Work Text:
El secreto diario del Dr. John H. Watson
1 de septiembre, 1889
Hace tiempo que publiqué por primera vez los acontecimientos del Signo de los Cuatro. Relaté en mi historia que me había mudado del 221B de Baker Street por el motivo de mi casamiento con la señorita Mary Morstan. Nunca me he atrevido a escribir una palabra de lo que estaré por documentar, ni en mis papeles privados era capaz de hacerlo, pero hoy he despertado particularmente irritado, sino un tanto sentimental, y mi corazón arde por dejar la verdad detrás de mis mentiras.
Mi relación con el señor Sherlock Holmes va más allá de lo que he dejado claro al público, como ya he previamente descrito aquí, era una relación cuya naturaleza no era comprendida por nuestra sociedad tan privada de gente como nosotros. Holmes y yo éramos sumamente cercanos, y yo al regresar de mis prácticas como médico era recibido con un cálido saludo lleno de pasión por parte de él. En mis historias yo he pintado a Sherlock como una máquina sin sentimientos, y ciertamente solía sentirme así, pero convivir con él por tanto tiempo ha cambiado mi forma de pensar tan radicalmente que el personaje que he escrito y el hombre con quien vivía no parecían ser la misma persona. Es más, Sherlock Holmes es el hombre más emocionalmente inestable que conozco, y es que ni él es capaz de aguantarse a sí mismo cuando en la rara ocasión su frío corazón le permite sentir. Y sí, esto suele llevarlo a tomar las decisiones más drásticas.
No excepción fue ese día, que desconocía por completo que, por tan sólo haber tomado una siesta en mi estudio de médico, esa relación íntima con Holmes que tenía yo llegaría a su fin temporalmente...
//
—Mi querido Watson, podría imaginar que el trabajo ha sido excepcionalmente duro con usted. — Comentó Holmes apenas entré a casa, me quité el sombrero y el saco, y los coloqué en el perchero.
—Sí, Holmes. Lo ha sido... — Lo miré y en sus ojos observé esa súplica por la pregunta que tanto le fascinaba que yo haga, —¿Cómo supo usted? Dígame.
—Pues ha sido fácil, deduzco yo que se ha quedado dormido antes de llegar aquí. En los extremos de sus labios observo que hay saliva seca de la cual usted no se ha percatado; sus ojos se ven hinchados, signo de recién haber despertado de una siesta; y su voz puedo escucharla un tanto ronca, su siesta ha sido acompañada de ronquidos es la explicación que le doy. Su cachete izquierdo tiene una tonalidad rojiza, por lo cual usted ha descansado encima de la mesa y su frente tiene una línea indicando que la reposó encima de su brazo. También noté que la manga de su saco está húmeda, pues ha estado babeando. Y en ese mismo asuntó, usted se había quedado boca arriba y boquiabierto pues también observo dicha humedad en el lugar donde se ubica su clavícula... — Holmes se notaba muy entretenido en sus deducciones, pero creo yo haber estado tan dentro de mi sueño que la mitad de lo que dijo no había sido de captar, pero igualmente disfrutaba observarlo así de emocionado.
—Usted hace sonar todo tan fácil, empezaría a pensar que cualquiera puede hacerlo.
—Ciertamente. Lo que uno requiere es simplemente observar. La ilusión de la magia detrás de mi arte es hacer que algo que debería ser tan innato como respirar, parezca un rompecabezas imposible de armar. Una vez que tiene la guía, se da cuenta que tal vez no era tan difícil como creía.
—Como sea, estoy contento con verlo después de este arduo día de trabajo. — Mi cuerpo se juntó al suyo, mis brazos lo envolvieron desde la cintura y parece que Holmes soltó una risa nerviosa. Estaba tan rojo como un tomate, algo tan usual de él cuando sentía como si le estuvieran haciendo cosquillas en el corazón. Es ahí cuando, como era de costumbre al llegar a casa, junté mis labios con los suyos. Peor error no pude haber cometido. Su boca tenía el sabor de brandy y tabaco, un sabor imposible de olvidar. Sentía que derretía mientras mi lengua invadía el interior de su boca, un hambre intensa que era imposible de saciar. Holmes me jalaba cada vez más cerca, su forma de besar era tan particular. Es cierto que he besado antes, pero nunca había sentido algo tan fuerte como cuando él habitaba mi boca. Este hombre me dejaba completamente loco... Y loco quedé cuando empecé a sentir algo extraño; algo crujiente...
Holmes me empujó cuando él mismo sintió ese pequeño invasor que interrumpió cruelmente nuestro momento de intimidad. Al despegarse de mi boca, escupió ferozmente hasta que salió un diminuto cuerpo de color negro. Al acercarme, me habría dado cuenta de que aquello que salió de nuestra boca no había sido ni más ni menos que una mosca.
Holmes me miró con una cara de terror, un disgusto extremo se apoderó de su cuerpo y sin decir más, se dirigió a su habitación, violentamente azotando la puerta, dejándome tan sólo con el retumbado en las paredes.
Yo había olvidado del sentido de asco cuando vi la reacción de Holmes, en vez, me quedé con una sensación de culpa. No me costó mucho pensar el cómo es que una mosca llegó a esa situación. "...Usted se había quedado boca arriba y boquiabierto...", recordé las recientes palabras de Holmes y al ver que la sensación de disgusto empezó a recorrer mi cuerpo, comencé a escupir aire por el espacio.
— La puta madre. — Fue lo único que alcancé a decir después de tal incómodo evento.
//
Habrían pasado cuatro horas desde lo ocurrido, Holmes no había salido de su cuarto y no armaba el valor para tocar a su puerta. Siendo sincero, me molestó demasiado su reacción, pues había sido una exageración completamente innecesaria. Eventualmente salió de su cuarto, en su bata de dormir, y se sentó en el sillón opuesto al mío. Recogió la pipa de la mesa y la prendió con un fosforo que tenía en la cajita ubicada en los bolsillos de su ropa.
—Holmes.
Silencio total.
—¡Holmes!
—No puedo seguir así, Watson.
—¿Seguir así cómo?
—Se burla usted de mí. Yo le he entregado mi confianza plena, le he dado toda mi alma y usted decide traicionarme de esa manera. Sabe usted cuanto detesto los insectos, esos bichos pequeños provienen del mismo diablo... Las moscas son las que menos soporto y en el momento que debió de ser tan especial entre nosotros, me ha puesto una en la boca.
—¿Está hablando en serio? Sabía yo que los insectos no eran de sus cosas favoritas, pero para decir que no "puede seguir así" por algo que ni culpa mía ha sido... Eso es totalmente irracional y francamente estúpido.
—No. No lo es. Usted, Watson, ha hecho lo peor que se le puede hacer a un hombre. No puedo continuar viviendo con usted.
—Debe de estar bromeando.
—Me iré, encontraré a otro compañero de apartamento que no sea la causa de yo tragar moscas.
Mi mente no era capaz de comprender la situación, me quedé estupefacto ante sus palabras. Semi boquiabierto, lo miré con cejas fruncidas y mis ojos quedaron pelados de la incredulidad. Ante esto, no sabía qué decir, no sabía cómo actuar. Nunca había creído a mi querido Holmes caer tan bajo como había caído ahora. Comencé a llenarme de furia absoluta, cerré el puño y me levanté del sillón de un saltó.
—¿Sabe qué? Bien. Pero seré yo quien se irá. No lo entiendo en absoluto, y tan sólo quiero que sepa que está siendo un... un imbécil total. ¡No puedo creer que me he involucrado con alguien tan berrinchudo como usted! Es usted un idiota, Holmes.
—Es usted cruel.
—No me importa. Estoy... no lo sé. No podría decirlo. — Es así como me levanté a empacar mis cosas. Sin mirar atrás.
//
Ahí termina lo resaltante de mi extraña experiencia. Esa noche me alojé en un hotel, y al día siguiente conseguí un hogar un poco alejado de Baker Street. Eventualmente Holmes se dio cuenta de que discutir y romper nuestra relación por culpa de una mosca no habrá sido del todo "lógico". Y yo, muriendo por volver con él, quien no quería desechar todo por culpa de algo tan pequeño en primer lugar, y como el inmenso migajero que soy, lo perdoné...
