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Tom parpadeó quieto a un lado de su casillero mientras las risas se hacían estrepitosamente discordantes para sus oídos, viendo cómo sus libros estaban tirados, empapados de un jugo acuoso que no hacía más que esparcirse por toda la superficie de estos.
¿Llorar servía de algo? ¿Quejarse? Ya lo había intentado antes; eso le trajo más dolor que solución. ¿Pedir ayuda? No, tampoco; la gente a su alrededor prefería ocuparse de sus propios asuntos. Y la única persona que le había ayudado ya no podía hacerlo más por temor a represalias. No la culpa por alejarse; era mejor así.
Se agachó para recoger el desastre, aguantando el ardor en su pecho y las ganas de gritar. Reuniendo todo, terminó por desecharlos a la basura. ¿Habría otra oportunidad de comprar otros? No sabría; últimamente era mejor pedirlos prestados de la biblioteca que tener algo nuevo que podría terminar siendo desecho.
Volvió a su casillero y de ahí sacó un cuaderno que de milagro seguía sobreviviendo. Rebuscó un poco más y encontró un par de lapiceros; los tomó y guardó en su morral.
Al cerrar su casilla, levantó su vista y ahí se encontró con la vista de una sonrisa improvisada del chico que días antes le había compartido un cigarrillo en la parte posterior de la escuela. Ese día se había escurrido de una clase para tomar un poco de tiempo a solas; no obstante, había encontrado a ese muchacho ya ocupándolo. Estaban en la misma aula, solo que era un nuevo compañero. Llamado Bill Trumper, entró a mitad del año escolar en la escuela secundaria porque uno de sus padres encontró trabajo en este lado del país o algo así. No había escuchado bien su presentación, aterrorizado de que sus abusadores volvieran con nuevas formas de expresar su desagrado. Cuando Bill levantó la mano para saludarlo y querer acercarse, Tom se volteó hacia la dirección opuesta y comenzó a alejarse. No era necesario formar algo con alguien que podría ser arrastrado a su infierno; no valía la pena.
Al estar de espaldas, no se percató de la mueca decepcionada que el otro joven mostró.
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Todo comenzó cuando la chica más popular de la escuela se interesó por él. Tom no era popular, pero tampoco era un don nadie, tímido en lo mejor de los casos. La mayor parte de su secundaria estaba bien con solo pasar desapercibido en la gran masa de estudiantes; era algo que le servía bien. Pero esa maldita niña tuvo que encapricharse con él, todo porque fue amable un día en darle un paraguas en un día muy lluvioso.
Heidi, como se llamaba, comenzó prácticamente a invadir cada momento de su vida escolar, alegando que nunca antes había conocido un chico tan bueno como él, que no era igual a los demás chicos. Bueno, tenía razón, no era igual. ¿La razón? Él era tan torcido como un árbol mal crecido. Por eso no actuaba con ese aire condescendiente que actuaban los hombres “hechos y derechos”.
Estaba bien, más o menos; podría aguantar ese tipo de hostigamiento por parte de ella.
Aunque todo se fue a la mierda el día que fue invitado a una fiesta que Heidi estaba organizando cuando sus padres se fueron de viaje.
La fiesta no estaba mal, de hecho estaba siendo muy divertida; por primera vez en mucho tiempo dejó la timidez de lado y comenzó a divertirse mucho. Hasta que fue arrinconado por Heidi en su dormitorio cuando tontamente aceptó acompañarla alegando que quería sacar algo de su habitación. Allí ella se abalanzó sobre él, haciendo que cayeran en su cama, se apretó y le robó el aliento violentamente. Trató de zafarse, pero el alcohol lo volvió un poco torpe; tardó un poco, pero por fin se liberó de Heidi apartándola de encima.
—¿Cuál es tu problema? ¿No te gustó el beso? ¿No te gusto? —increpó Heidi, enfadada, queriendo volver a encimarse.
—No, Heidi, no. —respondió con enfado, intentando despegarse—. ¿Cuántas veces te dije que no me gustas de esa manera? Yo… a mí no me gustan…
—¿E-eres un maricón? —espetó Heidi con desagrado retrocediendo.
Después de esa pregunta, el silencio reinó en la habitación y, por el contrario, la fiesta seguía en su apogeo. Heidi se salió de la cama gruñendo enfadada mientras vociferaba la incredulidad de la situación, insultando a más no poder mientras caminaba como un depredador enjaulado, Tom no dijo nada, con temor que si hacía algo las cosas podrían empeorar en ese preciso momento. Heidi le gritó que había perdido el tiempo en enamorar a un maldito maricón.
Ella agarró de su camiseta y lo arrojó con fuerza de su recámara, gritándole que se largara de su fiesta. Esa salida estrepitosa se había convertido en un espectáculo para los demás presentes que comenzaron a chismorrear. Tom tuvo que salir apresurado, con la vergüenza carcomiendo su ser; abandonó la casa con rapidez mientras oía risas y veía muecas de desagrado.
Después de todo, algo que comienza mal, termina mal. A partir de ahí, su último año escolar, que comenzó bien, fue un descenso a la agonía.
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Pasaron los días y las cosas siguen peor que nunca para Tom. Su retracción se vuelve más insidiosa que nunca cuando sus materiales escolares no son lo único que sufrían.
Sus rastas que antes eran cuidadas con tanto anhelo ahora apenas tienen brillo. ¿De qué servía cuidarlas si ya no eran un objeto de orgullo, sino de risas? Ya era difícil levantarse y asistir a clases. Cada día era un esfuerzo hercúleo salir de la cama, alistarse y salir de casa. Si no fuera por su amorosa madre ni siquiera saldría de su cuarto, no merecía verle así de derrotado, con ganas de agarrar algún objeto filoso y acabar con su sufrimiento ahí mismo.
No obstante, Bill seguía ahí insistiendo en entablar alguna relación con él. Tom se negaba, pero era difícil no prestarle atención, caer en la dicha de una sonrisa amable. Bill es alto, delgado y de cabellos azabaches con rayas que le sobrepasaban la nuca; vestía siempre de negro con estampados, y su rostro era muy bonito. Sus ojos resaltaban con las sombras que se ponía; algunos dirían que era demasiado femenino, pero le quedaba tan bien, tan bien que Tom desviaba su mirada para verlo en clases. Más de una vez fue pillado por el mismo cuando estaban en los casilleros de la clase de gimnasia, y este no más le dedicara un pliego de sonrisa coqueta que hacía que Tom lo esquive nerviosamente.
Era un milagro que sus agresores no se dieran cuenta de su actual distracción y solo lo agredieran con lo de siempre.
En una de esas tantas veces, Bill lo encontró limpiando su nariz en el baño; esta vez lo habían pillado allí y lo había azotado contra la puerta y se había pegado con ella. Si no fuera porque el timbre de una siguiente clase empezaba, Tom no sabría qué habría sido de él.
—¿Qué pasó? —Bill se acercó levantando sus manos como queriendo ayudar, pero Tom retrocedió, aún vibrando de miedo por lo ocurrido anteriormente, haciendo que Bill se detuviera.
—Nada que te interese —respondió sacudiendo sus manos del exceso del agua. Agarró su mochila con rapidez, no queriendo afrontar una conversación en la que no quería participar.
—Pero…
Y así se fue, decidió que hoy faltaría a clases; no podría resistir una jornada completa de agravios, al menos no hoy. Además, más tarde tendría noticias. Aunque se preguntó: ¿cuántas faltas más quedarían para perder el año? Pero eso ya no importaba, no cuando estaba siendo devorado lentamente.
Tom estaba demasiado hundido en la oscuridad, tan oscura como el mar, hundiéndose más y más. La oscura tristeza estaba ahogando todo su ser, el dolor en su interior era un pozo sin fondo, y aunque la brillantez de Bill pareciera cercana, no lo podía alcanzar, o más bien no quería ensuciarlo con su negrura.
Sin embargo, muy en el fondo, Tom quería que Bill leyera su alma a pesar de sus frías miradas, que atravesiese sus cicatrices y viera qué hay en ese fondo. Que había alguien gritando “ayúdame, no puedo más”.
Lamentablemente, Tom cayó muy rápido por esos ojos que eran como estrellas fugaces que invitaban a perderse. Quería probar esos labios, recorrer con sus dedos esas pálidas mejillas, tocarlo hasta que no quede nada más.
Dicen que el amor te hace florecer, pero Tom no lo sentía así; lo sentía como fallecer y caer. Estaba casi seguro de que el amor que sentía no era más que una obsesión para escapar del infierno que estaba viviendo, ya que era el único bálsamo en toda su vida escolar, una brisa que levantaba su patético corazón.
Alas envueltas como anhelos, era algo que debía cortarlo de una vez porque era demasiado pequeño para ser sostenido. Demasiado tarde para guardar esperanza.
Después de todo, el tiempo se estaba acabando, no había tiempo para arrepentimientos, menos para algo como el amor.
Mientras estaba divagando en su camino, a su celular llegó una notificación de que fuera a la trastienda, lo que estaba buscando ya había llegado y si quisiera ser el primero en obtenerla, se apresurara, ya que tenía mejores ofertas. Tom chasqueó la lengua y apresuró sus pasos, cuando llegó a la tienda se dirigió a la parte trasera, tocó la puerta y fue recibido por un hombre mayor, con cabellos rubios cenizos que ya llegaba al gris. Le alcanzó una caja donde había el objeto que estuvo buscando sin cansancio hace unos días. De forma legal no podía obtenerlo debido a su edad, pero con este individuo podía saltarse esa ley por un no tan módico precio. Le había robado a su madre para esto; no se daría cuenta hasta que sea fin de mes, pero para eso Tom ya no estaría para su reprimenda.
Al menos el objeto principal ya estaba en su casa, gracias a la generosidad de su difunto padre, lo único bueno que le había dejado.
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Después de caminar en círculos y largos, llegó a su casa, no había nadie, su madre aún estaba en su trabajo y no llegaría hasta la noche. Tom se dirigió a su cuarto y ahí guardó la caja en su armario, en la parte donde su progenitora no husmearía. No tenía hambre así que aprovechó en revisar su rostro en el baño y cerciorarse que no estuviese tan grave como para usar el maquillaje de su madre para disimular el golpe. No fue tan grave se dijo, podría inventar alguna excusa tonta de una caída. Chasqueó su lengua ante la imagen y se retiró del espejo.
Fue a la sala y prendió la televisión, justamente estaban narrando sobre un asesinato en masa en California, veintiún personas habían sido ultimadas en un Mc Donald's por un individuo que pidió dias antes que lo encierren en una clínica psiquiátrica pero no había sido atendido porque se le oía normal. Disparó sin compasión a los comensales, con saña y frialdad. Contento como si fuera un gran día con música, disparando con dos armas hasta que fue abatido con un tiro limpio. Irónicamente a su comportamiento, era un hombre muy huraño y tenía un historial de violencia doméstica. Tom se preguntó por qué ese hombre llegó a tomar esa decisión. No importaba, muerto estaba el hombre por el pago de sus pecados. Las víctimas recibieron un monumento conmemorativo luego que demolieran el restaurante. Aunque no fue el más mortífero fue de los primeros que escaló en su magnitud.
Y así narraron más casos alrededor del mundo, el país de la libertad era el que tenía una larga lista. Entre todos ellos, uno le llamó la atención más que el primero que vio, tomó notas en su mente y se grabó con fuego una de las ideas, le serviría para cuando sea el momento.
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Ya en la noche, arropado en su cama, Tom agarró su teléfono móvil y navegó en las redes, se encontró con una publicación de Heidi, rencorosa seguía hablando en su contra, no mencionaba su nombre pero daba pistas bien claras que se trataba de él. Rechinó los dientes, eliminó la ventana y entró a otra red social en donde había encontrado a Bill, ahí como obseso comenzó a ver fotos y muchas publicaciones de este, con cuidado de no tocar ni un me gusta. Ahí descubrió los gustos de Bill, lo que deseaba y lo que soñaba ser, Tom esperaba que cumpliera todos sus metas. Apagó la pantalla y puso el aparato electrónico en su cómoda.
Con cada tic tac del reloj, más y más ponía nervioso a Tom que no podía pegar el ojo, no tenía el pensamiento claro de si adelantar todo o esperar unos días como estaba previsto. Volvió a coger su teléfono y se fue a la cuenta de Bill, ahí vio una publicación nueva en donde publicó un vídeo en el que anunciaba que cantaría una nueva canción que había escrito en las clases de música y esperaba que todos lo animaran. Tom suspiró y decidió permitirse un día más. Mañana valdría la pena escucharlo, al menos algo bueno por última vez…
No obstante, al ver y repetir el vídeo de Bill le comenzó a calentar el pecho y algo más que iba hacia el sur. Mordiendo su labio inferior movió su mano derecha bajo sus pantalones de pijama y ahí apretó su sexo encima de la ropa interior, silibando se comenzó a frotar, haciendo que más chispas de placer aumentasen hasta el punto de sufrir espasmos, pronto el deseo se amplificó y decidió tocarse debajo de la tela, estaba seco por lo que alcanzó la punta y con el poco líquido seminal cubrió todo su miembro para que así duela menos. Aún viendo a Bill en ese pequeño vídeo, se aferró en esa sonrisa encantada mientras el vaivén con su mano seguía, imaginó que Bill le decía que era muy bueno, que lo estaba haciendo muy bien, que siguiera y no parara, que si estuvieran juntos haría más que tocarle la polla, que no solo él cantaría, también lo haría Tom, y en eso se corrió muy fuerte, haciendo un desastre en su ropa. Habría gemido fuerte si no fuera porque no quería una escena incómoda con su madre. Maldiciendo, se levantó de la cama para buscar un cambio nuevo y botar la ropa sucia al cesto, lo lavaría temprano en la mañana. Una vez lo suficientemente aseado volvió a la cama y procedió a quedarse dormido, esa pequeña fantasía lo estaba ayudando a dormir, ya luego podría sentirse culpable por haberse tocado.
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Al día siguiente Tom caminaba hacia la escuela con la mente llena de pensamientos muy turbulentos. El sol de la mañana iluminaba las calles del vecindario a pesar que en su mayoría era muy lúgubre, pero a él le parecía que todo era menos claro, borroso incluso, como si estuviera envuelto en una niebla que solo se disipaba al pensar en lo que iba a suceder en la clase de música, Bill cantaría algo nuevo que llevaba meses componiendo, había publicado un nuevo video en la mañana, ahí narró que trataría sobre los sentimientos y emociones que le hacía sentía una persona en particular en su reciente vida. El corazón de Tom se ahogó con esa información. Seguramente habría una confesión tras esa canción. Querría arrancarse los cabellos de tan solo imaginar la escena que le sucedería.
Música era la tercera clase que habría hoy por eso cuando entró al aula entró un poco cohibido, Tom se dirigió rápidamente a su asiento tratando de no llamar la atención, más de lo que ya sus abusadores le daban. Los demás estudiantes comenzaron a llegar, acomodándose en los diferentes asientos que poseía el lugar, y la profesora, la señora Beatriz, estaba organizando las partituras para la clase. Sin embargo, Tom no podía evitar dirigir su mirada hacia la entrada, Bill aún no llegaba, seguro que sería el último en llegar, y como predijo luego de muchos estudiantes había llegado con toda la fanfarronería que poseía, alegre y entusiasmado.
Caminó con gracia hacia la parte delantera donde aún había un asiento libre y ahí se acomodó, de su mochila sacó un par de papeles y corrió hacia la maestra, ahí lo vio conversar un rato, seguramente pidiendo permiso para hacer lo que había prometido en la red social. Una vez que terminó de hablar con Beatriz, se movió hacia donde estaba el piano del salón y comenzó a afinar el instrumento, llamando así la atención de todos.
Luego, de un momento a otro, comenzó a cantar y tocar el piano.
Era como si el tiempo se hubiera detenido en ese preciso instante. La voz de Bill llenó la habitación con una cadencia inesperada, melancólicamente irrisoria, como si estuviera relatando una historia sobre escapar lejos de todo, asegurando que el amor sería suficiente para curar las heridas. Demasiado fantasiosa si se lo preguntaban pero Tom sintió que todo lo que lo rodeaba desaparecía, la canción lo invadía hasta el meollo que era su alma.
De un momento a otro, Bill miró hacia Tom. Atrapándolo como un cervatillo que había sido visto por un cazador. Cada palabra que salía de la garganta de Bill parecía conectarse directamente con algo dentro de él, era como si Bill pudiera atravesar la puerta rota de su corazón sin mucho esfuerzo y viera que dentro de él había un chico que quería gritar que estaba muriendo y que si alguien no hacía algo, todos pagarían.
Sin embargo, está canción llegó demasiado tarde.
El amor no era suficiente cuando toda la oscuridad rodeaba su ser.
Pronto la canción terminó y los aplausos no demoraron en resonar en todo el salón. Las chicas comenzaron a emocionarse, preguntando a quién le estaba dedicando la canción y antes que Bill dijera algo, Tom había tomado su morral con rapidez, abandonando la clase, ya era suficiente.
Pero no fue lo suficientemente rápido para escapar del doloroso golpe que se le fue estampado en el rostro, uno de sus matones, curioso lo había seguido y cuando lo vio solo, en su momento de crisis se burló de Tom y comenzó a propinarle golpes. Alegó que se lo merecía por haberse escapado los días anteriores. Que pronto vendrían cosas muy bonitas que Heidi tenía preparado para él, que esperara con ansias el fin del año escolar.
Tom no contraatacó, se aferró a su maleta, evitando que le llegaran golpes en partes más privadas y solo esperó que el otro se cansara.
Había sido medianamente un buen día, uno bueno que acabaría hoy.
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Más tarde ese mismo día, Tom estaba sentado en la penumbra de su habitación, las sombras de la noche se filtraban a través de la ventana, con sus cristales opacos y empañados por la humedad. Las paredes parecían respirar, con un aire pesado como si el mismo cuarto estuviera vivo, un ente que lo observaba sin cesar. Se sentía atrapado, no solo entre esas cuatro paredes, sino también dentro de su propia mente. El mismo tic-tac del reloj lo atormentaba, como un recordatorio de que el tiempo seguía su curso, ajeno a su diatriba.
Su corazón latía de forma errática, como si intentara escapar de su pecho, ya no podía soportar más ese dolor constante, esa angustia que se había vuelto parte de su ser. Cada latido era un recordatorio de todo lo que había vivido. Los abusos, las humillaciones, las miradas despectivas y las palabras crueles que se habían repetido una y otra vez a lo largo del año, como un eco insoportable en su cabeza. Nadie lo había visto, nadie había comprendido. ¿Por qué tenía que ser Tom el elegido para recibir el desprecio de todos? Ser homosexual no era un pecado y aún así… su destino se dictaminó por el capricho de una sola persona.
Tom apretó los puños, sus uñas clavándose en la piel. La rabia lo consumía desde adentro, la ira era un fuego que no dejaba espacio a la razón ni a la moral. Pensaba en todos esos nombres, esas caras que se habían burlado de él, que lo habían ridiculizado hasta el punto de que ya no reconocía la persona que había sido alguna vez. Todos esos que lo habían hecho sentir menos, lo habían golpeado no solo con sus palabras y sus miradas como si fuera una cosa sin valor en el momento que fue declarado diferente. Eran monstruos que se alimentaban de su dolor, que lo dejaban vacío, con la sensación de que ya nada merecía la pena.
"Lo haré mañana…", pensó Tom, mientras un pensamiento macabro comenzaba a por fin tomar forma en su mente. Elimínalos a todos. No había necesidad de que existieran más, ¿verdad? Ellos, con su crueldad, habían destruido cualquier esperanza que quedaba en su corazón. ¿Qué sentido tenía seguir viviendo en un mundo donde el sufrimiento era la única constante? Dónde el amor ya no era suficiente, donde los sueños se habían hecho polvo bajo el peso de la indiferencia y la violencia. Quizás, solo quizás, el dolor desaparecería si los eliminaba, si arrancaba de su vida a esos perdedores que se alimentaban de su alma.
Se levantó, sus pasos no se escuchaban a pesar del arrastre. Caminó hacia su escritorio, donde había una hoja en blanco, tomó un bolígrafo de uno de los cajones. Sus manos temblaban, pero su mente estaba clara, más clara que nunca. Las palabras comenzaban a fluir con facilidad, como una sentencia que ya no podía revertirse. Listó uno a uno a sus "abusadores", esos que le habían hecho la vida imposible, también no quedó atrás los “indiferentes” a su abuso. Todos tenían nombres, apellidos, rostros que lo perseguían en sus sueños, en sus pesadillas. Y a cada uno de ellos les reservaba un destino. Tom los eliminaría, sin remordimientos, sin piedad. A los demás los mandaría al infierno.
Pero... había una excepción.
Bill. Bill era el único que permanecía en su mente como un paradigma. El único que se interponía en sus pensamientos oscuros, el único que, a pesar de todo lo malo, le había ofrecido un atisbo de esperanza. A pesar de que el amor estaba floreciendo en su marchito corazón, el amor hacia Bill no podía ser suficiente para no recibir su veredicto. Tal vez era por su voz suave, por su mirada que no era cruel, por el modo en que parecía entenderlo, aunque solo le hubiera dado nada más que unas sonrisas tontas. Bill era el único que podía ser perdonado, el único que merecía la oportunidad de redimir algo en su mundo que ya parecía perdido. Tal vez su amor por Bill, era lo único bueno que le quedaba. Una pequeña chispa en medio de la oscuridad. Tal vez aún había algo que valiera la pena.
El resto… el resto podría irse al diablo.
Tom apretó el bolígrafo hasta que sus dedos se pusieron blancos, y una risa baja y maníaca escapó de su garganta. La risa de alguien que ya había cruzado el umbral de la cordura, que ya no veía el mundo como lo veían los demás. La indiferencia lo había quebrado tanto que ya nada le parecía real. El amor, aunque hermoso solo servía para crear heridas más profundas, más difíciles de sanar. Había buscado el amor en todos los lugares equivocados, había creído que podía salir de esto, que alguien lo salvaría. Pero esa ilusión había desaparecido hace mucho tiempo, arrastrada por las olas de la violencia.
El amor no fue suficiente, nunca suficiente, la esperanza ya estaba fallecida por un mundo que lo había rechazado por ser diferente. Y, sin embargo, ahí estaba, esa absurda chispa por Bill, esa única esperanza que se negaba a extinguirse por completo. ¿Sería locura aferrarse a eso? Quizás sí. Pero la locura ya había comenzado a consumirlo mucho antes.
El bolígrafo caía lentamente de sus manos temblorosas. Tom miró el papel en blanco, la lista que ya estaba completa, la idea de la venganza aferrada a su ser. El mundo no valía la pena. No lo hacía. Solo Bill, solo él, era la excepción.
El reloj seguía su marcha, el tiempo pasaba, y Tom ya no sabía si esperaba el fin o el principio de algo mucho más oscuro.
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En una tranquila mañana de abril, en una escuela secundaria en la pequeña ciudad de Leipzig, Sajonia, Alemania Oriental, despertaba con la misma rutina de siempre de estudiantes y profesores. El sol brillaba tímidamente luego de una noche húmeda, a través de las ventanas se vislumbraba sombras alargadas en los pasillos recién pulidos por el conserje. Los estudiantes, con sus mochilas al hombro y morrales a un lado se dirigían a sus clases con la típica mezcla de entusiasmo y desgana que caracteriza a los adolescentes.
Entre ellos, Tom se movía con paso firme pero taciturno. Pasó por la entrada desapercibido, nadie imaginaba lo que hoy iba a acontecer en breves minutos. Incluso los profesores no se salvarán debido a su indiferencia, por la soledad a la que fue sometido.
Esta mañana, Tom no llevaba su morral, sino una mochila cargada con algo que no era un libro o un cuaderno. En su interior, oculto bajo una camiseta, había una pistola que había sustraído de su hogar, junto a las municiones que adquirió con ese hombre, eran muchas y él sabía muy bien cómo usarlas.
Escogió el momento cuando los estudiantes se dirigían a sus respectivas clases antes que suene la campana, Tom se dirigió hacia el patio central, donde los alumnos solían reunirse antes de las clases. Sacó la pistola de su mochila y la sostuvo con firmeza. Su corazón latía desbocado, pero su mente estaba enfocada. Con un grito que resonó en todo el patio, Tom comenzó a disparar al aire, creando un caos instantáneo.
Los estudiantes, al principio confusos, pronto comprendieron la gravedad de la situación cuando esos disparos comenzaron otra vez en una sucesión de ráfagas. Los gritos de pánico llenaron el ambiente mientras todos corrían en busca de un lugar seguro. Los profesores, desorientados y asustados, intentaban mantener el orden, pero el pánico era incontrolable.
Tom, con una expresión vacía en su rostro, comenzó a moverse por el patio, disparando a quienes se cruzaban en su camino. Su objetivo no era matar indiscriminadamente; buscaba a aquellos que lo habían acosado durante años. Uno por uno, identificó a sus torturadores y les disparó, sin mostrar ninguna emoción. La sangre se derramaba en el suelo, y los gritos de dolor y terror se mezclaban con el sonido de las detonaciones del arma. Los que no eran tan culpables solo obtenían disparos a lugares no vitales. Aunque divisó a otros dos profesores que habían sido oídos sordos ante sus súplicas pasadas, sin ton ni son, les disparó de lleno al pecho uno a uno. Fue un poquito satisfactorio verlos caer.
La policía no iba a llegar tan pronto al lugar, debido a que todos estaban atrincherados al otro lado de la ciudad, Tom no fue tonto en asumir que acudirían lentamente, llegarían en cuestión de minutos alertados por las llamadas que ya estarían siendo hechas por la gente de la escuela, si no fuera que hizo una llamada falsa alertando que habría un atentando en un restaurante famoso, en el cual su madre trabajaba, lamentaba haberla usado, no pudo pedirle perdón antes de despedirse de ella, solo le había deseado un buen día y que volvería a verla más tarde, una mentira bien hecha.
Ahora el patio de la escuela, que una vez había sido un lugar de encuentro y risas, ahora se ha convertido en una escena de horror. Los cuerpos de los estudiantes yacían en el suelo, los heridos pedían clemencia por sus vidas, Tom se burló de ellos y se retiró del patio para seguir con los dos últimos rezagados.
Caminó por los pasillos en busca de los que faltaban, con mucha suerte se encontró a uno que estaba atendiendo a una chica herida que en la huida se habría roto el brazo, que ironía era la ayuda de un abusador. Sin que se dieran cuenta de su presencia, disparó limpiamente en su nuca, dejando a la pobre muchacha traumatizada y salpicada de restos. Avanzó hacia ella y la reconoció como la chica que alguna vez trató de ayudarle hasta que se acobardó de Heidi. Sin mucho pensamiento le disparó en el mismo brazo herido, una misericordia según, ese brazo quería inútil ahora. Mientras gemía de dolor le preguntó si había visto a Heidi. Ella no decía nada por lo que comenzó a disparar una vez más, balas tenía de sobra. No aguantando más dolor dijo que la había visto correr hacia el ala izquierda. Tom la felicitó por decirle la verdad y luego procedió a caminar hacia donde le indicó.
En su camino vio a gente aterrorizada que aún no habían encontrado algún refugio por lo que solo les propinó una rozadura de bala o una en los brazos. Con los que eran más rogones, Tom les disparó en algún punto más doloroso, no tenían derecho a suplicar tan feamente.
Una vez ya en la ala que le habían mandado, sopesó entre entrar en el aula de informática o los baños, en una de esas habitaciones estaría Heidi, la última en su lista. Tom decidió ir por el baño, ahí encontró a varias chicas aterrorizadas y entre ellas estaba Heidi.
—Hola, Heidi —saludó con una sonrisa amable que no le llegaba a los ojos.
—¡Por favor, por favor, perdóname! ¡No me mates! —suplicó Heidi llorando, el maquillaje corriendo por su rostro, aferrada a sus amigas que por poco estaban por mearse del miedo.
—Demasiado tarde para pedir disculpas, querida. Si tan solo no hubieras sido una perra conmigo nada de esto hubiese pasado. ¿Qué te hice, Heidi? ¿Qué diablos te hice para merecer ser abusado?
—No, no, no, no, no. Tom. Estaba mal, muy mal. Por favor, me había cegado el rechazo pero ya recapacité, Tom. Por favor, te lo rue-
Tom no la dejó terminar de hablar cuando le disparó en la frente. Ya no aguantaba su chillona voz. Los gritos de las chicas que quedaban se oyeron junto a más sollozos.
Tom se rascó la cabeza, indiferente ante el llanto. Pensaba que si los mataba a todos habría algo sustancioso al terminar pero no había nada, todo estaba vacío. Ajeno a su dilema no se dio cuenta cuando alguien más ingresó a los baños hasta que escuchó su voz.
—¿T-Tom?
—Uhm… —Tom levantó el rostro y ahí vio a Bill, que estaba todo agitado, como si hubiera corrido una maratón. —¿Qué haces aquí? —preguntó Tom— No deberías estar aquí. Se supone que tu clase está al otro lado del campus, les di a tu clase el tiempo suficiente para escapar.
—Y-Yo… Tom, por favor déjalas ir —dijo valientemente mientras las señalaba.
—Ah, sí, no eran tan amigas de Heidi, más bien tenían miedo de que ella les hiciera la vida imposible, realmente fueron más inteligentes que yo si se trata de socializar en este mundo… —divagó Tom señalando con el arma, que hacía que más alaridos se escucharan— Tsk, tienen suerte.
Tom disparó a un lado de ellas haciendo que un grito más aterrador sonara, no solo de ellas si no de Bill por igual. Tom mordió su labio inferior y bajó el arma.
—Váyanse de aquí.
Las chicas no esperaron otra orden más, corrieron por sus vidas, con mucho terror que está misericordia fuera quitada en cualquier momento.
—¿Por qué? —preguntó Bill aún sin irse.
—¿Porque, qué? ¿No es obvio? —respondió Tom— He matado a los que hicieron mi vida un infierno, Bill.
—Había otras formas para acabar con esto…
—Probablemente pero en esta escuela no iba a encontrar esas otras formas que mencionas, a los profesores no les importaba un bledo. Más le importaba que los hijitos de mami y papi pagarán sin quejas la cuota escolar con muchos otros sobornos más… —explicó algo que no debería estar justificando pero era Bill. Bill su excepción que aún no lo miraba con decepción.
—Pero… pero pudiste pedir ayuda —dijo acercándose, Tom se quedó quieto sin saber a dónde moverse— pudiste pedirme ayuda. Tom, Tom… —lo agarró de los brazos sin temor a que aún tenía sujeto el arma homicida— ahora no hay vuelta atrás, te van a encerrar, en cualquier momento vendrá la policía y yo… Ni siquiera se nos permitirá verte. Tom, yo no…
—¿Encerrarme? —cuestionó— Tú y yo sabemos que lo primero que harán es pegarme un tiro limpio a la cabeza si no dejo de disparar.
Bill, con la voz temblorosa pero decidida, le contestó:
—Tom, yo... yo te amo. Desde el primer momento en que te vi en aquella ocasión en donde compartimos un cigarrillo, no sé como pero te metiste en mi cabeza. Fue como un flechazo. Fui tan tonto es no ver las señales que algo estaba yendo muy mal. Pensé… pensé que eran imaginaciones mías hasta esa vez donde te vi herido pero no quisiste ayuda, nunca querías mi ayuda, siempre terminabas huyendo cuando me acercaba a ti.
Tom escuchó en silencio, su expresión inescrutable. Luego, una sonrisa burlona se dibujó en su rostro.
—¿Amor? ¿Tú y yo? Vamos, Bill, no es momento para bromas —exclamó Tom, tembloroso de risa pero también de algo más que eso.
En este preciso instante el amor no podía salvar a Tom. No podía cambiar lo que había hecho ni lo que iba a hacer. Pero muy adentro de él rebosó de entusiasmo por la confesión.
No obstante, Bill sintió una punzada de dolor por el tono de voz que estaba escuchando, pero no se dejó intimidar.
—Tom, no estoy bromeando. ¿Acaso este es el momento de bromas? Me gustas, Tom. Me gustas mucho… en el momento que oí que gritaban tu nombre corrí de inmediato a buscarte… no tenía miedo, no de ti.
Tom se rió, una risa fría profirió de sus labios. Eso era una locura, ni en sus más locos sueños húmedos se le habría ocurrido este escenario.
—Ay, Bill. Bill. Bill. —Tom repitió una y otra vez como una mantra levantando sus manos sin dejar caer el arma agarró el rostro de Bill y acarició su mejilla derecha— De verdad sabes cómo emocionar a un chico.
Tom se apartó de su cercanía y empujó a Bill contra el lavado del baño, sin dejarle mucha oportunidad de reaccionar le bajó los pantalones junto a la ropa interior, agarrando su polla de lo metió a la boca, succionando con labios apretados alrededor de la punta, luego se lo metió hasta donde podía y el resto que no alcanzaba lo tomo con su mano dominante, la otra sujetaba la cadera de Bill para mantenerlo quieto. Apretó hacia arriba mientras su boca succionaba hacia la punta, luego hacia abajo mientras tragaba, repitiendo el movimiento rítmicamente.
—Mgh. T-Tom, no es el momento, ah.
Bill quería detenerlo pero el agarre en su cabeza era un fútil intento de separarlo. Tom se regocija con el estímulo que sentía y oía, por lo que repetía una y otra vez el movimiento. Aumentó el ritmo cuando agarró más confianza que no se ahogaría. Las caderas de Bill comenzaron a moverse en sincronización, al principio lento, muy lento pero luego comenzó a aumentar el ritmo. El sonido del gorgojo se acrecentaba junto a la saliva que estaba chorreando ya que Bill no era para nada pequeño. Dejó caer su mano para atreverse a más hasta que su nariz llegó al borde de la polla de Bill, haciendo una garganta profunda que lo sintió bien adentro, sintió estrellas pasar por sus ojos. Nublados de placer por estar lleno por fin con la polla que tanto anhelaba.
La voz ahogada de Tom llenó el baño por la penetración oral que estaba haciendo más los gemidos de Bill hacían palpitar la propia polla de Tom. Sus labios se comienzan a hinchar de estar tan separados, cubiertos no solo de saliva sino de líquido seminal. Derrepente, Bill hizo un movimiento abortado.
—M-Me voy a venir, T-Tom. Para, para.
Tom se quitó la polla de la boca con una sonrisa. Hubiera querido que el semen estallara en su boca, inundara todo su garganta para sentir más de ese sabor almizclado pero quería guardar ese recuerdo en otra parte de su cuerpo que estaba palpitando por sentirse llena y atendida.
Agarró una vez a Bill y lo tiró al suelo, sin importarle que a unos cuantos pasos estaba el cadáver de Heidi, desangrándose patéticamente, Tom se burló de ella, pero se centró en Bill que se dejaba a hacer, aún con la respiración agitada, rojo como un tomate recién maduro, aunque ahora estaría más de rojo porque estaba siendo empapado por el remanente de sangre que seguía fluyendo por todo el piso.
“Que bonita escena.” Pensó Tom.
—¿Qué estás haciendo, T-Tom? —increpó Bill que estaba entre la mortificación y el deseo desenfrenado.
—Uhm, voy a hacernos sentir bien.
Se subió encima de Bill, de horcajadas, sin aplastar la erecta polla de este, aún estaba parada, bien bonita y orgullosamente grande. Le dio unos cuantos golpes mientras se quitaba los pantalones. Escupió en su mano libre y buscó su entrada trasera y así sin más comenzó a meterse los dedos, era doloroso pero no había tiempo, la otra mano sujetaba la polla ajena intentando que el otro dejara de moverse, en esos minutos que se abría el trasero, después de un tiempo esperaba que fuera suficiente, así que se arrastró más adelante y ahí acomodó la polla de Bill en su interior. El proceso fue muy seco y doloroso pero aguantó, lo aguantó mucho hasta llegar al fondo.
Sintió a Bill llegar hasta su estómago, casi podía sentir el contorno de esa polla en su bajo vientre, sonriendo se pasó una mano en su pelvis e imaginó poder sentirla. Quieto aún sin hacer más movimientos se quedó momentáneamente.
—Joder, eres muy grande Bill. Siento que me estás partiendo… —las lágrimas picaban sus ojos, jadeando con la boca abierta. Una punzada en el interior de Tom hacía que se aferrara a Bill— como quisiera que nos quedemos así para siempre, Bill. Tan enterrado dentro mío pero es solo una fantasía.
—T-Tom, mgh… yo, yo, de verdad me gustas…
—Ja, ja, ja, ja, sigue cantando para mi pajarito. Dime cuánto me amas, por favor, por favor —rogó Tom mientras comenzaba a moverse de arriba a abajo, para comenzar a sentir las penetraciones.
—Te amo, Tom, te amo —Bill por fin abrumado por el deseo y la lujuria movió su manos hasta tomar las caderas de Tom y comenzar a penetrarlo, moviendo las suyas propias con el encuentro de piel con piel.
El balbuceo de amor seguía y seguía mientras esa polla enorme tocaba su próstata, haciendo que vea muchas muchas estrellas, rodando sus ojos hacia atrás perdido en el sexo.
—¡Oh, mierda, sí, me gusta que me digas que me amas, Bill. Amo como tu polla me está llenando, lo amo, lo amo, lo amo. Por favor sigue, sigue jodiendome! —gritó con las lágrimas corriendo por su rostro de placer.
Con eso bastó que Bill ahora sí tomara las riendas de la situación y maniobrara a Tom para dejarlo debajo, en el cambio se había salido de Tom, así que cuando vio su entrada roja y palpitante, se le hizo agua a la boca, con un gemido gutural, movió su polla y la volvió a introducir en Tom mientras agarra sus piernas para abrirlas, comenzando a penetrar brutalmente. Retirando sus caderas para luego volver a su interior con un movimiento rápido y potente, continuando con un ritmo implacable, ahora en el sitio resonaba con un ruido húmedo.
Las manos de Tom agarraron los hombros de Bill, clavándole las uñas, dejando marcas de arañazos. Su cabeza se tambaleaba con el implacable vaivén, reflejando el temblor inútil de su miembro erecto, su punta roja y espesa, amenazando con estallar. Sus piernas, apoyadas por los brazos de Bill, se tensaron con el placer abrumador que recorría desde su agujero hasta todo su cuerpo.
Un gruñido sordo retumbó de Bill. su cabeza se agachó temblorosa, cerrando los ojos, saboreando el intenso placer del estrecho y caliente canal de Tom. Al abrirlos de nuevo los ojos, su mirada se clavó en el rostro de Tom, viendo cómo estaba perdido en la lujuria. Siguió castigando con su polla el agujero de Tom hasta que sintió como este le salpicó con su propio semen. Tom se había venido largo y tendido, sin haberle tocado la polla, solo se había corrido por estar siendo penetrado. Tom había gemido tan fuerte, que provocó que Bill casi se viniera también porque su polla se había sentido dolorosamente apretada por esas cálidas entrañas.
El charco de semen se formó en el bajo vientre de Tom mientras seguía siendo azotado. El latido no cesaba y la sobreestimulación comenzó a hacerle estragos a Tom, quien empezó a hipar con gemidos entrecortados.
—Mgh, ja… uhm.
Bill que ya estaba respirando con dificultad, siguió con su ritmo implacable, pronto se vendría, ya sentía que lo haría, por los que aceleró esos últimos momentos en embestidas desiguales, ya con una última estocada gimió roncamente, su semen inundó a Tom, tan espeso que continuó por varios segundos. Cuando salió del cuerpo de Tom vio como un hilo blanco los conectaba, viendo cómo el agujero de Tom supuraba más semen. Hipnotizado Bill movió su mano hasta alcanzarlo y lo tocó, para volver a meter su semen en ese agujero. Bill tenía muchas ganas de probar a Tom pero no era el momento, la vista del cadáver comenzó a hacerle un agujero en su cerebro.
Tras unos minutos en donde recuperaron la compostura. Bill se había apartado, con la polla blanda aún desnuda, recuperando el aliento. Tratando de disipar que aún quería meterse en ese agujero caliente y continuar.
Mientras tanto, Tom se acomodó para estar medio sentado y poder alcanzar con su mano su entrada, de ahí tomó del semen de Bill y se lo llevó a la boca, saboreando el sabor del chico. Como lo suponía, sabía bien, muy bien combinado con sus propios fluidos, era un milagro que no había rasgado, pequeños milagros como siempre decía.
—Nada mal.
Tom gateó hasta Bill y le tomó el rostro para darle un prolongado beso, el primero que tenían. Ahí en ese beso, Tom pudo hacerle saborear sus sabores en conjunto. Tan guarro y obsceno, mientras sentía que se embarraron de más sangre. Luego el siguiente beso se volvió tierno hasta separarse en unos más pequeños. Aún desnudos de la cintura para abajo se observaron. Invadidos por las emociones del momento.
Tom se volvió honesto en la vulnerabilidad del acontecimiento y comenzó a confesar sus sentimientos.
—Yo también te amo, Bill. De verdad, igual que tú, desde el primer momento que compartimos ese cigarrillo.
—Tom…
—Si tan solo nos hubiésemos conocido antes. Pero ya es tarde. Ya viste que es demasiado tarde para mí. Tú en cambio… eres hermoso, tienes sueños por cumplir, yo cumplí los míos y ahora debo pagar las consecuencias.
—¡Tom! —lo sujetó de las manos— aún hay tiempo. Podemos escapar de aquí, podemos escondernos, tengo mucho dinero ahorrado, yo…
No terminó la frase cuando la puerta del baño fue abierta estrepitosamente por varios agentes de la policía quienes estaban con todo un equipo antibalas y con las armas arriba. Al verlos de inmediato apuntaron sus armas hacia ellos.
—¡Manos arriba!
Allí uno de los agentes divisó el arma que estaba a unos pasos de Bill, y comenzaron a demandar que se quedara quieto o si no iban a disparar. Tom alarmado se movió para alcanzar el arma pero fue repelido por un agente que le tacleó con fuerza. Bill solo se quedó muy quieto esperando que los policías hicieran lo que debían hacer. Podría terminar esto muy mal si intentaba hacerse el héroe.
—Díaz, este chico no encaja con las descripciones de los heridos, en cambio este otro chico sí —comentó uno de los hombres.
—¿Podría ser que siempre fueron dos? — cuestionó dudoso— Tal vez este de acá —dijo apuntando a Bill— era su ayudante o su campana.
—Puede ser… además miren la escena —señaló el baño con sus manos libres— Hay un cadáver y estos enfermos decidieron cogerse en medio de ella.
Los otros agentes hicieron una mueca mientras esposaban a Bill y a Tom. Tom comenzó a forcejear aunque fuese muy doloroso tratar de quitarse del agente que lo tenía agarrado.
—Él no tiene nada que ver —comenzó a explicar, intentando zafarse— él no tiene nada que ver con esta masacre, fui yo, fui yo quien los mató.
—¡Cállate! —dijo el agente que lo tenía sujeto, ejerciendo más fuerza.
—¡Es verdad! Él no tiene nada que ver. Yo, yo lo forcé. Yo lo obligué para perdonarle la vida —rogó, por primera vez en mucho tiempo, rogó impotente. Bill no merecía embarrarse con él.
—No creo que haya sido así si los encontramos tan juntos —increpó con asco uno de ellos, viéndolos medio desnudos y observando que más fluidos corporales que solo el rojo.
—Tom. Tom. Está bien, —habló por fin Bill, sonriéndole— estará todo bien. Estamos juntos en esto, mi amor.
Tom se quedó quieto, helado por la sentencia que se había puesto Bill.
Con eso dicho los dos fueron escoltados una vez ya vestidos hacia la parte frontal de la escuela en donde esperaban más agentes policiales con sus unidades móviles y junto a un gran número de ambulancias que estaban atendiendo a los heridos y a los abatidos que estaban siendo llevados en camillas embolsadas de negro.
Cuando salieron los gritos de indignación por los sobrevivientes y sus familiares no se hizo esperar apuntando a Tom como el hacedor de tal terrorífico escenario pero se sorprendieron muchos cuando vieron que no estaba solo, si no que el chico nuevo que estaba a su lado. No creían que era posible que Bill también hubiera participado en esta masacre, algunos abogaron por él hasta que Bill levantó el rostro mirándolos fijamente, con un levantamiento de labios no tan sutil habló:
—Ojalá hubieran sido más.
Con eso se hundió aún más con Tom, que no hacía más que encogerse de mucho temor. De qué serviría ahora rogar si el otro no dejaba de echar la culpa a sí mismo. Los gritos de acusaciones y muerte se hicieron más fuertes, ahora que Tom no estaba armado, los demás querían abalanzarse sobre ellos para tomar la justicia por sus propias manos y si no fuera por los agentes que impedían que más sangre se derrame en la escuela habrían terminado destrozados por la misma justicia que realizó Tom.
Una vez dentro de la patrulla, los dejaron junto a otro agente que los terminó custodiando, se irían una vez que abordara otro agente.
—Bill, ¿qué has hecho?
—Lo que tuve que hacer desde un principio. Ayudarte, darme cuenta que todo estaba siendo un infierno para ti. Fui un tonto como te lo dije antes, un incrédulo que vivía en la fantasía que todo estaba bien. Perdóname, Tom.
—No, Bill, no tienes porqué pedir perdón. Yo, yo…
—Guarden silencio ustedes dos —bramó el oficial— ya tendrán tiempo de hablar cuando tengan que confesar. Sus pobres padres ya han sido notificados.
Tom ahogó un sollozo al saber que su mamá ya sabía lo que había cometido, no lo tenía contemplado, se suponía que para está hora debería estar muerto. Los padres de Bill no se merecían esto, ni su madre. ¿Qué había hecho?
Se acercó más a Bill intentando alcanzar con sus manos esposadas. Pero fue inútil por lo que solo se tuvo que conformar con estar muy pegado. Con miedo y zozobra de lo que pasaría.
Cuando el otro oficial llegó, el auto comenzó a arrancar hacia su destino, ahí Bill empezó a tararear la canción que había cantado el día anterior. Con aquello el corazón de Tom inició a calmarse de su desembocado ritmo, esa canción era como un bálsamo para su cerebro. No se detuvo hasta que el recorrido se terminó y fueron escoltados entre flashes de cámaras hacia la intendencia policial en donde casi fueron separados pero al final optaron por arrojarlos juntos a una celda donde de inmediato Tom se abalanzó hacia Bill, que lo recibió entre sus brazos. Bill le susurró palabras calmantes, pequeños besos en su coronilla, prometiéndole una y otra vez que estarían juntos, lucharía por eso. Tom le creyó, desde el fondo de su corazón tenía la certeza que Bill pelearía para que estén juntos porque no cualquiera se hunde en un pecado como este, el amor de Bill era tan fuerte como sus brazos que lo rodeaban.
Fin.
