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Morir era parte fundamental de la vida y del desierto. Hasta ese momento años de hambre de alguna forma no se habían convertido en su fallecimiento por inanición. Sin embargo, la virtud que lo había mantenido con vida había renunciado a su propósito, y ahora el coyote sentía convertirse pronto en el polvo caliente y muerto que constituía a su querido hábitat.
Desde hacía días correr por kilómetros tras no haber ingerido alimento y agua había llevado a que sintiera una fatiga que le nublaba la mente y le picaba el estómago en dolor.
Su cometido se posponía, y debía reposar hasta que le dieran fuerzas para levantarse del suelo y poder caminar de vuelta a casa.
Por su conocida desgracia, sin embargo, el abrasador calor de ese día paso-por-paso le había drenado las pocas fuerzas que le quedaban, y Wile supo con seguridad que en esa ocasión no habría una leve recuperación que le hiciera poder volver a su hogar.
Se había desplomado cara al suelo, y respiraba con dificultad mientras intentaba esconder su hocico en la sombra de su pecho. La arena entraba por su boca y el calor de la superficie le daba la sensación de llevar fuego a sus pulmones. Se sentía en el infierno estar así, pero sabía que no debía darse la vuelta y dar la cara al Sol porque entonces la luz le arrebataría cualquier voluntad y noción sobre su cuerpo.
Sus oídos registraron algo. O eso pensó él. No estaba seguro de si se trataba de sus sentidos funcionando mal, pero le pareció escuchar pasos que se acercaban a él.
-¡Beep-beep!- escuchó a un volumen más alto del que estaba acostumbrado. Su cuerpo se estremeció, y con una arcada apunto de salir abrió un ojo para ver si realmente ni siquiera en su muerte podría librarse de la maldad del correcaminos.
Su visión no era clara, pero podía distinguir al ave erguida sobre él.
Lo odiaba tanto.
Una fuerza golpeó su costado, y cuando estuvo acostado sobre el lado contrario un golpe en el vientre hizo que mirara al Sol.
El suelo lo estaba derritiendo, y sus ojos se perdieron en una luz cegadora. Entonces, cuando su consciencia estaba apunto de desaparecer, distinguió una sombra que se interponía entre él y el astro.
Con una débil respiración y su visión yendo y viniendo, estaba expectante a lo que haría el contrario.
¿Se reiría eternamente de él? ¿Escupiendo en su cadáver y olvidándolo como una víctima más? ¿O empezaría a comérselo estando vivo en algún tipo de ironía?
Realmente lo odiaba. Sabía que el pájaro tenía una sonrisa en su rostro, y no tenía la decencia de pensar en lo que tenía enfrente como una tragedia. La muerte de aquel que tanta diversión le había dado sin realmente suponerle un peligro.
Al contrario de lo que tenía escuchado, un túnel oscuro empezó a agrandarse ante él, y entonces lo sintió. Con lo que sería su última bocanada de aire un pico abierto se interpuso entre sus mandíbulas.
¿El pájaro le estaba dando un beso de muerte?
Pensó en ello sin siquiera sentir algo en ese punto, sin embargo, la sorpresa lo invadió cuando la boca del contrario empezó a mecerse contra la suya y una pasta se instaló en ésta.
Sabía lo que era. No lo podía creer, pero la desgraciada ave lo estaba alimentando.
Algo fuera de su razón, tal vez su cerebro de reptil, le hizo tragar lo que estaba recibiendo, y con cada trago una vívida desesperación le hacía acercarse al pájaro exigiendo el alimento.
Tomó al correcaminos por los laterales, y lo masajeó con insistencia, gruñendo con satisfacción según se sentía más lleno.
Por eso, cuando el contrario se separó él se decepcionó; no estaba saciado, e iba a reclamarle por más, pero una sombrilla apareció sobre ellos de alguna forma dándoles el frescor que él tanto necesitaba.
Sintió al correcaminos emplumarse sobre su vientre, y cuando pasó un tiempo y pudo ver un poco mejor, distinguió en el rostro del pájaro su sonrisa.
-¿No me vas a dejar en paz, verdad?- el contrario hizo descansar su largo cuello sobre su torso de forma que quedaran cabeza contra cabeza, y vio su futuro escrito cuando un silencioso beep-beep le prometió que con cada llegada de la muerte él lo alimentaría para que no pudiera deshacerse de su obsesión.
