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Gris esmeralda

Summary:

La situación entre Luca y Camila se ha tensado bastante, al impedir el mago que la d’ezer matara a su tío Gaston D’Anai, y eso ha causado una división entre ambos. Luca conversa con Camila para intentar arreglarlo y, una vez consigue su objetivo inicial, permanece en el baño junto a ella, y siguen hablando...

Este relato transcurre entre el final del sexto capítulo de la campaña de rol “Sangre en la Nieve”, titulado “Secretos Sangrientos”, que podéis ver en el canal de YouTube Senpai & Co (https://youtu.be/YT4jncPgvN4?si=xZB8tw7LLunu8tgP); y el comienzo del séptimo capítulo titulado “El Chacal”, que también tenéis en el mismo canal (https://youtu.be/Yn2TCjJRJ_s?si=mJa_aSOKlCxHosBQ).

Notes:

¡Hola! Tanto mi amiga y compañera de campaña Beatriz como yo, hemos subido otros relatos de esta serie sobre “Sangre en la Nieve” que estaban estructurados en dos partes: una desde el punto de vista de mi personaje, Luca Satoro; y otra desde el punto de vista de su personaje, Camila Crane. No obstante, como era una escena en la que ambos interactuaban, decidimos escribir todo el texto de forma conjunta, de manera que los diálogos y pensamientos internos de Luca están escritos por mí, y los de Camila los escribió Bea.

¡Esperamos que os guste!

Work Text:

—Y ahora, Camila, ¿te puedo limpiar? ¿Quieres que te ayude?

«Podría haber sido peor, te podría haber roto el otro brazo. Bien, Satoro, has salvado la papeleta por ahora». Luca miraba con su único ojo bueno a la d’ezer. La conversación había sido intensa; lo lógico, dentro de lo esperable. Se había interpuesto entre ella y Gastón, su “tío” había escapado, y el mago frustró el deseo de venganza de Camila. Era inevitable una reacción por su parte, y, cuando la periodista reacciona, el resultado suele ser en el que se encontraba él, que con un ligero soplido, probablemente, se desmontaría con tantos huesos rotos. 

Pero tuvo que hacerlo. La muerte de Gastón, por muy placentera que pudiera resultar, sobre todo para ella, abría un abanico de posibilidades de lo más diversas y truculentas para el escenario sociopolítico de Derkavah a las que no estaba dispuesto a hacer frente o, mejor dicho, que le cargaran el marrón a él y a los suyos. Además, estaba en el proceso la pérdida progresiva del alma de Camila, que con este camino que ella pensaba cerrado, volvía a una senda peligrosa, y matar a su tío no podía ser beneficioso.

Muchas variables, muchas consecuencias, pero él quiso ponerse en medio. «Supongo que me va el riesgo… o quizá sea porque…».

—¿Cómo tienes el ojo? —Sonaba enfurruñada, pero Luca quiso ver un atisbo de preocupación por su estado.

—Mal. Alguien me lo ha reventado. —No tenía intención de parecer demasiado molesto, pero se quedó a medio camino entre el sarcasmo y el enfado.

—Encima no te pongas chulo. Todavía te puedo romper el otro. —«Cuidado, Satoro, cuidado.» 

—Bueno, pues haré esto. —Luca se bajó la bandana, hasta cubrir sus ojos por completo. Ya no veía a Camila, no había luz ante su mirada—. Me puedo guiar bien. Veo en la oscuridad.

—Eres imbécil… —murmuró la d’ezer, resignada.

—Lo sé, forma parte de mí. ¿Qué le hago, Camila?

«Tiene respuestas para todo» pensó ella con hastío mientras se encogía de hombros y se daba la vuelta para que Luca la limpiara. Ahora que se había quitado la camiseta, pudo ver en el reflejo del espejo la suciedad que cubría su cuerpo, una mezcla de sangre, barro y otras cosas que prefirió no identificar. 

El contacto de la toalla mojada en su espalda la devolvió a la realidad. «Al final aquí estamos: Luca me está lavando y yo estoy a punto de perdonarle. ¿Qué te pasa, Camila?»

En el fondo, sabía lo que ocurría. A pesar del enfado, Luca le había dicho algo que había tenido más impacto en ella de lo que se atrevía a reconocer: «Déjate ayudar, Camila, no puedes hacer esto sola.»

Resonó de nuevo en su mente, como si aquellas sencillas palabras cobraran sentido por primera vez. 

Siempre había estado sola. Incluso cuando la acompañaba Parker, siempre había sentido que debía librar sus batallas por ella misma. Tal vez era miedo, tal vez la eterna sensación de que no podía permitir que nadie se involucrase lo suficiente.  Siempre sola. 

—¿De qué son estas cicatrices? Si se puede preguntar…—El mago se había detenido hacia la mitad de su espalda y Camila pudo notar su voz cerca del cuello haciéndole cosquillas. Suspiró e hizo un pequeño movimiento con los hombros. 

Recordaba muy bien lo que había ocurrido. Tras llevar semanas investigando y relacionándose con personas muy peligrosas con el objetivo de que le dieran un nombre, uno de sus contactos la traicionó y Camila se llevó un navajazo que casi le cuesta la vida. 

«Si no llega a ser por Parker…Y al final ¿para qué? Esta ciudad siempre protege a las alimañas como Gastón y los suyos.» Su padre había muerto, y ella acababa de descubrir que aquél que creía un hombre inocente y bueno, en realidad era un asesino de élite y, tal vez, también un espía.  

La toalla de Luca seguía viajando por su espalda mientras ella lo hacía por sus recuerdos. Tal como le había dicho al mago, todos eran asesinos, y su padre había convertido aquello en una profesión, algo no muy diferente de lo que hacía la persona que la acompañaba. Su mapache miró a Luca. 

«¿De verdad eres tan obvia, Camila? Tu padre era un asesino y ahora tú dejas que otro asesino te limpie la espalda… Un clásico.» 

Desde luego, en su cabeza no estaba la posibilidad de incluir a Eiran, su compañero en la misión de rescate de Velthus, en la conversación pero, por alguna razón, los nervios de la situación llevaron a Luca a mencionarlo. «Cambiemos de tema, y de zona, que la espalda ya está limpia». 

Despacio, pasó a posicionarse delante de ella, y cogió su brazo, para acabar asiendo su mano. Aquel mortal instrumento que Camila usaba para enfrentarse a sus enemigos y para escribir sus mordaces artículos. Tenía heridas y restos de sangre, probablemente del propio mago cuando se puso ante ella hacía un rato. Luca alzó su ojo para encontrarse con su eze’vada, y le preguntó: 

—Cuando resolvamos esto, ¿qué quedará, Camila?

El mago y la periodista conversaron acerca del coste, mientras él limpiaba con cuidado los nudillos de ella. Los tenía muy marcados, y se preguntó qué historias podrían contar; qué rostros habrían desfigurado, y la fuerza que podrían llegar a alcanzar cuando el ki de la joven se concentraba en ellos. 

Pasó a sus dedos, que tenían sangre seca en sus uñas. Los mojó, para sacar la suciedad acumulada de este día tan frenético que estaban compartiendo. Era injusto que unas manos tan bonitas fueran herramientas con las que Camila se hubiera tenido que abrir paso en este mundo cruel. 

Se fijó en su rostro mientras ella reflexionaba sobre el escenario de Derkavah, y citó “las mafias”, buscando el gesto del mago. Parecía resignada a que no había una luz al final del túnel, algo compartido por el propio Luca, que no se inmutó ante la referencia a su oficio.

Había salido adelante gracias a su organización. Se había labrado un nombre, había prosperado en esa ciudad de mierda. Era alguien. Había seguido órdenes. Había cumplido con ellas… hasta su muerte; y después, aún seguía haciéndolo. «Le he dicho que sería divertido si la jefa tiene algo que ver, pero… » Deseaba por todos los dioses que Rodina no estuviera involucrada en todo este asunto, porque tendría que escoger entre las dos mujeres, y Luca no se veía con la fuerza suficiente para hacerlo… ¿o sí? ¿Y si ya sabía la respuesta, muy dentro, entre las entrañas llenas de ponzoña y traumas donde debería estar su corazón? ¿Aún quedaba espacio para ese órgano?

«Ya está hablando de morirse. Lo que me faltaba.» Lo verbalizó mientras lo pensaba: Camila Crane no iba a morir hoy. No mientras él pudiera hacer algo. Se había sentido muy vulnerable cuando se sinceró ante ella y le dijo que no quería que le pasara nada. Su voz se quebró como hacía años que no le ocurría. «¿A eso has quedado reducido, Satoro? ¿A un blandengue? Igual no eres tan duro como haces ver a todos, y queda algo de ese niño que vio morir a un señor ante sus ojos…»

Sacudió ligeramente la cabeza, para intentar alejar esos pensamientos, y volvió a centrarse en ella. En su rostro. Vio la hinchazón en una de sus mejillas, allí donde Gastón le había arreado el guantazo. Quiso matarlo, pero supuso que ella tenía todavía más ganas. Notó un pinchazo en el ojo que le destrozó Camila. «¿Por qué te pusiste ahí, Luca?». ¿Por qué? Buena pregunta. Solo sabía que lo volvería a hacer, y estaba muy ocupado en estos momentos como para reflexionar más sobre eso. Así que acercó su mano al daño causado por el d’ezer, y empezó a lavarla.

—Puedes admitir que te duele, Camila. No hace falta ser tan fuerte todo el rato —le dijo, mientras ella intentaba no quejarse. 

Su eze’vada miraba la expresión de Luca conforme le limpiaba la mejilla. Notaba el escozor de la herida mientras sus dedos le rozaban la piel con delicadeza. ¿Tal vez demasiada? Pensó en agachar la cabeza al sentir como se ruborizaba, pero no quería parecer vulnerable, así que se mantuvo callada y esbozó una sonrisa sarcástica porque, en su cabeza, era bastante probable que todo aquello acabara esa noche. No quiso decírselo, porque Luca hubiera insistido una y otra vez en que ambos saldrían vivos de allí. «No quiere asumir la realidad» pensó con tristeza «Pero si alguien muere esta noche, no será Luca Satoro.»

El mago parecía concentrado en su mejilla pero, de vez en cuando, su mirada viajaba hasta donde deberían estar los ojos de ella. Era lógico que un humano buscara el contacto visual sin tener en cuenta que la verdadera mirada de Camila se encontraba en su eze’vada. «Tal vez por eso a veces los d’ezer parecemos fríos.» Porque Luca, con el  ojo que tenía ileso, era capaz de mostrar más emociones que cualquier forma que adoptara su eze’vada. 

Se le pasó por la cabeza apartar la cara y mantener con él esa relación transaccional, tal vez de amistad, que tan clara parecía hacía unas horas. Pero el ojo esmeralda de Luca se había prendido en algún lugar que ella consideraba ya extinto y la mantenía inmóvil, atrapada, sin ser capaz de hacer nada más que mirarlo. «¿Será otro truco?» se preguntó. Sabía que el mago dominaba la magia de ilusión e incluso le había hecho ver cosas que en realidad no estaban ahí. Aún así, no fue capaz de resistirse. En el fondo, no quería hacerlo. 

«Está destrozado» pensó, y aun así se había ofrecido a limpiarla a pesar de que apenas podía levantar el brazo que le quedaba sano. «Si sigue luchando lo van a matar». Durante un momento pensó en alejarlo de nuevo, aunque ya no disponía de más estrategias. «No puedo pegarle más fuerte.»

Los dedos de Luca dejaron de ejercer presión para convertirse en una caricia y Camila notó como el corazón se le aceleraba, tal como se había sentido cada momento de su vida en el que había tomado una decisión que la había llevado al borde de un precipicio. Pero el brillo esmeralda la tenía hipnotizada. «Camila, tienes que parar esto. Páralo ahora, todavía estás a tiempo. Dile que se vaya, ahora. Hazlo.»

—¿Qué haces? —preguntó con un hilo de voz, mucho menos segura de lo que le habría gustado. 

—Limpiarte las heridas.

«¡Venga, hombre! ¿Se puede ser más obvio? Algo de originalidad en tu respuesta no hubiera estado  mal…». Pero en ese momento no le importaba contestarle lo evidente. Luca estaba pendiente de curar cada herida, cada leve rozadura que tuviera. Maldijo a los magos que tenían hechizos de sanación. Sus grimorios eran de todo menos de restauración. Wallace se lo había advertido hacía muchos años, que sus tres magias eran complicadas de manejar, y que si no las dominaba, le acabarían controlando, o consumiéndole.

La ironía era que no había sido su magia la causante de su mayor desgracia, sino su labia. Y el no saber callarse cuando tocaba. Sentía la necesidad imperiosa de soltar cualquier comentario que se le pasara por la cabeza siempre. Pero, en estos instantes, no le importaba callarse. Solo quería concentrarse en una herida de Camila. Y luego en otra, y así hasta que ese rostro estuviera libre de cualquier daño que lo mancillara. 

Pero, cuando hubo terminado con los rastros de sangre por su cara, pasó sus dedos por zonas donde ya no habían daños. Solo quería acariciarla, sentir el calor que desprendía y perderse por los ángulos de su grisáceo rostro.  

Ella se preocupó por su ojo, pero con uno le bastaba para seguir concentrado en lo que quería hacer, acercarse más, rozar su piel, estar cerca de ella. «Estás ahí, casi casi. ¿Serás capaz de dar el último paso?». Camila acercó su mano a su ojo, a punto de tocarlo, preguntándole si creía que Finn podría curarle. La distancia era mínima, y Luca sintió un cosquilleo nervioso.

—No ha podido ni el brazo ni el pecho, así que entiendo que el ojo… pero no sé, igual la venda me da un aire más… ¿chungo? ¿Tú qué crees? ¿Me queda bien? —le preguntó, mientras su mano viajaba hasta su barbilla. 

Camila no pudo contener una risita y miró a Luca de arriba a abajo. La venda le sentaba bien, sin duda. 

—Sí, no estás mal…estás bien. —Había visto al mago de muchas formas desde que se habían conocido. Aquél aspecto, sin duda, no era el más saludable, pero el rubor persistía en sus mejillas. —¿Seguro que puedes luchar? —continuó, preocupada. 

—Sí. Puedo seguir lanzando hechizos. —«Eso es, transmite seguridad, claro que sí. Aunque parezca que te haya pasado una bola de demolición por encima»—. Además, puedo convocar armas… y si no puedo mandar a Molotov. Algo puedo hacer, no te preocupes. —No sabía si la habría convencido, pero le interesaba más sentir el roce de sus dedos con el rostro de ella.

«Ahí no hay heridas, Luca… No te vas a achantar ahora, ¿a que no?»

A pesar de la calidez de las manos del mago, Camila las sentía frías. Le habría gustado seguir haciéndose la dura, hablándole de la misión, de la importancia de bajar lo antes posible con Finn para marcharse al distrito este, de terminar con el Chacal. Pero, de repente, se sentía como una boba al notar el contacto de los dedos de Luca en su barbilla, y en aquél baño cada vez hacía más calor. Aun así, todavía le quedaba un resquicio de sarcasmo en el cuerpo, una última barrera antes de abandonarse. 

—¿Esta es tu forma de pedirme perdón? —le preguntó al mago. 

—¿Lo estoy consiguiendo? —«¡Oh, oh! ¿Es posible? ¿Va a salir esto bien?» 

La sonrisa de Luca la desmontó por completo. «Ahí va la última barrera» pensó Camila derrotada. 

—Puede ser…—«¿Y ese tono de voz? ¿Qué cojones te pasa, Lorei’a?»

Hacía tanto tiempo que no había tenido un acercamiento parecido con nadie, que se sentía ridícula. «Y este tiene pinta de tener experiencia… Se va a pensar que soy estúpida.»

—Creo que tienes aquí otra herida… —Su mano derecha se desplazó, sintiendo cada centímetro de su piel, hacia la comisura de sus labios—. Por aquí, ¿no?

Camila asintió mientras sentía que el corazón se le salía del pecho. Le pareció que Luca había cosido un hilo invisible entre ambos, y ahora estaba tirando de él con sus dedos, provocando que ella se acercara un poco más. 

El mago había mirado al abismo directamente. Había visto todo lo que Derkavah podía dar de sí, más lo malo que lo bueno. Acercándose tanto a Camila Crane, y mirar a su eze’vada antes de seguir hablando, pensó que no todo lo que nacía de ese lugar era negativo; tenía delante algo que, pese a sus capas de protección y dureza, conservaba una pizca de bondad y luz, a la que él se veía atraído, buscando alejarse de la oscuridad que le envolvía. 

—No quiero que te pase nada. 

Ahí estaba otra vez. Ese quiebre en su voz. Esa vulnerabilidad. Esa fragilidad que se había prometido no volver a tener tras Cassie. Pero ya era tarde. Estaba frente a frente con lo que más deseaba en ese momento, y le daba igual parecer más o menos fuerte. Solo sabía que quería besarla, aunque estuviera histérico y aguantando como podía el pánico. 

Mientras la mirada de Luca estaba fija en ella, su Eze’vada se arrebujaba nervioso contra el cuello de Camila. «Ahí está esa frase, otra vez…» pensó. «Tal vez esto es lo único que quería decirme, y yo lo estoy malinterpretando todo, tal vez…» Camila sabía que quería decirle lo mismo a él, pero había llevado una máscara puesta tanto tiempo que no estaba segura de nada. Las palabras se le amontonaban en la garganta, creando un nudo invisible que la asfixiaba. «Puede que solo esté siendo amable conmigo.» Tragó saliva por un instante, sin dejar de mirar la venda que escondía su ojo herido. «¿Cómo querría besarte después de lo que le has hecho?»

Finalmente, consiguió articular una frase con sentido. 

—Ya, ya lo sé. Y aunque pueda parecer que no…yo tampoco quiero que te pase nada.

—Dices, después de haberme dejado con un ojo menos. —«¡Vaya! Valiente ahí con el sarcasmo. Pero quien no arriesga…».

—Esto es lo que pasa cuando te interpones entre Camila y su objetivo. —«¿ACABAS DE HABLAR DE TÍ MISMA EN TERCERA PERSONA? Qué vergüenza por favor… Menos mal que Finn no está escuchando nada de esto, sería capaz de ponerlo en su libro» se dijo. 

—Ya… pero… volvería a hacerlo. —«Lo tuyo es masoquismo, Satoro.»

Camila lo miró, algo sorprendida. Después de todo lo que había ocurrido…¿Luca parecía dispuesto a seguir interponiéndose? «¿Está jugando conmigo?»

—Entonces no puedo prometerte nada. —Lejos de parecer amenazadora, su voz salió de sus labios con aire seductor. A esa distancia, con Luca acariciándola, era imposible sonar de cualquier otra forma. —«Como odio no saber lo que está pensando. A veces es como un libro abierto, y otras…» —Parece que te gusta que te pegue. 

Y su Eze’vada lo miró, algo desafiante, pero sin ser capaz de enmascarar el deseo con el que Camila había pronunciado esa frase. 

—A este calibre igual no, pero… 

«Vale, ya está bien. No estires más la conversación. Al grano, Satoro». 

Agarró su mentón con suavidad, elevando su rostro, y se aproximó hasta notar su aliento casi uniéndose al suyo. Ella era todo calidez, y él sabía que su magia intrínseca desprendía frialdad. Pero, con suerte, besándola, esas dos corrientes se fundirían en una sola para crear algo nuevo. Algo más íntimo que les vinculara de una forma que no había sentido en años.

Había besado y querido a otras mujeres. Y aunque las experiencias con cada una habían sido dispares, últimamente notaba que predominaban en sus recuerdos las negativas. Tener a Camila tan cerca, y anhelar que sus labios se unieran, era Luca resistiendo ante la predominancia de todo lo nocivo en su vida, y el deseo de encontrar algo bueno con que afrontar el futuro.  

Camila notó como los dedos de Luca le agarraban el mentón con una mezcla entre suavidad y firmeza. Trató de calmar su respiración algo acelerada, pero sin demasiado éxito, mientras su pecho subía y bajaba con cada exhalación. «Te vas a meter en un lío, Lorei’a» le dijo una voz, desde un rincón oscuro de su mente. 

Se había pasado la vida luchando y huyendo, tratando de anular cualquier sentimiento que la hiciera vulnerable, pero en aquél momento, sintiendo los labios de Luca a pocos milímetros de los suyos, no quería hacer nada más que besarlo. Estaba tan cansada de levantarse todos los días con el único objetivo de sobrevivir…  «Quizá sea mi última oportunidad de vivir» se dijo, acallando todo aquello negativo que le impedía abandonarse a ese momento. 

Nunca se había permitido el derecho de desear por el simple hecho de hacerlo, sin mentiras, intereses o conspiraciones. Hasta con Parker, que había sido el único hombre de su vida, siempre sintió que no había sido capaz de darle lo que él necesitaba, por estar siempre pendiente de una venganza que nunca llegaba.  «Si esta va a ser mi primera oportunidad de dejarme llevar, y tal vez la última… Me gustaría que fuera con Luca.» 

Él la besó. Maldijo su brazo reventado, porque estaba en medio de los dos, y era un peso muerto. No obstante, el mago pronto se olvidó de ese detalle cuando sintió el sabor a hierro en los labios de Camila, con su boca conservando alguna herida del golpe recibido de Gastón. No solo sabían a eso. Sabían a la esperanza de dar con algo bueno por fin. 

Sorprendida ante el arrebato, Camila abandonó cualquier duda que todavía pudiese albergar y lo rodeó con los brazos. Sus manos se deslizaron por la nuca de Luca y le acariciaron el cabello. Al principio sintió que sus labios trataban de encontrarse con torpeza, hasta que, de algún modo, todo encajó. Acercó su cuerpo al de Luca, codiciando el contacto de su piel.

Él mordió el carnoso labio inferior de ella. Desprendían calor, casi notaba que le quemaba, pero no podía parar de besarla, de sentir como sus lenguas se encontraban, y se esquivaban, pero a la vez buscaban abrazarse y sentirse mutuamente. 

Camila no sabía el tiempo que ambos habían deseado hacer eso, tal vez desde que se conocieron, tal vez desde hacía solo cinco minutos. No importaba, sus manos bajaron por la espalda de Luca, tratando de retenerlo. Su respiración se iba acelerando, y el mordisco en el labio que le había dado el mago solo había conseguido excitarla. Pensó para sus adentros que debía ser delicada y controlar su fuerza, pero cada vez le costaba más reaccionar a lo que le decía su cabeza. 

Luca había estado mucho rato cogiéndole la cara, así que pasó a su espalda, y bajó hasta su cadera, acercándola a su lado, abrazándola. Su piel aún estaba mojada después de que él le hubiera limpiado las heridas, pero su mano no se resbaló. Se mantuvo firme en su cintura, y, aunque estuvo tentado de seguir bajando más, se detuvo. ¿Por qué? En otras ocasiones, no hubiera dudado en continuar, pero esta se sentía diferente. Además, siempre corría el riesgo de que, si se pasaba, le dejara el otro ojo a juego con el que ya tenía destrozado, y los apreciaba demasiado. 

Al sentir la mano de Luca en su cadera, Camila se acercó a él todavía más, pero el hecho de que él se mantuviera en su cintura le dio a entender que aquello era todo lo que iba a ocurrir. Poco a poco, la intensidad se redujo y ambos terminaron dándose pequeños besos, algo más tiernos. Mientras esto ocurría, Camila no pudo evitar reírse un momento, lo que los separó definitivamente. 

—¿Quién nos lo iba a decir en Derkavah? Cuando nos conocimos…me refiero —dijo con timidez mientras se mordía el labio inferior. 

—Sí… ¿Recuerdas que hice un hechizo que pensabas que habías perdido el brazo? —No pudo contener una risa nerviosa ante el comentario, y la posibilidad de que a Camila no le sentara bien el recordatorio. 

—Sí…tal vez debí darte el puñetazo entonces —dijo ella, fingiendo seriedad —«Tan oportuno como siempre, Satoro» pensó, divertida. 

—Sí… quizá debiste darme el puñetazo antes, sí.

Un mechón rubio de su cabello caía suelto. Eso no podía ser. Luca tenía que evitarlo. Debía estar todo en su sitio. Perfecto, sin más fisuras; él ya llevaba suficientes por los dos. Así que, con cuidado, cogió el mechón rebelde, y lo colocó justo en el lugar adecuado, allí, detrás de su oreja. 

Camila sonrió ante el gesto y se acercó de nuevo para besarle. Cuando terminó se quedó a unos pocos milímetros de él.  

—Igual deberíamos irnos —susurró, cerca de su boca. 

—Sí… Finn se va a pensar que está pasando algo aquí arriba. Aunque no ha oído ruidos. Igual se piensa otras cosas. —«Finn va a flipar cuando se lo cuente. Lo mismo no le hace gracia, pero me la suda, a mí sí me ha hecho gracia». 

—Igual piensa que te he matado sin hacer ruido. —Camila seguía con los labios muy cerca de los de Luca. Le gustaba jugar a ponerlo nervioso. 

—No… imposible… No que no me hayas matado, sino que no harías ruido en el proceso. —Una punzada de dolor cruzó su ojo deformado. 

—Ya, eso es verdad. Tengo un problema… —Tras decir eso con voz lastimera, hizo un puchero con los labios y se rió. 

—Ya, bueno. ¿Pero quién no tiene, Camila? —«Estás para hablar: drogadicto… perdón, ex drogadicto; asesino, mafioso, lenguaraz, sádico, violento, impulsivo… una joya, la verdad».

Resistiéndose a separarse de él y sabiendo lo que les tocaría a hacer a continuación, Camila tuvo el impulso de acariciarle el mentón, consciente de que sus palabras escondían más que una simple respuesta para consolarla. Su Eze’Vada lo miró, tratando de grabar cada instante en su retina. 

—¿Sabes que ahora tenemos que ir con los Gavenga, ¿verdad?

—Oh, sí. Y además en Velthus también les tocamos los cojones. —Suspiró, con resignación—. Qué bonito…

Aquella conversación devolvió a Camila a la realidad, justo en el punto en el que todo se había quedado suspendido. Justo antes del beso. 

Sabía que había ido hasta allí para acabar de una vez por todas con todo lo que la había estado atormentando durante tantos años. Era consciente de que, por mucho que lo intentara, la mirada inerte de su padre no empezaría a desaparecer de sus pesadillas hasta que no hubiera terminado con el último de sus asesinos. 

Todavía tenía el cuerpo mojado después de que Luca la limpiara, pero las heridas no habían desaparecido. Tal vez ese bálsamo había sido un consuelo temporal, algo que le había ayudado a confiar un poco más en que, al fin y al cabo, podía haber personas como ella, que concebían el bien y el mal de forma distinta. 

Miró a Luca mientras hablaba de su experiencia con los Gavenga. Se descubrió sonriendo. «No, no es solo eso, esto es diferente, pero ahora no me puedo permitir pensar sobre ello. Tal vez cuando todo esto termine…» 

Una punzada de dolor le atravesó la garganta, ya que era posible que no hubiera un después. «Antes de marcharnos debo decírselo.»

Entonces, a pesar del momento que habían compartido, Camila tuvo que decirle a Luca qué era lo que realmente estaba pasando en su interior. El cómo ese ente, el Gestalt, se estaba alimentando de sus buenos recuerdos. «Al menos yo sigo manteniéndolos, aunque se entremezclen con otros que no lo son tanto.» 

Luca pareció encajarlo bien, con una resignación que admiró a Camila de nuevo. Volvió a pensar lo mismo que había pensado en el coche de Finn: «No le he visto romperse ni una sola vez… No sé cómo lo hace.» Tal vez Luca Satoro tenía mucho más por enseñarle de lo que ella pensaba.

Él seguía disertando sobre el todo y la nada, y Camila empezaba a sospechar que no era más que un sistema de defensa, así que lo besó para que se callara. 

—Cuando acabemos con todo esto buscaremos la forma de recuperar los recuerdos bonitos —le prometió. 

«Recuperar los recuerdos bonitos… » Aquellas palabras sonaron demasiado bien, y, a la vez, le atemorizaron un poco. Primero, por el hecho de que sus recuerdos estuvieran siendo devorados por el maldito gestalt de las narices, que seguía con él. Tanto usar el rostro de ese ser como parte de su hechizo, y al final no era Luca quien estaba saliendo del pozo mediante el uso de esa máscara para superar su muerte y resurrección; era él quien estaba siendo arrastrado por ese monstruo. Tenía sus sospechas de que no hubiera abandonado totalmente su cuerpo, pero las palabras de Camila le confirmaron sus peores temores.

Y luego, asociado precisamente a cómo recuperar esos recuerdos, estaba la cuestión que colgaba pendiente de ambos: el futuro. Él lo temía, y sentía que ella también. Esta misión había empezado como algo aparentemente sencillo, pero estaba teniendo repercusiones imprevistas por Luca, y ¿quién sabía qué se encontrarían en el territorio de los Gavenga? Las esperanzas de supervivencia, al menos, en el caso de él, no lucían tan bien como cuando empezaron la jornada. Así que el hecho de pensar en un mañana en el que compartir algo con Camila quedaba muy distante.

«Sigue luchando, Satoro. Ahora tienes algo por lo que salir adelante. Deshazte del gestalt, y recupera esos malditos recuerdos con ella…o mejor, genera nuevos.» 

Camila, que por alguna razón parecía que se había recompuesto los trozos de esa máscara invisible que se había fracturado tras todo lo ocurrido, le sonrió un instante. 

—Voy a buscarte algo de ropa, ahora vengo. —Y salió del baño, cerrando la puerta. 

Luca se miró al espejo. Era un amasijo de cristal separado en múltiples fragmentos pero que, de alguna forma, se mantenían en pie tras la batalla con Gastón. Quizá él era ese espejo. Roto, pero no del todo. Aunque solo hacían falta un par de empujones más para que todo colapsara y se cayera. 

«Tanto pensar con la entrepierna, y ni te has lavado tú, idiota», se dijo, mientras procedía a quitarse la camiseta destrozada. «Ni medio día te ha durado, madre mía. Aunque mejor perder la ropa que la vida… otra vez». Sintió el frío al quedarse desnudo de cintura para arriba, pero estaba más pendiente de aparentar que no lo sufría, así que se concentró en cómo posar mejor, para parecer más entero cuando ella regresara.

«Claro que sí, Satoro. Ponte sexy. Aprieta los músculos. Luce como un machote… o quizá no sea necesario. Lo mismo te ha besado porque ha visto lo bueno que hay en ti… Nah, imposible. Cuádrate, anda. Que ese brazo da pena verlo», se dijo a sí mismo, mientras permanecía a la espera de la d’ezer.  

Camila cruzó la destartalada habitación de sus padres como pudo, tratando de esquivar el gran agujero del suelo. Le divirtió pensar como, un rato antes, había querido matar a Luca por destrozar su casa. Abrió el armario y encontró un viejo jersey de su padre de color negro, era uno de sus favoritos. «Un momento…¿es raro que le de un jersey de mi padre al tío con el que me acabo de besar? Probablemente, pero no hay otra cosa, así que tendrá que conformarse con esto.» Cerró la puerta del armario y volvió a rodear el boquete del suelo. 

Se había ofrecido a limpiar a Luca tal como él había hecho con ella, pero no sabía si iba a poder ser tan delicada. No es que Camila no pudiera ser delicada, pero desde luego la sutileza no era su fuerte, sobre todo en esas circunstancias. Además, no podía dejar de pensar en lo que podía ocurrir si volvían a rozarse. Sin saber demasiado bien cómo ni por qué, el corazón de Camila se había desbocado de nuevo. «Sí sabes por qué, no te hagas la tonta.» Está bien, sí, sabía por qué. 

Una vez en su habitación, escogió una cazadora negra que se puso encima del top. El resto de camisetas de su armario eran más coloridas y, sin duda, no casaban con todo lo que estaba viviendo. «Ahora los dos iremos de negro como si fuera un uniforme…mierda, ahora sí que va a querer que nos llamemos los Matadragones.»

Todavía con el jersey de su padre en la mano se dirigió de nuevo al baño. Al abrir la puerta se encontró a Luca desnudo de cintura para arriba, así que se frenó en la entrada, sorprendida. Realmente estaba hecho un cuadro. Además del brazo, su pecho presentaba un moratón bastante considerable «Se ha roto un par de costillas, seguro» pensó con el ojo clínico de alguien que había sufrido más fracturas de las que podía recordar. 

Aún así, Luca le gustaba. No era especialmente musculoso, pero le atraían sus ojos verdes, su sonrisa permanente, su cabello rubio…además, su fuerza residía en dos cosas que eran totalmente desconocidas para ella: su magia y su capacidad para ver siempre el lado positivo de todo. Le miró sin querer la mano que todavía conservaba en buen estado, e imaginó  a Luca rodeando su cintura de nuevo, atrayéndola hacia él y besándola como lo había hecho antes. Su eze’vada giró brevemente la cabeza. Se había ruborizado de nuevo, la muy idiota. 

Al escuchar abrirse la puerta, Luca dio un respingo, y perdió la pose que había elegido, como si estuviera mirando a la nada, despreocupado, mientras estaba muy pendiente de flexionar los pocos músculos que tenía, y que no estaban machacados por los acontecimientos de ese día.

Llevaba un jersey de su padre, que él aceptó. Podía fingir durante un tiempo que no le afectaba el frío, pero hasta cierto punto. Le sabía mal que, en parte por su culpa, se hubiera ido casi a pique la casa de la infancia de Camila. «Se lo repararé. Buscaré a algún contratista para que arregle este desaguisado… pero no los chapuceros, que abundan en la ciudad, uno bueno. Podré pagarlo sin problemas.»

Se fijó en ella. Se había detenido antes de cruzar el umbral del baño sorprendida, suponía, por su físico atlético y para nada demacrado además de por las cicatrices que lucía. Pero, más allá de ese pensamiento divertido, sí que vio un ligero rubor en las mejillas de Camila que le gustó. «Vaya, vaya, Satoro. Muy bien. Camila Crane enrojecida mientras te mira. ¿Cómo has hecho esto? No hay magia que puedas hacer que provoque algo así… ».

Vio que se había cambiado. Toda de negro. La cazadora cubría su top, aquel que, de haber tenido la movilidad completa de sus dos brazos, y no una misión acuciante que requería su atención, además de dos acompañantes en la planta inferior que se preguntarían a qué venía tanta demora, habría desabrochado, además de seguir besándola no solo en la boca, sino por…

Agitó levemente la cabeza, para ver si circulaba la sangre, porque ese pensamiento ya le estaba endureciendo la entrepierna. «Te habías prometido que no habría nada más que amistad y una colaboración en todo esto… ¿qué ha pasado? ¿Ahora te la pone dura el imaginarla desnuda y tú besándola? Vaya, vaya… »

Luca alzó su ojo esmeralda para encontrar a la d’ezer, cuyo eze’vada prestaba atención al gesto del mago. Las cosas cambian. Las circunstancias pueden ser unas al principio, y luego verse afectadas por situaciones como las que habían compartido ese día, y vivirían a continuación. 

Pero tenía algo claro. En el fondo, siempre supo que estaba negando lo evidente. Que había aceptado ayudarla porque sentía algo hacia ella; no sabía el qué, no sabía cuánto, pero ahí estaba, reptando en el hueco supuestamente vacío de su pecho.

Y, ahora mismo,  solo existía Camila Crane.

Y nada más.