Actions

Work Header

Joven sacerdote

Summary:

Tanjiro, un joven aprendiz que vive en un santuario bajo la tutela de su maestro Saburo, lleva una vida tranquila e ignorante de la existencia de los demonios. Rescatado del borde de la muerte, los recuerdos de aquella noche son un caos borroso en su mente, un misterio que no ha logrado desentrañar.

Todo cambia al cruzar caminos con Tomioka, un enigmático ser cuya fría indiferencia y profundo desprecio por la humanidad contrastan con la calidez de Tanjiro. Aunque Tomioka termina salvándolo, su acción no nace de la bondad, sino de motivos distintos que reflejan su desdén hacia los humanos.

En su camino, Tanjiro se encuentra con otros seres que comparten ese odio visceral. Para ellos, él no es más que un humano idealista, símbolo de aquello que desprecian. Sin embargo, su inquebrantable resolución lo llevará a intentar comprender la oscuridad en los demás y demostrar que la humanidad no es tan frágil ni egoísta como muchos creen.

Inspirada en "Inuyasha", esta historia explora la discriminación, el odio entre demonios, humanos e híbridos, profundizando en los prejuicios y dilemas que surgen en un mundo dividido.

Chapter 1: Heridos

Notes:

Inspirada en la obra Inuyasha , esta historia toma como base la discriminación hacia los híbridos y el odio de los demonios hacia los humanos, elementos centrales de aquella obra. Aunque no seguirá la misma trama, utilizará estos conceptos para explorar un mundo lleno de prejuicios, tensiones y dilemas morales.

En esta historia, aunque intento revisarla a fondo, es posible que se me escapen algunos errores de puntuación u ortografía. La trama no seguirá estrictamente la original y, probablemente, no existirá la Compañía de Cazadores de Demonios.

(See the end of the chapter for more notes.)

Chapter Text

Los tonos cálidos rojizos y anaranjados del atardecer comenzaron a teñir el horizonte, como si el cielo ardiera lentamente en una hoguera celestial. El viento, usualmente suave, había cobrado un vigor inesperado, haciendo crujir las ramas más altas de los árboles y arrancando murmullos a las hojas. Era un anuncio inequívoco de que la noche pronto reclamaría su dominio, bañando el vasto cielo en una tenue luz plateada, apenas suficiente para guiar a los errantes bajo la mirada distante de la luna.

Cerca del bosque, entre la maleza alta y las hojas frondosas que danzaban al compás del viento, una figura solitaria trabajaba con esmero. Un joven de ojos amables y expresión serena se inclinaba sobre una rodilla, arrancando con destreza plantas medicinales con sus manos endurecidas por el trabajo. Las cicatrices y callos que marcaban sus palmas eran testimonio de años dedicados al servicio y sacrificio diario que su vocación demandaba.

El muchacho alzó la vista al horizonte, dejando que el aire fresco inundara sus pulmones. Un gesto simple, pero para él, cargado de significado. "El viento siempre tiene algo que decir"pensó, con esa mezcla de sensibilidad y firmeza que caracterizaba su espíritu. Su rostro, enmarcado por mechones de cabello oscuro que el viento despeinaba con insistencia, mostraba una paz contenida, una resolución forjada en el sufrimiento, pero templada por la esperanza.

Con cautela, Tanjiro se incorporó, sosteniendo entre sus manos una pequeña canasta de paja tejida con cuidado. Dentro, las plantas recolectadas formaban un pequeño tesoro de verdes vibrantes, hojas anchas y raíces perfumadas. Eran remedios naturales que sabía cómo preparar, un conocimiento transmitido por su madre y que ahora utilizaba en el santuario donde residía como aprendiz de sacerdote. Aunque no había elegido esta vida, la había abrazado con una devoción inquebrantable, como abrazaba todo lo que hacía.

El uniforme que vestía hablaba de su posición en el santuario. Sobre el blanco impoluto de su kosode, que simbolizaba la pureza y el desapego, caía un hakama azul oscuro, sujeto con un cinturón tejido. Las mangas anchas le daban libertad de movimiento, mientras que los bordes ligeramente desgastados delataban su arduo trabajo diario.

Mientras caminaba de regreso al santuario, el viento le susurraba al oído, pero esta vez parecía más inquieto. Algo en la quietud del bosque había cambiado. Era como si los árboles contuvieran la respiración, esperando.

Tanjiro, con su agudo sentido de percepción, no pudo ignorarlo. Se detuvo y miró hacia las sombras que se alargaban bajo los árboles. "¿Será sólo mi imaginación?" Pero en su interior sabía que no lo era. Había algo allí, algo que la naturaleza intentaba advertirle.

Apretó con más fuerza el asa de la canasta, no por temor, sino por determinación. Si algo o alguien amenazaba el santuario, no se permitiría vacilar. Su maestro siempre le recordaba que la fortaleza de un sacerdote no provenía sólo de su fe, sino de su voluntad para proteger aquello que amaba.


Tanjiro siguió el camino de regreso al santuario, un sendero serpenteante bordeado de altos árboles que se alzaban como centinelas en la penumbra. Los cálidos rayos anaranjados del atardecer comenzaban a extinguirse, reemplazados por la creciente sombra de la noche. Sus pasos, aunque firmes, se tornaron más rápidos. No por miedo, pues la noche jamás le había inspirado temor, sino por respeto a las palabras de su maestro, el hombre que le había devuelto la vida.

La noche tenía una belleza que Tanjiro encontraba irresistible. Levantó la vista al cielo y, aunque apenas comenzaban a aparecer las primeras estrellas, pudo imaginar el vasto lienzo que pronto sería pintado por ellas. Para él, la noche no era un vacío oscuro, sino una cúpula viva, donde las estrellas danzaban juntas, alimentándose unas a otras para formar constelaciones que hablaban de eternidad.

Pero a pesar de esta fascinación, Tanjiro sabía que debía apresurarse. Saburo-san, el anciano sacerdote que lo había rescatado, siempre le advertía que regresara antes de que la oscuridad tomara por completo el bosque. “La noche es hermosa, pero también esconde cosas que no deben ser vistas”, le dijo con un tono grave que Tanjiro no osaba cuestionar. Aunque no entendía del todo a qué se refería, siempre obedecía, consciente de que desobedecerlo sería un acto de ingratitud.

Saburo-san no era solo su maestro, sino el hombre que lo había encontrado al borde de la muerte. Tanjiro recordó aquel día como si fuera un eco lejano en su memoria, un sueño teñido de sangre y nieve. Había estado enterrado casi por completo bajo un manto blanco, su cuerpo cubierto de heridas abiertas que parecía gritar que la vida lo había abandonado. Pero Saburo-san no lo dejó morir. Lo llevó al santuario, lo envolvió en mantas calientes y velo por él durante interminables días mientras yacía inconsciente.

Cuando finalmente abrió los ojos, el techo de madera del santuario fue lo primero que vio, y el aroma a incienso fue lo primero que sintió. Su cuerpo, aunque débil, respondía. Saburo-san estaba allí, sentado a su lado, su expresión estoica suavizada por una leve sonrisa.

Una semana después, cuando sus fuerzas habían regresado lo suficiente, el anciano le contó algo que partió su alma. Había regresado al lugar donde lo encontró. No muy lejos, entre la nieve que aún cubría el terreno, halló los cuerpos sin vida de su familia. Los había enterrado con oraciones sagradas y les ofreció el descanso que merecían. 

Tanjiro bajó la mirada al sendero mientras caminaba, apretando los dientes para contener la oleada de emociones que aún lo invadían al recordar esa tragedia. Había llorado hasta que sus lágrimas se secaron, pero nunca permitió que la tristeza lo paralizara. En lugar de ello, transformó su dolor en una determinación férrea. Su maestro, con la sabiduría paciente que lo caracterizaba, lo guió hacia un propósito.

“El mundo no siempre es bondadoso, Tanjiro”, le había dicho Saburo-san en una de sus muchas charlas nocturnas. "Pero tu corazón es fuerte. Protégete de las sombras, pero nunca pierdas la luz que hay en ti. Esa luz es más poderosa que cualquier oscuridad".

Esas palabras lo habían acompañado desde entonces, como una llama que ardía dentro de su pecho. Aunque no siempre lograba mitigar el peso del pasado. Incluso ahora, cuando intentaba recordar los detalles de aquella noche, su mente se volvía un torbellino difuso, un remolino de imágenes fragmentadas y emociones imposibles de sostener. En su memoria, los rostros de su familia aparecían cubiertos de sangre, miradas que nunca volverían a cruzarse con la suya. El dolor que estas visiones evocaban era insoportable, una punzada que lo paralizaba y le dejaba sin aliento.

Tanjiro sabía que había sido el único en sobrevivir, aunque a veces se preguntaba por qué. Recordaba vagamente arrastrarse a través de la nieve, la fría capa blanca que quemaba su piel como si fueran brazas heladas. El aire gelido se filtraba en sus pulmones, cada inhalación era un tormento, pero aún así se negaba a rendirse. No podía recordar cuánto tiempo había pasado arrastrándose, solo que la oscuridad lo había reclamado antes de que su cuerpo pudiera avanzar más. El último vestigio de conciencia había sido el frío, ese frío que no solo invadía su cuerpo, sino también su alma.

Cuando despertó, días después, en una cama cálida dentro del santuario, fue como si hubiera renacido. Sin embargo, los recuerdos de lo ocurrido siguieron tan fragmentados como la cerámica rota. Una y otra vez intentaba reconstruir el momento, pero cada esfuerzo terminaba en el mismo abismo vacío. Tal vez su mente, en un intento desesperado por protegerse, había sellado aquella verdad dentro de un rincón inaccesible.

Tiempo después, cuando su cuerpo era lo suficientemente fuerte como para sostenerlo, regresó a la cabaña acompañado de Saburo-san. Aquel hombre, que ahora era su maestro y salvador, había insistido en acompañarlo, cargando en su voz la promesa de ofrecer apoyo si era necesario.

El trayecto hacia su antiguo hogar había sido una prueba en sí misma. Tanjiro recordaba cómo sus piernas temblaban con cada paso, no por debilidad de su cuerpo que apenas estaba sanando, sino por el peso de la incertidumbre que cargaba. Al llegar, todo parecía distinto, como si el lugar estuviera cubierto por un manto de silencio sepulcral. La nieve había borrado cualquier rastro del horror que allí había encontrado, pero la sensación permanecía, una opresión intangible en el aire.

Mientras Saburo-san lo esperaba pacientemente a fuera, Tanjiro se aventuró al interior de la cabaña. No quedaba mucho, solo muebles volcados y pertenencias rotas, despojadas de vida como sus antiguos ocupantes. Se obligó a caminar entre las ruinas de su hogar, esperando que algo, cualquier cosa, desenterrara los recuerdos perdidos. Sin embargo, la nada lo envolvió. Ni un destello, ni una pista. Todo era un vacío insondable.

Aquel día, mientras el humo del incienso ascendía al cielo como una ofrenda silenciosa, Tanjiro llegó a una conclusión que no podía confirmar, pero que parecía la única explicación plausible. "Tal vez fueron bandidos," Tal vez habían venido buscando riquezas que no existían y, al encontrar solo pobreza, su frustración los había llevado a arrebatar vidas. Una familia de humildes carboneros no tenía nada más que ofrecer que sus propias almas.

Esta idea, aunque lógica, no le ofrecía consuelo. En su corazón, algo le decía que había más, algo que escapaba a su comprensión. Pero si eso era verdad, ¿por qué no podía recordarlo? ¿Por qué su mente se cerraba cada vez que intentaba mirar hacia atrás?

Saburo-san había colocado una mano en su hombro mientras él permanecía inmóvil frente a las tumbas de su familia. “No siempre encontrarás todas las respuestas, Tanjiro”, dijo con voz tranquila. "Pero eso no significa que no puedas seguir adelante. Honra a los tuyos con tus acciones. Deja que tu vida sea un tributo a ellos".

Esas palabras habían quedado grabadas en su corazón. Y aunque el dolor nunca se fue del todo, Tanjiro decidió que su vida no estaría marcada por el odio o la venganza, sino por la esperanza y el sacrificio. Su maestro le había enseñado a rezar, pero Tanjiro entendía que su verdadera oración sería proteger a los demás, incluso a quienes nunca conocería.

Aquel fuego en su pecho ardía con más fuerza cada vez que grababa las palabras de Saburo-san. "Aunque las sombras del pasado intento consumirlo todo, la luz que llevaba dentro jamás se apagaría". Era una promesa que Tanjiro se había hecho a sí mismo y a los que había perdido, pero también una carga que lo acompañaba como una sombra persistente. Esa noche, mientras se acercaba al santuario, su mente divagó hacia un rincón de su corazón que siempre dolía, un lugar que solo podía visitar bajo el manto de la soledad y el susurro de las estrellas.

Se detuvo un momento en el sendero, dejando que el viento helado acariciara su rostro. Cerró los ojos, permitiendo que el aire fresco llene sus pulmones y, con él, la memoria de un hogar que ya no existe.

—Han pasado cinco años… —murmuró, su voz suave, como si temiera romper el silencio del bosque—. El tiempo ha volado tan rápido.

Sus palabras se desvanecieron en el aire nocturno, y con ellas, su mente se hundió en un remolino de recuerdos. Se vio a sí mismo, más joven, con manos pequeñas que apenas podían sostener el hacha con la que cortaba la leña. Recordó la calidez del fuego en el hogar, el sonido del agua hirviendo en la olla, el aroma a carbón y el murmullo constante de su madre, siempre atenta, siempre amorosa.

Las arrugas de preocupación en su frente se acentuaron. Aquel pasado, tan simple y lleno de una paz que ahora parecía inalcanzable, le resultó a la vez reconfortante y desgarrador. En esos días, sus mayores preocupaciones eran mantener el fuego encendido durante el invierno o vender suficiente carbón para comprar un saco de arroz. ¿Quién hubiera pensado que esas preocupaciones, entonces tan pesadas, se convertirían en un anhelo dulce en comparación con la vida que ahora llevaba?

Tanjiro bajó la mirada al suelo, a sus pies cubiertos de polvo y barro, y apretó los puños. Sentía una punzada en el pecho, una mezcla de nostalgia y culpa. No importaba cuánto intentara avanzar, había noches en las que su corazón le pedía regresar. Aunque sabía que el pasado era un lugar al que no podía volver, no podía evitar buscar la conexión con los que había perdido.

—Mamá… Papá… —susurró, su voz quebrándose como una rama frágil bajo el peso de sus emociones—. Por favor, cuiden de mí hasta que vuelva.

No era una despedida, sino una promesa. Sabía, en lo más profundo de su ser, que algún día encontraría el camino para regresar a ellos, aunque fuera solo en espíritu. Su madre, con su bondad infinita, y su padre, con su fuerza serena, eran su faro en la oscuridad. Sabía que, desde donde estaban, lo observaban, guiándolo en cada paso que daba.

Se ajustó el asa de la canasta de paja que colgaba de su brazo y alzó la vista hacia las estrellas, que ahora brillaban con más intensidad. La noche parecía escuchar sus pensamientos, envolviéndolos en un silencio que no era vacío, sino lleno de significado.

Con un suspiro profundo, retomó su camino hacia el santuario. Sabía que no podía permitirse quedarse en el pasado por demasiado tiempo. Había promesas que cumplir, vidas que proteger, y una llama que debía seguir ardiendo, no solo por él, sino por aquellos que habían confiado en él.

Vislumbró el templo al final del sendero, sus contornos delineados por la tenue luz de las estrellas. Las graduadas, gastadas por los años y cubiertas de un musgo que parecía susurrar secretos antiguos, lo invitaban a subir. Tanjiro apresuró el paso, cuidando que sus pisadas fueran firmes pero ligeras, evitando tropezar en la penumbra. Su respiración, aunque agitada, se acompañaba con el ritmo de su corazón mientras la familiar silueta del santuario lo reconfortaba.

Cerca de la entrada, una pequeña luz brillaba con constancia, como un faro que guiaba a los barcos extraviados en medio de un océano oscuro. Era Saburo-san, el sacerdote que lo había salvado y quien ahora lo esperaba pacientemente con una linterna de papel en la mano. La luz de la lámpara oscilaba suavemente con la brisa, proyectando sombras danzantes sobre las columnas del templo.

—Lo lamento, se me hizo un poco tarde mientras regresaba —dijo Tanjiro entre jadeos, inclinándose ligeramente en una muestra de respeto mientras trataba de recobrar el aliento.

Saburo-san, un hombre de facciones marcadas por los años y la sabiduría, lo observó en silencio durante un instante. La luz de la linterna iluminaba su rostro sereno, donde se dibujaban líneas de experiencia y una bondad contenida que nunca llegaba a desbordarse por completo.

—Está bien, Tanjiro. Pero procura regresar más temprano la próxima vez —dijo con calma, su voz tan suave como el murmullo de un arroyo en primavera. Había en ella un matiz apenas perceptible de preocupación, una sombra que Tanjiro captó al instante.

El joven alzó la vista, encontrándose con los ojos del sacerdote, y avanzando con una sonrisa que surgió tímidamente en la comisura de sus labios. No era necesario que Saburo-san le explicara más; Tanjiro entendía el peso de aquellas palabras. Este bosque, tan hermoso y tranquilo a la luz del día, podía transformarse en un lugar de amenazas ocultas bajo el manto de la noche. Aunque no temía la oscuridad, sabía que había cosas más allá de lo que sus ojos podían ver, y la preocupación del anciano no era infundada.

—Lo prometo, Saburo-san. Volveré antes de que el sol desaparezca del cielo —respondió con una firmeza que nacía tanto de su naturaleza respetuosa como de su deseo de aliviar las inquietudes de su mentor.

El sacerdote inclinó la cabeza en un gesto breve, satisfecho con la respuesta, y sin decir más, giró para caminar hacia el interior del templo. Tanjiro lo siguió, sus pasos resonando suavemente contra las piedras del suelo. Mientras avanzaban, la cálida luz de la linterna de papel bailaba frente a ellos, proyectando sombras que parecían alargarse y acortarse como si tuvieran vida propia.

Para Tanjiro, el templo era más que un refugio; era un lugar donde su corazón podía encontrar un respiro en medio del dolor que siempre lo acompañaba. Las paredes, impregnadas de incienso y oraciones acumuladas a lo largo de los años, guardaban un silencio que no era vacío, sino lleno de una paz que solo el tiempo podía otorgar.

Mientras cruzaban el umbral, Tanjiro alzó una última mirada hacia la noche que había dejado atrás. Las estrellas titilaban como pequeñas promesas, y la brisa fría acariciaba su rostro en un suave adiós. En su interior, una certeza se asentó: por muy oscura que fuera la noche, siempre habría luz para guiarlo, aunque a veces viniera en la forma de una linterna de papel y la mano firme de un hombre que lo había rescatado del abismo.

 

(…)

 

El alba apenas comenzaba a desplegar su manto dorado, y los primeros rayos de luz se derramaban con suavidad sobre la entrada del santuario, acariciando los pilares antiguos y dando al lugar un brillo cálido, casi celestial. El aire fresco traía consigo el canto melodioso de los pájaros, un coro natural que resonaba por todo el santuario y se filtraba hasta el interior, llenándolo de vida. 


La puerta principal se deslizó con un suave crujido, y en el umbral apareció una figura joven de cabellera burdeos que resplandecía bajo la luz del amanecer. El tintineo de los aretes hanafuda que colgaban de sus orejas rompía el silencio con una cadencia casi rítmica. Tanjiro, con una expresión serena, inhaló profundamente el aroma fresco del rocío matutino. El viento de la mañana sopló con delicadeza, ondeando los pliegues de su hakama azul y el dobladillo del haori blanco que llevaba sobre los hombros.

Con una cubeta en los brazos, emprendió el camino hacia el pozo de agua pura, sus pasos ligeros pero firmes resonaban suavemente contra el suelo de piedra. Al llegar, dejó la cubeta en el borde y comenzó a manipular la polea con manos acostumbradas al trabajo, sus dedos callosos moviéndose con destreza. El sonido del agua cristalina ascendiendo desde las profundidades. Resonó como un susurro, y cuando el cubo emergió lleno, Tanjiro lo vertió en la cubeta que había llevado, observando cómo el líquido puro danzaba bajo la luz del amanecer antes de asentarse.

Un mechón rebelde de cabello se deslizó sobre su rostro, interrumpiendo momentáneamente su concentración. Tanjiro alzó una mano para apartarlo, con un gesto tan cuidadoso que parecía casi reverencial. Su cabello había crecido mucho en los últimos meses; Quizás debería cortarlo pronto. Sus dedos reconocieron el mechón suelto y lo ataron al resto en una pequeña coleta improvisada.

Mientras ajustaba el nudo, sus pensamientos vagaron. Había algo profundamente reconfortante en estas tareas simples, en estos momentos en los que podía sentirse útil al santuario que ahora llamaba hogar. Cada gota de agua extraída del pozo, cada superficie barrida o altar limpiado, era una ofrenda silenciosa no solo a los dioses, sino también a los recuerdos de aquellos a quienes había perdido.

Cuando estuvo listo, levantó la cubeta con ambas manos y comenzó a caminar de regreso al templo. Sus pies descalzos rozaban el suelo, y aunque el peso del agua tensaba sus brazos, su expresión seguía siendo serena, imbuida de la paciencia que le caracterizaba. Sus pasos resonaron suavemente en el suelo de madera del santuario mientras avanzaba por los pasillos, cada uno impregnado con un silencio reverencial. Sin embargo, cuando se acercó a una habitación específica, una mezcla de aromas intensos lo recibió, interrumpiendo la tranquilidad.


El olor a hierbas medicinales flotaba densamente en el aire, mezclado con el aroma acre de enfermedad y el inconfundible rastro amargo del dolor humano. Tanjiro frunció ligeramente el ceño cuando un leve escozor apareció en su nariz, pero no se detuvo. Aquel olor era un recordatorio de los sufrimientos de los demás, y aunque le dolía sentirlo tan de cerca, también lo impulsaba a seguir adelante.

Al cruzar el umbral, sus ojos se encontraron con la escena habitual de la habitación. Los hombres yacían sobre camas tejidas de paja, sus cuerpos envueltos en vendas que narraban historias de batallas perdidas y cicatrices imborrables. Algunas tenían extremidades ausentes, arrancadas por el filo cruel de la guerra, mientras que otros portaban enfermedades visibles en su piel, manchas que se extendían como sombras persistentes en sus rostros y cuerpos.

Tanjiro se detuvo por un momento, observándolos con una mezcla de compasión y determinación. Cada rostro contaba una historia de sufrimiento, pero también de lucha, y él, con su corazón, no podía evitar sentir compasión por ellos. Pensaba en cómo el dolor podía unir a las personas, tejiendo hilos invisibles entre aquellos que compartían la carga de vivir en un mundo marcado por la pérdida.


Se acercó a uno de los hombres que yacía en el suelo, emitiendo pequeños quejidos de incomodidad y dolor. Sus manos, firmes pero gentiles, colocaron la cubeta de agua a un lado antes de arrodillarse junto a él. Sacó un trapo limpio de entre sus pertenencias, lo sumergió en el agua fresca y lo escurrió con cuidado.

Con movimientos suaves y deliberados, coloco el paño húmedo sobre la frente sudorosa del hombre. Al contacto con el fresco alivio el entrecejo arrugado del herido que, comenzó a relajarse lentamente, y sus quejidos disminuyeron hasta desvanecerse por completo. Tanjiro observó cómo el hombre regresaba a un sueño más tranquilo, y una pequeña sonrisa de satisfacción curvó sus labios.


Mientras continuaba limpiando con paciencia el rostro del herido, su mente se llenó de pensamientos. ¿Cuánto tiempo lleva soportando este dolor? ¿Qué recuerdos llevarán consigo estas cicatrices? No podía evitar preguntarse si los sueños de aquellos hombres estaban plagados de los mismos espectros que lo visitaban a él en las noches más oscuras.

—Debe ser difícil para él… —murmuró para sí mismo, casi como una oración.

En cada gesto, en cada cuidado, Tanjiro ponía todo su ser, no solo por un sentido de responsabilidad, sino por un deseo genuino de aliviar el sufrimiento, aunque fuera por un instante. Sabía que no podía borrar las heridas ni devolver lo que habían perdido, pero sí podía ofrecerles un poco de consuelo.

Una brisa ligera se filtra por una rendija de la ventana, trayendo consigo el aroma del amanecer. Tanjiro levantó la vista por un momento, viendo cómo los rayos dorados comenzaban a colarse en la habitación, bañando todo con una luz cálida y renovadora. En ese instante, reafirmó en silencio su determinación. Si podía ser una chispa de luz en la oscuridad de alguien más, incluso por un breve momento, entonces todo su esfuerzo habría valido la pena.

Desde el día en que cruzó el umbral de este santuario, Tanjiro descubrió que su propósito no era solo custodiar de las aldeas vecinas con oraciones. Este lugar, más que un sitio sagrado, era un refugio para quienes cargaban las marcas del sufrimiento. Con frecuencia, el portal del templo se abriría para recibir a hombres heridos: campesinos mutilados por accidentes, soldados que habían perdido miembros en el caos de la guerra, e incluso bandidos con cicatrices de sus vidas de violencia y saqueo.

Al principio, cuando vio a los últimos, su corazón se llenó de incertidumbre. La simple idea de extender una mano a aquellos que habían tomado vidas y destruidas familias hacía que su pecho se tensara. Sin embargo, Saburo-san, siempre tan sereno en su sabiduría, le recordó lo que significaba verdaderamente el deber de un sacerdote.

—Tanjiro —le había dicho una tarde, mientras el incienso perfumaba el aire del altar—, no somos jueces ni verdugos. Nuestra misión es ser un faro de compasión. Solo los dioses, libres de pecado e impureza, tienen el derecho de juzgar el alma de un hombre. Si alguien llega aquí en busca de ayuda, sea quien sea, nuestro deber es atenderle.

Tanjiro, aunque comprendía las palabras de su maestro, no podía evitar sentir una punzada de desasosiego cada vez que debía limpiar las heridas de aquellos hombres cuyas manos estaban teñidas de sangre ajena. Pero incluso en medio de esas dudas, recordaba la promesa que se había hecho a sí mismo: proteger la vida y aliviar el sufrimiento, sin importar cuán difícil fuera.


Aquella tarde no fue diferente. Mientras acomodaba vendajes y trapos limpios en una pequeña bandeja, el peso de estas reflexiones se hacía sentir en su rostro, una mezcla de seriedad y compasión. El eco de jadeos irregulares resonó en la sala y, de pronto, una voz áspera y quebrada lo arrancó de sus pensamientos.

—Oye… chico…

La voz áspera, apenas más que un murmullo, llegó hasta él desde una esquina de la sala. Tanjiro giró la cabeza hacia donde provenía el llamado y encontró al hombre que lo observaba desde las sombras, recostado contra el tatami. Era un guerrero que había llegado días atrás, traído al templo por unos aldeanos. Desde el primer momento, su figura había dejado una impresión imborrable en el joven: la pierna amputada, las vendas que cubrían lo que alguna vez fue un rostro completo, dejando al descubierto solo un ojo sombrío y cansado.

Sosteniendo la cubeta de agua, Tanjiro caminó hacia él con pasos deliberadamente ligeros, tratando de no perturbar el frágil aire de calma que impregnaba la sala. El tintineo del agua dentro del recipiente era apenas audible sobre el susurro del viento que se filtraba por las rendijas.

Se arrodilló junto al hombre y, con la delicadeza que siempre caracterizaba sus gestos, sacó un paño limpio. Lo humedeció en el agua fresca y comenzó a limpiar el sudor que perlaba la sien y el cuello del guerrero. Mientras lo hacía, no pudo evitar reparar en los profundos surcos de dolor que marcaban su piel, no solo físicos, sino también emocionales.

— ¿Cómo se encuentra, señor? —preguntó con voz suave, una sonrisa tenue dibujándose en sus labios.

Era una sonrisa que trataba de transmitir calma, aunque no del todo sincera. Dentro de sí, Tanjiro luchaba contra una sombra de desasosiego. Sabía que, en las guerras, hombres como este no solo luchaban contra soldados; también arrasaban aldeas, robaban provisiones y destruían familias. Tal vez este hombre había hecho cosas horribles, tal vez no. Pero no era su lugar juzgar. No mientras esté bajo el techo del santuario.

Saburo-san siempre le había enseñado que la compasión era el mayor acto de fortaleza, y Tanjiro se esforzaba en honrar esas palabras, aunque a veces su corazón le costara seguirlas.

El guerrero soltó un gruñido bajo, tanto de dolor como de incomodidad, y finalmente habló:

—Últimamente… pareces más afligido… chico… —Su voz sonaba rasposa, como el roce de piedras entre sí—. ¿Acaso has visto algo extraño en el bosque?

— ¿Algo extraño en el bosque? —repitió Tanjiro, inclinando ligeramente la cabeza mientras su mano continuaba limpiando con delicadeza las heridas del guerrero. Sumergió el paño en la cubeta y lo escurrió con movimientos pausados, como si meditara las palabras antes de responder—. No estoy seguro. Los bosques siempre tienen su propia esencia, su propio lenguaje. A veces pienso que susurros invisibles viajan con el viento, pero nunca he visto algo que me cause verdadero temor.

Sus palabras fueron sinceras, aunque no completas. En su interior, había notado el extraño cambio en el aire, esa sensación de estar siendo observado, como si algo en las sombras midiera cada uno de sus pasos. Pero no quiso alarmar al hombre, mucho menos ahondar en la inquietud que ya parecía pesarle.

—No es nada. Es mejor que se concentre en descansar y recuperarse lo más pronto posible. —Tanjiro dejó que una sonrisa amable curvara sus labios, pero esta no alcanzó sus ojos.

Siguió trabajando con meticulosidad, limpiando el pecho y el cuello del guerrero con movimientos suaves, casi reverentes, antes de pasar a las vendas ensangrentadas. Mientras retiraba el tejido empapado de sangre seca, evitó mirar directamente al rostro del hombre. No era un gesto de desprecio, sino una decisión consciente: Tanjiro había aprendido a no memorizar los rostros de aquellos que llevaban el peso de vidas tomadas, hombres cuyos actos tal vez habían dejado un rastro de dolor en otros corazones.

El guerrero, sin embargo, dejó escapar una risa áspera, cargada de ironía. Una mueca torcida cruzó su rostro marcado por cicatrices, como si ya hubiera aceptado lo inevitable.

—Chico… —dijo al fin, golpeando con un gesto deliberadamente lento lo que quedaba de su muslo, donde la pierna había sido amputada—. ¿Quieres saber cómo me hice esto?

La pregunta flotó en el aire, teñida de una mezcla de desafío y resignación. Tanjiro se detuvo, sus dedos aún sosteniendo las vendas limpias, y levantó la mirada hacia el hombre. En esos ojos oscuros, vio más que dolor físico; Percibió arrepentimiento, tal vez culpa, o quizás solo el cansancio de alguien que había visto demasiado.

¿Está seguro de que es el momento para hablar de eso? —preguntó a Tanjiro con suavidad, su tono lleno de respeto, aunque en el fondo no estaba seguro de querer conocer la respuesta.
El guerrero ladeó la cabeza, dejando que una sonrisa torcida cruzara su rostro.


—No hay otro momento, chico. A los hombres como yo nos queda poco tiempo. Las palabras deben salir antes de que se pierdan con el viento.


Tanjiro asintió, pero antes de que el hombre comenzara, dejó el trapo en el borde de la cubeta y volvió a mirar al samurái con seriedad.

—Estoy aquí para escuchar.

El guerrero lo observó con detenimiento, como si evaluara la sinceridad en sus palabras, y luego soltó una risa baja, áspera, que retumbó en la habitación como el eco de un trueno lejano.

—Ese sacerdote… Saburo, ¿no es así? —murmuró el hombre con voz rasposa—. Seguro ya te lo ha dicho. Las noches aquí no son solo oscuras… están llenas de demonios.

—¿Demonios? —repitió Tanjiro, sus ojos abriéndose ligeramente mientras una expresión de escepticismo se dibujaba en su rostro.

Era cierto que Saburo-san le había hablado sobre demonios en más de una ocasión, criaturas que rondaban las sombras, acechando a los incautos que se atrevían a cruzar los caminos bajo el manto de la noche. Incluso le había contado sobre cómo perdió a su propia familia: un demonio, había dicho, se los arrebató, devorándolos sin piedad.

A pesar de las historias, Tanjiro nunca había visto con sus propios ojos a una de esas criaturas, ni había sentido su presencia más allá de los relatos. Para él, aquellas palabras siempre fueron un intento de hombre por transmitir una lección, una metáfora sobre los peligros de la vida y la fragilidad humana.

—¿No me crees? —preguntó el guerrero, esbozando una sonrisa amarga al ver el escepticismo en los ojos de Tanjiro.

El joven apartó la mirada un momento, como si buscara una respuesta en las grietas del suelo de madera.

—No es eso… —susurró al fin—. Solo… pienso que Saburo-san ha pasado por tanto… Si yo estuviera en su lugar, tal vez también encontraría formas de darle sentido al dolor.

Su voz estaba impregnada de empatía, pero también de una inocencia que no había sido completamente arrebatada.

El guerrero bufó, aunque su sonrisa no desapareció.

—¿Crees que son fantasías de un viejo? —su tono era sarcástico, pero en sus ojos había algo que desmentía el cinismo de sus palabras—. Yo también pensaba así… hasta que los vi con mis propios ojos.

Tanjiro lo miró fijamente, en silencio, mientras el guerrero proseguía.

—Esas cosas no son de este mundo. No razonan, no sienten, solo desean devorar. Mi pierna, mi rostro… no fueron por una batalla honorable ni por una trampa enemiga. Fueron por un demonio. Y te aseguro, chico, que no hay metáforas en mis palabras.

El joven aprendiz no supo qué responder de inmediato. Las palabras del guerrero, aunque envueltas en crudeza, parecían genuinas, como un eco de algo que no podía ser fingido.

—Saburo-san decía que un hombre con una espada lo salvó de un demonio —murmuró Tanjiro, más para sí mismo que para el guerrero. Recordaba aquellas noches en las que Saburo hablaba de ese episodio, y aunque Tanjiro nunca dudó de la veracidad del dolor en su voz, sí cuestionó la literalidad de sus palabras.

—Entonces tal vez deberías empezar a escuchar con más atención, chico. —El guerrero dejó caer su cabeza contra la pared, cerrando los ojos mientras un suspiro escapaba de sus labios.

Tanjiro permaneció en silencio, su mirada fija en las vendas ensangrentadas que había dejado sobre la cubeta. Había algo en las palabras del hombre.

Si esos demonios realmente existían, ¿cuál era su propósito? ¿Por qué el mundo debía soportar su oscuridad? En el fondo de su corazón, la llama de su determinación ardía con mayor intensidad. Tal vez, solo tal vez, había algo más grande en el horizonte que aún no podía comprender. Pensativo, Tanjiro permaneció unos segundos más en silencio, dejando que el eco de las palabras del guerrero se asentara en su mente como hojas arrastradas por el viento.

Fue entonces cuando, en el rabillo del ojo, notó algo. Una mano temblorosa, envuelta en vendas ajadas, extendiéndose hacia él como una garra que rompía la quietud del momento. Apenas se percató de su movimiento, retrocedió instintivamente, con una expresión de leve sorpresa pintada en su rostro.

Los dedos vendados se detuvieron a unos centímetros de su rostro, temblando ligeramente antes de bajar con una torpeza evidente. El guerrero había dirigido su mano hacia los aretes que colgaban de las orejas de Tanjiro, como si aquellas pequeñas piezas llamaran a un deseo profundo y extraño en su interior.

—Lo siento… —musitó Tanjiro, llevando una mano a sus aretes como un gesto protector—. Estos aretes... son importantes para mí.

Su voz era amable, pero también firme, como si buscara proteger no solo aquel objeto, sino el recuerdo que representaba. No podía permitir que alguien, por muy herido o necesitado que estuviera, invadiera lo poco que le quedaba de su pasado, de su familia.

El guerrero no respondió de inmediato. Sus ojos, que parecían antesn arder con un destello de ambición, se apagaron, dejando tras de sí un vacío oscuro y opaco. Sus dedos se retiraron con lentitud, cayendo pesadamente sobre la cama como si no tuviera fuerzas para sostenerlos.

—Solo quería verlos… —murmuró con una voz rasposa y débil, aunque algo en su tono parecía guardar más de lo que decía—. Me recordaron algo.

Tanjiro ladeó la cabeza con una mezcla de confusión y compasión. Las acciones del hombre lo desconcertaban, pero decidió no darle más importancia. Tal vez estaba perdiendo la lucidez, consumido por el dolor y la fiebre de sus heridas.

—Debe descansar ahora —dijo Tanjiro con suavidad, acomodando al hombre sobre las almohadas y ajustando las mantas con cuidado—. No se preocupe por nada más. Yo me encargaré del resto.

Mientras cambiaba las vendas del guerrero, Tanjiro notó cómo el hombre mantenía la mirada fija en el techo, perdido en pensamientos que parecían pesarle más que sus propias heridas. Algo en aquella actitud hizo que Tanjiro se sintiera inquieto, pero no dijo nada. Sabía que había cosas que no podía comprender, historias que no le correspondían descubrir.

Al terminar, le dio un último vistazo. Los ojos del hombre seguían clavados en un punto invisible, y su expresión había adoptado una calma inquietante, casi resignada.

—Volveré más tarde para revisar sus heridas —prometió Tanjiro con una leve inclinación de cabeza antes de girarse hacia la salida.

Mientras se alejaba, una sensación punzante se alojó en su pecho, como una espina que no podía ignorar. Algo en las acciones del guerrero no cuadraba, como si aquel intento de tocar sus aretes escondiera una intención más oscura, más profunda.

Apretando los labios, sacudió la cabeza, apartando la duda. No era momento para desconfiar de alguien que estaba herido y vulnerable. Aún así, no pudo evitar mirar sus aretes al pasar frente a un reflejo en la pared de madera pulida, preguntándose qué era lo que aquel hombre había visto en ellos que encendió, aunque fuera por un momento, aquella codicia fugaz. La voz de Saburo-san lo sacó de su ensimismamiento, pronunciando su nombre con ese tono característico, grave pero cargado de una calidez reconfortante. Tanjiro levantó la cabeza y volvió a adoptar su habitual expresión amable, acompañado de una dulce sonrisa.

—Tanjiro—llamó el sacerdote, su voz, aunque áspera por los años, tenía una nota de cercanía que la suavizaba—. Escucha, la aldea más allá de la montaña ha solicitado mis servicios. Dicen que un espíritu maligno ha estado perturbándolos desde hace tiempo, causando estragos entre los aldeanos. Necesitan que lo exorcice. Por ello, me ausentaré algunos días del santuario y, durante mi ausencia, te dejaré a cargo.

Tanjiro frunció ligeramente el ceño al escuchar aquello. La idea de que Saburo-san emprendiera un viaje tan largo por su cuenta no le parecía adecuada. Aunque admiraba la determinación del sacerdote, no podía evitar preocuparse.

—Pero ¿el viaje no será demasiado largo? —preguntó con voz apacible pero cargada de inquietud—. ¿Está seguro de que no desea que lo acompañe? Podría ser peligroso viajar solo.

Saburo dejó escapar una risa breve, que sonó como el crujido de las ramas al viento, y agitó la mano con un ademán despreocupado.

—No te preocupes por mí, muchacho. Este viejo cuerpo aún tiene fuerzas para un par de días de caminata. Además, alguien debe quedarse aquí para cuidar de los heridos y del santuario. Es una responsabilidad que no puedo dejar en mejores manos que las tuyas.

La mirada del sacerdote se posó en Tanjiro con una mezcla de confianza y afecto. Era evidente que quería mostrarse fuerte, quizás para no preocupar a su aprendiz, o tal vez para recordarse a sí mismo que aún podía ser útil. Tanjiro lo observó en silencio, intentando no dejar entrever la mezcla de emociones que lo inundaban: admiración, preocupación y un leve pesar por no poder insistir más.

—Entiendo… Si eso es lo que ha decidido, esperaré pacientemente su regreso —dijo finalmente, inclinándose levemente en señal de respeto. Su sonrisa habitual volvió a su rostro, aunque esta vez era más tenue, como un rayo de sol filtrándose entre las nubes.

Saburo estuvo satisfecho y colocó una mano firme sobre el hombro de Tanjiro.

—Sabía que podía contar contigo. Este santuario está en buenas manos. Recuerda, si sucede algo fuera de lo común, mantén la calma y actúa con sabiduría. No necesitas enfrentarte a nada solo; siempre hay una solución.

El joven asintió, grabando cada palabra en su memoria. Aunque le preocupaba el bienestar de su maestro, también sentía una gran responsabilidad al asumir el cuidado del santuario en su ausencia.

Saburo partió al amanecer siguiente, con una bolsa al hombro, perdiéndose lentamente en la espesura del bosque.

Mientras lo veía alejarse, Tanjiro apretó ligeramente sus puños. Sabía que no podía permitir que su preocupación lo distrajera. Aún había muchas cosas por hacer, y cada paciente en el santuario dependía de él. Con un último vistazo al camino que desaparecía entre los árboles, volvió al interior del santuario, asegurándose de que los heridos descansaran en paz.

Notes:

Saburo practica el sintoísmo, una de las religiones tradicionales de Japón, centrada en la veneración de los "kami", que son espíritus o deidades relacionadas con la naturaleza, los fenómenos y los ancestros. El sintoísmo promueve el respeto por los rituales y la purificación espiritual, buscando la armonía entre los humanos y el mundo natural.

En este contexto, Saburo enseña a Tanjiro algunas prácticas y costumbres sintoístas. Aunque Tanjiro no profundiza en esta religión, no se niega a aprenderlas, más que nada por el profundo respeto que siente hacia Saburo.

Por otro lado, Saburo no vivía cerca de los Kamado y no tenía relación con ellos hasta el momento en que sus caminos se cruzaron.

En esta versión de la historia, existen espíritus malignos o corrompidos, además de los demonios.