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Los mariscos y pescados siempre fueron su pasión. A Sanji le encantaba todo lo relacionado a la comida, eso nunca estuvo en duda. Pero había algo acerca del mar, los océanos y todos los sabores que este tenía para ofrecer que simplemente lo llamaba como ningún otro elemento pudo, ni siquiera después de todos los años, desde cualquier cosa en la tierra hasta aquella isla hecha de nubes.
Así que cuando era pequeño, y se cruzó con un libro que hablaba sobre el mítico All Blue, ese precioso océano oculto, lleno de todos los peces conocidos por el hombre, y las especias que venían con ellos, supo que ese era el sueño de su vida, su razón de existir. Ir a buscarlo. Le pertenecía, como una promesa forjada en sangre y muerte y costillas huesudas.
El océano fue su compañero más íntimo toda su vida, envolviéndolo cuando su madre lo abrazaba, manteniéndolo caliente cuando estaba enjaulado, alimentándolo cuando se moría de hambre en esa isla rocosa. Ese océano lo empujaba hacia lo desconocido, a unirse al hombre que ahora es rey de los piratas, quien le dio una razón para ir a encontrarlo.
Este azul infinito era muchísimo más de lo que soñó, se sintió abrumador cuando llegaron. Las suaves olas bailaban como los pétalos de una flor siendo mecidos por el viento, y la forma en que se tornaba dorado con las últimas luces del día lo volvían el hombre más rico del mundo. Y ahora que Zoro ya no estaba, es la única cosa que le queda.
El restaurante flotante, conocido mundialmente, era su orgullo. El sueño de su vida era finalmente algo tangible en lugar de niebla en su mente. Asentado en el medio del All Blue, con barcos viniendo desde todos los rincones del mundo, un lugar de belleza, donde la materia y la fantasía buscaban tregua, donde reyes y ladrones comían juntos en paz, porque lo valía. No solo por el misterioso océano, sino por su comida. Sanji no podría estar más feliz.
Excepto que no lo estaba.
—Kuroashi —alguien llamó. Sanji levantó sus ojos para ver a un anciano con cabello blanco ondulado, anteojos redondos y una sonrisa todavía apuesta. Le resultaba familiar, pero no podía identificar su rostro del todo. —Cuanto tiempo sin verte —dijo tomando asiento frente a él, mientras Sanji estaba parado al otro lado de la barra. Disfrutaba de cada pequeña parte de su restaurante, y pasaba algunas horas a la semana preparando cócteles para sus clientes.
Estaba acostumbrado a recibir visitas de personas de las islas que habían salvado a lo largo de los años, eternamente agradecidos y con ganas de conversar por un rato. Siempre estaba dispuesto a tener una charla amena con ellos, recordando los buenos viejos tiempos. Pero algo le dijo que aquel hombre los conocía de una manera mucho más íntima que “yo era un ciudadano cualquiera de una ciudad que ustedes salvaron del dictador local”. Aún así, no lo reconoció.
—Ey —dijo, no iba a pretender que sabía quién era, pero no quería ser descortés con este aparente amigo, —¿Cómo has estado? —preguntó, tratando de reunir un poco más de información que pudiera decirle quién era este hombre.
El no tan extraño se rió, tenía una sonrisa amplia que le recordaba a la de Zoro, todo colmillos y salvajismo en la forma en que sus labios se curvaban con la confianza de no haber sido nunca derrotados. Una sonrisa que sólo los reyes que han ganado el título tienen.
—No me recuerdas —el hombre dijo con la ligereza de alguien que camina sobre las nubes, —no me sorprende, ha pasado mucho tiempo desde la última vez que hablamos—. La manera en la que estaba siendo deliberadamente ambiguo estaba empezando a alterar los nervios de Sanji. —No me sorprende, Sabaody fue hace mucho tiempo, eras sólo un niño en aquel entonces —y detrás de todas esas nuevas arrugas, estaba uno de los mentores más importantes de Luffy. —Todos ustedes lo eran —finalizó, sacudiendo su cabeza de lado a lado con una risa contenida.
Debe tener unos setenta ahora mismo, y aún se ve fuerte y atractivo a pesar de no estar ya en su mejor momento. Siempre fue un hombre apuesto, Sanji pensó, no cualquiera podría hacer que una hermosa mujer como Shakky se enamorara de él. —¿Rayleigh? —preguntó, el anterior segundo al mando del previo rey de los piratas no era alguien a quien esperara ver este día. O nunca, en verdad. —¿Qué estás haciendo aquí? —La respuesta podría ser obvia, “comiendo” quizás. Este era el restaurante más famoso del mundo, después de todo.
A los viejos les gusta recordar el pasado, y Rayleigh no era distinto, y ahora que Sanji era un hombre de mediana edad él mismo, podía ver el atractivo en recordar un tiempo en el que el futuro no estaba dicho, donde sus sueños eran una motivación distante para seguir avanzando, una meta lista para ser alcanzada, en vez de éxito que ya ha pasado, cuando todo era una posibilidad. Él entendía ahora.
Hablaron por horas con botellas de vino, pues ser parte de la tripulación del rey de los piratas no era algo que la mayoría de las personas tuvieran en común. Fue divertido, recordar y finalmente tener a alguien que no fuera nakama para compartir memorias.
Roger y Luffy eran tan similares, una marca única hecha para ser reyes de la libertad. Se rieron, contándose el uno al otro las travesuras de sus capitanes. Hablaron acerca de las curiosas conexiones entre ellos, cómo el hijo de Roger terminó siendo el hermano de Luffy. Rayleigh le contó sobre Roger y Rouge, luego sobre él y Shakky, y hablaron acerca de todos esos amores que fueron y vinieron a lo largo de los años.
—Pensé que estarías casado ya, con un niño en cada brazo —dijo el anciano con sus mejillas ligeramente enrojecidas por la borrachera, y Sanji se rió suavemente, pero esa risa no era como solía reír, brillante y de todo corazón.
Solía soñar sobre eso, cuando su océano empezaba a acercarse y el espacio que ocupaba en su mente comenzaba a liberarse con infinitas nuevas posibilidades. El día en que pudiera construir algunas habitaciones extra en su barco restaurante, esperando llenarlas con pasos pequeños, dinosaurios de juguetes y risas jóvenes.
Y el hombre a quien deseaba a su lado para cumplirlo. Tenían sólo diecinueve, cuando Sanji se dio cuenta de que lo que sentía por Zoro iba más allá de la amistad. No fue un gran momento de tremenda revelación, simplemente las tardes tranquilas en la cocina del Merry secando platos.
En ese entonces, no tenía la necesidad de apurarse. Todos estaban enfocados en sus propios sueños, tenían todo el tiempo en el mundo y un futuro prometedor, y Sanji podía disfrutar felizmente del presente, y de la familia que encontró en el camino. No necesitaba decirle a Zoro sobre sus sentimientos todavía. Eran tan jóvenes, tenían tiempo.
Y su corazón siempre le iba a pertenecer al espadachín, Sanji estaba seguro. Esta cosa temblorosa y débil, demasiado frágil para ser tocada, pero que permitiría que hombre con manos afiladas tomara. Él sabía de la lealtad de Zoro para con aquellos a quienes amaba, ese tipo de devoción que solo un demonio puede brindarte, y estaba seguro de que estaría a salvo con él.
Todo se sentía tan tonto ahora. Qué idiota era, al pensar que podría hacer realidad dos sueños imposibles en una sola vida. Aún ahora todavía dudaba si de verdad era lo suficientemente grande para su océano mágico, para además pensar que era digno de criar un hijo, y mucho menos con un hombre así, el mejor espadachín del mundo. ¿Y qué era él? Un cocinero sobre glorificado.
Luego, el rey oscuro le preguntó sobre el resto de su tripulación.
Y Sanji le contó sobre ellos, como la mayoría sigue navegando sobre el Sunny, explorando los mares. Luffy llevándolos por el mundo, Nami dibujando cada isla en ese mapa infinito suyo. Robin y Franky amándose con pasión. Como todos ellos acompañaron a Brook de vuelta a Reverse mountain y ahora llevan una ballena a cuestas. Como Jinbe volvió a la isla Gyojin para ayudar a reconstruir la relación entre humanos y hombres pez. Como Usopp volvió donde Kaya y la trajo de vuelta con ellos. Como Chopper fue de isla en isla curando enfermedades.
—¿Y Roronoa Zoro? —preguntó Rayleigh, —escuché que volvió a Wano después de ganar el título del mejor maestro de espadas del mundo —dijo. Sanji esperaba que dejarlo fuera de la historia pasara por alto de la cabeza del anciano. Aparentemente no.
A pesar de todo lo que siente por él, hablar sobre Zoro no es algo que le guste hacer. Sólo le recordaba todo lo que faltaba en su vida, de las cosas que no tenía el derecho a extrañar porque nunca las tuvo en primer lugar.
Y los ojos de Sanji se oscurecieron levemente ante el pensamiento, y su sonrisa disminuyó un poco. Y su pecho se apretó un montón.
—Claro, después de eso descubrió que viene de allá, y quiso reconectar con sus raíces o algo así —dijo Sanji, sonando como si no le hubiera dedicado más de un pensamiento. Como si eso no fuera una presencia constante dentro de su cerebro, torciendo sus entrañas, dejando su pecho vacío y helado.
—Me pregunto en qué estará —dijo Rayleigh, quizás era la curiosidad de un primer oficial hacia otro. Tal vez sólo quería chismosear un poco más. Lo que sea, la pregunta apuñaló a Sanji en el corazón. Él no era alguien que llorara, pero había algunos momentos, especialmente cuando recordaba sus aventuras juntos, cuando vislumbraba lo que podría haber sido, donde le ardían los ojos.
Podría haber jurado que Zoro también lo amaba, con la manera en que sus ojos plata lo atravesaban cada vez que su intensa mirada aterrizaba en él. En como lo buscaba, tratando arduamente en que pareciera que no era su intención siempre terminar a su lado, y todas esas bromas juguetonas sólo para llamar su atención. Podría haber jurado.
—No lo sé —respondió Sanji, silenciosamente rellenando las copas. Sí que lo sabía.
Zoro volvió a Wano buscando respuestas, acerca de la familia Shimotsuki y la conexión que tenía con la suya. No por su propio interés sino por Kuina, y la forma en la que estaban relacionados, para honrar su memoria hasta donde sus ancestros se encontraban. Sanji recordaba el último verano en que lo vio, la sonrisa deslumbrante que amenazaba con robarle el corazón una vez más, yéndose en un barco pequeño con unas personas que también volvían a Wano. Sanji se prometió a sí mismo que le diría a Zoro sobre este amor corriéndole por las venas cuando volviera.
Estaba equivocado en pensar que Zoro tenía alguna razón para volver. Esa fue la última vez que lo vio, su cabello verde puntiagudo, empapado por el sudor, desapareciendo en el horizonte de este mismísimo océano. Su amor tácito muriendo antes de que tuviera la oportunidad de ser confesado.
Zoro se fue buscando respuestas, pero encontró mucho más que eso.
Allí, Zoro encontró amor también. Nadie hubiera pensado que él estaba interesado en algo como el romance, pero aparentemente se reconectó con una particularmente valiente y honorable espadachina. Ella era alta y poseía una belleza que la hacía destacar aún más. También era amable, y apasionada, y leal, todas las cosas que Zoro admiraba. Y tenían tanto en común, mucho más de lo que Zoro y él jamás podrían tener.
Y se enamoraron del otro. Fuertes y orgullosos, como eran ambos. Ellos estaban viviendo la vida que estaba destinada para él y Zoro, ellos tenían la vida cómoda y los niños ruidosos, ellos tenían el final feliz. Y Sanji se quedó atrás. Pensó que tenía tiempo, todos esos años atrás, todavía eran tan jóvenes. Alguna vez, pensó que tenía una oportunidad. Nunca cruzó por su cabeza que Zoro pudiera estar con alguien más que no fuera él. Esa idea nunca existió en su mente, en su corazón.
“Para cuando vuelva”, pensó, “seré lo suficientemente valiente”, estaba seguro. Le ofrecería su corazón, abierto y completo, tibio y marcado de cicatrices, sólo para él. Tendrían la vida más feliz, peleando y comiendo y riendo. Despertando cada mañana entrelazados firmemente con un amor que no conocía final.
Pero Zoro nunca volvió, encontrando una razón para finalmente quedarse en un lugar, un sitio para al fin establecerse y llamar hogar. Y esa razón no era Sanji.
Esa noche las mareas no se agitaron, la luna no brilló, el viento no sopló. Y Sanji estaba sólo.
Y Zoro no.
