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El pasillo del edificio estaba silencioso, casi vacío a esa hora. Solo el zumbido lejano del ascensor rompiendo la calma acompañaba a Taki mientras caminaba con una bolsa de supermercado colgando de una mano y el llavero de &TEAM en la otra. Todos los miembros tenían copias de las llaves de los departamentos de los demás; una medida práctica por si alguien olvidaba las suyas o necesitaba entrar en casos de emergencia. La mayoría lo usaba con prudencia, aunque de vez en cuando alguno aparecía en el cuarto de otro para bromear o pedir algo prestado.
Taki, sin embargo, esa noche no lo hacía por diversión. Había estado pensando en K durante días, viéndolo arrastrarse de un horario al siguiente, con los ojos apagados y los hombros siempre tensos. El mayor nunca se quejaba, pero el agotamiento era evidente, y Taki no podía simplemente quedarse mirando. Quizá era una idea ingenua, pero pensó que una cena casera podía ser suficiente para darle al menos un instante de respiro.
Empujó la llave en la cerradura y la puerta cedió con un chasquido. El departamento estaba oscuro, impregnado de ese olor tenue a madera y desodorante ambiental que caracterizaba a K. Taki encendió las luces con cuidado, como si temiera ser sorprendido, aunque sabía que estaba solo.
Dejó la bolsa sobre la encimera de la cocina y miró alrededor. Todo estaba ordenado, demasiado ordenado. K siempre mantenía su espacio impecable, sin rastros de desorden, como si no hubiera tiempo para detenerse a vivir en él. Eso mismo hacía que el gesto de Taki le pareciera más necesario: la calidez de una comida caliente, el ruido de platos sirviéndose, el aroma que se esparce por las habitaciones.
Sacó los ingredientes con movimientos algo torpes: pasta, vegetales, un par de salsas sencillas. No era un chef, ni de cerca, pero había practicado lo suficiente para asegurarse de que el resultado fuera comestible. Mientras picaba las verduras, pensaba en lo cansado que se veía K últimamente, recordando su rostro serio durante los ensayos, las miradas ausentes que a veces dirigía al suelo. Y aunque Taki no se lo decía a nadie, sentía una especie de deber silencioso de hacer algo al respecto, aunque fuera pequeño.
El tiempo pasó rápido entre ollas y cucharas. Cuando por fin colocó los platos en la mesa, se dio cuenta de que había puesto demasiado cuidado en cada detalle: los cubiertos alineados, la bebida fría lista, hasta una servilleta doblada en la esquina. Suspiró, mirando la escena. Tal vez K pensaría que era ridículo. Tal vez ni siquiera lo notaría.
El sonido metálico de la cerradura girando lo hizo enderezarse de golpe. El corazón le dio un vuelco, y se apresuró a acomodar lo que ya estaba bien acomodado, como si de pronto todo le pareciera insuficiente.
La puerta se abrió.
K entró con pasos pesados, las llaves tintineando en su mano antes de dejarlas caer sobre la mesita de la entrada. El cansancio era visible en sus hombros encorvados, en la forma en que se quitó los zapatos sin miramientos. Al alzar la vista, lo primero que vio fue la mesa servida y, detrás de ella, Taki esperándolo con una sonrisa nerviosa.
—Bienvenido… —saludó Taki, casi en un susurro—. Te hice la cena.
Por un instante, K no respondió. Sus ojos recorrieron la mesa, luego al menor, y de vuelta a los platos. Su mandíbula se tensó apenas.
—¿Qué haces aquí? —preguntó con voz áspera.
—Solo… pensé que te gustaría comer algo. Has estado muy ocupado y-
—No te pedí que lo hicieras —lo interrumpió.
Taki bajó los ojos de inmediato, sintiendo el peso de esa frase como si hubiera hecho algo indebido. Aun así, trató de mantener la calma.
—Lo sé. Solo quise ayudarte un poco.
K caminó hasta la mesa y se dejó caer en la silla, sin agradecer, sin suavizar el tono. Tomó el tenedor y empezó a comer con movimientos bruscos. Taki lo observaba desde el otro extremo de la mesa, con las manos entrelazadas, intentando leer algo en el rostro cansado del mayor.
—Está bien —dijo K de pronto, entre bocado y bocado—. Pero podrías haberte limitado a no hacer nada. Hubiera sido mejor.
La frase cayó como un golpe seco. Taki sintió que la garganta se le cerraba. No respondió; simplemente bajó más la cabeza y murmuró un “perdón” apenas audible.
K lo miró de reojo, exhalando un suspiro cargado.
—No se trata de ti. Pero si no sabes qué hacer, mejor no lo hagas. ¿Entiendes?
—Sí —respondió Taki con rapidez, aceptando el regaño sin resistencia.
El ambiente se volvió aún más pesado. Solo el sonido metálico de los cubiertos contra la vajilla rompía el silencio. Taki permanecía quieto, observando cómo K comía, intentando convencerse de que el mal humor no era personal, que el mayor solo estaba agotado. Sin embargo, cada palabra áspera se clavaba más hondo de lo que quería admitir.
K levantó la vista por fin, y sus ojos se encontraron con los de Taki.
—¿Vas a quedarte ahí sentado mirándome? —preguntó con una dureza que lo hizo encogerse en la silla.
—Lo siento. No quería incomodarte —dijo de inmediato, bajando la vista otra vez.
—Entonces siéntate bien y come algo —ordenó, señalando el otro plato con un gesto brusco.
Taki obedeció sin protestar, moviéndose con torpeza hasta tomar el tenedor. El primer bocado le supo extraño, no por el sabor, sino por la tensión que cargaba el aire. Cada movimiento de K era brusco, cada palabra sonaba como una descarga, y, aun así, Taki se aferraba a la idea de que estaba bien, que era normal que K necesitara un lugar donde desahogarse, aunque eso significara soportar el peso de su mal humor.
El menor bajaba la cabeza cada vez que K hacía un comentario seco, cada vez que lo corregía sin razón o lo miraba con impaciencia. No respondía, no se defendía; simplemente aceptaba, como si con eso pudiera aliviar un poco la carga que el mayor llevaba sobre los hombros.
La cena transcurrió entre silencios incómodos, frases cortantes y una sumisión silenciosa que llenaba los espacios vacíos. Y mientras el reloj avanzaba en la pared, Taki comprendía que aquella noche no sería la que había imaginado, pero aun así permanecía allí, convencido de que, incluso en su forma más dura, estar al lado de K valía la pena.
Finalmente, ambos terminaron de cenar, Taki no tenía ni idea de qué hacer con su cuerpo, simplemente esperó alguna señal de Yudai para evitar molestarlo.
—Taki — Llamó su mayor en un tono mucho más relajado que el que había empleado anteriormente.
—Querías hacerme sentir mejor, ¿no es así? — Taki asintió inmediatamente, lo único que anhelaba en ese momento era alegrar a Yudai.
—Entonces, de verdad se útil y acompáñame a mi habitación — No se pronunció ni una sola palabra más y Taki ni siquiera se inmutó ante la petición rara de su mayor, no era la primera vez que alguno de los dos pedía dormir acompañado del otro, después de todo eran muy cercanos, como padre e hijo, sin embargo, la situación en ese instante era distinta. Al llegar a la recamara, Yudai empezó a quitarse el suéter de punto que llevaba, seguido de su camisa, quedando su torso completamente al desnudo, Taki se sonrojó fuertemente y apartó la mirada, provocando al otro una sonrisa divertida.
—Bebé. He estado muy estresado, los últimos meses han sido muy pesados para mí, lo sabes mejor que nadie — El cuerpo atlético del mayor se acerca, el menor se queda paralizado sin saber muy bien que hacer.
—Se buen chico y conviértete en mi fleshlight personal —
—¿Fleshlight?... ¿Qué es eso? —
—Oh, Riki no bromees, ¿nunca te has masturbado o algo así? — Taki dejó caer la mirada, sintiendo cómo el rubor le subía al rostro, en realidad sí se ha masturbado, claro que sí, pero no sabía a qué se refería Yudai con eso.
—¿No me vas a responder? — Alza la voz en un tomo demandante que a cualquiera intimidaría. El menor solo asiente con la cabeza.
— Bueno no quiero darte más explicaciones, simplemente haz lo que te pida, ¿de acuerdo?
—Está bien — En ese momento no quería cuestionar nada, solo esperaba que su sumisión fuese suficiente para que Yudai se calmara.
Yudai se acerca aún más a Taki y agarra firmemente sus muñecas, planta pequeños besos en estas para después dirigir su camino de toques hasta sus mejillas manteniendo el agarre. Los besos ardían en su piel, Taki amaba ese tipo de afecto, y se dejó hacer, Yudai aflojó su agarre y el menor lo aprovechó para alzar sus brazos para apoyarlos en los hombros de su hyung. Jamás pensó en tener ese tipo de encuentros con alguien tan cercano como su otōsan, ¿debería sentirse culpable? en ese momento ni siquiera pensaba. El más alto dio inicio a un beso brusco que Taki no supo llevar, en el proceso hubo mordiscos dolorosos que desconcertó al menor, llevando sus manos al pecho descubierto de Yudai, intentando apartarlo sin éxito alguno. Este pequeño forcejeo molestó al mayor, o eso pareció porque se apartó repentinamente tomando la bastilla de la sudadera de Taki con ambas, jalándola hacía arriba para deshacerse de ella, el menor quedó con el torso ahora desnudo, Yudai no se detuvo, lo jaló hasta el colchón, empujándolo para que cayera sobre este y de inmediato quitó los pantalones deportivos de Taki y sin perder más tiempo también hizo lo mismo con los boxers de este.
—¡K hyung! – El quedar al descubierto tan rápido puso muy nervioso a Taki, la situación se tornaba oscura y empezaba a no gustarle tanto como al principio con los besos.
–No tan rápido por favor... yo... no estoy listo
–Taki, esto no se trata de ti. No me importa si no estas listo, lo vas a hacer y vas a parar cuando esté satisfecho, ¿comprendes? – Los ojos de Taki se aguadaron, ya no aguantaba el tono de Yudai, no estaba a gusto con nada, ya no quería estar ahí. Con movimientos inseguros intentó enderezarse para huir.
Obviamente no lo logró.
No es como si Taki no fuese fuerte, había estado haciendo ejercicio y bastante, pero dado a las condiciones desiguales en que se encontraba le fue imposible detener a su mayor. El temor se veía en sus ojos, no podía forcejear adecuadamente, su cuerpo simplemente se paralizó.
–Taki... No me mires así, solo estoy cansado y te estoy pidiendo un favor – Los ojos de Yudai casi tiernos penetraban su alma un arma, Taki se sintió culpable y relajó su cuerpo, al notar que las cosas ya no estaban tan tensas; Yudai se recostó en la cama y con un movimiento muy hábil agarró de las caderas a su menor y lo sentó en su abdomen. No hubo una reacción aparatosa, simple sumisión de parte de Taki fue lo que pasó.
–Así me gusta. ¿Ves?, ni siquiera usé violencia – El menor hizo una mueca ante el comentario "ni siquiera usé violencia", en parte agradecía que K no lo haya golpeado, pero estaba claro que con todo lo ocurrido su mayor, su hermano, su "papá", la persona en la que más confiaba lo había violentado, tal vez no físicamente, pero lo había hecho.
—¿Por qué no me montas? ¿Qué te parece? Yo simplemente me quedó aquí y te veo, eso sería muy lindo. He visto que has estado entrenando bastante así que tu condición física no sería un problema – Ante este comentario, el mayor aprieta ambos muslos de Taki, masajeando con gran entusiasmo esta zona y haciendo que el menor se estremezca.
—Hyung... Por favor — Las lágrimas salen sin escrúpulos por las mejillas de Taki, su cuerpo se debilita y se apoya contra el pecho de Yudai, hundiendo su rostro ahí, esperando algún tipo de clemencia o arrullo que nunca llegó. En vez de eso, sintió las manos suaves y tibias de su hyung viajar desde su espalda hasta su trasero desnudo, amasando la suave carne, la acción fue de severo disgusto del menor, pero, no se apartó, solo hundió más su cara en el pecho contrario intensificando su llanto. Yudai lo ignoró por completo y siguió con sus caricias bruscas que no eran del agrado de su menor, Taki no sabía porque, pero no se movió de su lugar, no protestó, no gritó y su inercia fue una especie de invitación para que lo que fuese a pasar continuara. Yudai tomó su rostro con ambas manos y le dio otro beso, igual de desordenado y sucio. Ante los ojos del perpetuador Taki se veía completamente sexy, sus ojos hinchados de tanto llorar, sus labios ligeramente rojos y sus preciosos cachetes que tanto amaba amasar, no se resistió y en un acto casi obsceno, su hyung empezó a lamer cada lagrima de sus mejillas, deteniéndose a veces a morder un poco de esas zonas, tan fuerte como para dejar pequeñas marcas que en unos momentos se convertirán en manchas moradas. Yudai detuvo sus acciones y dijo en un tono que sonaba casi desesperado "Móntame. Móntame Taki", el mencionado quedó helado, no se movió hasta que el mayor se acostó por completo en la cama, empujó a su menor para que quedará justo arriba de su erección creciente.
–Adelante. Quita mis pantalones y comienza — Yudai movía ligeramente sus caderas para sentir esa deliciosa fricción que hacía con el cuerpo que se encontraba arriba de él.
Taki seguía paralizado, con las manos temblando sobre el pecho de Yudai, sintiendo el calor de su piel y el latido acelerado bajo sus palmas. Las lágrimas seguían rodando por sus mejillas, calientes y silenciosas. El aire en la habitación se sentía espeso, cargado de ese olor a sudor fresco y al desodorante que K siempre usaba, ahora mezclado con algo más crudo, más angustiante.
—Vamos, bebé —murmuró Yudai, su voz ronca y baja, con un filo de impaciencia que cortaba el silencio. Sus manos volvieron a subir por los muslos de Taki, apretando con fuerza, marcando la piel suave con dedos que se hundían como si quisieran dañarla—. No me hagas esperar. Sé que puedes hacerlo. Quieres hacer esto, ¿no? ser útil.
Taki tragó saliva, el nudo en su garganta dolía. Quería decir que no, que esto no era lo que había imaginado cuando entró con la bolsa de supermercado, que solo quería ver una sonrisa en el rostro agotado de su hyung. Pero las palabras se atascaban, ahogadas por el miedo y por esa culpa extraña que Yudai había plantado en él: “solo estoy cansado, te estoy pidiendo un favor”. Como si negarse fuera traicionar esa confianza de hermanos, de padre e hijo que siempre habían compartido.
Con movimientos lentos, casi inconscientes, Taki se bajó de la entrepierna de su mayor, sus manos se dirigieron hasta la cintura de los pantalones de Yudai. Sus dedos rozaron el botón, desabrochándolo con un clic que resonó demasiado fuerte en la habitación. El mayor exhaló un suspiro satisfecho, arqueando ligeramente las caderas para facilitar el camino. Taki tiró hacia abajo, revelando los boxers ajustados, y luego esos también, liberando la erección dura y caliente que palpitaba contra su vientre.
Yudai soltó una risa baja, divertida, al ver cómo Taki apartaba la mirada de inmediato, las mejillas ardiendo de vergüenza.
—Míralo, Riki. Es por ti. Todo esto es porque has sido tan dulce conmigo esta noche —dijo, agarrando la mano de Taki y guiándola hacia abajo, envolviéndola alrededor de su longitud. El menor se tensó, sintiendo el calor pulsante, la piel suave y venosa bajo sus dedos. Intentó retirar la mano, pero Yudai la apretó más, obligándolo a moverla en un ritmo torpe, arriba y abajo.
—Así... buen chico. Aprieta un poco más. Siente cómo te necesita —susurró Yudai, cerrando los ojos por un momento, su cabeza echándose hacia atrás contra la almohada. El placer en su voz era innegable, un contraste cruel con el temblor en el cuerpo de Taki.
El menor obedeció, bombeando con lentitud, cada caricia enviando ondas de náuseas y confusión a su estómago. Lágrimas frescas siguieron brotaron, pero no dijo nada. Solo dejó que Yudai guiara su mano, que sus caderas se movieran al compás, buscando más fricción.
Después de unos minutos que parecieron eternos, Yudai abrió los ojos, brillantes y depredadores. Soltó la mano de Taki y la empujó hacia arriba, posicionándolo de nuevo a horcajadas sobre su abdomen.
—Ahora. Quiero que lo montes de verdad —ordenó, escupiendo en su propia palma y bajándola para lubricar su erección con movimientos rápidos y obscenos. Taki observó horrorizado, el sonido húmedo llenando la habitación como un eco sucio.
—Hyung... me va a doler—susurró Taki por fin, su voz quebrada, apenas un hilo. Intentó retroceder, pero las manos de Yudai en sus caderas lo mantuvieron fijo, clavándolo en el lugar.
—Shh. Relájate. Si estás tenso, será peor para ti —respondió Yudai, ignorando el ruego. Con una mano, guio la punta hacia la entrada de Taki, presionando contra la resistencia virgen. El menor jadeó, un sollozo escapando de sus labios mientras sentía la intrusión inicial, ardiente y abrumadora debido a la poca lubricación.
Yudai empujó hacia arriba con un gruñido, hundiendo la cabeza en él. Taki gritó, un sonido ahogado y roto, sus uñas clavándose en los brazos del mayor. Dolía, un fuego que se extendía desde su interior, rasgando todo a su paso. Intentó levantarse, pero Yudai lo bajó de golpe, empalándose más profundo.
—Joder, estás tan apretado... perfecto —gimió Yudai, sus ojos entrecerrados de placer puro. Empezó a mover las caderas, tomando firmemente las caderas de su menor, embistiendo con fuerza, cada embestida enviando ondas de dolor y humillación a través de Taki.
El menor aumentó su llanto, el rostro hundido en el cuello de Yudai, mordiéndose los labios para no gritar más. Sus manos arañaban los hombros del mayor, por desesperación, dejando marcas rojas que Yudai ignoraba. El ritmo se aceleraba, los sonidos húmedos y chocantes llenando la habitación: piel contra piel, gemidos roncos de Yudai, sollozos entrecortados de Taki.
—Muévete conmigo, bebé. Hazlo bien —ordenó Yudai entre jadeos, una mano subiendo para enredarse en el cabello de Taki y tirar de él hacia atrás, exponiendo su cuello. Mordió allí con fuerza, dejando una marca, lamiendo la sal de las lágrimas y el sudor.
Taki obedeció lo mejor que pudo, balanceándose patéticamente, cada movimiento un tormento que lo hacía sentir roto por dentro. Sentía la sangre, el estiramiento brutal, pero no paraba. No podía. Porque si lo hacía, ¿qué quedaría de esa conexión que tanto valoraba? Se convencía a sí mismo, entre el dolor, que esto era ayudar, que era amor en su forma más cruda.
Yudai aceleró, sus embestidas volviéndose erráticas, gruñendo palabras sucias al oído de Taki: "Mi fleshlight perfecto... tan obediente...".
Cada palabra se clavaba en la mente del menor junto con el dolor que le partía el cuerpo. Taki ya no sabía si lloraba por el ardor que le subía desde el interior o por el miedo que crecía por su hyung. Sus muslos temblaban sin control; el sudor le resbalaba por la espalda y se mezclaba con la humedad que goteaba entre sus piernas. Intentaba seguir el ritmo, moviéndose hacia arriba y abajo como le habían ordenado, pero sus rodillas cedían, los músculos se le aflojaban y volvían a tensarse en espasmos dolorosos.
—Más rápido, Riki —jadeó Yudai, clavándole los dedos en las caderas hasta dejarle medias lunas moradas—. No pares.
Taki apretó los dientes y cedió. Subía, bajaba, subía otra vez; cada movimiento le arrancaba un gemido roto que se ahogaba contra el hombro del mayor. El roce constante contra su próstata era una tortura lenta: al principio solo dolía, luego empezó a confundirse con un cosquilleo traicionero que le hacía arquear la espalda sin querer. Intentó ignorarlo, pensar en lo asqueroso de la situación, concentrarse en otra cosa —el olor a madera del cuarto, el tic-tac del reloj—, pero su cuerpo no le obedecía.
Yudai no se detenía. Sus caderas golpeaban hacia arriba con una fuerza que parecía no tener fin, como si el agotamiento de semanas enteras se descargara en cada embestida. El sonido húmedo y obsceno llenaba la habitación, mezclado con los jadeos roncos del mayor y los sollozos entrecortados de Taki.
—Hyung… ya no… puedo… —suplicó Taki con la voz rota, apenas un hilo. Sus manos cedían sobre los hombros del mayor; solo el firme sostén de Yudai en sus caderas impedía que se derrumbara por completo.
—Shh. Aguanta un poco más, bebé. Ya casi —mintió Yudai.
Los minutos se estiraron como horas. Taki sentía que se deshacía: sus piernas no le daban para más, la cintura le dolía, y ese calor traicionero en su bajo vientre crecía sin permiso. Intentó apretar los muslos para detenerlo, pero solo consiguió que la fricción fuera más intensa. Un gemido agudo se le escapó, vergonzoso, y su cuerpo se tensó de golpe.
—No… no, por favor… —susurró, pero ya era tarde.
Un orgasmo húmedo y humillante lo atravesó como un rayo. No se había tocado ni una sola vez, y aun así su miembro se contrajo, derramando unas gotas claras sobre el abdomen de Yudai. Taki se mordió el labio hasta saborear sangre, lágrimas de vergüenza caían por sus mejillas enrojecidas. Quería desaparecer, que la cama se lo tragara entero.
Yudai ni siquiera se inmutó. Siguió moviéndose, usando el cuerpo laxo de Taki como si fuese un muñeco de trapo. Lo levantó por las caderas y lo dejó caer una y otra vez, controlando el ritmo con manos firmes.
—Que lindo, corriéndote sin siquiera tocarte—susurró contra su oreja, burlándose de él, lamiendo una lágrima que rodaba por la mejilla del menor—. Mi juguete favorito.
Taki ya no respondía. Su cabeza daba vueltas. Los ojos se le nublaban; veía puntitos negros danzando en los bordes de su visión. Cada embestida era un martillo contra su interior sensible, demasiado sensible después del orgasmo forzado.
—Hyung… me… duele… —logró articular, pero la voz se le quebró en un sollozo.
Yudai gruñó, acelerando aún más. Sus dedos se clavaron en la carne de las nalgas de Taki, separándolas para hundirse más profundo.
—Solo un poco más… joder, estás tan apretado…
El mundo se volvió borroso. Taki sintió que se hundía en un pozo negro; el dolor, el cansancio, la vergüenza, todo se mezclaba en una marea que lo arrastraba. Su cuerpo se aflojó por completo.
Yudai notó el cambio, pero no se detuvo. Siguió usándolo, levantándolo y dejándolo caer con movimientos severos, gruñendo palabras sucias que ya no llegaban a oídos de Taki.
—Así… así… mío…
Un último empujón brutal, un rugido bajo, y Yudai se derramó dentro de él con un espasmo violento. El calor pegajoso llenó a Taki hasta desbordarse, goteando por todas las sábanas.
Solo entonces Yudai se detuvo un momento. Respiraba agitado, el pecho subiendo y bajando con fuerza. Bajó la mirada y vio el cuerpo inerte de Taki desplomado sobre él, la cabeza ladeada, los labios entreabiertos, los ojos cerrados.
—¿Riki? —llamó, dándole un leve sacudón.
No hubo respuesta.
Taki se había desmayado, el cuerpo inerte como una muñeca rota, el rostro pálido y surcado de lágrimas secas que se habían secado en surcos salados sobre sus mejillas. Su respiración era superficial, apenas un hilo de aire que entraba y salía de sus labios entreabiertos, hinchados por los besos bruscos y los mordiscos que Yudai le había dejado como marcas de posesión. El sudor perlaba su frente, pegando mechones de cabello oscuro a la piel, y su pecho subía y bajaba en espasmos irregulares, como si incluso en la inconsciencia su cuerpo luchara por procesar el agotamiento y el dolor que lo había sobrepasado. Las piernas seguían abiertas sobre Yudai, los muslos temblando con contracciones involuntarias, y entre ellos, el semen goteaba lento y pegajoso, mezclándose con rastros de sangre rosada que manchaban la tela blanca. El aire de la habitación estaba cargado de un olor denso y animal: sudor salado, fluidos corporales, el aroma metálico de la excitación forzada y el desodorante de Yudai que ya se había desvanecido bajo capas de transpiración cruda.
Yudai soltó una risa baja, casi tierna, un sonido gutural que vibró en su pecho mientras observaba el cuerpo inerte de Taki en su pecho con una mezcla de satisfacción y hambre insaciable. Yudai cambia la posición, con cuidado para no salir de ese cálido interior, baja el cuerpo inerte sobre él, quedando ahora encima, entre las piernas de su menor. Sus ojos recorrieron cada detalle: las marcas moradas que había dejado en los pezones endurecidos, los chupetones que florecían como flores oscuras en el cuello y los hombros, las huellas de sus dedos impresas en las caderas delgadas como recordatorios de su control. El miembro de Taki, aún semierecto, reposaba contra su vientre, brillante con las gotas blancas que había derramado. Yudai se lamió los labios, sintiendo cómo su propia erección volvía a endurecerse dentro del calor apretado de Taki, donde aún estaba enterrado hasta la base, envuelto en esa carne suave y sensible que se contraía débilmente alrededor de él en espasmos residuales.
—Buen chico —murmuró, besando su frente sudorosa con una ternura fingida que contrastaba con la brutalidad de lo que había hecho. Sus labios se demoraron allí, saboreando la sal del sudor y las lágrimas, antes de bajar por la sien, lamiendo el camino hasta la oreja donde mordisqueó el lóbulo con dientes suaves. Taki no reaccionó; su cabeza ladeó inerte hacia un lado, el cabello esparcido sobre la almohada como un halo oscuro. Yudai exhaló un suspiro caliente contra su piel, una mano grande deslizándose por el torso del menor, trazando los músculos tensos del abdomen que aún se contraían en ondas débiles, bajando hasta el pubis donde sus dedos juguetearon con el vello suave y húmedo.
No podía detenerse. El cuerpo de Taki, tan dócil en su inconsciencia, era una invitación irresistible, un lienzo perfecto para su propio desquite. Yudai se volvió a mover, despacio, retirándose casi por completo solo para hundirse de nuevo con un empuje profundo y controlado, sintiendo cómo las paredes internas de Taki se estiraban alrededor de él, aún lubricadas por su semen anterior y el sudor que facilitaba el deslizamiento. El sonido era obsceno: un chapoteo húmedo y viscoso que resonaba en la habitación silenciosa, acompañado por el crujido de la cama bajo su peso. Yudai gruñó bajo, las caderas rodando en círculos lentos, presionando contra la próstata sensible para provocar contracciones involuntarias que apretaban su longitud como un puño caliente y aterciopelado.
Aceleró el ritmo, una mano sujetando la cadera de Taki para levantarla ligeramente, posicionando el cuerpo inerte para penetrar más profundo. El cuerpo del menor oscilaba bajo el empuje de cada embestida. Yudai inclinó la cabeza para capturar un pezón con la boca, succionando con fuerza mientras sus caderas chocaban contra las nalgas de Taki, el impacto enviando ondas de carne temblorosa. El sudor fresco brotaba de su propio cuerpo, goteando sobre el pecho de Taki, mezclándose con el suyo. Mordió el pezón hasta dejar una marca roja, lamiendo para calmar el dolor imaginario, y sintió cómo su clímax se acercaba de nuevo, un calor apretado en sus bolas que lo hizo jadear. Se derramó dentro por segunda vez con un gemido ronco, el semen caliente inundando el interior ya rebosante, desbordándose por los bordes y manchando más las sábanas en charcos pegajosos.
Pero no era suficiente. Yudai se retiró para girar el cuerpo de Taki boca abajo, acomodándolo sobre el estómago con las piernas abiertas, las nalgas expuestas y enrojecidas por los impactos previos. El menor murmuró algo incoherente en su inconciencia, un sonido débil y gutural que podría haber sido un sollozo, pero no despertó. Yudai se posicionó de nuevo, presionando la punta contra la entrada hinchada y sensible. Empujó con fuerza esta vez, hundiendo de un solo movimiento que hizo que el cuerpo de Taki se arqueara involuntariamente, un gemido ahogado escapando de sus labios inconscientes.
Yudai gruñó de un placer oscuro, las manos clavándose reposicionándose en las caderas para mantenerlo fijo mientras embestía con un ritmo brutal, la cama volviendo a golpear contra la pared en un tamborileo constante.
El agotamiento empezaba a pesar en sus músculos, pero el placer era adictivo, el calor apretado y resbaladizo que lo succionaba con cada retirada. Movió una mano para masajear las nalgas de Taki, separándolas para ver cómo su miembro entraba y salía, cubierto de una mezcla blanca y cremosa que goteaba por los muslos del menor. La vista obscena lo hizo jadear. Sus caderas se movían en un vaivén hipnótico, cada embestida más profunda que la anterior, rozando puntos que hacían que el cuerpo inerte de Taki se contrajera en espasmos, como si incluso desmayado respondiera a la invasión. Yudai suspiraba palabras sucias contra su oreja: "Mi fleshlight perfecto... tan apretado incluso dormido... mío, todo mío". El clímax lo golpeó como una ola, derramándose por tercera vez con un rugido bajo, el semen caliente llenando hasta el límite, rebosando en chorros que humedecían otra vez las sábanas.
Taki empezó a removerse entonces, un gemido confuso escapando de su garganta mientras la conciencia regresaba en fragmentos dolorosos. Sus ojos se abrieron apenas, nublados por el agotamiento y el terror, y lo primero que sintió fue el peso aplastante de Yudai sobre su espalda, la erección aún dura y pulsante dentro de él, moviéndose con embestidas lentas y deliberadas. El dolor era abrasador, un fuego que se extendía desde su interior hinchado, mezclado con la humedad pegajosa que lo llenaba. Intentó gritar, pero solo salió un sollozo roto, sus manos arañando débilmente las sábanas en un intento de huir. El terror era irracional, un pánico primal que le cerraba la garganta: Yudai no había parado, lo había usado como un objeto incluso desmayado, y ahora seguía allí, dentro de él, gruñendo de placer mientras sus caderas rodaban en círculos tortuosos.
—Hyung... no... para... —susurró Taki, la voz quebrada y apenas audible, lágrimas frescas brotando de sus ojos hinchados. Intentó moverse a un lado, pero su cuerpo estaba demasiado débil, los músculos lazos por el desmayo y el abuso prolongado. Yudai solo rio bajo, una mano enredándose en su cabello para tirar su cabeza hacia atrás, exponiendo el cuello donde mordió con fuerza.
—Shh, bebé... solo uno más... te sientes tan bien así, despertando alrededor de mí —murmuró Yudai, acelerando el ritmo, sus embestidas volviéndose erráticas y salvajes una vez más. El cuerpo de Taki se mecía con cada impacto, el dolor intensificándose con cada roce contra su próstata sensible y maltratada. Sollozos ahogados llenando la habitación mientras Yudai lo usaba sin piedad, una mano bajando para golpear sus nalgas, la otra manteniendo su cabeza inmovilizada.
Yudai se tensó, sus músculos temblando por el esfuerzo acumulado, pero el placer lo impulsaba. Embistió con sus últimas fuerzas, gruñendo al oído de Taki: "Toma todo... todo... Riki". El clímax lo atravesó como un rayo, derramándose por cuarta vez en chorros calientes y abundantes que inundaron el interior ya desbordado de Taki, el exceso goteando por sus muslos en riachuelos pegajosos. Taki gritó débilmente, el miedo y el agotamiento sobrepasándolo de nuevo; sus ojos se nublaron, el mundo girando en negro mientras su cuerpo colapsaba una vez más, desmayándose bajo el peso de Yudai.
Yudai se retiró finalmente, jadeando agotado, el semen derramándose en un charco sobre las sábanas. Acomodó el cuerpo desmayado de Taki con cuidado, cubriéndolo con la sábana manchada, besando su frente una vez más antes de desplomarse a su lado, el pecho subiendo y bajando en respiraciones pesadas.
La habitación quedó en silencio.
