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Language:
Español
Series:
Part 2 of el quiosquito de pibar
Stats:
Published:
2024-05-09
Words:
2,541
Chapters:
1/1
Comments:
19
Kudos:
60
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1
Hits:
961

nuestro secreto

Summary:

Matías sabía que iba a ser una noche como ninguna otra.

Notes:

Comisión #2 escrita para Ludmila 💓

Creo que este prompt surgió del primer ccdegenerado (rip) y me lo terminaron comisionando a mí. Espero que les guste y no me funen demasiado!

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Matías sabía que iba a ser una noche como ninguna otra.

Lo supo apenas Nicolás volvió a casa después de que se suponía que iba a quedarse a dormir en lo de su novio. Estuvo seguro cuando entró de un portazo y ni siquiera lo saludó antes de desaparecer en su habitación dando otro portazo.

Eso quería decir que estaba soltero. Matías lo sabía porque conocía a Nicolás y era un patrón muy común que respetaba cada vez que terminaba una relación.

Matías eligió no molestar al mayor por el momento, así que siguió comiendo el sushi que se había pedido mientras miraba una repetición de un partido viejísimo entre Peñarol y Nacional. Nicolás salió de su pieza solo para meterse en el baño y segundos después el menor escuchó el ruido de la ducha. Ese era otro patrón.

Cuando terminó el partido alrededor de media hora más tarde, Matías fue a la cocina a tirar todos los envases vacíos y a ordenar un poco, solo para hacer tiempo y pensar qué le iba a decir a su hermano.

Lo conocía y sabía que Nicolás era bastante inestable cuando Matías empezaba a hacer preguntas sobre su vida amorosa. Lo entendía, porque Matías era demasiado sobreprotector y, a pesar de ser el menor, le había prometido siempre que lo iba a cuidar de todos. Desde que eran chicos lo sostenía, antes de que sus viejos se separaran y solo se vieran en algún cumpleaños, Navidad o Año Nuevo.

Matías se había quedado con su papá en Uruguay, mientras que su mamá se había llevado a Nicolás a Italia. Hacía poco menos de cinco años que Nicolás había vuelto a Uruguay y estaban viviendo juntos. En ese interín, Matías había perdido la cuenta de la cantidad de novios que había tenido su hermano y por los cuales había terminado exactamente como esta noche.

Y era Matías el que terminaba viendo a su hermano llorar y teniendo que consolarlo, asegurando que el próximo hombre que conociera no iba a ser tan malo como el anterior, que nadie lo merecía, que Nicolás era demasiado para ellos.

Matías estaba cansado de la misma historia repitiéndose una y otra vez.

Sin embargo, eso no lo detuvo de tocar suavemente la puerta y pedir permiso para entrar a la pieza de su hermano. Nicolás estaba hecho una pelota en la cama, abajo de las frazadas y sábanas. Matías apretó los labios y cerró la puerta, caminando tentativamente hasta sentarse en el colchón. Se animó a tocar el bulto que formaba Nicolás y solo escuchó que sorbía por la nariz.

—¿Qué pasó ahora? —preguntó Matías alrededor de un suspiro.

—Nada nuevo —contestó Nicolás con la voz un poco tomada y amortiguada por estar escondido—. Los varones son todos unos pelotudos.

—Si me querés contar, acá estoy —dijo Matías, acomodándose en la cama para quedar con su espalda contra el cabezal y con las piernas estiradas—. Si no querés, también estoy acá.

—Bueno —aceptó Nicolás, pero no dijo más nada.

Matías esperó. Y mientras esperaba, se tomó el tiempo de admirar el espacio que había armado Nicolás en esa habitación que había estado vacía por tanto tiempo antes de que él viniera. No había ropa tirada por todos lados como en la suya, porque Nicolás era prolijo y ordenado. Había un póster de Enzo Francescoli en una pared, viejo y algo descolorido, que era el mismo que tenían en su casa de la infancia en Montevideo y que Matías había guardado para devolvérselo algún día. Y como todo lo que le prometía a su hermano, lo cumplió.

Matías sentía que se había perdido de mucho cuando los separaron de chicos. Sentía que había cosas que no sabía de su hermano mayor, cosas que quizás fuesen vitales e importantes para conocerlo mejor.

Lo primero que le habían dicho sus papás cuando Matías entendió un poco cómo funcionaba el mundo real fue que Nicolás era diferente, que no era como otros chicos. Matías nunca preguntó por qué, no le pareció importante hacerlo, porque Nicolás era su hermano y le tenía mucho cariño.

Se acordaba de lo mucho que discutían sus viejos por Nicolás. Su papá se quejaba de que su mamá lo sobreprotegía demasiado y que nunca iba a ser un chico de verdad si seguía así. Su mamá le reclamaba que no lo trataba igual que a Matías, que nunca le daba la misma atención, que no lo escuchaba cuando le contaba que algo le gustaba porque no tenía una pelota de fútbol de por medio.

Matías volvió de ese rejunte de memorias cuando Nicolás salió de su escondite. Tenía el pelo húmedo por la ducha que se había dado y un remerón bastante grande que sospechaba que era suyo. Nicolás lo miró e hizo un puchero que se notaba que no era fingido.

—Me rechazó por lo mismo de siempre —dijo Nicolás. Matías cerró los ojos y resopló, dejando caer su cabeza contra el respaldo de la cama, lleno de bronca—. Lo peor de todo es que este me gustaba de verdad.

Como su papá, había muchos hombres que no aceptaban que Nicolás fuese diferente. Matías vivía amargado por eso, porque no había ni uno decente. Ni uno.

—Ninguno te merece —concluyó Matías. Nicolás lo miró por encima de su hombro, jugando con un hilito de la frazada—. Sos precioso y ellos unos imbéciles.

—Quiero que por lo menos uno me quiera como soy —suspiró Nicolás, arrastrándose en la cama hasta quedar pegado a Matías. El menor estiró su brazo y Nicolás encontró su lugar ahí, contra su pecho, como siempre—. No puede ser que no tenga suerte con ninguno.

—Ya te va a tocar uno que te valore —lo consoló Matías, mirando para abajo mientras pasaba sus dedos por las pecas de Nicolás. El mayor miró hacia arriba para encontrar sus ojos—. No saben lo que se pierden esos tarados.

Nicolás sonrió con algo de tristeza, pero a Matías siempre le había parecido hermoso cuando lo hacía. No pudo evitar agacharse y plantarle un beso en la frente, en sus cachetes tibios, en su nariz chiquita.

—Mati —murmuró Nicolás.

—¿Mm?

—¿Te acordás cuando me daban miedo las tormentas y venías a llenarme de besitos? —preguntó Nicolás.

—Sí —contestó Matías.

—Quiero eso —pidió Nicolás.

Matías sonrió, porque se acordaba de eso, que tan raro podía parecer a ojos de los demás, pero para Matías y Nicolás era lo más normal del mundo, porque así Nicolás no sufría tanto cuando había una tormenta. Matías lo llenaba de besos hasta deshacerse de sus lágrimas y terminaba con su boca en la de su hermano. Eso lo calmaba, por eso no le parecía raro.

—Pero Nico…

—Nadie lo tiene que saber —dijo Nicolás—. Nadie nunca lo supo. Siempre dijimos que era nuestro secreto.

Matías no pudo aguantar mucho más. Sostuvo con cuidado la cara de Nicolás y se animó a juntar sus labios apenas en un pico. Se separó rápidamente, sintiendo que se había roto algo entre ellos, pero también sintió algo que tiraba de él hacia Nicolás.

El siguiente beso no fue tan cuidadoso. Matías rodeó la nuca de Nicolás con una mano y juntó sus labios como si su vida dependiera de eso. El sonido que hizo el mayor murió en su boca, pero fue hermoso y se lo iba a acordar toda la vida. Su lengua fue al encuentro de la otra y su mano subió hasta enredarse en el pelo corto húmedo y teñido por el mismo Matías, porque Nicolás le confiaba todas las locuras que se hacía en la cabeza.

No se besaban así cuando solía haber una tormenta y tenían unos quince años menos, pero Matías siempre había pensado en cómo hubiese sido besar a Nicolás de una manera intensa y envolvente.

Nunca se imaginó que iba a ser de esta magnitud, tan desarmante y trascendente.

Matías se separó de Nicolás y el sonido que hicieron sus labios al hacerlo retumbó en su cabeza. Miró al mayor a los ojos y los encontró algo nublados, todavía un poco rojos por haber estado llorando por un fulano que no lo apreciaba como se merecía, como lo hubiese hecho Matías desde un principio si no fuese su hermano.

Pero lo era y estaban ahí igualmente, a centímetros de distancia de seguir haciendo algo que se suponía que no tenían que hacer.

Matías no quería escuchar ese lado racional de su cabeza. Quería hacer sentir bien a Nicolás, porque él siempre quería lo mejor para su hermano.

Juntó sus bocas de nuevo y esta vez acompañó el beso con una mano que se escabulló por el remerón. El abdomen de Nicolás tembló cuando sus dedos tocaron su piel tibia y rozaron el arito de su ombligo. Matías no se quedó ahí, subió hasta su pecho y ahuecó su mano en un pectoral, como lo haría con cualquier chica que se llevaba a la cama.

—No soy una de tus chicas —dijo Nicolás, como si le estuviese leyendo la mente. Matías se rió suavemente, un poco ofuscado, y el mayor se mordió el labio, agarrando su mano y bajándola lentamente—. No ahí. Pero sí acá.

Cuando terminó de hablar, los dedos de Matías rozaron la tela fina de los bóxers especiales que siempre supo que Nicolás usaba. Matías sabía que estaban cruzando un límite y no iban a poder dar marcha atrás nunca más.

No le importó. Metió su mano en la ropa interior de Nicolás, acariciando la piel suave y libre de vello hasta que sus dedos encontraron ese punto de placer, que hizo que Nicolás soltara un suspiro chiquito y se moviera apenas en un temblor. Matías lo miró, solo para estar seguro, y cuando el mayor asintió con un leve movimiento de su cabeza, Matías se terminó de despojar de toda duda.

Nicolás gimió cuando sus dedos frotaron su clítoris con cuidado, pero con un poco de insistencia. Matías no aceleró el proceso, buscó ver cómo reaccionaba su hermano mientras lo tocaba. Nicolás respondía a los pellizcos con gemidos rotos y a los toques más suaves con suspiros pesados. Tenía los cachetes rojos, los labios entreabiertos y se sostenía del respaldo de la cama con una mano para poder moverse contra él.

—Nico —lo llamó Matías.

—Sí, por favor —fue lo que dijo Nicolás.

Matías retiró su mano de su ropa interior y se separó de él para poder sacarle el remerón. Nicolás se deslizó con apuro en la cama y trató de empujar sus bóxers, pero fue Matías el que enredó sus dedos en el elástico y se los sacó de un tirón, dejándolo completamente desnudo frente a él. Nicolás se agarró de las almohadas, levantó un poco las rodillas y separó las piernas para él.

—Sos lo más lindo que vi en mi vida —le confesó Matías, completamente maravillado por tanta belleza.

—Mati —gimió Nicolás, ofuscado.

Matías sonrió y se posicionó entre sus piernas. Fue bajando de a poco, acomodándose sin apuro, hasta que rodeó los muslos del mayor y los empezó a llenar de besos. Nicolás se retorcía y temblaba, así que Matías lo miró y se inclinó hacia la zona bajo su ombligo y bajó poco a poco, dejando besos húmedos, hasta llegar a su entrepierna.

Nicolás arqueó la espalda ante la primera caricia de su lengua en toda su vulva. Soltó suspiros y gemidos quedos por cada beso y lamida, hasta que Matías llegó a su clítoris y lo rodeó con toda su lengua, lo frotó con insistencia y después lo llenó de succiones. Para ese entonces Nicolás era un desastre de gritos y temblores.

Matías recibió tirones en el pelo y eso fue un incentivo más. Fue alternando las provocaciones en su clítoris con suaves embestidas de su lengua en su vagina. Perdió tanto la noción del tiempo entre las piernas de Nicolás, que lo tomó por sorpresa su orgasmo, el cual se apuró a atrapar con su lengua mientras acariciaba ese conjunto de nervios con su pulgar y Nicolás solo tenía la capacidad de soltar palabras inentendibles mezcladas con gemidos.

—¿Bien? —preguntó Matías, enderezándose entre las piernas flojas de Nicolás y pasándose una mano por su cara húmeda de sus fluidos.

Nicolás lo miró con la boca entreabierta y el pecho inquieto. De un solo movimiento, se enderezó y empezó a tirar de la remera de Matías y al mismo tiempo de sus pantaloncitos de fútbol hasta desnudarlo. No le dio tiempo a nada, porque tiró de él para que se acostara encima suyo y lo besó profundamente.

Matías se acomodó encima de Nicolás y se agarró de la base. Rompieron el beso para mirarse a los ojos mientras frotaba su punta por toda la vulva del mayor. Nicolás se mordió el labio y dio un leve asentimiento, que fue suficiente para que Matías se deslizara en su interior de un tirón.

Los dos gimieron a la par, tomados por sorpresa. Nicolás escondió su cara en su cuello y Matías le rodeó toda la cabeza con un brazo, apretándolo contra él. Sintió los dedos de Nicolas en sus omóplatos, clavándose en su piel, así que se animó a moverse. Nicolás respondió con un gemido quedo y dejando caer su cabeza en la cama para mirarlo con los ojos entrecerrados.

Matías pensó que realmente no había nadie más hermoso que Nicolás. Se lo demostró con sus caderas, embistiendo con cuidado y lentitud, robándole los sonidos más preciosos del mundo. Se lo demostró con besos que dejó en sus pómulos y labios entreabiertos, gimiendo en la boca del otro. Se lo demostró con elogios en su oído que le arrancaron lágrimas.

—No llores, bebé —pidió Matías entre jadeos—. Yo no te voy a hacer llorar nunca.

Nicolás soltó una risita húmeda. Agarró la cara del menor con sus manos y la sostuvo encima de la suya para compartir un beso súper dulce. El contraste de ese gesto con los movimientos de sus caderas era muy evidente, pero no les importó.

Matías rodeó los muslos de Nicolás y los sostuvo con firmeza cuando se dejó caer de espaldas en el colchón. Nicolás retomó desde donde debía, saltando y meneándose encima de él. El menor lo miró con total admiración, lo sostuvo de las caderas y llenó de caricias su piel. Nicolás se llevó un pulgar a la boca y lo mordió mientras gemía y se tocaba con su otra mano.

El menor no pudo más. Arqueó la espalda y soltó un gemido tras otro cuando empezó a acabar. A los pocos segundos, sintió la humedad de Nicolás a su alrededor.

Nicolás se levantó con cuidado y se acostó junto a él, boca abajo, dejando un besito en el hombro desnudo de Matías. El menor no tenía palabras, lo que acababan de hacer era como un antes y un después en su relación.

—¿Qué fue esto para vos? —preguntó Matías.

Al no obtener respuesta por varios segundos, giró la cabeza y encontró a Nicolás profundamente dormido. Matías sonrió y acarició un pómulo lleno de pecas. Cuando se despertara, quizás podrían hablar de eso.

O capaz lo harían de nuevo.

O capaz hablarían y después lo harían de nuevo.

En cualquier caso, Matías sonrió y se fue guiando con la respiración de Nicolás para quedarse dormido.

Notes:

Bueno, oficialmente inauguro el quiosquito de Pibar en modo serie 💫 así que acá van a ir todas las comisiones que vaya subiendo. Desde ya, les agradezco a todxs los que compartieron la publicación de twitter y por supuesto a lxs que se animaron a pedirme cositas.

Los kudos y los comentarios de siempre me harían muy feliz, en especial con esto que es medio funable jiji 💞

Nos vemos en el próximo delirio, que ya perdí la cuenta de cuál es porque mi vida es UN CAOS!

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