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Chianti&Korn POV SPANISH VERSION

Summary:

Todo el mundo conoce a Gin.
Todo el mundo teme a Vermouth.

Nadie recuerda a Chianti ni a Korn.
Dos sombras dentro de la Organización Negra: olvidados, pasados por alto, poco más que siluetas en un eterno segundo plano.

Pero ¿Cómo viven fuera de las misiones? En el caos, el ruido y la rutina del día a día.
Y ¿Quiénes son, a parte de órdenes, rifles, cigarrillos y silencios interminables?

Esta es una historia noir de slice of life y thriller sobre supervivencia, precisión y la extraña alianza entre dos francotiradores que nunca estuvieron destinados a importar…
y sobre cómo sobreviven al ruido, a la rutina y a la tensión constante. Y a sí mismos.

Solo tienen un único objetivo: que todo siga en pie y vivir para ver un día más.
Y mejor aún si es un día ventoso…¡Hace que el disparo sea mucho más divertido1

Chapter 1: Acto primero – RUIDO I.La hora exacta

Chapter Text

[Interior – Piso pequeño, Tokio – Amanecer.]

06:00.
Korn abre los ojos.

No porque suene una alarma, sino porque así es como funciona su cuerpo. Llevaba años despertando a la misma hora, sin margen de error.

De todas formas, no tardó en sonar el conocido pitido del reloj Casio de plástico, el de toda la vida. No lo apagó, lo dejó pitar. Como siempre.

Durante unos segundos permanece quieto, escuchando el silencio.
Luego apoya los pies en el suelo, primero el izquierdo, después el derecho. Como siempre.

06:04.
Korn empieza su tanda de ejercicios: cincuenta flexiones, cincuenta abdominales, cincuenta sentadillas.
Las mismas repeticiones. Todos los días.
El cuerpo responde por inercia; la mente, no tanto.

06:22.
Korn se mira al espejo del baño.
Se afeita con una hoja vieja pero afilada.
Cada pasada es simétrica, medida, silenciosa.

Siempre en el mismo orden: mejilla, mentón, cuello.
Nunca al revés.
Una vez lo hizo al revés. Y sangró.
Le gusta la sensación del metal sobre la piel. El agua fría. El olor del jabón.

06:40.
Korn se ducha.
El agua cae sobre su cuerpo, tibia, sin prisa.

Después, se seca con una toalla, también sin prisa. Sabe que tiene tiempo de sobras si se ciñe al horario.

El espejo se empaña. Él lo limpia con la palma abierta.

Durante un instante, se ve reflejado con claridad. El instante que necesita para aplicarse el aftershave que ya ha dejado preparado.

Y luego el vapor vuelve a cubrirlo.
Así es mejor.

Después vuelve a su cuarto y se viste. De negro. Siempre de negro.

06:55.

Café. Del barato. Del malo. Del que le gusta. Fuerte.
Sin azúcar, sin leche, sin sabor. Solo amargo.

Lee el periódico, siempre en papel.
El ritual no es por las noticias, sino por la cadencia de las páginas, el sonido del papel al doblarse.
A veces subraya titulares sin motivo, solo para sentir que sigue interpretando el mundo.

07:12.

Se dirige al baño de nuevo, abre el armario del lavabo y allí lo encuentra: El botiquín.
Revisa los vendajes, el alcohol, las gasas. Se asegura que no haya nada caducado ni en mal estado. Ni fuera de lugar.
No porque espere usarlo ese día, sino porque no sabe cuando lo puede necesitar.

El reloj Casio parpadea en su muñeca.

07:30.

Sale al balcón.
Mira la ciudad.
Observa cómo el humo de las chimeneas sube lento, disciplinado, igual que él.

Hace frío fuera. Es Enero.

Año nuevo, vida nueva. O eso dicen. Pero él no se lo cree.

Solo cree en la rutina. La rutina como anestesia.

Piensa, sin decirlo, como cada día:

“Todo sigue en pie.”

07:45

Cierra la puerta del apartamento.
El pasillo huele a lejía y humedad.

Baja los tres tramos de escaleras hasta el recibidor y sale al exterior.

Afuera, la calle ya hierve con el ruido de los trenes, el zumbido de los cables eléctricos, los primeros anuncios encendidos en los edificios de oficinas. Y los peatones ocupando las aceras y pasos de peatones.

Korn camina con las manos en los bolsillos y las gafas oscuras puestas.
A veces, si se fija, nota que la gente se aparta antes de cruzar su mirada.

No sabe si es por respeto o por instinto. Solo sabe que él también lo haría.

Su coche lo espera en la acera contraria: un Jeep viejo, diésel, de los que ya casi no se ven en la ciudad porque son demasiado grandes para la vida cotidiana.

La carrocería conserva los golpes de tiempos pasados. La pintura, un gris oscuro sin brillo, está levantada en las esquinas.
El interior huele a aceite, tabaco y cuero viejo.
El motor, sin embargo, arranca siempre a la primera.

Korn nunca pensó en cambiarlo.
No le gustan los cambios.
Mientras funcione, lo mantendrá.

Y de algún modo, el coche también parece saberlo:
no es bonito, pero es fiel;
ruidoso, pero firme;
como él, un mecanismo antiguo que sigue cumpliendo su trabajo sin pedir nada a cambio.

Solo mantenerse en forma y estar siempre preparado para lo que pueda venir. Como su cuerpo. Como su botiquín. Como Korn.

Apaga el cigarrillo, sube al asiento del conductor, cierra la puerta, se pone el cinturón y enciende el motor.
El sonido grave del diésel llena el aire como un viejo animal despertando de un letargo.
Pone la marcha y se incorpora al tráfico.

08:20.

Llega al polígono industrial, a las afueras de Tokio.
Un laberinto de naves oxidadas, camiones aparcados y solares medio abandonados, medio en venta.

En una de esas naves, sin cartel, sin ventanas, está la sede secundaria. Una de las sedes secundarias de la Organización.

Korn llevaba años trabajando con ellos.
O para ellos.

La diferencia, con el tiempo, había dejado de tener sentido.

Las órdenes llegaban por correo ordinario.
Los pagos, en metálico.
Sin firmas. Sin nombres.

Pero de vez en cuando, le gustaba pasarse por allí.
Siempre era bueno dejarse ver.
Recordarles que seguía existiendo.

Aunque su trabajo siempre fuera en retaguardia, y casi nunca en el frente.

08:30.

Se ajustó las gafas.
Entró en la nave.
La puerta chirrió antes de cerrarse a su espalda.

Dentro, el aire era frío y húmedo.

La nave industrial estaba llena de trastos inútiles cubiertos por lonas, cajas oxidadas, un viejo torno que llevaba muerto años. Nadie que entrara allí imaginaría lo que había bajo sus pies.
Ese era el punto.

Korn avanzó hasta un lateral, entre dos estanterías inclinadas.
Miró a ambos lados, aunque sabía que no había nadie.
Abrió la trampilla del suelo y bajó por las escaleras metálicas.

El eco de sus pasos resonó en el túnel subterráneo: un tubo de hormigón largo y silencioso.
Al final, lo esperaba un ascensor cualquiera, sin botones de más.
Solo uno.

Korn presionó –8.
El ascensor descendió con un zumbido suave.
Durante unos segundos, sintió la vibración en los huesos.
Miró su reloj.

08:38.

Clavado.

Sonreiría si recordara cómo. Pero ni siquiera lo intentó.

Cuando las puertas se abrieron, no apareció un pasillo estrecho, sino un corredor largo y blanco, pulido, iluminado por luces LED empotradas en el techo.

Korn avanzó sin prisa.
No le gustaba correr.
Por experiencia sabía que las prisas son lo que mata a la gente.

Doblando la esquina, el pasillo desembocaba en un espacio enorme: un garaje subterráneo, tan amplio como un parking de grandes almacenes.

Filas de vehículos —SUV, furgonetas, motocicletas, incluso coches deportivos — esperaban pacientemente a ser elegidos.

Un mecánico, tumbado bajo un chasis, maldecía algo en voz baja mientras un compañero le acercaba una herramienta.
Un grupo de tres empleados cruzaba el espacio cargando cajas etiquetadas; otro grupo se subía a una furgoneta, cerrando la puerta corredera con un golpe metálico antes de arrancar.
En un extremo, una mujer con coleta recogía colillas del suelo y fregaba mientras canturreaba para sí en voz baja.

Todos vestían de negro.
Nadie levantaba la vista.
Nadie hacía más ruido del necesario.

Nadie diría que todo aquello existía bajo una nave abandonada.

Korn atravesó el garaje con paso firme, sin saludar a nadie.
Cámaras discretas seguían su movimiento; no necesitó mirarlas para saberlo.

Al otro lado, una puerta automática se abrió sin hacer ruido.
La siguiente sala imitaba una recepción corporativa minimalista: mostrador metálico, pantallas apagadas, una mesa con tres sillas que nadie usaba.
Un aroma tenue a café y ambientador flotaba en el aire.

Allí, apoyada contra el mostrador, lo esperaba una mujer con carpeta en mano.

—Llegas puntual —dijo.

Korn no respondió. La puntualidad no era una virtud, era su naturaleza.

Ella abrió la carpeta.

—Nuevas órdenes —anunció.
Hizo una pausa.
—Nuevo encargo.

El reloj Casio parpadeó en su muñeca.

Korn levantó la vista.
Estaba listo.