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Bo, con apenas 18 años, se encontraba atravesando un mar de emociones, navegando entre la confusión y los sentimientos que comenzaban a florecer en su corazón. El conflicto entre sus pensamientos intrusivos y sus emociones incontrolables lo había mantenido en un estado casi letárgico los últimos días, sin comprender completamente el significado de sus sentimientos ni el peso de sus pensamientos.
El abuelo Eduardo, habiendo notado el comportamiento extraño de Bo, decidió abordar el tema durante el desayuno, intentando adentrarse más en la mente del joven y brindarle el apoyo que necesitaba. Después de todo, necesitaba su colaboración para hacer crecer el negocio. Mientras servía los pancakes que había hecho con trocitos de kiwi encima, el abuelo buscaba las palabras adecuadas para iniciar la conversación.
—Oye Bo, ¿cómo te sientes con nosotros? —preguntó el abuelo con una mezcla de desinterés y ternura, dejando el plato frente al joven pelirosa.
Bo, mirando el kiwi con desagrado, levantó la mirada para observar con confusión al abuelo.
—¿A qué te refieres, abuelo? —preguntó Bo, removiendo la fruta de los pancakes—. Malditos kiwis — murmuró para sí mismo.
—No sabemos mucho de ti y tampoco he querido preguntar, muchacho, pero sé que cuando Yados te encontró estabas solo —explicó el abuelo, tomando asiento frente a Bo—. Solo quiero saber si te sientes bien, puedes contar con nosotros. Los cuatro somos familia.
Bo se sumió en un breve silencio que dentro de su cabeza pareció durar mucho más. Recordó las noches solitarias de lluvia, durmiendo en la puerta del convento después de ser castigado, y los golpes que recibía al día siguiente por parte de su padre. Volvió a sentir aquella abrumadora sensación de aquella mañana en que su padre lo dejó, abandonándolo junto a las monjas, completamente solo en el mundo.
—No quiero volver a estar solo —susurró Bo, sintiendo un nudo en la garganta y un peso en su espalda que lo empujaba con fuerza —. Yados y tú me dieron un hogar, y Luisito… Él me hace sentir bien, me hace muy feliz y hasta come el kiwi por mí.
El abuelo ignoró su indignación por la repentina confesión sobre el kiwi, pero una sombra de preocupación cruzó su rostro. Sabía que esto significaba que algo se avecinaba, algo que podía poner en peligro la frágil estabilidad de los jóvenes.
—Jamás vas a estar solo, muchacho. Me alivia saber que tú y mi nieto son tan cercanos —respondió el abuelo con una sonrisa preocupada, tratando de ignorar sus pensamientos—. Porque sé que se van a proteger mutuamente, siempre.
Bo asintió con la cabeza y continuó comiendo sus pancakes. Mientras desayunaban, el abuelo sintió el peso de las dudas y el temor que atormentaban su interior. Sus pesadillas nunca lo habían engañado, y últimamente había vuelto a tenerlas, lo que lo hacía temer lo que se avecinaba. Sabía que el camino por delante sería difícil y peligroso, pero estaba decidido a proteger a su familia, y lo tranquilizaba un poco saber que su nieto tenía a alguien de su edad a su lado. Alguien como Bo, que era capaz de matar solo para no perder a su familia.
