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Los gemidos ahogados resonaban en la habitación, fundiéndose con el vaivén pausado de la cama, cuyo suave crujir llenaba el espacio de un ritmo íntimo. El aire vibraba, cargado de calor y urgencia, mientras Guillermo y Pedro se perdían el uno en el otro, con respiraciones aceleradas y cuerpos moviéndose en una danza que los aislaba del mundo exterior. Las sábanas, olvidadas hace rato, se deslizaban lentamente hacia el borde de la cama, y el crujido de la madera delataba la intensidad de sus movimientos.
Habían pasado meses desde que ambos dejaron atrás sus matrimonios. Pedro había terminado su relación con Camila, una unión apasionada pero desgastada por constantes discusiones y desencuentros. Guillermo, por su parte, se había separado de su esposa tras años de mantener una fachada de estabilidad que ocultaba su verdadera identidad. Ahora, libres de las ataduras del pasado, podían entregarse el uno al otro de una manera que jamás habían creído posible
Sus primeros encuentros fueron lentos, pausados, casi tímidos, llenos de una sensibilidad y paciencia que ninguno de los dos tenía. En cierto modo, cada uno vivía su propia primera vez: Pedro en cuerpo, Guillermo en alma. Pero con el tiempo, la confianza transformó su dinámica, alcanzando una intensidad que a veces abrumaba a Guillermo. Pedro, joven y apasionado, parecía insaciable. Su corazón, lleno de nuevas emociones, los llevaba a situaciones tan ridículas como aquella vez que un testigo clave los sorprendió en una situación más que comprometedora justo antes de un juicio, un recuerdo que aún los hacía sonrojar.
Así fue como Guillermo tuvo que recurrir a viejos trucos que, aunque simples, sorprendían a Pedro, tan impresionable como era. Gestos que a un hombre más experimentado apenas le habrían movido un pelo, a su joven socio lo enloquecían. Desde el roce más sutil de sus manos en el momento oportuno hasta las palabras más básicas tienen un efecto demoledor, encendiendo una chispa en el más joven que bastaba para desatar sus pasiones en cuanto encontraban un momento a solas.
Y esta no era la primera vez que se dejaban llevar por el deseo a mitad del día, cuando supuestamente debían estar almorzando. Más de una vez habían usado la excusa de ir a comer para escapar a la casa de Guillermo y entregarse a sus impulsos más primarios. Pero ninguno esperaba los golpes y gritos que irrumpieron en medio del acto.
Un golpe seco resonó en la puerta. Luego otro, mas fuerte. La voz de Ana cortó el aire como un trueno, rompiendo el hechizo del momento.
“¡Guillermo! ¡Abrime la puerta ahora mismo! ¿Estás con Pedro? ¡Sé que estás ahí!” Su tono destilaba furia, cada palabra un grito estridente que atravesaba la puerta de madera.
Pedro se tensó, sus mejillas ardían de vergüenza y adrenalina. Intentó apartarse, con la intención de vestirse y evitar que Ana los encontrara en una posición tan comprometedora. Aunque habían pasado meses desde el turbulento inicio de su relación, la culpa por haber contribuido al fin del matrimonio de Guillermo seguía carcomiéndolo, anudándole el pecho con un peso que no cedía. Los reproches y llantos de Ana solo avivaban esa carga, hundiéndolo más en sus remordimientos.
Pero Guillermo lo sujetó con firmeza, sus ojos brillando con una mezcla de desafío e ira.
“Shh, quedate quieto. Ana no me va a arruinar esto también.”
“¿Qué?”
Pedro no tuvo tiempo de procesarlo. Con una fuerte embestida de sus caderas, Guillermo le robó el aliento. Sus manos abrieron aún más las piernas de Pedro, buscando una penetración más profunda.
“Estuve queriendo cogerte todo el día,” murmuró Guillermo, su voz baja y cargada de una calma peligrosa. “no voy a parar porque Ana venga a romper las pelotas.”
La vergüenza de Pedro no podía competir con la excitación que lo invadía. Su pulso acelerado traicionaba cualquier intento de contenerse. Los golpes en la puerta se intensificaron, al igual que las embestidas de Guillermo. La manija giraba frenéticamente, en un intento desesperado por abrir. Ana gritó de nuevo.
“¡No me ignores, Guillermo! ¡Abrí o juro que tiro la puerta abajo!”
Pero en la habitación, Guillermo estaba ciego a todo lo que no fuera cogerse a Pedro, como queriendo dar un mensaje. Enfocado en darle el mayor placer posible, atrapó las manos de su joven socio cuando este intentó cubrirse la boca para ahogar sus gemidos, inmovilizándolas sobre su cabeza. Lejos de disminuir, los movimientos de Guillermo se intensificaron, como si la presencia de Ana avivara su pasión. Pedro, atrapado entre la vergüenza y el deseo, dejó escapar un gemido ahogado, incapaz de resistirse. Los golpes en la puerta, en lugar de incomodarlo, parecían alimentar la adrenalina que encendía su excitación.
Los sonidos que Guillermo le arrancaba solo acrecentaban la furia de Ana, cuyos gritos se volvieron más furiosos, sus palabras apenas inteligibles.
“¡Podría ser tu hijo, Guillermo! ¡Sos un puto de mierda y un degenerado!”
Guillermo soltó un bufido ante la exageración, solo los separaban quince años, pero Pedro, lejos de sentirse ofendido, sintió un cosquilleo recorrer su cuerpo. La crudeza de las palabras de Ana, junto con la mención de su diferencia de edad, despertó algo inesperado en él. Sus mejillas se tiñeron de un rojo intenso, y su respiración se aceleró aún más.
Guillermo, que hasta ese momento había estado casi exclusivamente pendiente de la situación al otro lado de la puerta, volcó toda su atención en Pedro. La intensidad de los gemidos de su amante lo tomó por sorpresa, y una mezcla de incredulidad y curiosidad cruzó su rostro.
“¿Vas a estar encerrado con ese maricón todo el día? ¡Salí, Graziani!”
Los insultos, que en otro momento habrían irritado a Pedro, ahora avivaban una excitación apenas contenida. Guillermo, atrapado entre el enojo y la fascinación, no sabía si detenerse o seguir. Había algo en la situación, en los insultos de Ana y en la reacción inesperada de Pedro, que lo descolocaba por completo.
Y Pedro no sabia si fueron las embestidas precisas de Guillermo, los roces y comentarios sugerentes que lo habían tenido todo el día al limite, o la crudeza de las palabras de Ana, pero su orgasmo llegó de repente, tomándolos a ambos por sorpresa. Su cuerpo se tensó, y un gemido grave escapó de sus labios, resonando en la habitación. El placer lo recorrió de pies a cabeza, en medio del caos, abrumado por la intensidad del momento y la furia al otro lado de la puerta.
Guillermo, con los ojos abiertos de par en par, no sabía si reír o parar por completo. Ana, consciente de lo que ocurría, seguía gritando, pero ambos estaban demasiado inmersos en su propia pasión y en la extravagancia de la situación como para dejar que el caos exterior los distrajera.
Poco a poco, los movimientos cesaron. Más tranquilo ahora, Pedro asimiló la situación. Soltó una risa entrecortada, sus ojos brillando con una mezcla de nervios y el remanente del reciente orgasmo. Guillermo, aún procesando lo ocurrido, se recostó suavemente sobre él, dejando escapar una risa donde se mezclaban diversión y asombro.
Con el pasar de los segundos, Guillermo se apartó lentamente, apoyando una mano en el colchón para sostenerse mientras su mirada iba y venia entre Pedro y la puerta, que aún vibraba con los golpes intermitentes de Ana. Su respiración seguía agitada, pero una sonrisa torcida se formó en sus labios, una mezcla de incredulidad y diversión que no podía contener. La risa de Pedro tenía un efecto contagioso.
“¿Qué carajo fue eso?” murmuró Guillermo, su voz baja pero temblorosa por una risa apenas contenida. Sus ojos, aún brillantes por la pasión reciente, se clavaron en Pedro, que yacía con las mejillas encendidas y una expresión que bailaba entre la vergüenza y una diversión culpable.
Pedro, todavía atrapado en el torbellino de emociones, se cubrió el rostro con una mano, como si eso pudiera ocultar el rojo intenso que le quemaba la piel. “No sé, no sé qué me pasó.” Bajó la mano y lo miró, sus ojos brillando con una mezcla de timidez y picardía. “Pero… ¿viste? Fue… intenso.”
“¿Intenso?” Guillermo alzó una ceja, su tono burlón pero con un dejo de irritación que no podía disimular del todo. “Casi me matás del susto, pendejo. Y esa loca allá afuera…”
Pedro se incorporó un poco, apoyándose en los codos, y soltó otra risa, esta vez más libre, aunque sus mejillas seguían ardiendo. “No me digas que no te dio un poco de gracia. Ana gritando como si fuera el fin del mundo, y nosotros…” Se mordió el labio, conteniendo otra carcajada. Guillermo bufó, pero la diversión terminó ganándole.
“Sos un desastre," dijo, sacudiendo la cabeza mientras se inclinaba para darle un beso rápido en la frente. “un desastre que me va a meter en problemas un día de estos.” A pesar de sus palabras, su tono era cálido, y la chispa en sus ojos dejaba claro que no estaba realmente molesto.
“¿Y ahora qué hacemos?” preguntó Pedro, su voz más baja, todavía con ese brillo juguetón en la mirada. Señaló la puerta con un movimiento de cabeza. “Porque no creo que Ana se vaya a ir.”
Guillermo se dejó caer de nuevo en la cama, a su lado, y soltó un suspiro exagerado. “Que se joda,” dijo, aunque el enojo en su voz era más teatral que real. “No le voy a abrir. Que grite hasta quedarse afónica.” Miró a Pedro, y una sonrisa traviesa se dibujó en su rostro. “Además, vos y yo no terminamos todavía, ¿no?”
Pedro se rió, cubriéndose la cara otra vez, la vergüenza regresando con fuerza. “Sos imposible.” murmuró, pero no se apartó cuando Guillermo deslizó una mano por su cintura, acercándolo de nuevo.
“¿Sabés qué?” dijo Guillermo, su voz más suave ahora, mientras trazaba círculos perezosos con los dedos sobre la piel de Pedro. “Que grite lo que quiera. Esto…” Hizo una pausa, mirando a Pedro con una intensidad que mezclaba cariño y desafío. “Esto es nuestro.”
Pedro sintió un nudo en el pecho, no de culpa esta vez, sino de algo más cálido, más profundo. Asintió, incapaz de contener la sonrisa que se le escapaba. “Sí.” susurró, y se acercó para besarlo, dejando que el eco de las risas y los gritos de Ana se desvanecieran en el fondo.
Por ahora, solo estaban ellos, envueltos en el calor de su propio caos, riéndose de lo absurdo y lo perfecto que era todo.
