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Francisca siempre se había considerado una dama apropiada. No solo porque todos quienes la conocían coincidieran en ello, sino que estaba convencida de la propia corrección de sus sentimientos.
Desde pequeña, y gracias a la diligencia y asidua protección de sus hermanos, supo cómo debía comportarse una señorita si quería escapar a la ruina y la inmoralidad. De ella nunca se conoció un escándalo, ni una sola habladuría, ninguna reserva u opinión desfavorable llevó su nombre a la boca o pluma de persona alguna. De Francisca Burgos solo se oían buenos comentarios: que era una chiquilla encantadora, una señorita ejemplar, alma caritativa, jovencita juiciosa, amiga prudente, intérprete virtuosa, etc. Etc.
Tal reputación le habría significado una extendida y bien merecida admiración en un vecindario más variado y numeroso, o si tan solo su familia hubiese estado dispuesta a sufrir las agonías del traslado ocasional a las localidades de moda para pasar la temporada. Pero siendo como eran las cosas, lo cierto es que sus muchas virtudes y encantos no llegaron al conocimiento de más de una treintena de personas, de las cuales solo un puñado resultaban en parejas adecuadas.
Por suerte, entre aquellos se encontraba Manuel González, su más querido amigo de infancia. Desde el niño flaquito que le extendía la mano para cruzar el canal que separaba los terrenos de sus casas paternas, se había convertido en un competente abogado y hábil administrador, aunque siguiera sin ganar tanto peso como a ella y al médico les gustaría.
También era el hombre que llevaba siendo su esposo por los últimos cuatro años, y el origen de su actual intranquilidad por la penosa solicitud que estaba a punto de hacerle.
—Él lo entenderá. Es un hombre sensato, sabrá que se lo pido por el bien y la felicidad de ambos. —Repetía para sí misma de camino al estudio, cargando una generosa taza de té entre sus temblorosas manos.
La suya fue una unión sensata, motivada por el mutuo deseo de abandonar la protección paterna y aprovechar las bondades que la vida de casados les ofrecía, sin tener que padecer realmente los pormenores más desfavorables de dicho intercambio.
Siendo la hija menor de una familia respetable y bien avecindada, con dos hermanos mayores de fuerte carácter y atentos a su educación, Francisca no conoció lo que era la libertad de movimiento o consciencia sino hasta que se convirtió en la esposa de Manuel, y este se vio ampliamente recompensado con una serena y acogedora vida doméstica bajo la cariñosa y diligente mano de su nueva esposa. Se llevaban bien, sus temperamentos congeniaban perfectamente, así como sus anhelos y objetivos para el futuro juntos. Sentían un profundo respeto y un tierno cariño por el otro, lo que les facilitó la pantomima de recién casados y les ganó la consideración de sus vecinos como la pareja “más armoniosa y dulce de toda la región”. Por eso su enorme angustia cuando se enteró, por nadie menos que la floja y bravucona mucama que acababa de despedir, de los actuales y escandalosos comentarios que se hacían sobre ellos en el pueblo.
Se detuvo en un descansillo poco antes de llegar para palmearse las mejillas y recuperar algo de compostura antes de entrar al estudio de su marido.
—¡Cálmate de una vez! No es que el asunto sea un misterio para él, que además de hombre es abogado y peores cosas habrá escuchado.
Aun así, la mortifica imaginar que Manuel llegara a lamentarse que, en vez de una joven inocente, se había casado con una víbora maquinadora, igual que las señoras distinguidas cuyos intereses representaba. Pero, siendo la mujer sensible que era y estando en juego el buen nombre y la reputación de ambos, no podía retrasar más el inconveniente asunto.
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Manuel podía admitir para sí mismo que estaba asustado. Aterrado más bien. Sin embargo, se esforzaba en mantener esos inconvenientes sentimientos lo más ocultos a la vista de su querida Francisca, para no mortificarla mientras bebía largos sorbos del té que ella le había llevado a su oficina.
Té negro con melisa, lavanda, cedrón, menta… y una vara de canela para darle sabor. El elixir especial de su esposa para cuando debía comunicarle malas noticias. No de esas menores como la llegada de un visitante sin anunciar, ¡sino catastróficas noticas! Como aquella vez en que le informó que sus vecinos insistían en hacerlos benefactores del concierto de caridad; o cuando resultó que parte de sus inquilinos se vieron involucrados en un absurdo e ilegal pleito de faldas y contrabando; o, la más terrible, cuando su madre llegó con planes de permanecer un mes completo en su casa.
Le había servido esa mezcla las veces suficientes para que Manuel fuese capaz de reconocer su particular sabor y propósito, pero no tantas como para que dejase de ponerle los pelos de punta, tan contrario a su propósito original.
Había, además, otro asunto inquietante. Contrario a lo habitual, Francisca permanecía en silencio. Ni una sola palabra sobre su día, el manejo de la casa, las travesuras de los perros o las novedades del vecindario para distraerlo de sus tediosos asuntos legales ¡Nada! Se había limitado a entregarle la bandeja y entonces se sentó en el futón acostumbrado, observándolo en silencio mientras apuraba la infame taza de té. Como si ella misma estuviera demasiado alterada por el mensaje que debía transmitir como para intentar ocultar su terrible misión.
Manuel no lo soportaba más.
—¿Hay algo que quieras discutir, tesoro? —Inquirió, con un tono que tampoco lograba disimular su nerviosismo.
Francisca se estremeció ligeramente al verse descubierta, pero pronto recuperó su semblante sereno, aunque Manuel no dejó de notar el leve temblor en su párpado izquierdo.
—Me has descubierto, querido amigo. En efecto, hay un asunto delicado que debo discutir contigo, pero antes… —Se interrumpió, señalando la taza sobre su escritorio—. Bebe un poco más. Lo necesitarás.
Manuel sintió que un leve temblor se apoderaba de su cuerpo ante sus palabras. “Lo necesitarás”. Sin duda se trataba de algo grande, devastador. Obedientemente, tragó hasta la última gota del sedante que le ofrecían para sus pobres nervios, dispuesto a recibir el golpe mortal de una vez.
¿Qué podría ser? En los segundos que tardó la bebida en deslizarse por su adormecida garganta, un sinnúmero de escenarios dantescos se arremolinaban en su mente: ¿Sería otro huésped indeseado? ¿Otro evento benéfico? ¡El cielo no lo permita! Que los estuvieran obligando a dejar su reclusión nupcial y organizar un baile. Tal vez uno de los nuevos cachorros había muerto ¡Oh! Señor, ¡no! Toda la camada, sucumbida en la ventisca nocturna ¿O quizás un escándalo? Debía ser uno que los involucrara a ellos, o su esposa no sería tan críptica al respecto ¿Una demanda en su contra? O, peor aún, ¿acaso trataba sobre Francisca? Pero ¿qué podría hacer su dulce amiga para atraer las malas lenguas? A no ser que, Dios no lo quiera, había caído finalmente en las garras de un pérfido rufián y quería divorciarse para seguir a ese canalla.
Consciente de que su mente deliraba bajo los efectos del té, se volvió hacia Francisca, dispuesto a enfrentar la situación cara a cara.
—De acuerdo, ángel mío, dime qué ha ocurrido. —la instó, sujetando sus manos entre las suyas.
—Más que acontecido algo, es una petición, o, mejor dicho, una exigencia que debo hacerte. —respondió Francisca, devolviéndole el gesto y apretando sus manos con una fuerza que Manuel jamás había sentido provenir de sus delicadas manos—. Pero temo que, si me atrevo, pensarás que soy una amiga espantosa…
—Te aseguro que nunca me atrevería a pensar tal cosa. Lo que tengas que pedir, pídemelo con tranquilidad, mi cielo, y haré todo lo que esté a mi alcance para apoyarte en lo que necesites.
Francisca tardó un poco más en mirarlo a los ojos, pero cuando lo hizo, Manuel pudo ver en ellos un temor palpable, junto con una decisión ferviente. Fuese lo que fuese que iba a pedirle, no saldría de allí hasta que lo consiguiera.
—Necesito que tengamos un bebé.
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Francisca vio a Manuel tambalearse, acuclillado donde estaba, para luego caer desplomado al piso. Se apresuró en sostenerlo y notó lo frío que se había puesto, su rostro pálido de terror. Lo abanicó desesperadamente con el primer manojo de documentos que encontró a su alcance.
—¡Respira, cariño, respira! —le instaba, inclinándose sobre él mientras el pobre hombre trataba de encontrar su aliento, sin mucho éxito.
—¿Un bebé? —murmuró Manuel, sus pensamientos enredados y confusos—. ¿En dónde conseguiríamos un bebé? ¿Cómo…?
Francisca se detuvo un momento en sus esfuerzos para mirarlo con severidad.
—Sabes muy bien cómo, José Manuel.
Manuel agitó las manos frenéticamente, como si el solo pensamiento fuera una pesadilla tangible que intentaba apartar de su mente.
—¡Oh no, no, no! —negó insistentemente, mientras retrocedía a gatas hacia el respaldo del sillón, sin lograr levantarse, buscando desesperadamente una escapatoria o un escondite—. Imposible. No se puede, pastelito. De ninguna manera.
Francisca lo siguió de cerca y con determinación, una mezcla de preocupación e incredulidad en su expresión.
—Solo será un par de veces. —quiso tranquilizarlo, fallando horriblemente.
—¡¿Veces?! —exclamó el hombre, más espantado que antes.
—Es necesario, querido. Llevamos cuatro años casados y recluidos, la gente empieza a hablar sobre la falta de niños… —intentó razonar con él, la voz dulce y conciliadora como si le hablase a un niño asustado.
—¡Déjalos que hablen entonces! —protestó Manuel, todavía arrastrándose por la alfombra y entre los muebles para evadir su mirada.
—Sabíamos que este día llegaría. —continuó Francisca, arrodillándose y deteniendo su persecución un momento, ya bastante cansada de seguirlo así agachada—, que era una prueba a la que tendríamos que hacer frente tarde o temprano…
—Seguro que podemos encontrar otra forma más conveniente —interrumpió Manuel, la desesperación y el pánico afectando su razón y nublando sus palabras—. No seríamos los primeros. Puedo arreglar una adquisición discreta, o si lo prefieres podrías recurrir a un tercero para concretar el asunto…
—¡¡Señor González!! —exclamó Francisca, alzándose indignada—. ¡Espero que no esté insinuando lo que creo!
Al escuchar ese inusual y elevado timbre en la voz de su esposa, que hacía notar cuánto la había ofendido con sus últimas palabras, Manuel cayó de rodillas frente a ella, aferrándose al borde de su vestido como si su vida dependiera de ello.
—¡Lo lamento, en verdad! ¡Pero por favor, bizcochito, ten piedad! —clamó, los ojos llenos de súplica—. Te juro que ni una palabra de reproche saldrá de mi boca si me dices que lo has resuelto sin requerir de mi penosa intervención.
Francisca reclamó de vuelta su falda, sacudiéndoselo de encima con un fuerte tirón.
—¡Suficiente! Seré clara al respecto, señor. No pienso recurrir a un mozo, a un amante, ni a ningún tipo de truco por el estilo para tener un hijo. Soy una mujer decente, devota, y casada —recalcó eso último, con una intensidad que hizo que Manuel instintivamente se sentara derecho—. Con un hombre sano y en edad de proporcionarme lo que requiero para completar esa labor.
Francisca no pudo mantener mucho más el tono severo, no era propio de ella. Además, viéndolo en ese lamentable estado, fue incapaz de permanecer indiferente a su sufrimiento. Volvió a arrodillarse, esta vez a un lado de su marido y comenzó a sobarle la espalda suavemente.
—Lamento ponerte en esta situación. No es una perspectiva agradable para ninguno de los dos, la concerniente al acto. Pero cuando planeamos cómo sería nuestra vida juntos dijiste que estabas de acuerdo en cuanto a tener hijos.
—En ese momento no pensé demasiado en cómo los conseguiríamos. Pero tienes razón, amor mío... —Suspiró Manuel, considerablemente más relajado gracias a los mimos de Francisca—. Solo un bebé nacido en esta casa calmará la lengua de la gente, pero ¿Estarás bien con ello?
Francisca se reclinó contra su costado, dejando descansar la cabeza sobre su hombro.
—No te mentiré. La idea de parir me asusta un poco, como a toda mujer razonable. En cuanto al embarazo y la maternidad, sí me gustaría. Sabes que ansío tener una familia grande.
—Ay, señor, ¿en qué me metí? —suspiró Manuel nuevamente, acabando con una risita que alegró en algo su semblante y logró contagiar a su esposa.
—Lo haces sonar como si te enviara al patíbulo, cuando solo te pido que yazcas un par de veces conmigo. —protestó Francisca, picándole el costado y haciéndole retorcerse como cuando eran niños.
—Piedad, querida, piedad —suplicaba Manuel entre risas.
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La fatigosa misión se llevó a cabo ese mismo invierno, y para el siguiente otoño todo el vecindario estuvo complacido de recibir la noticia de que la señora de González había dado a luz a una sana y hermosa niña con los mismos y penetrantes ojos que su padre.
Ese feliz acontecimiento, junto a los otros dos que le siguieron, los mantuvo tranquilos respecto de la fertilidad y buen entendimiento de la pareja, para quienes la temida y laboriosa tarea resultó ser escasamente temida, si bien bastante exhaustiva.
