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—¿Esto es lo que querías, Pedro?
La voz de Guillermo salió ronca, entrecortada por el esfuerzo, mientras empujaba más profundo, sintiendo cómo el cuerpo de Pedro se abría para él.
Guillermo estaba encima, con las manos firmes en los muslos de Pedro, manteniéndolos separados. La cama crujía bajo ellos, el aire cargado de fiebre y deseo reprimido durante años.
Pedro estaba boca arriba, las sábanas revueltas alrededor de sus caderas, el pecho subiendo y bajando en jadeos irregulares. Sus manos cubrían su boca, los dedos temblando contra los labios para ahogar los gemidos que se escapaban inevitablemente.
El celular con el que había estado hablando con Camila hace solo unos minutos estaba olvidado en la mesita de luz, la pantalla aún encendida con su contacto.
Los ojos de Pedro estaban desorbitados, vidriosos por el placer que lo invadía en oleadas. Lágrimas se le acumulaban en las comisuras, no de dolor, sino de esa sobrecarga que lo hacía sentir vivo por primera vez en mucho tiempo.
Guillermo no podía apartar la mirada. El rostro de su socio —ahora amante— contorsionado en éxtasis puro, la piel pálida por la fiebre pero sonrojada en las mejillas, el cuello, el pecho.
Estaba decidido a hacerle sentir todo: las noches de insomnio imaginando esto, las miradas robadas en el estudio, el deseo desatado por la confesión de la noche anterior que lo había cambiado todo. Cada embestida era una declaración intensa, posesiva, liberando años de ganas contenidas.
Pedro se arqueó, las caderas levantándose instintivamente para recibirlo más hondo. Sus manos se apretaron más contra su boca, mordiendo la palma para silenciar un grito que amenazaba con romper el silencio de la casa.
Guillermo sintió el pulso de Pedro alrededor de él, apretado, caliente, invitándolo a no parar. No los separaba nada, ni siquiera el condón que había olvidado usar, solo el lubricante improvisado, el sudor de sus cuerpos que parecía impregnarles la piel y la urgencia cruda que los consumía.
—Mirame —ordenó Guillermo, una mano soltando un muslo para tomar la muñeca de Pedro y apartarla de su boca. Quería oírlo, quería verlo deshacerse—. Decime que sí, que esto es lo que querías.
Pedro jadeó, los labios entreabiertos, un gemido ronco escapando al fin. —Sí... Dios, Guillermo... sí…
Guillermo lo sujetó con firmeza, sus ojos brillando con deseo. Sus manos abrieron aún más las piernas de Pedro, empujando los muslos hacia el pecho hasta que el ángulo fue brutal, perfecto, imposible de ignorar.
La penetración se volvió más profunda, cada embestida golpeando ese punto que hacía que Pedro se retorciera, que su espalda se arqueara en un arco tenso y desesperado. Guillermo estaba ciego a todo lo que no fuera cogerse a Pedro, como queriendo dar un mensaje, grabar en su carne que esto es suyo, esto siempre fue suyo.
Enfocado en darle el mayor placer posible, atrapó las manos de su joven socio cuando este intentó cubrirse la boca nuevamente para ahogar sus gemidos, inmovilizándolas sobre su cabeza con una sola mano. La otra mano se hundió en la cadera de Pedro, clavándose en la carne, guiando el ritmo con una urgencia casi animal.
Ahora no había nada que evitara que los gemidos de Pedro llenaran la habitación, crudos, rotos, cada uno más alto que el anterior, mezclándose con el sonido húmedo y obsceno de sus cuerpos chocando.
—Decí mi nombre —ordenó Guillermo, la voz baja, peligrosa, mientras empujaba más fuerte, más rápido, sintiendo cómo Pedro se contraía alrededor de él, cómo su cuerpo suplicaba por más aunque ya estuviera al borde del colapso—. Quiero que lo recuerdes bien cuando llegue tu mujer a hacerte de comer y tengas que fingir que sos el marido perfecto.
—¡Guillermo…! —El grito salió desgarrado, desesperado, cuando Guillermo giró las caderas en un ángulo nuevo, rozando ese lugar dentro de Pedro que lo hizo temblar violentamente.
Sus piernas se abrieron más por instinto, los talones clavándose en la espalda de Guillermo, invitándolo a no parar, a no tener piedad. El mayor bajó la cabeza, lamió el sudor del cuello de Pedro y mordió el lóbulo de su oreja.
Y con eso, Pedro se dejó llevar. Sus manos forcejearon débilmente contra la sujeción de Guillermo, no para escapar, sino para tocarlo, para aferrarse a algo mientras el placer lo partía en dos. Sus ojos se encontraron con los de Guillermo, vidriosos, suplicantes, y en ese instante ambos supieron que no había vuelta atrás.
Guillermo aceleró, embistiendo con fuerza, el sonido de piel contra piel llenando la habitación. Pedro, que ya se encontraba cerca del final, se tensó primero, el cuerpo convulsionando bajo Guillermo. Sus ojos se cerraron con fuerza, un grito ahogado saliendo de su garganta mientras alcanzaba su orgasmo entre ellos, caliente y abundante sobre su propio estómago.
Guillermo lo siguió segundos después, llegando hasta el fondo del otro abogado, gimiendo su nombre contra su cuello mientras lo llenaba de semen, pulso tras pulso, marcándolo de la única forma que siempre había deseado.
Cuando terminaron, se quedaron así, entrelazados, sus respiraciones pesadas sincronizándose y el mundo exterior olvidado por un instante.
