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Characters:
Additional Tags:
Language:
Español
Series:
Part 1 of chestappen-topia
Stats:
Published:
2025-09-22
Words:
7,008
Chapters:
1/1
Kudos:
72
Bookmarks:
11
Hits:
831

última pincelada

Summary:

checo es un híbrido de toro y estudiante de último año de bellas artes, en una de sus últimas asignaturas, debe realizar una pintura de desnudo artístico. En la cual, el principal objetivo es retrarar la belleza y agilidad de la familia leporidae.
Por suerte para él, su roomie (y crush) es una liebre.

Notes:

hola! esta es una colección de alrededor de 10 oneshots de los chestappen siendo diferentes híbridos de animales.
esta es la primera.
Checo Toro x Max liebre.

Work Text:

"Familia Leporidae (del latin liebre) y pertenecientes al orden lagomorpha, son conocidos por sus orejas largas, piernas fuertes y una cola esponjosa y redondeada, usada como señal de advertencia ante peligros.

Son capaces de correr y alimentarse por sí mismos desde el momento del nacimiento. Tienen las orejas y ojos más desarrollados, son más veloces en la carrera (algunas especies llegan a los 70 km/h), no construyen madrigueras sino simples nidos superficiales y al aire libre, sus crías nacen con pelo y los ojos abiertos."

Checo Pérez prestaba mucha atención a la explicación dada por su maestro de arte contemporáneo, el señor Wolff.

El híbrido de lobo (gracioso, ¿no?) hablaba sobre el proyecto final de la asignatura. Sería un desnudo artístico para plasmar en arte la belleza y agilidad de la familia.

Sería también la primer pintura de Sergio de ese tipo.

Tragó saliva al siquiera pensar en tener que pedirle a alguien que se despojara de su ropa y se sentara desnudo frente a él por varias horas.

¿Quién aceptaría algo como eso?

"Cómo saben, este familia está hecha especialmente para correr y saltar, pues poseen excelente musculatura en sus extremidades inferiores."

El señor Wolff miró a cada uno de ellos con seriedad, sus orejas oscuras resaltando en su cabeza estaban erguidas y alerta. Su mirada denotaba la importancia del tema.

"Por lo cual quiero que se enfoquen en eso mismo, en su capacidad de adaptación. Cada paso y salto es un movimiento calculado, su propia herramienta para su supervivencia.

Un desnudo artístico es más que ver a alguien en su momento más íntimo, es poder apreciar los detalles de la naturaleza de la persona.

Por lo que quiero que se comporten como estudiantes de último año y a la altura que requiere esta actividad."

Lo último fue una sutil advertencia para todos y Checo lo sabía.

El lobo se recompuso, colocando sus manos sobre el escritorio "Entonces, tienen dos semanas para completar esta tarea. Se los haré más fácil, busquen a híbridos de conejos y liebres. Espero que tengan muy buenos conocidos que les ayuden en esto."

Y con una sonrisa y esas últimas palabras, el señor Wolff dio por terminada la clase.

Mientras Checo salía del salón, pensaba quién podría ayudarlo en este proyecto tan importante. Y aunque sabía que tenía muchos amigos de distintas facultades, ninguno era un conejo o liebre.

Entonces, caminando de regreso a su habitación, de repente recordó que sí conocía a alguien.

Max Verstappen.

Estudiante de ingeniería automotriz, streamer a tiempo parcial, omega e híbrido de liebre.

Y también su crush durante los últimos seis meses.

Frustrado por pensar en cómo le pediría ese favor a Max, se dirigió al baño. Dejó los pocos cuadernos y libretas que llevaba en el mostrador, y llevó sus manos bajo el chorro de agua, con intenciones de mojar su rostro.

Pasó sus manos húmedas por su cabello revuelto con afán de aplacarlo un poco y lucir decente. En el reflejo frente a él podía verse a sí mismo vestido con una camisa azul de botones, sus cuernos sobresaliendo de su cabeza, eran de color marfil, grandes y puntiagudos.

La yema de sus dedos los tocó levemente, sintiendo un conocido escalofrío recorrerlo. Sus cuernos eran demasiado sensibles, por lo que era raro que los tocara demasiado.

Sus ojos marrones parecían afligidos, su cola pareció entender el sentimiento pues se removía de lado a lado con movimientos lentos detrás suyo.

Presionó las palmas de sus manos contra su rostro y soltó un sonido exasperado, ni siquiera había comenzado con el proyecto y ya estaba estresado.

Quizás porque el problema no sería la parte de la pintura, sino que la parte de su musa.

¿Y si buscaba a otra persona?

Cerró los ojos mientras repasaba mentalmente si alguna vez había conocido a un híbrido de conejo u otra liebre... y nada, pues la única otra persona que le ocurría era Carola, su mejor amiga, híbrido de conejo pero vivía en México.

¿Quién lo mandaba a estudiar en un lugar tan lejos como Mónaco?

Negó varias y veces y abrió los ojos solo para encontrar que su cabello estaba más revuelto que antes, y la argolla del septum de su nariz se había movido ligeramente.

Dios, era un desastre.

¿Cómo pretendía llegar a su habitación y pedirle a Max que se desnudara para él si lucia así de destruido?

.

Max Verstappen rascaba distraídamente su esponjosa y larga oreja derecha mientras analizaba su lista de cosas pendientes por hacer.

Si bien no era muy difícil administrar y crear contenido para su canal, lo complicado era mantenerse activo mientras cursaba las últimas materias de una ingeniería.

Pero lo hacía lo mejor que podía.

Se levantó con un suspiro mientras se dirigía a la cocina en busca de algún snack de media tarde, al llegar a la refrigeradora notó que se encontraba casi vacía.

Entrecerró los ojos tratando de recordar de quién era el turno de hacer la despensa esta semana.

Checo.

Y seguro que se le olvidó.

Cerró la puerta resoplando, tendría una conversación con ese alfa sobre la importancia de tener abastecida su casa.

Miró su ropa y se preguntó ¿Debería de cambiarse por otra ropa más adecuada para ir al supermercado?

Quizás podría ponerse una camisa, pues únicamente vestía un par de shorts azules de algodón, unos muy cómodos. Pues eran de una marca que respetaba su anatomía y contaba con un agujero para que su colita corta y esponjosa estuviese libre.

En lo que hacía una lista mental sobre lo que les hacía falta, la puerta principal se abrió.

Max se giró hacia el sonido, encontrándose con un claramente frustrado Checo.

Los rizos oscuros estaban revueltos en su cabeza, y su expresión lucía afligida, lo que lo llevaba a pensar que algo le había pasado a Checo para andar así.

El híbrido de toro cerró la puerta con pesadez, reclinándose sobre ella. Max dudó un poco si debía acercarse, decidió aclarar su garganta para llamar la atención del otro hombre.

Después de todo, llevaban siendo roomies por 6 meses y mentiría si dijera que no habían tenido ciertos roces o encuentros que destilaban cierta tensión no resuelta.

Max podía ser una liebre, pero por dentro parecía un león.

Porque el mayor secreto de Max, era que deseaba mucho a ese tonto toro. Y aunque había pensado muchas veces en seducirlo, no estaba seguro si sería correspondido.

Max arqueó una ceja y cruzó los brazos.—¿Qué traes, Checo?

El alfa parpadeó un par de veces y lo miró de pies a cabeza. Max tragó saliva ante la penetrante mirada oscura.

—Te ves mal, pero no creas que por eso te voy a perdonar haber olvidado hacer la despensa— lo señaló con el dedo índice mientras se removía levemente.

Pues los ojos oscuros de Checo habían bajado a su pecho, abdomen y piernas.

Llevaban viviendo juntos por seis meses y esta era la primera vez que Max se sentía nervioso frente Checo.

—¿Qué?— preguntó Checo, inclinando la cabeza —¡Ah, sí! La despensa— su mano peinó su cabello rebelde —Estaba en clases y olvidé pasar al supermercado al salir.

—Hmmm— dijo Max, tomando una decisión —En dos horas salimos al supermercado.

Caminó con dirección al pasillo de sus habitaciones, dejando una palmada amistosa en el ancho hombro del alfa.

Checo asintió y lo dejó pasar.

Y Max definitivamente sintió esa mirada en sus piernas.

.

Caminaron hacia el supermercado, a unos cuantos minutos de su hogar, en silencio.

Checo movía las manos, nervioso por la gran pregunta en su mente.

¿Cómo le puedo preguntar?

No podía dejar de ver a Max. Con sus cortos shorts y su camisa oscura sin mangas. La cantidad de músculos esbeltos a la vista lo distraía.

Tanto así, que de no ser por Max, habría quedado estampado en un anuncio de telefonía.

—¡Checo!— gritó Max, tomando su brazo para detenerlo.

La liebre parecía preocupada, sus grandes orejas estaban rígidas y se movían, intentando captar alguna situación que ameritaba huir.

Digamos que había leído un poco sobre ellos.

Checo, por inercia, tomó la cintura de Max —Perdón, Max. Mi cabeza está en otro lado— soltó una risa nerviosa al darse cuenta de su posición y soltó al omega.

Retomó su camino mientras Max se quedó atrás. Sin embargo, no le preocupó, pues en cuestión de segundos, lo alcanzó.

Entraron al supermercado y todo parecía muy tranquilo. Hasta que se dio cuenta de algo... Max comenzó a llamar la atención de la mayoría de los híbridos del lugar.

¿Sinceramente? Checo no los podía culpar. Con esos shorts que dejaban a la vista sus esbeltas piernas y su colita esponjosa que le daba un toque de ternura.

Max caminaba con paso firme, pero elegante, que lo volvía imposible de ignorar.

Dios, le gustaba mucho.

Checo empujó el carrito, siguiendo fervientemente a Max e intentando concentrarse en la lista mental de cosas que hacían falta en el departamento.

Hasta que, al doblar en el pasillo de los cereales, sus orejas se removieron, su cola se sacudió y su maldito instinto de toro territorial se activó.

Porque una gran sombra se paró frente Max.

Ambos miraron a un híbrido de tigre siberiano. Era alto, muy alto. Sus músculos sobresaliendo de su camisa, y una sonrisa que mostraba los inicios de sus colmillos. Sus ojos felinos miraban fijamente una sola cosa... A Max.

A Checo no le dio buena espina.

—Mira nada más... una liebre como tú seguramente podría seguirme el paso— dijo el tipo, con una sonrisa descara e inclinándose hacia Max —En carrera, claro.

Max respondió con una sonrisa nerviosa, haciéndose para atrás —Eh... ¿gracias?

Checo, aún sosteniendo con demasiada fuerza el carrito, lo evaluó de pies a cabeza. El tipo fácilmente le sacaba muchos centímetros de estatura y un par de docenas de kilos en peso.

—Soy Rico, ¿cuál es tu nombre, preciosura? Me gustaría invitarte a correr algún día.

El tipo seguía insistiendo, y Checo notó las orejas de Max muy rígidas e inmóviles, casi inclinándose hacia atrás. El comportamiento de las liebres cuando están a punto de correr de un depredador...

Así que Checo no lo pensó mucho y soltó el carrito. Caminó dos pasos hacia Max y se colocó a su lado, colocando su mano en la cintura del rubio.

—No puede. Ya entrena conmigo.

Rico lo observó con una ceja levantada —¿Contigo?

Este pendejo...

Su mandíbula se tensó y bufó molesto —Exacto, y nuestro entrenamiento es privado.

Parece que eso fue suficiente para el tigre, que sonrió incómodo y se alejó con un asentimiento.

Cuando finalmente se vieron solos, Checo lamentó tener que dejar de tocar la suave y tersa piel de la cintura de Max.

—¿Así que entrenamos juntos?— Max resopló divertido mientras se giraba para ver qué cereales llevarían.

—Mentira no es— señaló, acercándose un poco más a Max, hasta casi rozar sus cuerpos —¿Recuerdas todas las veces que hemos ido juntos al gimnasio? Aparte, "compañero de cuarto" suena aburrido.

Max soltó una risita divertida mientras lo miraba de reojo —Cierto...

Checo suspiró ante el calor del cuerpo de Max, desde esta perspectiva, podía ver el sonrojado cuello de Max, que pedía a gritos unas cuantas marcas...

No. Primero tiene que aceptar ser mi musa.

Primero negocios. Luego placer.

Así que negó con la cabeza y enfocó su mirada en la variedad de cajas coloridas. Alargó su mano y escogió su favorito, lucky charms.

—Lleva dos— susurró Max, muy cerca de su rostro.

Checo se perdió en los brillantes ojos azules de Max, enmarcados en largas pestañas rubias que se perdían en el sol. Sus ojos bajaron a los bonitos labios de la liebre, rojos y perfectos para ser besados.

Y ese lunar sobre su labios superior...

¿Y si mandaba todo a la mierda y lo besaba en el pasillo de los cereales?

Eso era exactamente lo que planeaba hacer cuando una voz cantarina interrumpió su momento.

—¿Max?

Ambos se giraron a su derecha, solo para encontrarse a otro híbrido. Un tejón de la miel.

El tipo era de tez bronceada, cabello rizado y ojos cafés que miraban al omega con afecto. Sus pequeñas orejas eran una combinación de un color negro y blanco, así como su cola.

Vestía una camisa negra con el logo del supermercado, y en la placa con su nombre decía "Daniel".

Max, a su lado, se quedó quieto.

¿Quién carajos era este tipo y por qué parecía conocer a Max?

.

—Daniel... hola— Max se obligó a hablar, aún si la persona que estaba frente a él era ni más ni menos que su primer novio de la secundaria.

Se veía que los años no habían pasado en vano para el tejón, pues ahora lucía una espesa barba que no le quedaba para nada bien.

Un bajo, y casi imperceptible gruñido, llamó su atención. Era Checo, que seguía casi pegado a él, con el ceño fruncido y mirado a Daniel fijamente.

¿Qué?

Ese no era un comportamiento muy típico de Checo, pero sí de los toros, y sobre todo alfas...

Y no pudo evitar pensar en lo bien que se veía Checo. Su nariz arrugada levemente, con el piercing moviéndose ante sus bufidos.

—Te lo contaré más tarde— susurró Max, cerca de la esponjosa oreja de Checo.

—Bien— asintió el alfa, relajándose visiblemente.

Max desvió su mirada a su ex, que intercambiaba miradas entre él y Checo. Tosió levemente y preguntó —¿Trabajas aquí?

Daniel sonrió muy grande, con un deje de nostalgia —Sí. Nunca pensé que nos volveríamos a encontrar y en un supermercado.

—Las vueltas de la vida, ¿no?— sonrió, un poco incómodo por la situación.

Quería irse, como para ya.

Porque Daniel actuaba como si su relación hubiese acabado de lo mejor. Cuando no era así. El muy imbécil lo engañó con una compañera de Max, una híbrido de ardilla.

Sí, el tipo tenía 16 años en ese entonces, pero de todas maneras no quería quedarse hablando más tiempo con él.

El toro a su lado pareció darse cuenta, porque saludo de lejos a Daniel y colocó de nuevo una pesada mano en su cintura.

—Soy Checo, y si nos disculpas, tenemos que seguir con nuestra compra— dijo, y arrastró a Max por el pasillo mientras que con la otra mano movió el carrito.

Se limitó a despedirse con la mano. Daniel parecía un poco decaído, pero asintió.

Max se giró en brazos del alfa y lo confrontó.

—¿Por qué hiciste eso?

No era queja, claro.

—Parecías muy incómodo, solo quería ayudar— Checo se encogió de hombros y siguió empujando el carrito.

Max avanzó rápido y lo detuvo —Gracias, Checo— sonrió sincero, los ojos oscuros del toro brillaron y asintió con una pequeña sonrisa.

.

Dos días después, y Checo todavía no le había preguntado a Max si quería ser su musa.

Debería de tomarse por los cuernos y simplemente preguntarle, ¿no?

Excepto que, no podía. Cada vez que estaba cerca de preguntarle, las palabras morían en su boca.

Porque estaba seguro que moriría en cuanto Max posara frente a él sin nada de ropa.

Y se supone que él tiene que ser profesional.

Tirado en su cama, ahogó un grito en sus almohadas. Si bien faltaban dos semanas para la entrega, ese tiempo era prácticamente nada a comparación de todas las horas que le iba a llevar perfeccionar su boceto y pintarlo.

Mientras se hundía en su miseria, un mensaje llegó a su teléfono.

Rebuscó entre las sábanas hasta encontrarlo. Parpadeó y miró la notificación.

Carlos Sainz Jr.

Hola Checo! ¿Ya tienes modelo para el trabajo final?

Ah, simplemente era Carlos. Híbrido de zorro gris y su mejor amigo durante toda la carrera.

No, aún no.

Mintió, pues no iba a admitir ante Carlos que no podía hacerle una simple pregunta a su roomie.

Y sobre tu compañero de cuarto, Max. Es una liebre, ¿no?

Extrañado, Checo se preguntó por qué de repente Carlos parecía tan interesado en Max.

.

¿Podrías pasarme su número? Quiero preguntarle si aceptaría ser mi modelo.

¿Qué?

No. Definitivamente no.

No creo que acepte, está demasiado ocupado con su carrera y sus streams.

Terminó de escribir y tiró el celular al otro lado de la cama, sin siquiera importarle si Carlos respondía.

No podía seguir así, alguien más se enteraría que Max es un perfecto candidato para ser modelo y se lo quitarían.

Bufó molesto consigo mismo por ser tan lento. Así que decidiendo que tuvo suficiente, salió de su habitación para buscar a Max.

Y justamente lo vio entrando por la puerta principal. Ahora o nunca.

El rubio se giró y lo miró sorprendido, con bolsas de compras en sus manos.

Checo preguntó apresuradamente —¿Te desnudarías para mí?

.

Max abrió los ojos con sorpresa ante la pregunta de su roomie.

—¿Qué?

Checo pareció notar lo que había dicho, porque sus mejillas se tiñeron de rosa y negó con la cabeza.

—No es eso lo que quería decir, digo sí, pero no— balbuceó el alfa, pasando las manos por su cabello.

Estaba nervioso... Max se preguntó por qué.

—¿Entonces?— Max cerró la puerta detrás de él y se dirigió a la cocina para dejar la cena.

Hoy toca comer pasta.

Sonrió para sí mismo cuando notó que Checo lo seguía cuál cachorrito.

—Lo que quería decir es que necesito pedirte un gran favor— Checo pareció tragar saliva mientras se apoyaba en la encimera —Un favor del tipo artístico.

Max ladeó su cabeza, confundido. Sus orejas, curiosas, se giraron en dirección al toro.

—¿Artístico?— dijo, riendo mientras terminaba de sacar sus compras. Se giró hacia Checo y negó —Te puedo ayudar con cualquier otra cosa pero sabes que no soy precisamente del tipo de persona creativa.

Checo soltó una pequeña risa, y se removió en el lugar. Su cola oscura delataba nerviosismo, pues se movía de lado a lado con lentitud.

—Lo sé, Max. Es para mi proyecto final de arte contemporáneo.

Oh.

Interesante.

—Ajá...— dijo lentamente, dándole chance para que siguiera explicando. Mientras Checo parecía ordenar sus ideas, Max se giró a buscar una galleta del lugar donde las guardaba.

—Y para dicho proyecto necesito una musa.

Con una deliciosa galleta de chispas de chocolate en la mano, Max se giró y lo vio mientras le daba una mordida.

—¿Musa?— preguntó, frunciendo su ceño.

Checo parecía exasperado, acariciando su nuca —Un modelo, Max. Necesito un modelo para un desnudo artístico.

Max sonrió coqueto —¿Quieres pintarme como una de tus chicas mexicanas, Sergio Michel?

El color rojo en todo el rostro del alfa fue simplemente divertido de ver.

—¡No!— gritó Checo, negando rápidamente con una expresión avergonzada.

Max estaba disfrutando mucho está situación.

—¿No dijiste que tenía que desnudarme para ti?— sonrió inocente, dándole otro mordisco a su galleta.

—Bueno, sí— admitió, desviando la mirada —Pero es porque eres una liebre. Y el tema principal es representar las características de tu familia.

Está sería la oportunidad perfecta para finalmente tener entre sus piernas al toro.

Incluso su colita se removió ante la expectativa.

—¿Y qué gano yo con esto, Checo?

El alfa carraspeó y lo miró nervioso.

—Bueno... yo puedo invitarte a comer— balbuceó.

Max arqueó una ceja y decidió molestarlo.

—¿Desnudo?

Checo saltó en su lugar, abriendo los ojos y negando con las manos.

—¡No! Me refería a después de terminar.

Con un último mordisco, Max terminó su galleta y se limpió las manos —Mira, Checo. No es que me esté negando, pero si voy a sentarme desnudo frente a ti durante muchas horas, tenemos que tener condiciones.

El toro asintió muy serio —Claro, Max. Lo que tú quieras.

—Número uno, quiero un gin tonic después de cada sesión— enumeró con sus dedos mientras salía de la cocina, sabiendo que Checo lo seguiría.

Llegó a la sala y se sentó en el sofá, invitando al toro a unirse.

—Hecho— dijo Checo.

Max fingió pensar unos segundos, luego regresó la mirada a los ojos oscuros de Checo.

—Y número dos, y más importante, no quiero que dibujes mis orejas demasiado puntiagudas.

—¿Qué?— Checo frunció el ceño —¿Cómo podría? Si tus orejas son preciosas— dijo, sonando muy sincero.

El rubio se sonrojó ante el cumplido a sus orejas.

—Pero de todas formas tienes que prometerme que las harás ver bien— susurró, inclinándose hacia el toro y moviendo sus orejas en un gesto tímido.

Checo desvió la mirada hacia el piso y murmuró —¿Entonces aceptas?

Max pareció pensarlo unos segundos, llevando su mano al mentón.

—Acepto, toro— cuando sus miradas se cruzaron, Max le guiñó el ojo y se levantó con rumbo a la cocina, a buscar otra galleta.

Y como sabía muy bien lo que hacía, movió un poco su colita.

.

La primera sesión fue al día siguiente.

Checo llevó a Max al último piso de su edificio de apartamentos, donde estaba su estudio ya listo para comenzar.

Los recibieron paredes llenas de bocetos, un aroma persistente a óleo y madera vieja. Un pequeño sofá cama en la esquina, bañado por luz natural que entraba por los ventanales. Su lienzo y caballete ya estaban montados... y una botella de ginebra.

—Bienvenido a mi humilde taller— dijo con una pequeña sonrisa tímida. Max era la primera persona que dejaba entrar a un lugar que era tan íntimo para él.

El omega miraba todo a su alrededor, curioso de todas las cosas que había. Se acercaba a los estantes, como si quisiera tocar cada trazo.

—Así que aquí es donde ocurre la magia.

—Aquí es donde hago la mayoría de mis trabajos, sí... puedes ir poniéndote cómodo— dijo Checo, dejando sus cosas en una mesa y moviéndose a tomar su banco más suave.

Una vez revisó que la iluminación fuese la correcta, se giró hacia Max.

Y su respiración se entrecortó cuando lo vio quitándose su camisa blanca y sus shorts de algodón, quedando solamente en un par de ajustados calzoncillos negros.

Habían acordado hacer la primera sesión con ropa interior, para evitar alguna incomodidad.

Toda esa piel clara a su vista... Las largas piernas, sus gruesos muslos, su abdomen suave y su esponjosa colita en el límite de su espalda baja.

Y ni hablar de su torso desnudo. Todas y cada una de las veces que lo había visto sin camisa, sólo podía fijarse en una cosa... las grandes tetas de Max.

Contrólate, Checo. Solo es anatomía... una muy definida y tentadora, pero anatomía.

Checo respiró profundo e intentó disimular su mirada mientras ajustaba el caballete.

—¿Estás cómodo?— preguntó, su voz salió más aguda de lo que pretendía.

Max sonrió brillante mientras estiraba su atlético cuerpo —Sí, ¿y tú?

—Sí— tosió un poco al ver que Max se giraba, dándole una vista sin tapujos de su pomposo trasero.

Se obligó a hablar antes de hacer algo tan tonto como tocarlo —Q-quiero que tomes una posición específica.

Invitó a Max a acercarse al banquillo para explicarle mejor —Siéntate aquí, pero solo apoyando la mitad de tu trasero, tu pierna izquierda tiene que estar estirada hacia atrás y la derecha ligeramente adelante.

Max, con una pequeña sonrisa, siguió sus indicaciones al pie de la letra e inclinó el torso hacia atrás.

El alfa notó que estaba un poco torcido —Saca un poco más tu cadera— indicó, llevando su mano a la espalda baja de Max para moverlo.

Un gran error.

Porque Max se movió al mismo tiempo, y su mano rozó la esponjosa cola blanca.

Y eso, por sí sólo, no habría sido tan malo. Si no fuera por el hecho de que eso le sacó un jadeo a Max. Entonces... su colita era sensible.

Su miembro se removió en sus pantalones, y Checo cerró los ojos, tratando de controlarlo.

Con afán de no hacer las cosas incómodas para su modelo, decidió ignorar ese sonido tan dulce —Ahora— murmuró —Lleva tu mano izquierda al costado del banco para sostenerte, y la derecha a tu cabello, como si lo peinaras.

—¿Así, Checo?— susurró Max, viéndolo a los ojos. Checo notó que Max estaba muy sonrojado.

—S-sí, así— Checo lo miró fijamente, sin aire —Exactamente así.

Max le regaló una sonrisa, con sus orejas erguidas y apenas moviéndose —¿Y cuánto tiempo tengo que estar así? Porque estoy muy seguro que me dará un calambre, y tú tendrás que darme un masaje.

Solo de imaginarlo removió algo dentro de él.

—Todo el tiempo que puedas, comenzaré con el boceto— asintió, dándole una última mirada al omega, para luego dirigirse al lienzo.

Checo levantó el carboncillo y empezó a trazar las primeras líneas.

Unos trazos después, comenzó su problema. Porque no podía decidirse si mirar la hoja o mirar a Max.

Técnicamente, tendría que hacer ambas. Pero se perdía en las líneas de los músculos finos, en la piel tersa.

El silencio duró algunos minutos, en los que Checo aprovechó para avanzar con el boceto inicial. Fue un esfuerzo heroico enfocarse solamente en su retrato, pues el cuerpo de Max lo llamaba cual sirena.

En uno de los vistazos a Max, notó sus bonitas orejas relajadas, sus mejillas rosas, su cabello dorado iluminado por el sol, sus labios en una pequeña sonrisa.

Precioso.

—Oye, Checo, ¿cuánto más nos falta?

Checo vio la hora en su reloj, apenas habían pasado veinte minutos. Calculó que le quedaba mínimo otra hora para terminar con este primer día.

—Aproximadamente una hora.

Max abrió los ojos asustado —¿Otra hora sentado así?

Regresando a su dibujo, Checo asintió.

—Hmm... entonces, ¿puedo moverme un poco ahorita? para no entumecerme— los ojitos azules lo distrajeron y casi acepta.

Hasta que recordó que no le quedaba mucho tiempo.

—¡No te muevas!— Checo casi gritó.

Un adorable puchero apareció en los brillantes labios de la liebre —¿Y si me da hambre?

—Terminaremos pronto— respondió, siguiendo con su trabajo.

—¿Y si mi orejita me pica? ¿Tú me la vas a rascar?— preguntó, con una sonrisa traviesa.

Sin que Checo se diera cuenta, Max estiró una pierna. Muy lentamente.

Checo apretó con más fuerza el carboncillo, siguiendo los movimientos del omega con su mirada. El aire se volvió más denso, seguramente porque su toro había comenzado a bufar.

Y Checo pensó que, si así estaba siendo esta primer sesión, no sabía cómo sobreviviría a todas la que faltaban.

.

Su plan se estaba llevando a cabo a la perfección, sobre todo porque Checo era malísimo para disimular.

Y lo estaba demostrando una vez más en este justo momento, mientras Max estaba sentando en el banquillo completamente desnudo.

Todo empezó hace una hora, cuando entró al estudio y lo saludó con una sonrisa. Sus orejas, siempre que se trataba de Checo, se movían por sí solas.

—Hola, Checo ¿Cómo me quiere hoy?— preguntó inocente, como si no supiera.

Checo, sentando en su propio banquillo, parpadeó un par de veces y se sonrojó —En el banquillo, igual que la vez pasada. Me faltan un par de trazos para terminar con el boceto.

Max obedeció, y comenzó a quitarse la ropa. Sabiendo muy bien que Checo lo miraba, bajó lentamente sus shorts.

Su mirada buscó la de Checo, y el alfa se había quedado sin habla.

Con una pequeña sonrisa para sí mismo, levantó la tela de su camisa azul por encima de su cabeza y la tiró al piso junto a sus zapatos.

Una vez en ropa interior, lo miró fijamente, ladeando un poco su cabeza.

—Oye, Checo... ¿esto sigue siendo un desnudo?— cuestionó con fingida duda, aunque su corazón martillara de nerviosismo en su pecho.

Pero la cara de Checo valía la pena. Su boca abierta en desconcierto mientras parpadeaba.

—Sí, sí— dijo con voz grave, recomponiéndose de repente.

Max asintió desinteresado —Entonces mejor empezar ya, ¿no?

Sin darle tiempo al toro de responder, tomó el elástico de sus calzoncillos y los bajó sin dudar. El aire frío del estudio chocó con su piel caliente.

Sabía muy bien que lo ponía nervioso, y eso le encantaba.

Caminó lentamente hasta el banquillo, y se acomodó. Asegurándose de dejar su colita esponjosa, y recién cepillada, bien visible.

—¿Así está bien?— preguntó, mirando a Checo.

El alfa apretó el borde del lienzo con fuerza, pero asintió sin decir alguna palabra.

Max lo observó trabajar en silencio, repasando sus rasgos mientras el toro dibujaba.

Un par de cuernos sobresaliendo del cabello castaño, que siempre estaba revuelto. Sus muy distinguidas pecas en el puente de su nariz, que sobresalían cuando se sonrojaba.

Como en este momento.

Sus ojos oscuros que parecían atravesar su alma. Y en su nariz, ese piercingque colgaba.

Max suspiró cuando llegó a su fornido cuerpo. Unos anchos hombros y un robusto pecho cubiertos por una camisa verde olivo, seguidos de un abdomen que había tenido la suerte de ver en un par de ocasiones.

Al bajar su mirada a la fuertes piernas del alfa enfundadas en un pantalón beige que no dejaba mucho a la imaginación. Su mente lo traicionó con un pensamiento sobre cierto par de atributos que muchas personas decían sobre los híbridos de toro...

Mierda. Tenía que dejar de pensar en esas cosas si no quería que su excitación fuese evidente.

Fueron minutos muy largos, en los que se divirtió viendo cómo el alfa evitaba su mirada. Cuando por fin Checo se separó del lienzo, Max se estiró en el banquillo.

Quizás sí terminaría necesitando ese masaje.

—¿Ya está?

Checo lo miró un segundo, antes de regresar al dibujo —Sí. El boceto ya está listo— respondió con voz grave.

Max se levantó, y en lugar de vestirse o darle espacio, caminó directo hacia el toro. Lo miró fijamente al llegar a su lado, disfrutando de su mirada nerviosa y sus manos temblorosas.

Y antes de que Checo pudiera apartarse, Max se sentó en su regazo.

El calor corporal del alfa lo envolvió de inmediato, y un escalofrío lo recorrió al sentir la tela del pantalón rozando su trasero desnudo.

Checo se tensó bajo él y se puso rígido, sin mover un solo músculo.

—Veamos entonces...— murmuró, girándose hacia el lienzo.

Decir que quedó sorprendido era poco. Checo era demasiado talentoso. Cada trazo de carboncillo estaba perfectamente colocado, dándole un aspecto muy pulcro al boceto.

—¿Q-qué opinas, Max?— murmuró una voz grave detrás de él.

Max lo miró a los ojos y se inclinó hacia él —Checo...

El toro apenas se movió, pero Max alcanzó a escuchar un gruñido proveniente de su pecho.

—Te está quedando muy bien, ¿qué más te falta?— Max se atrevió a colocar su mano en uno de los hombros vestidos de Checo.

—Tengo que verificar que los colores sean los correctos antes de comenzar a pintar— susurró Checo, muy cerca de su mejilla.

Max cerró los ojos, sintiendo su cuerpo arder ante la cercanía. En un segundo, tomó la muñeca de Checo y colocó la pesada mano del toro sobre su muslo desnudo.

—Max...— advirtió Checo, su respiración volviéndose pesada.

La mano en su pierna se apretó y Max reprimió un jadeo —Solo te estoy dando una mejor perspectiva del color.

Se inclinó más, hasta quedar tan cerca que sintió el roce de su respiración en sus labios. La tentación era enorme, pero no quería besarlo aún. Solo quería ver hasta dónde aguantaría.

Checo levantó su otra mano, como queriéndolo detener, pero en su lugar terminó en su cintura. El alfa lo acercó a él, haciendo que sus labios se rozaran apenas un segundo.

Estaba dispuesto a darle un pequeño beso en los labios, cuando un tono de llamada los interrumpió.

Alguien lo llamaba.

Max gimió de frustración, y en un movimiento ligero, se levantó del cómodo regazo del toro.

Dándole la espalda a Checo, caminó hacia sus cosas y se inclinó para recogerlas.

Sin saber que le estaba otorgando una gran vista al otro híbrido.

.

Checo estaba a nada de explotar del estrés.

Tenía un solo día par terminar su proyecto final y sólo le faltaban algunos detalles. Todos estos días el señor Wolff le había pedido avances y para terminar, su roomie parecía haberse vuelto casi nudista en su apartamento.

Max se paseaba con shorts cada vez más cortos o con nada más que unos calzoncillos, dejando a la vista su esponjosa colita.

Y el omega parecía saber perfectamente lo mal que lo tenía.

Debería simplemente empotrarlo en alguna pared y besarlo como tanto llevaba queriendo desde esa vez hace dos días.

—¿Cómo vas, Checo?— la voz de Max, sentado en el banquillo de siempre, donde lo había visto por horas con diferentes luces y en distintos niveles de desnudez.

Y hoy sería la última sesión.

—Un poco más, quédate quieto— ordenó Checo, ajustando la paleta de colores en su mano.

El estudio olía a pintura fresca mientras Checo repasaba el lienzo casi terminado. Un poco de sombras en la zona de la cola de Max, y un toque de color en esos ojos azules que tanto lo hipnotizaban.

Max obedeció, con una pequeña sonrisa que tuvo desde el primer día. Checo trató de concentrarse, estaba a nada de terminar.

Unos minutos después, y casi llegando a la hora de la sesión, por fin respiró hondo y trazó la última pincelada sobre el lienzo. Su firma.

Una mezcla de satisfacción y orgullo lo invadió. Su proyecto final de arte contemporáneo finalmente estaba terminado.

Levantó la mirada hacia Max con una sonrisa cansada.

—Ya está— anunció, dejando el pincel y la paleta en la mesa de al lado —Hemos terminado.

Max sonrió feliz, aplaudiendo de emoción —Muchas felicidades, Checo.

—Gracias a ti, sin ti no habría podido terminar— respondió sincero, levantándose para agradecer a Max.

El omega se estiró en el banquillo y se intentó levantar, cuando de pronto hizo una mueca.

—Auch... creo que sentí algo en mi pierna— dijo, mirándolo con una expresión de dolor.

Checo se acercó rápido, arrodillándose frente a Max —¿Qué? ¿Dónde?

La liebre señaló su muslo, y mientras Checo dudaba sobre si tocarlo, Max tomó su muñeca y la guió hasta la piel caliente.

—Aquí... duele— susurró Max, mirándolo fijamente.

Checo sintió cómo el aire se le iba de golpe. La piel bajo sus dedos era suave. Demasiado real. Quiso retirar la mano, pero Max la sostuvo con firmeza.

—Max... — murmuró, intentando pensar bien.

Max se le adelantó, se inclinó hacia él y todo pasó muy rápido. Sus labios rozaron y Checo finalmente cedió.

Tomó el rostro de Max y tomó su boca por completo, hundiéndose en un beso profundo y ansioso.

El calor los consumió, y Checo se levantó sin separar sus labios. Se acercó hasta casi fundirse contra el cuerpo del omega y lo tomó por la cintura.

—No me pidas que pare, Max— rogó al separarse, llevando sus labios a la piel del cuello de Max.

Unos preciosos jadeos salieron de la bonita boca de Max, que se esforzó por hablar —Solo te pediré que nos movamos al sofá.

Y a Checo no se lo tenía que decir dos veces.

Tomó a Max de la parte posterior de sus muslos y lo cargó. Max colocó sus brazos alrededor de su cuello y se sostuvo con firmeza.

Se movieron al sofá ubicado en la esquina del estudio. Checo se sentó y dejó a Max en su regazo, algo muy en el fondo de él le encantaba verlo montado encima suyo.

Sin dejar que Max hablara, el toro juntó sus labios en otro beso apasionado.

Checo gimió contra su boca, sintiendo cómo todo lo que había contenido durante semanas se liberaba en un instante. Tantas veces que observó esa bonita boca y por fin podía saborearla.

—Checo...— jadeó Max en su oído al separarse.

Las manos del alfa bajaron al trasero desnudo de Max, apretándolo entre sus dedos como tantas veces había soñado. Jugando con la carne a su antojo.

—He soñado con este culo por mucho tiempo— admitió, sabiendo que seguramente ya estaba sonrojado hasta las orejas.

Max se separó, con la respiración entrecortada —¿Por qué nunca dijiste nada?

—No sabía si sentías lo mismo— Checo lo miró fijamente, siendo sincero.

Y como ya era costumbre, Max tomó su mano y la llevó entre sus nalgas. Ahí, Checo notó el líquido espeso que salía del agujero del omega.

Max estaba empapado.

Y su erección se removió en sus pantalones.

—¿Con esto te queda claro que sí siento lo mismo?— murmuró Max, con un tono serio pero lo delataban sus mejillas coloradas.

Checo sonrió coqueto —Perfectamente claro y entendido... pero ¿sabes qué me estaba preguntando?

Max negó, de pronto tímido.

El toro se acercó al rostro del omega —¿Cuánto puedes saltar, mi pequeña liebre?

.

Un gemido agudo salió de su garganta al sentir el grueso miembro en su interior.

—¡Checo!— jadeó Max, comenzando a brincar encima del alfa.

El alfa cerró los ojos mientras afianzaba el agarre en su cintura. Max respiró antes de dejarse caer de nuevo, disfrutando el roce del glande contra su próstata.

Los minutos pasaban, y con ellos, Max aumentaba su seguridad al montarlo.

Su excitación no hacía más que subir. Max, queriendo aferrarse a algo, tomó uno los cuernos del toro.

Un grave y fuerte bufido se escuchó en todo el estudio. Max no tenía ni idea que los toros eran sensibles de sus cuernos, una sensibilidad placentera...

—Mierda, Max. No hagas eso— gimió Checo, elevando sus caderas y follándolo al mismo tiempo que él se sentaba en su erección.

Y aunque Max era toda una liebre orgullosa, comenzaba a cansarse de tanto saltar.

—Por favor, Checo— sollozó, uniendo sus labios de nuevo.

En un repentino movimiento, Checo los giró en el amplio sofá. Ahora el excitado toro estaba encima suyo, con la respiración entrecortada.

Y aún dentro de él.

Sin darle oportunidad a replicar, Checo lo embistió profundamente. Max ahogó un grito en su propia mano, cerrando los ojos debido al intenso placer.

Un fuerte sonido resonó por todo el estudio, pues Max finalmente descubrió que lo que tanto decían de los híbridos de todo era cierto.

Sus testículos eran muy grandes.

Ambas bolas golpeaban sus nalgas, que combinado con el lubricante que seguía chorreando, creaban un perfecto ruido de chapoteo.

—Mierda, Max— gruñó Checo en su oído, aumentando la velocidad de sus estocadas.

Max, cegado por el placer, juntó sus labios con los del alfa. Y llevó su mano a su miembro, que llevaba erecto la última media hora.

A partir de ahí, todo fue muy rápido. Su propia mano bombeado su furiosa erección y recibiendo gustoso la polla del alfa en su interior.

—¡Checo!— gimió Max, corriéndose finalmente sobre su propia mano.

Checo gruñó excitado, buscando su propia liberación por unos segundos más.

Max, ya sintiéndose demasiado estimulado, intentó algo diferente.

Coló su otra mano entre sus cuerpos y tomó en sus dedos las pesadas bolas del toro. Las acaricio con suavidad y apretó ligeramente.

Eso pareció ser todo lo que hacía falta, porque Checo gimió grave y se corrió en su interior.

Al terminar, ambos respiraban pesadamente, con Checo aún encima. Y por un momento, Max se permitió cerrar los ojos.

.

El estudio, anteriormente llenado por gemidos y jadeos, se encontraba en silencio.

Su proyecto final, que tanto tiempo le llevó, yacía olvidado a un lado.

Checo y Max se dejaron caer en el sofá, la luz del atardecer bañaba sus cuerpos de un tono naranja suave. La pintura, aún en el aire, se mezclaba con el olor a sexo que seguía presente.

Max apoyó la cabeza en el hombro de Checo, aún un poco alterado, con las orejotas ladeadas en un gesto de calma.

Checo no pudo evitar enredar sus manos en la estrecha cintura de Max, sonriendo con ternura, pues esas mismas orejas que durante las sesiones se erguían tensas o curiosas, ahora estaban suaves contra su mejilla.

Seguía sin creérselo, había besado a su crush.

Y le había hecho otras cosas más...

Alzó la mano y las acarició despacio, pasando los dedos entre la suavidad del pelaje. Max cerró los ojos, con un murmullo satisfecho escapando de sus labios.

—Mmm... si sigues así, voy a quedarme dormido.

—Pues duérmete— contestó Checo en voz baja, frotando su nariz contra la mejilla de Max —No voy a irme a ningún lado.

Max le sonrió, ladeando su cabeza para perseguir su calor. Los dos permanecieron así, abrazados, con el atardecer frente a ellos.

—Checo...— susurró Max, cerrando los ojos ante sus caricias —No quiero que esto termine.

El toro siguió frotando la suave piel de Max —No lo hará, me gustaste desde que te vi la primera vez— admitió, con cierta timidez.

—¿Sí?— preguntó Max, mirándolo de reojo —A mí también, ¿por qué crees que acepté ser tu modelo?

—Me alegra mucho que hayas decidido hacerlo— dijo antes de besarlo de nuevo.

.

La pequeña galería estaba llena de diferentes persona importantes de su facultad, todas con sus respectivas copas de champán.

Checo, vestido con un elegante smoking y con los brazos cruzados sobre su pecho, estaba parado frente a su cuadro, el cual se encontraba un poco apartado del resto.

No pudo evitar notar cómo las personas se detenían para apreciar a la figura en el centro, Max.

Su novio.

Algunas personas elogiaron la forma en la que lo retrató, su imponente figura, sus esbeltos músculos, sus grandes orejas que parecían tener vida propia.

—Te quedó increíble.

La voz sonó muy cerca, acompañada de un par de brazos que lo abrazaron con fuerza.

Checo sonrió, sin girarse, reconoció al instante el conocido calor del cuerpo del omega. Max, que se veía muy guapo vestido de un traje negro, rodeó su cintura con los brazos y apoyó la barbilla en su hombro.

—Lo terminé gracias a ti— susurró Checo —No lo habría podido hacer con otro modelo.

—Por eso seré tu único modelo de aquí hasta que un día decidas cortarte una oreja, ¿verdad?— murmuró Max, con una sonrisa traviesa.

Checo soltó una carcajada, aprovechando que estaban solos —Exactamente, mi amor.

Se giró en brazos de Max, tomó su cintura y no dudó en acercarse y robarle un beso, dulce y profundo.

Al separarse, ahuecó su rostro, el cual brillaba bajo la luz de la galería.

Quizás todos aquí estaban equivocados y su omega era la obra más preciosa.

Sí, su cuadro por fin estaba completo con Max en su vida.

 

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