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Ambientado: Mansión Malfoy, verano antes del tercer año en Hogwarts
El sol apenas traspasaba los ventanales altos de la biblioteca de la Mansión Malfoy, colándose entre las cortinas de terciopelo verde oscuro. El silencio era absoluto, salvo por el crujir de las maderas antiguas y el lejano canto de los pavos reales en los jardines.
Lucius Malfoy, aún con su túnica de corte severo, avanzaba por el pasillo con un ejemplar de Magia Ancestral y Pureza de Linaje bajo el brazo. Había ido a buscar otro tomo para complementar su lectura cuando un olor inusualmente dulce y cálido le detuvo en seco.
Un aroma denso, animal, que no tenía cabida en una biblioteca ancestral.
Frunció el ceño.
Instintivamente, su paso se volvió más silencioso, como el de un cazador.
Y entonces lo vio.
Allí, encorvado en uno de los sillones de cuero, estaba Draco.
Su hijo.
Tenía el rostro enterrado en el respaldo, las piernas dobladas hacia el pecho y el cuerpo temblando. El libro que alguna vez había sostenido —una edición juvenil de Bestias Mágicas Raras del Siglo XIX— yacía en el suelo, abierto de par en par.
Lucius lo llamó, en voz baja pero firme.
—Draco.
El muchacho apenas respondió con un gemido. Su cabello, normalmente peinado con precisión, estaba empapado en sudor, pegado a su frente. Su piel, pálida como la porcelana, mostraba parches de rubor en sus mejillas y cuello.
Lucius se acercó, y entonces lo sintió con claridad: el olor de un Omega en presentación. Un perfume embriagador, inconfundible. La habitación entera parecía impregnada.
—No —murmuró Lucius, más para sí que para el niño—. No puede ser...
La presentación de un Omega no ocurría antes de los quince. Draco apenas tenía trece. Doce, si se contaban los meses con precisión. Una presentación temprana... era peligrosa.
Inestable.
Lucius se arrodilló junto a él. El sillón crujió cuando tocó el hombro de su hijo.
—Draco, mírame. ¿Desde cuándo sientes esto?
El niño gimió, su voz era apenas un hilo roto.
—Me duele... el estómago... y la espalda... Hace horas...
Lucius notó entonces la tensión en el abdomen del niño. La fiebre quemaba a través de su túnica de lino. Y algo más: su cuerpo ya trataba de autorregularse, una respuesta primitiva, biológica. Su organismo había entrado en modo defensivo, tratando de encontrar seguridad. Un nido.
El Alfa se irguió, contenido, el rostro grave. Cualquier otra emoción quedaba enterrada bajo la capa de control que había perfeccionado por años.
—Tu presentación no debía ocurrir todavía —dijo, como si las palabras pudieran revertir lo evidente—. No ahora.
Draco se encogió más, y murmuró con voz temblorosa:
—Lo siento, padre...
Lucius cerró los ojos un instante. No había nada que disculpar.
Era la sangre. La herencia. La maldición.
Con cuidado, lo envolvió en su capa, ignorando cómo el calor corporal de su hijo se intensificaba con el contacto. Cada fibra de su instinto Alfa reaccionaba al estado vulnerable del Omega frente a él, pero Lucius reprimió todo.
No era el momento de ser un Alfa.
Era el momento de ser padre.
—Te llevaré a tus habitaciones. Llamaré a Severus. Necesitamos estabilizar el ciclo antes de que progrese.
Mientras levantaba el cuerpo tembloroso de Draco entre sus brazos, notó cómo el aroma se intensificaba: miedo, dolor... y algo más profundo. Algo que reconoció en sí mismo cuando era joven.
Una sensación de pérdida de control.
Draco apoyó la cabeza contra su pecho, respirando con dificultad.
—¿Me pasará siempre esto...? —preguntó entre jadeos.
Lucius, por primera vez en mucho tiempo, no tuvo una respuesta inmediata.
—No, hijo. Aprenderás a manejarlo. Te enseñaré.
Y mientras avanzaba por los pasillos fríos de la mansión, con su hijo envuelto en su capa y la incertidumbre clavada en el pecho, Lucius Malfoy supo que ese verano sería el comienzo de algo que ni el linaje, ni la sangre pura, ni las viejas reglas, podrían detener.
