y como todavía se están ajustando a la tierra, pero—por mucho que la ironía le haga apretar los dientes—Crowley se obliga a tener un poco de fé en el ángel sin experiencia, quien no ha demostrado más que tener buenas intenciones y ser generalmente confiable.

Afortunadamente Muriel está extasiade.

Haciendo carantoñas y adulando a la diminuta humana, nunca antes habiendo visto uno de cerca, de pie en mitad de la librería sujetándola de la misma manera en la que alguien sujetaría a una bomba particularmente temperamental. Crowley se preocupa más de lo que admitiría, casi cambiando de opinión y llevándose a la niña de vuelta a su piso pero intentando rápida pero detalladamente explicarle todo lo que necesitan los bebés humanos al ángel ensimismade, mayormente pañales, comida y dormir. Pero a mitad de su disertación oral sobre la temperatura adecuada de la leche, Muriel felizmente le informa de que acaba de leerse la pequeña selección de manuales de cuidados infantiles que aparentemente existen en algún lugar de la tienda y como tal, en efecto está muy bien preparade para cuidar a la bebé Jesús.

Crowley naturalmente es escéptico y testarudamente se planta en el sillón de Azirafel para mirar por sus gafas de sol con un asombro creciente mientras Muriel—contra todo pronóstico—rápidamente se convierte en segure y capaz con la niña. Observa cuando brevemente hace todas las tareas cruciales, sujetar al bebé correctamente, hacer que su pañal esté limpio, y darle un biberón, antes de empezar a relajarse. Está incluso más tranquilo cuando ve como Muriel expertamente hace que el bebé eche el aire y como la coloca en una cuna en el piso de arriba, limpia, seca y boca arriba, sin mantas sueltas o almohadas.

Totalmente de libro.

Crowley sacude la cabeza con admiración, perplejo por el hecho de que una entidad que no es capaz de hacerse consumir una agradable bebida caliente endulzada con leche y azúcar o subir más de un pie en el aire en una escalera, pueda de alguna manera venirle el cuidado de niños como anillo al dedo.

Nunca entenderá a los ángeles.

(Oh, bueno, al menos, a dos de ellos.)

Razonablemente satisfecho con Muriel capaz de controlar a la niña, Crowley pasa a su tarea siguiente. Empujando a Muriel hasta hacerle sentar en el sillón de Azirafel, Crowley le explica lenta y claramente que la niña debe permanecer en secreto y a salvo en la planta de arriba de la librería hasta que Muriel reciba noticias de Crowley o Azirafel. Crowley explica que no sabe cuándo pasará esto, pero que la niña es extremadamente importante y debe ocultarse del Cielo a toda costa, y que si cualquier otro ángel pasa por ahí haciendo preguntas, Muriel tiene que fingir que nunca le han visto.

Como Crowley esperaba, Muriel está visiblemente incómode con la idea de mentir pero una vez que le explica que fingir no es lo mismo que mentir—que es simplemente usar su imaginación, lo cual es algo que a los humanos les encanta hacer y lo que es más importante, es por el bien supremo algo que, como ángel, Muriel debería apoyar—parece tranquilizarse más, accediendo felizmente a no decirle a nadie nada sobre el bebé, incluyendo a Maggie y Nina.

Lo último que hace Crowley antes de marcharse de la librería es hacer un milagro similar al que Azirafel y él hicieron para ocultar a Gabriel, pero esta vez con Muriel. Le irrita ligeramente tener que hacer tal cosa con su sustituto angelical pero—como Azirafel está indispuesto—supone que la necesidad apremia. De pie sobre la cuna, Muriel y él cogen cada uno las diminutas manos del bebé y cada uno hace un cuidadoso milagro. Crowley incluso va alcanza el éter y usa algo del poder de Azirafel que queda del milagro de Jim para fortalecerlo, proporcionando la mejor tapadera que puede para la niña.

Luego, después de ayudar a Muriel a idear una excusa por usar el exceso de poder en caso de que algún ángel aparezca para investigar el origen—una emergencia confusa de libreros restaurando antiguos tomos a su estado original, Muriel memorizándola con gran placer, feliz por tener que fingir ser un actor humano en una película interpretando el papel de su carrera artística—Crowley vuelve a su piso a toda velocidad esperando contra toda esperanza que Azirafel no se haya despertado necesitando algo durante el breve tiempo que ha estado fuera.


Afortunadamente, Azirafel está justo como Crowley lo dejó.

En resumen, el ángel duerme—en paz e inmóvil—durante un día entero antes de que Crowley decida despertarlo para beber algo de té y comer una tostada con mantequilla, pensando que una forma de alimento a la que su cuerpo está acostumbrada—a pesar de lo insulso y poco interesante—le ayudará a recuperar su fuerza.

Le lleva varios intentos el despertarlo, tan profundamente dormido como está, pero Crowley continúa diciendo su nombre con una voz que aumenta firmemente en volumen hasta que sus párpados empiezan a moverse y finalmente a abrirse para revelar sus iris llenos de color, agotados pero inequívocamente suyos. 

(Crowley pisando con fuerza sobre el pensamiento desconsolado de lo mucho que los ha echado de menos y rápidamente chasquea los dedos para que aparezcan las gafas de sol en su cara.)

-Aquí, ángel-, murmura desde su posición en el mismísimo borde de la cama, una taza humeante en una mano y un plato caliente en la otra. -Siéntate. Deberías comer algo. Podría ayudar.

- ¿Cuánto tiempo he estado dormido?-, pregunta Azirafel, su voz ronca de no usarla de una forma desconocida e increíblemente atrayente.

-Un día.

-Dios…¿tanto?-, murmura el ángel, apoyándose sobre los codos y parpadeando aletargadamente antes de helarse de repente y mirar a su alrededor por la habitación frenético. -La niña. Oh, no, no, no. ¿Dónde está—

-Tranquilo, ángel-, interrumpe Crowley antes de que Azirafel pueda acalorarse, colocando la taza y el plato sobre la mesita de noche provisionalmente. -La llevé a la librería. Muriel la mantendrá a salvo y oculta. Sorprendentemente competente con la pequeña.

Inesperadamente los ojos de Azirafel se abren con horror. -¡¿La librería?¡ Crowley, ¿en qué estás pensando? ¡Es una embajada celestial! Estaba intentando ocultarla del Cielo ¡¿y la llevas a su puerta?! No puedo creer—

-Azirafel-, dice Crowley firmemente, tratando lo mejor posible de permanecer paciente. -¿No te acuerdas de lo que pasó con Gabriel? Después de todo ese disparate, ¿realmente piensas que van a creer que fuiste directo a tu sitio favorito con la reencarnación de Jesús? Piensa en ello, es el último lugar en el que mirarán…

Azirafel le mira fijamente con la boca abierta, pareciéndose a un pez particularmente perplejo, pero—con los engranajes en su inteligente cabeza casi girando visiblemente—parece ver su lógica, antes de que Crowley se aclare la garganta incómodamente y añada la parte que siente por alguna razón no dispuesto a compartir.

-Además, Muriel y yo hicimos un milagro para ocultarla-, murmura ásperamente. -Como hicimos nosotros con Gabriel. La cuestión es, que no serán capaces de encontrarla. Estará mucho más segura allí que aquí.

Por alguna razón esto parece irritar a Azirafel incluso más mientras cierra la boca abruptamente, las comisuras apretándose con lo que Crowley reconoce como desaprobación y la expresión malhumorada que adopta cuando ve a clientes manoseando sus libros.

-Tú…¿tú hiciste un milagro con Muriel?-, repite secamente. -Creía…creía que eso era algo que hacíamos juntos…

Es el turno de Crowley de mirar fijamente con la boca abierta, con completa incredulidad porque Azirafel esté escogiendo este momento para ponerse celoso.

-Te estabas recuperando de una hemorragia casi mortal, Azirafel-, espeta Crowley. -No creo que estuvieras preparado como para hacer tu mitad de nuestros milagros de veinticinco Lázaros ¿verdad?

Azirafel no contesta, simplemente apretando los labios y arqueando las cejas malhumorado.

Crowley suelta un suspiro agotado. -Usé el poder residual angelical de nuestro milagro para fortalecerlo un poco-, admite reluctante, fingiendo no darse cuenta de que Azirafel parece ligeramente apaciguado al oír esto, finalmente dejando la mayoría de su desaprobación. -La niña estará segura hasta que averigües qué hacer con ella después. 

(Y Crowley valientemente ignora la forma en la que Azirafel frunce el ceño con su uso de la palabra “averigües” en lugar de “averigüemos”, su cabeza girando casi cómicamente rápida hasta volver a mirarlo fijamente, la sorpresa y el daño en sus ojos haciendo que el corazón de Crowley vibre dolorosamente.)

- ¿Cómo te sientes?-, pregunta rápidamente Crowley, esperando distraerlos a ambos.

Azirafel lo permite después de un momento, haciendo una mueca cuando mueve ligeramente sus alas desde donde todavía está tumbado boca abajo, acercándolas para plegarlas en su cuerpo pero solo llegando hasta cierto punto.

-Ciertamente mejor de lo que estaba…-, reflexiona, el dolor todavía evidente en su voz. -Aunque dolorido. No creo que pueda hacer desaparecer mis alas todavía…

-No lo intentes, entonces-, Crowley se encoge de hombros. -Podría causar más daño. Déjalas recogidas.

Azirafel asiente con la cabeza y agarra la sábana, tirando de ella hasta la barbilla con ambas manos mientras se da la vuelta con cautela y se levanta de la cama para apoyar la espalda contra el cabecero. Se acomoda con algunas muecas, ajustando sus alas en la postura menos dolorosa, y finalmente suspira pesadamente mientras vuelve a caer sobre las almohadas. Cierra los ojos con fuerza durante un breve momento antes de volver a abrirlos para ver a Crowley cogiendo la taza y el plato calentados por un milagro de la mesita de noche.

-Ten-, murmura Crowley, ofreciéndole ambos. -Té y tostadas.

-Oh, gracias...-, murmura Azirafel, arrugando un poco la frente con sinceridad, como si no esperara tanta amabilidad por parte del demonio. -Erm...

Pero, repentinamente incómodo, Azirafel no hace ningún movimiento para coger los artículos ofrecidos, retorciendo las manos en la sábana que aún sostiene de manera protectora contra su pecho mientras Crowley lo mira confundido, hasta que finalmente se da cuenta de que el ángel está cohibido por el hecho de que no lleva puesta una camisa.

-Oh, por el amor de alguien, Azirafel...-, espeta Crowley con impaciencia.

Poniendo los ojos en blanco de frustración, Crowley vuelve a colocar la taza y el plato en la mesita de noche con un estruendo y rápidamente hace aparecer una camiseta blanca de algodón debajo de su camisa negra. Aziraphale mira con los ojos muy abiertos mientras los dedos largos y diestros de Crowley se mueven rápidamente para desabrochar la hilera de pequeños botones de su camisa negra hasta que puede quitarse la suave tela de los hombros y se la lanza a regañadientes al ángel. Crowley frunce el ceño al pie de la cama, esperando mientras Aziraphale duda muy brevemente antes de coger la camisa, y para cuando murmura un suave agradecimiento y Crowley se da la vuelta para mirar, el ángel se la ha puesto hacia atrás para evitar sus alas y cubrirse el pecho al mismo tiempo.

(Y a Crowley no se le pasa por la cabeza hasta que Azirafel tiene su ropa, sin duda todavía cálida y oliendo como él mientras acepta finalmente el té y la tostada y se la come agradecidamente, que simplemente podría haber hecho aparecer la ropa con la que Azirafel llegó—todavía manchada con su sangre dorada y tirada en algún lugar de su salón—o incluso más simple todavía, simplemente conjurar una camisa nueva en lugar de quitarse la suya.

Pero la parte retorcida, posesiva y enamorada de Crowley prefiere con mucha diferencia la visión de Azirafel llevando su camisa en vez de su indumentaria celestial pálida, sosa.

Y Azirafel no protestó.)

Es un testimonio lo mal que se encontraba Azirafel en cómo saborea el tea insulso y la tostada seca como si fuera un plato del Ritz, suspirando felizmente y cerrando los ojos de placer con cada mordisco. Crowley le deja terminar, mirando fijamente la pared opuesta y no cediendo en su impulso profundamente arraigado de observarlo comer, antes de finalmente hablar.

-Entonces-, empieza una vez que los utensilios vacíos han vuelto a colocarse sobre la mesita de noche y Azirafel una vez más se ha vuelto a apoyar contra las almohadas, empezando a parecer adormilado. - ¿Me vas a contar lo que ha pasado? 

Azirafel mira a su regazo, arrugando el borde liso de la sábana entre sus dedos, claramente ansioso e intranquilo. - ¿Qué dije cuándo llegué?-, pregunta finalmente.

Crowley frunce el ceño hacia él. - ¿No te acuerdas?

-Era todo lo que podía hacer para permanecer consciente, Crowley-, señala Azirafel secamente. -Así que no, no me acuerdo.

(Y Crowley supone que eso significa que no se acuerda tampoco de sus disculpas antes de perder el conocimiento, lo cual sabe que no está aquí ni allí, aunque le hace sentirse extrañamente engañado.)

-Dijiste que el Cielo te había pillado e intentado matarte-, resume Crowley bruscamente.

Azirafel hace una mueca. -Ah, sí-, murmura. -Bueno, eso lo resume.

- ¿Te pilló haciendo el qué, Azirafel?-, sisea Crowley intentando no perder la paciencia.

Azirafel suspira otra vez, claramente no dispuesto a revelar detalles, un hecho que Crowley intenta fingir que no le perfora y pincha el corazón.

-Azirafel, ¿qué—

- ¡El Segundo Advenimiento!-, suelta el ángel exasperado y cediendo. -La Segunda Llegada. Eso es por lo que me llevó Metatrón. Yo tenía que organizar el Segundo Advenimiento.

Crowley boquea durante un largo y silencioso momento, luchando por digerir este trozo inesperado de información. Había oído acerca de los planes durante su pequeña excursión al Cielo, por supuesto, pero no se había esperado que, Azirafel, de todos los ángeles, fuera a ser puesto a cargo de ello.

-Tú…-, dice lentamente. -El ángel Azirafel—amante del Ritz, Jane Austen, y todas las cosas en la Tierra— ¿ibas a provocar el segundo apocalipsis?

- ¡No, por supuesto que no, Crowley!-, espeta Azirafel impacientemente, su voz agudizándose con su irritación. - ¡Estaba haciendo mi mejor esfuerzo para retrasarlo!

-Y, por curiosidad morbosa-, dice Crowley arrastrando las palabras intentando sonar desinteresado. - ¿Cuándo podemos esperar el fin del mundo esta vez?

Azirafel mira tarde hacia las sábanas. -No estoy completamente seguro pero…creo que puede ser cualquier día.

Crowley maldice en voz baja. 

-Por supuesto, no supe con lo que se me iba a encargar hasta que ya había aceptado-, admite suavemente Azirafel. -Y, bueno…pensé que podría detenerlo. Desde dentro. Ya sabes, como un agente doble.

Crowley parpadea hacia él, sin dejarse impresionar.

-Pero, como dije, me pillaron-, suspira Azirafel desinflándose. -Intentando sabotear papeles y corromper los planes. Intentaron…destruirme como castigo. Pero escapé justo a tiempo. O…bueno, casi.

Azirafel mueve sus alas dobladas con una risa autocrítica y la forma casual en la que se refiere a las heridas que casi lo dejan sin vida a la puerta de Crowley hace que el demonio apriete los dientes con frustración, a partes iguales furioso con la necedad del ángel y completamente sin sorprenderse de que trivializar su propio sufrimiento de tal manera.

-Casi moriste, Azirafel-, ruge Crowley. -No “inconvenientemente desincorporado”, claro está. Muerto. Y si no hubieras llegado aquí a tiempo lo habrías hecho.

Azirafel agacha la cabeza de nuevo, pareciendo afligido, antes de abrir la boca. -Grac—

- ¡No quiero tus gracias, Azirafel!-, ladra Crowley repentinamente furioso con él por conseguir alcanzar tal miedo en su completamente corazón roto. -¡Me asustaste, apareciendo aquí de esa manera! Pensé que estabas muer—

Azirafel levanta la mirada hasta su cara firmemente y las palabras de Crowley se secan en su garganta, la confesión emocional, malograda que fuera a hacer, evaporándose antes incluso de ser pronunciada y—como a menudo Crowley hace frente a la vulnerabilidad—toma en su lugar un giro hacia las acusaciones.

- ¡No deberías haberte marchado al Cielo y no deberías haber intentado detener el Segundo Advenimiento!-, dice forzosamente. - ¡Fue ridículamente estúpido y arriesgado y casi te costó la vida! Tú…¡idiota!

La cara de Azirafel se endurece en un instante y Crowley recuerda un poco demasiado tarde la última vez que llamó al ángel eso, sintiendo el horror caer como una piedra en su interior e inmediatamente arrepintiéndose de su elección de palabras.

(Y se pregunta si ese día en la librería continuará atormentándolos a los dos durante el resto de sus respectivas existencias.)

-Haré lo que tenga que hacer para salvar la Tierra-, declara Azirafel y Crowley reconoce el sonido de su fuerza interior, la voz del Guardián de la Puerta Oriental, la entidad a quien conoce mejor que a nadie no debería ser infravalorada y resiente el subidón de calor que fluye a través de él como respuesta. -Y tú eres la única persona en el mundo que creía que entendería eso.

El tono incriminatorio hiere a Crowley, la implicación de que el demonio debería estar de su lado en esto—como en todas las cosas antes—como si nada en absoluto ha cambiado entre ellos y él es el que está equivocado por ser cabezota.

(Y todo lo que le dice es que, mientras que Azirafel está preocupado acerca de perder la Tierra, todavía no entiende que Crowley ya ha perdido su mundo entero cuando Azirafel le dejó.)

-Bien-, sisea Crowley levantándose de repente de la cama. -En cuanto estés bien, puedes irte para continuar tu empresa descabellada. No seré parte de ello. Y además, estoy seguro de que de todas formas prefieres no tener que utilizar más mi ayuda…

Crowley se dirige a la puerta. -Simplemente soy un demonio imposible de amar.

Tiene la mano en el picaporte antes de que la voz de Azirafel suene desde detrás de él.

-Crowley.

Y, por mucho que no quiera, el tono de Azirafel le hace detenerse donde está en la puerta, algo fuerte que suena con un poder de arcángel previamente inédito y le dice a Crowley que—si tuviera la fuerza—Azirafel estaría levantado de la cama y físicamente impidiendo que saliera de la habitación. Tal y como está, Crowley solo gira la cabeza ligeramente hacia un lado, indicando que está escuchando pero negándose a enfrentarlo.

Azirafel habla de nuevo en tono de voz más suave. -...¿Honestamente crees que no te amo?

Todo el aire abandona los pulmones de Crowley y de repente está intensamente agradecido de no estar de cara al ángel cuando sus ojos se llenan de lágrimas tortuosas.

Inspira para reforzarse antes de contestar. -Creo que piensas que no puedes-, murmura bruscamente por encima de su hombro. -Lo cual es básicamente la misma cosa.

Y sale de la habitación cerrando firmemente la puerta tras él.


Crowley no vuelve a su habitación, dejando a Azirafel descansar y manteniéndose confinado al salón para estar enfurruñado, volviendo agradecidamente a su alcohol, aunque a regañadientes a niveles más bajos que antes de intoxicación, solo por si acaso Azirafel le necesita de nuevo.

(Y espera tanto como puede antes de abrir la puerta del dormitorio ligeramente, echando un vistazo al ángel, encontrándolo durmiendo profundamente de nuevo boca abajo con la cara alejada de la puerta, respirando lenta y regularmente y las alas dobladas y cercanas a su espalda.)

Cerca de doce horas más pasan antes de que algo cambie.

La noche ha caído fuera, abriéndose camino lentamente por el piso y Crowley una vez más no ha encendido ninguna de las luces del salón, prefiriendo estar de pie junto a la gran ventana apoyando el hombro contra la pared y mirando hacia fuera a la oscuridad en aumento, la mano aferrando su botella habitual. La única luz en el piso procede del brillo emitido por las farolas de la calle, dándole a la estancia—varios pisos más arriba—una sensación tenue, de otro mundo, con rincones oscuros y lúgubres.

A juego con el estado de ánimo de Crowley.

No se ha molestado en conjurar una nueva versión de su camisa negra típica, sin importarle demasiado en cambiar la camiseta de algodón blanca que hizo aparecer en su habitación, dejándola metida en la cintura de sus vaqueros negros. Las mangas cortas de la camiseta dejan que el frío del piso llegue hasta sus brazos desnudos pero Crowley mantiene la calidez con el fuego del alcohol deslizándose por su garganta y a su tripa.

(Además no importa. Serpiente o no, ha tenido frío cada día desde que Azirafel se marchó.)

Un cambio repentino e inesperado con energía angelical desde la parte de atrás del piso saca a Crowley de su deprimente ensimismamiento y, un momento después, el suave crujir de un listón de madera del suelo hace que gire la cabeza.

Azirafel está de pie en la puerta que da a la cocina observándolo.

Ya tiene mejor aspecto, algo de color en su cara haciendo desaparecer la palidez que permanecía, y Crowley se percata de que sus alas finalmente están ocultas, lo suficientemente curadas para estar en otro plano. Apartando la inmediata picada de tristeza, diciéndose a sí mismo que es estúpido el echarlas de menos, los ojos de Crowley viajan por la forma del ángel hasta que su corazón traidor de repente se salta un latido al notar que Azirafel se ha abrochado completamente su camisa negra. Esta vez bien colocada—ahora que sus alas no están—con las mangas demasiado largas enrolladas y los botones cerrados a lo largo de su pecho y contrastando bellamente con su pelo rubio pálido. Con un respingo, Crowley ve que ha metido los bordes sueltamente en los pantalones típicos del Cielo y la indumentaria negra y blanca es tan sorprendentemente diferente de su traje beige y tartán de los últimos cien años que Crowley apenas puede asimilarlo. 

Es un aspecto imponentemente bueno.

(Y Crowley tiene que esforzarse mucho para ahogar el inesperado destello de calor en su interior que aparece al ver a Azirafel correctamente vestido con su ropa.)

Perdido como está en su observación descarada, Crowley todavía no pierde el hecho de que Azirafel lo está mirando fijamente, sin decir una palabra mientras sus ojos parecen vagar por los brazos expuestos de Crowley, con una extraña expresión en su rostro. Después de un momento de tenso silencio entre ellos, Azirafel parece tomar una decisión y se mueve hacia la habitación, acercándose lentamente a Crowley donde todavía está parado inmóvil junto a la ventana. A medida que se acerca, Crowley observa mejor su rostro a la tenue luz y, captando su expresión, de repente reconoce lo que ve allí.

Intención.

Intención como un buey.

 

Oh.

Una cosa es saber a un nivel teórico, clínico, que Azirafel podría apreciar su cuerpo pero otra cosa muy diferente es verlo reflejado tan claramente en su cara. Crowley puede sentir su cuerpo reaccionar instintivamente a la atención, a la idea increíble de que Azirafel lo desea, en formas que ha estado reprimiendo durante milenios. De repente, su cuerpo ya no está frío con su camiseta de manga corta mientras la habitación se hace más cálida, el aire tornándose adictivo y el olor cercano y familiar de Azirafel se convierte en embriagador.

Azirafel se detiene frente a él y Crowley se gira para enfrentarlo, su espalda hacia la pared junto a la ventana y se miran fijamente sin mediar palabra. Entonces, Azirafel lentamente estira la mano para quitarle la botella, dejándola de lado sobre el alféizar de la ventana sin romper contacto visual y coloca una cálida palma sobre su pecho.

No es hasta entonces que Crowley recuerda que sus gafas de sol están abandonadas sobre la mesita del salón al otro lado de la habitación.

Y Crowley sabe que debería alejarlo, o huir, o al menos intentar evitar que le haga daño de nuevo pero, sin mucho aviso, toda lucha le abandona porque está muy cansado de estar enfadado. El primer beso entre los dos no fue lo que debería haber sido, no fue para nada lo que siempre había querido, y anhela mucho reemplazar el horrible recuerdo de Azirafel apartándose de él y sus desesperados labios antes de que le atormente durante el resto de la eternidad. Y la expresión ahora en la cara de Azirafel es muy diferente, algo oscuro, creciendo y hambriento, y el calor se enciende en el estómago de Crowley porque—a pesar de todo— nunca no deseará a Azirafel.

(Ese anhelo profundo hasta los huesos le ha mantenido cálido durante milenios, ardiendo dentro de él como una estrella acercándose a ser una supernova, atrapado en una brillantez eterna, incapaz de extinguirse o explotar, un compañero constante de calor y luz y deseo esperando a combustionar.)

Así que cuando Azirafel se inclina hacia delante para besarlo, Crowley no lo detiene.

Empieza con un simple roce de labios, suave y tentativo, un casi imperceptible toque pero aun así el diminuto punto de contacto todavía brilla con fuerza entre ellos y ambos dejan de respirar con sorpresa. Azirafel espera un segundo antes de hacerlo otra vez, con ligeramente un poco más de presión esta vez, apretando sus labios en más un beso contra los de Crowley durante un momento más largo que la primera vez antes de apartarse. Crowley mira fijamente su boca hasta que lo hace una tercera vez, posando su boca firmemente contra la de Crowley en algo más parecido a cuando estuvieron en la librería, una súplica por algún tipo de reacción, una respuesta, una reciprocidad.

Con el más diminuto de los indicios de una lengua cálida presionada contra el cierre de sus labios.

El deseo late a través de Crowley.

(Y se toma el más breve de los momentos para mirar a los ojos de Azirafel, encontrándolos oscuros y anhelantes y desesperados en una forma en la que solo han estado en sus sueños y eso es todo lo que le lleva a Crowley a rendirse completa y enteramente.)

Con una exhalación irregular se echa hacia delante, su boca abriéndose para empujar su lengua en la boca de Azirafel que esperaba, y el gemido que el ángel suelta con el primer sabor de él manda un éxtasis galopante a través del pecho de Crowley. Su mano sube para sostener la nuca de Azirafel, sujetándolo cerca mientras explora su boca ávidamente y se apoya en la calidez de las palmas de Azirafel—ahora ambas—todavía presionando con urgencia contra su pecho a través de su delgada camiseta.

(Y Azirafel sabe a té y a luz y a hogar y Crowley quiere desencanjarse la mandíbula y consumirlo.)

Sus lenguas se enredan y acarician mientras se deleitan en besos profundos, explorando un ángulo hasta la saciedad antes de apartarse lo suficiente para que uno de ellos incline sus cabezas y vuelvan a ello. La mandíbula de Crowley le duele gratamente de la fuerza con la que mueve su boca contra la de Azirafel y Crowley puede sentir los huesos y músculos de la mandíbula del ángel flexionándose eróticamente bajo la mano que ha subido para sostenerlo ahí. El calor fluye cálido y embriagador a través de Crowley, regando sus venas como lava e incendiándole con cada impensable e innegable caricia de los labios de Azirafel.

La mano de Crowley se mueve hacia arriba por los rizos de Azirafel, las uñas ligeramente rozando su cuero cabelludo y el ángel gime de nuevo, fuerte y grave y un escalofrío le recorre tan intensamente que Crowley lo puede sentir en su cuerpo. De repente, Azirafel mueve sus manos, bajando por el pecho de Crowley hasta enlazarse bajo sus brazos y alrededor de su espalda, aferrándose justo debajo de sus escápulas. Es sorprendentemente similar a donde tan brevemente le tocó en mitad de la librería y Crowley reprime un escalofrío por el recuerdo desagradable, pero el tacto de Azirafel es afortunadamente diferente esta vez. Es mucho más firme e inquebrantable, tirando de él hacia el cuerpo de Azirafel mientras él le empuja contra la pared al mismo tiempo, aplastando sus pechos juntos ansiosamente y atrapando a Crowley ahí en sus brazos, y no hay absolutamente ningún otro sitio en el que Crowley prefiera estar.

Azirafel se aleja de su boca con un jadeo, evitando los labios de Crowley traviesamente cuando éste le persigue insistentemente por más, moviéndose en su lugar para posar cálidos y húmedos besos contra su mandíbula y bajando por su cuello. Lame y chupa mientras baja, haciendo de Crowley una comida como la más fina del Ritz y Crowley no puede evitar dejar caer la cabeza hacia atrás para golpear la pared con un ruido. Suelta un gemido profundo que hace que Azirafel se junte más para sentirlo, inclinando su cabeza para proporcionarle un mejor acceso y cerrando sus ojos para deleitarse en el placer de ello.

Llegando a su hombro, Azirafel aparta el cuello suelto de su camiseta para pasar sus dientes contra la piel tersa entre el cuello y el hombro de Crowley y Crowley sisea en respuesta, pronunciando el nombre de Azirafel. El ángel presiona la parte inferior de sus cuerpos más en respuesta y Crowley de repente puede sentirlo duro y tenso contra su muslo y la necesidad explota dentro de él como fuego del infierno. Entonces, su cuerpo se mueve sin su permiso, sus manos volando hasta la cintura de Azirafel para mantenerlo cerca mientras se aparta de la pared, usando su impulso para cambiar posiciones, metiendo un muslo delgado entre los cálidos y gruesos muslos de Azirafel justo cuando su espalda golpea la pared y Crowley lo aprieta ahí con fuerza—

El grito de dolor repentino de Azirafel—fácilmente reconocible y sorprendentemente diferente a sus sonidos crecientemente familiares de pasión—deja helado a Crowley. En su cerebro nublado por la lujuria, había olvidado por completo las alas todavía curándose de Azirafel, ocultas en otro plano y su todavía sin duda sensible espalda. Preocupado e inseguro inmediatamente se aparta y mira la cara de Azirafel con preocupación pero antes de que pueda empezar a entrar en pánico o intentar separarse…

Azirafel los cambia de posición en una exhibición de su fuerza oculta que es tan salvajemente excitante que lleva de vuelta a Crowley justo a donde estaban antes de que su descuido les interrumpiera. Pero con un esfuerzo considerable Crowley permanece inmóvil, todavía dudoso y reticente—como siempre—a hacerle daño a su ángel, preguntándose si debería hablar y poner punto y final a todo esto cuando Azirafel se le adelanta.

-Crowley…-, murmura Azirafel, en realidad hablando por primera vez desde su discusión en el dormitorio, su voz baja y suplicante, y roza sus labios sobre los de Crowley—suavemente, como la cosa que empezó todo esto—en una súplica silenciosa para continuar. -Por favor…

Incapaz de resistirse, Crowley sucumbe con un gruñido, tirando con insistencia de las caderas de Azirafel hasta que Crowley mete de nuevo un muslo entre los suyos y Azirafel gime por la presión justo donde la quiere. Crowley rápidamente atrapa su boca otra vez para tragarse impacientemente el sonido antes de apartarse para moverse hacia el cuello de Azirafel, pellizcando y mordiendo afiladamente antes de lamer cada pequeño daño con su lengua. Azirafel jadea ante las sensaciones duales y sutilmente empieza a mover las caderas, apretando contra el muslo de Crowley y Crowley nunca antes ha estado más excitado, sus manos moviéndose sin descanso sobre las caderas y el trasero de Azirafel, tirando y empujando y animándole a moverse.

Y lo hace, moviéndose más rápido y más insistente hasta que—superado—Crowley hunde sus dientes en su cuello, presionando su lengua contra su cálida y exquisita piel al mismo tiempo antes de chupar con fuerza y Azirafel suelta un gemido grave y deja de moverse al mismo tiempo, una humedad cálida creciendo en el muslo de Crowley que puede sentir incluso a través de sus capas de ropa, y se mueve desesperadamente dentro de los confines de sus vaqueros en solidaridad.

Azirafel entierra la cara en el cuello de Crowley y Crowley retiene su ardor con dificultad, tenso como una cuerda contra la pared mientras Azirafel se apoya pesadamente en él, su respiración caliente bañando agradablemente su piel. Pero posa besos tranquilizadores en el pelo con olor dulce de Azirafel que los calman a ambos mientras el ángel vuelve en sí y Crowley se deleita silenciosamente en el breve respiro de paz entre los dos. Continúa hasta que Azirafel parece volver en sí y de repente el ángel no pierde el tiempo en deslizar una mano entre los dos, desabrochando con destreza los vaqueros de Crowley y metiendo la mano dentro para envolver dedos cálidos a su alrededor.

Y entonces Crowley se pierde al placer—se pierde a Azirafel—mientras se mueve desesperadamente en su mano y escucha mientras el ángel susurra afectuosas alabanzas intercaladas con preciosas expresiones de su nombre, el tono de voz del ángel salido de algo parecido a los sueños más anhelantes y deseosos de Crowley hasta que finalmente se deshace entre ellos y Azirafel lo sostiene durante ello, colocando la cabeza de Crowley para descansar bajo su barbilla cuando se deja caer derretido contra la pared.

No es hasta varios minutos de dicha después que la calidez empieza a salir de él, el frío del piso y los últimos meses volviendo a invadir sus extremidades y Crowley suave pero firmemente se aparta de Azirafel, hace un milagro para limpiarlos a los dos y se recoloca negándose a mirar al ángel hasta que vuelva a estar como antes.

(Al menos en el exterior porque no hay forma de que su interior—su cerebro y su corazón y su alma—vuelvan alguna vez a ser los mismos.)

Porque con el frío se desliza el desagradable recuerdo de sus discusiones dolorosas y sus vastas diferencias, las cosas que, para empezar, los llevaron a este punto y—con un respingo violento—Crowley se da cuenta de que a pesar del enorme abismo de un límite que han superado juntos en los últimos minutos todavía hay mucho terreno que tienen que cubrir.

Así que aunando su coraje y mirando a los bellamente iluminados ojos de Azirafel y sus mejillas sonrojadas, su piel llena de chupetones, su ropa—la ropa de Crowley—deliciosamente alborotada y su injusta y tortuosamente esperanzada expresión, Crowley lamentablemente mata su profundo deseo de llevar a su ángel a la cama y olvidar todo y en su lugar dice cuatro palabras que saben que son la última cosa que Azirafel quiere oír.

(Y en el proceso, se rompe su propio corazón otra vez.)

-Esto no cambia nada.

-Lo sé.


Su próxima pelea es temprana en la mañana siguiente.

Después de pasar una de las noches más largas de su vida en el sofá limpiándose furiosamente las lágrimas y preguntándose el por qué de su maldita existencia, Crowley se recompone a tiempo de ver el amanecer. Con ello llega Azirafel, quien sale de la cocina con una réplica conjurada de su atuendo normal, curado y de vuelta casi a su fuerza completa, para encontrar a Crowley despatarrado en su trono y bebiendo su desayuno, también llevando su vestimenta típica toda negra. 

Incluyendo las gafas de sol.

(Y Crowley finge no notar la manera en la que la mirada de Azirafel es inmediatamente atraída a la pierna que ha echado por encima del brazo izquierdo de la silla, el tragar seco audible desde el otro lado de la habitación, antes de que visiblemente se centre y hable.)

-Necesito que me ayudes a salvar el mundo.

Crowley seca lo que le queda en la botella antes de chascar los dedos para hacerla llegar a la cocina, esforzándose por no reírse sarcásticamente en voz alta ante la ridícula frase, en su lugar apuntando vagamente hacia el desinterés.

-Creía que ibas a cambiar el Cielo-, remarca Crowley, su tono decididamente jocoso en las últimas dos palabras.

La mandíbula de Azirafel se aprieta.

-Me equivoqué-, dice simplemente y Crowley intenta no parecer sorprendido por la inesperada confesión, meramente alzando una ceja en su lugar. -Y tú tenías razón-, añade Azirafen en el mismo tono realista, dejando perplejo a Crowley una vez más.

(Y no hay baile acompañando las palabras pero Crowley no querría ver uno, su estúpida tradición demasiado trivial para esto, el más monumental de los cambios en su relación de seis mil años que todavía está en desarrollo.)

Azirafel sigue hablando antes de que Crowley pueda responder. -Tenías razón-, repite. -El Cielo y yo no coincidimos. Y no pueden ser cambiados. Pero tenía que intentarlo.

Crowley mueve la boca, queriendo rebatir su última frase pero sabiendo muy en el fondo que tiene razón. Está en la naturaleza de Azirafel intentar y, al final del día, tenía que ver por sí mismo que era inútil. Nada de lo que Crowley pudiera haber dicho le habría convencido de lo contrario y—por mucho que Crowley pueda odiar admitirlo a sí mismo—esa tenacidad, determinación y dedicación a la bondad son algunas de las cosas que más ama acerca de él. 

-Pero eso es exactamente por lo que necesitamos salvar el mundo. Somos los únicos que lo harán-, continúa Azirafel, firme y decisivo hasta su próxima frase donde titubea ligeramente. -Pero no puedo hacerlo solo y yo…necesito tu ayuda.

Crowley le mira fijamente a través de sus gafas de sol, pensando.

(Porque a pesar de que eso exactamente no haya sido una disculpa, ha sido una admisión de culpa, lo cual es mejor que nada pero Crowley todavía está cuidando su corazón roto, habiéndolo roto más por los eventos de la noche anterior, y no planea dejar ir a ese dolor en un futuro cercano.)

- ¿Por qué querría ayudarte?-, pregunta bruscamente.

Azirafel parece que había estado esperando la pregunta, su respuesta preparada en sus labios. -Porque amas al mundo tanto como yo.

Crowley frunce los labios e inclina la cabeza adelante y atrás en una reflexión exagerada, regodeándose en cierta manera perversa en ser difícil. -Para ser honesto, no estoy seguro de que lo haga ya-, murmura, la amargura reforzando su voz. -Perdió todo el atractivo durante los últimos meses ¿sabes?...Además, nada dura para siempre ¿verdad?

El labio inferior de Azirafel tiembla ante eso pero permanece estoico. -Crowley, por favor-, suplica. -Tienes que ayudarme.

- ¿Por qué?-, exige Crowley desagradablemente.

- ¡Porque no podemos ser un nosotros sin un mundo al que llamar nuestro!

La mandíbula de Crowley se cierra y maldice internamente, sintiendo un tirón cruel en su corazón herido y sangrante, y una resignación conocida que significa que está a punto de rendirse y darle al ángel cualquier cosa que quiera.

(Y Crowley pretende que no lo ha sabido todo el tiempo, muy en su interior, desde que Azirafel apareció con sus alas manchadas de dorado y un bebé en sus brazos.)

-Está bien-, gruñe Crowley alzándose de su trono y frunciendo el ceño por la apenas disimulada sonrisa de Azirafel. -¡Pero esto no significa que te haya perdonado!

-No pasa nada-, murmura Azirafel, calmado y tranquilo ahora que se ha salido con la suya. -No me importa esperar.

Y va cumplidamente detrás de Crowley mientras camina furiosamente hacia la puerta, chasqueando los dedos para invocar las llaves del Bentley.

-Tanto tiempo como sea necesario…


En una hora están en Soho caminando hacia la librería, movidos por la típica muchedumbre de un día entre semana en mitad de la tarde. Crowley aparca el Bentley una calle más lejos por precaución no sabiendo quién aparte de Muriel estará en la librería a estas horas y cauto por otros ángeles bajando del Cielo para hacer una inesperada visita.

Especialmente aquellos que quieren hacerle daño a Azirafel.

(Porque mientras no tiene ninguna duda de que Azirafel vaya a perdonar a los ángeles que intentaron destruirlo si lo piden, Crowley nunca olvidará lo inútil que se sintió cuando gritaba y se revolvía de dolor en sus brazos.)

El ángel en cuestión camina delante de él, inconsciente de los instintos protectores saltando por la superficie de la piel de Crowley como una corriente eléctrica, felizmente señalando el camino hacia su querida librería y charlando sin cesar sobre su hombro con Crowley todo el tiempo.

-...y mientras que estoy seguro de que Muriel está haciendo un trabajo maravilloso con la niña, debería devolverla a su familia lo antes posible. Hice un pequeño milagro para que no la echaran en falta, por supuesto pero aun así me siento terriblemente culpable—

Giran la esquina hacia la calle Whickber y los agudos ojos de serpiente de Crowley pasan sin descanso por la zona familiar, cuidadosamente escrutando la gente caminando en cada dirección mientras se mantiene cerca detrás de Azirafel, manteniéndose protectoramente a simples centímetros detrás de él, y su ojo rápidamente se va a The Dirty Donkey para ver…

A un grupo de entidades sobrenaturales vestidos de blanco saliendo del ascensor.

- ¡Ángel!-, sisea Crowley.

-...y creo que después de que veamos cómo están y pensar en qué hacer después, probablemente deberíamos—

Su frase es interrumpida cuando Crowley se estira para coger su codo y tirar de él hacia atrás al callejón más cercano, cogiendo dos puños de las solapas de Azirafel—un acto que se está convirtiendo rápidamente en uno de sus pasatiempos favoritos—y empujándolo hacia la relativa oscuridad contra la pared de ladrillo detrás de un gran contenedor.

-Una hueste de ángeles acaba de salir del ascensor, dirigiéndose a la librería-, explica Crowley en un susurro siseante, permaneciendo presionado firmemente contra Azirafel mientras se inclina disimuladamente alrededor del contenedor para observarlos. -Tenemos que escondernos aquí hasta que se marchen…

-De acuerdo.

Frunciendo el ceño hacia las espaldas de los ángeles caminando por Whickber Street, su ropa de un blanco prístino y puro, Crowley siente su rabia de la noche en la que Azirafel apareció volviendo a la vida en su interior, sus dedos picándole con poder sin liberar desde donde todavía están enredados en las solapas de Azirafel. 

-No te preocupes, ángel-, gruñe casi para sí, observando cuidadosamente cuando llegan a la puerta de la librería. -No dejaré que te hagan daño otra vez…

Crowley enseña los dientes furiosamente considerando exactamente cómo podría salirse con la suya haciendo un milagro particularmente desagradable en retribución, tal vez un piano de cola cayendo sobre ellos desde arriba o una alcantarilla abriéndose para tragárselos desde abajo o incluso—

-Oh, no podrías estar más equivocado, querido-, dice Azirafel inesperadamente, sacando a Crowley de sus ensoñaciones para que lo mire fijamente confundido, sorprendido al encontrar un brillo ligeramente morado dominado los ojos grises de Azirafel junto con una sonrisa oscura que nunca antes ha visto. -No dejaré que te hagan daño.

(Y Crowley jura que puede sentir un retumbar de poder atravesar el cuerpo de Azirafel desde donde están presionados juntos y se da cuenta al mismo tiempo de que ha infravalorado gravemente al Antiguo Arcángel Supremo y Guardián de la Puerta Oriental, quien usa su corporación discreta y las conclusiones resultantes que se sacan de él como un arma valiosa, un ángel que necesita de la protección de Crowley tanto como Muriel necesita acceso a aparatos eléctricos, un hecho que llena a Crowley de orgullo, asombro y no poca cantidad de excitación.)

Y a pesar del claro sentimiento de que está más que contento de cuidar de los dos, Azirafel ahora mismo parece más que feliz de relajarse aparentemente teniendo absoluta fe en Crowley para mantenerlo a salvo, el pensamiento enviando olas de protección y adoración a través de Crowley y sabe que nada en el Cielo o el Infierno lo detendrá si es necesario interponerse entre el peligro y Azirafel.

(Y se le viene a la mente claramente la primera vez que puso a Azirafel contra una pared—en un antiguo convento antes del primer apocalipsis—cuando su objetivo había sido el de asustar e intimidar al ángel, enseñando los dientes y con los ojos quemando, mientras que Azirafel simplemente le había mirado, los ojos moviéndose desde su mirada cubierta por las gafas hasta los labios delgados estirados sobre los dientes afilados, sin preocuparse en lo más mínimo de que estuviera siendo amenazado por su enemigo hereditario. Porque sabía en el fondo que Crowley nunca le haría daño. Y a pesar de todo lo que ha pasado, ambos saben que eso nunca cambiará.)

Apartando los ojos de los de Azirafel—los cuales están volviendo lentamente a su color habitual—Crowley vuelve a mirar hacia la librería para ver la puerta cerrarse detrás de Uriel. Volviendo de nuevo detrás del contenedor y relajándose un poco ahora que están fuera de peligro inmediato de ser descubiertos, Crowley siente a Azirafel moverse muy ligeramente contra él—presionados de pies a cabeza como están—y la sensación placentera le recuerda repentinamente a la noche anterior cuando presionó al ángel contra una pared bajo circunstancias completamente diferentes.

Y el grito de dolor resultante que había desgarrado sin piedad el interior de Crowley.

Girando la cara de nuevo para enfrentar al ángel de nuevo, Crowley reacciona instintivamente ante la idea de Azirafel sufriendo dolor, preparado para saltar hacia atrás y pedir disculpas efusivamente, mirar su espalda para ver si hay alguna complicación con su herida, maldecirse a sí mismo por su estupidez infinita—

Pero Azirafel simplemente le mira agradablemente, sin evidencia de dolor o incomodidad en su cara, sus cálidos ojos grises pasando felizmente por las facciones asustadas de Crowley.

De hecho, parece bastante contento aquí completamente rodeado por Crowley, mirándolo con completa confianza y cariño y Crowley de repente es consciente de Azirafel agarrando su cintura delgada firmemente, sus manos cálidas incluso a través de su ropa, anclándose a sí mismo contra él.

- ¿Estás…estás bien, ángel?-, susurra Crowley nerviosamente observando los ojos de Azirafel inmediatamente moverse para observar sus labios mientras habla. - ¿Tu espalda? ¿No te estoy haciendo daño?

-Oh, no-, le asegura tranquilamente Azirafel. -Estoy perfectamente bien donde estoy, amigo mío, gracias.

Y las manos de Azirafel se aprietan imperceptiblemente alrededor de la cintura de Crowley, poniéndolo un poco más cerca de la curva de su cuerpo, los labios de Azirafel moviéndose en una sonrisa por la sensación y lentamente apoya la cabeza contra la pared de ladrillo con un suspiro satisfecho, sosteniendo la mirada de Crowley durante todo el tiempo.

Crowley siente el calor encenderse en lo profundo de su estómago otra vez.

-Ángel-, gruñe en advertencia. -Ahora no es el momento.

Pero Azirafel simplemente mueve las cejas, su boca moviéndose hacia arriba en una sonrisa traviesa.

(Y Crowley tiene que esforzarse mucho para no ser atraído por el claro desafío en sus ojos, el hecho de que la mente de Azirafel aparentemente haya ido exactamente al mismo sitio que la de Crowley, con una invitación completa escrita en cada línea relajada de su cuerpo contra el suyo, y Crowley inhala profundamente varias veces, forzosamente apartando su excitación.

Ahora mismo no pueden permitirse estar distraídos.)

Sintiendo un cambio de energía angelical, Crowley aparta la mirada de la de Azirafel con dificultad y cautelosamente vuelve a mirar alrededor del contenedor para ver la hueste de entidades celestiales marcharse de la librería y dirigirse rápidamente de nuevo hacia el ascensor.

-Se marchan…

Crowley espera hasta que las puertas del ascensor se hayan cerrado y se haya vuelto a transformar en el pub modesto que normalmente es antes de soltar las solapas de Azirafel y dar un paso atrás con reluctancia, pretendiendo no notar el pequeño suspiro triste del ángel y el mohín de sus labios por perder el contacto.

-Venga, vamos…-, murmura Crowley.

Esta vez, va él primero, saliendo del callejón y atravesando la calle hasta la librería, abriendo la puerta al tintineo agradable de la campanilla y cruzando el umbral familiar con Azirafel en sus talones. Crowley mira por encima del hombro para ver a Azirafel cerrar cuidadosamente la puerta tras ellos, echar la llave y darle la vuelta al cartel a “cerrado”. Asintiendo con aprobación, Crowley se gira para mirar en la tienda y—al no ver una cara sonriente asomándose desde detrás de una estantería para saludarlo—llama al ángel ausente.

- ¿Muriel? ¿Estás aquí? ¿Dónde estás?

Un golpe amortiguado suena desde arriba antes de que la voz de Muriel flote escaleras abajo.

- ¿Señor Crowley? ¿Es usted? ¡Estoy arriba, por favor dese prisa!

Intercambiando una mirada alarmada con Azirafel, ambos inmediatamente se dirigen hacia la escalera en espiral negra que lleva a la planta de arriba, Crowley subiendo los escalones de tres en tres con sus piernas largas y Azirafel siguiendo ligeramente detrás de él. Llegando al rellano, Crowley va directo a la habitación donde Muriel y él colocaron la cuna para la niña y, mientras se acerca, pasa a través de la energía brillante de su milagro, manteniendo una protectora burbuja divina alrededor de Cristo reencarnada. El sonido de los pasos de Azirafel siguiendo de cerca tras él—sin impedimento alguno por la barrera, justo como Crowley había querido—es casi ahogado por los repentinos llantos ensordecedores de un bebé muy descontento.

Entrando a la habitación con Azirafel mirando por encima de su hombro con preocupación, Crowley encuentra a Muriel nerviosamente caminando por el suelo de madera, frenéticamente arrullando a un montón de mantas gritón con lágrimas corriendo por sus mejillas. 

- ¡Señor Crowley!-, grita Muriel por encima de los sollozos desproporcionadamente fuertes saliendo de sus brazos. - ¡Y Antiguo Arcángel Supremo Azirafel! ¡Oh, gracias por estar aquí! ¡No puedo…no puedo hacer que deje de llorar! 

Crowley suelta un suspiro, intentando ralentizar su corazón, aliviado de que no haya peligro inmediato, solo un bebé extremadamente enfadado.

-Dámela-, gruñe dando un paso adelante y estirando los brazos.

Muriel no discute, poniendo sin más el montón chillón de mantas en sus brazos.

-Le he cambiado el pañal, dado de comer, ha echado el aire ¡justo como los libros dicen!-, solloza Muriel. -Pero…¡pero no se calma! ¿Qué he hecho mal?

-No has hecho nada mal, queride-, dice Azirafel desde la puerta. -A veces los bebés simplemente lloran. Es…una cosa humana. Los libros no te podrían haber contado eso ¿ves?

Crowley no le presta atención a los dos ángeles, en su lugar centrándose en calmar al bebé. Colocando su diminuto cuerpo en sus brazos, aparta una de las mantas que ha subido sobre su cara en su nervioso movimiento y pasa la parte de atrás de su dedo ligeramente sobre sus mejillas para limpiarle las lágrimas, acercándola a su pecho y empezando a moverla suavemente.

-Bien-, le murmura suavemente. - ¿Qué pasa aquí, entonces?

Los llantos disminuyen ligeramente en volumen pero no del todo así que Crowley hace ruidos para tranquilizarla y mueve al pequeño montón para apoyarla recta contra su pecho, metiendo su cara en su cuello y acariciándole la espalda. Moviéndose ligeramente adelante y atrás Crowley continúa susurrándole.

-Ahora es hora de calmarse, pequeña-, le murmura suavemente manteniendo su voz baja y grave en su pecho. -Te sentirás mucho mejor después de dormir un poco, créeme…

Lentamente, los llantos empiezan a bajar en volumen y frecuencia, pronto convirtiéndose en gemidos sin ganas y sorbos de nariz mientras Crowley mece al bebé suavemente y acaricia su espalda, continuando con los ruidos suaves y hablándole. Solo pasan unos pocos minutos más antes de que la niña se quede callada por completo, cayendo en un sueño profundo y agotado sobre su hombro mientras Crowley camina lentamente adelante y atrás por la habitación, acunándola más en la inconsciencia con el movimiento repetitivo.

(Y en sus vueltas alrededor de la habitación, Crowley no se pierde el hecho de que Azirafel le está mirando fijamente, la expresión en su cara una mezcla extraña de asombro, adoración y anhelo, y Crowley hace lo mejor que puede para evitar encontrarse con su mirada al mismo tiempo que egoístamente absorbe la atención como si fuera una planta que está hambrienta de luz de sol.)

-...usted, Antiguo Arcángel Supremo Azirafel?-, está diciendo Muriel aparentemente a nadie, la atención de Azirafel todavía completamente ocupada por Crowley y la niña durmiendo sobre su pecho. -Discúlpeme, Antiguo Arc—

-Ángel-, murmura Crowley interrumpiendo a Muriel, incapaz de escuchar de nuevo el título en su totalidad.

- ¡Oh!-, Azirafel vuelve en sí con el sonido de su voz, sacudiéndose ligeramente y apartándose forzosamente de Crowley. -Lo siento muchísimo, queride, ¿qué decías? Y simplemente “Azirafel” está bien, por favor.

-Oh, de acuerdo. Um, Azirafel-, repite Muriel siempre obediente a pesar de ligeramente torpe. -Estaba diciendo que algunos arcángeles acababan de estar aquí. ¿Quieres saber lo que dijeron?

-Oh, sí, queremos saberlo, desde luego-, Azirafel se apresura a confirmar, hablando por Crowley. -Si estás dispueste a contárnoslo, desde luego. Yo…eh, ¿doy por supuesto que no fueron capaces de detectar la presencia de la niña?

- ¡Oh, no!-, dice felizmente Muriel. -¡El milagro que el señor Crowley y yo hicimos funcionó de maravilla!

-Oh, maravilloso…-, dice Azirafel con ligeramente menos sinceridad, echando una mirada de soslayo a Crowley y entrecerrando los ojos con la expresión burlona que ve ahí, antes de volverse hacia une ajene Muriel. - ¿Qué tenían que decir, entonces, queride?

Crowley escucha en silencio mientras Muriel les cuenta acerca de la visita sorpresa de los arcángeles, moviéndose ligeramente hacia delante y atrás donde está por puro instinto, a pesar de que el bebé en sus brazos duerme profundamente durante ello. Muriel les cuenta, entre el secuestro bien intencionado de Azirafel y la tapadera improvisada de Crowley, que han obstaculizado exitosamente los planes del Cielo para el Segundo Advenimiento. Y los ángeles que estuvieron en la tienda—inconscientemente a simples metros del niño Jesús que tan desesperados estaban por encontrar—estuvieron bastante descontentos porque Muriel no les pudiera ofrecer ninguna ayuda o información, dedicade a su papel de intérprete como lo estaba.

-Pero, por el lado bueno, ¡eso significa que no pensaron en nada para discutir su plan justo delante de mí!-, dice Muriel felizmente, sus ojos expresivos y anegados traicionando sus sentimientos verdaderos. -Puede que esté al cargo de una embajada celestial en la Tierra pero todavía soy une escriba del trigésimo séptimo orden, después de todo…

(Y Crowley siente que sus ojos se entrecierran detrás de sus gafas por el daño obvio que Muriel intenta y falla en esconder, su siempre resentimiento hacia el Cielo y aquellos que deberían ser condenados, ángeles de superioridad moral, encendiéndose en su pecho y ve que el ceño de Azirafel se frunce también en solidaridad así como también el ligero movimiento en sus hombros que le dice a Crowley que está pensando en todo lo que esos ángeles son capaces de hacer.)

- ¿Entonces, cuál es su plan?-, Crowley habla por primera vez en largo tiempo, manteniendo su voz baja y tranquila para no despertar a la niña.

-Iniciarán una guerra con el Infierno.

Crowley y Azirafel intercambian una mirada horrorizada.

- ¿Por qué?

- ¿Cuándo?

Hablan a la vez y Muriel mira nerviosamente entre los dos antes de contestar primero a Azirafel.

-Sin el Mesías para traer el Juicio Final, el Cielo quiere todas las almas humanas para ellos, pero…eso también lo quiere el Infierno-, explica Muriel vacilante. -Así que, van a la guerra…mañana.

- ¿Mañana?-, jadea Azirafel, solo esta vez mientras Crowley empieza a caminar otra vez detrás de él, más rápido y más nervioso que antes.

-Sí, la Segunda Guerra-, dice Muriel con consternación. -En un lugar llamado…¿Tadfield?

Crowley hace un ruido burlón. -Vuestra gente no son nada sino predecibles-, ruge, todavía moviéndose por la habitación, sujetando la reencarnación de Cristo protectoramente contra su pecho. -Sois criaturas de costumbres…

Oye a Azirafel inhalar y exhalar temblorosamente durante unos pocos momentos antes de recomponerse y dirigirse a Muriel. -Gracias, queride-, dice sinceramente. -Me doy cuenta del riesgo que estás tomando al contarnos esto. Es muy amable de tu parte.

-No hay de qué-, dice diligentemente antes de moverse intraquile sobre sus pies. -No estoy segure de porqué, pero creo que ha sido lo correcto de hacer. Sé que no he pasado mucho tiempo aquí pero… yo…yo también amo la Tierra.

La mirada de Azirafel se suaviza incluso más y Crowley tiene que apartarse del amor angelical que irradia, tan puro y poderoso que incluso él puede verlo.

(Pero Crowley cree a pesar de sí mismo que puede que haya más de un ángel decente que haya bajado del Cielo y haya aterrizado en una librería.)

- ¿Por qué no te tomas un descanso, Muriel?-, sugiere amablemente Azirafel. -Has estado trabajando muy duro cuidando de la niña. Nosotros la cuidaremos durante una o dos horas ¿qué tal si te dejas caer por la cafetería de Nina para tomar una agradable y caliente taza de té? No tienes porqué beberla, por supuesto, pero puede ser relajante igualmente.

Reflejando alivio, Muriel asiente en conformidad rápidamente y no pierde tiempo en salir deprisa de la habitación. Crowley y Azirafel le oyen bajar por la escalera en espiral antes de que el ruido de la campanilla sobre la puerta flote escaleras arriba. Crowley continúa moviéndose por la habitación incapaz de ralentizar su paso con la paranoia y el miedo que habían empezado a retorcerle las tripas al oír la información de Muriel, nervioso, y al límite y asustado—

- ¿Crowley?

Crowley se da la vuelta para mirar a Azirafel, reaccionando en defensa incluso al conocido sonido de su voz, sus instintos gritándole coger al ángel y huir hasta el sistema estelar más cercanos, escondiéndose ambos en un esfuerzo para evitar el dolor que recayó sobre él la última vez que los ángeles y demonios decidieron empezar una guerra.

-Estás prácticamente echando humo, querido-, le dice suavemente Azirafel, su tono de voz tan suave y tranquilizador como el de Crowley cuando estaba calmando al bebé. -Despertarás a la niña. ¿Por qué no me la das?

Azirafel da un paso adelante tentativamente y estira las manos y, con un suspiro derrotado, Crowley cuidadosamente aparta al bebé durmiente de su hombro y la pasa a los brazos del ángel. Apenas se mueve en el traslado, acurrucándose fácilmente en la curva del brazo de Azirafel y el ángel sonríe hacia su forma inconsciente, incapaz de evitar hacerle ruiditos suaves.

(Y la imagen de Azirafel con sus familiares rizos blancos y su pajarita de tartán, acunando a un bebé durmiendo con el amor casi saliéndole por los poros, abrazando esa necesidad angelical instintiva de escudar y proteger que es tan únicamente él, es tan abruptamente preciosa para Crowley que siente algo calmarse y asentarse en lo profundo de su ser, y sabe que cuando esta guerra llegue mañana, estará donde quiera que esté Azirafel.)

-Ángel-, murmura suavemente, apartando la atención de Azirafel del bebé. -Ven aquí…

Sintiéndose repentinamente agotado, Crowley le hace un gesto a Azirafel para que lo siga y se dirige a la raramente usada y considerable cama puesta contra la pared, completa con un edredón de tartán. Se quita las gafas, la arroja sobre la mesita de noche y se sube hasta la mitad del colchón, sentándose con la espalda contra el cabecero y asiente hacia el edredón junto a él en invitación.

Azirafel simplemente le mira fijamente con sorpresa.

-Si vamos a ser niñeras durante las próximas horas bien podemos ponernos cómodos-, dice Crowley pragmáticamente.

El ángel resopla una suave risa y luego asiente, subiéndose cuidadosamente a la cama junto a Crowley, consiguiendo imitar su posición contra el cabecero sin mover demasiado a la niña. Deja unos centímetros de espacio entre los dos y se queda bastante rígido, aparentemente temeroso de que su tacto—aunque involuntario—no sea bien recibido.

Crowley suspira otra vez, sintiendo algo en su interior desenroscarse y rendirse.

Con una sensación como la de hundirse en un baño caliente después de estar fuera en el frío, Crowley lenta pero seguramente coloca su brazo alrededor de los brazos de Azirafel. Oye la suave inhalación en respuesta pero—cuando deja su brazo donde está y espera—Azirafel lentamente empieza a relajarse, la tensión derritiéndose de su cuerpo cuando se hunde hacia Crowley, acurrucándose hasta que su cabeza se apoya sobre el hombro de Crowley.

 (Y, durmiendo o no, Crowley siente que podría descansar aquí para siempre.)

Eventualmente, Azirafel rompe el cálido y doméstico silencio.

- ¿Supongo que quieres dirigirte a Alfa Centauri?-, susurra, su tono tranquilo y libre de juicios, simplemente haciendo una pregunta de la que cree saber ya la respuesta.

Crowley sonríe tristemente para sí por encima de la cabeza de Azirafel. -No, ángel-, murmura, fingiendo no sentir al ángel ponerse rígido contra él con sorpresa.

- ¿No?-, repite Azirafel en shock. -¿Por qué diantres no? Si alguna vez hubo un tiempo…

Crowley murmura suavemente, pensando. -Bueno, esa es la cuestión ¿no?-,reflexiona. -Me gustaría visitar algún día pero…no hay pasteles allí ¿verdad? Ni tartas. Y ambos sabemos la gusa que te entra cerca de la hora del té…

(Siente más que oye el pequeño hipo de Azirafel ahogando las lágrimas y Crowley tiene que esforzarse mucho en abstenerse de posar un beso en sus rizos rubios, las muchas palabras sin pronunciar todavía permaneciendo entre ellos ocupando demasiado espacio para permitirlo.)

-Así que-, dice Azirafel después de un largo tiempo. -¿Nos quedamos y luchamos?

-Sí, ángel-, susurra Crowley. -Lucharemos. Pero no hasta mañana.

Entonces el silencio cae entre ellos mientras vigilan al ser pequeño y especial acunado en los brazos de Azirafel, su diminuta cara relajada y en paz durmiendo, sin duda soñando con el amor.


Cuando Muriel vuelve de la cafetería—felizmente con regalos de parte de Nina en la forma de un vaso para llevar con seis espressos y una bolsa de papel con pasteles de Eccles—la niña se ha despertado, Crowley le ha dado un biberón y Azirafel le está dando una vuelta por la planta de abajo de la librería, tomando gran placer en explicar las diferencias entre Austen y Brontë mientras Crowley observa entretenido desde el sillón.

Se van brevemente después de eso, Azirafel posando un suave beso en la frente del bebé antes de devolvérsela a Muriel y Crowley haciendo aparecer una serpiente verde de peluche la cual—cuando se la ofrece—es aferrada con ganas en un diminuto puño.

El Bentley casi conduce solo hasta Tadfield, conociendo el camino como lo conoce, pero Crowley agarra el volante fuertemente para hacer algo con las manos mientras Azirafel y él viajan en silencio. Llegan a la pequeña ciudad al acabar la tarde, el sol empezando a ponerse sobre las colinas y Crowley aparca el Bentley en la hierba al borde de un gran claro que ya vibra con una distintiva energía celestial y una sensación sombría ominosa.

Y se acomodan para esperar.

Continúan sentados en silencio cuando el sol se pone, el crepúsculo reptando en el asiento delantero del Bentley para hacerles compañía, cada uno de ellos perdido en sus propios pensamientos. Crowley se sienta tan despatarrado como puede en el espacio limitado, sus piernas largas estiradas junto a los pedales y el codo apoyado en la puerta para poder posar la cabeza contra su puño cerrado. No puede evitar llevar los ojos hacia Azirafel de vez en cuando, su mirada atraída hacia el ángel como siempre lo ha hecho, y Azirafel está sentado en calma e inmóvil en su típica posición, las rodillas juntas y las piernas dobladas en un ángulo perfecto de noventa grados con las manos juntas sobre su regazo.

El espacio entre ellos se siente muy ancho.

Cuando no está mirando a Azirafel, Crowley mira al campo vacío a través de sus gafas de sol, testarudamente negándose a quitárselas, la oscuridad que ha caído lentamente está siendo iluminada de nuevo por una creciente luna llena que parece casi tan brillante como el sol en el cielo negro. Piensa en la inminente guerra y en la muy real posibilidad de que el mundo llegue a su fin mañana. Crowley no se arrepiente de estar aquí con Azirafel antes de la destrucción potencial de su planeta favorito, una vez más al balanceándose al filo de la navaja de un apocalipsis y—como es su costumbre—pasándolo con el único ser que constantemente ha hecho que haya merecido la pena vivir su increíblemente larga vida.

(Después de todo, desde hace mucho tiempo ha sabido que la única razón por la que la Tierra es su lugar favorito es porque es donde está Azirafel.)

Pero la posibilidad de su destrucción trae a su mente todo lo que todavía está sin resolver entre ellos y, para cuando la luna ha alcanzado su cénit en el cielo, Crowley elige hablar, su voz ronca de horas en silencio y volviendo a la vida para suavemente llenar el espacio entre ellos en el asiento delantero del Bentley.

- ¿Alguna vez se te ocurrió pensar en lo que me estabas pidiendo hacer?

Por el rabillo del ojo, Crowley ve a Azirafel girarse para mirarlo en forma de pregunta y Crowley inhala para calmarse antes de girarse para encontrarse con su mirada, donde la belleza de la cara inquisitiva de Azirafel y su pelo blanco iluminado por la pálida luz de la luna casi le dejan sin aliento otra vez. 

-Dijiste que te pedí que renunciaras a tu fé-, aclara en voz baja Crowley, sin ser agresivo ni acusador, simplemente pronunciando un hecho como prefacio a su pregunta. -¿Alguna vez se te ocurrió pensar en lo que me estabas pidiendo hacer?

Azirafel simplemente frunce el ceño en confusión, sintiendo que su pregunta es más retórica que otra cosa y que tiene más que decir así que espera pacientemente.

-Pedirme volver al Cielo…actuando como si fuera un…un gran regalo-. Crowley mueve la boca tratando de hablar más allá de la emoción empezando a atascarle la garganta. -Sé que para ti podría parecer eso, ángel, porque es todo lo que has conocido pero…

La garganta de Crowley se mueve, apretándose como si intentara prevenir que sus siguientes palabras se pronuncien, el compartir verdades tan intensamente personales es tan antinatural de él que raya en lo doloroso y se ve obligado a apartar la mirada de Azirafel y bajarla hasta su propio regazo.

(Pero si quiere que ellos dejen en el pasado lo que pasó ese día en la librería, tiene que abrirse, jugársela, y exponer sus suaves, escamosas entrañas a la mirada crítica del ángel por mucho que vaya en contra de sus perfeccionados instintos de supervivencia, porque este es Azirafel y quiere desesperadamente sentirse otra vez seguro con él.)   

-Caer…Caer fue la cosa más dolorosa y horrorosa que me ha pasado nunca-, susurra Crowley, su voz saliendo más rota de lo que esperaba. -Sé que para ti parecía inevitable, ángel, pero verdaderamente no entendí el por qué. Todavía no lo entiendo. Solo…solo hice preguntas. Mi intención no era Caer. Amaba a Dios tanto como tú lo haces—tanto como todos los ángeles hacen—y Ella me expulsó, me rechazó, me lanzó al Infierno y se llevó el único amor que había conocido.

Con una fuerza sacada de algún lugar dentro de él, Crowley vuelve a mirar a los ojos a Azirafel y los encuentra bañados en lágrimas.

-Un momento estaba creando estrellas-, susurra. -Y al siguiente…me estaba arrastrando fuera de un lago hirviente de azufre con alas negras y un corazón roto.

Y Crowley ve como los ojos de Azirafel se desbordan, las lágrimas cayendo por sus mejillas.

-Desde ese momento en adelante supe que resentiría todo lo que el Cielo representaba-, respira Crowley como un secreto entre ellos. -Todas las cosas por las que no fui considerado lo suficientemente digno y todos los ángeles que me miraron con desprecio por haber Caído, nada salvo un despreciable y odioso demonio—una serpiente—que Cayó en desgracia junto con todos los otros despreciables que verdaderamente disfrutan del dolor y el sufrimiento. Pero eso es como todo el mundo me trataba, tanto el Cielo como el Infierno…así que imaginé que me lo tenía que merecer.

-Crowley…-, susurra Azirafel, la frente arrugada en dolor y empatía, las lágrimas todavía deslizándose por sus mejillas a una velocidad firme.

Pero Crowley no ha terminado.

(Necesita que lo entienda.)

-Pero entonces apareciste tú-, murmura Crowley, de nuevo incapaz de mirarlo a los ojos mientras su confesión más preciada sale de él. -De pie sobre la pared del Edén y miraste más allá de los ojos amarillos y me protegiste de la lluvia, y me mostraste la primera pizca de generosidad que había visto desde que Dios se llevó la Suya y supe justo ahí que estaba perdido…

Oye a Azirafel ahogar un sollozo y resiente lo que tiene que decir después.

-Así que cuando estuviste tan emocionado de decirme que podía volver—volver a ese lugar y a esos ángeles—de volver a convertirme en algo que nunca seré otra vez…lo sentí como si estuvieras feliz de que finalmente pudieras arreglarme. Como si todo este tiempo hubiera sido una cosa rota y necesitara salvación y…y como si tú no pudieras verdaderamente amarme a no ser que cambiara. Y lo sentí como si Cayera otra vez porque estabas diciendo que no era digno de amor por la forma en la que soy…

Crowley mira una última vez a los ojos grises y llorosos de Azirafel.

-...y que nunca podría ser amado por la única persona que me importa en el universo. Tú. Y eso es lo que me rompió el corazón, Azirafel.

(Y Crowley odia esto, odia ver llorar al ángel, el conocimiento de que le está causando tal dolor rechinando completamente contra cada uno de sus instintos, pero sabe que estas verdades necesitan ser compartidas, que necesitan drenar las heridas que se han infligido el uno al otro antes de que puedan cerrarse y empezar a sanar.)

Azirafel se limpia los ojos con una mano temblorosa y se toma un momento para respirar, intentando parar el flujo de sus lágrimas y calmarse lo suficiente para responder.

-Crowley…-, consigue decir después de un largo tiempo. -Crowley, no sabía…simplemente quería volver a verte sonreír. Nunca he olvidado lo bello que eras allí arriba en las estrellas, lo feliz que eras. No pensé…no sabía todo lo que vino después. Nunca…nunca antes has hablado de tu Caída…

Crowley mira de nuevo hacia su regazo, una punzada amarga de dolor atravesándole el pecho con la idea de que cuando Azirafel lo mira, lo ve de la forma en la que había sido al comienzo de todo, sin experiencia, con las alas blancas, sin idea de los horrores que su futuro le traería, mientras que Azirafel hasta este día permanece inmaculado e inalterado por los siglos, tan puro como lo era en el principio de los tiempos.

Porque él no fracasó.

-Sí-, murmura Crowley, sabiendo que en cierto nivel, Azirafel tiene razón y no es justo por su parte esperar que el ángel sepa cosas de las que nunca ha hablado. -Sí, eso es culpa mía—

-No.

La cabeza de Crowley se levanta por el tono de Azirafel, de repente firme y seguro, para encontrarlo mirándolo fijamente con determinación.

-No, Crowley-, repite sorprendiéndolo. -No tenías ninguna obligación de compartir esas cosas conmigo. Y por mucho que deseara egoístamente que confiaras en mí lo suficiente para que lo hicieras…el hecho de que no lo hicieras debería haber sido una pista en sí. Debería haber sido más sensible con tus sentimientos…

Crowley parpadea en shock, desacostumbrado a tal confesión exhaustiva de culpa por parte del ángel.

-...y lo siento, Crowley.

Y Crowley tiene que volver a mirar de nuevo a su regazo por pura necesidad, a menos que las lágrimas que ahora se juntan en sus serpentinos ojos bajo sus gafas de sol le imiten y caigan, la disculpa explícita—palabras que no está seguro de haber oído decir nunca a Azirafel—sintiéndose mejor de lo que nunca se hubiera imaginado que lo harían.

-Gracias, ángel…y si sirve de algo, yo también lo siento-, murmura antes de resoplar una risa llorosa. -Ngk. La comunicación…seis mil años y todavía no le hemos cogido el truco ¿verdad?

Azirafel ríe suavemente con él antes de volver a caer en un silencio ligeramente más cómodo.

(Y el espacio entre ellos en el asiento delantero del Bentley se siente considerablemente más pequeño de lo que lo hizo antes de que Crowley saltara y se lanzara de cabeza hacia su dolor, sacando todo su trauma largamente reprimido para finalmente compartirlo con su mejor amigo.)

Cuando Azirafel habla otra vez es para intensa sorpresa de Crowley y con palabras que nunca había esperado oír, pero sabe instintivamente que es en un esfuerzo para reciprocar.

-Cuando me dijiste que no podía abandonar la librería…y dije que “nada dura para siempre”...no quise decir tú y yo.

Una confesión por una confesión.

-Quise decir…bueno, todo excepto tú y yo. Hemos durado seis mil años ¿no? Y—si tenemos la oportunidad—no tengo duda de que duremos seis mil años más…

Crowley siente la calidez atravesarlo con la convicción que oye en la voz de Azirafel, deleitándose en la seguridad que comparte en la fuerza de su vínculo, pero Crowley permanece en silencio, conociendo al ángel lo suficiente como para saber que no ha terminado de hacer confesiones, y hay una larga pausa antes de que continúe.

-Quise decir que…bueno, el mundo cambia alrededor nuestro—eso no lo podemos parar—y a veces nos tenemos que adaptar, por mucho que odie admitirlo. Y algún día “adaptarse” bien podría incluir dejar la librería-, dice suavemente Azirafel, su voz llena con la tristeza ante la idea pero sigue adelante con su discurso. -Pero, no importa lo que cambie, la única constante que tenemos es…nosotros. Porque creo que hemos demostrado una y otra vez que no hay nada que no podamos conseguir juntos. Y por mucho que ame mi tienda y todo lo que representa para nosotros…simplemente es un lugar, Crowley. Lleno de cosas. Y tú me importas mucho más.

(Y a pesar del hecho de que están sentados fuera en mitad de la noche, Crowley se siente como si nunca hubiera sido capaz de ver más claramente, reviviendo ese horrible día en la librería en una nueva y gloriosa luz, iluminado con la verdad de Azirafel impulsada con desesperación, dejando que la calidez de las palabras del ángel le inunden y se pregunte por qué demonios no hicieron esto antes.)

-Después, yo…yo pensé que me besaste como último recurso…-, murmura de repente Azirafel en el silencio, sacando a Crowley con suavidad de sus revelaciones, las palabras llenas de culpa de tal manera que no puede encontrar el sentido, y frunce el ceño.

-...lo hice.

-No-. Azirafel sacude la cabeza y se gira para mirarlo, y Crowley de repente tiene la sensación de que, una vez más, sus palabras idénticas significan dos cosas completamente diferentes. -Un último recurso para—para hundir más el puñal de tu rechazo…y mostrarme lo que estaba perdiendo.

- ¿Qué?

Crowley se queda boquiabierto, el horror barriéndolo por el impresionantemente acrobático malentendido, más piezas dispersas de ese día empezando a cobrar sentido con una claridad aterradora mientras intenta entender exactamente cómo Azirafel podía haber llegado a pensar que haría algo así y lo dolido que tendría que haber estado para, de hecho, creérselo.

-No entendí lo que me estabas intentando decir. No podía imaginarme por qué estabas tan enfadado y eso me alteró mucho porque simplemente estaba intentando protegerte. Había estado armándome de valor durante semanas—bueno, honestamente durante años—para decirte lo que sentía y todo salió tan horriblemente mal en el último momento-. Azirafel está diciendo, ahora hablando rápidamente, apresurándose para abrir todos sus sentimientos entre ellos ahora que ha empezado. -Pensé que estabas rechazando al Cielo y a mí al mismo tiempo y estaba tan devastado, pero ese beso fue todo lo que siempre había querido y no pude evitar devolverlo, aunque solo fuera durante un momento. Pero pensé que simplemente era una cruel broma para quedarse con la última palabra y estaba tan herido por estar perdiéndote incluso antes de que te tuviera, mientras sin realmente entender por qué…así que hice lo que siempre hago cuando alguien me hace daño…te perdoné.

Todo el aire deja los pulmones de Crowley a la vez y permanece ahí, sin aliento, sintiendo distintivamente como si le hubieran pegado un puñetazo en la garganta, la declaración golpeándole con más fuerza que un meteorito si alguno cayera del cielo de la noche, atravesara el techo del Bentley y aterrizara directamente en su cabeza.

-Fue un último recurso, ángel-, consigue decir Crowley una vez que ha reunido los desgarrados restos de su cordura. -Pero no—no de esa manera. ¡Fue un último recurso para convencerte de que valíamos la pena! Y—y pensé que me perdonaste porque sentías que debería lamentarlo. Lamentar el besarte. Lamentar…lamentar amarte.

Azirafel le mira fijamente con un horror idéntico.

-Y eso es una cosa que me niego a hacer, ángel.

(Y Crowley podía gritar y rabiar por toda su estupidez, su enloquecedora tendencia de hablar con frases a medias y confesiones abortadas, un hábito necesario nacido de siglos de miedo y un profundo instinto de mantener el uno al otro a salvo y—al mismo tiempo—Crowley podía reírse de la absurdez de que el amor que tienen el uno por el otro es la cosa exacta que le está manteniendo separados.)

-Así que, parece que ambos somos idiotas ¿verdad?-, resume Crowley secamente.

Azirafel simplemente sacude la cabeza con incredulidad, visiblemente tan conmocionado como Crowley lo está y luego abre la boca una vez más, alentado por la verdad y el descubrimiento girando alrededor de ellos dentro del Bentley, porque aparentemente no ha terminado de romperle el corazón en dos a Crowley con inesperadas confesiones.

-Fui al Cielo para intentar mejorarlo—

-Por la humanidad, sí, lo sé-, interrumpe Crowley descuidadamente, aparentemente no habiendo aprendido nada de los últimos diez minutos de conversación abierta y sincera e inmediatamente Azirafel le echa la bronca.

- ¡No, Crowley!-, espeta impacientemente, consiguiendo parecer cariñoso y exasperado al mismo tiempo. -¡No por la humanidad! ¡Por tí! Porque sin tí, yo no tenía razón para permanecer en la Tierra y pensé que tal vez…si conseguía cambiar el Cielo…me aceptarías de nuevo.

Crowley se queda ahí, con la boca abierta una vez más, los ojos amarillos sin dudarlo abiertos como platos, sintiendo que aunque la mismísima Dios pasara por la ventana montada en un cerdo volador no podría estar más en shock.

Idiotas, en efecto.

-No te amo a pesar del hecho de que eres un demonio, Crowley, o porque solías ser un ángel-, susurra Azirafel mirándole profundamente a los ojos, su voz ferviente y sentida, y Crowley cree que puede sentir las palabras imprimándose en su mismísima alma. -Te amo exactamente por quien eres. Nunca te cambiaría. Quería cambiar el Cielo para que nunca más le hicieran a alguien lo que te hicieron a ti. Para que pudieran ser dignos de tu curiosidad, ingenuidad, creatividad…y de tu amor.

Y ahora Crowley ni siquiera intenta detener las lágrimas, sintiéndolas derramarse desde detrás de sus gafas y bajando libremente por su cara mientras mira a Azirafel, su ángel, sintiéndose tan perdidamente enamorado de él, y—más que eso—más amado por él de lo que nunca había soñado.

La adorada Cara de Azirafel se emborrona mientras llora y Crowley le oye susurrar su nombre, suave y dulce, y siente un tirón gentil en su brazo, insistente y alentador, hasta que cede y se deja caer hacia un lado, quitándose las gafas ferozmente y arrojándolas sobre el salpicadero antes de que su cabeza se pose suavemente en el regazo de Azirafel. Los muslos amplios de su ángel se sienten como el Cielo para Crowley y gira su nariz hacia la tela suave y gastada de los pantalones de Azirafel e inhala profundamente, metiendo su olor en su cuerpo con algo parecido a la veneración. Un gemido se escapa de él cuando de repente siente suaves dedos empezando a acariciarle tiernamente el pelo, reconfortantes y cariñosos y la sensación ayuda a secar las lágrimas de Crowley para que pueda mira hacia arriba hacia la tenue luz de las estrellas que ayudó a colocar en el cielo hasta que sus pesados párpados finalmente se cierran.

Y duerme el resto de la noche, en paz y amado, en los brazos de Azirafel.


La Segunda Guerra llega con el sol.

Para los residentes de Tadfield, no parece nada más que un día extrañamente nublado con una capa de densas y grandes nubes blancas oscureciendo el cielo presumiblemente azul y el raro y ocasional destello de luz de sol que hace que cualquier transeúnte mire hacia arriba con confusión, se encoja de hombros y continúe con su camino.

Por encima de las nubes la batalla entre el Cielo y el Infierno se recrudece.

El cielo está lleno de ángeles y demonios, formas borrosas que se quedan negras y blancas por el color de sus alas, figuras dando vueltas y tumbos por el aire mientras el choque de armas y los gritos de guerra y sed de sangre atraviesan las de otra modo silenciosas alturas. Los muertos caen en picado, sus alas inservibles moviéndose con el aire alrededor de sus cuerpos sin vida hasta que atraviesan la cubierta de nubes y desaparecen, para no resurgir de nuevo, permanentemente destruídos por armas celestiales.

En medio de todo, hay un ángel y un demonio volando en su propio lado.

Crowley permanece cerca de Azirafel, cubriéndole la espalda y siseando fieramente a cualquiera que se atreve a acercarse. Los ojos de su ángel brillan morados mientras una vez más empuña su espada flamígera, invocada con el poder de un Antiguo Arcángel Supremo, y la esgrime en alto como si no hubiera pasado tiempo desde el Edén, amenazando a cualquiera que mira a su demonio con malas intenciones mientras sus alas blancas y puras se mueven incesantemente alrededor de él. Por su parte, Crowley sostiene una espada negra, heladora y conjurada desde las profundidades del Infierno por un demonio que podría haber sido Príncipe si así lo deseara, y sis alas negras se extienden enormemente en el cielo, bloqueando el sol completamente a cualquiera que pase por debajo.

Abaten a cualquiera que los ataca, sin discernimiento entre alas negras y blancas, la misma cantidad de ángeles intentan abatir a Azirafel como de demonios intentando acabar con Crowley. Se gritan advertencias el uno al otro cuando son necesarias, siendo los ojos el uno del otro mientras luchan por sobrevivir en los cielos. Es uno de los gritos de advertencia por parte de Azirafel, mientras forcejea con Uriel y su daga curva, lo que capta la atención de Crowley inmediatamente.

- ¡Querido! ¡A tu derecha!

Empujando de su espada a un demonio muerto, Crowley se da la vuelta para ver a Furfur fulminándolo con la mirada a varios metros de distancia, apuntando con su arco una flecha hacia su pecho. Siseando, Crowley dobla las alas y se deja caer, evitando la flecha que dispara Furfur con facilidad y yendo hacia él desde abajo antes de que pueda disparar otra y—antes de que pueda llegar a gritar—la empuñadura de la espada de Crowley conecta con fuerza con su densa cabeza y cae del cielo hacia las nubes de abajo.

Con los ojos amarillos pasando con agudeza alrededor del cielo, Crowley busca más enemigos pero no ve a nadie cerca. Respirando con fuerza se da la vuelta en el aire para ver a Azirafel venciendo fácilmente a Uriel. Y entonces algo capta su atención que hace que la sangre se le congele en las venas.

Metatrón.

Se está acercando sigilosamente detrás de Azirafel, las alas arrugadas y amarillentas del anciano acercándolo más y más mientras levanta una claymore de dos manos tan roja como la sangre, con una mueca horrible retorciéndole la cara con odio.

No.

- ¡Ángel!

Crowley no tiene tiempo de pensar, moviéndose solo por instinto, batiendo sus enormes alas con una fuerza que manda a ángeles y demonios luchando a un kilómetro de distancia, volando por el aire más rápido de lo que nunca lo ha hecho hacia Azirafel, quien se gira en respuesta a su grito como a cámara lenta justo a tiempo para ver la cara fruncida de Metatrón, su espada roja acercándose, y la conocida forma de Crowley volando entre ellos—

Y recibiendo la estocada de la espada dirigida a Azirafel justo a través de la mitad de su cuerpo.

Durante un momento infinito, todo se detiene alrededor de los tres, la elevada altitud presionando en los oídos temporalmente sordos de Crowley mientras abre la boca en shock, y observa la boca cruel de Metatrón moverse una vez con satisfacción antes de que el tiempo aparentemente vuelve a empezar y el anciano lo aparta viciosamente de su espada, todo el aire dejando sus pulmones mientras el dolor—abrasador e incandescente—explota atravesándolo.

Crowley se siente a sí mismo colgando inmóvil en el aire durante el más breve de los instantes antes de que su vieja amiga, la gravedad, lo domina—juzgadora, verdadera e inevitable—y su audición vuelve justo a tiempo para captar el grito desgarrador de Azirafel.

Y luego, cae otra vez.

(Una pequeña parte de su cerebro—probablemente la que está permanentemente estirada sobre el sillón de la librería, sus piernas colgando por un lado con un vaso de algo en la mano—considera esto con cierta cantidad de humor morboso: por lo menos esta vez está cayendo por razones mucho mejores—amor integral en lugar de preguntas sin responder—e incluso el increíble dolor merece la pena porque sabe que dolería seis mil veces más ver a Azirafel atravesado con un espada y desapareciendo en las nubes.)

Mientras cae, Crowley piensa en distraerse a sí mismo del dolor y decide que su único arrepentimiento es estar en la posición equivocada y no poder ver una última vez a su hermoso ángel antes de que empezara a caer en picado hacia su encantadora Tierra. Pero, mientras va hacia abajo, el viento lo empuja a capricho, sus plumas negras vibrando ruidosamente alrededor suyo mientras sus gafas de sol salen despedidas de su cara y termina boca arriba donde algo por encima de él capta su atención menguante. Frunciendo el ceño ligeramente, Crowley entrecierra los ojos llorosos hacia arriba para ver lo que parece una mancha blanca lanzándose hacia él, de alguna manera moviéndose más rápido que él.

Con una milagrosamente espada flamígera.

Azirafel.

Antes de que Crowley pueda hacer algo más que parpadear, Azirafel choca con él con un fuerte grito, multiplicando su dolor exponencialmente al envolver el brazo que no sujeta la espada alrededor del cuerpo de Crowley cayendo y acercándolo a su cuerpo. La fuerza de la colisión los gira en el aire y, mientras rota, Crowley ve la cubierta de nubes aproximándose rápidamente y ni siquiera tiene tiempo de gritar antes de que los dos la atraviesen a toda velocidad. Crowley cierra los ojos cuando la golpean, esperando morir al instante como los otros seres celestiales que ha visto caer a sus muertes y maldiciendo a Azirafel por ser tan testarudo de seguirle.

Pero, segundos después, todavía puede sentir el aire azotando a su alrededor y el brazo de Azirafel sujetándolo con fuerza.

Obligando a sus ojos a abrirse una vez más, Crowley mira hacia arriba para ver que han pasado por la cubierta de nubes, dejando un agujero con forma de cuerpo en la capa blanca por el cual puede ver la batalla librándose, y continúan cayendo hacia la Tierra. Crowley apenas empieza a anticipar un aterrizaje doloroso antes de ver y sentir las alas de Azirafel expandirse encima de ellos con un ruido, moviéndose duramente contra el viento para frenar su caída, el esfuerzo hercúleo arrancando otro horrible grito ahogado de él.

Con asombro, Crowley le observa mientras bate sus alas incesantemente, calmando su camino por el aire justo a tiempo para llevarlos flotando suavemente hasta el suelo, aterrizando en lo que parece la mitad de un claro verde, en el borde del cual estuvieron en el Bentley anoche, desnudando sus almas el uno al otro. Crowley sonríe suavemente para sí mismo con el recuerdo alegre, sus ojos cerrándose cuando su cabeza final y afortunadamente se posa suavemente sobre tierra firme.

- ¡Crowley! Querido, ¿puedes oírme?

Los ojos de Crowley se abren otra vez con el grito desesperado de Azirafel para encontrar a su ángel inclinado sobre él, su espada flamígera abandonada en la hierba y sus manos acercando el cuerpo ensangrentado de Crowley al suyo. Arriba por encima de ellos, Crowley puede ver el agujero que dejaron en las nubes blancas y lo que cree es la tenue forma de Metatrón planeando bajo ellas y fulminándolos con la mirada. Los ojos de Crowley lo dejan sin pensarlo dos veces y vuelven instintivamente al único ángel que importa, bello incluso con arañazos en su cara y lágrimas saladas dejando marcas limpias a través de la suciedad y el hollín en sus mejillas.

-Ángel-, murmura, su voz débil y tenue pero no menos cariñosa. -Mírate…eres hermoso…

Azirafel suelta un sollozo roto.

-Crowley-, llora, sujetando la cara del demonio en una palma suave y reverente. -¿Por qué? ¿Por qué hiciste eso? ¿Por qué te sacrificaste por mí, serpiente estúpida?

Crowley resopla una risa dolorida y húmeda, usando lo que queda de su energía para levantar una mano temblorosa, pasándola con ternura sobre la mejilla de Azirafel.

-Ángel tonto-, respira. -No es un sacrificio…fue creado para ser tuyo…

Azirafel llora en agonía y Crowley sufre, deseando desesperadamente poder tranquilizarle mejor, cuando de repente la hierba alta alrededor de ellos empieza a moverse y ondularse mientras el viento arrecia, espontáneo y antinatural. Mirando por encima de los hombros agachados de Azirafel una vez más, Crowley ve las nubes empezar a cambiar encima de ellos, los pilares blancos y puros rápidamente siendo cubiertos por masas oscuras y ominosas mientras truenos retumban y rugen de la nada y relámpagos golpean amenazadores a través de las nubes. Entonces, chispas brillantes de energía angelical captan su atención, arqueándose alrededor de todo el cuerpo de su ángel mientras las lágrimas continúan cayendo de sus ahora brillantes ojos morados y Crowley cae en la cuenta, perplejo, de que Azirafel está invocando la tormenta—involuntaria e inconscientemente—su angustia, miedo y dolor tan potentes que los elementos no pueden evitar compadecerse.

Casi olvidándose de la agonía golpeándole, Crowley se maravilla silenciosamente con la fuerza y el poder de Azirafel, el alcance de ambos posiblemente desconocidos incluso para el ángel en sí, y sonríe con orgullo mientras Azirafel continúa llorando.

- ¡Oh, Crowley!-, llora. -¡No, no, no! ¡Dios, por favor, no! ¡No me dejes!

-Está bien, ángel-, susurra Crowley, sintiéndolo con cada fibra de su ser, tosiendo húmedamente y haciendo una mueca por la puñalada de agonía que le causa antes de obligar a sacar las últimas palabras que absolutamente tiene que decir.

-...Te amo.

Gotas de lluvia empiezan a caer junto con las lágrimas de Azirafel, cayendo en la cara de Crowley cuando el ángel se inclina hacia abajo para juntar sus frentes.

-Oh, Crowley…yo también te amo.

Y Azirafel le besa, dulce y perfecto, sus labios húmedos con la lluvia y las lágrimas.

(Y Crowley piensa delirantemente que esta es una forma de morir encantadora, mojados y mirándose fijamente a los ojos, compartiendo un fabuloso último beso en los brazos de Azirafel.)

Y entonces muy posiblemente el único sonido que podía separarlos pulsa en el aire alrededor de ellos, haciendo vibrar las mismísimas moléculas que los componen y haciendo girar sus cabezas hacia arriba, hacia el Cielo.

La voz de Dios.

No la áspera y fina voz de Metatrón—la voz real de Dios—atronando desde el cielo.

- ¡Deteneos!

De una vez, las nubes de la tormenta se abren, llevándose con ellas la lluvia y evaporándose completamente para revelar un cielo azul, un sol cegador y las formas negras y blancas de todos los ángeles y demonios que han dejado de luchar para darse la vuelta y mirar con asombro la figura materializándose de la nada, descendiendo desde algún sitio desconocido encima de todos ellos.

La figura de Dios flota pasando por todos los seres celestiales, permaneciendo con sus armas olvidadas a su lado, para pararse frente a Metatrón. El anciano La mira estúpidamente con la boca abierta como un pez pero Ella lo ignora, echando una mirada imperiosa alrededor del campo de batalla del cielo, observándolo todo con desprecio antes de que Ella le hable, Su voz retumbando para que todos la oigan.

-Este no era el plan.

Y, con un simple movimiento de Su muñeca, lo destruye.

Desaparece inmediatamente sin dejar rastro y Metatrón—junto con su espada, roja con la sangre de Crowley—deja de existir.

Sin molestarse, Dios continúa Su descenso hasta la tierra y—en el espacio de uno de los parpadeos perezosos de Crowley, largos y lentos, su fuerza desapareciendo rápidamente—de repente Ella está junto a ellos, viendo a un Crowley moribundo mecido en los brazos de Azirafel.

(Y Crowley aferra desesperadamente la mano de Azirafel, teniendo la sensación a través de la casi cegadora neblina de dolor de que—si no estuviera desangrándose copiosamente por su abdomen—estaría abrumado y perturbado por estar en la presencia de quién lo expulsó, colmado de preguntas y luchando contra exigir una explicación e instintivamente busca el apoyo de su amor para que le ayude a través del tumulto que espera sentir.

Pero, tal y como está, no tiene espacio en su cabeza para eso, simplemente anhelando que el dolor se detenga.)

Azirafel no tiene tales reparos, devolviéndole el apretón de su mano y hablándole directamente a Dios sin miedo mientras Crowley mira con asombro.

-Señor, por favor-, ruega Azirafel, su tono reverente pero suplicante. -Por favor, sánale. Recibió este golpe por mí. Y no puedo vivir sin él. Dime lo que tiene que hacerse.

Dios mira fijamente a Azirafel, Su cara impasiva, antes de Hacer una simple pregunta.

- ¿Caerías para salvarlo?

El grito inmediato de protesta de Crowley se queda atrapado en algún lugar en la herida sangrante de su estómago pero Azirafel no titubea.

-Haría cualquier cosa.

Hay un insondable momento de silencio.

Y entonces la cara de Dios se abre a una sonrisa hermosa.

-Entonces, mi ángel, no se necesita hacer nada.

Mueve una mano otra vez y Crowley jadea cuando una calidez cosquilleante rápidamente supera y echa el dolor de su abdomen, y él se retuerce en los brazos de Azirafel a través de las sensaciones incómodas de su cuerpo reparándose, hasta que todo se detiene y—sin venir a cuento y apenas capaz de creerlo—se siente milagrosamente como nuevo.

Asintiendo para sí con satisfacción, Dios se gira para dirigirse a las fuerzas del Cielo y el Infierno todavía decorando el cielo, Su voz retumbando para ser oída por todos. Alza una mano hacia Azirafel y Crowley y habla elocuentemente sobre cómo este amor debería ser el ejemplo que todos siguieran, que este amor es lo que Ella pretendía para todas Sus creaciones y que el plan inefable siempre ha sido amor como este. Termina Su discurso y despide a todos los ángeles y demonios de nuevo a sus terrenos en paz para esperar un nuevo plan.

Dice todo esto con la voz más poderosa de todo el universo…

Y Crowley no oye ni una palabra.

Porque está mirando fijamente la cara amada de Azirafel y Azirafel le está devolviendo la mirada, el amor desbordándose en olas mientras ambos lloran lágrimas de absoluta felicidad, y no le importa nada más.

Porque ha sabido desde que el mundo era nuevo, joder, cuando subió reptando un muro para colocarse a dos palmos del lado de Azirafel, que el ángel era la única cosa que necesitaba para sentirse completo.)

De vuelta como está a su fuerza completa, Crowley no pierde más tiempo en lanzarse hacia arriba desde el suelo para poner los brazos alrededor de su ángel, sintiendo a Azirafel envolver sus brazos fuertemente alrededor de él mientras Crowley mete la cara en su cuello e inhala profundamente, dándole las gracias a su buena estrella y a—

Bueno, a Dios.

Y entonces la entidad en cuestión se aclara La garganta sobre ellos.

Azirafel y Crowley se separan con rapidez y se giran para Mirarla.

-Visteis la verdad en mi plan cuando nadie más lo hizo. Luchasteis para salvar mis creaciones cuando otros no; este planeta, estos humanos…mis hijos. Os lo agradezco-, declara, con la calidez clara en Su voz. -Por lo tanto tengo una pregunta para vosotros: ¿volveréis para liderar al Cielo al amor?

Azirafel y Crowley se miran el uno al otro perplejos, todavía arrodillados en la hierba y parpadeando lentamente, sus bocas abiertas mientras Dios espera pacientemente una respuesta. Al final, Azirafel se dirige a Dios y habla, titubeante e incrédulo.

- ¿Incluso…incluso Crowley?

Preguntándose lo mismo, Crowley traga saliva con dificultad, lentamente girándose para Enfrentarla y quedándose helado al encontrar a Dios mirándolo directamente a él con una sonrisa afectuosa.

-Por supuesto-, Dice amablemente, inesperadamente, imposiblemente. - ¿Qué es el cielo sin su Creador de Estrellas más bello?

(Y, en ese instante, algo cálido florece dentro del corazón de Crowley, dándole vida a un lugar que ha estado frío desde que bajó de los cielos, algo que de alguna manera parecen respuestas, y de repente entiende todo, cómo sus preguntas le llevaron a Caer porque—sin eso—nunca habría encontrado su camino hasta Azirafel y en ese momento conoce la paz.

Porque todo mereció la pena.

Y lo volvería a hacer por su ángel.)

-Creo que sería…inefable-, murmura hacia Dios, hablándole por primera y última vez.

Su sonrisa en respuesta se siente como el amor mismo y Crowley cree que puede ver a sus estrellas brillando en Sus ojos.

-Bien, ¿entonces?

Crowley simplemente se gira hacia Azirafel, su compañero, su amor, quien—esta vez—ni siquiera se lo piensa, cogiéndole la mano y mirando a los ojos a Crowley mientras le contesta al Señor.

-En realidad creo que…nos gustaría jubilarnos-, murmura felizmente Azirafel. -Aquí en casa.

Azirafel se gira para sonreírle a Dios.

-En la Tierra.

(Y Crowley se vuelve a enamorar otra vez.)

Dios simplemente sonríe y asiente como si no hubiera esperado algo diferente, como si este hubiera sido Su plan todo el tiempo—y tal vez lo había sido, piensa delirantemente Crowley—antes de desaparecer en un abrir y cerrar de ojos, Su voz permaneciendo detrás de Ella como una suave brisa de verano.

-Y así será…

Se descubren a sí mismos una vez más solos en el claro, el cielo azul y soleado y todo como en un bonito día en Tadfield y Crowley se levanta, llevando a Azirafel con él tirándole de la mano. Acercándose a su ángel, Crowley le sostiene la cara con su mano libre y junta sus frentes con un suspiro satisfecho, respirando su olor antes de susurrar las palabras que ha estado esperando decir seis mil años.

-Vayamos a casa, ángel.


El día en el que se mudan a la casa de campo es un bonito día.

De hecho, todos los días desde El Primer Día del Resto de Sus Vidas han sido bonitos.

Dejan la librería—por ahora—en las manos cada vez más capaces de Muriel, para ser usada una vez más, a su criterio, como una embajada para un Cielo reformado.

El reencarnado niño Jesús—ahora más o menos un bebé normal—está de vuelta con su familia, sin enterarse de su breve ausencia o de nada inusual acerca de ella, aparte de un peluche de una serpiente verde que parecen no acordarse de adquirir.

Nina y Maggie—junto con la mayoría de los otros residentes y dependientes de Soho—se alegran de ver el regreso de su librero favorito y su sombra oscura, especialmente ahora que han empezado a cogerse las manos en todos los sitios a los que van, llevando alianzas de oro idénticas. La primera vez que entran en la cafetería con sus dedos entrelazados, Nina abandona sus clientes en favor de apresurarse a señalar sus manos unidas con un grito triunfal, mientras que Maggie simplemente se pone las manos en la cara y grita de alegría. Las dos mujeres les hacen prometer que las visitarán a menudo, por lo menos para seguir consumiendo el suministro de espresso de Nina y llevarse álbumes de la tienda de Maggie sin pagar, aunque Azirafel le dice que ahora le pedirá discos de Queen para acompañar sus clásicos favoritos.

La calle Whickber siempre será especial para Azirafel y Crowley y planean volver a menudo, pero acuerdan fácilmente entre ellos empezar su jubilación en un sitio nuevo que sea solo suyo, uno sin recuerdos dolorosos o amargos de negación y anhelo.

Y de esta manera siguen sus corazones hasta un casa de campo junto al mar en los South Downs.

El viaje hasta allí desde Soho no es largo, pero es bastante arduo para Crowley con la forma en la que la mano de Azirafel parece no poder soltarle el muslo, e intenta sin éxito distraerse a sí mismo pensando en todas las superficies lisas de la casa que necesitarán bautizar.

Para cuando llegan a ver su casa por primera vez—comprada a ciegas por teléfono—Crowley está preparado para encerrarlos dentro durante al menos un mes entero, pero algo le frena cuando sale del Bentley, mete sus gafas de sol en el bolso y observa a Azirafel mirar con maravilla su nueva casa, feliz de disfrutar esta primera vez con él, una de muchas por venir.

La casa es pequeña, como se esperaba, aunque Crowley tiene la sensación de que milagrosamente será más grande de lo que parece en el interior. Ya hay un hermoso foliaje enmarcando el camino de entrada y una encantadora enredadera trepando por la piedra de la parte frontal. Hay dos plantas y Crowley recuerda del anuncio que hay una cocina espaciosa, un despacho arriba que ya sabe que rápidamente se convertirá en una mini librería, una decadente habitación principal con una vista a su trozo privado de playa y un gran jardín en el espacioso patio de atrás con sitio suficiente para un pequeño invernadero. Si Crowley se concentra, puede oír el chocar de las olas sobre la playa.

Es perfecto.

(Y ni siquiera sabe todavía lo de los toques personales que Azirafel ha conjurado dentro como sorpresa de inauguración, el sofá de dos plazas junto a la chimenea que es una réplica exacta del de la librería, las tazas a juego en el armario de la cocina, y los pequeños jarrones de bellos tulipanes amarillos desperdigados amorosamente por toda la casa.)

Crowley rodea el coche para coger la mano de Azirafel.

-Oh, Crowley-, suspira felizmente Azirafel. -¿No es preciosa?

-Desde luego que lo es, ángel-, afirma Crowley no mirando hacia otro sitio nada más que a él.

Azirafel se da cuenta y se ríe burlón, golpeándole el pecho en broma antes de acercarlo tirando de su corbata plateada para plantar un beso sobre sus dispuestos y preparados labios, suave, cariñoso y perfecto.

-Bien-, dice Crowley una vez que se han separado, sintiéndose estúpida e idiotamente enamorado. -¿Puedo tentarte a la eternidad, ángel?

-Oh, mi amor-, respira Azirafel, el amor brillando por todo su cuerpo. -Tentación cumplida.