Work Text:
Marcos se quedó mirando fijamente el piloncito de hojas que acaba de completar y firmar.
Estaba solo en una oficina de las instalaciones de Boca y acababa de firmar el contrato que lo vinculaba al club por los siguientes años. Su representante y los directivos del Xeneize lo dejaron a solas un momento, para darles la noticia a sus seres queridos y más allegados.
Marcos solo tenía que decirle a una persona lo que acababa de hacer.
Desde que había vuelto a Argentina de Manchester y con una pandemia en el medio, Marcos solo había tenido una cosa en mente: recuperar a su mejor amigo —y amor de su vida— después de años separados por un océano y el peso de la distancia. Fue Enzo el primero al que le dijo que volvía y que encima volvía a casa, donde el sueño había empezado, donde había conocido a personas sumamente importantes y que habían cambiado su vida.
Una de ellas era Enzo.
Marcos lo decía sin vergüenza hasta el día de hoy: Enzo era el hombre más lindo que había conocido, como persona y físicamente. Desde el primer momento que los presentaron, con apenas dieciocho años, Marcos supo que lo iba a volver loco. Al principio Enzo era reacio y distante, pero con el paso de los días, aflojaba cada vez un poco más hasta el punto de tenerlo bajo su ala con la excusa de que era muy chico, el más pibe del club.
Empezaron siendo compañeros, después amigos, después muy buenos amigos y, finalmente, se terminaron enganchado de verdad. Marcos no se podía imaginar una vida sin Enzo y Enzo no quería perder de vista a Marcos. Eran una combinación explosiva, a veces un poco apabullante y demasiado intensa, pero lo que sentían era de verdad y no podían evitarlo.
Los dos eran muy demostrativos, muy vocales y ruidosos, muy efusivos con su amor. Esas fueron las palabras que usó su representante cuando le dijo que la mejor idea era irse a jugar a Rusia en busca de escalar más alto futbolísticamente. Pero eso queda lejos de Enzo, le había dicho Marcos. Tu relación con Enzo no te va a llevar a ningún lado, el fútbol sí, fue la respuesta que recibió. Marcos había estado noches sin dormir por eso, con Enzo a su lado o durmiendo en su pecho, su mano en su pelo, después de prometerse que se amaban a través de sus pieles.
Hablaban todo el tiempo con Enzo sobre sus carreras y cómo seguirían adelante con su relación en el caso de tener que vivir a distancia, porque ninguno quería romper lo que tenían. Marcos siempre jodía con que era muy joven para formar una familia, pero Enzo ya estaba casado con su mejor amiga de toda la vida y, el día que ganaron la Libertadores, había sido papá. Esas cosas se habían hablado antes de empezar a estar juntos y todas las partes involucradas estaban en tema.
No sabía cómo, tampoco por qué, pero su representante terminó convenciéndolo de irse a Rusia. Darle la noticia a Enzo fue uno de los momentos más difíciles que había tenido que pasar. Marcos había llorado a cántaros mientras Enzo lo sostenía en sus brazos y le decía que todo iba a estar bien, que tenía que enfocarse en su futuro, que lo harían funcionar y pronto se volverían a encontrar.
Los primeros meses lejos de Enzo fueron difíciles. Marcos conoció a una chica que le presentó su representante. Ya se habían puesto de acuerdo para mantener una imagen pública con sus mujeres y hacer sus vidas privadas tranquilos sin levantar sospechas. Su representante no estaba contento, pero era eso o nada.
Los dos se encontraron en Lisboa, en equipos rivales, y aprovecharon cada segundo de eso. No habían dejado ni un hotel sin usar. Se habían extrañado un montón y no les alcanzaba con verse de vez en cuando en las convocatorias de la Selección.
Los rumores de que Enzo era pretendido por el Manchester United después del Mundial de Brasil lo llevaron a irse al club inglés sin pensarlo dos veces. A pocos días de empezar la temporada, Enzo se fue a España. Marcos sintió verdaderas ganas de cortarse los huevos.
En ese punto se distanciaron de verdad. Marcos fue papá de su primera hija, Enzo ya había tenido a su nena hacía un año. El vínculo entre los dos era casi nulo, excepto por la Selección. Tenían el sexo más deprimente y desolador en las concentraciones, pero se aferraban a eso para no decir basta.
Marcos fue papá de nuevo y también se empezó a hablar y ver con otros hombres. Varias fotos íntimas de él fueron difundidas y su representante trató de tapar el asunto con un escándalo sexual con una mina que en su puta vida había conocido. Cuando trató de llamar a Enzo, no le contestó. Le mandó un mensaje y el mendocino le dijo que no le tenía que dar explicaciones, que era su vida y podía hacer lo que quería.
Marcos no quería hacer lo que quería.
Quería volver el tiempo atrás y quedarse un año más en Estudiantes, tener a Enzo con él, no depender de escapadas furtivas en habitaciones de hoteles, no esperar mensajes o llamadas que no podían ser por sus agendas cargadas.
Quería despertarse con Enzo a su lado, con el calor de su cuerpo casi asfixiándolo, desayunar con él antes de ir a entrenar, bailar lentos en la cocina con solo sus bóxers puestos, besar cada lunar en su piel y unir cada peca en su cara como si fuesen constelaciones.
Quería amar a Enzo y que eso fuera suficiente.
Marcos se pasó la mano por la cara y agarró su celular. Abrió su chat con Enzo y se encontró con el último mensaje del mayor: Vení que vamos a ganar todo juntos. Marcos le había mandado emojis riéndose y después de eso no habían usado mucho el chat, porque había terminado en la casa de verano de Enzo, recuperándose de su lesión y teniendo muy buen sexo.
Pensó en llamarlo y contarle directamente la decisión que había tomado. Enzo sabía que había hablado con Gallardo, pero nunca le había dicho que Román lo llamó primero.
Acarició ausentemente el tatuaje de la Copa en su lado derecho y suspiró. Había una marca roja en su piel justo ahí, una que había dejado Enzo hace pocos días. Quizás la última después de lo que tenía planeado hacer.
Marcos soltó un suspiro y empezó a escribir.
Borró mil veces, leyó en voz alta, buscó faltas de ortografía y lo que sonaba medio raro lo terminó descartando. No quería dejar nada afuera, pero tampoco quería decir de más. Su relación con Enzo estaba en la cuerda floja, pero con inclinaciones a recuperar todo lo perdido. Ese mensaje tenía que ser quirúrgico prácticamente.
Enzo, te escribo este mensaje después de firmar mi contrato con Boca. Yo sé lo que eso significa para vos, pero quiero creer que entenderías lo que significa para mí. Hace mucho tiempo me dijiste que todo iba a estar bien y que tenía que enfocarme en mi carrera, eso es lo que hice. Y no hay nada en el mundo que quiera más que ganar todo con vos, pero hay lugares a donde no puedo ir por mucho que quiera seguirte. Volví a casa y no estabas. Vos fuiste a tu casa y yo estaba lejos, viéndote ser feliz y vistiendo los colores que sé que siempre quisiste tatuarte en la piel. Esta vez me toca a mí. Hay algo que nunca te dije y es que habría dejado todo por vos. No quería irme a Rusia y estaba dispuesto a olvidarme de todo para ser ese chico enamorado de vos y nada más. Pero no me animé, porque siempre tuve miedo de perder todo por algo que todos me decían que era un capricho. Jamás vas a ser un capricho, vos sos todo para mí, pero tengo que saber separar lo que siento por vos de mi carrera como profesional.
Marcos paró de escribir y respiró profundamente. Los puños de su remera estaban húmedos con sus lágrimas y por las veces que los había usado para limpiarse la nariz. Veía la pantalla borroneada y sintió que se le cerraba el pecho.
Nunca había hecho algo así. Jamás había sido tan sincero con Enzo, ni siquiera cuando lo había mirado a los ojos y le había dicho que lo amaba mientras se enredaban en cuerpo y alma en las sábanas de una cama. Enzo lo había mirado con los ojos brillantes y la boca entreabierta por los jadeos y se lo había dicho de vuelta. Se sintió desnudo y vulnerable, como si le hubiese entregado un pedazo de su corazón a Enzo.
Y ni así te quedaste por él, dijo una voz en su cabeza. Ni así lo fuiste a buscar. Ni así lo pudiste retener después de besar sus lágrimas en Río, con las medallas de plata entre sus cuerpos y Enzo agotado en tus brazos.
Marcos bloqueó el celular y se tomó un momento antes de seguir escribiendo. Apoyó sus codos en sus muslos y miró el piso mientras contaba hasta diez. Le temblaban las manos y las frotó mutuamente para deshacerse de ese temblor. Su corazón se había acelerado un poco y le costaba respirar.
Apretó los labios y desbloqueó el celular de nuevo. Las palabras siguieron fluyendo.
Yo gané el día que te besé por primera vez. No necesito más que eso. Por eso te pido perdón por no ir con vos al club que tanto amás. Como vos, quiero elegir al club que yo amo. Sé que no te elegí todas las oportunidades que tuve, pero sí en las que pude. Para mí, siempre vas a ser lo más lindo que me dio la vida, el trofeo más importante de toda mi carrera, el único que no cambiaría por nada en el mundo. Por eso no quiero que te enojes por esta decisión que tomé por mí y mi futuro, y que no cambia en nada todo lo que siento por vos. No vamos a volver a ser esos mismos chicos que se enamoraron, pero podemos tratar de ser dos adultos que ni el tiempo ni la distancia pudieron separar.
Marcos tuvo que parar de escribir porque tocaron suavemente la puerta de la oficina. Bloqueó el celular y se lo guardó en un bolsillo, limpiándose la cara con el puño de su remera antes de decir que quien fuera podía pasar. La cabeza de su representante se asomó y Marcos pensó que esa era la última persona que quería ver en ese momento.
La primera y la única era Enzo.
—¿Todo bien? ¿Ya diste la gran noticia? Dale, que tengo preparada tu presentación para las redes y Riquelme no para de ofrecerme mates amargos. Me preparó un mate aparte y todo el loco…
Marcos soltó una risita débil y un poco húmeda. Mates amargos como los de Enzo no existían y nadie se enojaba más que él cuando le ponían azúcar o edulcorante. Marcos era uno de esos.
Cómo extrañaba tomar esos mates, mirar a Enzo cebar sumamente concentrado, acariciar su muslo por abajo de la mesa y escucharlo putear cuando se quemaba sin querer porque lo desconcentraba, con los pómulos enrojecidos y las cejas arrugadas en ese gesto serio que siempre lo desarmaba y lo anclaba en partes iguales.
—Dame un minuto más —dijo Marcos. Su representante pareció dudoso, pero el jugador juntó sus manos en su pecho a modo de súplica—. Uno solo nada más.
El hombre asintió y lo volvió a dejar solo. Marcos volvió a su celular y se mordió el labio cuando se dio cuenta de lo largo que se le había hecho ese mensaje. Tenía que cerrar la idea o Enzo lo iba a mandar a la mierda apenas viera el choclo que le había llegado.
Así que quiero que sepas que del otro lado del mundo, en otro equipo y en cualquier parte, yo gané cuando te elegí a vos. No te enojes, Enzo. Ahora vamos a estar más cerca para retomar donde lo dejamos.
Sin pensarlo dos veces y sin chequear, mandó el mensaje. Se levantó de la silla y siguió con los preparativos de su presentación.
Al final del día, cuando revisó su celular, Enzo no le había respondido.
El hijo de puta le había clavado el visto.
