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Summary:

Azirafel estaba leyendo en su escritorio en, la afortunadamente vacía, librería cuando pasó, y fue lo suficientemente sorprendente para sacarlo de la vergonzosamente horrible traducción del latín del siglo XII en la que en ese momento estaba inmerso y hacerle mirar salvajemente alrededor de la estancia, el vello de su nuca poniéndose de punta...

Cuando después de todo el mundo no acabó, las cosas no salen de la forma en la que Azirafel había esperado que lo hicieran.

Notes:

Chapter 1: ¿Hay otro Crowley al que conozcamos?

Chapter Text

 

Azirafel estaba leyendo en su escritorio en, la afortunadamente vacía, librería cuando pasó, y fue lo suficientemente sorprendente para sacarlo de la vergonzosamente horrible traducción del latín del siglo XII en la que en ese momento estaba inmerso y hacerle mirar salvajemente alrededor de la estancia, el vello de su nuca poniéndose de punta.

Habían pasado ocho días desde el fin del mundo, o mejor dicho, el comienzo del mundo que Adam había renovado, y hasta entonces para Azirafel, todo había sido un bastante confuso anti clímax.

Había empezado lo suficientemente prometedor con la oferta tímida pero casi casual de Crowley de dejarle quedarse en su casa y la aceptación cauta de Azirafel. Habían hablado en voz baja en el viaje en autobús de vuelta a Londres, pensando en esa profecía final, dándole vueltas a si serían capaces en realidad de hacer lo que creían que necesitaban hacer, lidiando con todos los entresijos. Pero entonces, una vez que el plan había sido terminado y el conductor del autobús se había encontrado a sí mismo intentando girar al final de una tranquila calle Mayfair, habían entrado en el monolito brillante de metal y cristal y pareció que el miedo los hubiera atrapado a ambos. Se habían sentado el uno al lado del otro, en un inmaculado sofá blanco de cuerpo y habían bebido vino tinto en casi silencio. Azirafel había estado temblando ligeramente, diminutos temblores que no dejaban de desistir, sin importar cuántas veces les ordenara que lo hicieran, mientras que Crowley estaba junto a él, un buen espacio entre ellos y simplemente miraba al horizonte de Londres mientras la botella infinita era pasada del uno al otro. 

Eventualmente, mientras la calle se llenaba con ruido y gases, Crowley se había girado hacia él por fin y simplemente dijo: 

-Bien, ¿entonces, empezamos esta función?-. Azirafel soltó un largo suspiro y asintió, la garganta de repente apretada y estiró su mano hacia Crowley, quien la miró fijamente durante tanto tiempo que casi le hace retirarla. Justo cuando ese punto de inflexión llegó, justo a tiempo, los dedos de Crowley, secos, cálidos y seguros, se envolvieron alrededor de los de Azirafel: el contacto se produjo, los cuerpos fueron intercambiados y Azirafel se encontró así mismo de pie en la habitación de las plantas de Crowley, en el cuerpo de Crowley, respirando mucho más fuerte de lo que necesitaba e intentando centrarse mientras que Crowley se ofreció voluntario para ir y ver las ruinas de la librería. No fue una mañana de domingo cualquiera. 

Se había sentido un poco mejor para cuando llegaron a St James’ Park, preguntándose si tendría que ver con el habitar un cuerpo que no había pasado los últimos seis milenios en un estado constante de preocupación, y se había alegrado de ver el Bentley aparcado en su plaza habitual en la calle, pareciendo en tan buen estado como siempre. Esa visión animó a Azirafel incluso más por saber lo mucho que significaba para Crowley.

Sin embargo, llegó al parque antes de lo que esperaba y se alivió cuando vio a Crowley esperando ya por él, haciendo un gesto hacia el puesto de helados incluso cuando vio al ángel acercarse. Se estaba preguntando si tal vez Adam había sido capaz también de reiniciar la actitud de sus jefes hacia ellos y sus intentos de desbaratar el Apocalipsis cuando una vez más todo perdió el control: un vistazo a la Muerte y Crowley había desaparecido de su lado, arrastrado por los tipos “buenos” en todo esto. Azirafel había entrado en pánico aunque hubieran sabido que un golpe como este llegaría. Sus intentos para recuperar al demonio habían sido en balde con la interferencia del Infierno, específicamente de Hastur, y se había despertado para encontrarse a sí mismo encadenado y tirado en una celda oscura y húmeda.

El juicio había sido, muy francamente, aterrador, pero durante todo su transcurso todo lo que Azirafel pudo pensar era en lo mucho peor que eso habría sido para Crowley, lo completa y enteramente terrible que hubiera sido para él estar ahí y escuchar todo eso y ver todo eso y saber que lo iban a destruir—y disfrutar de cada momento mientras lo hacían. Gracias a todo lo bueno y generoso por Agnes la Chalada y su increíblemente perceptiva y maravillosa predicción. Al final de todo Azirafel de hecho se lo estaba pasando bien, aterrorizando a los demonios, dejando estupefacto a Michael encontrando un poco del ingenio afilado de Crowley simplemente por habitar su cuerpo. Había sido, de manera bizarra, bastante revitalizante.

Después se habían vuelto a reunir, Crowley tan milagrosamente ileso como él lo estaba y—por mucho que hubiera disfrutado hacer de demonio—estaba bien ser él mismo de nuevo. Fue incluso mejor volver a su propio cuerpo y, sí, Crowley se veía muy bien con la nueva chaqueta, el cuello tartán y todo, como Azirafel había sospechado que lo haría. Pero claro, Azirafel siempre pensaba que Crowley se veía bien, no era en absoluto la clase de pensamiento que un ángel debería tener acerca de un demonio pero también, Azirafel sabía con una seguridad absoluta que no había tenido un pensamiento angelicalmente apropiado sobre Crowley en cinco mil quinientos años…un pensamiento apropiado del todo, de verdad…

Habían decidido ir al Ritz, con champán tan efervescente como Crowley, lo cual se convirtió en té en el Ritz con más champán pero con un Crowley ligeramente más callado, cena en el Ritz con un oporto y un decididamente apagado Crowley, y finalmente, bebidas en el Ritz y una salida hacia la noche con un casi completamente ausente Crowley.

Este cambio en temperamento en lo que se refería a su compañero no era muy anómalo. Cuando Azirafel había observado a Crowley volviéndose más retraído a medida que la noche había avanzado, simplemente lo había achacado al alcohol, y, recordando su propio ataque de temblores la noche anterior, el trauma persistente de toda la semana pasada, no se había preocupado; Crowley siempre había sido muy…transitorio con sus estados de ánimo.

El mismo Azirafel había sido cautelosamente optimista. Habían vivido, los dos, durante tanto tiempo bajo la sombra de la expectación de sus respectivas sedes, la sombra de lo que era bueno (o malo) y propio (o impropio), que él, estaba encontrando la falta repentina de esa censura completamente liberadora. Sentía que, por fin, era libre de pensar en lo que realmente quería de la vida. A quien realmente quería en la vida. Se había pasado tanto tiempo intentando convencerse a sí mismo de lo que había sabido, muy en el fondo, era falso, que estaba ansioso de investigar lo maravillosas que podían ser las cosas una vez que se había permitido a sí mismo admitir la verdad. Abrazar la verdad. Y esperaba que no estuviera siendo ingenuo al pensar que no era el único que estaba ansioso por ese cambio.   

Se habían detenido debajo de una bandera de Union Jack en la esquina de Piccadilly con vistas a un oscurecido Green Park y Azirafel se había girado, su corazón más ligero de lo que nunca había estado tanto como podía recordar achispado, y simplemente había hecho la pregunta, la había lanzado ahí en la cálida noche mientras Crowley permanecía silenciosamente a su lado. 

- ¿Te gustaría pasar la noche en mi casa, querido?-. Incluso había estado sonriendo, recordó, completamente desprevenido para lo que llegó. 

Durante un momento Crowley no había respondido, sus ojos, ocultos tras esas gafas infernales, habían estado hacia arriba y apartados de Azirafel, mirando a la azotea de un bloque de oficinas, su mandíbula tensa, su postura rígida y entonces había respondido.

-No.

 Simplemente la helada palabra y la seguridad de todo habían frenado en seco a Azirafel.

-Oh-. Había sido todo lo que fue capaz de pronunciar. 

-Prefiero no hacerlo-, había añadido el demonio. Luego, con las manos en los bolsillos, todavía determinadamente mirando las azoteas de los edificios, simplemente se había marchado, dirigiéndose de nuevo por Piccadilly hasta donde, horas atrás y juntos, habían dejado el Bentley. Azirafel simplemente se había quedado allí y lo había observado irse, sintiéndose estupido y mucho más que un poco perplejo antes de que eventualmente volviera en sí y se dirigiera a la tienda en lenta contemplación. 

Y eso había sido todo. Azirafel entendía como podía ser Crowley cuando tenía algo que procesar, y le había dado algo de espacio, la experiencia le había enseñado lo inútil que era atosigarlo cuando estaba siendo así de difícil y simplemente esperó. Al principio a Crowley podría llevarle siglos superar lo que le había irritado lo suficiente hasta aparecer una vez más al lado de Azirafel. Más tarde habían pasado a ser años, meses, semanas y—desde que la cuenta atrás de once años hubo empezado—días. Así que no estaba preocupado. Tal vez confundido, contrariado seguro; dando sus cautas esperanzas a este “respiro” en el que estaban viviendo—pero aun así, no estaba preocupado. Y tal vez podrían todavía disfrutar de una perspectiva nueva acerca de todo—en cuanto Crowley superase lo que fuera que le estaba molestando.

Sin embargo, fue en el octavo día cuando las cosas se tornaron ligeramente más siniestras.

Azirafel había tenido las traducciones latinas durante años y siempre había sospechado que se habían realizado muy pobremente. Nunca había tenido tiempo de mirarlas, con lo de intentar estar al día con el Anticristo que no fue, cancelar tanto como era posible la influencia demoníaca de Crowley y todavía tener tiempo para el té de la tarde y tablas de embutidos. Se había acomodado esa mañana de domingo y se había puesto a trabajar, haciendo regularmente ruidos de desaprobación ante la absoluta incompetencia de los traductores del siglo XII, dando sorbos distraídamente al té frío y finalmente poniéndose recto de un respingo cuando sintió el cambio exactamente cuando pasó.

Durante un momento simplemente se quedó ahí, los dedos manchados de tinta posados sobre el texto antiguo, el ceño fruncido mientras intentaba ubicar lo que había pasado. Era como…era como…era como un agujero, una nada, un espacio. Un sonido que de repente se detenía, un dolor que de repente cesaba. La ausencia de estrellas en el cielo nocturno, la ausencia de chicle en las aceras de Londres, el silencio de la calle abruptamente vacío de tráfico.

El vello de su cuello seguía de punto, un escalofrío recorriéndole suavemente los hombros y Azirafel se encontró a sí mismo mirando con aprensión alrededor de la tienda. No había nada allí, nada había entrado para molestar las motas de polvo que flotaban, nada se había marchado para llevarse algo de la serenidad del domingo con ello. Nada había cambiado, nada había pasado, nada se había ido…se puso de pie, con la silla cayendo al suelo detrás de él.

-Crowley.

La palabra se tiró, casi inconscientemente, de los labios de Azirafel mientras el corazón le golpeaba incómodamente en el pecho y el miedo le recorría las venas. Había sido tan constante, tan eterno que había dejado de notarlo hacía eones. Ese algo incesante, indefinible, vibrando en la parte de atrás de su mente que le decía que Crowley estaba aquí, que Crowley estaba lo suficientemente cerca, que Crowley era Crowley si Azirafel lo quisiera, lo necesitara…sacudió la cabeza, las mejillas sonrojadas. Lo que sea. Pero ahora…ahora no había vibración, no había sensación del demonio, no había cercanía…no había Crowley.

Su mano estaba temblando muy ligeramente cuando se estiró hacia el teléfono y marcó cuidadosamente uno de los dos números que se sabía de memoria. El teléfono en el piso sonó una, dos, tres veces y luego, “Hola, soy Anthony Crowley”

- ¡Crowley! ¿Estás—

“Ya sabes qué hacer. Hazlo con estilo.”

Colgó el teléfono con mucha más violencia de lo normal, siseando una enfadada. - ¡Maldición!-, cuando lo hizo. Después de abstenerse de maldecir durante más de cuatro mil años, era una costumbre sorprendentemente fácil en la que caer. Volviendo a coger el teléfono marcó el otro número, escuchando con miedo confuso cuando nada en absoluto pasó.

- ¡Maldición!-, siseó otra vez y se dirigió a la puerta.

Le llevó veinte minutos en taxi hasta llegar a la puerta del piso de Crowley, sus ojos moviéndose fríamente hacia el Bentley, aparcado en su sitio de siempre. Para entonces el silencio en su cabeza era tan devorador que ni siquiera se molestó en pulsar el telefonillo, simplemente movió los dedos tan disimuladamente posible y siguió caminando. La puerta de entrada abriéndose para él, el ascensor abriéndose en su cara pero él lo ignoró, eligiendo en su lugar subir corriendo las escaleras, la preocupación llevándolo a una extenuación que normalmente prefería evitar. La puerta al ático de Crowley se abrió cuando se acercó y Azirafel entró apresurado, de repente preguntándose si tal vez un poco más de precaución hubiera sido aconsejable.

- ¿Crowley?

Sin embargo, el tiempo para eso había pasado y fue de habitación en habitación, los ojos examinando cada rincón, sus oídos agudizándose para cualquier murmullo de vida. 

- ¡Crowley!

Pero no había nada. Fue desde el salón a la cocina, al despacho, al dormitorio. Examinó las plantas y los techos, detrás de la televisión y debajo de la cama. Miró en los armarios vacíos y en la nevera repleta pero no había nada en absoluto que le diera una pista de adónde se había ido el residente. De hecho—no había mucho de todo, el sitio que Azirafel siempre había pensado que Crowley llamaba casa, estaba absolutamente privado de algún resto de su propietario, y el ángel estaba empezando a sospechar que siempre lo había estado. Finalmente, enfrentado con una enorme nada con la que trabajar, Azirafel soltó un suspiro largo y se sentó pesadamente sobre el sofá de cuero, mirando al horizonte de Londres, al igual que Crowley había hecho la mañana después del Armagedón abortado. No tenía ni la más remota idea de lo que hacer a continuación.

Se obligó a sí mismo a pensar, Crowley siempre había tenido las ideas en su pequeño grupo de dos, pero intentó canalizar su Crowley interior, intentó obligarse a considerar lo que se le habría ocurrido a su inventivo y temperamental compañero en circunstancias similares pero…simplemente no era fácil.

- ¡Crowley!-, siseó otra vez con frustración y miró hacia la pared de cristal, captando el reflejo del boceto de Leonardo entre las nubes que surcaban el cielo. Se giró, moderadamente sorprendido de verlo ahí y se preguntó cómo lo había conseguido Crowley del notablemente tacaño artista, cómo lo había conseguido mantener tanto tiempo, cómo de bien había conocido a Leonardo, cómo lo había conocido…y de repente se le vino a la mente lo poco que él, Azirafel, sabía de Crowley.

El piso por ejemplo. Como el Bentley, Crowley lo había tenido desde nuevo, treinta años si la memoria de Azirafel era correcta. ¿Treinta años y Azirafel alguna vez había estado en el? ¿En todo ese tiempo? No. No hasta la semana anterior y la invitación casual de Crowley de “Puedes quedarte en mi casa, si quieres”, había sido invitado a su interior cromado y hormigonado. Y por extraño que parezca, ni siquiera se había dado cuenta de ello antes.

Tomó la oportunidad de echar un vistazo, intentó sentir al único ser que había creído que conocía mejor en toda la existencia. No estaba realmente seguro de lo que había pensado cuando había considerado el piso de Crowley antes, pero probablemente no fue esto, eso estaba claro. Lo moderno no le sorprendió, tampoco los aparatos—Crowley siempre había sido muy receptivo a los tiempos cambiantes—pero la luz lo hizo. Y las plantas. Y las vistas. Y para un demonio que parecía amar la calidez hogareña de la librería, el tema brutalista era, bueno, brutal. Sin embargo, el sitio todavía parecía de exposición pero Azirafel se quedó considerando incómodamente para quién era la exposición; para el demonio que vivía ahí, o para el hombre que el demonio quería ser.


Volvió caminando a Soho, parándose a examinar el brillante inocente Bentley en su camino, y durante todo el tiempo que caminó miró a cada persona con la que se cruzaba buscando respuestas, buscando a Crowley, le dio vueltas a todo en su mente una y otra vez. ¿Dónde podría haber tenido que ir Crowley? ¿Dónde estaría cuando Azirafel no lo sentía más? ¿No lo percibía? Supuso que “la Sede Central” habría sido la respuesta obvia pero eso no le sentó bien a Azirafel. En todos los años que se habían conocido, Crowley había estado Abajo muchas veces, tal y como Azirafel había estado Arriba, y ni una vez, en todas esas visitas había “desaparecido” del radar como esta vez, Azirafel estaba seguro de ello. Otra inquietante respuesta que también le estaba picando, vibrando en la parte de atrás de su mente con imágenes de agua bendita y ese pobre ordenanza que había sido obligado a probar el baño que Michael había preparado para Crowley pero—claro que no, ¿claro que no intentarían eso otra vez? ¿Por qué lo harían? Habían prometido dejarlo en paz.

Para cuando llegó a la librería esa era la posible explicación que a Azirafel se le había ocurrido, y como tal sabía que necesitaba comprobarlo. Se frotó la frente, de verdad, realmente no queriendo que esa fuera la forma en la que necesitaba pasar su noche de domingo pero como no había más que hacerlo, se puso a trabajar.

Con un corazón pesado arrastró su mesa un poco hacia la derecha y enrolló la alfombra que había debajo, tosiendo ligeramente cuando las volutas de polvo subieron arriba. El círculo con tiza todavía estaba ahí y Azirafel frunció el ceño cuando recordó la última vez que había hecho esto, la vez que le había mostrado lo solos que estaban en todo él y Crowley. Apartó ese pensamiento y en su lugar empezó a borrar algunas marcas aquí y allí, añadiendo otras en sitios, frunciendo el ceño y murmurando frases como “Oh, de eso nada”, hasta que estuvo satisfecho de haberlo hecho correctamente. No obstante, no se detuvo ahí. Poniéndose de pie de nuevo y sacudiéndose el polvo de los pantalones, Azirafel lo repasó todo una vez más, comprobando líneas, pasajes, runas y marcas, cuando la calle fuera empezó a quedarse en silencio decidió que estaba preparado. Cogió las velas, las encendió con un movimiento de sus dedos, cuidadosamente entró dentro de su pentagrama y pronunció las Palabras.

Le había llevado dos intentos llegar hasta alguien de Arriba la semana pasada, Azirafel se había resignado a la larga espera de Abajo así que se sobresaltó con la voz que inmediatamente sonó desde algún punto cerca de sus pies. 

- ¿QUÉ?

A pesar de todo, Azirafel retrocedió un poco, lo justo para conseguir permanecer dentro de las líneas cuidadosamente dibujadas y aclarándose la garganta para recomponerse un poco miró hacia el suelo con las líneas rojas brillando y forzó una sonrisa. -Buenas noches. Soy el Principado Azir—

-SABEMOS QUIÉN ERES, ÁNGEL. ¿QUÉ QUIERES?

Azirafel no había esperado que conseguir audiencia fuera tan fácil, pero claro, razonó, eran demonios ¿no? Siempre haciendo lo que menos se espera, siempre tratando de atraer lo desprevenidos.

-Sí, de acuerdo-, se aclaró la garganta de nuevo. -Y por favor, dime, ¿con quién estoy hablando?

Hubo una pausa, Azirafel se estaba preguntando si le habían colgado. -HASTUR. DUQUE DEL INFIERNO. VÉ AL GRANO. ESTOY OCUPADO.

Azirafel recordó a Hastur del juicio, recordó cómo había odiado a Crowley, la alegría que había tenido con la “destrucción”. Se irguió un poco, entrecerrando los ojos mientras miraba las runas brillando alrededor de sus pies. -Vale-, su tono era mordaz. -Llamo por una interpelación acerca de—

- ¿QUÉ?

Otro pequeño suspiro. -Una pregunta. Tengo una pregunta para ti. Acerca de Crowley.

- ¿CROWLEY? ¿CROWLEY EL DEMONIO?

- ¿Hay otro Crowley al que conozcamos?-. Azirafel sintió que su respuesta cortante de alguna forma había dejado perplejo a Hastur. -Olvídalo. Sí, el demonio, simplemente me preguntaba— 

Sin embargo la casi histérica risa de Hastur le interrumpió, y Azirafel sintió que sus labios se apretaban con la rabia en aumento.

- ¿ESE TRAIDOR? ¿CROWLEY EL TRAIDOR? ¿TIENES UNA PREGUNTA DE SU PARTE?

Oh, de verdad, para un Duque del Infierno este demonio era increíblemente estúpido…

- ¿ESTÁ AHÍ? ¿ME PUEDE OÍR?

El ceño fruncido de Azirafel se profundizó más.

-BIEN, DILE QUE TIENE DESCARO, HACIENDO QUE SU NOVIO EL ÁNGEL REMILGADO NOS LLAME CON LO QUE SEA QUE QUIERE DE NOSOTROS AHORA.

Un sudor frío empezó a subir por la espalda de Azirafel, contrarrestando el rubor en sus mejillas.

-ES UN TRAIDOR Y YA NO ES UNO DE LOS NUESTROS. HA TOMADO SUS DECISIONES, HA ELEGIDO SUS ALIADOS.  VUELVE A ACERCARSE A CUALQUIERA DE NOSOTROS OTRA VEZ Y…

A Hastur parecía que le costaba decir algo en este punto, obviamente recordando la insensibilidad de Crowley hacia el agua bendita y los miedos sobre qué más podría hacer.

-Y SE ARREPENTIRÁ. LO HARÁ. SE ARREPENTIRÁ. DILE ESO. DE PARTE DEL SEÑOR BELCEBÚ Y MÍA. ¿LO HAS ENTENDIDO ÁNGEL? DÍSELO.

Y entonces desapareció y Azirafel se quedó de pie rígido en mitad del ahora ligeramente humeante pentagrama y preguntándose de qué demonios, literalmente, se trataba todo eso. Se quedó ahí durante tal vez diez minutos, su mente dando vueltas salvajemente y luego, con otro pesado suspiro, dio un paso fuera. Se sentó en una de las sillas viejas y desgastadas que había puesto por la tienda y miró fijamente los lomos polvorientos de los libros que estaban en la estantería frente a él. 

¿Qué fue eso? ¿Qué fue eso? ¿Hastur mintiéndole? ¿Despistándole? Pero…no…no había sentido eso. No había tenido la sensación de que el Duque estuviera mintiéndole aunque eso era lo que se supone que hacían los Duques del Infierno. No…el demonio había parecido genuinamente irritado, genuinamente preocupado por que Crowley estuviera intentando ponerse en contacto con ellos. De esto, Azirafel solo podía asegurar que el Infierno, bueno, Hastur por lo menos, no tenía tampoco ni idea de dónde estaba Crowley.

Lo cual dejaba a Azirafel…¿dónde exactamente?

Estaba bastante seguro de que Crowley no estaba en ningún lugar de la Tierra, parecía que en el Infierno tampoco así que quedaba solo otro lugar en el que buscar, un lugar que Azirafel sentía que era una muy mala idea en este momento en particular. Pero ¿qué elección tenía? ¿Qué haría Crowley en su lugar si fuera al revés? Con un pequeño movimiento nervioso en su tripa, Azirafel supo demasiado bien el desenfrenado abandono que el demonio emplearía mientras irrumpía en el Infierno en busca de un Azirafel desaparecido. De acuerdo…bien…el Cielo entonces. Pero Azirafel no tenía que usar los métodos salvajes de Crowley ¿verdad? Por supuesto que no, podía hacer esto a su manera, una manera amistosa de Azirafel, si el Cielo tenía a su amigo, entonces mejor que estén preparados para los problemas…