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Arena, Sangre y Whisky: Crónicas de una Maldición

Summary:

Cuando los Shelby viajan a Egipto buscando expandir sus negocios en el contrabando de antigüedades, no saben que están por desenterrar más que reliquias: Evelyn O’Connell, brillante egiptóloga, sospecha que la familia de Birmingham tiene lazos con una antigua orden secreta relacionada con dioses oscuros, y decide investigarlos.
Pero cuando una nueva maldición despierta de las profundidades del desierto, y viejos enemigos retornan de la tumba, los Shelby tendrán que decidir si luchan por poder o por redención. En medio de pirámides, profecías y cigarrillos encendidos con pólvora, los destinos de dos mundos colisionan... con consecuencias tan peligrosas como románticas.

Chapter 1: Prólogo-Sombras sobre la arena

Chapter Text

 

Birmingham, Inglaterra

La lluvia caía con fuerza sobre los tejados de Small Heath, rebotando contra las ventanas como si el cielo golpeara con furia contenida. Las fábricas exhalaban humo espeso, ennegreciendo el aire con su usual indiferencia. En el Garrison, el silencio se asentaba con el peso de una plomada. Solo el zumbido de una bombilla temblorosa y el vaivén del whisky en un vaso interrumpían la quietud.

Thomas Shelby estaba sentado tras su escritorio, cigarro apagado entre los labios, mirada clavada en la ventana como si pudiera ver más allá del humo y la lluvia.

—Ha llegado, Tommy —anunció Arthur, entrando sin llamar. Traía ese brillo en los ojos que solo aparecía cuando olía problemas… o negocios grandes.

Thomas no respondió. Tomó su encendedor, lo giró entre los dedos, pero no lo usó.

—¿Está solo?

—Como un perro callejero. Dice que viene de El Cairo.

—Que pase.

Arthur salió. Unos segundos después, la puerta se abrió con un chirrido. El visitante era flaco, nervudo, con la piel curtida por el sol y una barba mal recortada. Vestía como alguien que había cruzado varios continentes en trenes de carga. Bajo el brazo llevaba un maletín de cuero viejo, y en la mirada traía algo más oscuro que cualquier desierto.

—Monsieur Shelby —dijo con un acento afrancesado y sonrisa contenida—. Me llamo Duval. Le traigo una oportunidad… excepcional.

Thomas lo dejó hablar. Siempre dejaba hablar primero. El cigarro seguía apagado, pero la mirada ya evaluaba. Duval abrió el maletín con una reverencia casi teatral.

—Objetos de gran valor histórico —comenzó, desplegando documentos, fotografías en sepia y un trozo de obsidiana negra—. Provenientes de una tumba recientemente descubierta en las arenas de Hamunaptra. Algunos... maldecidos, según los locales.

Arthur silbó al ver la piedra.

—¿Y qué carajo es eso?

Duval la levantó con delicadeza.

—Un fragmento del Espejo de Toth. Un artefacto antiguo, sellado por sacerdotes del dios Osiris. Se decía que reflejaba no lo que uno es... sino lo que uno teme. Se usaba para sellar almas. O liberarlas.

Thomas entrecerró los ojos. Había muchas palabras que no le gustaban en esa frase: sacerdotes, dioses, sellar almas.

—¿Y por qué nos lo traes a nosotros?

—Porque ustedes tienen barcos, rutas de contrabando, y una reputación de no hacer demasiadas preguntas... Siempre que haya oro al final.

Thomas encendió el cigarro con una chispa seca.

—Eso es cierto.

Arthur se inclinó hacia el mapa arrugado.

—¿Y qué hay en Hamunaptra?

Duval sonrió como un hombre que sabía que estaba a punto de vender algo muy peligroso.

—El inicio. Y el fin.

Thomas se levantó, caminó lentamente hacia la ventana. Exhaló el humo sin apuro.

—¿Y si decimos que no?

—Entonces otro lo tomará. Y se hará con el poder que duerme bajo la arena.

Thomas miró el reflejo de Duval en el vidrio empañado. Ya había decidido.

—Arthur… empaca ligero. Nos vamos a Egipto.


Hamunaptra – Esa misma noche

El desierto era un mar inmóvil. Solo el viento rompía el silencio, arrastrando siglos sobre la arena. Las ruinas de Hamunaptra dormían como un animal viejo, vasto y hambriento.

Una figura encapuchada descendía por una grieta entre las piedras. No hablaba. No respiraba con fuerza. Sus pasos eran tan ligeros que ni la arena parecía notarlos.

Al llegar al lugar señalado —un altar enterrado, marcado por símbolos antiguos de protección—, la figura se agachó. Rasgó la tela del suelo como si fuera papel. Debajo, algo brillaba débilmente: una losa de basalto cubierta de escritura egipcia.

Usó una daga de hueso. Trazó un círculo. Murmuró palabras que ya no estaban en ningún idioma vivo. Y entonces, bajo la losa, algo se soltó.

Un objeto oscuro, perfectamente tallado, emergió del polvo: el fragmento del Espejo de Toth.

La figura lo sostuvo con ambas manos y lo alzó al cielo estrellado.

—Él volverá —susurró, en egipcio antiguo—. Y esta vez, la muerte no vendrá sola.


El Cairo – Museo de Antigüedades

Evelyn O’Connell hojeaba informes con rapidez. Su escritorio estaba cubierto de mapas, tazas de té frías y manuscritos. El ventilador giraba perezoso, como si también estuviera pensando.

—¿Otra vez? —murmuró, frunciendo el ceño. Tomó uno de los papeles—. Artefactos sin catalogar, jeroglíficos deformes, y este símbolo...

Pasó el dedo por una insignia pintada sobre un ánfora rota. Un ojo ennegrecido, con una lágrima descendente.

—La Orden del Ojo Negro —susurró—. Esto no puede ser una coincidencia.

Abrió su diario de campo. Páginas tras páginas con referencias cruzadas, leyendas, testimonios orales. Una y otra vez, ese símbolo aparecía donde había magia prohibida.

Se levantó y salió hacia el despacho de Rick, que intentaba dormir la siesta con un sombrero sobre la cara.

—Rick.

—¿Mmm?

—Tenemos que hablar con los Shelby.

Él se quitó el sombrero sin moverse mucho.

—¿Quién demonios son los Shelby?

Evelyn suspiró.

—Gánsters británicos. Y, aparentemente, ahora contrabandistas de cosas malditas.

Rick se sentó, más alerta.

—¿Otra aventura?

—Otra maldición.

—Maldita sea…

—Exactamente.


En las afueras del desierto

Rick revisaba su pistola mientras Ardeth Bay, de pie sobre una duna, observaba el horizonte como si escuchara algo que los demás no podían oír.

—La arena habla, Rick.

—La arena siempre habla. La pregunta es si dice la verdad —respondió, cargando el revólver.

—La profecía ha cambiado —dijo Ardeth con tono grave—. El pergamino de los Doce Sellos arde sin fuego. Las serpientes cruzan las estrellas. Y se han alzado voces desde la tumba de Osiris.

Rick parpadeó.

—¿Todo eso en una noche?

—“Cuando los herederos de los asesinos de Osiris pongan pie sobre la arena, la sombra caminará otra vez.”

Rick se puso de pie, resoplando.

—Fantástico. ¿Y adivina quién acaba de llegar al puerto de Alejandría?

Ardeth no respondió. Solo asintió lentamente.


Puerto de Alejandría – Días después

El barco atracó con un gemido oxidado. La pasarela descendió. Thomas Shelby fue el primero en pisar tierra egipcia, traje impecable, cigarro en la comisura, mirada oculta tras la visera de su gorra.

A su lado, Arthur ya sudaba bajo el sol abrasador, con el saco colgando y una pistola al cinto.

—Jesús... ¿esto es normal? —bufó.

—Es arena, Arthur. No te muerde.

Detrás venían Polly, Michael, Ada, Finn y Esme, escoltados por un par de hombres de confianza. Cada uno con su motivo. Cada uno con su sombra.

Duval los esperaba en el muelle, sonriendo nerviosamente.

—Bienvenidos a Egipto, señores Shelby. Espero que hayan venido preparados.

Thomas se bajó las gafas de sol y lo miró.

—Nosotros no esperamos, Duval. Vamos a desenterrar algo más que oro.

Encendió un nuevo cigarro.

—Vamos a desenterrar la verdad.