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A pesar de la poca diferencia de edad que existía entre ellos, para Raphael, sus hermanos siempre seran sus hermanitos.
No importa cuanto tiempo pase, no importa qué tanto cambien, o qué tanto sus hermanos crezcan, convirtiéndose en los maravillosos adultos que están destinados a ser, cada vez que Raphael los observa, cada vez que encuentra aquel brillo pícaro y juguetón que era tan común en ellos cuando niños, mientras le contaban a Raphael sus sueños e ilusiones, o la preocupación que los invadía ante el resultado de sus travesuras, o ante sus inquietudes, dudas y temores. Expresiones que persistían, pero ahora presentes en rostros que habían perdido aquellas características infantiles que Raphael recordaba a la perfección, mostrándose en aquel punto entre la adolescencia y la futura adultez.
Y aun así, había momentos, ocasiones, en que Raphael juraba que aun podía ver a esas tortuguitas, tan frágiles, tan pequeñas, a las cuales había jurado proteger. Sus queridos hermanitos a quienes, en más de una ocasión, Raphael había susurrado promesas de eterna compañía y protección, escondidas entre arrullos y palabras de consuelo. En cada momento que Raphael no había dudado en tomar el lugar de su padre, cuando este no había podido serlo.
Un sentimiento tan dulce, como tan doloroso, cuando se obligaba a recordar que sus hermanitos estaban creciendo, y que quizás, ya no lo necesitaban como antaño.
Y aun así, si algo estaba claro en la mente de Raphael: no importa que tantos años pasen, no importa que tanto crezcan, e incluso qué tanto Raphael ya no sea necesario en sus vidas. Para él, Donatello, Leonardo y Michelangelo siempre serán sus pequeños hermanitos.
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Todo había comenzado desde que Donatello les mostrara los regalos que había preparado para ellos. En el sonido de su voz, en el brillo de su mirada. Aquella alegría y entusiasmo que siempre despertaba en Donatello cuando la tortuga de caparazón suave sabía que había hecho algo por sus hermanos, su sonrisa que se ensanchaba aun más, mientras Leonardo y Michelangelo jugaban con la invención que Donatello hubiera hecho para entretenerlos, para incluso engañarlos a aprender por medios de juegos, cuando los intentos de impartir clases por parte de Raphael no habían tenido mucho éxito. Sonrisa que crecía aun más cuando Raphael demostraba su alivio ante el problema que su hermanito había solucionado, incluso antes que Raphael se percatara que era un problema.
Donatello siempre había sido el hermano que se fijaba en los detalles. No era de extrañar que fuera el más detallista del grupo.
Sin embargo, para esta ocasión, sus regalos perdieron por mucho el rumbo, sacando a relucir aspectos de sus hermanos que la tortuga de morado consideraba un defecto, un problema a solucionar.
Que los otros tres terminaran molestos y ofendidos, desafortunadamente, era predecible para todos, menos para el hermano en cuestión.
Siendo Raphael el mayor, y honestamente, quien principalmente trataba de implantar valores éticos y cívicos en sus hermanos, caía en él la responsabilidad de mostrar a Donatello el error de su actuar.
Además de hacerlo pagar por el trato condescendiente y doloroso, físicamente hablando para algunos, al que los había sometido, a opinión de Leonardo y Michelangelo, quienes observaban con ansias mientras Raphael sacaba su celular, dispuesto aclarar algunos puntos con Donatello.
Sin embargo, mientras Raphael se preparaba para responder la llama de su hermano, la imagen de un pequeño Donatello, del brillo en su mirar, de la ternura que despertaba en Raphael, cada vez que su hermanito se esforzaba por actuar maduro, por apoyarlo a su manera, por demostrarse como el pilar que Raphael tanto necesitaba cuando las preocupaciones y problemas parecían demasiado pesados para llevarlos sobre sus hombros. Aquella imagen llego a su ojo interior una y otra vez, haciéndole imposible el seguir enojado como lo había estado solo segundos atrás.
“¡Hey, amiguito!”, que brotara la voz que siempre usaba cuando trataba de suavizar alguna verdad para no lastimar a alguno de sus hermanitos, era casi inevitable. Ni siquiera le molestaban los gestos ni las miradas desaprobadoras que Leonardo y Michelangelo le lanzaban, mientras él hacia un esfuerzo por explicarle a Donatello que, no era que no les gustaran sus regalos, sino que, definitivamente, había otras formas de pedirles que fueran un poco más precavidos, o en el caso de Leonardo, que midiera un poco más sus chistes.
Al final, todo eso paso a segundo termino cuando la situación se puso más seria al escuchar que Donatello corría verdadero peligro de ser lastimado. Llevando a Raphael a intervenir segundos antes que su hermano pudiera ser golpeado mientras estaba verdaderamente vulnerable. El extraño poder místico que había adquirido gracias a sus nuevas armas, haciendo acto de presencia, ayudándole a salvar a su hermanito.
Después, mientras iban de regreso a su hogar, Raphael agradecería que ninguno de sus hermanos tocará el tema, quizás ya hasta habiéndolo olvidado, viéndolo como un comportamiento más de Raphael. Ignorando una verdad que, si bien, no avergonzaba al mayor, sabía que no sería bien recibida por sus hermanos.
Para él, ellos siempre serán sus hermanitos.
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Con Michelangelo el asunto era más complicado.
Si con Donatello, y, aunque en menor medida, con Leonardo, Raphael no podía evitar verlos como las pequeñas tortugas que alguna vez fueron. Michelangelo era totalmente diferente.
A pesar de sus catorce años, Michelangelo seguía siendo demasiado pequeño. Y, considerando el tamaño y fuerza de Raphael, aquel simple aspecto, aunado a ser el menor de los cuatro, dificultaba al mayor el no ver a su hermano, como el bebe de la familia. Alguien que aun debía ser protegido.
Así que, cuando Michelangelo tuvo la grandiosa idea de participar en una misión en solitario por primera vez, fue natural que Raphael se negara.
Desafortunadamente, ni Donatello, y mucho menos Leonardo, tenían el mismo problema que él, no teniendo inconveniente en enviar a su pequeño hermano a recoger el videojuego de Lou Jitsu por su cuenta, completamente solo.
…Para tremenda alegría del menor, quien dejo muy en claro lo poco que apreciaba la preocupación y cuidados de Raphael.
“Tranquilízate Raph”, intento por enésima vez Leonardo de detener el ir y venir del mayor, mientras sujetaba con intensidad su celular, luchando contra su deseo de llamar a Michelangelo una vez más, solo para estar seguro de que en verdad estaba bien.
“Es que tú no lo entiendes, Leo”, musito, incapaz de ocultar su molestia ante lo que parecía a sus ojos, una casi fría indiferencia por parte de su hermano de azul por el más pequeño de la familia.
“Miguel es más fuerte y astuto de lo que crees”, por eso, no pudo evitar desconcertarse ante la inusual seriedad en el hermano que era conocido por no mostrarse serio ante las situaciones más difíciles o estresantes. “Debes confiar más en él”, reclamando la actitud de Raphael, llamándola desconfianza, cuando lo que el mayor sentía no era desconfianza.
Michelangelo era demasiado apto, demasiado grande para el pequeño mundo donde vivía, debiendo pasar desapercibidos por los humanos, escondidos de una sociedad donde anhelaban poder pertenecer. Desafortunadamente, su hermanito tendía a ver lo mejor en las personas, a ignorar los riesgos y peligros, y no reconocer sus propios límites.
Era su preocupación por el bienestar de su pequeño hermanito el que lo movió a ir en contra de los deseos de Michelangelo, de las recomendaciones del mismo Leonardo, y acudir donde su hermano se encontraba.
Sintiéndose justificado cuando observo que el Foot Clan se encontraba allí. Cuando una miembro del Foot Clan no estaba dudando en luchar contra su hermanito.
Siendo su alivio tan grande, de saber que había llegado a tiempo, que había evitado una situación más grave, algo que pudieran lamentar, que incluso los reclamos de Michelangelo cayeron bajo oídos sordos. Solo sirviendo para recordarle a su hermanito que Raphael siempre estaría allí para él. Y que jamás podría dejar de preocuparse, jamás dejaría de proteger.
Para él, Michelangelo siempre será su hermanito.
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Raphael amaba a sus tres hermanos, y los amaba por igual. Se preocupada por ellos, se había prometido que utilizaría hasta sus ultimas fuerzas para protegerlos.
Sin embargo, no podía negar que, con Leonardo, la situación no era tan fácil como con sus otros dos hermanos.
Aunque Donatello y Leonardo compartían la misma edad, con Donatello siendo el mayor por poca diferencia, nadie podía negar que su hermano de morado siempre había requerido más cuidados y protección, gracias a su caparazón, en un inicio, y después, al demostrar que sus habilidades se encontraban enfocadas en otros aspectos, desatendiendo su capacidad física, si se comparaba con el resto de ellos.
Quizás inconscientemente, aquella situación había puesto a Leonardo a los ojos de Raphael, como alguien que no necesitaba la misma protección que el resto de sus hermanos, no necesitaba los mismos cuidados. Que, de todos sus hermanos, Leonardo era el que tenía más oportunidades de valerse por sí solo.
Y Leonardo, siendo tan listo como Raphael sabía que era, no tardo en notar el comportamiento del hermano mayor. Incluso fomentándolo y dejando en claro que él no necesitaba la misma protección, demostrando una y otra vez su capacidad, que Leonardo era competente, y capaz de cuidar de sí mismo.
Por ello, cuando se encontraron en el techo del hotel de Big Mama, enfrentando a Baron Draxum una vez más, Raphael se sintió confiado, seguro que Leonardo haría su parte y él haría la suya.
Y estúpidamente, lo siguió creyendo cuando Leonardo pendía literalmente de un hilo, bajo la voluntad del yokai que no había dudado en mostrar lo poco que los estimaba.
Por eso se atrevió a actuar como lo había hecho. Por eso se sintió seguro, confiando en que el Baron no tendría las agallas para cumplir su amenaza, o quizás confiando aun más en las habilidades de Leonardo para escapar de los problemas.
“¡Entrégale los mosquitos! ¡Entrégaselos!”, ignorando la desesperación en la voz de su hermanito, quien, a su manera, gritaba por su ayuda, por su protección.
Raphael al día de hoy, no podía entender como había fallado tan miserablemente en comprender el miedo que Leonardo sintió en esos momentos. Solo reaccionando cuando el grito de Leonardo resonó. Solo comprendiendo el alcance de sus acciones y descuido cuando su hermano caía a una muerte directa.
Después, Leonardo en una actitud típica de él, desestimaría lo sucedido, enfocándose más en los cómos que en los por qué. Buscando romper la tensión y el miedo que habían experimentado con un chiste, enfocando su atención en el descubrimiento que había hecho.
Pero Raphael no lo hizo. No pudo hacerlo.
Aquella experiencia le recordó la vulnerabilidad de Leonardo, la facilidad con la que su hermanito podía ser dañado, y cómo Raphael mismo había fomentado aquella situación. Llevándolo a expresar su miedo, su temor, en aparente desconfianza y enojo. Acciones que empeoraron cuando Splinter no dudo en nombrar a Leonardo como líder de su pequeño grupo, sin miramientos y sin considerar los riesgos que su hermanito tendría que enfrentar.
Acciones que solo sirvieron para alejar a Leonardo aun más de él. Que tornaba platicas y consejos bien intencionados, en discusiones y peleas que, le dolía admitir a Raphael, siempre se tornaban físicas de su parte.
Llevándole a sospechar que así sería como perdería a su hermanito. Que así sería como Leonardo lo dejaría atrás.
Fracturas que el Foot Clan supo tomar ventaja, causando así la peor pesadilla que no solo el Hamato Clan enfrentaría, sino toda la humanidad.
Siendo así como el infierno en vida se desato.
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El tiempo que habían logrado resistir al Krang con aparente calma los había empujado a un estado de confianza al recuperar un aparente grado de normalidad.
Si, vivían escondidos, conscientes que cualquier día podía ser el último de sus vidas, pero no por ello se rendían. No por eso se dejaban derrotar.
Por ello, la vida dentro de la base de la resistencia estaba plagada de cosas habituales, como charlas, música, sonrisas. De aprovechar cada oportunidad y festejar hasta el más mínimo logro obtenido.
Alegrarse cuando una nueva vida era creada, un acto que cada vez era menos frecuente (Donatello tenía una teoría, algo sobre el Krang liberando un esterilizante químico en el aire, un componente preparado para facilitar su conquista del plante que se encontraban invadiendo). O cuando el amor se hacia aun presente, con dos personas decidiendo unir sus vidas hasta el final, en las buenas y en las malas.
Quizás sus intentos de buscar confort en los pequeños detalles, los había hecho vulnerables, impidiéndoles ver la emboscada que se desato sobre ellos sin previo aviso.
Por suerte, los protocolos de evacuación no habían fallado, permitiéndole a la mayoría de los habitantes de la base el escapar. Sin embargo, los más débiles, aquellos que no podían escapar tan fácilmente por su condición física, o por el simple hecho de estar heridos o enfermos, aún quedaban atrás.
“April, Cassandra. Ayuden a evacuar a los heridos. Nosotros les daremos tiempo”, había sido la orden de Leonardo, siendo respaldado por sus hermanos, quienes no dudaron en apoyar su decisión. Haciendo lo que muy pocos se atrevían. Conscientes que aquel era su deber y responsabilidad, sin importar las consecuencias que pudiera acarrear.
Y eso era enfrentar al Krang de frente, sin temer por sus propias vidas.
La batalla fue ardua, y aunque los gemelos habían perdido su Hamato Ninpo tiempo atrás, no por ello no dieron su máximo esfuerzo, conscientes que la vida de muchos dependía de ellos. Que, si llegaban a flaquear, podría significar el fin para lo que quedaba de su familia, y de todas las personas que habían depositado su seguridad en sus manos.
Por eso, se permitieron sentir alegría cuando los Krang comenzaron a retroceder, cuando parecía que, por fin, después de mucho tiempo, la diosa victoria por fin les sonreiría, otorgándoles un descanso, un resultado favorecedor en lo que parecía mucho tiempo desde que la pesadilla había comenzado.
Siendo esa la razón por la cual, la explosión que siguió a la retirada de los Krang fue peor de lo que hubieran imaginado.
Al caer el polvo, y al recuperar sus sentidos, Raphael pronto comprendió la gravedad de la situación en la que habían terminado, al ver el estado en que sus hermanos se encontraban.
Los tres estaban seriamente heridos, a pesar de que Donatello era el que mejor podía ponerse de pie, gracias al uso de su protector de caparazón, pero no por ello pasaba desapercibido la sangre de las múltiples lesiones que cubrían su cuerpo. Por su parte, Michelangelo, aunque se había logrado proteger dentro de su caparazón, era fácil apreciar como cojeaba al caminar, gracias a un golpe en su pierna, que estaba dejando atrás una coloración casi negra en su piel.
Pero el peor de todos era Leonardo, con su brazo derecho casi destrozado, gracias al muro que había caído sobre aquella extremidad. Un terrible hallazgo que Donatello y Raphael hicieron después de liberar a su hermano. Ambos mayores comprendiendo rápidamente, sin la necesidad de ser médicos que su hermanito perdería el uso de su extremidad, tal como había sucedido ya con cientos de personas, ante la falta de insumos y materiales médicos, gracias al Krang.
Y aun así, las malas noticias no se detuvieron, llegando en la forma de los sonidos tan característicos que hacían todas las personas y maquinas que habían sido infectadas por el Krang, decididos a cumplir con las ordenes de su señor.
El tiempo se agotaba, y Raphael solo veía una salida posible a tan terrible situación.
Una salida donde tristemente, sabía que no todos saldrían vivos de allí.
Pero por sus hermanitos…
Raphael estaba dispuesto a hacer lo que fuera necesario.
Sin detenerse a pensar, invoco su Ninpo, creando una copia que no tardo en enviar hacia los Krang, permitiéndose ganar solo un poco más de tiempo.
Un momento para liberarlos de cualquier culpa que pudieran llegar a sentir. Un momento para recordarle a sus hermanos lo mucho que eran amados.
Un momento para despedirse de sus hermanitos, quienes lo observaban con la misma mirada que recordaba de años atrás. Viendo a Raphael como su protector, como el hermano mayor que jamás los abandonaría, el hermano, que, a pesar de sus fallas y errores, siempre buscaba una solución a sus problemas. Siempre buscando lo mejor para ellos.
El hermano mayor que había curado herida, secado lágrimas. Que los había arropado una y otra vez, brindándoles el cariño que tantas veces les había hecho falta.
“Raph, no, por favor no”, susurro Leonardo, a pesar del dolor que sentía. Su pequeño hermano, siempre tan listo. Siempre yendo dos pasos delante de ellos. El hermanito que siempre los había conocido mejor de lo que ellos alguna vez habían hecho con él.
“Los amo, hermanitos. Siempre lo haré”, susurro Raphael, acariciando los suaves cabello de Michelangelo, quien solo podía llorar y negar, rechazando aceptar lo que su hermano estaba a punto de hacer.
Por ello, fijo su mirada por último sobre Donatello, el hermano que siempre se había enorgullecido de pensar con lógica, de encontrar la solución a cualquier problema. De no permitir que sus emociones lo alejarán de resolver cualquier situación difícil que se encontrara en su camino.
“Aun podemos solucionarlo, Raphael. ¡Dejáme solucionarlo!”, el hermano que era consciente que lo que Raphael estaba a punto de hacer era la única posible solución.
“Por favor, cuida de ellos, Donnie. Por favor”, suplico Raphael, abrazando a sus hermanos por última vez, doliéndole en su corazón lo que el futuro les deparaba, y sobre todo, que Raphael no estaría allí para acompañarlos, para protegerlos.
Lamentando la vida que les toco vivir. El cómo el destino parecía siempre ir en contra de ellos, golpearlos aun más cuando ya se encontraban abajo.
Aun así, Raphael se esforzaría por darles otra oportunidad. Por permitirles experimentar un futuro, donde podrían vivir un poco más.
Soltándose, no demoro en alejarse, ignorando el grito de angustia de Leonardo o las peticiones de Michelangelo por que regresara.
O la determinación en la voz de Donatello, ordenándole a Michelangelo que lo ayudara a sacar a Leonardo de allí.
Luchando como jamás lo había hecho en la vida, su cuerpo gritándole, pidiéndole un descanso, por no continuar más, por escapar de alguna forma del dolor, mientras los Krang lo devoraban, cumpliendo la amenaza que su líder había hecho atrás. No permitiéndole a ningún Hamato el ser asimilado por Krang. Negándoles el dudoso privilegio de vivir en el mundo que el Krang estaba creando para ellos.
Solo permitiéndose sucumbir a sus heridas, cuando el Ninpo de Michelangelo se sintió distante, asegurándole que sus hermanos se encontraban a salvo.
Que Raphael había cumplido su misión.
Sintiendo solo aceptación, cuando los monstruos creados por el Krang sobrepasaron su armadura creada con su Ninpo, avanzando, decididos a acabar con Raphael, sin dejar un solo rastro de él.
Y ante el dolor y agonía que percibía mientras su cuerpo era destrozado sin piedad por las garras y dientes de las criaturas, la imagen de sus hermanos, de April, Cassandra, el pequeño Casey, sensei y Gram-Gram llego a su mente. Comprendiendo que el resto de su familia lo esperaba, evocando una ultima sonrisa a su rostro.
Sonrisa que persistió a pesar del sufrimiento, dándole fuerza para despedirse una vez más, su Ninpo llegando a sus hermanos, prometiéndoles que, donde fuera que estuvieran, él seguiría velando por ellos, cuidándolos. Esperándolos para reunirse una vez más.
Una llama se apagó, y con ella, la vida de Raphael Hamato terminó.
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Raphael nunca lo sabría, pero en otra vida, en otro futuro, cumplió su promesa, su auto impuesta misión. Dando su vida por lo que más amaba en aquella vida.
Un futuro que su pequeño hermanito, Leonardo, se prometió que no sería. Que jamás ocurriría, aunque fuera lo último que hiciera.
Siendo así, como Raphael se encontró en State Island, después de salvar a Donatello y Michelangelo. Entendiendo muy tarde, que Leonardo lo había engañado una vez más, utilizando sus instintos en su contra. Comprendiendo que su hermano había forzado su mano, obligándolo a escoger entre Donatello y Michelangelo, o él, asegurándose que Raphael escogiera a los hermanos que siempre había considerado que necesitaban más de él.
Una decisión que, si hubiera sido por el hermano mayor, jamás hubiera tomado. Inmovilizándolo. Arriesgándose a perder a todos sus hermanos por su inacción del momento. En un punto crítico, tal como tristemente ya había ocurrido en el pasado.
Pero Leonardo había demostrado una vez más porque papá lo había nombrado líder, manteniendo su temple, analizando la situación con mente fría.
“Cuando este del otro lado, deberás cerrar el portal”
Y llegando a la única solución posible que había. La única que le permitiría a Raphael, Donatello y Michelangelo, regresar a casa.
Entonces, en cuestión de minutos que para Raphael se hicieron eternos y a la vez, tan cortos, el portal se cerró, cortando la temible nave en dos, atrapando al Krang de nuevo en la prisión que nunca debió abandonar…
Junto con el hermanito que Raphael nunca aprendió a cómo cuidar.
Las lágrimas no tardaron en llegar, mientras el comunicador reflejo estática, seguido de un silencio sepulcral.
“¿Leo?”, Michelangelo fue el primero en expresar su angustia, su voz cargando en aquella pregunta todo el dolor que sentía, la perdida del hermano que siempre había sido su compañero de juegos y travesuras. El hermano que jamás dudo de él.
Por su parte, el dolor de Donatello era uno silencioso, pero no por ello, fácil de asimilar. Solo demostrado por su rápido respirar y su insistencia de borrar las lágrimas que continuaban anegando sus ojos, determinadas a expresar la angustia que su rostro se negaba a mostrar. Luchando por negar la dura realidad.
Mientras Raphael era incapaz de apartar su mirada del cielo, rogando porque en algún momento, la voz de Leonardo se volvería a escuchar. Que su pequeño hermanito apareciera delante de ellos, haciendo uno de sus típicos chistes, intentando eliminar la tensión y tristeza que los dominaba. Reclamándole a Raphael que, a pesar de todo, no seguía confiando en él, pero que una vez más, le había demostrado que tenía todo bajo control. Instando a Donatello a buscar un camino de regreso a casa que fuera seguro, dándole a su mente un problema para solucionar, alejándolo del abismo al que amenazaba caer, sin saber si habría forma de traerlo de regreso. Asegurándole a Michelangelo que ni siquiera un alíen era suficiente para detener al gran Leo, el hermano en el que el menor de los cuatro, siempre podía contar, siempre estaría allí para él.
Pero nada de eso ocurrió.
Leonardo, su hermanito, aquel que siempre había visto a Raphael como un héroe, aquel que siempre lo apoyaba, aun cuando los planes que el mayor hiciera no fueran lo mejor, aquel que siempre sabía como alegrar sus días, a pesar del hambre, el frío o la soledad que sintieran cuando niños.
Aquel hermanito que, cuando pequeños, no había dudado en buscar a Raphael entre lágrimas, pidiendo su ayuda, cuando Donatello se enojaba con él por una broma, o acompañando a Michelangelo al cuarto del mayor, asegurando que solo lo hacia para proteger al menor, pero no abandonando la seguridad que Raphael les ofrecía sin dudar, después de alguna pesadilla, o una noche de películas que había salido mal. Aquel hermanito que había aprendido a curar heridas y moretones, para curar al mismo Raphael, cuando aun se encontraba aprendiendo a controlar su fuerza, a comprender como su cuerpo funcionaba.
Aquel hermanito que en ocasiones solo parecía saber sonreír y jugar, se había ido, dejando un gran vacío en su lugar.
“Se acabo Mikey, es hora de regresar a casa”, expreso Raphael, un intento de motivar a sus hermanos a buscar refugio, un intento por obligarse a si mismo a seguir avanzando, a pesar del dolor que carcomía su corazón.
“Leonardo jamás nos abandonó. ¡Y yo no pienso abandonarlo!”, exclamo Michelangelo, y semejante a un cuento de hadas, su amor y su fe en Leonardo fue lo suficiente fuerte para despertar al príncipe del hechizo que el villano puso sobre él. Creando un milagro que les permitió encontrar a Leonardo, de abrirles un camino para traer a su hermanito de regreso a casa, a su hogar. Sin importar los riesgos, ni los claros deseos de venganza y muerte detrás de los ojos de Krang.
Deseos que hicieron creer a Leonardo que aquello solo era una despedida, sonriendo hacia ellos, tal como sonreía cuando era pequeño, ocultando detrás de su sonrisa, que comprendía más de lo que siempre dejaba ver.
Esa sonrisa fue suficiente para renovar las energías de ambos mayores, haciendo un ultimo esfuerzo por recuperar lo que era suyo y de nadie más.
Siendo así como Leonardo termino con ellos, tirados en un montón en aquella porción de State Island, quejándose de la ubicación, actuando como si todos los dolores que seguramente agobiaban su cuerpo y mente no existieran. Manteniéndose fuerte, a pesar de la pesadilla que acababan de enfrentar.
Tal como hacia cuando niños, recordándole a Raphael ahora más que nunca, a la tortuguita que recordaba, al hermanito que siempre había brillado demasiado, que siempre había apuntado a más de lo que cualquiera de ellos hubiera podido imaginar.
“¡Vengan aquí!”, borrando cualquier vergüenza que Raphael pudiera sentir, abrazando a sus hermanos hacia él, hablándoles como cuando eran pequeños, sonriendo cuando los tres no dudaron en sonreír, aceptando con agrado su cariño y protección.
Transportándolos a viejos momentos, cuando los cuatro eran más pequeños, cuando no había preocupaciones sobre si sus acciones causaran el fin del mundo. Cuando no existían disputas entre clanes, ni enemigos que detener.
Cuando los cuatro eran inocentes y podían reír con libertad, podían reír con toda su energía. Cuando podían vivir confiados, seguros que Raphael estaría allí para cuidarlos y protegerlos. Confirmando lo que Raphael siempre había sabido.
Para él, sus hermanos siempre serán sus hermanitos.
