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Descendientes

Summary:

¿Es justo que un hijo herede las cadenas de los pecados de sus padres?
El príncipe Senku Ishigami se niega a creerlo. Por eso, con su coronación en pocos años, él elige tender un puente: invitar a cinco herederos de la infamia,hijos de villanos cuya sola mención estremece a los más valientes.

Basado en el mundo de Descendiente, la película de Disney.

#Sengenweeksummer2025 - Día 5 #RoyalAU vs #Fairytale

Notes:

La verdad, no estoy muy segura de como clasificar este fic de la Sengen week, si desde un Royal AU, que tecnicamente lo es o un Fairytale, que también podría serlo. Así que lo dejé en los dos.
Me alargué mas de lo que pretendía, hasta pense en dividir los capítulos y alargarlo un poco, pero la verdad es que no quería copiar totalmente el concepto de Descendientes, que me parece bastante absurdo, pero lo desarrollaré en las notas finales.
Intenté que no fuera una copia descarada, por esa razón no entra en la categoria de Crossover, solo tiene en tema central el concepto general de antiguos héroes y villanos, la isla de los perdidos, la nueva generación. Los crossover incluyen los personajes de las dos partes y aquí eso no sucede.

Tomé a todos los villanos de Dr. Stone y los convertí en padres, por raro que sea esto, imaginemos que algunos tienen mas edad de la que tienen:
Xeno y Stan = Gen
Tsukasa y Minami= Mozu (Por una cuestión de características físicas, aunque tiene el entrenamiento de Hyoga en la lanza)
Hyoga y Homura = Ukyo (Igualmente por características físicas)
Ibara = Padre de Amaryllis y Kirisame, imaginemos que el hombre tuvo hijas con alguna pobre alma en desgracia.

Todavía estoy trabajando en los otros dos días y terminando los otros dos, justo por eso este no lo quise alargar tanto.
Sin mas, espero que lo disfruten mucho.

#Sengenweeksummer2025 - Día 5 #RoyalAU vs #Fairytale

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Descendientes

 

Senku Ishigami no sabía qué esperar cuando acordó reunirse con el hijo del Dr. Xeno y con su esposo, el general Stanley. Lo que nunca imaginó fue encontrarse con eso.

Gen Houston Wingfield, o Gen Asagiri como le gustaba que lo llamaran, era un showman, dueño de un carisma magnético y de una presencia intimidante. Tal vez no fuera tan sorprendente si se tenía en cuenta quiénes eran sus padres; lo curioso era que, pese a haber crecido toda su vida en aquella pequeña isla infestada de ladrones, traidores y asesinos, había desarrollado un porte que parecía sacado de un escenario, no de una prisión.

El encuentro se dio en un bar de mala muerte a orillas de la isla. El lugar era regentado por Maya, la antigua emperatriz del mar, y su hijo Carlos. Resultaba chocante verla allí, sirviendo tragos mientras cantaba —desafinada pero alegre— viejas canciones de Lilian Weinberg. A veces se movía sobre piernas humanas, a veces sobre tentáculos, como si su propia naturaleza ya no pudiera ocultarse. Y, sin embargo, parecía feliz. Nada que ver con el monstruo del que Lilian y su esposo hablaban con tanto miedo.

La pequeña Suika aún se despertaba con pesadillas al imaginar a esa bruja que un día aterrorizó a su madre, ahora convertida en una cantante de bar, ocupada tan solo en mantener a flote —literal y metafóricamente— aquel tugurio miserable.

Se encontraba frente a Gen, con un par de bebidas de dudosa procedencia entre las manos. Un leve temblor recorría sus dedos, todavía persistente pese a que habían transcurrido ya varios minutos desde el ataque de aquellos vagabundos de la isla que intentaron matarlo.

En las mesas cercanas, un par de jóvenes fingían conversar, pero en realidad mantenían los oídos puestos en lo que ocurría entre Senku y Gen.

—Me sorprendió que aceptaras mi invitación —comentó Gen con una media sonrisa.

—Era lo menos que podía hacer, después de que me salvaste de esos ladrones —respondió Senku.

—Solo a un extranjero se le ocurre usar esa ropa aquí —rió el bicolor.

—Pensé que me había camuflado exitosamente.

—Lo siento, pero todo en ti grita niño rico. No puedes evitarlo.

—Comparándome con mis conocidos, te aseguro que no.

—Pero comparándote con los míos… no perteneces a este lugar —dijo Gen. Su tono era amable, pero en sus palabras se ocultaba una sombra peligrosa.

Senku lo observó con cuidado. El haori morado de Gen estaba rasgado en las puntas; su ropa tradicional, en tonos beige, mostraba manchas de suciedad. Llamaba la atención que caminara descalzo y, aun así, sus pies estuvieran intactos, sin heridas ni magulladuras. Lo más inquietante era que no hacía ruido al moverse. Sus ojos, aparentemente amables, tenían la precisión de un bisturí: analizaban cada gesto, cada detalle de su acompañante.

—¿Por qué querías venir a la isla? —preguntó Gen, genuinamente curioso—. ¿Qué busca el príncipe del reino en un lugar como este?

—Así que me conoces —murmuró Senku. Gen lo miró con obviedad—. Bueno, era de esperarse: si yo te reconocí de inmediato, sería imposible que tú no me reconocieras.

—No todos aquí están tan informados —replicó Gen—. Pero no has contestado mi pregunta.

—Hay mucho de este lugar que desconozco. Pronto mi padre dejará su cargo y quiero conocer todo el reino.

—No eres el primero en la línea de sucesión —apuntó Gen—. La princesa Ruri es mayor que tú.

—Pero soy el único hombre —objetó Senku—. Muchos en el consejo insisten en que solo un hombre debería gobernar.

—Retrógrado —se burló Gen con ironía—. Y aún así, ¿nos llaman villanos?

—Coincido. Pero Ruri está enferma. No hemos encontrado cura para su neumonía y mis padres temen que empeore si debe gobernar.

—Así que eligieron al siguiente —asintió Gen—. Tiene sentido.

Senku bajó la mirada un instante.

—Por eso vine aquí. Si algún día seré rey, debo conocer a mi pueblo… a cada uno de ellos.

Gen soltó una risa seca.

—Si el reino tuviera un poco de sentido común, liberaría a mi padre. Él podría ayudarles a crear una cura.

—Si ustedes hubieran tenido algo de sentido común, no habrían terminado aquí.

El silencio que siguió fue pesado. Gen no respondió. Ambos sabían que era verdad: los mayores de la isla habían cometido crímenes que aún pesaban en la memoria colectiva. Los padres de Gen, sin ir más lejos, habían intentado conquistar el reino hacía 35 años, armados con la ciencia de Xeno y la fuerza de Stanley. Estuvieron a punto de masacrar a gran parte de los Ishigami, hasta que el príncipe Soyuz robó al demonio Ibara su arma más poderosa: la Medusa, capaz de convertir a cualquier humano en piedra durante 21 años. Con ella, petrificaron al mundo entero.

La historia cuenta que pasaron 7 años sin un alma viva, hasta que Lilian Weinberg, la ahora reina, logró liberarse. Nadie sabe exactamente cómo lo consiguió. Algunos afirman que, por su sangre de sirena, la maldición de la Medusa fue parcial y terminó rompiéndose. Lo cierto es que Lilian fue la primera en despertar, y a partir de ahí liberó a los demás, empezando por Byakuya, con quien rompió la petrificación mediante un beso de amor verdadero.

Gracias al poder de su voz de sirena, fueron despertando uno por uno. A los villanos los desterraron a una isla miserable, sin recursos ni esperanzas de escapar. Así nació la Isla de los Perdidos, hogar del Dr. Xeno, de Stanley y su ejército, de Ibara y sus demonios, de Tsukasa y Hyoga —traidores al reino, quienes fueron de los últimos en ser desterrados hacia tan solo 17 años—, y de tantos otros que alguna vez habían sido un peligro.

Con los problemas encerrados, el reino prosperó. Y aunque Xeno, incluso privado de recursos y de su magia, logró recrear el proceso para despertar a los petrificados, la escasez y la barrera mágica del hada madrina convirtieron la isla en un lugar sin futuro. Nadie entraba, nadie salía.

Nadie, salvo el excéntrico príncipe Senku Ishigami.

—Curioso que pienses que todos los que estamos aquí lo estamos por elección —dijo Gen, tras un largo silencio—. Al parecer, los hijos también pagamos las culpas de nuestros padres, incluso antes de nacer.

Senku no pudo más que asentir ante semejante injusticia.

—Por eso vine por mí mismo. Quiero ver qué tipo de personas viven aquí ahora. Han pasado más de 35 años. Es hora de replantear lo de la cadena perpetua.

—Tu querido consejo no estará de acuerdo —bufó Gen.

—Ni siquiera mi padre lo está —rió Senku—. Pero coincide en que ustedes, los hijos, no tienen la culpa.

—¿Y qué harán al respecto? —Gen ladeó la cabeza, expectante.

—Mi idea es empezar con cinco niños de la isla. Una prueba beta. Ver si pueden adaptarse al reino actual. Según los resultados, se decidirá si continuar o no con el proyecto.

—¿Y a qué jóvenes piensas llevarte?

—Vine a evaluar justamente eso.

—Lo que planeas es noble… pero también ingenuo. Ten cuidado, o te devorarán vivo.

—Debo decir que fue una suerte encontrarte primero.

—¿Y eso por qué, querido Senku?

El apodo lo desconcertó. Gen sonreía con malicia, consciente de que había tocado una fibra sensible con solo una palabra. Senku suspiró: aquel ridículo sobrenombre lo perseguiría para siempre.

—Eh… sí, correcto —se recompuso—. Dudo que haya alguien en esta isla con más información que el Dr. Xeno y su familia.

—En eso tienes razón, querido Senku —la sonrisa de Gen se ensanchó al notar su escalofrío—. Pero entiendes que mi ayuda tiene un precio.

—¿Y cuál sería ese precio, Gen Asagiri?

—Seré uno de los primeros en salir de esta maldita isla.

—Me parece razonable.

Senku se levantó, dejó unas monedas de plata por las dos bebidas y señaló la salida. Gen lo siguió.

—¿Sabes que pagaste casi diez veces más de lo que valían esas bebidas? —se burló al alcanzarlo.

—¿Y tú sabes que, de todas formas, eras mi primera opción para sacarte de esta isla?

Gen parpadeó, sorprendido.

—¿En serio? —Senku asintió—. Eso es cruel… al menos deberías dejarme pedir algo más.

Senku arqueó una ceja.

—Un trato es un trato. Dame buenos consejos y te sacaré de aquí —una sonrisa astuta se dibujó en sus labios—. Si trabajas duro, puede que te recompense con algo más.

—¿Por qué siento que ese algo más solo llegará después de una vida entera de servicio?

—Descuida, hoy tendrás un trabajo muy importante.

—¿Y cuál sería ese?

—Llévame con el Dr. Xeno.

Gen se quedó helado.

—No creo que sea una buena idea —murmuró—. Padre es… complicado.

—Él es el autoproclamado líder de la isla, ¿no es así? —afirmó Senku—. Debo comunicarle mi idea. Sabe perfectamente que es su única oportunidad.

—Espero que tengas algo bajo la manga —se resignó Gen—, porque si no, será tu funeral.

Kukuku, para eso te tengo a ti ahora, ¿no? —rió Senku—. Tengo entendido que eres un mago o algo así. No debe ser muy difícil para ti convencer a tu padre de que no me mate.

—Un mentalista —aclaró Gen—. Puedo asegurarte que haré lo posible por evitar tu muerte, pero de ahí a que te escuche…

—¿Entonces no eres tan bueno en tu trabajo?

—Sé lo que estás haciendo —replicó Gen, entrecerrando los ojos—. Te recomiendo que mantengas la boca cerrada, justo ahora.

Antes de que Senku pudiera responder, Gen se quitó su propio obi y lo convirtió en una especie de hiyab improvisado para cubrir el distintivo cabello blanco del príncipe. Justo cuando se acercaban a una zona más poblada, lo condujo hacia un callejón apartado y, con un cuchillo —Dios sabe de dónde lo había sacado—, rasgó rápidamente parte de sus prendas para darles un aspecto más deteriorado y menos costoso. El traje beige, impecable pero demasiado llamativo, se transformó en jirones y tiras en mangas y pantalones. Como toque final, Gen recogió un puñado de tierra y la esparció con cuidado por todo su cuerpo.

El contacto puso algo nervioso a Senku, que normalmente odiaba cualquier interacción física, pero permaneció inmóvil mientras Gen trabajaba con precisión.

—Listo —comentó el bicolor, tras observarlo minuciosamente—. El castillo de mi padre está justo al fondo. No quiero más problemas de los necesarios antes de llegar hasta allá, y con esa ropa parecía que suplicaras que te robaran. Ahora andando, serán unos quince minutos caminando.

El príncipe permaneció callado, aunque no podía evitar mirar a su alrededor con curiosidad. La comida expuesta en los puestos callejeros lo dejó fascinado y horrorizado a la vez: animales que jamás se habría atrevido a probar, incluso insectos.

En un momento dado, Gen se detuvo frente a un tendero y compró una chaqueta que, a juzgar por su aspecto, había tenido una vida útil hacía más de diez años. Se la entregó a Senku y le indicó que se la pusiera. El príncipe agradeció el gesto, pero cuando buscó devolverle el dinero notó que su bolsa de monedas había desaparecido.

—¡Oye! —le gritó irritado—. ¿Dónde está mi dinero?

Gen sonrió travieso, haciendo girar una bolsita de terciopelo rojo entre sus dedos.

—Este será mi pago por mi trabajo duro —rió—. Para algunas cosas, es mejor cobrar por adelantado.

Senku rodó los ojos.

—Lo que sí me sorprende es que no tengas nada más para escapar de la isla, en caso de necesitarlo —continuó—. Uno esperaría que tuvieras un as bajo la manga… algún objeto mágico, o algo así.

—Claro que lo tengo. Aunque no lo creas, vine aquí con la autorización del reino.

—¿Y dónde está?

—Como si te lo fuera a decir —rió Senku—. Aunque lo consideraré si me devuelves mis cosas.

—Tacaño —hizo Gen un puchero, pero al final extrajo únicamente cinco monedas de oro y devolvió el resto de la bolsa, casi intacta.

Senku lo miró sorprendido, y luego con cierta dulzura. No se equivocaba al pensar que no todos en la isla eran malas personas.

—Es una palabra de seguridad —explicó Senku—. Solo con decirla, me transportaré inmediatamente a un sitio seguro fuera de la isla.

—Eso es sorprendentemente útil.

Finalmente, llegaron a las puertas del castillo del Dr. Xeno: una construcción gótica erigida por completo en metal, una fortaleza en sí misma. Senku había visto fotografías en alguna ocasión, pero nada se comparaba con la magnitud de lo que tenía frente a sus ojos.

Las enormes puertas se abrieron sin necesidad de tocarlas, y un hombre de piel oscura y sonrisa deslumbrante salió a recibirlos.

—Gen, muchacho, pensé que llegarías hasta la noche.

—Oh, querido Brody. No sabía que tenías turno esta tarde; pensé que le tocaba a Leonard —respondió Gen con naturalidad, atravesando las puertas e indicándole a Senku que lo siguiera.

—Está incapacitado —rió Brody—. Escuchar a Maya todo el día parece que le pasó factura.

—Con razón Maya estaba tan alegre hoy —comentó Gen.

Ambos compartieron una risa cómplice.

—¿Y quién te acompaña hoy, chico? —preguntó Brody, poniéndose más serio.

—Una visita especial para mi padre.

El guardia lo miró con preocupación.

—¿Estás seguro de que es un buen momento? El experimento de hoy…

No alcanzó a terminar la frase cuando, desde una de las habitaciones contiguas, una explosión sacudió los muros del castillo.

—…No ha funcionado —concluyó Brody con resignación.

Un escalofrío recorrió la espalda de Gen.

—Es un mal día, ¿eh? —tragó saliva, girándose hacia Senku—. ¿Estás seguro de que quieres hacer esto hoy?

—Debo regresar al anochecer, así que sí. Tiene que ser hoy.

Gen se resignó.

—Está bien… Brody, ¿dónde está papá?

—Salió a patrullar. Esta mañana detectamos un movimiento extraño en la barrera.

Fue el turno de Senku de tragar saliva, aunque permaneció en silencio.

—Bien, el plan B descartado —murmuró Gen—. Mi padre siempre se tranquiliza cuando papá está cerca, pero parece que hoy no tienes tanta suerte.

—¿Y cuál era el plan A? —preguntó Senku.

—El más fácil: solo presentarte. Pero estando de ese humor… —suspiró—. Quédate aquí unos minutos, no toques nada. Brody, no lo intimides demasiado.

El aludido soltó una carcajada y le dio unas palmadas en la espalda al hijo de su jefe.

—Como si este chico no hubiera pasado por cosas peores —dijo divertido—. No creo que lo que yo haga pueda asustarlo más de lo que ya ha visto ahí fuera.

Senku estuvo a punto de retractarse y pronunciar la palabra de seguridad, pero la burla en la mirada de Gen lo retuvo en su sitio.

El joven de cabellos bicolor entró en la habitación. Pasaron exactamente doce minutos sin señales de que fuera a salir. A veces había que enfrentarse uno mismo al destino. Brody intentó detenerlo, pero Senku, terco como era, lo esquivó aprovechando el factor sorpresa.

Al ingresar al supuesto laboratorio, estuvo a punto de saltar de emoción. La sala rebosaba de artilugios científicos: desde lo más simple —recipientes de medición, probetas y mezcladores— hasta telescopios, microscopios, centrifugadoras, análisis en placas de Petri, cientos de frascos con compuestos etiquetados e incluso un modelo a escala de un cohete.

En una esquina distinguió a Gen, pasándole una botella de agua a un hombre de mediana edad, cabello entrecano y una cicatriz en forma de X en la frente. Senku solo lo había visto en los libros de historia.

El Dr. Xeno Houston Wingfield.

La vista de Senku se dirigió al origen de la explosión.

—Parece que se te fue la mano con el ácido nítrico —observó en voz alta.

Los otros dos lo miraron fijamente, aunque sin inmutarse.

—Ya lo había notado —murmuró Xeno—. Justo Gen me comentaba que teníamos visitas, pero no esperaba que entraras sin autorización. Muy poco elegante.

—¿En qué estaba trabajando? —preguntó Senku, con los ojos brillantes. Ya tenía sus teorías, pero quería confirmación.

—Es solo un tratamiento experimental —respondió con frialdad—. Aún en pruebas, nada que deba interesar a un príncipe.

El tono fue cortés, pero rezumaba desdén; quería dejarlo claro: aquel joven no era bienvenido allí.

—Por los materiales, diría que intentas un antibiótico —continuó Senku, ignorando deliberadamente el tono del doctor—. Pero creo que te faltan algunos compuestos clave.

Un tic involuntario crispó el ojo izquierdo de Xeno.

—Verás, principito… —dijo con veneno—. En esta isla concienzudamente desprovista de recursos, los materiales se improvisan. No es como si tú supieras algo de eso.

La tensión podía cortarse con un cuchillo. Gen decidió intervenir.

—Padre, ya le había comentado la razón de la visita del príncipe. Sería bueno discutirlo.

Xeno rodó los ojos.

—Eso no será necesario —respondió, agitando la mano con desdén—. La respuesta es sí, pero yo elegiré a los cuatro niños que se irán.

Senku, que ya se preparaba para una negativa, se sorprendió.

—¿De verdad?

—Eres el príncipe. Aunque me negara, encontrarían la manera de meterse en mi territorio. No vale la pena perder tiempo en una discusión cuando tengo asuntos más importantes.

—¿Así de fácil? —preguntó Senku, entrecerrando los ojos—. ¿Cuáles son tus segundas intenciones?

—Si las tuviera, ¿qué te hace pensar que te las diría? —replicó Xeno, rodando los ojos—. Tienes lo que viniste a buscar. ¿Por qué sigues aquí? No te llevarás a los niños de inmediato.

—¿Quiénes son los elegidos? Debo informarlo hoy mismo al reino.

—Me haces perder el tiempo —murmuró con fastidio—. Gen, hijo, ¿a quién llevarás contigo? Confío en que ya lo hayas pensado.

—Por supuesto —respondió Gen, complacido con el reconocimiento—. Ukyo, Mozu, Kirisame y Amaryllis.

—Buena elección. Arriesgada, considerando quiénes son sus padres, pero elegante. Tal como era de esperar de mi hijo.

—¡Esperen un momento! —intervino Senku—. ¿Cómo es que ya decidieron sin siquiera consultarme?

—¿No acabo de decir que yo elegiría a los que se fueran? —respondió Xeno, al borde de la paciencia—. Cuando llegaste pensé que eras inteligente, pero creo que te sobreestimé.

Senku cruzó los brazos, enfadado.

—No tienes derecho a elegir sin mi consentimiento.

—Oh, créeme que lo entiendo —su mirada se endureció—. No tengo ningún derecho… salvo el de cuidar a quienes fuimos condenados a cadena perpetua por algo ocurrido hace más de treinta años.

Senku se congeló. El odio hacia el reino seguía vivo en la isla, alimentado por la escasez de recursos y el resentimiento. El príncipe se preguntó si, en algún momento, esa furia volvería a desatarse contra ellos.

—No quiso decir eso, padre —intervino Gen rápidamente—. Sabemos que muchos en el reino son tan rencorosos como aquí. El príncipe solo se preocupa por los niños. Por eso es mejor empezar con los más fuertes, aquellos cuyos padres tienen mayor historia. —Se giró hacia Senku—. ¿Comprendes, verdad, querido príncipe?

Senku se limitó a asentir.

—Ya tienes los nombres que querías. Ahora lárgate —la mirada de Xeno era dura como el acero, aunque se suavizó un instante al posarse en su hijo—. Sácalo de mi vista inmediatamente. No quiero iniciar un golpe de estado… todavía.

Gen se apresuró a sacar a Senku, mientras le informaba a Brody que ya sabían qué había perturbado la barrera, por lo que podían hacer que Stan regresara. Lo más pronto posible, añadió para sí mismo.

—Bueno, salió mejor de lo esperado —murmuró una vez estuvieron al aire libre—. Esperaba tener que sacarte con una pistola apuntando a la cabeza.

—Eso no importa —Senku empezó a reír—. Lo conseguí. Papá pensaba que sería imposible convencerlos, pero fue más fácil de lo previsto.

Gen arqueó una ceja.

—Sabes que los “adultos”, tanto de aquí como del reino, empezarán a maquinar para arruinarlo, ¿no?

—Por supuesto. Lo vi en la cara del consejo cuando expuse mi idea, y lo vi en la de Xeno cuando me miró por primera vez —asintió el príncipe—. Pero es el primer paso hacia la reconciliación.

—Por curiosidad, ¿a quién quería llevar el consejo?

—Alegaron que solo a niños menores de diez años. Obviamente, el rey se negó: sería inhumano arrancar a pequeños de los brazos de sus familias. Se llevarán una sorpresa terrible cuando les diga quiénes fueron los elegidos.

Gen le sonrió con brillo en los ojos.

—Me encantaría ver eso —respondió—. Pero ya es hora de que te vayas. Está oscureciendo, y no necesito un equipo de búsqueda del reino rastreándote por aquí.

—Nos veremos en unos días, Gen Asagiri —dijo Senku con una sonrisa eufórica—. Gracias.

Y finalmente, gritando “Luna Llena”, desapareció en un humo verde y morado.

 


 

Como Senku había predicho, la respuesta del consejo fue negarse de inmediato. Estaban completamente en contra de que los hijos de los mayores enemigos del reino regresaran. Pero la réplica de Senku fue implacable: si querían pensar más a futuro, eventualmente tendrían que traer a esos jóvenes a la isla. Era mejor empezar con los peores, porque si lo hacían más adelante podrían provocar un descontrol mayor en los nuevos. Dado que no tenían argumentos en contra que no revelaran su xenofobia (nunca mejor dicho) y sus prejuicios contra inocentes, se callaron. Ayudó mucho que el rey Byakuya estuviera de acuerdo y argumentara que en menos de un año, cuando Senku cumpliera dieciocho, sería coronado rey, y era mejor que empezaran a asumir lo que eso significaba.

Pocos días después, se ajustaron los arreglos y se envió un comunicado oficial a la isla, respondido rápidamente por Xeno y Stan, confirmando su autorización y la fecha programada para el transporte de los nuevos estudiantes.

A Senku particularmente le preocupaba lo que sus nuevos compañeros podrían intentar una vez allí. Temía que buscaran alguna manera de liberar a sus padres y sembrar el caos en el reino otra vez. Sabía que aquellas preocupaciones nacían más del peso de los relatos de años que de la realidad: historias de atrocidades cometidas por esas mismas personas. “La manzana no cae muy lejos del árbol”, había argumentado en algún momento Magma, cuyo abuela fue asesinada por el propio Ibara más de cincuenta años atrás.

Finalmente, llegó el día acordado. Yuzuriha, como hija del hada madrina, se encargó de estar presente en el barco Perseo, responsable de transportar a los nuevos estudiantes, quienes aguardaban en la orilla de la isla junto a sus padres. La tripulación se tensó ante la intimidante presencia de los villanos de la historia, pero Ryuusui Nanami, capitán de la embarcación, sonreía como un demente ante la emocionante situación.

Allí estaban Gen junto con sus padres, Xeno y Stanley; Ukyo, hijo de Hyoga y Homura; Mozu, el primogénito de Tsukasa y Minami; y finalmente, las mellizas Kirisame y Amaryllis, hijas de Ibara. Todos permanecieron inmóviles hasta que el barco atracó en el puerto. Entonces aparecieron el príncipe Senku acompañado de Yuzuriha, Ryuusui, Taiju —un campesino y su mejor amigo—, Luna —la prometida del príncipe—, y Chrome, prometido de la princesa Ruri e hijo de los miembros de la guardia real Turquoise y Jasper.

—Es bueno que ya todos estén listos para partir —habló primero el príncipe—. Este es el barco Perseo y su capitán, el líder del conglomerado Nanami, Ryuusui. Ellos se encargarán de su transporte hasta el continente.

Gen mantenía una sonrisa confiada, mientras sus compañeros observaban la nave con desconfianza. Entre los padres, Xeno mostraba una mirada de fascinación absoluta; Stanley parecía despreocupado mientras fumaba; Ibara lucía irritado; y los dos excomandantes se mantenían pensativos.

—Entonces, ¿listos para embarcar? —gritó animadamente Ryuusui—. Este barco es el único capacitado para permitirles salir de la isla, pero deben tener cuidado: solo las personas autorizadas pueden cruzar. Cualquier intento de colarse dentro generará una descarga de 100 mA.

Si era posible, ese comentario volvió a encender aún más la fascinación de Xeno. Senku podía adivinar, divertido, que el doctor estaba haciendo miles de cálculos en su mente, ideando cómo replicar aquel avance científico. No pudo evitar sentir cierta satisfacción: él mismo se había encargado del diseño y de gran parte de la construcción de la nave.

Gen, a su lado, parecía igualmente divertido por la expresión de puro deleite en el rostro de su padre.

—Por favor, Gen, Amaryllis, Kirisame, Ukyo y Mozu, den un paso al frente —ordenó Senku—. Colocaremos unos dispositivos temporales en sus muñecas para que el barco los reconozca como tripulantes autorizados. Descuiden, una vez lleguemos al puerto los retiraremos completamente. Nosotros también llevamos uno.

Lo último lo dijo mientras mostraba el brazalete en su propia muñeca, y sus compañeros hicieron lo mismo.

Los aludidos dieron un paso al frente, y Chrome y Taiju se acercaron a ellos para colocar y asegurar los dispositivos con una llave especial.

Después de todo, los cinco se acercaron por última vez a sus padres.

Hyoga y Homura parecían inexpresivos, aunque el hombre mantenía una mirada cargada de resentimiento. Aun así, se acercó a su hijo y le palmeó el hombro, mientras Homura lo abrazaba con fuerza.

—Cuídate, Ukyo. No te dejes corromper por sus ideales imposibles. Recuerda siempre quién eres y, si te molestan… fuiste elegido por una razón.

Minami, en cambio, tenía lágrimas en los ojos mientras revisaba la maleta de su hijo, asegurándose de que todo estuviera en orden, Mozu se mostraba fastidiado y Tsukasa observaba la escena con calidez.

—Ese lugar no es un paraíso. Si algún día quieres regresar, aquí tienes las puertas abiertas —dijo Tsukasa—. Realmente espero que todo haya mejorado en los últimos años.

—Hasta lo haces sonar como si hubieras escapado aquí, padre —rió Mozu—. No como si te hubieran encerrado.

Aquello hizo reír a la familia; parecía ser un chiste habitual.

—Cuidaré de la tía Mirai en tu ausencia —añadió Minami—. Haré lo posible por mantenerte informado de cualquier cambio. Xeno cree que puede estar cerca de la cura.

Mozu asintió en silencio.

Ibara, en contraste, solo observaba a sus hijas con ojos duros.

—Recuerden convertirse en señoritas respetables. Acepté esto solo por la oportunidad de volver al reino —dijo con voz chillona—. Espero al menos un yerno príncipe. No me decepcionen.

Amaryllis y Kirisame bajaron la cabeza y asintieron.

Stanley rodó los ojos.

—Viejo, no se van a cumplir tus caprichos —replicó soltando una bocanada de humo—. Una vez que las pierdas de vista, ya no tendrás ningún control sobre ellas.

—¿Eso creen? —la mirada hacia sus hijas fue aún más amenazante—. Saben que no pueden deshacerse de mí tan fácil. Y si me traicionan, y en algún momento salgo de esta isla…

La frase inconclusa fue suficiente para que las dos chicas apretaran los puños y se encogieran levemente sobre sí mismas.

—Calma, calma, señor Ibara —intervino Gen—. Nadie ha hablado de traicionarlo, ¿o sí? Lo que suceda de aquí en adelante será lo mejor para sus hijas, consigan un príncipe o no. Tal vez incluso ellas mismas logren convertirse en miembros del consejo real y hacer que usted vuelva al reino. ¿No sería más conveniente? Más poder y estatus, pero con menos responsabilidades. Podría reconstruir finalmente su harén.

Eso pareció complacer a Ibara, que de pronto sonrió con condescendencia y se distrajo. El ambiente perdió la tensión, y las dos muchachas suspiraron aliviadas.

—Justo por esto me preocupo menos por tu seguridad y más por la del reino —comentó Xeno—. Por otro lado, sin ti aquí, deberé tener más contacto con las personas.

Lo último lo dijo con una mueca de disgusto tal, que Gen y Stanley no pudieron contener la carcajada.

—Descuida, estoy seguro de que papá y Brody pueden ayudarte con eso —replicó Gen con una mirada suave. En un impulso, rodeó a sus dos padres con sus brazos—. Los voy a extrañar mucho.

Aunque se notaban incómodos, aceptaron el abrazo sin añadir nada más. Fue entonces cuando Senku notó que Xeno movía los dedos al costado de Gen.

Código morse. Lo identificó de inmediato.

Hizo lo posible por no parecer obvio al observarlos, y se dio cuenta de que nadie más había reparado en aquel intercambio silencioso. Senku intentó descifrar el mensaje.

-.-./..-/../-../.-/-/.//…./../.---/---

.-../---//…./.-/.-./.

Inició con palabras de cariño, que su hijo respondía también con maestría, con leves toques en el hombro. Pero antes de separarse, la última frase de Xeno dirigida a Gen hizo que a Senku se le erizara la piel.

--/../…/../---/-.//--/./-../..-/…/.-//--././-.

Gen no respondió esta vez. Solo se apartó de sus padres y miró a su alrededor, fingiendo normalidad. Nadie parecía haberse dado cuenta de aquel cruce en clave. Senku evitó mirarlo fijamente y se preguntó si había algo que pudiera hacer en ese mismo instante.

Los cinco jóvenes se encaminaban hacia el barco uno por uno, con pasos vacilantes al principio, mientras sus padres permanecían estoicos en la orilla viendo cómo embarcaban en el Perseo.

Una vez que todos subieron, el barco se alejó rápidamente. Al principio reinó cierta nostalgia por abandonar el único lugar que habían conocido; sin embargo, conforme se alejaban de la isla, cada cual fue recomponiéndose poco a poco. Gen seguía siendo ese chico confiado que imponía presencia y respeto. Ukyo mostraba la serenidad del grupo; Mozu, una confianza arrogante con su típica sonrisa; Amaryllis empezaba a coquetear descaradamente con Ryuusui, que no parecía en absoluto molesto; y Kirisame miraba todo con desconfianza.

Llegaron al continente sin inconvenientes. El trayecto hasta la academia fue inocuo; Gen preguntaba por cada edificio que veía, para diversión de los acompañantes —excepto de Senku—, quien interpretaba aquella actitud como una maniobra calculada para localizar su objetivo: escondido en la torre más alta del castillo de sus padres. No es como si él fuera a…

—Y en ese castillo gigante vive Senku, con sus hermanas y sus padres —gritó Taiju, entusiasmado—. ¡Y justo en la torre más alta está el arma definitiva, la “Medusa”! Pero nadie puede entrar ahí sin autorización.

A Senku le dieron ganas de golpearse la frente contra el cristal, viendo el brillo en los ojos de los hijos de villanos antes de ocultarlo como si nunca hubiese existido. Decidido, pensó: voy a vigilar muy bien a ese mago farsante; los demás no harán nada sin su orden.

La llegada a la academia fue rápida. Mientras recorrían el castillo, Luna se mantuvo pegada al brazo de Senku todo el tiempo, lo cual le resultaba fastidioso y provocaba las miradas divertidas del resto. La chica no se había despegado de él en todo el día y ya lo estaba agotando.

A eso se le sumaba el mentalista que fingía inocencia y despiste, preguntando por todo lo que veía: desde lo más inofensivo —los jardines, las actividades deportivas— hasta cuestiones más concretas —la distribución de las habitaciones, el número habitual de guardias—. Lo peor era que Senku no podía ignorarlo sin alertar a los demás y, cuando él no contestaba, eran los otros quienes proporcionaban la información. Veía cómo cada uno caía redondo ante la aparente ingenuidad del hijo del Dr. Xeno; atribuían esa imagen a su supuesto desconocimiento. Sus compañeros, a su vez, sumaban preguntas inofensivas que reforzaban la apariencia de inadaptados.

Al final de la tarde los dejó en sus habitaciones: una para las chicas y otra para los chicos. No hubo quejas por la distribución; Amaryllis y Kirisame estaban encantadas con su cuarto, que describieron como «sacado de un cuento de hadas».

—Mañana inician clases —informó Senku al despedirse—. Tendrán un examen inicial para evaluar el nivel educativo de la isla y ver si necesitan clases de refuerzo. Estamos en la misma clase, así que podré vigilarlos todo el tiempo que haga falta.

—No creo que eso le haga mucha gracia a la querida Luna —se burló Gen—. Hoy no le prestaste atención a pesar de que estuvo pegada a ti todo el día; pobrecita, tiene un novio que no le hace ni caso.

—No es asunto tuyo —respondió Senku, con los dientes apretados—. Que pasen una buena noche. Nos vemos mañana.

Dicho eso, se retiró antes de que alguien respondiera.

Esa noche Senku no pudo conciliar el sueño; esperaba que en cualquier momento saltara una alarma que le avisara de un intento de huida del campus, o que su dispositivo de comunicación detectara un intento de acceso a la sala donde se custodiaba la Medusa.

Nada sucedió.

La mañana lo encontró irritado, nervioso y con ganas de recriminarse por haber pensado que era buena idea traer a los hijos de convictos a su pacífico reino.

Al llegar al campus principal, encontró a sus nuevos compañeros ya presentes en un espectáculo improvisado que tenía fascinado al alumnado. Amaryllis y Kirisame ejecutaban acrobacias coordinadas como solo dos hermanas podían; Mozu hizo una demostración con un bastón cuyas puntas ardían; Ukyo mostró su destreza con el arco. Gen los presentó uno a uno y remató con un breve acto de magia, invitando a la bella Kohaku al escenario. Al principio ella se mostró reacia, pero pronto quedó maravillada. La presentación no duró más de veinte minutos, pero dejó a todo el campus entusiasmado y aplaudiendo.

Senku sonrió por lo bajo. Por el momento no debía preocuparse por discriminación o desprecio: hasta los más escépticos, como Magma o Mantle, parecían animados y debatían con Mozu sobre el uso de su bastón, que podía trasladarse fácilmente a las lanzas. Senku no dudaba de que las habilidades de Mozu venían del manejo de la lanza: sus movimientos coincidían con los de Hyoga según los libros de historia.

—¿Qué te pareció el pequeño espectáculo, querido Senku? —preguntó Gen al acercarse.

—Muy impresionante, mentalista —dijo Senku. Gen sonrió complacido por el apodo—. No me sorprende; parecía que lo tenías todo planeado.

—Por supuesto. El guardarropa nuevo ayudó mucho a no parecer intimidantes, y cada uno tenía algo que mostrar.

—Pensé que no querríais involucraros con nadie de aquí.

—Si lo hiciéramos, solo nos recluirían y seríamos blanco de bromas pesadas u otras cosas peores —argumentó Gen –. Reconocernos puede disminuir el miedo instintivo hacia lo que representaron nuestros padres.

—Y al demostrar estas habilidades, será más difícil que alguien intente hacerles daño. ¿No es así?

—No se te escapa nada, ¿verdad, querido Senku?

La sonrisa que le dedicó —más honesta y abierta que otras veces— produjo algo en el corazón del príncipe. Carraspeó, incómodo.

—¡Senku! —gritó Luna, corriendo hacia ellos y colgándose nuevamente del brazo del príncipe—. ¿Viste la función? ¡Fue alucinante! —se giró hacia Gen sin soltar a su novio—. Eres increíble; Kohaku, que es la más desconfiada y de mejor vista aquí, quedó sorprendida como una niña.

—Me alegra que te haya gustado —respondió Gen con amabilidad—. Siempre es un placer cautivar a un nuevo público.

—Y los demás… Chelsea no cabía en sí de la emoción —dijo Luna, sacudiendo a Senku con entusiasmo; él solo fingía resistencia con aire cansado.

—Querida Luna, ¿te importaría dejarnos unos minutos? —pidió Gen—. Necesito ajustar con Senku algunos horarios y planes para el día.

—¿Qué? —pareció confundida—. ¿De verdad necesitas que me vaya? Como futura reina creo que puedo ser de mucha utilidad.

El tic en el ojo de Senku pasó desapercibido para su novia. Gen sonrió por dentro y volvió la voz dulce.

—No te preocupes, princesa; es algo urgente respecto a la comunicación con nuestros padres. No quiero incomodarte con esas cosas; sé que ayer te pusiste nerviosa al acercarte a la isla.

Luna se sonrojó.

—¿Nerviosa yo? Claro que no. Soy la futura reina, no me pongo nerviosa por esas cosas… —empezó con una risita ansiosa—. Aunque si es para hablar con… el Dr. Xeno o Stanley, creo que no me van a necesitar.

Lo dijo y se alejó, decidida. Gen rió abiertamente; Senku, sorprendido, notó que se relajaba al oírlo.

—De verdad que ella no te compensa —comentó el mentalista—. Pobre Luna; no imagino cómo terminó con alguien que no le presta atención.

—Es… complicado —admitió Senku.

—Conveniente sería la palabra, ¿no? —se burló Gen—. Es hija del príncipe Soyuz, el héroe de la historia. Seguro tus padres quisieron alguna alianza con ellos, ¿no?

—Fue un acuerdo de palabra —asintió Senku—. Se esperaba que alguna de mis hermanas —entonces Ruri o Kohaku— se casara con el hijo del héroe. Desafortunadamente, Soyuz solo tuvo una hija, así que me comprometieron con ella.

—Y no la comprometieron con alguna de tus hermanas porque…

Senku suspiró.

—Aunque ya no está tan mal visto, sigue siendo algo tabú en el reino, sobre todo porque los villanos más peligrosos de la historia eran pareja.

—Y tuvieron un hijo de maneras poco ortodoxas —remató Gen con una sonrisa—. De verdad, el reino está más atrasado en estos temas de lo que creía: machista y homófobo. No sé si podré adaptarme.

—¿Por qué importaría eso? —preguntó Senku, genuinamente curioso.

—Bueno, porque soy homosexual, obviamente —respondió Gen, como si fuera obvio—. Si en algún momento intentan fastidiarme por eso, les daré una razón de peso para devolverme a la isla.

El comentario lo hizo reír y sentir una calidez en el pecho que no supo nombrar.

–En fin, ¿qué necesitas exactamente para comunicarte con tus padres? –preguntó Senku, regresando al tema original.

–Nada en particular, tenemos el espejo mágico que nos diste ayer. Solo dije eso para que Luna se fuera; te veías tan cansado e incómodo que llegué a pensar que le gritarías a la pobre chica si seguía pegada a ti.

–No es un espejo mágico, es un teléfono –corrigió con paciencia–. Pueden comunicarse a larga distancia, y le indiqué a Xeno cómo construir una torre para mejorar la señal de su dispositivo.

–De verdad eres todo un cerebrito, ¿no? –Gen rió con suavidad–. A mi padre le encantaría hablar contigo. Un día hizo un… ¿cómo lo llamaste? Teléfono. Pero estaba conectado con cables. Funcionó muy bien cuando solo eran dos dispositivos, aunque, cuando la isla creció y cada quien quería su propio aparato de comunicación, fue un caos. Al final, tuvieron que limitarlo a solo cuatro teléfonos, que compartimos de vez en cuando.

–Ese sería un buen prototipo –comentó Senku, con sincero interés–. Estoy trabajando en un sistema de comunicación más eficiente, que permita incluso enviar videos en tiempo real.

–Justo algo como eso ha pensado mi padre –respondió Gen, con un brillo orgulloso en los ojos–. Quiere crear una red imaginaria que permita conectar a todos al mismo tiempo, sin cables ni limitaciones absurdas.

Senku lo escuchaba fascinado, emocionado no solo por el conocimiento que el mentalista compartía, sino también por la forma en que lo hacía. Ver a Gen tan orgulloso de Xeno le pareció sorprendentemente tierno, y por un instante se preguntó si algún día lograría que esa expresión surgiera por él. Sacudió la cabeza para alejar aquel pensamiento inoportuno, gesto que no pasó desapercibido para el mentalista, quien le dedicó una mirada curiosa.

De repente, alguien carraspeó detrás de ellos.

–Siento interrumpir, pero Gen, creo que ya tenemos clases –comentó Ukyo. A su lado estaban los demás, esperando.

Senku se sintió incómodamente expuesto, como si lo hubieran sorprendido haciendo algo indebido.

–Yo los guiaré –dijo con firmeza–. Compartimos la mayoría de clases, así que podré explicarles lo necesario. La primera parte de la mañana será para el examen de conocimientos que les mencioné y, en la tarde, después de revisar los resultados, me encargaré personalmente de organizar las clases de refuerzo que necesiten.

–¿Y de eso no debería encargarse el presidente de la clase? –preguntó Gen con una sonrisa traviesa.

Senku le devolvió una mirada cargada de obviedad.

–Oh, claro, eres tú –concluyó el mentalista, divertido–. Me empiezo a preguntar si alguna vez tienes tiempo libre.

El resto del día transcurrió con aparente normalidad. Senku, agotado por la noche en vela, cumplió sin problema con todos sus deberes; estaba acostumbrado a esas largas jornadas de trabajo. No le sorprendió que Gen obtuviera la nota más alta del examen, seguido de cerca por Ukyo. Ambos alcanzaron un resultado casi perfecto que los eximía de cualquier clase de recuperación. Mozu solo necesitaba reforzar matemáticas, pero las más preocupantes eran Amaryllis y Kirisame: astutas como látigos, pero con apenas los conocimientos básicos.

–En la isla no hay una escuela formal –explicó Gen cuando recibieron los resultados–. Es más una cuestión de supervivencia: la mayoría solo aprende lo que los padres consideran indispensable.

–El señor… no, el padre no se molestaría en enseñarnos algo innecesario –dijo Kirisame, inexpresiva.

–¿Le dices señor a tu padre? –preguntó Senku, curioso.

–Hasta que no seamos señoritas dignas de su orgullo, no tenemos el privilegio de llamarlo “padre” –respondió Amaryllis como si fuera lo más normal del mundo.

Los demás las miraron con lástima, aunque en silencio; parecía que ya estaban acostumbrados al trato que Ibara les daba.

Al menos no es una práctica común entre todos los villanos, pensó Senku. Los otros parecen provenir de familias más… respetables.

–Gen, necesitaré tu ayuda –dijo finalmente–. Puedo organizar clases particulares, pero hay muchos vacíos en sus conocimientos. Arreglaré dos horas en la mañana para que ustedes estén exentos de otras materias y tú puedas apoyarlas.

–Con todo gusto, querido Senku –respondió Gen, lanzando una mirada maliciosa a sus compañeras.

–Ukyo, tú ayudarás a Mozu con las matemáticas en el mismo horario. Así tal vez no necesite clases adicionales.

Con eso quedó definido el nuevo plan de estudios.

Pasaron varios meses sin incidentes. Senku comenzó a pasar gran parte de su tiempo libre con Gen, incluso invitándolo al laboratorio de ciencias para ayudar en algunos proyectos. El mentalista, sin embargo, rehusaba cada vez que podía, alegando que el exceso de trabajo no era algo que apreciara ni en la isla ni allí. Al inicio, el príncipe lo hacía para vigilar al hijo del Dr. Xeno y de Stanley, temeroso de que intentara robar la Medusa; pero con el tiempo advirtió que apreciaba de verdad su compañía. Pensaba en él con frecuencia y, lo más inquietante, anhelaba un contacto físico que jamás había deseado antes: tomarle la mano, abrazarlo… incluso besarlo.

La idea lo aterraba. Seguro Gen me dio alguna poción de amor, se dijo. Eso explica estas reacciones. Quieren que baje la guardia para acercarse a la Medusa. Imaginaba incluso un plan ridículo en el que lo obligaran a invitar a Gen al Baile Anual de Conmemoración del Despertar de Lilian, el 1 de abril, el único día del año en que la Medusa salía de su torre para mostrarse al pueblo. Como príncipe, él siempre debía permanecer en la zona más cercana al artefacto. Definitivamente no permitiré que pase algo así.

Su sospecha pareció confirmarse cierto día, cuando se dirigía al aula de las clases particulares de Gen y Ukyo. Escuchó voces bajas y, con cautela, pegó la oreja a la puerta.

–¿Qué has averiguado de la Medusa? –preguntaba Kirisame.

–Solo que está custodiada día y noche por un sistema de alerta permanente –respondió Ukyo–. Además, parece que solo tiene un guardián: Whyman, una criatura capaz de embotar la mente y los sentidos.

–Entonces acercarse es imposible –se quejó Mozu.

–No del todo, querido Mozu –intervino Gen–. El Día de la Liberación es especial: la Medusa se expone al público. Y tenemos esto.

Se hizo un silencio. Senku imaginó que Gen mostraba algún artefacto, quizá una imitación mediocre de la Medusa, lo bastante convincente para intentar un cambio en plena ceremonia. Apretó los puños.

–Pff, eres bueno –dijo Amaryllis–. Pero, ¿de verdad crees que puedes enfrentarte a Senku y a todo su combo de cerebritos?

–Bueno, la mayoría de ellos no pueden participar –replicó Gen.

¿Participar en qué? Senku masculló mentalmente. ¿Cree que no descubriré sus trucos de segunda, ese mago estafador?

–En el peor de los casos, tenemos la opción B –continuó Gen–. Convencer a Senku. Es una buena persona, después de todo.

¿Una buena persona? ¿Cree que puede manipularme para invitarlo al baile porque supone que estoy enamorado de él?

–Parece que no hay otra opción –añadió Ukyo, apesadumbrado–. El Dr. Xeno no ha avanzado en su investigación; cree que es la forma más efectiva de conseguirlo.

Kukuku… Xeno planea un golpe de estado. No lo permitiré. Soy más listo que todos ellos.

–Hay alguien aquí –advirtió Ukyo de pronto.

Senku maldijo su olvido de la aguda audición del arquero. Retrocedió y fingió que apenas llegaba, aunque las miradas de Ukyo y Gen le dijeron que no los había engañado.

Decidido, reforzó su vigilancia: habló con Kohaku para que el día de la ceremonia se concentrara en la Medusa y ordenó a Whyman duplicar la seguridad.

La distancia con Gen empezó a pasarle factura. Lo extrañaba más de lo que estaba dispuesto a admitir, aunque insistía en atribuirlo a la supuesta poción. Pero nada explicaba la soledad que sentía. Luna, su prometida, se volvía cada día más pegajosa e irritante, y sin Gen para distraerla la situación se hacía insoportable. Se refugiaba en su laboratorio, alegando investigaciones con químicos peligrosos para mantener a todos alejados.

Peor aún, Gen parecía perfectamente tranquilo con la distancia. Tras el primer enfrentamiento, en el que Senku lo despachó con un tono irritado, el mentalista no volvió a acercarse. Pasaron dos semanas, y Senku se descubría cada vez más molesto. Ninguna “poción de amor” podía durar tanto sin refuerzo… y, para colmo, veía a Gen conversando a menudo con Sai Nanami, el segundo hijo del conglomerado, hasta el punto de que Sai lo invitó al baile de conmemoración.

Cuando Chrome le contó la noticia, Senku provocó una explosión en el laboratorio tan grande que la directora lo obligó a alejarse de los químicos por un mes.

Llegó la celebración. Senku, distraído, casi olvidaba que ese día también se entregaba el premio al mejor estudiante del semestre, un galardón nacional que él había ganado durante años hasta que el consejo prohibió su participación por “ventaja de sangre real”.

Pero no pensó en eso hasta que lo vio: Gen Houston Wingfield, de pie en primera fila, acompañado de Sai Nanami, a poco más de un metro de la Medusa, con la mirada fija en el artefacto. Los demás hijos de villanos se mantenían a cierta distancia, sonrientes. Ahí está el plan de respaldo, pensó. Harán su jugada en cualquier momento.

La ceremonia comenzó con normalidad. El hada madrina y su hija Yuzuriha narraron la historia de hace treinta y cinco años, el despertar de la reina Lilian y la fundación de la academia. Senku no apartó la vista de Gen: es un mago; un segundo de descuido y perderemos. Kohaku también vigilaba, aburrida pero atenta, y Whyman permanecía alerta.

Tras setenta y cuatro minutos, Yuzuriha anunció:

–Antes de iniciar el baile, es mi deber presentar al mejor estudiante del semestre. Para sorpresa de nadie, el ganador es Gen Houston Wingfield, formado por el mismísimo Dr. Xeno.

Los aplausos fueron cautelosos. Sus compañeros isleños vitorearon con entusiasmo, al igual que los hermanos Nanami, Taiju y Chrome.

–Ahora, Gen –continuó Yuzuriha–, acércate y dinos tu deseo. Recuerda que la corona hará todo lo posible por concederlo mientras no atente contra la vida o la dignidad de nadie.

Los ojos de Gen brillaron con cálculo. Senku se tensó, esperando una distracción o un pedido explosivo.

–Eres muy amable, querida Yuzuriha –dijo Gen, inclinándose con elegancia–. Lo único que deseo es mejorar la salud de los habitantes de la isla… usando la Medusa.

Un murmullo de confusión recorrió la sala.

–¿Usarla como medicina? –susurraban.

–¿Un arma de destrucción masiva? –dudaron otros.

–¡Silencio! –ordenó la reina Lilian, imponiendo calma–. Señor Gen, ¿podría explicarse?

–Supongo que lo ignoran –respondió el mentalista–. La mayoría de los que lucharon en la gran batalla hace treinta y cinco años debieron morir. Mi padre, un militar experimentado, está convencido: los disparos fueron letales. Nada en la medicina actual los habría salvado.

Senku abrió los ojos, sorprendido.

–¿Dices que no murieron porque estaban petrificados? ¿Que la Medusa podría ser la clave de una medicina capaz de curar cualquier enfermedad?

Kohaku se volvió hacia su hermana, que lucía pálida, pero con una chispa de esperanza.

–Es una teoría, sí. Pero solo sabemos que al menos cura heridas físicas – respondió el bicolor.

Byakuya intervino, pensativo:

–Lo consideramos en su momento. Pero sin la voz de la reina para despertar a los petrificados, y con el enorme costo a su fuerza vital, esperar décadas no era opción.

–El líquido despetrificador de mi padre podría servir –explicó Gen–. Aún no es completamente reproducible y tarda meses, pero no desgasta la voz de la reina. Por favor: en la isla muchos mueren por falta de medicinas.

Lilian enjugó una lágrima.

–Eso es muy noble de tu parte.

Senku, aunque intrigado, frunció el ceño.

–¿De verdad solo la quieres para eso? ¿No planeas liberar a los villanos?

–Confío en que, en un futuro, la condena termine –dijo Gen, provocando un nuevo murmullo–. Pero ahora no es mi prioridad.

Luego sonrió con un deje de ironía.

–Además, si hubiera querido robarla, ya lo habría hecho. Podría haberte manipulado para que te enamoraras de Amaryllis o de Kirisame y así llegar hasta ella. Ukyo habría distraído a los guardias, y Mozu puede acabar con mas de cien hombres…

–¡Doscientos hombres! –corrigó con un grito Mozu desde el fondo, arrancando risas.

–Pero no nos interesa –concluyó Gen–. Solo queremos salvar a nuestra gente.

El silencio se llenó de emoción. Incluso los más escépticos parecían convencidos.

–¡Pero si me manipulaste! –exclamó Senku, de pronto–. Si no, ¿cómo explicas la atracción que siento por ti? ¡Seguro me diste una poción para acercarte a la Medusa!

La sala entera se quedó muda… hasta que Byakuya estalló en carcajadas, seguido por Lilian y las hermanas de Senku. Luna se cubrió el rostro, avergonzada; los demás luchaban por no reír.

Gen, sonrojado, apenas lograba articular palabra.

–¡Te lo dije! –rió Ukyo, mientras Mozu silbaba y Amaryllis y Kirisame se sonrojaban. Sai parecía un poco triste, pero divertido, y Ryuusui reía sin el menor respeto por el futuro rey.

Senku sintió el peso de sus propias palabras y deseó que la tierra se lo tragara.

Byakuya, aún divertido, se acercó.

–Bueno, Senku, creo que eso aclara muchas cosas –dijo entre risas–. Hablaré con el príncipe Soyuz para disolver tu compromiso con Luna.

La aludida asintió con una sonrisa húmeda de lágrimas.

–Lo sospeché hace tiempo –confesó–. Aunque me gustabas, no estábamos hechos el uno para el otro. Busca lo que realmente deseas.

Gen carraspeó, aún ruborizado.

–Solo para aclarar: no he hecho absolutamente nada. Y… preferiría hablar de esto en otro momento, querido Senku.

–Seguro… mentalista –murmuró Senku, hundido en su propia vergüenza.

–Espero que esto no esté siendo transmitido en vivo –añadió Gen, medio en broma–. Mis padres me matarían si lo ven.

–Je, pues sobre eso… –intervino Byakuya con una sonrisa traviesa–. Me pareció apropiado que todo quedara en vivo.

–Como consejo personal, querido Senku –dijo Gen, pálido–, no vuelvas a pisar la isla. Nunca. Ni por error.

–Retomando el tema –intervino Yuzuriha, intentando ayudar a su amigo–. Majestad, ¿creen que sea posible utilizar la Medusa para investigación?

–Llevará algo de tiempo –respondió la reina con calma–. Necesitamos reforzar la guardia y establecer nuevas normas para su custodia.

–También requerimos la fórmula del líquido despetrificador del Dr. Xeno –añadió Senku, ya más repuesto–. Habrá que estudiar su producción y encontrar la manera de potenciarlo.

–Bien, discutiremos los detalles después –resolvió Byakuya con una sonrisa–. Creo que hemos tomado suficiente tiempo del baile. ¡Es hora de celebrar!

La Medusa fue retirada y asegurada de nuevo, mientras los asistentes se dirigían a la sala posterior. La música comenzó a sonar suave, y las primeras parejas se lanzaron a la pista.

Gen se reunió con sus amigos para llamar a sus padres y compartir las noticias. Senku se acercó también; el mentalista, sin soltar su habitual sonrisa, le hizo un gesto para que guardara silencio.

–Imagino que vieron la transmisión –fue lo primero que dijo Gen cuando la comunicación se estableció.

–Sí, lo hicimos –respondió la voz de Xeno–. Estoy muy orgulloso de ti, Gen.

–Con esto podríamos salvar a Mirai –añadió la voz de Tsukasa, emocionada–. La verdad, cuando los enviamos allí no creí que lo lograrían.

–Yo esperaba que alguno regresara llorando –rió Ibara, hasta que se escuchó un golpe seco y un “uff” ahogado del hombre mayor.

–Al ser una petición formal, no creo que tarden mucho en decidir qué hacer –prosiguió Xeno–, sobre todo teniendo al príncipe de tu lado.

–No lo esperaba –dijo la voz de Homura.

–Yo lo vi venir a kilómetros –bromeó Ukyo–. Y eso que mi especialidad es el oído, no la vista.

Senku, a pesar de la conversación, se sentía mortificado. Para su sorpresa, Gen le tomó la mano y la apretó con suavidad. El gesto lo tranquilizó más de lo que estaba dispuesto a admitir.

–Hablando de eso, el chico está ahí con ustedes, ¿verdad? –intervino la voz grave de Stanley.

–Sí, así es –respondió el príncipe, procurando sonar lo más seguro posible.

–Te estaré vigilando. No importa que esté atrapado en esta isla: te encontraré y te mataré. Espero que seas una persona decente.

–Bueno, creo que estamos un poco tensos –intervino Gen, conciliador–. Mejor vamos a disfrutar de la fiesta. Los llamamos mañana.

Colgó antes de que alguien pudiera replicar y, sin soltar la mano de Senku, lo arrastró suavemente hacia la pista.

–Entonces… ¿aún crees que te di una poción de amor? –preguntó Gen con una media sonrisa burlona.

–Hasta que no me ahogue en el Lago Encantado, no lo descartaré del todo –murmuró Senku, visiblemente incómodo–. Pero reconozco que es imposible.

–No recuerdo haberte dado nada, y eras tú quien me ofrecía Senku Cola.

–Podrías haberme engañado para que comiera algo –replicó él, rascándose el cuello con incomodidad–. Llevo semanas sin poder pensar con claridad cuando estás cerca. Tenía que buscarle una explicación.

–Esa es la confesión más rara que he oído.

–¿En serio? ¿Y has recibido muchas? –preguntó, a la defensiva.

Gen rodó los ojos.

–Deja que sea yo quien controle el tema de los sentimientos, ¿sí, querido?

Se inclinó y lo abrazó con fuerza.

–Me preguntaba por qué me habías alejado –susurró–. Pensé que no te agradábamos y que querías enviarnos de vuelta a la isla en cualquier momento.

–No soy ese tipo de persona –respondió Senku, devolviendo el abrazo–. Pero sí, creo que he sido un idiota.

Gen se separó, una chispa traviesa en los ojos.

–En eso estamos de acuerdo. Así que tendrás que recompensarme. Vamos a bailar.

El quejido resignado del príncipe provocó una oleada de risas a su alrededor.

 

Notes:

Por cierto, él código Morse traduciria como:
-.-./..-/../-../.-/-/.//…./../.---/--- Xeno: Cuidate hijo

.-../---//…./.-/.-./. Gen: Lo haré

--/../…/../---/-.//--/./-../..-/…/.-//--././-. Xeno: Misión Medusa, Gen

Bueno hay varias razones por las que no aprecio tanto la versión de Disney:
1. No tiene sentido, se supone que la mayoría de los villanos o terminaron muertos o encerrados donde no los pueda ver la luz del sol, entonces, ¿En qué momento tuvieron hijos?
2. ¿Se han dado cuenta que los supuestos villanos, osea, los hijos de los villanos, en todas las películas tienen mas ética que casi todos los supuestos héroes?
3. Oye con ¿Que derecho le robas el novio a otra? Eso si es muy despreciable Mal por muy fastidiosa que sea Audrey, no se lo merecía.
4. ¿A quién se le ocurrió la brillante idea de encerrar a todos los villanos y a sus hijos con ellos en una isla? ¿Y exactamente como funciona el tema de la electricidad o la magia, como es que los padres se podian comunicar con sus hijos y que paso con estos padres en las siguientes películas?
5. ¿Por qué necesariamente los villanos deben ser malos padres? La abuela de Audrey me parece una bruja mas despreciable que la misma maléfica.
6. El descenlace es decepcionante, una villana como Maléfica no se derrota con el poder de la amistad.
Lo único rescatable de toda la saga es todo el tema de Uma, excepto cuando se convierte en púlpo, es raro porque si es hija de Úrsula siempre debería ser un pulpo.
Ah y Cameron Boyce, no solo empatizo con su miedo a los perros al inicio sino que su personaje es de los mas consistentes y su romance con Jane tiene algo de desarrollo.

En fin, ya terminé de quejarme de esa saga, espero que hayan disfrutado.

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