Chapter Text
Todos los sensibles a la Fuerza percibían a la Fuerza de forma distinta. Dooku no era la excepción a la regla, pues él la percibía como un gran árbol abundante en ramas y hojas. Pero no había sido siempre así, una vez había sido una especie de llama, como un halo de luz que lo envolvía todo. Así fue durante toda su niñez y hasta gran parte de su vida como caballero jedi. No fue hasta que conoció a su segundo padawan, Qui-Gon Jinn, que su visión de la Fuerza cambió tan radicalmente. Bastó con verlo maravillado ante la naturaleza, frente al majestuoso árbol que resguardaba la Orden Jedi, para conmoverse y transformar su forma de entender la Fuerza.
Y esa era la razón por la que ahora se encontraba aquí: frente al árbol que simbolizaba a la Fuerza. Por primera vez, sus ramas eran alcanzables para quien quisiera tocarlas, bastaba con extender las manos para poder acariciar sus hojas. Solo una vez que lo hizo, Dooku pudo reírse de su propia sorpresa. Era una risa que lo llevaba más allá de sus tiempos con Qui-Gon, más allá de Rael e incluso más allá de sus tiempos como padawan de Yoda. Era una risa de tiempos lejanos, como las que había compartido junto con su amigo de infancia: Sifo-Dyas. Cuando todavía el orgullo y la soberbia no la impedían.
Era una extraña sensación, pero le parecía que cada una de esas ramas y hojas querían comunicarse con él. Cada una con diferente timbre y emoción, pero todas ellas llamándolo por su nombre: Dooku. No importaba hacia dónde él mirara, hacia dónde él caminara, porque todas ellas reclamaban por su atención. La risa de pronto se había convertido en una mueca, pues ya no había más escapatoria. Dooku tendría que responder a su llamado, Dooku tendría que enfrentarse a su pasado. Ya no había lugar para el miedo, como debía haber sido desde el principio. El miedo lo había llevado a tomar decisiones por su cuenta en lugar de escuchar a la Fuerza. Ese fue su primer y mayor error: no escuchar. No volvería a repetirlo, no pensaba repetirlo. Su propio maestro se lo había dicho desde un principio: ¿Listo estás, mi padawan? ¿Listo para aprender lo que no sabes? Nunca se había tratado de aprender, sino de saber escuchar. Y, entonces, escuchó.
El árbol desapareció en el instante en que se dejó llevar por las voces. Sin embargo, ninguna de ellas parecía ponerse de acuerdo. Lo transportaban de un lugar a otro de manera incesante, posesiva, como si quisieran que Dooku les prestara atención solo a ellas. Pero Dooku no las ignoró, escuchó atentamente a cada una de ellas e intentó reconocerlas. Primero, reconoció a Qui-Gon, después a Rael, más tarde a Sifo-Dyas y a Yaddle. Pero más tarde entendió que no le servía de nada reconocerlas, que si sus voces se anteponían una sobre otras, no iban a llegar a ninguna parte. Dooku se estaba impacientando con cada instante más que pasaba, pero mantuvo la compostura.
— Por favor —expuso el veterano, encogiéndose de hombros—, uno a la vez.
Tan pronto como pronunció esas palabras, se formó un completo silencio. La figura de Qui-Gon apareció ante sus ojos y Dooku no pudo evitar esbozar una sonrisa. Estaba exactamente igual como la última vez en que lo vio, cuando ambos estaban vivos y la guerra no era más que un presentimiento.
— Maestro —lo saludó su antiguo padawan, mientras inclinaba la cabeza—, lo estaba esperando.
Dooku negó con la cabeza, a la vez en que se acercaba vacilante a la proyección de quien había sido una vez su aprendiz. Era inevitable, jamás podría estrecharlo contra sus brazos, pues la dinámica entre ambos siempre había sido la misma. En tanto el padawan aparentaba, el maestro guardaba para sí.
— Debo admitir, Qui-Gon Jinn, que me sorprende que sigas llamándome así. Porque el único maestro entre los dos eres tú.
Una parte de Dooku había creído en esa afirmación desde hacía ya bastante tiempo, incluso antes de que Qui-Gon lo detuviera de asesinar a aquel corrupto senador. La esencia de Qui-Gon surgía del sentimiento más genuino, pues nacía tanto de la compasión, como del altruismo. Jamás del orgullo, jamás de la soberbia, jamás de un sentido de superioridad. Jamás como Dooku.
— Si fuera por eso, Doo: nadie sería nunca maestro.
Dooku no tuvo para qué voltearse, pues la voz de aquel hombre le resultaba más familiar que hasta las de su propia sangre.
— Sifo-Dyas… Lo lamento, lo lamento tanto...
— Como todos nosotros —dijeron todas las voces al unísono—. Pero así son los designios de la fuerza.
Una vez dicho esto, Dooku se encontró al lado de Obi-Wan, quien parecía sostener entre sus brazos a una pequeña criatura. Sin embargo, Obi-Wan no pareció percatarse de su presencia, pues se limitaba a mirar alternadamente a la mujer recostada y al niño entre sus brazos. La dulzura con las que los observaba lo conmovió, pero no fue hasta que Obi-Wan tomó a la niña en brazos cuando se estremeció. Esa mirada… ya la había visto antes, pero no recordaba dónde. Era una mirada llena de promesas y de afecto.
En ese mismo instante, Dooku se dio cuenta de que había estado equivocándose al juzgar a Obi-Wan todo este tiempo. Y por fin entendió por qué Qui-Gon siempre había hablado tan bien de él. Obi-Wan era para Qui-Gon lo mismo que Qui-Gon era para él. Eran maestro y aprendiz, eran padre e hijo. Eran lo que hacía a la Orden Jedi lo que era.
Un grito se escuchó a lo lejos, acompañado de unas palabras. La amada había muerto y los hijos con ella. Pero Dooku no alcanzó a oír más, pues, sobre el grito desgarrador, se antepusieron tres voces. Todas ellas conciliaban que los hermanos tenían que ser separados, que era demasiado peligroso que su padre pudiera encontrarlos a ambos. El niño se iría a Tatooine y la niña a Alderaan. Obi-Wan cuidaría del niño en el exilio.
El entorno en el que se encontraba se desvaneció, dando paso a uno cálido y desértico. Frente a él, un muchacho miraba hacia lo que parecía ser el atardecer. Su vestimenta, típica de un granjero, contrastaba con su actitud, que transmitía algo completamente distinto: frescura y determinación, una actitud que Dooku había reconocido antes en el joven Skywalker y la senadora Amidala. Dooku sonrió, era evidente que el muchacho era hijo de ambos. De pronto, una joven posó su mano sobre el hombro del muchacho. Ya no estaban en un desierto, sino en el interior de una nave espacial. Los hermanos, al parecer, se habían reencontrado. Sin embargo, Dooku se sintió mareado y toda visión desapareció. Ahora se encontraba cayendo, pero no hacia un precipicio, sino hacia lo que parecía ser una galaxia de puertas, cada una mostrando distintos sucesos y personajes. La mayoría de esas escenas no las había vivido en carne propia: algunas ocurrieron antes de su nacimiento, y otras después de su muerte. Cuando terminó de caer, estaba en el suelo junto a Qui-Gon Jinn y Sifo-Dyas.
— No entiendo… —admitió Dooku, reincorporándose—. ¿Quién es el elegido?
— No estamos seguros —respondió Qui-Gon, ofreciéndole una mano a Dooku para levantarse—. Eso es algo que solo concierne a la Fuerza.
