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Si uno fuera a escuchar a Usopp, la forma en que Zoro y Sanji se conocieron fue más o menos así:
Es temprano por la mañana, el sol naciente pinta el mundo de un rosa suave y tierno. Una fina capa blanca de nieve ha caído, formando un manto prístino e intacto. Alguien está caminando por la calle, sus orbes azul celeste–
(—¿Orbes azul celeste?
—¡Shh! ¡Solo déjame contar la historia!)
–brillando a la luz del amanecer. Mientras el sol se asoma por el horizonte, el mundo contiene la respiración a la espera cuando alguien aparece tras la esquina. Inmediatamente, ambos se sienten atraídos el uno por el otro. Incapaz de apartar la mirada del rubio, el recién llegado extiende la mano. En el momento en que se tocan, saltan chispas, y el resto es historia.
En opinión de Zoro, nadie debería escuchar a Usopp.
La forma en que se conocen va más o menos así:
Zoro se despierta una mañana de octubre y se da cuenta de que ha nevado durante la noche. Pasa aproximadamente veinte minutos mirando por la ventana con absoluta incredulidad, y otros diez segundos para decidir que es demasiado temprano para esta mierda y darse la vuelta para volver a dormirse, de espaldas a la ventana. Quizás si finge no haberla visto, la nieve habrá desaparecido para cuando se despierte.
Esta lógica, por desgracia, no funciona, y cuando Zoro vuelve a despertar, horas más tarde, cuando el sol está bajo en el horizonte y las sombras son largas, el mundo sigue estando decepcionantemente blanco.
Procedente de un lugar donde rara vez nevaba, y mucho menos en pleno octubre, Zoro opina que se acaba de mudar a un hoyo infernal sin darse cuenta. ¿Necesita una chaqueta más abrigada? ¿Tendrá las botas adecuadas? ¿Debería siquiera salir a la calle?
Zoro entrecierra los ojos ante la irritante ráfaga de nieve cegadora. Tal vez debería haber escuchado a Nami cuando esta le dijo que necesitaría algo más abrigado que una sudadera con capucha. No es que fuera a admitir eso jamás en voz alta.
Zoro siente la tentación de volver a dormir, posiblemente durante los próximos meses, pero su estómago ruge ruidosamente, protestando contra su intento de hibernación. A través de su mente aún adormilada, Zoro logra recordar que la comida es realmente importante para sobrevivir y que, oh, mierda, su nevera está completamente vacía.
—Oh, mierda —dice él, porque realmente merece la pena decirlo en voz alta.
En serio que no quiere ir al supermercado y abastecer su nevera, pero tampoco quiere comer fuera porque está completamente quebrado. Cuando compartían piso, Nami solía encargarse de las finanzas, pero ahora él vive solo y la obsesión de su amiga por los ahorros por fin empieza a tener sentido.
Agarrando su ropa más abrigada – una sudadera con cremallera y vellón polar, pero en serio, probablemente se morirá si no compra algo más abrigado si ya hace tanto frío en octubre – su billetera tristemente ligera, y sus llaves, Zoro sale del complejo de apartamentos.
El frío ya se hace evidente incluso antes de dar un paso afuera, y Zoro tiene que hacer una pausa antes de abrir la puerta para reunir fuerzas. Uno de los vecinos de enfrente le lanza una mirada extraña. Zoro lo ignora.
Armándose de valor, Zoro empuja la puerta, entrecerrando los ojos ante el resplandor de la nieve y la bofetada de aire frío en su rostro. Y entonces, como si el día estuviera empeñado en cagarle la existencia, en cuanto sale al exterior, Zoro resbala inmediatamente sobre una capa oculta de hielo, y se tambalea a la vista de todos antes de intentar estabilizarse.
Esta es la parte que Usopp acierta. Más o menos.
Zoro extiende los brazos para estabilizarse en el momento en que alguien pasa a su lado. Este transeúnte resulta ser también el único objeto estable al alcance de Zoro cuando este sale de su edificio y resbala en el hielo, con los brazos girando en una parodia caricaturesca decidida a hacer que Zoro parezca lo más estúpido posible.
En resumen, Zoro termina, de alguna manera, dándole un puñetazo en la cara al tipo.
En la fracción de segundo en que sus miradas se cruzan, Zoro nota varias cosas: el tipo al que está a punto de golpear inadvertidamente tiene un aire cansado y agobiado, evidente en la postura encorvada de su espalda y en los mechones de pelo que parecen haber sido jalados con fuerza durante todo el día, erizados en su cabeza como una corona de estrés de color amarillo brillante. Las ojeras casi azuladas que tiene dan la impresión de que se levantó de la cama al amanecer y se vio obligado a volver a casa temprano por primera vez y, a juzgar por su ceño fruncido y confundido, no sabe muy bien qué hacer consigo mismo ahora que tiene tiempo libre. Sus brazos también están cargados de bolsas de compras, una de las cuales contiene una docena de huevos muy frágiles.
Los ojos del tipo se amplían desmesuradamente cuando el puño de Zoro cae directo en el centro de su cara, su expresión aflojándose tanto por el shock que el cigarrillo se le cae de la boca.
Oh, mierda, piensa Zoro.
El rubio estresado apenas alcanza a articular un "¡¿Qué carajos?!" antes de que las bolsas salgan volando. El tipo se equilibra a la perfección para atrapar los huevos antes de que caigan sobre el hormigón resbaladizo por el hielo, pero termina con el trasero firmemente plantado en el montón de nieve fría e implacable. La bufanda que llevaba alrededor del cuello se aflojó al caer, quedando colgando de forma extraña sobre su pecho. Tiene la nariz roja, probablemente ardiendo por el frío y por, ya saben, el puñetazo de Zoro en su cara, y el tipo le lanza al otro la mirada más cruel y homicida que puede. Seguramente habría sido más efectiva si Zoro no hubiera podido ver las lágrimas que le picaban en el rabillo del ojo.
Pues, carajo.
—¡¿Pero qué mierda, cabrón?! ¡Podrías haber roto los huevos! —dice el tipo en el suelo, parpadeando furiosamente por el dolor. La voz de este se quiebra al final y, mierda, Zoro de hecho se siente un poco mal.
Zoro, milagrosamente aún de pie, se le queda mirando. Está a punto de disculparse, pero lo que sale de su boca en lugar de eso es—: Deberías fijarte por dónde vas, imbécil.
Nami siempre decía que él era un idiota.
El tipo lo mira con los ojos entrecerrados para después abalanzarse hacia adelante y hacerle una zancadilla a Zoro.
—Que te den —dice el tipo con sentimiento. Este se levanta con cuidado, sacudiéndose la nieve del trasero mientras equilibra con delicadeza el cartón de huevos en el hueco de su brazo.
Zoro, tumbado boca arriba sobre el hielo y rodeado de un montón de bolsas, lo mira con el ceño fruncido. Los pocos peatones que hay alrededor les dan un amplio rodeo, algunos de ellos lanzando miradas extrañas a Zoro y al tipo al que acaba de golpear, pero la mayoría los ignora.
Zoro, en un arrebato de mezquindad o estupidez, o ambas cosas, dice desde el suelo—: Pues que te den a ti y a tus huevos.
El tipo emite un sonido de indignación, arrugando la nariz antes de hacer una mueca de dolor. Eso casi hace que Zoro quiera sonreír. Pero entonces el tipo lo mira con furia y comienza a recoger sus bolsas, totalmente decidido a ignorar a Zoro y seguir su camino, girándose ligeramente para frotarse la nariz con cuidado.
Zoro se incorpora tan rápido que resbala un poco sobre el hielo.
—¡Espera! Eh, ¿necesitas ayuda con eso? —dice él, señalando las bolsas. Se despega con cuidado del hielo y logra ponerse de pie por sí mismo sin golpear a otra persona. Zoro se siente inexplicablemente orgulloso de este logro; a veces simplemente hay que aceptar una victoria, por más pequeña que sea.
El tipo lo mira con los ojos entrecerrados, con sospecha reflejada en cada arruga de su frente. El silencio se prolonga lo suficiente como para que Zoro piense que el tipo está a punto de decirle que no y posiblemente lanzarle un huevo, pero en vez de eso, el peliverde encuentra dos bolsas extendidas hacia su cara. El tipo se queda con la que contiene los huevos.
—No te confío los huevos, pero ya que estás, podrías hacer algo útil —dice este, como si de alguna manera estuviera leyendo la mente de Zoro.
—Tch. Bastardo desagradecido —murmura Zoro, pero de todos modos toma las bolsas, casi arrebatándoselas de las manos al tipo.
Este suelta un graznido, con su nido de pelo rubio y estresado erizándose aún más como un pollo con las cerdas desencajadas. Es – que Dios ayude a Zoro por siquiera pensar esto – adorable.
Zoro necesita urgentemente descubrir su nombre, porque "Rubio Estresado Y Un Desastre Atractivo" es lo mejor que se le ha ocurrido hasta ahora y cree que podría recibir una patada en los testículos si alguna vez lo dijera en voz alta.
—¡Tú me golpeaste en la cara! —grita el tipo, gesticulando frenéticamente hacia su cara. Su nariz se ha puesto roja de ira, y otro rizo de pelo se le ha soltado de la cabeza—. ¡Deberías estar jodidamente agradecido de que siquiera te permita tocar mis preciadas compras!
—¡Fue un accidente! —protesta Zoro a falta de una mejor expresión. El tipo se cruza de brazos y le dirige una mirada de desaprobación. Zoro ha visto esa mirada por parte de Nami demasiadas veces como para que le afecte.
—Sí, de acuerdo, cabrón fotosintético — dice el tipo de manera sarcástica—. Seguro que te dan puñetazos por accidente todo el tiempo. Debe ser por tu cara. Atrae los puños como ninguna otra.
—No, esa sería tu cara —dice él, señalando la nariz roja del tipo—. Y es Zoro.
El tipo parpadeó mirándolo.
—¿Huh?
—Mi nombre es Zoro. No foto-lo-que-sea —dice el peliverde, agitando la mano en el aire de forma vaga.
—Bueno, Zoro —su nombre sale de la boca del tipo como leche agria—, ¿tienes por costumbre golpear a la gente en la cara? —hace una pausa para añadir con escepticismo—, "¿Accidentalmente?"
Zoro puede prácticamente ver las comillas flotando en el aire.
—Tal vez —dice él sin vacilar, inexpresivo. El tipo se le queda mirando con incredulidad, pero luego casi esboza una sonrisa, la comisura de sus labios curvándose hacia arriba casi a regañadientes. Zoro celebra con un puño en alto mentalmente el gran avance.
—Oh, Dios mío, eres un neandertal. Un neandertal verde —dice el tipo, con esa pequeña sonrisa todavía en sus labios.
—Y tú eres un perdedor, ceja enroscada —dice Zoro. No salió tan mordaz como él quería, pero realmente no se podía culpar a Zoro por distraerse con esa sonrisa. Pero entonces esta desaparece por completo del rostro del tipo, los ojos de este ampliándose.
—¡No me llames así, desgraciado! —grita el tipo, llevándose una mano a su única ceja visible. Un rubor comienza a subir por la nuca de este, y ahora Zoro está aún más distraído.
El peliverde se encoge de hombros, sin dejar de mirar el rubor rosado en la poca piel que queda expuesta al aire frío. Unos escalofríos erizan la piel de su nuca.
—No es como si supiera tu nombre —dice Zoro, de manera un poco demasiado casual, balanceando las bolsas de un lado a otro. Estas son pesadas, el plástico estirándose hasta un punto de ruptura. No está seguro de cómo el tipo logró cargar tantas a la vez.
En el silencio que sigue, Zoro deja que su mirada recorra la suave piel del cuello del otro, subiendo hasta sus labios, el rojo de su nariz y, finalmente, sus ojos. Estos están parcialmente cubiertos por el flequillo y la mano que aún cubre su ceja, pero están entrecerrados con suspicacia. El tipo le lanza una mirada de reojo como si supiera exactamente lo que Zoro está tramando.
—Es Sanji —dice el tipo – Sanji – por fin—. Mi nombre. Es Sanji.
Golazo.
En cuanto regresan a casa de Sanji, este va directamente a la cocina a guardar los huevos, dejando caer su chaqueta y bufanda sobre el brazo del sofá sin mucho cuidado. El rubio se vuelve hacia Zoro para fulminarlo con la mirada, señalando en silencio sus pies. Zoro pone los ojos en blanco, pero se detiene un momento para sacudir la nieve sobrante con los pies fuera de la puerta antes de entrar.
La ráfaga de aire caliente es un alivio bienvenido. Ya casi puede sentir sus dedos de nuevo.
Zoro, distraídamente, deja el resto de las bolsas de compras sobre la encimera de la cocina para que Sanji las guarde e inmediatamente empieza a mirar a su alrededor.
El apartamento de Sanji es modesto y está relativamente vacío. Hay espacio suficiente para una persona y media, tal vez dos si la segunda persona tuviera, como, tres pertenencias. En una esquina hay una tortuga mascota en una pecera de cristal, disfrutando del calor de la luz de la lámpara, y sobre la mesa de centro hay libros esparcidos de forma organizada, algo que contrasta con los hábitos de estudios típicos de un estudiante, con pequeñas notas adhesivas que sobresalen de las páginas a intervalos aleatorios.
Unos diagramas extraños están dispuestos en pilas ordenadas, uno con una mancha circular de café en el borde, y cuando Zoro los mira más de cerca, puede ver que son dibujos de tipos de peces y vida marina, cuidadosamente etiquetados con una escritura casi ilegible. Zoro repasa uno de los bocetos etiquetado como Pterapogon kauderni en grandes letras mayúsculas. Sanji ha escrito algo en el lateral que parece decir "capa perlada" con una carita sonriente al lado. Si Zoro entrecierra los ojos, parece simplemente un garabato a medias de hierba poco original.
Zoro hojea la pila de bocetos y ve otro con una ballena azul, con la punta del lápiz difuminando los detalles. Nada de lo escrito en los laterales es legible.
La cocina y la sala de estar comparten el mismo espacio, separados únicamente por una encimera de granito, posiblemente falsa, que sirve como bar.
Un marco de fotos yace boca abajo sobre el mostrador cerca de la pared, casi imperceptible.
Hay una mancha extraña en una de las cortinas y un sofá que claramente ha visto tiempos mejores, decorado con cojines desparejados de todos los tamaños. Sanji lo pilla entrecerrando los ojos con recelo hacia la mancha y pone los ojos en blanco.
—No te molestes en preguntar por las cortinas. Es una larga historia —dice Sanji, volviéndose hacia la nevera donde está guardando una bolsa de zanahorias. Zoro cree oírle murmurar algo sobre un tal "Goofy" mordisqueando las cortinas. Un perro, quizás. El peliverde procura no tocar la cortina.
—¿Qué quieres? —dice Sanji. Este sigue agachado frente al refrigerador abierto, frunciendo el ceño profundamente al ver su contenido como si hubiera entrado a su casa solo para maltratar a su tortuga mascota. Zoro solo puede ver la parte superior de su cabeza, que ahora está aún más desaliñada que antes. Sanji sigue intentando apartar algunos de los mechones sueltos de su cara, pero es evidente que esto no funciona, en cambio generando una estática que hace que los mechones de su cabello se peguen a los lados de su cara o se estiren hacia la puerta de la nevera.
—¿Qué? —dice Zoro, distraído por un mechón de pelo que se le escapó de la cabeza al otro.
—Para comer. ¿Qué quieres? —Sanji se levanta y cierra de golpe la puerta del refrigerador. Su mechón de pelo se agita débilmente, pero logra mantenerse erguido. Zoro se obliga a sí mismo a concentrarse. Sanji se gira para mirar al otro directamente a los ojos, fulminándolo con la mirada como si esperara que Zoro lo contradijera—. Y antes de que empieces a protestar, no voy a dejar que te vayas con el estómago vacío, así que mejor siéntate de una puta vez y dime qué quieres.
—Qué exigente —dice Zoro—. ¿Qué te hace pensar que voy a dejar que me envenenes? —En ese momento, su estómago decide traicionarlo estrepitosamente. Sanji le lanza una mirada mordaz, con la mano en la cadera.
—¿Y bien? —pregunta él.
—Onigiri —dice Zoro tras un momento de deliberación. Se pregunta si Sanji sabrá lo que es, pero este simplemente asiente con la cabeza.
Sanji se dirige a la despensa por el arroz, agarrando mientras un delantal de color rosa chillón del gancho que hay dentro. Con dedos ágiles, este ata las cuerdas a su espalda, sin siquiera detenerse a forcejear con los lazos.
—¿Algún relleno que prefieras? —La voz de Sanji suena ligeramente amortiguada por la postura en la que este está inclinado, recogiendo el arroz y echándolo en el cuenco de la arrocera.
Zoro se encoge de hombros—. No me importa realmente.
Sanji suspira como si fuera una gran molestia, a pesar de que es él quien le está ofreciendo comida a Zoro y casi obligándolo a sentarse a comer. El rubio se levanta para mirarlo, con las manos en las caderas y el cuenco sujeto en el pliegue del brazo, y Zoro ve por primera vez el panda de caricatura impreso en la parte delantera de su delantal. Es muy redondo, con ojos negros y vivaces y una sonrisa pícara que, en la humilde opinión de Zoro, es más malvada que tímida.
—Bueno. Puede que tarde un rato —dice Sanji, arqueando una ceja. O tal vez ambas cejas. Es difícil saberlo con el flequillo que le tapa la mitad de la cara.
—No hay problema —dice Zoro. Como si él fuera a irse justo cuando está a punto de conseguir comida gratis—. No tengo nada más que hacer.
—Bien, porque luego me ayudarás con los platos —dice Sanji. Este se inclina sobre el mostrador para mirar fijamente a Zoro, casi desafiándolo a negarse. En realidad, resulta un tanto intimidante a pesar del delantal rosa brillante y su nido de pájaros en el pelo.
La posición de Sanji le permite a Zoro una vista muy agradable del hueco en su clavícula. Zoro intenta no quedarse mirando. El adorable panda de caricatura, redondo y estampado en la parte delantera, puede que haya empezado a mirarlo con recelo.
Zoro está casi decidido a aceptar el desafío tácito simplemente para molestar a Sanji.
—¿…Y si no quiero? —dice él, solo para provocar al rubio.
Funciona con demasiada facilidad.
Sanji lo mira como si no pudiera creer lo que oye, retrocediendo sorprendido, con su ceja temblando de fastidio y lo que probablemente sea el impulso apenas reprimido de estrangular a Zoro.
—Me golpeaste en la cara, así que más te vale que me ayudes con los platos —dice Sanji lentamente, esforzándose por articular cada palabra como si pensara que Zoro es un imbécil. Eso probablemente no está muy lejos de la verdad.
—Te ayudé con las bolsas —señala Zoro. Ni loco iba a dejar que el cocinero idiota sepa que todavía se siente culpable por todo el incidente.
—Me golpeaste en la cara —repite Sanji—. ¡Y casi quebraste los huevos! —Su ceja se frunce, su ceño acentuándose sobre sus ojos, la viva imagen de venganza anticipada por unos huevos casi condenados a la desgracia. Ambos se miran fijamente desde los lados opuestos del mostrador. Zoro imagina que casi puede oír el trueno retumbando a lo lejos.
Después de unos veinte segundos de un intenso intento de intimidación por parte de las cejas ridículamente enroscadas de Sanji y de ser acosado por la mirada inquisitiva del panda de caricatura, Zoro finalmente cede.
—Bueno —dice él, cruzándose de brazos—, pero será mejor que tu comida valga la pena.
Sanji sonríe con picardía. El panda sonríe victorioso.
—Marimo, si mi comida no te hace pedir segundas porciones, dejaré que mi padre me patee el trasero. Qué va, me lo patearé yo mismo.
Zoro termina pidiendo segundas porciones, aunque solo sea para salvar el, hay que admitirlo, fantástico trasero de Sanji de una muerte vergonzosa y patética.
Ambos están sentados en la mesa de centro porque es la única mesa que hay en la casa de Sanji. En realidad, esta no es lo suficientemente grande como para que se sienten dos personas, pero Zoro no se queja. Podría usar su propio estómago como mesa si fuera necesario, y lo ha hecho muchas veces cuando simplemente le da pereza sentarse.
Sanji, por otro lado, parece incapaz de quedarse quieto el tiempo suficiente para relajarse de verdad. Este se levanta para consultar su calendario, para alimentar a su tortuga mascota, para agarrar una caja de cigarrillos, para guardar unos onigiri en un recipiente. Cada vez que Zoro piensa que ha terminado, Sanji se levanta de nuevo.
Después de que esto sucede por sexta vez, Sanji debe notar la mirada de desconcierto en el rostro de Zoro porque dice, a modo de explicación—: Olvidé doblar mi ropa —a pesar de que eso en realidad no explica nada.
Zoro no entiende por qué alguien perdería el tiempo doblando ropa, pero no tiene oportunidad de expresarle esta perla de sabiduría a Sanji porque tiene la boca llena. Se sentiría mal por escupir sobre los apuntes de Sanji, aunque probablemente no afectaría mucho a su legibilidad.
Zoro está apartando las notas del rubio para evitar posibles desastres con la comida cuando Sanji regresa a la sala principal con una cesta de ropa. Este se sienta en el suelo, con las piernas cruzadas, frente al otro. Desde su posición elevada, Zoro puede ver coloridas sudaderas con capucha y horribles camisas abotonadas mezcladas en el montón, algunos pares de calzoncillos, algunos vaqueros muy gastados y una gran cantidad de calcetines. Zoro se mete el resto de la comida en la boca y luego dice—: Tu gusto es una mierda.
Trozos de arroz salen volando de su boca, pero aterrizan a salvo sobre la mesa despejada. Sanji le hace una mueca.
—Y tú eres asqueroso —dice el rubio.
Zoro hace una pausa. Es un adulto hecho y derecho. No debería. Pero basta una mirada al rostro de Sanji para que Zoro sienta el impulso irrefrenable de masticar con la boca bien abierta.
Sanji lo fulmina con la mirada como si supiera exactamente lo que el peliverde está a punto de hacer, con los ojos entrecerrados y los labios curvados en señal de disgusto.
Zoro abre la boca.
—No-
—¿No qué? —pregunta Zoro. O intenta preguntar; le sale más bien como un "do kef". Más granos de arroz salen volando, aun a una distancia prudencial de los peculiares dibujos de Sanji. Zoro recoge los trozos masticados y se los vuelve a meter en la boca. Se los traga, observando cada leve movimiento de la ceja del rubio.
Sanji lo mira con furia, con una intensidad suficiente para convertir a Zoro en una cáscara carbonizada y crujiente.
Zoro, en silencio, toma un pañuelo de papel y limpia la mesa. Luego, deja caer el pañuelo arrugado sobre esta solo para molestar al otro.
Sanji está apretando los dientes con tanta fuerza que se le oye, pero Zoro solo sonríe con sorna. Sin embargo, el rubio parece saber lo que está intentando hacer, ya que simplemente suelta un hmph y vuelve a su ropa recién lavada, agarrando la primera prenda de la pila.
Es una camisa horriblemente brillante, estampada con flores rojas fluorescentes en cada pedazo de tela sobrante, en un intento de quemar las retinas a cualquiera que la mire. El color permanece impreso en la parte posterior de sus párpados incluso cuando Zoro parpadea.
Sanji debe notar el horror absoluto en el rostro de Zoro, pero en lugar de ser razonable y prender fuego a la camisa, este lo mira con desdén, sosteniendo la prenda en cuestión y sacudiendo las arrugas.
—¿Qué diablos estás mirando? —dice Sanji, todavía negándose a mirar el pañuelo arrugado entre ellos.
—La segunda cosa más fea que he visto en mi vida —dice Zoro, aún intentando parpadear para borrar de su vista las imágenes residuales de flores rojas.
—Esto es moda —dice Sanji, resoplando con desdén—. Y tú eres un bastardo maleducado.
—¿Es moda que pretende cegar a la gente? —pregunta Zoro secamente, limpiándose las manos en los pantalones. Quiere terceras porciones – o quintas, si contamos, cosa que Zoro no está haciendo, muchas gracias – pero no quiere darle a Sanji ninguna satisfacción. O, al menos, ninguna más.
—Si es para cegarte a ti, entonces con mucho gusto —dice Sanji, doblando la camisa con rapidez y eficacia.
—Eres un cabrón.
Sanji le lanza una mirada fulminante.
—Lo dice el desgraciado que le dio un puñetazo en la cara a un peatón inocente y desprevenido.
Zoro se encoge de hombros, indiferente. Ya ha alcanzado su límite máximo de culpa por hoy, diablos, tal vez incluso por todo el año. La cuestión es que Zoro ya no se siente culpable por haber golpeado en la cara a Sanji. La nariz de este ya ni siquiera está tan roja—. Ya he pagado mi deuda. Ahora estamos a mano.
—Oh no, no hasta que me ayudes a lavar los platos, marimo —dice Sanji, pronunciando la última palabra con una amenazante sacudida de sus calzoncillos. En estos se encuentran estampados pequeños sombreros de paja en una colorida mezcla de amarillo y rojo. Zoro se los arrebata de las manos.
Antes de que Sanji pueda reaccionar y posiblemente matarlo, Zoro forma una bola con los calzoncillos y se los lanza a la cabeza de este solo porque puede. Le da a Sanji justo en el remolino de la ceja y se extiende por media cara, cayendo sobre su hombro. La boca de Sanji se abre con indignación, la furia creciendo en sus ojos.
—No me llames así —dice Zoro, esforzándose por mantener una cara seria.
Hay un momento en que Zoro cree que está viendo su vida pasar ante sus ojos mientras se niega obstinadamente a moverse de su lugar en el sofá, al diablo la muerte inminente, hasta que Sanji se pone de pie y le tira encima el resto de la ropa.
Zoro negará para siempre el sonido que sale de su boca.
Tras un momento embarazoso de forcejear entre la ropa interior y los calcetines del rubio, Zoro finalmente logra salir del colorido montón, listo para contraatacar con un calcetín en cada mano. Este considera brevemente la posibilidad de meterse uno en la boca para tener munición extra, pero se detiene bruscamente al ver a Sanji doblado de la risa, con sus calzoncillos de sombrero de paja todavía colgando de sus hombros como una capa. Los hombros de Sanji están temblando, con su mano tapando su boca como si intentara reprimir las risitas que le salen de la garganta, pero no puede evitar los pequeños resoplidos que se le escapan.
Zoro se permite un momento para maravillarse con la escena antes de desplomarse de nuevo en el sofá de Sanji, dejando caer sus armas de sus manos, inexplicablemente complacido y sonriendo a pesar de la cegadora camisa verde sobre naranja que le cuelga de la cabeza.
—No es gracioso —dice Zoro, aún sonriendo.
Otro resoplido desprotegido escapa de la boca del rubio. Cuando este finalmente levanta la vista hacia Zoro, Sanji casi parece mirarlo con cariño.
Zoro apenas conoce a este tipo y es casi imposible no devolverle la mirada.
—En serio, muy en serio que lo es —dice Sanji—. Además, deberías tomarlo como un cumplido. Los marimos pueden ser bastante lindos.
Zoro se le queda mirando, aún tendido entre la ropa interior de Sanji. Está bastante seguro de que tiene un calcetín hecho una bola clavado entre los omóplatos, posiblemente de su intento de fabricar munición para lanzársela a la cabeza de Sanji, pero en este momento no parece importarle demasiado.
—¿Me acabas de decir lindo? —pregunta Zoro, desconcertado.
Los ojos de Sanji se amplían.
—¡¿Qué?! —casi grita Sanji. Un rubor rojo intenso comienza a extenderse por el rostro del rubio. Otro mechón de pelo se desprende de la cabeza de Sanji y ondea en el aire. Zoro se le queda mirando, fascinado—. ¡Cállate! ¡No dije eso! ¡Te odio!
—Vaya, uno le da un puñetazo a un tipo en la cara y este empieza a insultarlo sin ninguna razón —dice Zoro, todavía aturdido por la risa de Sanji, su mirada cariñosa, el rubor rosado de sus mejillas.
Sanji le lanza una mirada de reproche. Eso no hace más que avivar la oleada de afecto que recorre las venas de Zoro.
—Cállate —dice el rubio, aún un poco rojo. Este se quita los calzoncillos de los hombros y los lanza en dirección del otro. Estos caen inofensivamente sobre su rostro. Zoro levanta uno de los huecos y observa a Sanji, que tiene los brazos cruzados a la defensiva delante de él, mirando a todas partes menos a él.
En una rara muestra de tacto, Zoro dice—: ¿Les dices a todos los que te ayudan con los platos que se callen?
Los hombros de Sanji pierden parte de su tensión. Este se vuelve para mirar al otro, con las mejillas aún ligeramente sonrojadas.
—Siempre —dice Sanji, inexpresivo—. Sobre todo después de que destrozan mi ropa recién lavada.
—Eso fue culpa tuya, ceja enroscada —dice Zoro, incorporándose y abriéndose paso entre el montón de horrible sentido de la moda. Este se saca el calcetín que estaba clavado en su espalda, desenrollándolo y levantándolo para examinarlo. Tiene bordada en un literal la imagen pixelada de una mujer con un busto generoso, vestida únicamente con un diminuto bikini rojo, con corazones rosas decorando el espacio alrededor de su cabeza. Zoro arquea ambas cejas.
Sanji se lo arrebata de la mano.
—Cállate —dice este.
—No dije nada.
Por alguna razón, eso hace que el rubio frunza el ceño aún más.
—Cállate y ayúdame a lavar los platos —espeta Sanji.
Zoro refunfuña dramáticamente y, con la voz más suplicante que puede articular solo para ver a Sanji poner los ojos en blanco, dice—: Está bien.
No solo los ojos de Sanji se ponen en blanco con tanta fuerza que prácticamente se le salen de las órbitas, sino que sus labios también se curvan hacia arriba como si estuviera tratando de contener otra sonrisa. El resultado final es una sonrisa torcida que, de alguna manera, todavía logra que el corazón de Zoro dé un vuelco.
Lavar los platos casi termina en una guerra de agua, pero de alguna manera los dos logran terminar la tarea sin romper nada. Zoro había sido obligado a limpiar los pisos como castigo, lo cual, en su opinión, era ridículamente injusto. Pero este deja pasar el asunto porque, de una forma u otra, la ya de por sí cuestionable cortina de Sanji acaba con otra mancha cuestionable en el proceso, y no es culpa suya en absoluto.
Zoro está en medio de colocar la cortina de modo que oculte la nueva mancha cuando se da cuenta de lo oscuro que está afuera. Las noches de octubre llegan más temprano y los días son de un gris sombrío debido a la perpetua capa de nubes, pero Zoro habría jurado que solo habían pasado un par de horas, no medio día entero.
Resulta chocante darse cuenta de que Zoro ha estado en casa de Sanji durante tanto tiempo sin siquiera percatarse del paso del tiempo.
—Probablemente debería irme yendo —dice Zoro a regañadientes. El rubio está en pleno proceso de guardar los platos, y el otro ve cómo este se queda paralizado por un instante.
—Oh —dice Sanji, sorprendido. Este echa un vistazo a la ventana y, efectivamente, las farolas están encendidas y proyectando una fea luz naranja a través del cristal. Está nevando; una nevada ligera y dispersa que cubre el pavimento al atardecer. Algunas personas ingenuamente románticas podrían describirlo como "pintoresco" y "acorde al espíritu navideño", pero para Zoro todo significa que ahora habrá una fina capa de nieve ocultando parches de hielo. Si logra no golpear accidentalmente a nadie de camino a casa, lo considerará un milagro.
—No me di cuenta de que se había hecho tan tarde —murmura Sanji.
—Sí, yo tampoco —dice Zoro. Este se muestra reacio a marcharse, no solo porque no le apetece nada volver a casa andando solo con la sudadera puesta, pero no es como si pudiera quedarse a pasar la noche o algo así. Apenas conoce a Sanji.
El rubio sigue a Zoro hasta la entrada, apoyándose contra la pared para observar cómo el otro se pone las botas. Ambos se muestran callados y contenidos, en contraste con toda una tarde haciendo tonterías, tanto que Zoro casi puede distinguir el tic tac amortiguado de un reloj escondido en algún lugar del apartamento. Sanji tiene un cigarrillo sin encender enrollado entre los dedos, con los brazos cruzados delante de él. Una de sus manos está palmando nerviosamente sus costillas con un ritmo marcado.
Tras observar durante un instante a Zoro metiendo sus pies en las botas, Sanji se aparta de la pared y desaparece de nuevo hacia la sala principal. Zoro resiste la tentación de girar la cabeza y echar un vistazo.
Sanji regresa un momento después con una familiar tira de tela azul y, sin miramientos, la deja caer justo encima de la cabeza del peliverde.
Antes de que Zoro pueda comenzar otra pelea, Sanji dice—: Toma. Una bufanda.
Zoro se quita la bufanda de la cabeza y se la queda mirando, atónito. Es la misma que Sanji llevaba puesta antes. Es suave y cálida, y huele ligeramente a tabaco.
—Eh.
Sanji pone los ojos en blanco.
—Es para ti, imbécil —dice él.
—Pero es tuya —dice Zoro. La tela se está deshilachando un poco por el uso y el color está algo descolorido. Debe estar a la vez muy usada y muy querida.
Sanji se encoge de hombros.
—Hace frío afuera —dice él, como si eso explicara por qué Sanji le presta su bufanda, por qué Sanji invitó indirectamente a Zoro a su casa, por qué Sanji le dio comida incluso después de recibir un puñetazo en la cara.
Cuando Zoro sigue sin moverse, Sanji suspira y da un paso al frente, tomando la bufanda de sus manos inertes. Con delicadeza, la pasa alrededor del cuello del otro y mete los extremos de la cola en su sudadera con capucha, subiendo la cremallera lo más alto posible. Las manos de Sanji parecen permanecer apoyadas sobre su pecho un segundo más de lo normal. Aunque eso también podría ser simplemente porque Zoro no puede evitar inclinarse ante la calidez de su palma. Si solo da un paso adelante e inclina la cabeza hacia un lado, Zoro imagina que probablemente podría tocar sus labios con los de Sanji.
El pensamiento se desvanece tan rápido como llegó. Es… demasiado raro sentirse así. Zoro apenas lo conoce.
El rubio le da una palmadita en el pecho, alisando arrugas invisibles, y da un paso atrás.
—Listo. Eso debería ayudarte con el clima un poco. El frío aún no es muy fuerte, así que por ahora estarás bien.
Sanji se da la vuelta, arrebatando el recipiente de onigiri extra de la encimera de la cocina. Este empuja el recipiente hacia las manos de Zoro y aparta la mirada, rascándose la nuca con una mano y haciendo girar el cigarrillo entre los dedos de la otra.
En la tenue luz de la entrada, Sanji luce cansado y ansioso, el tono dorado de su cabello habiéndose apagado hasta parecer un montón de paja seca. Las farolas proyectan un brillo enfermizo sobre su silueta. Una ráfaga repentina de viento sacude la ventana, lanzando una nube de nieve raspando contra el cristal, para después volver al silencio. Este pesa sobre ambos, incómodo de una manera que no había sido antes.
Zoro mete la mano en el bolsillo, resistiendo el impulso de extenderla y acercar al otro.
—La próxima, ponte una chaqueta más abrigada —dice Sanji—. Te vas a congelar cuando llegue noviembre.
—¿"La próxima"? —pregunta Zoro.
Sanji levanta una ceja.
—¿Acaso planeas quedarte con mi bufanda, marimo? —Mientras dice eso, Sanji se balancea hacia atrás sobre sus talones, inclinando la cabeza hacia un lado. Es un gesto juguetón, pero el rostro del rubio permanece cuidadosamente neutral.
Zoro suelta un murmullo, rodando los hombros.
—Es bastante cálida. ¿Y qué si quiero quedármela?
En lugar de picar el anzuelo, Sanji simplemente se encoge de hombros y no responde. Es como si hubiera otra conversación en curso de la que Zoro no está al tanto, una en la que Sanji responde sin decir nada.
Zoro piensa en la única mesa de café del apartamento del rubio, cubierta solamente de objetos de trabajo y obviamente no para visitas. Piensa en cómo Sanji parecía no poder estarse quieto, en cómo preparó comida suficiente para cinco personas pero no comió nada, como si no pudiera evitarlo. Zoro piensa en el marco de fotos, apenas visible desde donde está parado, boca abajo y escondido, pero obviamente aún allí, una herida ignorada.
No parece haber ninguna otra fotografía en todo el lugar.
En el instante entre una respiración y la siguiente, Zoro se da cuenta de algo: a Sanji no le importa que él se quede con la bufanda, pero definitivamente le importa otra cosa.
La próxima, había dicho Sanji.
Zoro hunde la mitad inferior de su rostro en la bufanda. Su voz suena amortiguada cuando dice —: De todas formas, no quiero nada de tu mierda, así que supongo que tendré que volver y devolvértela.
Como recompensa, recibe un golpecito en la frente.
—Auch —dice Zoro, frunciendo el ceño.
Sanji sonríe. Es inestable y esperanzadora, y Zoro siente que se le hace un nudo en la garganta. De alguna manera, vuelve a encariñarse con él.
—Entonces, supongo que te veré luego —dice Sanji. Parece más una pregunta que otra cosa, pero Zoro no hace ningún comentario al respecto.
—Claro. —El peliverde asiente, de repente sintiéndose incómodo. Se aclara la garganta, extendiendo la mano hacia el pomo de la puerta—. Gracias por la comida. Y por la bufanda.
—Cuando quieras —dice Sanji con suavidad, como si esa declaración no fuera monumental ni transcendental, como si fuera completamente normal invitar a un desconocido a su casa, bromear con él como si se conocieran de toda la vida y luego no–pedirle que vuelva.
Zoro abre la puerta y sale del apartamento de Sanji. Casi de inmediato, siente el frío punzante en la cara, su aliento saliendo en una nube de condensación que se disipa rápidamente en el aire. Se da la vuelta, quizás para decir algo más, a pesar de no estar seguro de qué. Un "buenas noches", tal vez.
Sanji está en pleno proceso de encender su cigarrillo y alza la vista justo a tiempo para ver a Zoro mirándolo fijamente antes de que la puerta se cierre entre ellos.
—Usopp, ¿qué diablos pasa conmigo?
El bar está vacío, aún abierto al público, y Zoro está mirando fijamente por la ventana, donde se han formado cristales en las esquinas como flores escarchadas. El parche de hielo que hizo que golpeara por accidente a Sanji en la cara todavía estaba fuera del edificio cuando se estaba dirigiendo al trabajo, y puede que esta vez se haya resbalado y golpeado la cabeza contra el pavimento. Eso explicaría sin duda por qué no puede dejar de pensar en Sanji y en la calidez de la palma de su palma sobre el pecho de Zoro, a pesar de que todo resulte bastante inquietante.
Usopp hace una pausa, con un vaso colgando de una de sus manos. Este le dirige a Zoro una mirada de confusión.
—Um, ¿qué? —La voz de Usopp sale como un chillido, pero el otro apenas registra su presencia.
—Estoy muy jodido. ¿Qué debería hacer? —dice Zoro, con la mente aún a mil millas de distancia, concentrado en perseguir la calidez fantasma de un tipo al que apenas conoce.
—Eh, probablemente podrías pedir la primera orden —dice Usopp. Zoro parpadea, girando ligeramente la cabeza en dirección al otro sin mover el resto del cuerpo—. Digo, si quieres. Zoro. Señor.
—No eres de ayuda.
Observando su rostro más de cerca, Usopp se incorpora de un salto e infla su pecho.
—Te diré algo —dice él, señalándose el pecho con el pulgar—, el Gran Usopp te prestará un oído antes de que este lugar abra sus puertas. ¡Ahora, cuénteme sus inquietudes, querido Zoro, y le otorgaré la mayor de las sabidurías!
Usopp finaliza su declaración adoptando una pose dramática, con una sonrisa falsa y cursi llena de dientes blancos y brillantes. Zoro resiste la tentación de taparse los ojos, optando por dirigirle al narigón una mirada inexpresiva.
Tras unos segundos para que Usopp sude, Zoro se da vuelta para apoyar la cabeza sobre los brazos cruzados. Alcanza a vislumbrar una estela azul de la bufanda que trajo consigo para después cerrar los ojos y caer inmediatamente en un ligero sueño.
—…Oye —dice Usopp por encima de su cabeza.
Zoro suelta un fuerte ronquido. Tendrá que llamar a Nami más tarde.
A decir verdad, Zoro no tiene ni idea de cuándo ni cómo él y Nami se volvieron amigos. Ambos iban al mismo instituto, pero nunca hablaron mucho. Había muchos rumores sobre ella, tanto buenos como malos, pero Zoro pensaba que era una pérdida de tiempo escucharlos. A él le preocupaba mucho más aprobar las clases y dormir durante los recreos siempre que podía.
No obstante, a la escuela no le gustaba que los estudiantes se echaran una siesta en el pasillo, por lo que Zoro tenía que ingeniárselas para encontrar un lugar donde dormirse. Los baños siempre eran un lugar conveniente cuando no tenía ganas de buscar. Casualmente, las paredes eran lo suficientemente delgadas como para que pudiera oír también lo que sucedía en el baño de chicas, lo suficiente como para oír a alguien llorar en voz baja.
Zoro, de mal humor y con los ojos vidriosos por haber sido despertado, se había acercado inmediatamente y exigido saber qué carajos pasaba, y se había encontrado con una Nami avergonzada y molesta. Ese fue su primer encuentro oficial, y Zoro pasó el resto del día sentado a su lado, escuchando sus preocupaciones y fulminando con la mirada a cualquiera que se atreviera a entrar en el baño de las chicas.
Al día siguiente, el director le gritó, reprendiéndolo por falta de "respeto" y "límites", y diciéndole que "solo duerme en tu casa, ¿qué diablos te pasa?", pero a él no le importaba en absoluto. Zoro no esperaba que nada cambiara, pero de alguna forma terminó siendo amigo de Nami a partir de ese día.
Y ahora ella es la única persona fiable en la que puede pensar para pedirle consejo sobre Sanji.
Zoro posa su pulgar sobre la foto de contacto de Nami. Es de cuando fueron a la playa el verano pasado. Bueno, en realidad fue de cuando ella quiso ir a la playa y sobornó a Zoro para que le sirviera de mula de carga. Está ella guiñando el ojo y sacando la lengua, sosteniendo un cóctel de color naranja brillante en la mano.
—Estoy linda —había dicho ella, anotando su información de contacto en su celular, a pesar de que Zoro no se lo había dado ni le había dicho nada.
Él no le tiene miedo, en serio. Es solo que… Nami puede ser aterradora cuando quiere. Es astuta, ingeniosa y juguetona, pero también es muy lista y probablemente podría sacar a la luz todos los secretos oscuros que Zoro desconocía si ella realmente quisiera.
Zoro se arma de valor y luego pulsa el botón de "llamar".
Nami contesta en el tercer ring.
—¿Qué? —dice ella en lugar de "hola". Puede que eso a algunos les moleste, pero Zoro aprecia lo directa que es. No es que le fuera a decir eso.
—Tengo un problema —dice Zoro.
—Guau —dice ella, con tono monótono—. Qué sorpresa. Estoy en shock. ¿Te das cuenta de lo sorprendida que estoy?
Zoro puede imaginar la expresión de su rostro con tanta claridad como si estuviera de pie frente a él. No parece impresionada. De hecho, la imagen mental de Nami ni siquiera lo está mirando, sino que está más interesada en inspeccionar sus largas uñas y en pensar en la mejor manera de arrebatarle la dignidad a alguien (a Zoro).
Nami suspira como si él fuera un idiota. Zoro se resiste a la tentación de preguntarle si puede leerle la mente.
—¿Y bien, qué hiciste?
—¿Por qué das por hecho que fue algo que yo hice? —pregunta Zoro. Sabe que está intentando ganar tiempo, pero no puede evitarlo. Es un tema por el que nunca ha mostrado interés y no tiene ni idea de cómo abordarlo.
Nami suelta otro suspiro.
—Está bien, ¿qué pasó?
—…Hice algo.
Ella deja un silencio muy penetrante suspendido entre ellos.
—Ajá —dice Nami eventualmente, seca como un hueso y completamente impasible—. ¿Y bien, qué hiciste? —vuelve a preguntar ella.
Zoro no está seguro de cómo explicar su situación, así que decide empezar desde el principio.
—Le di un puñetazo en la cara.
—¡¿Qué hiciste qué?! ¡¿A quién?! —chilla Nami. Zoro tiene que alejar el celular de su oreja.
Vale, no es el mejor comienzo.
—¡Él parecía estar bien! ¡Incluso me dejó ir a su casa! ¡Me dio comida! ¡Además, ese no es el problema! —exclama Zoro, haciendo un gesto hacia el recipiente de onigiri ahora vacío. Nami no puede verlo, pero Zoro cree que sirve perfectamente para ilustrar su punto.
—De acuerdo, primero, ¿por qué golpearías a alguien en la cara? —pregunta Nami. Suena como si se estuviera masajeando las sienes. Zoro abre la boca, pero esta lo interrumpe inmediatamente diciendo—: Espera- en realidad no quiero saber. Probablemente fue por algo estúpido. —Zoro cierra la boca—. Y lo que es más importante, ¿quién en su sano juicio te dejaría entrar a su casa después de que le dieras un puñetazo en la cara?
—Es… una larga historia. Más o menos. No tengo ni idea de por qué me dejó entrar. Simplemente… lo hizo.
Todavía le resulta desconcertante que alguien invite a un desconocido a su casa después de haber sido prácticamente agredido en la calle sin motivo aparente. Zoro sabe que si alguien le diera un puñetazo en la cara, accidentalmente o no, respondería el golpe y seguramente sería arrestado por ello. Por eso resulta absolutamente incomprensible que exista alguien como Sanji que, a pesar de todas sus amenazas y miradas desafiantes, no solo lo deje pasar, sino que además le demuestre a uno que le importa su bienestar a pesar de todo.
Nami debe de captar algo de su tono porque su voz de repente se ilumina con una entonación burlona.
—Espera un momento —dice ella. Un escalofrío de advertencia recorre la espalda del peliverde. Repasando frenéticamente los últimos minutos de su conversación, Zoro intenta recordar si dijo algo incriminatorio. No cree haberlo hecho, pero ella debe haber intuido algo porque continúa con—: ¿Este tipo es… lindo?
Zoro refunfuña—. Ugh, tiene un gusto horrible para la moda, ni lo menciones.
Nami suelta un murmullo, sonando de alguna manera satisfecha y complacida sin decir una palabra.
—¿Qué? —espeta Zoro.
—No te oí negarlo, es todo —ronronea Nami.
Zoro balbucea.
—Yo- ¡¿de qué carajos estás hablando, maldita bruja?! ¿Por qué iba a pensar yo eso de él? Es tremendamente insistente y me insulta. —Pero incluso mientras lo dice, Zoro recuerda las gentiles manos de Sanji, la calidez de su bufanda, la curva de su sonrisa. Su corazón se acelera involuntariamente.
—Aww, ¿este es tu primer crush, Zoro? —dice Nami, llena de júbilo.
Zoro refunfuña entre sus manos. El sonido metálico de la risa de su amiga flota desde el auricular del celular.
—De acuerdo, está bien, ya paro —dice ella—. Por ahora. Pero, ¿qué ocurre? No me parece propio de ti llamarme por algo así.
—No tengo ni idea de lo que estoy haciendo —admite Zoro, pasándose la mano por el pelo corto que lleva—. Ni siquiera le pedí su número.
Nami murmulla pensativa—. ¿Sabes qué? Probablemente esta sea una conversación que debamos tener en persona.
Los ojos de Zoro se entrecierran—. Tú solo quieres inspeccionarlo —acusa él.
—Pues, sí, obvio. Hay cosas que simplemente no puedes comprender hasta que ves a alguien en persona —dice ella, un leve tecleo de un teclado sonando desde el auricular—. De todas formas, voy a tomar un vuelo para allá durante el fin de semana largo. Asegúrate de estar libre.
—¿Y si tengo planes?
—Zoro, tú y yo sabemos que probablemente tenías pensado dormir hasta tarde o entrenar. Así que tengo prioridad —dice Nami, con naturalidad.
—Dices eso de todo.
—Porque es cierto —dice ella, con una sonrisa burlona evidente en el tono de su voz—. Mantén tu agenda libre o si no, verás, ¿de acuerdo? —agrega dulcemente.
Zoro no cuestiona lo que pueda significar el "o si no, verás". Él asiente con la cabeza a pesar de que Nami no puede verlo. De algún modo, ella siempre parece saber.
—¡Genial! —dice ella—. Nos vemos pronto entonces. —Lo dice con ese tono tortuoso y excesivamente dulce que usa cuando sabe que se ha salido con la suya.
—Eres terrible —dice él y cuelga, con la risa de ella aún resonando en sus oídos.
—Muy bien, ¿cuál es su nombre? —pregunta Nami. Esta tiene la nariz y las mejillas rosadas por el frío, y se frota las manos para calentarlas.
Apenas se habían sentado en un café elegante que, al parecer, le había recomendado un amigo a ella, y, al más puro estilo de Nami, se saltaron por completo las formalidades. No es que Zoro hubiera participado en tales cortesías, pero no está seguro de estar completamente preparado para esta conversación.
—¿Por qué no me dejas sentarme en paz por un maldito minuto? —murmura Zoro, quitándose su chaqueta recién comprada – que, curiosamente, estaba hecha para soportar temperaturas increíblemente frías – y doblando con cuidado la bufanda de Sanji a su lado. Puede que esté un poco apegado, ¿y qué? Es una linda bufanda y lo mantiene calentito, especialmente en las noches de noviembre como esta, cuando el sol se pone a la ridícula hora de las cinco.
Últimamente, el frío se ha hecho mucho más presente, con temperaturas bajo cero la mayoría de las madrugadas y noches, dejando una capa de escarcha sobre absolutamente todo. La temperatura alcanza su punto máximo al mediodía y disminuye un poco después, dejando a Zoro preguntándose si alguna vez ha sentido la luz del sol en su vida o si todo ha sido producto de su imaginación mientras sucumbe lentamente al frío de noviembre. A juzgar por la rigidez de sus dedos y su renuencia a moverse, Zoro apostaría por lo segundo.
—Zoro, ¿quieres mi ayuda o no? —pregunta Nami, toda calmada pero con una falsa profesionalidad.
—Sí, sí, maldita bruja —dice él, tamborileando con los dedos nerviosamente sobre la mesa de madera. Zoro vacila. No es que no confíe en Nami, es que realmente, realmente no quiere admitirlo—. Su nombre es Sanji.
Nami emite un sonido interrogativo desde el fondo de su garganta, inclinando la cabeza hacia un lado.
—Qué raro. Ese nombre me suena mucho —dice ella, tocándose la barbilla con una uña perfectamente manicurada.
Y de verdad, el universo debe tenerle mucha manía a Zoro porque justo en el momento en que Nami termina su frase, el camarero trae su pedido y, oh sorpresa, es el mismísimo Sanji. Este lleva puesto el uniforme blanco tradicional de chef y sostiene una bandeja sobre su cabeza a pesar de que claramente tiene una mano libre. Lleva un cigarrillo escondido detrás de la oreja.
—¡Bienvenidos al Baratie! ¡Aquí está su orden, mi encantadora doncella! —exclama Sanji, con una sonrisa empalagosa y ojos adoradores. De algún modo, este logra ejecutar una pirueta perfecta sin que se le caiga nada. La bandeja sobre su cabeza se mantiene perfectamente nivelada. Ni siquiera se percata de la presencia del peliverde.
Zoro se queda boquiabierto. ¿Quién carajos es este tipo? Podría haber pensado que Sanji tenía un gemelo si no fuera por las familiares ojeras bajo sus ojos y el lento deterioro de la estructura de su cabello.
—¡Oh, gracias! —dice Nami, pestañeando coquetamente, ajena al cortocircuito mental de Zoro frente a ella—. Admito que era un poco costoso, pero mi amigo me recomendó este sitio, ¡así que tenía que probarlo! —dice ella, con voz en un tono coqueto.
Sanji parpadea mirándola y luego sonríe, con una expresión juvenil y despreocupada—. Entonces debo insistir en que le apliquemos un descuento. El dinero no es nada comparado con su sonrisa —dice él, casi deslumbrado por Nami.
—Eres muy dulce —dice ella, tocándole ligeramente la muñeca cuando él le coloca el latte delante.
Sanji parece derretirse en el acto, girando sobre sí mismo con gesto teatral.
—¡Para alguien tan encantadora como usted, no hay problema! —dice él, con la voz más aguda, como si estuviera a punto de ponerse a cantar.
Zoro siente como si hubiera entrado en la dimensión desconocida.
Sanji coloca otro plato en frente de Zoro—. Aquí está su orden —dice él secamente, dirigiéndose a este. Apenas le dirige una mirada, pero entonces Sanji se queda paralizado y vuelve a mirarlo. Parpadeando, volviendo a su voz de barítono normal, él dice—: ¿Zoro?
Nami mira alternativamente entre ellos, sus cejas alzándose lentamente hacia la línea del cabello. Zoro puede ver cómo ella está atando cabos. Se pregunta si ella nota cómo se le acelera el corazón. Realmente espera que no. A pesar de que Nami no tiene un oído sobrenatural, ella de alguna manera lo descifra igualmente porque en el momento en que sus ojos se amplían ligeramente, Zoro sabe que está acabado.
—Hola —dice el peliverde, intentando mantener la calma. Su voz suena ronca. Nami toma un sorbo de su latte, sus cejas alzándose aún más inexplicablemente.
—¿Qué haces aquí? —pregunta Sanji.
—Solo poniéndose al día con viejos amigos —dijo Nami. Sanji se sobresalta como si hubiera olvidado que ella estaba sentada allí y se vuelve hacia ella. Un rubor de vergüenza comienza a subirle por el cuello—. ¿Verdad, Zoro?
No puede creer que esto esté pasando, joder.
—Sí —dice Zoro débilmente. Le sorprende vagamente que aún pueda formar palabras porque tiene un mantra en la cabeza que consiste principalmente en "oh, mierda".
—Y Zoro justo me estaba contando que se compró un celular nuevo y perdió todos sus contactos —dice Nami, con toda inocencia y modestia—. Así que estaba a punto de darle mi número otra vez. —Ella hace una pausa. Zoro está seguro de que la pausa es un mensaje muy directo hacia él. No podría haber sido más obvia ni aunque hubiera sacado un cartel que dijera: "¡Oye, Zoro, consigue su número ya!".
—Oye, Sanji, ¿no? —prosigue ella.
—Oh, um, ¿sí? —Él le dedica una sonrisa confusa por reflejo, sus ojos volviendo a Zoro por una fracción de segundo.
Nami le sonríe dulcemente. Se vislumbran unos dientes, pero Zoro no cree que Sanji se dé cuenta, ya que este se relaja gradualmente a pesar de que es una clara señal de peligro, con luces blancas intermitentes en forma de afilados caninos.
—Soy Nami. ¿Por qué no te sientas con nosotros? Siempre es agradable conocer nuevos amigos —dice ella, dando una palmadita al asiento que tiene al lado y casi ronroneando.
Sanji vacila, mirando hacia la cocina—. Oh, probablemente no debería. Aún estoy trabajando.
—Aww, ¿ni siquiera por un ratito? —Ella pone su mejor cara de puchero a Sanji. Este se muerde el labio y comienza a retorcerse las manos con nerviosismo, incapaz de negarse a ella. Zoro siente un impulso repentino de extender las manos y tomar las suyas. Por la forma en que Nami le sonríe con sorna, está proyectando ese pensamiento de manera más obvia de lo que él cree.
—¿A qué hora sales del trabajo? —pregunta Zoro. Sanji vuelve su atención hacia él, sorprendido. Por detrás de la cintura del rubio, la sonrisa burlona de Nami se ensancha. Ella da otro sorbo de su latte, bajando las pestañas con placer.
—Bastante tarde… alrededor de las diez —dice Sanji a regañadientes—. Probablemente no quieras esperar tanto tiempo, así que-
—Podemos encontrarnos en otro momento. Seguramente vas a estar cansado si tienes que salir después del trabajo. ¿Cuál es tu número? —Él intenta mantener un tono casual, deslizando su celular hacia Sanji. Nami asiente con aprobación desde detrás del rubio.
Sanji parpadea, pero no parece encontrarlo extraño, tomando el celular del otro para ingresar su información de contacto. Zoro casi tiene que morderse la lengua para contener su regocijo. No sabe cuándo demonios cayó tan bajo, pero está jodido. Y Nami es testigo de todo ello.
—Envíame tu número por mensaje más tarde —dice Sanji, devolviéndole el celular a Zoro—. Ahora mismo no tengo el móvil encima. El anciano es bastante quisquilloso con estas cosas.
—Domado —dice Zoro porque no puede evitarlo, ¿de acuerdo? Es divertido molestar al rubio.
Como era de esperar, Sanji se enfurece.
—¡Cállate! ¡Ese maldito anciano no me tiene domado! —grita este. No parece importarle cuando otra clienta se sobresalta y casi deja caer su café en su regazo.
Otra voz estalla desde la cocina—. ¿Qué dijiste, maldito renacuajo? ¡Deja de coquetear y vuelve al trabajo de una vez!
Nami le articula "¿renacuajo?", pero Zoro solo puede encogerse de hombros.
—¡Cállate, vejestorio! —replica Sanji, con la boca torcida en una mueca familiar. Las puertas de la cocina se entreabren y una espátula sale volando como un bumerán, golpeando al rubio de lleno en la nuca. Este entrecierra los ojos, fulminando con la mirada las puertas batientes de la cocina.
—En fin, esa es mi señal para volver al trabajo —dice Sanji con indeferencia, como si una espátula no le acabara de golpear en la cabeza con una precisión letal. Este recoge el arma proyectil y la inspecciona para ver si tiene daños—. Ese maldito viejo ni siquiera cuida bien sus propios utensilios —murmura él. Bajando la cabeza con gesto contrito, añade—: Nami, lamento mucho las molestias. El latte es de parte de la casa. Fue un verdadero placer conocerla. —Una pausa—. Fue un gusto verte de nuevo, Zoro. Aquí está la cuenta.
Dicho esto, Sanji se dirige a grandes zancadas hacia la puerta de la cocina. Un instante después, se oyen gritos ininteligibles, y el estruendo de ollas al caer al suelo anuncia otra oleada de alaridos antes de que vuelva el silencio. Algunos clientes parecen sorprendidos. Más de la mitad se muestran impasibles.
Cuando Zoro finalmente logra apartar la vista de las puertas de la cocina, aferrado a la cuenta y aún conmocionado por lo que siente como el segundo gran intento del universo de matarlo a través de otro encuentro estremecedor con Sanji, Nami le está dedicando una sonrisa cínica, con las manos aferradas a su taza. Sus uñas repiquetean contra la cerámica en un rápido staccato.
—Así que ese es Sanji, ¿eh? —pregunta ella, lamiéndose los labios. Zoro se recuesta en su asiento.
—Podría tener algo mejor —dice Zoro con desgana, jugueteando con su celular. La pantalla se ilumina ante su tacto. Está fuertemente tentado a desbloquearlo solo para ver la información de contacto de Sanji. Le cuesta un esfuerzo monumental detenerse a sí mismo.
Nami le dirige una mirada de lástima.
—Zoro… Cielo…
—No me llames "cielo". Me da escalofríos —murmura Zoro, encorvado hacia delante porque está muy, muy jodido.
La pelirroja sonríe con picardía, como un tiburón, y se inclina más cerca de él, mostrando sus colmillos.
—Cielo —vuelve a repetir ella, la palabra tan dulce que provoca caries, solo para fastidiar—, ustedes fueron hechos el uno para el otro.
Zoro se cubre la cara con las manos y refunfuña. Nami se ríe de él.
—Eres una persona tan, tan horrible —murmura él entre sus manos.
—Mmhm. Y esta persona horrible te acaba de conseguir el número de tu crush, así que de nada —dice ella, canturreando—. Usualmente acepto dinero en efectivo como agradecimiento, pero como es tu cumpleaños, seré generosa y lo haré gratis.
—Apestas.
Nami se limita a murmullar, reclinándose cómodamente y tomando otro sorbo de su latte.
Zoro planeaba enviarle un mensaje a Sanji para encontrarse en otro momento, pero de alguna forma se encuentra esperando afuera del café a las diez, la muerte por hipotermia siendo evitada únicamente gracias al vaso de café que tiene en las manos. Nami se había marchado antes con un guiño, tranquilizando a Zoro al decirle que se iba a quedar con otra amiga. Una arqueóloga o algo así. Zoro no le estaba prestando mucha atención.
Por primera vez la noche está despejada, las estrellas apenas distinguiéndose entre la contaminación lumínica. No está nevando, pero hace suficiente frío como para que Zoro vea su aliento al exhalar, elevándose como humo. El hielo cruje bajo sus botas mientras él se remueve en su sitio, temblando ligeramente.
En esta zona, las farolas son brillantes, por lo que todavía hay algunos peatones paseando, sin que les moleste el frío. La nieve ha sido barrida hasta la mitad sobre la acera para despejar las calles, y algunos autos han quedado bloqueados por la nieve compactada, negándose a moverse. Zoro merodea y observa a la gente pasar, hundiendo su rostro en la bufanda de Sanji. Realmente debería devolverla pronto.
Al menos, esa es la explicación que daría para esperar a Sanji, si alguien le preguntara. La verdadera razón, por supuesto, es que está perdidamente enamorado del rubio y no tiene idea de qué hacer al respecto, excepto esperar en el frío hasta que este salga del trabajo en lugar de hacer algo razonable como enviarle un mensaje para quedar en otra ocasión.
Zoro tiembla. Preferiblemente en una época más cálida.
Pero, por alguna razón, quiere sorprender a Sanji. Tal vez eso le haría sonreír, si Zoro tuviera suerte.
Zoro quiere al menos intentarlo.
La puerta principal se abre e interrumpe sus pensamientos, un hombre mayor saliendo a recoger el cartel de pizarra que hay afuera. Este tiene un bigote verdaderamente magnífico y un gorro de chef igual de impresionante sobre su cabeza. Zoro se aparta con pasos cortos, pero el movimiento parece atraer la atención del otro. El hombre se cruza de brazos y observa a Zoro de arriba abajo, deteniéndose un instante en la bufanda que lleva en el cuello. El otro no dice nada, pero Zoro empieza a sudar a pesar del frío.
—¿Necesitas algo? —pregunta por fin el hombre. Zoro traga saliva, pero se niega a ceder.
—Solo estoy esperando a alguien —dice el peliverde, con expresión neutral.
—Hm.
Ambos se miran fijamente en silencio. Zoro intenta con todas sus fuerzas que su cuerpo deje de temblar.
Tras un momento que pareció interminable, el hombre se da la vuelta para regresar al interior del local, ignorando a Zoro por completo.
—¡Renacuajo, lárgate ya de mi restaurante! —grita el hombre, mirando al peliverde con una ceja muy arqueada. Zoro solo puede pensar: "Oh, Dios, es el padre de Sanji y él sabe". Exteriormente, este mantiene una expresión seria.
—¡Todavía tengo que limpiar tu mierda, maldito Zeff! —se oye la voz de Sanji. Esta se oye amortiguada, pero de algún modo aún se puede distinguir desde fuera del café. El padre de Sanji – Zeff, al parecer – pone los ojos en blanco y mira a Zoro como diciendo "¿ves con lo que tengo que lidiar?" y, de alguna manera, imposiblemente, "será mejor que tengas buenas intenciones, muchacho".
Zoro asiente. Zeff asiente en respuesta. Es bueno saber que alguien más habla el mismo lenguaje de silenciañol.
—¡Déjalo ya, renacuajo! ¡Tienes otras cosas de las que ocuparte! —grita Zeff.
—Eres un esclavista —dice Sanji, con la voz ahora más clara. A través de la ventana de cristal, Zoro puede ver al rubio acercándose. Este se está poniendo la chaqueta y sacando un cigarrillo del bolsillo. Parece que aún no se ha percatado de la presencia de Zoro. Probablemente porque este está merodeando en las sombras como un loco.
En el momento en que Sanji está a su alcance, la mano de Zeff se extiende y le despeina el cabello. Sanji grazna de rabia, pero apenas intenta apartarse, facilitando que Zeff lo jale hacia adelante y le dé un beso agresivo en la cabeza. Sanji tiene que agacharse, pero no protesta, salvo por algunos refunfuños en voz baja.
—Diviértete, Sanji —dice Zeff, empujándolo hacia delante. Sanji tropieza al cruzar el umbral, casi dejando caer su cigarrillo.
—¿Qué? —pregunta Sanji, desconcertado, pero entonces debe darse cuenta de las botas de Zoro porque levanta la vista lentamente, como si temiera lo peor. Cuando los dos finalmente hacen contacto visual una eternidad después, los ojos del rubio están muy amplios y muestran incredulidad. Este se vuelve hacia Zeff, lanzándole una mirada de traición. El otro solo se encoge de hombros y vuelve a entrar al local, sonriendo con suficiencia mientras lleva consigo el cartel de pizarra.
La cerradura se cierra tras él con un clic, de forma deliberada.
—Oh, Dios mío —dice Sanji, poniéndose rojo, negándose a mirar al peliverde.
Este se aclara la garganta.
—Hola —dice Zoro con voz débil. Sanji se pone rígido y lentamente se vuelve hacia él.
—Hola —dice este.
Ambos se quedan allí de pie, incómodos y en silencio. El café de Zoro ya está frío. De todos modos, este toma un trago y desearía que fuera alcohol.
—Me esperaste —dice Sanji finalmente.
—Sí —dice Zoro.
—Podrías haberme enviado un mensaje, ¿sabes?
—Lo sé —dice Zoro—. Pero quería esperar.
Algo en la expresión de Sanji se suaviza. Este se endereza y enciende su cigarrillo. La primera bocanada de humo oculta parte de su rostro, la punta del cigarrillo siendo un rojo cereza brillante.
—Eres un idiota, marimo —dice Sanji. Esto es dicho con cariño y una pequeña sonrisa de satisfacción. Una cálida sensación se despliega en el pecho de Zoro, un marcado contraste con el estado helado de sus muslos.
—Y tú eres un cabrón —dice Zoro. Entonces este comete el error de mirar por la ventana del café. Zeff tiene los brazos cruzados y le está dirigiendo una mirada impaciente—. Y tu padre es aterrador, así que ¿podemos irnos de aquí?
Sanji se ríe ante eso. La calidez bullendo en el pecho de Zoro se expande hacia afuera.
—¿Zeff? Él es un blandengue. No dejes que te engañe —dice el rubio—. Pero aquí afuera hace bastante frío. —Sanji saluda a Zeff con la mano a través de la ventana y comienza a caminar— Vamos.
Zoro se pone a su lado, tirando el resto de su café a una papelera que estaba de paso. Están tan cerca que sus codos se rozan al caminar, pero ninguno de los dos se separa.
—¿Vamos a dónde? —pregunta Zoro.
—A mi casa. Está más cerca. Te prepararé algo caliente —dice Sanji. Este murmura las palabras con el cigarrillo en la boca, pero consigue que no se le caiga—. No fue mi intención hacerte esperar tanto tiempo afuera.
Zoro se encoge de hombros, un escalofrío involuntario recorriéndole la columna vertebral.
—Quería hacerlo —vuelve a repetir él.
"Pensé que te haría feliz" es lo que no dice.
Zoro no está seguro de que Sanji lo entienda, pero por el rabillo del ojo puede ver la sonrisa complacida que el humo del cigarrillo no puede ocultar del todo, levantando las comisuras de los labios del rubio.
—Oye, ¿quieres ir a algún sitio? —pregunta Sanji. Zoro parpadea lentamente, inclinándose para mirarlo a los ojos. Sanji frunce el ceño, pero no retrocede—. ¿Cuál es tu problema?
—¿Acaso olvidaste que estábamos yendo para tu casa? —pregunta Zoro. Sanji pone los ojos en blanco, mirando al cielo. Zoro puede ver que está murmurando algo claramente grosero.
—Cállate, imbécil. Me refería a después.
—¿Qué tenías en mente?
Sanji suelta un murmullo.
—Es una sorpresa. ¿Te animas?
Cualquier lugar está bien siempre y cuando yo esté contigo, piensa Zoro. Un segundo después, este casi vomita ante sus propios pensamientos. Parte de su disgusto debe reflejarse en su rostro, porque Sanji le dirige una mirada extraña.
—¿No es un poco tarde para salir?
—Es el momento perfecto para salir —responde Sanji, de forma vaga.
Zoro sacude la cabeza—. Claro —dice él—. Entonces, adelante.
—Genial —dice Sanji, y cuando sonríe es amplia y sincera. Esta hace que sus ojos se arruguen en las comisuras y que el corazón de Zoro se acelere en su pecho por enésima vez en tan solo unos minutos—. Solo déjame recoger algunas provisiones y después salimos.
—Esto suena casi como si estuvieras intentando llevarme a algún sitio para deshacerte de mí de manera permanente.
—Ahora, ¿por qué yo haría eso? —pregunta Sanji con los ojos burlonamente abiertos. Este mira a ambos lados de la calle como diciendo "¿quién, yo?". Zoro pone los ojos en blanco.
—Porque eres un gran bastardo. Obvio. Y un perdedor, también.
—Eres un cabrón.
—Si intentas matarme, te daré una paliza.
—No te preocupes, marimo, me aseguraré de que llegues a casa sano y salvo antes del toque de queda y de que no te pierdas —dice Sanji, con fingida sinceridad.
—Yo nunca me pierdo —dice Zoro.
—Ajá. Entonces, ¿por qué estás yendo para allá en vez de para acá?
Zoro se pone rígido y se da vuelta. Sanji está de pie en la intersección que acaban de pasar, señalando hacia la izquierda. Para horror de Zoro, siente cómo se le enrojecen las mejillas. La sonrisa de Sanji se ensancha hasta convertirse en una mueca de satisfacción, y Zoro le lanza un zarpazo, gruñendo.
—Cállate —murmura él, intentando empujar al rubio contra un buzón con la cadera.
Sanji lo esquiva fácilmente y entra en el círculo de luz proyectado por una de las farolas, riendo, radiante y despreocupado. Sus pies resbalan sobre el hielo, pero este recupera el equilibrio con facilidad, con ambas manos en los bolsillos mientras sonríe con el cigarrillo en la boca.
—Vamos. Es por aquí —dice Sanji, inclinando la cabeza hacia la izquierda con un gesto. La luz de la farola hace que su pelo se vuelva dorado.
Zoro no puede hacer otra cosa que seguirlo.
—En realidad estás intentando matarme, ¿no es así?
Están saliendo de la ciudad en coche, rumbo al norte. Al menos, eso es lo que dice Sanji. Ha pasado aproximadamente una hora desde que salieron del café, cuarenta minutos desde que el rubio tiró un termo a su auto y metió a Zoro en el asiento de pasajero, y un minuto desde que se lanzaron insultos mutuamente. Zoro no tiene ni idea de adónde están yendo.
La carretera está oscura y desierta, con solo marcas reflectantes a los lados para evitar que los conductores se estrellen contra el bosque circundante. Los pinos bordean ambos lados de la carretera, sus espinas oscuras contra el cielo nocturno casi negro, salpicado por miles de millones de estrellas parpadeantes que se revelan tras dejar atrás el embriagador resplandor de la contaminación lumínica de la ciudad. Cuanto más al norte van, más ralos son los árboles. Sanji tiene ambas manos en el volante, inclinado hacia adelante y con los nudillos blancos.
—Tengo neumáticos de invierno —había dicho él. A juzgar por el ceño fruncido en su rostro, eso no parece haber ayudado en absoluto a aliviar su ansiedad.
—Cállate —dice Sanji—. Estoy intentando conducir. No me distraigas.
—Si fueras un mejor conductor, no te distraerías en primer lugar, ceja enroscada.
—No me obligues a echarte de este auto —amenaza Sanji. Zoro casi resopla en su cara. Lo primero que hizo el rubio después de empujarlo dentro de su coche fue exigirle a gritos al otro que se pusiera el cinturón de seguridad. Las amenazas de Sanji son vacías y débiles.
—Tus amenazas son vacías y débiles, cocinero idiota —dice Zoro.
Sanji aprieta los dientes, pero continúa conduciendo como un ciudadano ejemplar, sin apartar la vista de la carretera. A estas alturas, lejos de la ciudad, la capa de nieve es más espesa e intacta, formando dunas blancas a los costados de la carretera.
Zoro lo deja solo por el momento, porque es una persona generosa y Sanji debería estar agradecido, optando por hurgar en el auto del rubio a falta de algo más que hacer. Sin embargo, no hay muchos lugares a los que pueda acceder, solo la guantera y el parasol del pasajero. Zoro enciende la luz interior y comienza a husmear.
—Eso es ilegal —dice Sanji. Zoro lo ignora. Al abrir la guantera se descubre un montón de cintas de casete etiquetadas cuidadosamente con una letra casi ilegible.
—¿Cintas de casete? ¿En serio? ¿Qué edad tienes?
—Silencio, marimo. Deja de husmear, desgraciado, y apaga la luz.
—No puedes decirme qué hacer —dice Zoro, rebuscando en la guantera para probar un punto. Ni siquiera está buscando nada. Solo quiere molestar a Sanji.
—¡Deja eso!
—¿Tienes algo que ocultar, cocinero idiota?
—No, solo estás desordenando mis cosas, imbécil.
Zoro gira la cabeza en dirección a Sanji y, sin apartar la vista, vuelve a meter la mano en la guantera y empieza a rebuscar entre ellas de nuevo. Los estuches de plástico de las cintas chocan ruidosamente entre sí.
—Oh, Dios mío —dice Sanji. Y entonces, finalmente, este aparta la vista de la carretera y se gira para fulminar con la mirada a Zoro, la tensión sobre sus hombros relajándose con el familiar gesto de la irritación. El rubio niega con la cabeza y vuelve a mirar hacia la carretera—. Solo pon una de ellas, si insistes tanto en desordenar mi colección.
—Realmente no me apetece —dice Zoro, cerrando la guantera. O intentando cerrarla. Las cintas de casete tintinean en señal de protesta. El peliverde tiene que empujar la guantera varias veces hasta que esta finalmente encaja al cerrarse.
Sanji refunfuña, reclinándose para no estar encorvado sobre el volante—. Eres espantoso.
—No tan espantoso como esa ceja tuya —dice Zoro.
—Te odio. ¿Ya te lo he dicho antes? Porque de verdad te odio.
—Cállate. Qué dramático eres.
—Tú cállate.
—No, tú.
—No, tú.
Zoro está a punto de responder con algo increíblemente profundo cuando algo en el rabillo del ojo llama su atención al llegar a la cima de la colina.
—Espera- ¿Qué es eso?
La línea de árboles desciende dejando al descubierto un lago, congelado y cubierto con una fina capa de nieve. Montañas lejanas, escarpadas y dentadas, se recortan en el horizonte. Pero por encima de todo eso, flotando sobre el lago, se ven brillantes franjas verdes, serpenteando lentamente por el cielo nocturno en ondas de luz.
Sanji sonríe, relajándose por fin después de casi una hora de conducción.
—Supongo que tenemos suerte hoy —dice él. Su sonrisa se transforma en una amplia—. Esas son las auroras boreales.
Finalmente, Zoro aparta la vista para mirar a Sanji, y descubre que no tiene ni idea de qué decir. Esto se siente como algo mucho más que una simple "sorpresa".
A medida que se acercan al lago, la carretera se ensancha a un lado para que los coches se detengan a contemplar el paisaje. Sanji reduce la velocidad y estaciona el auto. A estas horas de la noche, no hay nadie más alrededor.
—¿No es ilegal aparcar al borde de la carretera? —pregunta Zoro distraídamente. Él dirige la pregunta al perfil de Sanji, donde este se encuentra iluminado de alguna forma por la luz verde. Debió apagar la luz interior del auto sin que Zoro se diera cuenta.
La chaqueta de Sanji se mueve al encogerse de hombros—. Aquí no. Pero aún así merecería la pena —dice él.
Ambos salen del auto. De inmediato, Zoro siente un escalofrío como nunca antes. No está terriblemente ventoso, pero la temperatura está definitivamente más baja que en la ciudad. Su aliento es visible cuando respira. Zoro se esconde las manos bajo las axilas, pero no puede apartar la vista del cielo, donde franjas de un verde brillante iluminan la noche.
—Toma —dice Sanji, ofreciéndole un vaso de algo caliente y humeante. Zoro lo toma inmediatamente.
—¿Qué es esto? —pregunta él, a pesar de que en realidad no le importa. Solo que está caliente y evitará que muera en el desierto helado.
—Chocolate caliente.
El peliverde murmulla y bebe un sorbo. Sabe bien. Típico.
Zoro gruñe en señal de agradecimiento, subiéndose la bufanda que el rubio le había dado hasta la barbilla. No se refiere solo al chocolate caliente. Sanji asiente en señal de comprensión. Los dos permanecen allí en silencio, separados por la anchura de los hombros, observando cómo la luz ondula en el horizonte. Zoro sostiene el vaso de chocolate en sus manos y desearía que en su lugar fuera la mano de Sanji. Se toma un trago extragrande para ahuyentar ese pensamiento antes de hacer algo vergonzoso. Se termina quemando la lengua, pero Zoro se lo traga valientemente junto con palabras demasiado duras para pronunciar.
Zoro mira a Sanji de reojo. Este parece algo melancólico, lo cual es bastante raro teniendo en cuenta lo que están viendo. Y así, Zoro parece no poder apartar la mirada del otro a pesar del brillo de las auroras boreales que titilan entre las estrellas.
Entre ellos flota una tensión palpable, cargada de vacilación y anticipación. Zoro espera a que el rubio rompa el silencio.
Después de unos cuantos minutos, Sanji empieza a hablar—. Mi madre solía llevarme todos los años a buscar las auroras —dice él, con voz baja y tranquila, un secreto flotando en el espacio entre ellos—. A veces no las veíamos. A veces sí. De cualquier modo, a mí me daba igual. Era divertido ir a buscarlas. Pero cuando las encontrábamos, sentíamos que podíamos lograr cualquier cosa que nos propusiéramos, ¿sabes?
Sanji sigue mirando hacia arriba, con la línea de su cuello desnudo expuesta al aire frío, pero a este no parece molestarle—. ¿Por qué ya no lo haces? —pregunta Zoro.
Sanji parpadea pesadamente, sin dejar de mirar al cielo nocturno. Sus dedos repiquetean contra el vaso de plástico donde guarda su chocolate caliente, el sonido amortiguado en el aire. Su garganta se mueve cuando traga saliva—. Ella falleció. Él se fue.
—¿Él?
—Mi padre biológico.
Lo dice de manera casual, pero la tensión en la mandíbula de Sanji delata sus emociones. Este parpadea rápidamente, y Zoro piensa que es probable que ya no esté viendo las luces.
—Qué cabrón —dice Zoro, y por una vez lo dice en serio. Hay palabras peores para describir a alguien que podría hacer que Sanji se viera así, miserable, vulnerable y solo, parpadeando con rapidez pero sin ver nada ante la aurora boreal, pero Zoro se conforma con algo mundano, aunque sea solo para ahuyentar las sombras que parpadean en el rostro del rubio.
Sanji resopla en señal de aprobación, llevándose el vaso de chocolate a los labios—. No tienes ni idea —murmura él contra el borde.
Zoro vacila un momento antes de preguntar—: ¿Por qué se fue?
Una ligera brisa agita los árboles, levantando una fina capa de nieve que se arremolina a sus pies. Sanji se remueve incómodo y luego se gira para mirar a Zoro. Las luces iluminan su perfil lateralmente, su expresión parcialmente oculta en la sombra.
—No lo sé —susurra Sanji. Su voz sale débil y ronca. Este se aclara la garganta bruscamente—. Ni siquiera sé por qué te estoy contando todo esto. Ni siquiera importa.
A Zoro se le encoge el corazón. Este quiere extender la mano y acercar al rubio hasta que ambos queden pegados. Tal vez ayudaría a Sanji saber que no está solo.
Pero no lo hace.
—Sí importa —dice Zoro en cambio—. Si es importante para ti, sí importa.
Sanji sigue mirándolo fijamente, con una expresión indescifrable. Zoro le devuelve la mirada, intentando proyectar resolución y sinceridad, hasta que aparta la vista. Ambos vuelven a sumirse en el silencio, contemplando despreocupados el lago helado y las auroras boreales que ondean sobre ellos.
Zoro deja que el silencio se prolongue entre ellos, cómodo dejando a Sanji sumido en sus pensamientos. Entonces, sin que él se dé cuenta, el rubio se acerca poco a poco hasta que sus hombros se chocan. El chocolate caliente de Zoro casi se derrama sobre sus dedos.
—Gracias, Zoro —murmura Sanji, tan bajo que este apenas lo oye.
Zoro le da un codazo a Sanji, lo suficiente para que él sepa que lo ha entendido. Sanji se mece, pero casi de inmediato se vuelve a presionar contra Zoro. Este puede sentir el brazo del otro contra el suyo, cálido y firme. El peliverde sonríe para sí mismo, hundiendo la mitad inferior de su rostro en la bufanda de Sanji.
—Cuando quieras —dice él.
El viaje de regreso es silencioso. Sanji lleva diez minutos intentando reprimir sus bostezos (sin éxito) y parece mucho más relajado que durante el viaje al lago. Zoro no sabe si es porque es la una de la madrugada o porque lleva despierto quién sabe cuánto tiempo.
La onda verde de luz de la aurora se ha desvanecido en un resplandor más generalizado en el cielo, lo suficientemente brillante como para iluminar en cierta medida la nieve a lo largo de la carretera. Zoro observa cómo la cubierta arbórea se vuelve más densa a medida que se dirigen hacia el sur, hacia la ciudad.
Sanji levanta una mano del volante y se presiona el labio inferior con el pulgar, como si tuviera ganas de fumar un cigarrillo, pero se negara a ceder ante la tentación.
—Quédate a dormir —dice él. Está formulado como una exigencia, pero se asemeja más a una petición que a otra cosa. Zoro observa su perfil, desde el brillo de sus ojos en la oscuridad hasta el pulgar presionado contra su labio.
—De acuerdo —dice este con facilidad.
Sanji bosteza de nuevo, al parecer lo suficientemente satisfecho con la respuesta de Zoro como para no decir nada más. El rubio vuelve a colocar ambas manos en el volante y se sacude un poco para despertarse, suspirando suavemente.
Una mezcla de curiosidad y aburrimiento hace que Zoro vuelva a abrir la guantera. Un casete se cae inmediatamente. La inscripción en la etiqueta sigue siendo ilegible, por mucho que Zoro entrecierre los ojos, así que la recoge y la vuelve a meter en el compartimento sin mucho cuidado. Sanji abre la boca de par en par en otro bostezo. Él no parece darse cuenta ni importarle lo que Zoro está haciendo, y este se siente cómodo dejando que el silencio se prolongue.
Él extiende la mano hacia la visera parasol.
Cuando Zoro la abre, encuentra una foto metida en uno de los bolsillos, con los bordes arrugados por el paso del tiempo. En ella aparece una mujer, con lo que parece ser cabello rubio y una sonrisa familiar. Es difícil de distinguir en la oscuridad del auto. Esta tiene sentado en su regazo a un niño, de unos seis años, que comparte la misma sonrisa, con el pelo cayéndole sobre un ojo. La barbilla de la mujer descansa sobre la cabeza de él, y ambos han curvado las manos de tal manera que forman un corazón frente a la cámara. Al fondo se ve el lago.
Zoro se la queda mirando un momento, y luego vuelve a subir la visera.
Llegan a casa de Sanji alrededor de las dos de la madrugada. Ninguno de los dos se molesta en limpiarse los pies. Sabe que la nieve se derretirá en minutos y dejará asquerosos charcos grises en la entrada, pero Sanji no dice nada, así que a Zoro realmente no le importa. Este se quita las botas e inmediatamente cae de bruces en el sofá del rubio.
—Te vas a odiar a ti mismo por la mañana si duermes así —dice Sanji, sonando a punto de bostezar otra vez.
—Mrm —dice el peliverde contra los cojines—. Ya es de mañana. ¿A quién le importa?
Sanji bosteza. Zoro lo interpreta como un acuerdo. Aparentemente, el cerebro del rubio no funciona a estas horas porque este no responde, marchándose con tranquilidad a hacer quién sabe qué. Lo último que Zoro oye antes de quedarse dormido es el grifo del baño abriéndose.
Al menos, hasta que un fuerte pinchazo en la espalda lo despierta bruscamente.
—¿Pero qué coño? —refunfuña Zoro, pero las palabras nunca llegan a formarse y termina simplemente gruñendo. Cambia de posición y enseguida se da cuenta de lo dolorido que está—. ¿Pero qué coño? —vuelve a decir, esta vez con mayor coherencia.
—Levanta tu trasero del sofá, marimo.
—¿Por qué?
—Es demasiado pequeño —dice Sanji. Zoro intenta ignorar la forma en que sus pies están colgando del brazo del sofá—. Vas a estar adolorido pronto, si es que ya no lo estás.
Zoro deja que el silencio hable por sí mismo. Sanji suelta un suspiro.
—Vamos —dice él—. Podemos compartir la cama.
Zoro finalmente abre los ojos. Sanji lo está mirando fijamente, lo suficientemente despierto como para fruncir el ceño. Apenas habían pasado unos minutos desde que se quedó dormido. Zoro sabía que, por cortesía, debía intentar al menos protestar por la oferta del rubio, pero la postura en la que está tumbado en el sofá indica que ya se hizo un tirón en la espalda y, sinceramente, la tentación de estar más cerca de Sanji es difícil de resistir.
—Está bien —murmura Zoro, poniéndose de pie. Apenas tiene suficiente capacidad mental para seguir a Sanji cuando este los guía los cinco pasos hasta el dormitorio. En el momento en que ve la cama, Zoro se inclina hacia adelante y deja que la gravedad haga el resto del trabajo. Se deja caer en la cama con un suave mmph. Se oye el suave sonido de Sanji, ya sea riéndose de él y suspirando, pero Zoro simplemente se acurruca más entre las mantas, cómodo y soñoliento.
—Al menos métete debajo de las sábanas, imbécil.
Zoro deja escapar un ronquido exageradamente falso.
—Eres un dolor de cabeza, marimo —dice el rubio suspirando. Un segundo después, cae una manta para cubrirlo. Zoro entreabre los ojos y alcanza a ver la expresión de cariño en el rostro de Sanji antes de darse vuelta y deslizarse a la cama al otro lado, apagando la luz al pasar junto al interruptor.
Zoro se mantiene despierto el tiempo suficiente para asegurarse de que Sanji se duerma primero, disfrutando de la calidez que emana del lado de la cama del otro. Le echa a Sanji una última mirada, se inclina hacia adelante para arropar mejor al rubio con las mantas y luego cierra los ojos, quedándose dormido a su lado.
A la mañana siguiente, después de desayunar abundantemente, Zoro se está poniendo las botas en la entrada, con Sanji apoyado contra la pared, observándolo en una repetición casi exacta de su primera despedida. Ambos están callados otra vez, y Zoro siente el impulso casi irrefrenable de darse la vuelta y atraer al otro hacia sí.
Pero no lo hace.
Sanji le entrega otro recipiente lleno de comida, esta vez una especie de pasta con marisco. Cuando este se mueve, la luz del sol se refleja en algo sobre el mostrador. Es la fotografía. Esta vez está en posición vertical, apenas visible por el reflejo del sol en el cristal, pero Zoro puede ver que es un retrato familiar. La mujer que aparece en la fotografía del auto de Sanji está allí, junto con algunas personas que Zoro no reconoce.
Se ven felices.
Sanji se da cuenta de lo que está mirando y le dedica una débil sonrisa que parece frágil y falsa.
—Sí, son ellos —confirma él.
Zoro vuelve a mirar la foto, recuerda la fotografía que estaba guardada en la visera del auto del rubio, desgastada en las esquinas por el paso de los años.
—Te pareces a ella —dice Zoro.
Algo en la expresión de Sanji se desmorona.
—Gracias —dice este con voz ronca, agachando la cabeza. Pero Zoro ahora puede ver que su sonrisa es más amplia, más genuina a pesar de lo temblorosa que es, oscilando en las comisuras.
Sería tan fácil, tan fácil, simplemente tomar la mandíbula de Sanji entre sus manos, inclinarle la barbilla hacia arriba, acercarlo más.
Sería aún más fácil besarlo.
Pero Zoro no lo hace.
—Gracias por- todo —dice él con voz vacilante. Zoro se pregunta por qué sus despedidas siempre son tan condenadamente incómodas—. Te veo luego.
Sanji lo saluda con la mano, con los ojos brillantes y una sonrisa más pequeña, pero igual de abierta. No responde.
Solo cuando está a medio camino de casa, con la nieve cayendo en pequeños copos de hielo, Zoro se da cuenta de que olvidó devolverle la bufanda a Sanji.
—Soy un idiota.
—Sí, lo sé.
—¿Por qué siquiera hablo contigo?
—Porque de otra forma no habrías conseguido el número de Sanji.
—…
—Eso pensé.
—Debería haber hecho algo. No sé. Besarlo, tal vez.
—Ya tendrás tu oportunidad. No te preocupes. Solo sé paciente, Zoro.
Está oscuro cuando Zoro casi llega a casa después del trabajo. La nubosidad es lo suficientemente densa como para presagiar una tormenta, la nieve cayendo del cielo en oleadas, las luces de la ciudad proyectando un resplandor anaranjado que se refleja en las nubes.
Zoro estaba a punto de crujir la mandíbula al bostezar cuando casi resbala, de nuevo, en el mismo parche de hielo que la primera vez, despertándolo de golpe. Los extremos de la bufanda de Sanji le dan en la cara.
No está muy seguro de quién se supone que debe quitar el hielo y la nieve de la acera, pero Zoro casi se cae de bruces cada vez que está fuera de su edificio. El vecino de enfrente probablemente piensa que es una especie de idiota ebrio. Zoro nunca se ha emborrachado en su vida. ¿Qué demonios sabe el vecino? El peliverde mira con desdén al otro lado de la calle e inmediatamente se siente estúpido al encontrarse con una anciana sorprendida. Esta se apresura en entrar en su edificio.
—Eres un peligro para la sociedad —dice una voz detrás de él.
El corazón de Zoro da un vuelco y este gira sobre sí mismo, esforzándose por no resbalar.
Es Sanji.
Y la verdad es que es jodidamente típico que Sanji sea la única persona que presencie cada momento en que la vida decide hacer que Zoro parezca un imbécil completamente disfuncional.
Un cigarrillo sin encender reposa perezosamente entre los labios de Sanji, una bolsa de compras colgando de su muñeca. Este tiene las manos metidas en los bolsillos para protegerse del frío y la capucha, con pelo sintético, puesta. Las farolas proyectan largas sombras sobre su rostro, pero esta vez luce menos agotado, solo cansado, con un mechón rebelde sobresaliendo de su frente. Algo de nieve se ha depositado en su capucha, brillando en la penumbra. El viento arrecia lo suficiente como para que el mechón se mueva de un lado a otro.
—¿Qué diablos haces aquí? —dice Zoro a modo de saludo, pero tampoco es que Sanji tenga la decencia de un ser humano normal. Además, es mejor que decir algunos de los pensamientos dando vueltas en su cabeza, como "te ves bien", "te he echado de menos a pesar de que solo han pasado unos días" o "me gustas tanto que no sé qué hacer conmigo mismo".
De niño, Zoro solía creerse indestructible, pero la edad adulta solo le ha enseñado que, si bien uno no puede morir de vergüenza, sí puede sentir cómo su alma se marchita antes de intentar abandonar su cuerpo por completo.
Sanji levanta una ceja.
—Estoy de camino a casa. —dice este frunciendo el ceño—. ¿No recuerdas dónde vivo?
Zoro vacila.
—Sí —dice él de manera no convincente.
Sanji pone los ojos en blanco. Parece que lo hace mucho cuando está cerca del peliverde.
—Sé lo que hago. Con las direcciones y esas cosas. Fácil —dice Zoro, con la mirada desviada hacia un lado. La nieve se está acumulando tanto que los coches aparcados al borde de la carretera pronto estarán cubiertos.
—Ajá —dice Sanji con escepticismo—. Igual que sabes lo que haces cuando te resbalas en el mismo parche de hielo de la última vez. Sabes que has ido a mi casa dos veces, ¿no? Al menos deberías saber la dirección general.
—Cállate, estúpido cocinero. Ceja enroscada. Cejas pervertidas.
—¿En serio vamos a hacer esto? —Sanji hace una pausa—. Marimo.
Antes de que Zoro pueda responder con una réplica, sin duda ingeniosa y asombrosa, es interrumpido por una repentina y fuerte ráfaga de viento, golpeándolos a ambos con tanta fuerza que casi se siente como agujas heladas. Sanji se tambalea por la fuerza.
—A la mierda, qué frío que hace —dice el rubio, temblando y encogiendo los hombros hacia adelante para proteger el poco calor que puede.
—¿Cómo pueden vivir en este infierno? —pregunta Zoro, aferrándose a la bufanda de Sanji para que no salga volando. La tela se quedó congelada donde concentró su aliento, crujiendo suavemente bajo su agarre.
—Cállate —dice Sanji con desgana—. No es tan malo una vez que te acostumbras.
Otra ráfaga de viento aúlla en la distancia, haciendo que la nieve roce el pavimento como si fuera arena. Grandes copos de nieve, gruesos y helados, están comenzando a caer en grandes cantidades. Las ventanas por encima de ellos traquetean siniestramente. Un segundo después, a ambos les golpea toda la fuerza del viento, acompañada de una nueva descarga de nieve.
—Eres un puto mentiroso —dice Zoro, apretando los dientes para que no le castañeteen. El otro no parece estar mejor, casi partiendo su cigarrillo por mitad en un mordisco.
—Cállate —murmura Sanji—. Ni siquiera es enero todavía. Ahí es cuando empieza el verdadero frío. Y tú probablemente acabarás congelado en un banco de nieve porque te perdiste tratando de encontrar el camino de regreso a este mismo lugar.
—Ey.
—Y como al parecer no conoces tus propias calles —prosigue Sanji, ignorando totalmente a Zoro porque es un completo cretino—, probablemente acabarás en la puerta de mi casa y entonces yo tendré que ocuparme de tu cadáver.
—Yo nunca me pierdo —murmura Zoro—. Y solo por eso voy a congelarme justo afuera de tu casa, solo para fastidiarte.
—Oh, genial, seguramente te perderás intentando encontrar mi casa si la buscas deliberadamente.
—Eres un imbécil —dice Zoro. Está a punto de decir algo más, o posiblemente de darle un golpe en la nuca a Sanji, pero otra ráfaga de viento los interrumpe. Esta es más fuerte que la anterior, lo suficiente como para hacer que el rubio tropiece hacia adelante. Zoro extiende la mano para sostenerlo.
—Rayos —murmura Sanji, echando un vistazo al cielo nublado y mirando su reloj. Su pie marca un ritmo nervioso, el hielo crujiendo bajo sus pies mientras se remueve en el sitio para mantenerse caliente. Con voz más alta, dice él, con una mueca—, debería irme yendo. No quiero quedar atrapado en la tormenta de nieve.
Tal vez sea el frío lo que le ha afectado el cerebro de Zoro, o tal vez sea el silencioso arrepentimiento que podría estar imaginando en la voz del rubio, pero Zoro actúa antes de poder pensarlo realmente.
Sanji se sobresalta cuando la mano de Zoro se extiende y le rodea gentilmente el brazo. Incluso en su agarre flojo, el rubio parece paralizado. Sus ojos se amplían desmesuradamente, sus labios entreabriéndose por la sorpresa. Su cigarrillo cae y se pierde inmediatamente en la tormenta que se avecina. Sanji se recupera rápidamente, haciendo una mueca y zafándose con brusquedad del agarre. La bolsa se choca contra sus piernas.
—¿Qué? —dice Sanji, nervioso, inquieto y, por alguna razón, avergonzado. La nieve que cae a su alrededor es ahora tan intensa que la visibilidad se reduce a solo unos pocos metros, pero Zoro solo tiene ojos para Sanji.
Zoro no deja caer su mano, dejándola suspendida torpemente entre ellos. Realmente no sabe qué decir. Sanji lo confunde; su forma de actuar y lo que dice a veces son completamente opuestos. Es como si supiera qué hacer cuando alguien lo insulta, parece disfrutar de las bromas y los enfrentamientos, pero Sanji no parece saber qué hacer ante ningún gesto de afecto, ni siquiera ante algo tan simple como una mano en su brazo.
Zoro baja la mirada hacia su garganta. De nuevo Sanji no lleva puesta una bufanda, no se ha puesto una desde que se conocieron – seguramente debió haberle dado a Zoro la única que tenía.
—Entra, ceja enroscada —dice el peliverde. Suena mucho a una petición, su voz suave y baja.
Sanji le dirige una expresión indescifrable, escrutando su rostro con atención en busca de respuestas a una pregunta que nunca se formuló. Zoro no sabe lo que encuentra, pero eventualmente el rubio se desinfla y asiente con la cabeza.
Zoro deja caer la mano, esta cerniéndose sobre la parte baja de la espalda de Sanji mientras ambos entran al edificio.
En una palabra, el apartamento de Zoro está vacío.
Para ser justos, se mudó hace poco y, de todos modos, no tenía muchas cosas antes. La mayoría de las cosas que ha traído son regalos de amigos, incluyendo una irónica botella de protector solar de parte de Nami.
—En caso de que sufras una quemadura solar grave por toda la nieve —había dicho ella. A veces Zoro se pregunta cómo llegaron a ser amigos.
Muchas de sus pertenencias aún están en cajas, pero Zoro nunca ha logrado reunir la energía suficiente para desempaquetarlo todo.
Sanji entra al lugar como si estuviera en un museo. Este se esfuerza mucho por no tocar nada y tarda mucho tiempo hasta en quitarse la chaqueta. Solo se sienta cuando Zoro lo empuja al sofá. Este le quita la bolsa y la mete en la nevera.
—Aquí te dejo la bufanda y tus recipientes junto a tus cosas para que recuerdes llevártelos de vuelta a casa mañana —dice Zoro. Le da un poco de vergüenza haber tardado tanto en devolver las cosas del rubio.
Sanji no parece darse cuenta, moviendo la pierna con nerviosismo. Zoro no cree haberlo visto nunca tan incómodo. Es extraño. Los consideraba al menos amigos o algo así, pero Sanji está tan nervioso ahora mismo que hace que Zoro se pregunte si su apartamento está visiblemente sucio o algo parecido, lo cual sería comprensible teniendo en cuenta que no ha limpiado este lugar desde que se mudó.
—¿Mañana? —pregunta el rubio. La estática de la capucha de Sanji ha dejado su cabello revuelto, pegado a su frente y ocultando parcialmente su rostro.
Zoro hace una pausa.
—¿Acaso crees que la tormenta pasará antes de mañana por la mañana? —Basta con mirar la ventana para darse cuenta de que la tormenta está ahora en toda su fuerza.
—Mierda. Supongo que no —Sanji se frota la cara con cansancio y parpadea lentamente, con la mirada perdida—. Disculpa la intromisión.
—Yo te invité a entrar, estúpido cocinero. —Zoro vacila, y luego dice—: Además, no quería que te congelaras ahí fuera.
—Pensé que tú eras el que planeaba congelarse fuera de mi casa, marimo. —Sanji le sonríe. Esta está un poco deshilachada en los bordes, pero aún así merece la pena verla.
Zoro lo mira con furia y se cruza de brazos—. Como sea. Estoy jodidamente cansado, así que me voy a dormir. Mi cama es plegable, así que tendremos que compartirla.
Los ojos del rubio se abren de par en par y este salta del sofá como si le hubiera quemado.
—¡¿Qué?! No, eso… —Sanji se detiene para dar una vuelta como si buscara otro sofá o cama que apareciera de la nada—. Si tienes una manta de sobra, puedo dormir en el suelo.
Apartando los cojines a un lado, Zoro saca la cama de un tirón. El armazón de madera cruje ruidosamente. Zoro se gira hacia Sanji, con los brazos cruzados.
—Ceja enroscada, no seas estúpido. Vamos a compartir. Ya hemos compartido antes. No tengo mantas de repuesto, así que tendrás que apañártelas.
—Pero-
Zoro le pone una mano en el hombro. Sanji se queda inmediatamente paralizado, dándole al otro la oportunidad perfecta para empujarlo sobre el futón. El rubio cae sin resistencia.
—Ponte cómodo, cabrón —dice Zoro.
Sanji lo mira boquiabierto desde donde está tumbado en el futón, como si no pudiera creer que el peliverde lo empujara a un colchón tan cómodo para dormir cuando ambos están exhaustos. Zoro niega con la cabeza. No puede creer que le guste este idiota.
Cuando el rubio intenta incorporarse, Zoro se inclina hacia delante y lo vuelve a tumbar. Sanji lo mira desde abajo, con la irritación creciendo hasta el máximo, a juzgar por el leve movimiento de su ceja. Zoro solo le devuelve la mirada, imperturbable. Parece que tiene muchos de estos concursos de miradas fijas en los que esperan que alguien ceda.
Esta vez el que ceda no será Zoro.
Sanji parece darse cuenta de esto bastante pronto, porque se relaja ligeramente y empieza a enfurruñarse.
—Bueno, si insistes —dice él. Zoro se aparta de él un momento, pero no se aleja de la cama por si Sanji está intentando engañarlo. Retrocediendo lentamente, Zoro intenta agarrar las mantas. Este las huele con la mayor sutileza posible. No huelen a nada particularmente desagradable. Quizás un poco a la caja de cartón en la que venían. Aceptable.
—Ni siquiera pude lavarme los dientes —se queja Sanji desde atrás. Cuando Zoro se gira para mirarlo, el rubio sigue tumbado boca arriba, mirando el techo y parpadeando lentamente. Zoro le echa las mantas encima. Se oye un chillido ahogado de protesta, pero Sanji sigue sin moverse.
—Puedes usar el mío —dice el peliverde. Sanji adormiladamente se abre paso a golpes entre el montón de mantas y le dirige al otro una mirada lenta e incrédula.
—…Ew.
Zoro lo fulmina con la mirada.
—Hay una caja de cepillos sin abrir en el armario —dice él. Y como quiere que Sanji sepa que no es completamente inútil, añade—: Los conseguí en oferta.
Sanji murmulla y sigue sin moverse. Parece que está a punto de quedarse dormido, con los ojos cerrados, cálido y cómodo gracias al peso de las mantas. Zoro intenta pincharle la mejilla con un dedo y termina apartándole el flequillo de la cara.
—Si quieres ducharte o lo que sea, probablemente deberías hacerlo ahora antes de irte a dormir —dice él.
Sanji murmulla de nuevo, inclinándose de forma inconsciente hacia la calidez de la mano de Zoro. Este retira la mano bruscamente como si se hubiera quemado. Bien eso podría haber pasado, a juzgar por el ardor en sus mejillas.
Aclarando su garganta, el peliverde se dispone a pinchar la mejilla de Sanji. Esta es blanda y áspera, con un ligero rastro de barba.
—Ey. Ceja enroscada. —Un sonido de fastidio brota de la garganta del rubio—. Ceja enroscada. Cocinero idiota. Despierta. Esta es tu última oportunidad o, de lo contrario, me tiraré sobre ti y me dormiré enseguida.
Sanji emite un sonido similar al de un animal moribundo y rueda hasta caerse del colchón, aterrizando sobre sus manos y rodillas. Este parpadea mirando al suelo como si no supiera que está ahí.
—Por Dios —dice Zoro. Agachándose, este ayuda a Sanji a levantarse y lo empuja hacia el baño. El rubio casi se tropieza con sus propios pies en el corto trayecto hacia allí, y termina apoyándose en el otro durante la mayor parte del camino.
—No me obligues a meterme ahí contigo, ceja enroscada —dice Zoro.
Sanji abre los ojos a la fuerza.
—Eres un imbécil —dice él. Entonces frunce el ceño—. ¿Tú no quieres prepararte para dormir también?
—¿Estás bromeando? Estoy muy cansado para esa mierda. Lo haré mañana por la mañana.
—Eres asqueroso.
—Cállate y métete a la ducha de una vez —dice Zoro, rematando la frase con un empujón—. Apestas.
Eso no es cierto, pero el comentario hace que Sanji se despierte de golpe, irritado. Este casi tropieza con la fuerza del empujón de Zoro y mira por encima del hombro para fulminarlo con la mirada, pero luego se relaja, asintiendo agradecido. La puerta se cierra entre ellos.
Zoro deja la luz encendida para que Sanji pueda encontrar el camino de regreso y se quita la camisa. Todavía huele a alcohol y comida cara, pero le da demasiada pereza comprarse una nueva para dormir. Zoro se deja caer rápidamente en la cama con un suspiro, arropándose hasta la barbilla. Apenas se da cuenta cuando se enciende la ducha, quedándose dormido casi en el instante en que su cabeza toca la almohada.
El chirrido del somier hace que Zoro vuelva lentamente a la realidad. Alguien se está moviendo con cuidado en la oscuridad, despacio y en silencio para no molestarlo. Se percibe un ligero olor a jabón en el aire, un aumento de la humedad tras la ducha. La cama se hunde lentamente mientras Sanji intenta acomodarse en un rincón del colchón sin destapar las mantas.
—Eres tan estúpido, cocinero idiota —murmura Zoro, abriendo los ojos apenas un poco. O al menos eso es lo que intenta decir, pero las palabras le salen confusas y pesadas. El rubio se queda paralizado.
—Hola. Perdón —dice Sanji en voz baja. Está demasiado oscuro para distinguir bien sus rasgos, pero Zoro puede verlo jugueteando con los bocamangas de su camisa, subiéndolos sobre sus manos como si estuvieran frías.
A lo lejos, Zoro puede oír el murmullo de la nieve de afuera, el aullido del viento entre los edificios, pero está más concentrado en el peso de Sanji sobre la cama, la tensa curvatura de su columna, el silencio incierto flotando en el aire.
Antes de que Zoro pueda dejar que su mente arruine el momento con algo tan estúpido como pensar, levanta las sábanas y atrae a Sanji hacia él. Este se resiste al principio, pero se deja llevar a la cama, con el brazo del otro rodeando su cintura. Sanji aún está cálido por la ducha, y el aroma del champú de Zoro es más fuerte ahora que este está acurrucado bajo su barbilla.
—Eres tan estúpido, cocinero idiota —vuelve a repetir Zoro, esta vez contra el cabello de Sanji. Es agradable, piensa Zoro soñoliento, apretando más su brazo alrededor del otro—. Estás bien suave —intenta decir él. Por suerte, su boca no lo obedece y termina simplemente acurrucándose contra la piel del rubio.
Sanji no dice nada, por lo que Zoro se deja caer de nuevo en un sueño profundo, cálido y satisfecho. A medida que comienza a quedarse dormido de nuevo, su respiración se normaliza, y el otro se relaja poco a poco.
Zoro está casi dormido cuando siente a Sanji acercarse, pasando un brazo por su costado. Su aliento es cálido contra la garganta del peliverde. La nariz de Sanji roza contra su clavícula, pero a Zoro no le importa.
No le importa en absoluto.
Zoro se despierta con el olor del paraíso.
O del desayuno, para ser más precisos. Su apartamento nunca había olido tan bien. Si Zoro pudiera despertarse así aunque sea solo una vez al mes, no volvería a quejarse de nada nunca más.
Zoro se toma su tiempo abriendo los ojos, saboreando el momento. La luz del sol se filtra a través de las persianas abiertas en láminas de oro corrugado. Una mirada al exterior le permite saber que el cielo está despejado, aunque todavía hace un frío inquietante. Cuando Zoro gira la cabeza, puede distinguir el rubio de la cabeza de Sanji. La luz le llega justo en la dirección adecuada para que parezca que está brillando.
O tal vez eso solo es la infatuación de Zoro saliéndose de control. No es que alguna vez tuviera control sobre ella, pero igual.
Sanji debe oírlo despertar porque este mira por encima de su hombro y sonríe. Sonríe. Es un poco vacilante, pero definitivamente genuina. Unas gafas de montura negra están posadas sobre el puente de su nariz. Zoro empieza a sentirse ebrio.
—Hola. Veo que al fin despertaste —dice Sanji. Su ropa está arrugada por haber dormido y su cabello es un desastre, pero se ve bien. Asombroso, incluso. Una taza de lo que parece ser café reposa junto a su codo, medio vacía.
—Mm —dice Zoro, enterrando su cara en su almohada. Es en parte porque la cama es demasiado cómoda para dejarla y en parte porque no quiere que Sanji vea lo perdidamente enamorado que está.
—…Eres una de esas personas que son completamente inútiles por la mañana, ¿no?
—Mrm —responde Zoro.
—Pues, si no levantas ese trasero pronto, no tendrás desayuno —amenaza Sanji. Zoro se levanta tambaleando de la cama a pesar de que sabe perfectamente que es un truco débil. Puede ver que el rubio ha puesto dos platos – unos que nunca había visto antes en su vida – y que claramente ha preparado el desayuno para al menos dos personas.
—Eres un completo cabrón —dice Zoro, bostezando ruidosamente. Una ceja poco impresionada se levanta en su dirección, y Sanji ni siquiera aparta la mirada cuando saltea lo que parecen ser huevos.
—Ponte una camisa, marimo. Nadie debería ver eso por la mañana.
—Sí, sí, no quise ofender tu delicada sensibilidad, estúpido cocinero —murmura Zoro, pero este de todos modos se dirige a su armario para buscar algo que ponerse. No porque Sanji se lo haya dicho, sino porque hace un poco de frío y preferiría no sacarle un ojo al otro con el pezón. La imagen mental le hace reír disimuladamente. El rubio lo mira con curiosidad y, nuevamente sin apartar la mirada, hace una maniobra de apariencia complicada con su muñeca que envía el contenido del desayuno volando por los aires y aterrizando cuidadosamente de nuevo en la sartén.
Zoro se mete la primera camisa casi limpia que encuentra sobre la cabeza y se dirige al baño. Cuando emerge unos minutos después, Sanji ya ha preparado los platos.
Se ve increíble, pero Zoro valientemente se abstiene de agarrar el plato con más comida y llevárselo todo a la boca. Después de todo, tiene cierto autocontrol, a pesar de que decida no ejercerlo la mayoría de las veces. Su paciencia se ve recompensada cuando Sanji desliza hacia él el plato más grande, junto con una taza de café negro recién hecho.
—Gracias —dice Zoro, ya llenándose la boca de huevos.
Los dos desayunan juntos en amigable silencio. Zoro disfruta de la luz del sol y observa a Sanji. Este tiene el celular afuera y está leyendo algo, quizás las noticias de la mañana. Al deslizar el dedo por la pantalla, Zoro ve la foto de un tiburón. De vez en cuando, el rubio tiene que levantarse las gafas con un dedo. Con la otra mano agarra el tenedor, casi olvidado mientras sigue leyendo.
Toda la escena es de algún modo tan entrañable que Zoro se encuentra haciendo una pausa y grabando el momento en su memoria.
No está seguro de si es la comida, o lo que a Nami le gusta llamar su propia marca especial de estupidez, o simplemente la forma en que la luz del sol cae sobre el rostro de Sanji, resaltando el pequeño hoyuelo en la esquina de su boca, pero Zoro se ve impactado por un impulso que podría poner fin a su dignidad de una vez por todas.
—Deberías mudarte conmigo —dice él antes de que su cerebro pueda detenerlo.
Sanji deja caer su tenedor. El sonido del metal golpeando la cerámica resuena fuerte en el apartamento.
—¡¿Qué?!
Los ojos del rubio están amplios y sus labios están separados por el shock.
—Deberías mudarte conmigo —repite Zoro, más lento esta vez. Este se mete otra cucharada de huevos en la boca y mastica, esperando que el otro responda. A Sanji le está tomando una cantidad excesivamente larga de tiempo pensar en algo que decir. Su boca se abre y se cierra sin decir palabra y sigue mirando a Zoro con incredulidad.
—Eso- —la voz de Sanji se quiebra y este tiene que aclararse la garganta—. ¿Por qué haría eso? Tu casa es un asco.
—Entonces puedo mudarme yo contigo —dice Zoro razonablemente.
Sanji aparentemente no está de acuerdo porque parpadea con fuerza y sacude la cabeza.
—¿Por qué carajos estaría yo de acuerdo con eso?
Zoro hace una pausa, con el tenedor a medio camino en la boca. Su lengua presiona contra las puntas del metal, pensativo. Realmente no pensó esto bien. Ya puede sentir su dignidad intentando marchitarse y morir. Pero Zoro sigue adelante con valentía. Va a ganar esto. De alguna manera.
—Bueno —comienza a hablar él, intentando ganar tiempo—. Eh. Escúchame.
Sanji arquea una ceja y se inclina hacia atrás, cruzando las piernas, y mirando a Zoro expectante—. Ajá. Entonces, ¿cuál es ese argumento ingenioso que se te ha ocurrido?
No hay muchos argumentos que Zoro puede inventar en el momento, por lo que opta por el único que sabe.
—Me gustas.
Sanji sale disparado de su asiento. La mesa se tambalea peligrosamente. Zoro se aferra a su plato. El café salpica la mesa. La silla del rubio raspa el linóleo con fuerza, casi chirriando al ritmo de este gritando—: ¡¿QUÉ?!
—¿No es obvio? —pregunta Zoro mientras come otro bocado de huevos.
Sanji se le queda mirando, con los ojos amplios y desconcertado—. ¿Qué? —Este se balancea en el mismo lugar, pasándose la mano por el desorden de su cabello. Unos mechones rubios se sueltan—. ¿Qué diablos está pasando?
Zoro baja el tenedor, levantándose lentamente para quedar cara a cara con Sanji. Este se queda paralizado ante el movimiento. Él toma la mano del rubio, impidiéndole tirar de su cabello. Su mano está callosa, con dedos largos y elegantes, aunque algunas de sus uñas son desiguales, al haber sido rotas o mordidas. El peliverde traza una cicatriz larga y delgada que va desde la punta del nudillo de su dedo índice hasta el lecho de la uña. Sanji se estremece, pero no se aparta.
—Tú me vuelves loco —dice Zoro.
—Esta es la confesión más extraña que he oído jamás —murmura Sanji. El otro lo ignora.
—Tú me vuelves loco —dice este de nuevo, acercándose lo suficiente para que sus frentes se toquen. Sanji contiene la respiración, pero aun así no se aleja, con los ojos clavados en los de Zoro—. Me gustas tanto que no sé qué hacer. Quiero despertar cada día y hacerte sonreír, quiero que seas feliz. Quiero que sepas que eres amado.
Silencio.
—¿Mejor? —pregunta Zoro.
Sanji deja escapar una bocanada de aire. Este levanta una mano frente a su cara, pero aun así no intenta alejarse.
—De acuerdo —dice Sanji finalmente, con la expresión aún oculta tras su mano. Su cabello se levanta en pequeños grupos de mechones descuidados.
—¿De acuerdo? —repite Zoro como un loro.
—Cállate y déjame procesar esto. —El rubio respira profundamente—. De acuerdo —vuelve a decir.
—…¿te quebraste?
Sanji le lanza una mirada fulminante entre sus dedos, pero esta está empañada por algo más vulnerable. Zoro toma la muñeca de la mano que este está sosteniendo entre ellos y la mueve gentilmente hacia un lado. La cara del rubio está de un rojo brillante y este está mirando a todas partes menos al otro.
Zoro posa su frente sobre la de Sanji, instándolo a continuar en silencio. Este deja escapar un suspiro tembloroso. Su mano está cálida cuando envuelve la muñeca del peliverde.
—Um, esto va a sonar raro, pero, eh, yo tengo algo.
El corazón de Zoro se encoge.
Sanji debe ver algo de su consternación porque se sobresalta y choca su cabeza contra la de Zoro más fuerte de lo esperado.
—Auch —dice este.
—¡No me refería a eso! Lo que quiero decir es… eh…
—¿Qué? —Frotándose la frente, Zoro espera que Sanji prosiga. Este murmura algo incoherente. Suena sospechosamente a "oh, Dios mío".
—Yo tengo… problemas —murmura Sanji.
—Claramente —dice Zoro.
Sanji refunfuña—. ¿Puedes callarte por un momento? No puede creer que esté a punto de decirte esto.
Zoro se calla y espera. Sanji vacila. La luz del sol brilla en sus ojos, por lo que este tiene que entrecerrarlos para protegerse del brillo, pero es suficiente para que el peliverde vea el azul de sus ojos.
—Zoro —dice Sanji. Este asiente para que continúe, rozando sus frentes. La mano en su muñeca se aprieta—. A mí me cuesta mucho… aceptar las cosas. Las cosas no son gratis. Siempre hay que dar algo para recibir algo a cambio. O al menos eso es lo que solía pensar. Incluso con Zeff, simplemente- no entiendo por qué le importo. Y la verdad es que no entiendo por qué te importo a ti tampoco. No he hecho nada por ti. —Zoro no está de acuerdo, aflojando el agarre de Sanji en su muñeca para enredar los dedos de ambos. Le da un breve apretón a la mano del rubio, pero no lo interrumpe—. Pero yo… estoy trabajando para mejorar. Estoy llegando a un punto en el que no importa por qué te importo, solo que te importo. Eso es más que suficiente. —Sanji traga saliva nerviosamente—. Así que, incluso con todo eso, ¿aún te parece bien? ¿Estar conmigo?
—Eres un idiota, cocinero —dice Zoro. Este gira la cabeza ligeramente de modo que sus narices se chocan—. Has hecho mucho por mí. Y aunque no lo hubieras hecho, por supuesto que aún me parece bien estar contigo. Más que bien. Tú eres tú.
Zoro levanta sus manos unidas y deposita un casto beso en la palma de la mano de Sanji. Este emite un sonido estrangulado en el fondo de su garganta. Zoro sonríe y le da otro beso en la parte inferior de la muñeca al rubio.
—Eres increíble —dice Sanji. Cuando Zoro levanta la mirada, la cara de este todavía está roja, pero está sonriendo, complacido y cariñoso. El otro no puede evitar devolverle la expresión.
—Entonces, ¿es eso un sí a la parte de mudarte o qué?
Sanji desliza su mano fuera del agarre de Zoro, solo para darle un golpecito en la frente.
—Auch —dice el peliverde.
—Sí, está bien —dice Sanji, poniendo los ojos en blanco con buen humor—. Para que conste, tú también me gustas, Zoro.
—Te quejabas de mi confesión y ¿esto es lo que me das? Le doy cuatro de diez —dice Zoro, negando la cabeza con fingida decepción. Los labios del rubio se curvan hacia arriba.
—Eres insufrible —dice Sanji.
—Y tú eres un perdedor, ceja enroscada —replica Zoro.
—Marimo.
—Cocinero idiota.
—Sigue hablando así y no tendrás nada para almorzar.
Zoro entrecierra los ojos. Sanji se aleja unos centímetros de él. Los dos hacen un baile extraño alrededor de la mesa. Lástima para Sanji, Zoro vive aquí y conoce mejor el terreno. En el momento en que el peliverde rodea la mesa y tiene un tiro claro, se abalanza y derriba al otro sobre la cama. Este grita de sorpresa.
Ambos se ríen mientras caen sobre las sábanas.
—Eres un idiota —dice Zoro. Y luego este se inclina para besar a Sanji apropiadamente, sujetándolo entre sus antebrazos.
Como era de esperar, Sanji se encuentra con él a medio camino, con una sonrisa en sus labios que Zoro puede saborear un segundo después.
