Chapter Text
Aquella noche, en el bar de siempre, Vox llegó con una sonrisa demasiado brillante para pasar desapercibida.
Alastor ya lo estaba esperando.
Dos vasos de whisky descansaban sobre la barra, intactos, alineados con una precisión casi obsesiva. El demonio de la radio sabía, como sabía tantas otras cosas, a qué hora aproximada Vox cruzaría la puerta. Un hábito convertido en rutina. Prefería pedir las bebidas con anticipación, como si ese pequeño gesto le permitiera controlar el ritmo de la noche... o al menos fingir que nada cambiaría.
Después de todo, no era nada nuevo para ninguno de los dos reunirse allí.
Las noches compartidas se habían vuelto costumbre. Una costumbre peligrosa, silenciosa, no declarada.
Cada uno tenía una agenda que cumplir, imperios que sostener, contratos que firmar y sangre que derramar. Y aun así, de algún modo, siempre encontraban tiempo para verse. Para hablar. Para provocarse. Para medirse.
Una amistad —si podía llamarse así— que había sobrevivido ya un par de años desde el día en que Vox, aún conocido como Vincent, apareció frente al demonio de la radio declarándose, sin vergüenza alguna, su mayor fan.
Desde entonces, Vox no se había quedado quieto.
Había crecido. Había aprendido. Había escalado posiciones en el infierno con una ambición feroz y una sonrisa demasiado humana para aquel lugar. Fama, poder, influencia. Todo lo que tocaba parecía prosperar.
Todo con un objetivo claro, aunque jamás lo hubiera dicho en voz alta: ganarse, aunque fuera un poco, la atención de Alastor. Su aprobación. Su mirada. Algo más.
Alastor, por su parte, observaba ese ascenso con una mezcla incómoda de diversión y expectativa que jamás se permitiría nombrar.
Esa noche, sin embargo, algo fue distinto.
Vox entró al local con una sonrisa en su pantalla. Genuina. Brillante. Y eso fue lo primero que hizo que Alastor frunciera el ceño, apenas perceptible.
Por algún motivo, algo en Vincent era distinto hoy.
Alastor le devolvió el gesto por pura costumbre, una curva perfecta y ensayada que no decía absolutamente nada de lo que pasaba por su cabeza.
—Por fin llegas, Vox —dijo con su tono cantarín habitual—. Dime, ¿Qué era eso tan importante de lo que querías hablarme?
Vox se sentó a su lado. Alastor deslizó uno de los vasos hacia él con un movimiento elegante.
—Gracias, Al —respondió Vox, claramente nervioso, moviendo los dedos bajo la barra.
El silencio se estiró apenas un segundo de más.
Vox estaba nervioso. Demasiado.
Alastor lo notó de inmediato.
Gesticulaba más de lo habitual. Bebía con rapidez. Evitaba mirarlo a los ojos solo para buscar su atención al segundo siguiente. Siempre hacía eso cuando estaba a punto de decir algo importante.
Alastor lo sabía.
Y aun así, no lo detuvo.
Tenía curiosidad por saber qué era.
Hablaron de otras cosas durante un buen rato. Del día. De negocios. De rumores. De a quién habían eliminado recientemente. De trivialidades que, en el infierno, pasaban por conversación casual. Vox reía un poco más alto de lo normal; Alastor respondía con comentarios mordaces perfectamente calculados.
Todo para ganar tiempo.
Todo para que Vox reuniera el valor que había estado cultivando durante semanas.
Cuando por fin lo hizo, bebió su whisky de un solo trago.
El licor le quemó la garganta, una sensación intensa, estimulante. Sus expectativas estaban altas. Demasiado para su propio bien.
Entonces habló.
Le habló de una alianza.
De unir fuerzas.
De llegar a la cima juntos y volverse intocables.
De estar uno al lado del otro como un equipo, como algo estable, como una presencia constante en un infierno donde nada lo era.
Lástima que la otra persona fuera precisamente el demonio de la radio.
A Alastor, esas cosas simplemente no le interesaban.
O al menos, eso se repetía.
Su respuesta fue inmediata.
Cruel.
Mordaz.
—En el infierno no hay amigos, Vincent.
Entonces...
¿Ellos qué eran?
Las palabras cayeron como un disparo.
Y los insultos y burlas que siguieron después solo empeoraron las cosas. Aunque, en la cabeza de Alastor todas eran palabras que tarde o temprano tendrían que haber sido dichas y simplemente las dijo.
Por otro lado, si alguna vez Vox había soñado con tener una relación más profunda con Alastor, esas palabras destrozaron todas sus ilusiones. Ilusiones que jamás había tenido ni siquiera en vida. Con nadie más que con el demonio frente a él.
Algo dentro de Vox se quebró.
Se sintió furioso. Humillado. Ridículo. Quería lanzarse sobre Alastor, golpearlo, gritarle por haber destruido sus esperanzas con tan pocas palabras, por haberlo reducido a nada con una sonrisa elegante y un comentario cruel.
Pero, al mismo tiempo...
Quería quedarse.
Reprimió las lágrimas que amenazaban con brotar desde lo más profundo de su pecho. Lágrimas que ni siquiera había derramado cuando aún era mortal. Tragó saliva, se levantó y lo miró directamente.
Alastor ya había cambiado de postura, desarmando sus gestos para parecer más amenazante, más seguro. Más indiferente.
—No tenías que decirlo así, Alastor —dijo Vox, usando su nombre completo. Rara vez lo hacía.
Alastor supo en ese instante que Vox estaba realmente enojado. Pero...no era como si realmente a él le importara.
—Podrías haber dicho simplemente que no —continuó—. No tenías que comportarte como un niño molestando a su compañero de clase.
—El que se comporta como un niño es otro —respondió el demonio de la radio sin perder la sonrisa.
Vox rodó los ojos y caminó hacia la puerta.
—¿Vox? ¿Adónde vas? —preguntó Alastor, con un deje de diversión falsa en la voz.
—Por hoy, me voy a casa.
—¿Y piensas dejarme con la cuenta? —añadió Alastor, señalando los vasos vacíos. Todos los tragos que Vox había pedido esa noche. Todos los intentos fallidos de darse valor.
Vox lo miró fijamente.
—Considéralo tu castigo por haberme hablado tan feo.
Y sin decir nada más, salió por la puerta.
La puerta se cerró con un sonido seco. Definitivo.
Alastor permaneció sentado, inmóvil, con la sonrisa aún clavada en el rostro como una máscara mal ajustada. Tardó varios segundos en darse cuenta de que había dejado de escuchar la música del bar.
O quizá... solo había dejado de escuchar a Vox.
Pagó la cuenta sin quejarse.
Ignoró la sensación incómoda que crepitaba en el aire, como una radio mal sintonizada.
Aún así...
Nada terminó esa noche.
Solo cambió de forma.
Vox volvió a aparecer en el bar días después. Como si nada hubiera pasado. Como si no hubiera sido rechazado con palabras que aún le ardían en el pecho.
Alastor no mencionó la conversación. Vox tampoco.
Algunas noches hablaban durante horas. Otras, apenas intercambiaban frases cargadas de sarcasmo antes de beber en silencio.
Vox hablaba de su día a día, casi siempre siendo el primero en iniciar la conversación.
Alastor, por su parte, usaba palabras duras disfrazadas de bromas.
Notando claramente como Vox lo miraba, miradas que duraban medio segundo más de lo necesario.
Y Alastor lo permitía.
Se decía que era entretenimiento. Que Vox era un demonio interesante. Que le divertía verlo crecer, verlo intentar alcanzarlo.
Mentía.
Porque cada vez que Vox no aparecía, el bar se sentía demasiado silencioso.
Porque comenzó a pedir dos vasos incluso cuando no estaba seguro de que Vox vendría.
Porque memorizó sus horarios, sus manías, la forma exacta en que sonreía cuando estaba nervioso.
Esto no era una cita.
Nunca lo fue.
Pero tampoco era solo costumbre.
Era una espera mutua que ninguno se atrevía a nombrar.
Una cuerda floja donde Vox avanzaba con esperanza...
y Alastor permanecía quieto, convencido de que no podía caer.
Todavía.
