Chapter Text
Johnny estaba harto. De verdad, harto. Había intentado todo para que Robby y Miguel se llevaran bien: entrenamientos en equipo, cenas familiares, incluso los obligó a ver Rocky III juntos. Pero nada funcionaba. Siempre terminaban peleando, y él no podía soportarlo más.
Así que se le ocurrió una idea… No, la idea.
Los encerraría en casa. Sin distracciones, sin nadie más. Solo ellos dos, obligados a convivir hasta que aprendieran a tolerarse. Era una solución perfecta. O al menos, eso creyó.
Lo que Johnny no anticipó fue que ambos estaban cerca de sus ciclos.
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Al principio, Miguel y Robby hicieron lo esperado: gritarse.
—¡Esto es ridículo! —Exclamó Miguel, golpeando la puerta.
—Sí, bueno, bienvenido al mundo de las decisiones estúpidas de mi papá —Respondió Robby, cruzado de brazos.
Pasaron las primeras horas con distancia, cada uno en una esquina del sofá, evitando cualquier contacto. Pero conforme avanzaba el tiempo, el ambiente cambió.
El olor.
Primero fue un ligero cosquilleo en la nariz de Robby. Un aroma dulce, cálido, como miel y canela. Lo hizo fruncir el ceño.
Miguel se removió incómodo en su asiento. Su piel ardía, su respiración se volvió pesada. Se abrazó a sí mismo, sintiendo un escalofrío recorrer su espalda.
—No… —Susurró, apretando los dientes.
Robby lo observó con atención. Luego lo sintió. Su propio cuerpo comenzó a reaccionar, su temperatura subió, y su pulso se aceleró.
—Oh, mierda… —Murmuró Robby.
El celo.
Miguel bajó la cabeza, tratando de controlarse. Pero su olor se hacía más fuerte, envolviendo la habitación. Robby tragó en seco, sus instintos rugiendo en su interior.
—Miguel, aléjate… —Le advirtió con la voz tensa.
Pero Miguel no podía alejarse. Sus piernas temblaban, su cuerpo buscaba instintivamente calor, contacto. Lo miró con los ojos brillantes, desesperado.
—No puedo… Robby…
El Alfa sintió que le faltaba el aire. La situación se volvía peligrosa. Si no salían de ahí pronto…
Pero la puerta estaba cerrada con llave.
Estaban atrapados.
Juntos.
Y el celo apenas comenzaba.
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El aire era espeso. Demasiado.
Robby sentía cómo su piel ardía, cómo su pulso martilleaba con fuerza en sus oídos. No podía creerlo. Su propio rut lo estaba golpeando al mismo tiempo que el celo de Miguel.
Era imposible.
¿Cómo demonios se habían sincronizado en la peor situación posible?
Su Alfa interior gruñía, exigiendo que reclamara a su Omega.
Pero Miguel no era su Omega.
Ni siquiera eran amigos. Apenas podían pasar cinco minutos sin discutir. ¿Por qué su instinto insistía en decirle que Miguel le pertenecía?
—Mierda… —Robby apretó los puños, tratando de contenerse.
Miguel estaba peor. Se sujetaba la camisa con fuerza, como si tratara de controlar los temblores de su cuerpo. Sus ojos oscuros estaban nublados, llenos de necesidad y confusión.
—Robby… —Su voz salió débil, como un susurro tembloroso.
Ese simple sonido hizo que a Robby se le erizara la piel.
No.
No. No. No.
Esto no estaba pasando.
Pero su Alfa no pensaba lo mismo.
Cada fibra de su ser le decía que Miguel necesitaba su ayuda, que estaba sufriendo, que él era el único que podía aliviarlo.
No.
Sacudió la cabeza y retrocedió, dándose la vuelta bruscamente.
—No. No podemos… No eres mío, Miguel.
Un gemido ahogado escapó de los labios del Omega, como si esas palabras lo lastimaran más que el propio celo.
Robby apretó la mandíbula.
No lo mires. No lo huelas. No lo toques.
Pero cada respiro estaba impregnado del aroma dulce de Miguel, envolviéndolo, tentando su autocontrol.
Y entonces, un pequeño jadeo escapó de Miguel.
Robby giró la cabeza instintivamente.
Mala idea.
Miguel estaba recostado contra la pared, su cuerpo tenso, con los labios entreabiertos y las mejillas encendidas.
Sus pupilas estaban dilatadas.
"Hermoso"
Mierda.
Robby cerró los ojos con fuerza, tratando de bloquear la imagen.
Si Johnny no regresaba pronto, las cosas iban a salirse de control.
Y lo peor era que, por primera vez, Robby no estaba seguro de querer resistirse.
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—¡Miguel, detente!
Robby prácticamente rugió la orden, pero Miguel no pareció escucharlo. Su piel brillaba con una fina capa de sudor, su respiración era errática, y sus manos temblaban mientras intentaba deshacerse de su camisa.
—Hace calor… —Susurró Miguel, desesperado, su voz cargada de necesidad.
Robby sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
No podía lidiar con esto.
El Omega se estaba desnudando frente a él, completamente vulnerable, y su rut rugía exigiéndole que hiciera algo. Que lo ayudara. Que lo tomara.
No.
Robby apretó los dientes y cruzó la distancia entre ellos en dos zancadas, agarrando las muñecas de Miguel antes de que pudiera seguir desnudándose.
—No hagas esto… —Su voz sonaba tensa, como si estuviera al borde de perder el control.
Miguel levantó la mirada y Robby casi se maldijo.
Esos ojos oscuros estaban vidriosos, dilatados, llenos de desesperación. Sus labios se entreabrieron con un leve jadeo, y su aroma se intensificó, golpeando a Robby como una ola de fuego.
—Por favor… —Miguel susurró, su voz quebrándose.
Robby sintió que algo dentro de él se rompía.
Miguel estaba sufriendo.
Y él estaba destinado a ayudarlo.
Pero… no. No era su Omega. No eran nada.
—¡Mierda! —Robby soltó sus muñecas y se apartó de golpe, llevándose las manos a la cabeza.
Esto estaba mal.
Si Johnny no abría esa maldita puerta pronto, no sabía cuánto tiempo más podría resistir.
Y por la forma en que Miguel lo miraba…
Él tampoco parecía querer resistirse.
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—Por favor… Robby… —Miguel sollozó, su voz temblorosa y rota.
El Alfa se quedó inmóvil.
Sentía los dedos de Miguel aferrándose con desesperación a su pierna, su cuerpo temblando, su calor pegándose a su piel como una maldita trampa.
No podía mirar.
No podía respirar.
El olor del Omega lo envolvía, cada pequeño sollozo golpeaba su pecho como un maldito martillo.
"Ayúdalo".
Su Alfa interior rugía, ordenándole moverse, tocarlo, hacer algo para calmar su dolor.
Pero Robby no podía.
No es suyo.
Apretó los puños, tratando de ignorar la presión en su pecho, el nudo en su garganta.
—No… no puedo—Su voz era apenas un susurro.
Miguel sollozó más fuerte, apretando su agarre, pegando su rostro contra su pierna, desesperado.
—Duele… —Jadeó Miguel— Me… duele mucho… Robby…
El Alfa apretó los dientes, sintiendo su corazón latir con fuerza.
Miguel estaba llorando.
Un Omega llorando en celo era la cosa más devastadora que había visto en su vida.
Su instinto le gritaba que lo protegiera, que lo calmara, que lo abrazara hasta que dejara de sufrir.
Pero no podía.
Si lo tocaba, no iba a poder parar.
Robby respiró hondo, tratando de resistirse, de alejarse, pero Miguel lo sujetó más fuerte, temblando contra él.
—Por favor… —Susurró Miguel, con la voz quebrada.
Robby sintió que su autocontrol pendía de un hilo.
Si Miguel decía una sola palabra más, si sollozaba de nuevo…
No iba a poder detenerse.
Y lo peor era que, en el fondo, una parte de él no quería detenerse.
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Las gotas de sudor caían por la frente de Robby, deslizándose por sus sienes. Las apartó con brusquedad, como si eso fuera a enfriar el calor que recorría su cuerpo.
No podía seguir aquí.
Miguel lo estaba volviendo loco.
Con un último esfuerzo de control, Robby se apartó, moviendo la pierna con cuidado para no golpear al Omega que aún estaba arrodillado en el suelo.
—No deberías decir esas cosas… —Dijo con la voz áspera, evitando mirarlo— Tienes novia.
Esperó que esas palabras lo hicieran reaccionar, que Miguel recuperara un poco de cordura.
Pero el Omega simplemente levantó la cabeza, sus labios temblorosos, sus ojos oscuros nublados por el celo.
—No tengo a nadie… —Susurró Miguel— Estoy esperando a mi Alfa.
Robby sintió que le arrancaban el aire de los pulmones.
Su garganta se cerró, su pulso explotó en sus oídos.
"No escuchaste eso".
"No te atrevas a escuchar eso".
Pero su Alfa interior ya había escuchado.
Y rugió.
Un sonido bajo, profundo, escapó del pecho de Robby antes de que pudiera evitarlo.
Miguel tembló y se mordió el labio, su cuerpo inclinándose instintivamente hacia él.
El Alfa dio un paso atrás, su espalda chocando contra la pared.
No podía moverse más.
No podía escapar.
Y Miguel estaba cada vez más cerca.
—Miguel… —Su voz sonó rota, tensa, al borde de la desesperación.
Si el Omega seguía mirándolo así… si volvía a decir algo como eso…
Robby no iba a poder detenerse.
