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Los dioses son entes superiores, dueños de un poder que va más allá del entendimiento humano y de una naturaleza omnipresente. Unos han existido desde mucho antes de la primera civilización, y otros nacieron a partir de la devoción incondicional a ciertas actividades y fenómenos naturales que, debido a su importancia colectiva, se convirtieron en objeto de oración y manifestación de aquel concepto mundano conocido como fe.
A pesar de la forma cómo se los define desde un punto de vista terrenal, en realidad sus características individuales y de carácter se asemejan a las de los seres bípedos y racionales que habitan el planeta Tierra. Sus comportamientos constituyen una gama auténtica de matices tan variados que bien podría ser catalogado como parte de una mitología, pero como una suerte de sociedad trascendental, también tienen sus rangos y un estricto sistema de leyes que debe cumplirse sin objeciones.
Siendo una de estas la que encabeza la lista bajo el siguiente título: “Prohibido enamorarse”.
Para los Dioses Creadores, que son los máximos jerarcas del Cielo y, por tanto, los padres de todo, las cuestiones relacionadas con el romance y sus derivados conforman una noción imperfecta, muy alejada de lo que significa realmente el estado espiritual del amor. Han sido testigo de crímenes pasionales, caídas de naciones por amoríos pasajeros y una violencia tan inédita como repulsiva, lo cual los ha llevado a definir a los humanos como los responsables absolutos del nacimiento de un sentimiento profundamente tergiversado, origen de terribles calamidades contra sí mismos y los demás.
“Ninguno de los dioses tiene por qué corromperse con algo así”. Ese era el pensamiento generalizado e inculcado desde los inicios; no obstante, y a pesar de la rigurosidad que mantuvo todo en orden durante siglos, hubo alguien que se atrevió a violar las reglas y, por consiguiente, sufrió las consecuencias junto con el segundo implicado. La agitación por dicho suceso no demoró en ser aplacada y pronto los tiempos de paz retornaron, aunque lo que no se sospechaba era que una sencilla decisión, movida por algo de misericordia, sembraría la semilla que detonaría eventualmente un nuevo alboroto.
Mismo que era el foco de atención y debate en este preciso momento.
En el anexo principal del Gran Palacio, destinado normalmente a eventos de suma relevancia, se estaba llevando a cabo un juicio extraordinario donde sus protagonistas eran una deidad de alto rango y un híbrido dios-hombre. Todos los dioses reunidos escuchaban las declaraciones acusatorias de los que presidían aquel acontecimiento, y un grupo en particular aguardaba paciente a que la ponencia terminara para proceder con las testificaciones que determinarían el destino de los involucrados.
Estos, por su parte, se encontraban casi desconectados del caos a su alrededor. La diosa, ajena a las miradas reprobatorias que caían sobre ella, mantenía sus ojos colmados de miedo en la figura que yacía esposada algunos metros a su delante, mientras que el dueño de la misma, con un aura tranquila que poco tenía que ver con la sonrisa tensa que le dedicaba, gesticulaba palabras dulces para reconfortarla, aun cuando era muy consciente de que el castigo que les impondrían por su “desliz imperdonable” no sería leve.
—Muy bien. Silencio en la Corte —exclamó la Diosa Madre, Izanami, y se puso de pie—. Considerando la gravedad de la falta, lo ideal sería condenar a ambas partes con el exilio y la muerte definitiva, tal cual sucedió con el primer caso, pero dado que se trata de una diosa principal y una criatura a la que se le permitió convivir entre nosotros por decisión mía y de Izanagi, modificaremos un poco la sentencia —algunos murmullos se proyectaron, pero pronto el silencio volvió a reinar—. Tsukuyomi —miró a la aludida—, te someterás a un procedimiento de borrado permanente de memoria y se te prohíbe la materialización para descender a la Tierra. Y tú, Alecvin —se volteó hacia el segundo—, serás convertido en un mortal común y corriente y habitarás entre los humanos. No quedará ningún vestigio de recuerdos de tu vida como semidios, así que lo que sea que pasó entre ustedes, desaparecerá para siempre —concluyó con contundencia—. Este es el veredicto final y así llegamos al término del juicio. Sin opción de apelaciones.
Ni bien se levantó la sesión, los condenados brincaron de sus lugares y corrieron hacia el otro mientras los presentes se retiraban, queriendo desesperadamente un último contacto. Guardias celestiales los detuvieron justo antes de que sus dedos se rozaran y los apartaron en direcciones opuestas, con la diosa resistiéndose a la vez que gritaba su nombre y lo veía ser arrastrado lejos de ella. De su alma y destrozado corazón.
Sin percatarse, fue trasladada a un pequeño salón en el que la inmovilizaron en una silla. A esas alturas, era un mar de lágrimas que se rehusaba fervientemente a olvidar a quien catalogaba como el amor de su vida. Prefería mil veces que la exiliaran y conservar, de ese modo, sus preciadas memorias, pero la suerte no estuvo de su lado y cedió a la impotencia y frustración que la invadían desde lo más profundo de su ser, provocando un dolor intenso que le impidió, momentáneamente, ser consciente de la presencia del Dios Padre.
—Mi querida Hija —este se acercó y la tomó de la barbilla para que lo mirara—. ¿Cuán bajo has caído? Si no te hubieses dejado llevar por esos impulsos desagradables, nada de esto habría pasado. Pero no te preocupes —le secó el rostro con sus pulgares—. Pronto pondré fin a tu sufrimiento y volverás a nosotros, educada y responsable como la honorable deidad que eres.
Una fuerte exclamación hizo eco antes de que un silencio, cruel y amargo, se instalara en cada rincón del Cielo. Se marcó un reinicio bajo la premisa de que una nueva era de paz permanente comenzaba, pero lo que nadie imaginaba era que una serie de sucesos interconectados décadas después, en el mundo contemporáneo, trazarían la ruta que despertaría el susurro latente de lo mágico e invisible.
Un susurro más fuerte que cualquier obstáculo divino.
