Actions

Work Header

Manecillas

Summary:

Después de sufrir una herida en combate, Whitney deja temporalmente el ejército y regresa a Smallville. La ausencia de su fallecido padre y su aparente fracaso militar lo hacen sentir como si ya no encajara en el lugar que alguna vez llamó "hogar", pero cuando está a punto de rendirse, Clark Kent le ofrece una nueva perspectiva, que desencadena en nuevos y complicados sentimientos.

Versión alternativa de la temporada 2, a partir del episodio Visage.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Chapter 1: La Botella de Whisky

Chapter Text

Eran casi las seis de la tarde cuando Whitney regresó a Smallville. El atardecer era justo como lo recordaba, con los largos rayos del sol iluminando los campos de maíz como si de oro se tratara. Mientras más se acercaba a casa, más vacas veía en el camino, más granjeros arreando la tierra o dándole mantenimiento a sus cercas. Pese al familiar olor de pasto y tierra, sin importar que apenas habían pasado seis meses de haberle dicho adiós a Lana en la estación de autobuses, sentía como si hubiera pasado una vida.

Sus manos se aferraron con más fuerza al volante en cuanto pudo distinguir el letrero local, que anunciaba: “Smallville, La Capital del Mundo del Meteoro”. La fuerza empleada en el volante era tanta que sus nudillos se pusieron blancos. Había pasado prácticamente toda su vida en ese pueblo, y aún así no podía deshacerse de la opresión en el pecho que sentía ante la idea de volver. 

Había logrado escapar de su monótona y cansada vida cuando fue aceptado con los marines, pero poco le duró el alivio. Una explosión en Indonesia había sido suficiente para lastimar su rodilla, a tal grado en que no pudo seguir combatiendo, así que no tuvo más opción que volver con su madre.

Sin importar a cuántos miles de kilómetros se alejara de Smallville, el lugar parecía aferrarse a él como si tuviera garras. Pero al final del día, ¿a dónde más iría? ¿a la universidad? ¿a algún empleo fastuoso? Qué buen chiste.

Pisó el acelerador para dejar atrás el letrero interestatal, pero el movimiento lo hizo apretar los dientes. Cada vez que su rodilla se doblaba, un tirón quemante se hacía presente. Durante un semáforo rojo, abrió un frasco que estaba en la guantera y se tragó una pastilla. El doctor le dijo que solo la tomara si el dolor se volvía insoportable, lo que no había necesitado recordar hasta ese momento.

Un compañero del ejército se había ofrecido a llevarlo a casa, pero se negó de tajo. Ya había sido lo bastante humillante tener que abandonar los marines cuando apenas se había unido, no necesitaba que además le tuvieran lástima, aún si conducir no iba a hacerle favores a la herida en su pierna. 

Durante el cortísimo tiempo que había servido como soldado, su vida cobró propósito de nuevo. No estaba haciéndolo por gloria o reconocimiento, sus motivaciones principales para jugar futbol. Se había unido a los marines para hacer algo por su país. Para aligerar las deudas de su madre. Para no pensar en su padre.

Y sin embargo, ahí estaba de nuevo, justo donde había empezado.

En la entrada de la casa se hallaba Betty Fordman, de pie con los brazos cruzados y mirando al horizonte. Sus ojos parecieron iluminarse en cuanto distinguió el auto de Whitney, luego agitó ambos brazos para saludar.

Verla allí causaba un hueco en el estómago de Whitney. Aún cuando su madre sonreía, parecía haber envejecido diez años desde el momento en que el señor Fordman falleció, como si hubiera un espacio vacío junto a ella que nunca volvería a llenarse.

Salió del auto luego de estacionarlo junto a la entrada, no sin antes tomar su bastón y balancearse unos segundos para poder ponerse de pie. Era frustrante que una acción tan sencilla se hubiera convertido en un procedimiento tedioso.

Su madre se apuró a ir con él, para darle un abrazo estrujador mientras las lágrimas le brotaban. Whitney en respuesta se aferró a su madre como si fuera un niño pequeño, empujando hacia dentro el nudo que se le estaba formando en la garganta, así que dejó que su madre llorara por él.

Minutos después, cuando su madre por fin se despegó de él, por fin pudo hablar.

—Lana está esperando adentro —dijo mientras se sorbía la nariz con un pañuelo. La sola mención de ese nombre fue como una bofetada. Antes de partir, el recuerdo de Lana le causaba mariposas en el estómago, pero ahora sólo sentía espinas, clavándose en sus entrañas y destruyéndolo de dentro hacia fuera.

—Sólo ella, ¿cierto?

—Sí.

Cuando Whitney llamó a su madre para avisar que regresaría a casa, le pidió que no hiciera fiesta de bienvenida. Durante la preparatoria, amaba el ruido de decenas de gente en su casa tomando soda de vasos desechables, pero ahora no tenía nada que celebrar; era incluso vergonzoso que la gente supiera de su regreso.

Durante esa misma llamada, su madre lo puso al tanto de lo que había pasado semanas atrás, cuando lo único que se sabía de Whitney era que estaba perdido en acción. Lo más relevante fue que Tina Greer, la acosadora de Lana, se había hecho pasar por Whitney para poder estar con ella, hasta que murió luego de ser descubierta. Lo irónico era que, para ese tiempo, Lana y él ya habían cortado, por extraño que el concepto sonase en la cabeza del joven.

Su madre respiró aliviada cuando días después recibió la llamada de un sargento, confirmando que Whitney estaba herido pero vivo. La persona que llamó también alabó su desempeño como cadete y dijo lamentar que Whitney tuviera que dejar pausar su servicio en el ejército. Al menos alguien creía que había hecho un trabajo aceptable.

El interior de la casa lo recibió con el aroma de sus galletas favoritas y las plantas que estaban junto a la puerta. Su madre dejó las maletas de Whitney junto al recibidor y lo guió a la sala. Tomó el codo de su hijo como para ser su soporte, pero él retiró su mano con delicadeza y señaló el bastón con la cabeza.

—Tengo que esforzarme si quiero recuperarme pronto —recitó las palabras de su doctor, aún si no las creía. Su madre asintió y sonrió.

Llegar a la sala de estar le tomó más de lo esperado, pues cada movimiento de su pierna lo hacía entrecerrar los ojos, pero al final llegó. Entonces la vio.

Allí estaba ella, leyendo un folleto sobre una escuela en París. Su nariz aún se arrugaba de forma particular cuando se concentraba, sus ojos aún lucían como dos perlas ante la luz del atardecer, su lacio cabello aún le caía por los hombros de esa forma tan adorable.

—Lana…

Alzó la vista al escuchar su nombre, y en cuanto volteó hacia él, en su rostro se dibujó la misma sonrisa con la que Whitney había soñado durante meses. Lana soltó el folleto sin importarle que cayera al suelo y se lanzó a Whitney. Este tuvo que dar un paso hacia atrás ante el repentino peso de la chica, que antes habría podido soportar sin ningún contratiempo. Pero ahora dejó salir un quejido por más que apretó los dientes.

—Perdona —dijo Lana mientras, para decepción de Whitney, se alejaba—. No puedo creer que de verdad seas tú.

—Esta vez sí. Según lo que me contó mamá sobre Tina, las cosas siguen tan normales como siempre —dijo Whitney con una sonrisa que había ensayado durante todo el camino. No quería atosigar a nadie con su falta de ánimo.

—Y eso es la punta del iceberg —Lana contestó con la voz tan dulce como siempre. Era un bálsamo para los oídos.

Antes que nada, su madre sirvió algo de estofado de res, el mismo que siempre le hacía a Whitney de niño cuando estaba enfermo, y luego procedieron a comer galletas con leche. Durante todo el rato, la señora Fordman estuvo contando lo que había pasado en su vida, en la de sus amigas, y en la de los vecinos, así como todas las cosas raras que habían pasado en Smallville desde que Whitney se había ido. El rubio lo agradeció en silencio. Lo último de lo que quería hablar era de su tiempo con los marines y recordar lo poco que había durado allí, recordar que había fracasado.

—No tienes que volver a trabajar todavía, Tom Parker me puede seguir ayudando en la tienda. Es mejor que te concentres en las terapias de rehabilitación —dijo la señora Fordman luego de darle un sorbo a su taza—. Además, me imagino que quieres pasar tiempo con Lana —dijo en son de broma.

Whitney casi se atragantó con la galleta que masticaba en ese momento. Lana ni siquiera pestañeó, y se limitó a sonreír con comprensión, como si no hubiera le hubiera enviado un video donde terminaba con él.

Ver el mensaje había hecho añicos el corazón de Whitney y durante varios días no pudo conciliar el sueño. Después de un tiempo, sin embargo, se pudo convencer a sí mismo de que era lo mejor. Quién sabe cuánto más tiempo pasaría en los marines, y hacerla esperar habría sido injusto. Además, así ya nada lo ataba a Smallville y podría concentrarse en su misión.

Qué sentido del humor tan cruel tenía la vida. Tal vez de haber regresado antes, Lana no habría mandado ese mensaje y podrían haber retomado su relación justo donde la habían dejado. Ahora aquel video era como una bala que amenazaba atravesar su pecho en cualquier momento, cortando y quemando toda la carne a su paso.

—Sí, ya nos pondremos al corriente —Whitney tomó la mano de Lana, que estaba sentada frente a él, permitiéndose un momento de autocomplacencia, quizás la última vez que podría hacerlo. La chica le devolvió la sonrisa con una mirada amable, lo suficiente para hacer sonreír a la señora Fordman, pero sin ser lo bastante convincente para que Whitney pudiera fingir, al menos por un segundo, que era un gesto sincero.

Cuando terminaron de comer, Lana se ofreció a lavar los platos, pero la señora Fordman insistió en hacerlo sola mientras guiñaba un ojo a Whitney. Ahora ambos estaban sentados en el porche , mirando un cielo tachonado de estrellas, como diamantes inalcanzables que alumbraban el cielo nocturno.

—Lo siento, aún no le dije a mamá. Sobre nosotros, quiero decir —Whitney se movió con incomodidad sobre su lugar—. No pretendía ponerte en una situación incómoda.

—Entiendo, no esperaba que se lo mencionaras tan pronto. Hay cosas más importantes en las que concentrarse —Lana señaló con el mentón al bastón de Whitney, que descansaba sobre las escaleras de la entrada—. ¿Te dieron algún tiempo de recuperación?

—El doctor dijo que con terapia puedo recuperar toda la movilidad, pero tampoco descarta que sea una herida permanente.

Lana hizo una mueca como por reflejo, pero al siguiente volvió a su expresión amable.

—Lo importante es que estás aquí, vivo. Me alegra poder verte otra vez.

Un segundo de silencio. Dos. Tres.

—¿Sabes? —continuó, con un repentino tono animado—. Lo que te dije en ese video fue durante otras circunstancias. No creí que fueras a volver tan pronto, pero ahora podemos intentarlo de nuevo, saber si lo nuestro aún puede funcionar…

—No.

Lana había sido lo único que había extrañado del pueblo, pero no por eso la ataría a él. Whitney sabía lo que era tener una correa invisible todo el tiempo, y no le haría eso a alguien como ella. Estaba seguro de que Lana no habría hecho el ofrecimiento si él siguiera saludable. Lo único que le dolía más que el rechazo era la lástima.

—Whitney...

—No —se limitó a repetir, sintiendo que el nudo volvía a su garganta—. Tomaste una decisión, no voy a obligarte a sentir algo.

—Puedo ser feliz contigo, puedo cambiar de opinión. Podemos intentarlo.

—Lo haré —dijo, fijando su mirada en Lana con intensidad—, si puedes mirarme a los ojos, y decirme que aún me amas.

Lana no bajó la mirada, se concentró aún más. Whitney la miró con más fuerza, si era posible. Quería creerlo, quería tener esperanzas de que aún había algo allí que pudiera salvarse, algo por lo que luchar. Que los sentimientos que ella alguna vez tuvo seguían allí, aun si habían disminuido. No pedía un amor ardiente como las brasas, en ese momento tan solo quería una chispa.

Lana abrió la boca levemente, inspirando con suavidad, sin dejar de mirar a Whitney…

Pero sus pupilas temblaron, y bajó la vista de golpe. Whitney no pudo más que dejar salir una risa seca, rasposa. Era eso o dejar que las lágrimas brotaran, pero no quería hacer sentir peor a Lana, que ya había empezado a limpiarse las gotas de la cara.

—Lo siento —susurró tras un sollozo—. No quiero lastimarte.

—No lo haces —dijo Whitney, como si lo creyera, y le dio un beso en la frente—. Solo quiero que seas feliz.

Lana siguió sollozando mientras Whitney la sostenía con un brazo.

—Ya debería irme —dijo Lana mientras se terminaba de secar las lágrimas.

—Te llevo.

—Descuida —señaló a su auto, el cual Whitney no había notado cuando llegó. Estar en casa lo había aturdido lo suficiente sin prestar atención a los detalles—. Además tienes que descansar tu rodilla.

—Entonces —Whitney dijo mientras se levantaba, reprimiendo sus quejidos—. ¿Puedo abrazarte al menos?

No tuvo que preguntar dos veces. Lana se acercó, esta vez con más delicadeza, y sostuvo a Whitney entre brazos. Por primera vez, fue él quien apoyó su peso en ella. Era patético, pero cerró los ojos para poder fingir que nada había cambiado. Se concentró en el abrazo, uno donde podía pretender que aún era el mariscal de campo de la preparatoria, en perfecta forma, con una novia que estaría con él para siempre, y cuando ella se fuera a casa, entraría a la suya para hablar con su padre lo sobre el último juego de los Tiburones de Metrópolis mientras la señora Fordman los miraba divertida.

En esos segundos que parecieron una eternidad contenida, un instante de una vida que se había desvanecido, Whitney le dio un último beso a Lana en la mejilla.

—No me olvides —susurró.

—¿Dijiste algo? —Lana dijo con una nota de consternación en su voz.

—Nada —contestó, y por fin se separó de ella, lo más difícil que había hecho en todo el día.

El auto de Lana avanzó en la distancia hasta convertirse en un punto, tan diminuto y distante como las estrellas en el cielo, y luego desapareció.

Cuando regresó a la casa, su madre estaba hablando con una de sus amigas por teléfono sobre el regreso de Whitney y cómo todos debían reunirse el fin de semana. La pobre mujer se debió de haber quedado con ganas de celebrar a su hijo en grande. Whitney no había querido una gran fiesta, porque no quería que la gente pensara que estaría allí por mucho tiempo, pero por el momento permitiría que su madre creyera lo contrario.

El reloj ya marcaba la medianoche, pero Whitney no había podido cerrar los ojos todavía. Se movía en su cama entre quejidos, dentro de una habitación que se le antojaba claustrofóbica. Los trofeos y medallas que anteriormente habían sido fuente de orgullo de repente parecían asfixiarlo mientras devoraban cada centímetro de la pared. Había dedicado su vida entera al deporte, con miras a una beca que pudiera convertirlo en más que “aquel señor que alguna vez jugó fútbol en la secundaria”, pero había sido para nada.

Se concentró en un trofeo particular, que rezaba Preparatoria de Smallville — Ganadores de la Temporada de Otoño. Lo había obtenido el día en que ató a Kent al maizal, cuando lo nombró el espantapájaros de ese año. Había desarrollado un gigante repudio hacia el chico por cometer el crimen de ser amistoso con Lana. Y ahora Whitney no tenía ni fútbol ni novia. Debía ser el karma.

Cuando dieron las doce y media, Whitney se resignó a una noche sin sueño y salió de la habitación, luego recorrió la casa hasta llegar a la cochera.

Entrecerró los ojos para ajustarse a la luz que acababa de encender, la cual reveló las pertenencias del señor Fordman que su madre no había tenido el valor de tirar a la basura, o de guardar siquiera. Allí estaba su caja de herramientas sobre la mesa, con todos los destornilladores esparcidos, como si su padre los hubiera usado ese mismo día. Al otro lado estaba el pulidor desenchufado, un martillo y guantes de carnaza colgados en la pared. No tenían ni una mota de polvo, así que su madre debía de limpiar el lugar a diario, para que la escena permaneciera intacta del todo. Era una señal de “aquí te espero, cariño”, dirigida al señor Fordman.

La escena era demasiado para Whitney, así que desvió la vista y se dirigió a la caja fuerte en la esquina, un pequeño cubo oscuro con una herradura metálica.

A los catorce años había adivinado la combinación, que era su cumpleaños, aunque su padre siempre se había jactado de lo seguro que era aquel artefacto. Whitney nunca tuvo el valor de romper su ilusión y, sobre todo, no quería que supiera que a veces abría la caja fuerte para darle pequeños sorbitos al contenido que resguardaba.

Se apoyó en la mesa donde estaba la caja y tecleó los números sin pensarlo. Con solo un intento, el artefacto profirió un sonido de clic , indicando que el proceso había sido exitoso.

Adentro estaban cuatro botellas de whisky, una sin abrir. El señor Fordman tenía la gran mayoría del licor en la cocina y lo sacaba cuando había visitas o para ver partidos importantes de fútbol, pero las botellas de esa caja eran especiales, no solo por su exorbitante precio, sino porque eran únicamente para aniversarios o cumpleaños de la familia inmediata.

Whitney aún podía recordar cuando el señor Fordman compró la cuarta botella de whisky, que estaba recubierta con cera roja desde la boquilla hasta la mitad del envase. En ese entonces era un niño, de diez años como mucho. Su padre le había dicho muy satisfecho: “Esta es especial, la abriremos cuando ganes tu primer partido profesional”.

El recuerdo le provocó un regusto amargo seguido de náuseas. Tomó la botella, pero se detuvo cuando estaba a punto de abrirla.

Técnicamente ese whisky era suyo, pero beber su contenido era como perturbar los recuerdos de su padre. Esa cochera había sobrevivido el paso del tiempo y congelado un instante de la vida del señor Forman, el único que le quedaba. Si Whitney alteraba su estado, estaría corrompiendo aquella memoria.

Lo pensó un poco más y tomó su decisión: que le importaba una mierda.

El señor Fordman ya no estaba allí, Whitney nunca iría a la universidad, y ninguno de los sueños que alguno de los dos había compartido se cumpliría. El cuerpo de su padre estaba pudriéndose a tres metros bajo tierra. Era lo único que quedaba de la vida que habían compartido y no había nada que ninguno de los dos pudiera hacer al respecto.

Abrió la botella de whisky con la punta de la mesa y luego la empinó en su boca. Terminaría con el contenido de las otras tres botellas en la mañana. No importaba si su madre le recriminaba al día siguiente, podría soportarlo.

De cualquier modo, sólo había vuelto para despedirse.