Chapter Text
La lluvia golpeaba con furia contra los edificios de Gotham, ese tipo de lluvia que no se conforma con caer sino que ataca, que empapa hasta los huesos en segundos y convierte las calles en ríos de basura y aceite. Bruce Wayne, aunque en ese momento era solo Batman, solo la sombra que acechaba desde las cornisas, observaba el almacén abandonado desde su posición en la azotea del edificio contiguo. El agua escurría por los bordes de su capucha, resbalaba por la tela reforzada de su traje, pero él ni siquiera parpadeaba. Llevaba tres horas vigilando ese lugar, esperando confirmación de que los traficantes que Oracle había rastreado realmente usaban ese sitio como punto de distribución.
Tres horas bajo la lluvia. Tres horas en las que su mente no había dejado de trabajar, calculando ángulos de entrada, rutas de escape, cuántos hombres habría dentro, qué armas portarían. Tres horas en las que también, y esto lo admitía solo en la privacidad de su cabeza, donde nadie más podía escucharlo, había pensado en Clark. En la conversación que habían tenido esa tarde, antes de que el sol se pusiera y Gotham reclamara su atención completa.
— Deberías tomarte un descanso—, había dicho Clark, con esa sonrisa suya que era demasiado brillante para la penumbra de la Batcueva, demasiado cálida para el frío que siempre habitaba ese lugar. Estaba de pie junto a la computadora, aún con el traje de Superman pero con los brazos cruzados de una manera que Bruce había aprendido a leer como preocupación.— Alfred me contó que no has dormido más de tres horas en los últimos cuatro días.
Bruce había gruñido algo inteligible, algo entre un "estoy bien" y un "no es asunto tuyo", pero Clark solo había arqueado una ceja. Esa ceja. Bruce odiaba cuando hacía eso, cuando lo miraba como si pudiera ver a través de todas sus defensas, y técnicamente podía, con esos malditos rayos X, pero no de la forma física, sino de la manera en que importaba. Como si viera directamente al hombre debajo de la máscara, al Bruce que estaba cansado, que dolía, que a veces se preguntaba si todo esto valía la pena.
—Bruce —, había dicho Clark, y su voz se había suavizado de esa forma que hacía que algo en el pecho de Bruce se apretara incómodamente. —Sé que Gotham te necesita. Lo entiendo. Pero también necesitas estar en condiciones de ayudarla. No puedes proteger a nadie si te desplomas.
Y Bruce había querido decirle tantas cosas. Había querido decirle que Gotham nunca dormía, así que él tampoco podía. Había querido decirle que cada minuto que pasaba sin hacer nada era un minuto en el que alguien podía morir, ser asaltado, ser destruido por esta ciudad que devoraba a sus habitantes con la misma indiferencia con la que la lluvia ahora golpeaba su espalda. Había querido decirle que la forma en que Clark lo miraba, con esa preocupación genuina que irradiaba de él como calor, hacía que Bruce se sintiera expuesto de una manera que ninguna pelea, ninguna herida, ninguna derrota había logrado.
Pero no había dicho nada de eso. En cambio, había asentido brevemente, una concesión mínima, y había dicho:
—Termino esta patrulla y descanso. Lo prometo.
Clark había sonreído entonces, esa sonrisa completa que arrugaba las comisuras de sus ojos, y había dicho.
—Te acompaño esta noche. Así me aseguro de que cumplas tu promesa.
Y ahí estaba, a unos metros de distancia, flotando silenciosamente bajo la lluvia con los brazos cruzados, observando el mismo almacén con esa expresión concentrada que usaba cuando escuchaba más allá de lo que los oídos normales podían captar. Su capa ondeaba con el viento, roja y brillante incluso bajo la oscuridad, un contraste imposible con las sombras grises y negras que definían a Gotham. Clark no encajaba aquí, y tal vez eso era parte de lo que hacía que Bruce lo apreciara tanto. Que alguien tan luminoso, tan inherentemente bueno, eligiera estar aquí, en esta ciudad podrida, junto a él... significaba algo. Algo que Bruce no se permitía examinar demasiado de cerca.
—Ocho hombres adentro —, murmuró Clark, su voz llegando clara a través del comunicador a pesar del rugido de la lluvia. —Tres en el primer piso, cinco en el sótano. Están moviendo cajas. Huele a... algo químico. No puedo identificarlo exactamente, pero es penetrante. ¿Drogas?
—Probablemente Venom en estado crudo —, respondió Bruce, ajustando los lentes de visión nocturna integrados en su capucha. —Los últimos reportes de Gordon mencionaban un aumento en su distribución por los muelles. Esto encaja.
Clark giró la cabeza hacia él, y aunque Bruce no podía ver su expresión completa desde esa distancia, podía imaginarla. Esa mezcla de determinación y algo más suave, algo que siempre aparecía cuando hablaban de los casos de Gotham, como si Clark entendiera perfectamente por qué Bruce hacía lo que hacía pero al mismo tiempo quisiera protegerlo de ello.
—¿El plan? — preguntó Clark.
—Yo entro por el tragaluz del techo, tú bloqueas la salida trasera. Los acorralo hacia ti. Rápido y limpio.
—Bruce...
—Sin romper huesos innecesariamente —, agregó Bruce, y casi pudo escuchar la sonrisa en el suspiro de Clark.
—Solo quería asegurarme.
Bruce se impulsó desde la cornisa, su capa desplegándose en el aire mientras la lluvia golpeaba su rostro. El viento silbaba en sus oídos, el familiar rush de adrenalina recorría sus venas, ese momento de caída libre antes de que el gancho se enganchara y lo balanceara hacia el techo del almacén. Aterrizó en silencio, un susurro contra el metal oxidado, y se movió hacia el tragaluz con la fluidez de años de práctica. Abajo, las voces de los hombres eran apenas murmullos mezclados con el sonido de cajas siendo arrastradas.
Colocó el pequeño dispositivo explosivo en el borde del vidrio, lo suficiente para romperlo pero no para alertar a todo el vecindario y esperó. Tres segundos. Dos. Uno.
El estallido fue mínimo, pero efectivo. El vidrio se fragmentó hacia adentro y Bruce se dejó caer a través de la abertura, su capa expandiéndose como alas oscuras mientras los gritos de sorpresa explotaban abajo. Aterrizó en una viga, observando el caos que acababa de desatar. Los tres hombres del primer piso ya habían sacado sus armas, apuntando frenéticamente hacia las sombras, hacia cualquier lugar donde pudieran haber visto movimiento.
—¿Qué carajo fue eso? —gritó uno, un tipo corpulento con una cicatriz que le cruzaba la mejilla.
—¡Arriba! ¡Algo vino de arriba!
Bruce sonrió bajo la máscara. El miedo era su herramienta más efectiva, más que cualquier gadget, más que la fuerza bruta. Dejó que lo vieran por un segundo, solo un segundo, antes de lanzar tres batarangs en rápida sucesión. Dos dieron en las manos de los hombres armados, haciéndoles soltar las pistolas con gritos de dolor. El tercero cortó la cuerda que sostenía una pila de cajas cerca del tercer hombre, y el tipo apenas tuvo tiempo de gritar antes de que toneladas de metal y madera lo sepultaran.
No lo mataría. Bruce sabía exactamente cuánto peso podía soportar un hombre sin sufrir daño permanente.
Se dejó caer de la viga, aterrizando entre los dos hombres restantes. El primero intentó lanzarle un puñetazo, torpe y predecible. Bruce lo esquivó, aprovechando el impulso del hombre para girarlo y estrellarlo contra la pared. El segundo fue más inteligente, intentó correr hacia la puerta del sótano, probablemente para alertar a los demás, pero Bruce ya estaba en movimiento. Lo alcanzó en tres zancadas, lo derribó con una barrida de pierna y lo dejó inconsciente con un golpe preciso en la base del cráneo.
—Primer piso despejado —, murmuró hacia el comunicador.
—Tengo a dos tratando de salir por aquí — respondió Clark. —Los estoy... convenciendo de que es mala idea.
Bruce descendió las escaleras hacia el sótano, cada paso medido, cada sentido alerta. Podía escuchar los murmullos nerviosos abajo, el sonido de más armas siendo cargadas. Cinco hombres, había dicho Clark. Eso significaba que estaban agrupados, probablemente esperándolo, probablemente más preparados que los idiotas de arriba.
La puerta del sótano estaba entreabierta. A través de la rendija, Bruce podía ver luces parpadeantes, sombras moviéndose. Calculó ángulos, trayectorias. Si entraba directo, tendría quizás dos segundos antes de que empezaran a disparar. Dos segundos para neutralizar al menos a dos de ellos, para crear suficiente caos como para que los demás no pudieran apuntarle con precisión.
Dos segundos. Era suficiente.
Pateó la puerta con fuerza suficiente para arrancarla de las bisagras. El metal voló hacia adentro, derribando al hombre que estaba más cerca. Los otros cuatro reaccionaron exactamente como Bruce había predicho, disparando hacia la entrada, llenando el aire de balas que rebotaban contra las paredes de concreto. Pero Bruce ya no estaba ahí. Se había movido hacia la derecha, usando las cajas como cobertura, y lanzó una granada de humo directo al centro del grupo.
El sótano se llenó de humo gris y espeso en segundos. Los gritos de confusión se mezclaron con más disparos, pero ahora apuntaban a ciegas, hacia todas direcciones. Bruce se movió a través del humo como un fantasma, golpeando con la eficiencia de años de entrenamiento. Un codo en la mandíbula. Un golpe en el plexo solar. Una llave que dejó a otro inconsciente antes de que siquiera pudiera gritar.
En treinta segundos, todo había terminado. Cinco cuerpos inconscientes en el suelo, el humo comenzando a disiparse, y Bruce de pie en medio del sótano, respirando apenas más rápido de lo normal. Revisó rápidamente las cajas y efectivamente, Venom en estado crudo, suficiente para crear caos en las calles durante meses, y activó el comunicador para llamar a Gordon.
—Batman —, respondió la voz cansada del comisionado casi de inmediato. —Dime que tienes buenas noticias.
—Almacén en el muelle este, calle Robinson. Ocho sospechosos, varios kilos de Venom sin procesar. Envía unidades.
—Ya van en camino. ¿Alguna baja?
—Ninguna.
—Bien. Buen trabajo, Batman.
Bruce cortó la comunicación y subió de vuelta al primer piso. Clark ya estaba ahí, de pie junto a los dos hombres que había "convencido" de no escapar, ambos esposados con sus propios cinturones a una tubería, luciendo más avergonzados que heridos. Cuando Clark vio a Bruce, su expresión se iluminó con ese alivio genuino que siempre mostraba, como si cada vez que Bruce salía de una pelea, Clark se sorprendiera gratamente de que siguiera entero.
—¿Estás bien? — preguntó, dando dos pasos hacia él, esos ojos azules escaneándolo de arriba abajo con la misma intensidad con la que probablemente usaba su visión de rayos X.
—Estoy bien, Clark. Como siempre.
—Eso no responde mi pregunta. Te conozco, Bruce. "Bien" para ti significa que solo tienes dos costillas rotas en lugar de cuatro.
Bruce sintió esa calidez de nuevo en su pecho, esa cosa incómoda que lo hacía querer alejarse y acercarse al mismo tiempo. En lugar de eso, solo rodó los ojos, aunque Clark probablemente no podía verlo con la máscara y se dirigió hacia la salida.
—Las sirenas están a tres minutos. Deberíamos irnos.
Clark lo siguió, y Bruce podía sentir su presencia a su espalda, sólida y reconfortante de una manera que no debería ser tan reconfortante. Salieron del almacén justo cuando las primeras luces rojas y azules comenzaban a iluminar las calles mojadas, y Bruce lanzó su gancho hacia el edificio más cercano. Clark simplemente flotó a su lado, sin esfuerzo, porque por supuesto que sí. El maldito kryptoniano ni siquiera se mojaba tanto con la lluvia, el agua parecía resbalar sobre él como si incluso los elementos naturales supieran que no tenían nada que hacer contra él.
Aterrizaron en una azotea a varias calles de distancia, lo suficientemente lejos como para que las sirenas fueran solo un eco lejano. La lluvia seguía cayendo, quizás con menos furia ahora pero igual de persistente, y Bruce sintió el cansancio golpearlo de repente. Tres días con apenas sueño, más la pelea, más la tensión constante de estar siempre alerta... sí, quizás Clark tenía razón. Quizás necesitaba dormir.
— Entonces —, dijo Clark, con esa sonrisa pequeña que significaba que estaba a punto de decir algo que Bruce no querría escuchar. —¿Cumplirás tu promesa ahora?
—Clark...
—Prometiste que descansarías después de esta patrulla. Lo dijiste. Yo estaba ahí. Alfred estaba ahí. Hay testigos.
A pesar de todo, Bruce sintió una sonrisa tirando de sus labios bajo la máscara. Era difícil no sonreír cuando Clark se ponía así, cuando esa determinación normalmente reservada para amenazas mundiales se dirigía hacia algo tan simple como asegurarse de que Bruce durmiera.
—Está bien —, concedió. —Vuelvo a la cueva, me ducho, duermo cuatro horas. ¿Feliz?
—Seis horas.
—Cinco.
—Bruce...
—Cinco horas y media, y esa es mi última oferta.
Clark lo miró por un largo momento, y Bruce se preguntó qué vería. Si de verdad podía ver más allá de la máscara, más allá del traje, si podía ver al hombre que estaba exhausto pero que nunca lo admitiría, que estaba tan acostumbrado a estar solo que cada vez que Clark aparecía con su preocupación genuina, Bruce no sabía muy bien qué hacer con eso.
—Trato —, dijo finalmente Clark, extendiendo su mano.
Bruce la estrechó, y el apretón fue firme, cálido incluso a través de los guantes. Por un segundo, solo un segundo, Bruce se permitió apreciar ese contacto, esa conexión física que era rara entre ellos a pesar de lo mucho que trabajaban juntos. Entonces lo soltó, porque mantenerlo más tiempo sería raro, y Bruce ya tenía suficientes cosas raras en su vida sin añadir más.
—Te acompaño a la cueva — dijo Clark. —Solo para asegurarme.
—No confías en mí.
—Confío en ti con mi vida, Bruce. Pero también sé que eres capaz de convencerte a ti mismo de que "cinco horas y media" en realidad significa "dos horas y luego verificar los sistemas de seguridad de toda la ciudad".
Maldición. Clark lo conocía demasiado bien.
Volaron, bueno, Clark voló, Bruce se impulsó con el gancho de vuelta hacia la cueva. El viaje fue silencioso, pero no incómodo. Nunca era incómodo con Clark, y eso era... raro. Bruce no hacía amigos. No confiaba fácilmente. Pero Clark se había ganado esa confianza de alguna manera, con su honestidad brutal, con su bondad inquebrantable, con la forma en que nunca juzgaba a Bruce por sus métodos más oscuros pero tampoco dejaba de desafiarlo a ser mejor.
Aterrizaron en la plataforma de la Batcueva, y Alfred ya estaba ahí, por supuesto, con una taza de té humeante en una mano y esa expresión de leve desaprobación que había perfeccionado durante décadas.
—Master Bruce —, dijo, con ese tono que indicaba claramente que había palabras adicionales que simplemente estaba eligiendo no decir. —Superman. Me alegra ver que ambos han regresado en una sola pieza.
—Gracias por preocuparte, Alfred —, respondió Bruce, quitándose la capucha y sintiendo inmediatamente el aire frío de la cueva contra su rostro sudoroso.
—Alguien tiene que hacerlo, considerando su aparente determinación por preocupar a quienes lo aprecian.— Alfred le extendió la taza de té. —Beba esto. Le ayudará a relajarse.
Bruce tomó la taza, el calor filtrándose a través de sus guantes. El aroma era familiar, manzanilla, con un toque de miel y sintió algo de la tensión abandonar sus hombros. A su lado, Clark se había quitado la parte superior de su traje, dejando ver la camiseta ajustada debajo, y estaba hablando con Alfred sobre algo que Bruce no captó completamente porque estaba demasiado ocupado tratando de no notar la forma en que esa camiseta se pegaba al torso de Clark, definiendo músculos que Bruce sabía que estaban ahí pero que verlos era otra cosa completamente diferente.
Mierda. No. No iba por ahí. Clark era su amigo. Su mejor amigo, probablemente, aunque Bruce nunca lo diría en voz alta. Y los amigos no pensaban en los torsos de sus amigos, ni en cómo la luz tenue de la cueva hacía que el cabello oscuro de Clark se viera casi negro excepto donde algunos mechones rebeldes capturaban la luz y brillaban con tonos más claros. Los amigos no notaban estas cosas.
Excepto que Bruce sí las notaba, y había estado notándolas cada vez más en los últimos meses, y eso era un problema que no sabía cómo resolver porque no podía simplemente golpearlo hasta que desapareciera.
—Bruce, ¿me estás escuchando?
Parpadeó, dándose cuenta de que Clark lo estaba mirando con una mezcla de diversión y preocupación.
—Perdón, ¿qué?
—Te pregunté si querías que me quedara un rato. Ya sabes, para asegurarme de que realmente te vayas a dormir y no te quedes aquí abajo analizando evidencia hasta el amanecer.
—No necesito una niñera, Clark.
—No estoy ofreciéndome como niñera. Estoy ofreciéndome como... supervisor de descanso.
—Eso es literalmente lo mismo.
—No lo es. Supervisor suena más profesional.
A pesar de todo, Bruce se rió, una risa breve, apenas un sonido, pero real. Clark sonrió como si hubiera ganado un premio.
—Está bien —, dijo Bruce, sorprendiéndose a sí mismo. —Quédate. Pero no voy a entretenerte. Voy a ducharme y a dormir, como prometí.
—Perfecto. Yo me quedaré aquí abajo, molestaré a Alfred, quizás revisaré si hay algo que pueda hacer para ayudar...
—No toques mis sistemas —, advirtió Bruce inmediatamente.
—No tocaré tus sistemas. Promesa de Boy Scout.
—No fuiste Boy Scout.
—Debí haberlo sido. Tengo todas las cualidades.
Bruce rodó los ojos pero no pudo evitar otra pequeña sonrisa mientras se dirigía hacia las duchas. Se quitó el traje pieza por pieza, dejando que cayera al suelo con sordos golpes, y se metió bajo el agua caliente. El vapor llenó el pequeño espacio, y Bruce dejó que el agua golpeara su espalda, sus hombros, arrastrando el dolor y la tensión acumulada.
Pero mientras el agua caía, su mente no se detenía. Nunca se detenía. Pensaba en el caso que acababan de cerrar, en los tres más que todavía estaban abiertos, en el patrón que Oracle había detectado en los robos del distrito financiero. Pensaba en Gotham, siempre en Gotham, en cómo esta ciudad nunca dejaba de sangrar, nunca dejaba de necesitarlo.
Y pensaba en Clark. En cómo se había ofrecido a acompañarlo esta noche sin que Bruce se lo pidiera. En cómo siempre parecía saber cuándo Bruce estaba al límite, incluso cuando Bruce mismo lo negaba. En esa sonrisa, en esos ojos, en la forma en que la presencia de Clark hacía que la cueva, ese lugar frío y oscuro que era más hogar que la mansión arriba, se sintiera menos solitaria.
Bruce cerró los ojos, dejando que el agua corriera por su rostro. Esto era peligroso. Estos sentimientos eran peligrosos. Clark era luz, esperanza, todo lo que Gotham no era y todo lo que Bruce no podía ser. No tenía derecho a querer más de lo que ya tenían, de esta amistad que de alguna manera había sobrevivido a todas las diferencias entre ellos.
Así que no lo haría. Guardaría esos sentimientos, los encerraría en algún lugar profundo donde no pudieran causar daño, y seguiría siendo el amigo que Clark necesitaba. Era más seguro así. Para ambos.
Salió de la ducha, se secó, se puso ropa cómoda, pantalones de algodón y una camiseta vieja de la universidad y subió a su habitación. Clark estaba en la sala de estar adyacente, sentado en uno de los sillones con un libro en las manos. Levantó la vista cuando Bruce entró y sonrió.
—¿Ves? Comportándome. Sin tocar ningún sistema.
—Aprecio tu autocontrol—, respondió Bruce, sentándose en el borde de la cama.
—¿Te sientes mejor?
—Sí. Gracias. Por... todo esto.
Clark se encogió de hombros, como si quedarse despierto para asegurarse de que Bruce descansara fuera la cosa más natural del mundo. Y tal vez para él lo era. Tal vez así era Clark, incapaz de no cuidar a la gente que le importaba.
—Para eso están los amigos—, dijo simplemente.
Amigos. Sí. Eso era lo que eran.
Bruce se metió bajo las sábanas, sintiendo el peso del día presionar contra sus párpados. Podía escuchar a Clark moviéndose en la otra habitación, el susurro de páginas siendo pasadas, y ese sonido familiar fue sorprendentemente reconfortante.
—Buenas noches, Bruce—, llamó Clark suavemente.
—Buenas noches, Clark.
El sueño lo reclamó más rápido de lo que esperaba, tirando de él hacia la oscuridad. Y en esa oscuridad, Bruce soñó. Soñó con volar, con libertad, con no estar siempre anclado al suelo por el peso de sus promesas y su culpa. Soñó con ojos azules y sonrisas cálidas, con manos que lo sostenían sin aplastarlo, con no estar solo por una vez en su vida.
Pero los sueños no duraban. Los sueños nunca duraban en Gotham.
Despertó con el sabor del cobre en la boca y un dolor punzante en las sienes. Por un momento, solo un momento, no supo dónde estaba. La habitación estaba oscura, demasiado oscura, y había sonidos que no debería poder escuchar. El zumbido del sistema eléctrico en las paredes. El goteo de agua en algún lugar de la cueva debajo. El latido de un corazón que no era el suyo, steady y fuerte, proveniente de...
Clark. Ese era el corazón de Clark.
Bruce se incorporó bruscamente, y el movimiento envió una ola de náusea a través de él. Se llevó una mano a la cabeza, esperando encontrar... ¿qué? ¿Sangre? ¿Una herida? Pero su cabeza estaba bien, su piel intacta. Entonces, ¿por qué se sentía como si lo hubieran golpeado con un bate de acero?
—¿Bruce?
La voz de Clark llegó desde la otra habitación, seguida por pasos rápidos. La puerta se abrió y ahí estaba él, con el cabello revuelto y expresión preocupada, todavía con la misma ropa de antes. ¿Cuánto tiempo había pasado? La luz que se filtraba por las ventanas era tenue, grisácea. ¿Amanecer? ¿O simplemente otro día nublado en Gotham?
—¿Qué pasó?— preguntó Clark, acercándose a la cama. —Te escuché... ¿estás bien
—Yo...— Bruce intentó enfocarse, pero todo parecía demasiado brillante de repente, demasiado ruidoso. Podía escuchar el latido del corazón de Clark como si estuviera dentro de su propio pecho, rápido y preocupado. Podía oler... Dios, podía oler todo. El detergente de las sábanas. El aroma a menta del enjuague bucal que Clark había usado. Algo más profundo, más sutil, que era solo Clark, su esencia bajo todas las otras capas.
—Bruce, me estás asustando. ¿Qué sucede?
Bruce miró sus manos, y fue entonces cuando lo vio. Sus uñas que habían estado cortas y limpias cuando se fue a dormir ahora eran más largas, más oscuras, curvándose ligeramente en las puntas. Como... como garras.
—¿Qué mierda...?
Se levantó de la cama demasiado rápido y sus piernas casi no lo sostuvieron. Clark lo atrapó antes de que cayera, sus manos firmes en los brazos de Bruce, y ese contacto fue abrumador. Bruce podía sentir el calor radiando de Clark, podía escuchar cada respiración, cada latido, podía oler el rastro de la lluvia todavía pegada a su piel a pesar de las horas que habían pasado.
—Tenemos que llevarte abajo—, dijo Clark, su voz tensa ahora, autoritaria de la forma que solo usaba cuando estaba verdaderamente preocupado. —Tenemos que revisarte. Algo no está bien.
—No... no es necesario, solo...
Pero Clark ya lo estaba levantando, sosteniéndolo con facilidad, y Bruce no tuvo energía para protestar. Dejó que Clark lo llevara de vuelta a la cueva, a la sección médica que Alfred había insistido en instalar años atrás. Las luces fluorescentes eran como cuchillos en sus ojos, y Bruce tuvo que cerrarlos, dejando que Clark lo depositara en la camilla.
—Alfred—, llamó Clark, su voz resonando en la cueva. —Alfred, necesito que bajes. Ahora.
Hubo el sonido de pasos apresurados, y luego la voz de Alfred, calmada pero con un trasfondo de preocupación.
—¿Qué ha sucedido?
—No lo sé. Bruce despertó y... algo está mal. Mira sus manos.
Bruce abrió los ojos, y mierda, cuando había cerrado los párpados, ¿por qué la luz era menos dolorosa ahora? y vio a Alfred inclinarse sobre sus manos, examinando esas garras que definitivamente no deberían estar ahí.
—Master Bruce—, dijo Alfred con esa calma profesional que había perfeccionado durante su tiempo en el ejército. —¿Siente dolor en alguna parte específica?
—Cabeza—, logró decir Bruce, su voz sonando ronca incluso para sus propios oídos y eso era raro también, ¿por qué sonaba diferente? —Y todo es... demasiado. Demasiado fuerte. Los sonidos, los olores...
Alfred intercambió una mirada con Clark, y Bruce conocía esa mirada. Era la mirada de "esto es grave y no sabemos qué hacer".
—¿Qué fue lo último que recuerdan antes de dormir?— preguntó Alfred, mientras comenzaba a tomar sus signos vitales.
Bruce forzó su mente a través de la niebla de dolor y confusión. El almacén. La pelea. Había sido... rutinaria. Sin complicaciones. Nada fuera de lo común excepto...
Excepto.
—El sótano—, dijo, sintiendo como la memoria emergía lentamente. —Uno de los hombres, el último que neutralicé. Estaba murmurando algo. Palabras que no reconocí. Pensé que estaba... no sé, asustado, divagando. Pero hizo un gesto y...
—¿Y qué, Bruce?— La voz de Clark estaba más cerca ahora, sus manos en los hombros de Bruce, ese contacto firme y grounding.
—Hubo una luz. Verde, o tal vez azul, no estoy seguro. Me golpeó en el pecho y me sentí mareado por un segundo, pero luego pasó y no le presté atención porque estabas esperando arriba y Gordon estaba por llegar y...
—Un hechizo—, dijo Alfred, y había una gravedad en su tono que hizo que el estómago de Bruce se hundiera. —Alguien le lanzó un hechizo, y ninguno de nosotros lo notó.
Clark soltó una maldición en kryptoniano, Bruce no entendía el idioma pero reconocía el tono y comenzó a caminar de un lado a otro, su capa ondeando con cada movimiento agitado.
—Necesitamos a Constantine—, dijo Clark. —O a Zatanna. Alguien que pueda identificar qué tipo de magia fue y cómo revertirla.
—Ya estoy en ello—, respondió Alfred, moviéndose hacia la computadora. Sus dedos volaban sobre el teclado con una velocidad que desmentía su edad. —Estoy rastreando a Constantine ahora. Zatanna está en una presentación en Las Vegas según los últimos reportes, pero puedo contactarla a través de sus canales habituales.
Bruce cerró los ojos de nuevo, tratando de bloquear el bombardeo sensorial que amenazaba con abrumarlo. Cada sonido en la cueva era como un grito: el zumbido de las computadoras, el goteo distante del agua filtrada, los latidos acelerados de Clark... Dios, ¿por qué podía escuchar eso?, la respiración medida de Alfred. Y los olores. Podía oler el aceite de motor del Batimóvil, el cuero de su traje colgado al otro lado de la cueva, el antiséptico de la estación médica, y debajo de todo eso, los olores humanos. El aroma a tierra mojada que Clark siempre traía consigo después de volar bajo la lluvia, incluso el café que alguien había preparado horas atrás y cuyo rastro todavía flotaba en el aire.
Era demasiado. Todo era demasiado.
—Bruce, respira. —La voz de Clark cortó a través del caos, y Bruce se dio cuenta de que estaba hiperventilando, su pecho subiendo y bajando demasiado rápido. Manos cálidas lo tomaron por los hombros, firmes pero gentiles. —Mírame. Vamos, respira conmigo.
Bruce abrió los ojos y se encontró con azul. Ese azul imposible que había memorizado sin darse cuenta, que veía en sus sueños más seguido de lo que admitiría. Clark estaba ahí, tan cerca que Bruce podía contar las pequeñas motas doradas en sus iris, podía ver la preocupación grabada en cada línea de su rostro.
—Inhala —dijo Clark, y Bruce lo hizo, siguiendo el ritmo que Clark marcaba con su propia respiración. —Exhala. Eso es. De nuevo.
No sabía cuánto tiempo pasaron así, con Clark guiándolo de vuelta a algo parecido al control, pero eventualmente el mundo dejó de girar. Los sonidos seguían siendo demasiado fuertes, los olores demasiado intensos, pero Bruce podía manejarlo ahora. Podía compartimentalizar, poner esas sensaciones en cajas mentales y enfocarse en lo importante.
—¿Mejor? —preguntó Clark, y su voz tenía esa suavidad que Bruce solo escuchaba en momentos como este, en esos instantes privados cuando era solo ellos dos y las máscaras, las literales y las metafóricas podían bajarse un poco.
—Mejor —confirmó Bruce, aunque no estaba seguro de que fuera verdad. Se sentía como si su cuerpo fuera un traje que ya no le quedaba bien, como si algo hubiera cambiado en un nivel fundamental y ahora tuviera que aprender a existir en esta nueva piel.
Alfred se acercó con una tableta en las manos, su expresión tensa de una manera que Bruce rara vez veía.
—Constantine no responde. Lo cual, considerando su historial, no es exactamente sorprendente. Zatanna, sin embargo, respondió. Dice que puede estar aquí en tres horas si desviamos el jet privado de Wayne Enterprises.
—Hazlo —dijo Bruce inmediatamente.
—Ya lo hice, Master Bruce. —Alfred le dirigió una mirada que claramente decía "¿me crees amateur?"—. Estará aquí antes del mediodía. Mientras tanto, sugiero que descansemos y observemos cualquier otro cambio. —Su mirada bajó hacia las manos de Bruce de nuevo, hacia esas garras que ahora eran innegables. —¿Siente algo más además de los sentidos aumentados?
Bruce flexionó sus dedos, observando cómo las garras se curvaban ligeramente. Eran oscuras, casi negras, y afiladas en las puntas. Cuando presionó una contra su pulgar, la piel se partió fácilmente, una gota de sangre brotando antes de que la herida comenzara a cerrarse casi de inmediato.
—Cicatrización acelerada —murmuró, observando fascinado y horrorizado a la vez cómo su piel se reparaba sola. —Esto no es normal. Ni siquiera para los estándares de Gotham.
—Nada de esto es normal —dijo Clark, y había un filo en su voz que Bruce reconoció como culpa. Clark se culpaba a sí mismo, por supuesto que lo hacía, porque eso era lo que Clark hacía. Se culpaba cuando las cosas salían mal, especialmente si involucraban a la gente que le importaba. —Debí haberlo notado. Debí haber visto que algo andaba mal en ese sótano.
—No es tu culpa. —Bruce lo dijo con firmeza, con la misma autoridad que usaba cuando daba órdenes en el campo. —Yo tampoco lo noté en el momento, y estaba directamente frente a él. Sea lo que sea que hizo, fue sutil. Diseñado para pasar desapercibido.
—Lo cual sugiere premeditación —agregó Alfred, frunciendo el ceño. —Esto no fue un acto aleatorio de un criminal desesperado. Alguien sabía que usted estaría allí, Master Bruce. Alguien lo estaba esperando.
La implicación colgó en el aire de la cueva, pesada y amenazante. Bruce sintió ese familiar cambio en su mente, esa transición de víctima a detective, de asustado a analítico. Si alguien lo había estado esperando, si alguien había planeado esto, entonces había pistas. Había un rastro que seguir, un misterio que resolver.
—Necesito revisar las grabaciones de la pelea —dijo, intentando levantarse de la camilla. Sus piernas temblorosas protestaron pero lo sostuvieron. —Las cámaras de mi traje habrán capturado...
—No. —Clark lo detuvo con una mano en su pecho, y Bruce parpadeó sorprendido por la firmeza del gesto. Clark rara vez lo detenía físicamente, rara vez usaba su fuerza superior de esa manera. —No vas a hacer nada excepto descansar hasta que Zatanna llegue y pueda examinarte. Yo revisaré las grabaciones. Alfred monitoreará tus signos vitales. Tú te vas a quedar quieto y dejarás que te ayudemos por una vez en tu vida.
Bruce quiso protestar. Cada instinto gritaba que necesitaba estar activo, investigando, haciendo algo. Pero la mirada en los ojos de Clark, esa mezcla de preocupación y determinación, de súplica y demanda lo detuvo. Clark no pedía a menudo. No exigía. Pero cuando lo hacía, era porque realmente le importaba.
Y mierda, Bruce no podía decirle que no cuando lo miraba así.
—Está bien —dijo finalmente, y la tensión en los hombros de Clark se relajó visiblemente. —Pero quiero un reporte completo de lo que encuentres.
—Por supuesto. —Clark sonrió, pequeño pero genuino, y por un momento todo pareció menos terrible. —Ahora vuelve a la cama. O al menos siéntate antes de que te caigas. Tus piernas están temblando.
Bruce no había notado, pero Clark tenía razón. Sus piernas sentían como gelatina, apenas capaces de sostener su peso. Dejó que Clark lo guiara de vuelta a la camilla, lo ayudara a recostarse, y trató de ignorar cuán bien se sentía ese cuidado, cuán peligrosamente fácil sería acostumbrarse a él.
Alfred se acercó con una manta térmica y la extendió sobre él, sus movimientos eficientes pero cuidadosos.
—Descanse, Master Bruce. Estaremos aquí si necesita algo.
Bruce cerró los ojos, escuchando los sonidos de Clark y Alfred moviéndose por la cueva. El click del teclado mientras Clark accedía a las grabaciones de su traje. El susurro de la ropa de Alfred mientras preparaba más equipo médico. El constante zumbido de la tecnología que llenaba este lugar.
Y debajo de todo eso, los latidos. El de Alfred, constante y medido, el ritmo de alguien que había visto demasiado en su vida como para asustarse fácilmente. El de Clark, más rápido de lo normal, latiendo con esa preocupación que no podía esconder sin importar cuánto lo intentara.
Bruce se concentró en ese sonido, en el latido del corazón de Clark, y lo usó como ancla. Mientras pudiera escuchar eso, mientras Clark estuviera aquí, las cosas estarían bien. Tenían que estarlo.
El sueño lo reclamó de nuevo, pero esta vez no fue pacífico. Esta vez soñó con sombras que se movían con vida propia, con ojos que brillaban en la oscuridad, con una voz susurrando palabras en un idioma que no conocía pero que de alguna manera entendía. Soñó con cambio, con transformación, con convertirse en algo otro.
Soñó con garras y colmillos, con instintos que no eran humanos, con una llamada salvaje que resonaba en sus huesos.
Y cuando despertó horas después con el sabor a sangre en la boca y un dolor sordo en su mandíbula, supo que esto era solo el comienzo.
Las cosas estaban a punto de ponerse mucho, mucho peor.
La voz de Zatanna fue lo primero que penetró la niebla del sueño.
—Mierda. Esto es... Bruce, ¿puedes oírme?
Abrió los ojos lentamente, parpadeando contra la luz que ahora parecía menos dolorosa que antes pero seguía siendo demasiado brillante. Zatanna estaba inclinada sobre él, su cabello negro recogido en una cola de caballo alta, usando jeans y una chaqueta de cuero en lugar de su usual atuendo de escenario. Detrás de ella, Clark y Alfred observaban con expresiones que iban desde la preocupación hasta algo cercano al miedo.
—Zatanna —logró decir, su voz todavía ronca. —Llegaste rápido.
—Tres horas en jet privado tienden a ser rápidas. —Ella no sonrió, lo cual era raro. Zatanna siempre sonreía, siempre había una chispa de humor en sus ojos sin importar la situación. Pero ahora estaba seria, su mirada escaneando su rostro con una intensidad que le recordó a Bruce sus propias técnicas de interrogatorio. —Clark me puso al tanto. Un hechizo de origen desconocido, lanzado por un criminal menor en el muelle este. Síntomas: sentidos aumentados, garras, cicatrización acelerada. ¿He olvidado algo?
—Cuando se despertó hace una hora, tenía sangre en los dientes —dijo Alfred, su voz cuidadosamente neutral de esa manera que significaba que estaba muy preocupado pero no quería mostrarlo. —Y sus caninos parecen más largos.
Bruce llevó su lengua a sus dientes automáticamente, sintiendo las puntas afiladas de lo que definitivamente eran colmillos ahora. Mierda. Esto estaba empeorando.
Zatanna murmuró algo en el idioma reverso que usaba para su magia, y sus manos comenzaron a brillar con una luz suave y azulada. Las pasó sobre el cuerpo de Bruce, desde su cabeza hasta sus pies, y Bruce pudo sentir el hormigueo de la magia rastreando a través de él, explorando, analizando.
Después de lo que pareció una eternidad pero probablemente fueron solo minutos, Zatanna se echó hacia atrás y soltó un largo suspiro.
—Bien. Buenas y malas noticias. ¿Cuál quieres primero?
—Las malas —dijo Bruce inmediatamente, porque siempre era mejor saber lo peor de entrada.
—Esto es un hechizo de transformación, específicamente diseñado para convertir al objetivo en un híbrido animal-humano. En tu caso, pantera negra. Es antiguo, probablemente de origen africano o caribeño, y quienquiera que lo lanzó sabía exactamente lo que estaba haciendo. La magia está arraigada profundamente en tu ADN ahora, reescribiendo tu código genético poco a poco.
El silencio que siguió fue absoluto. Bruce podía escuchar el latido de su propio corazón, acelerado y fuerte, podía escuchar la respiración contenida de Clark, el casi imperceptible cambio en la postura de Alfred.
—¿Y las buenas noticias? —preguntó Clark, su voz tensa.
—No es irreversible. Puedo romper el hechizo, pero necesito tiempo para investigar exactamente qué variante es. Hay docenas de hechizos de transformación registrados en los archivos de la Casa del Misterio, y usar el reverso incorrecto podría empeorar las cosas o hacerlas permanentes. —Zatanna se cruzó de brazos, mirando a Bruce con una mezcla de simpatía y algo más, algo que él no podía identificar. —La transformación completa tomará aproximadamente tres días. Cada día que pase, más características de pantera emergerán. Los sentidos aumentados son solo el comienzo.
—¿Qué más puedo esperar? —Bruce necesitaba saberlo, necesitaba prepararse mentalmente para lo que venía.
—Cambios físicos obvios: orejas, cola, más pelo corporal, posiblemente cambios en la estructura facial. Cambios de comportamiento: instintos de caza aumentados, territorialidad, posiblemente agresión si te sientes amenazado. Y... —Zatanna vaciló, mordiéndose el labio inferior. —Y hay otros efectos secundarios que son menos predecibles. Los hechizos de este tipo a veces afectan las conexiones emocionales, especialmente...
—Especialmente ¿qué? —Clark dio un paso adelante, sus manos apretadas en puños a sus costados.
Zatanna suspiró de nuevo, pasándose una mano por el cabello.
—Especialmente vínculos románticos o sexuales potenciales. El hechizo puede... amplificar sentimientos que ya existen, o crear una sensación de reconocimiento hacia alguien que sería una pareja compatible. Es una característica del instinto animal: encontrar una pareja adecuada. —Su mirada se movió entre Bruce y Clark, y algo en su expresión sugería que ya había notado algo que ninguno de ellos había dicho. —Si Bruce ya tiene sentimientos fuertes por alguien, esos sentimientos van a intensificarse. Mucho.
El corazón de Bruce se detuvo por un segundo antes de latir doble de rápido. No. No, no, no. Esto no podía estar pasando. No así.
Miró a Clark casi involuntariamente y se encontró con esos ojos azules ya fijos en él, amplios y sorprendidos y con algo más que Bruce no podía... no quería nombrar.
—Entonces necesitamos romper el hechizo lo antes posible —dijo Bruce, forzando su voz a sonar normal, profesional, como si su mundo entero no estuviera colapsando. —¿Cuánto tiempo necesitas para identificar la variante correcta?
—Dos días, tal vez tres si tengo suerte. Constantine podría acelerar el proceso si logro encontrarlo, pero ya sabes cómo es él. —Zatanna sacó su teléfono de su bolsillo. —Voy a empezar a hacer llamadas, a revisar los archivos. Mientras tanto, Bruce, necesitas mantener la calma. No te expongas a situaciones de alto estrés. Los cambios serán más rápidos si tu adrenalina está constantemente elevada.
—Genial. Así que básicamente no puede ser Batman por los próximos días —murmuró Clark, y había frustración en su voz pero también alivio, como si la idea de Bruce quedándose quieto por una vez fuera algo bueno.
—Exactamente. —Zatanna le dio una palmada en el hombro a Bruce, sus dedos apretando ligeramente en un gesto de consuelo. —Lo solucionaremos, Bats. Siempre lo hacemos. Solo... ten paciencia.
La paciencia nunca había sido el fuerte de Bruce.
Zatanna se alejó hacia una de las estaciones de trabajo de la cueva, ya hablando por teléfono con alguien sobre grimorios y referencias cruzadas de hechizos. Alfred la siguió, probablemente para ofrecerle té y hacerle las preguntas logísticas sobre qué necesitaría durante su investigación.
Lo que dejó a Bruce y Clark solos.
El silencio se extendió entre ellos, grueso y pesado con cosas no dichas. Bruce podía escuchar cada respiración que Clark tomaba, podía oler ese aroma distintivo que era solo él, y ahora, con sus sentidos aumentados, era abrumador de una manera completamente diferente a antes.
—Bruce —empezó Clark, pero Bruce lo interrumpió antes de que pudiera continuar.
—No. Lo que sea que vayas a decir, no.
—Ni siquiera sabes qué iba a decir.
—Sé que va a ser sobre lo que Zatanna dijo. Sobre los... vínculos emocionales. Y no quiero hablar de eso.
Clark dio un paso más cerca, y Bruce tuvo que forzarse a no retroceder, a no huir como cada instinto, tanto los viejos como los nuevos, le gritaban que hiciera.
—Necesitamos hablar de esto eventualmente.
—No, no necesitamos. Es un efecto secundario del hechizo. No significa nada.
—¿No significa nada? —Y ahora había algo en la voz de Clark, algo herido y frustrado a la vez. —Bruce, ella dijo que amplifica sentimientos que ya existen. Lo que significa que si sientes algo, no es culpa del hechizo. El hechizo solo...
—Clark, por favor. —Y maldición, Bruce odiaba cómo salió su voz, casi suplicante, casi rota. —No ahora. No así. Yo... no puedo hacer esto ahora.
Los ojos de Clark lo estudiaron por un largo momento, y Bruce pudo ver el conflicto ahí, la guerra entre el deseo de presionar y el deseo de respetar los límites de Bruce. Finalmente, Clark asintió lentamente.
—Está bien. No ahora. Pero Bruce... esto no desaparece solo porque lo ignoremos.
—Lo sé. —Y lo sabía, Dios, lo sabía. Pero conocer algo y estar listo para enfrentarlo eran dos cosas completamente diferentes.
Clark extendió su mano, vaciló, y luego la posó suavemente en el hombro de Bruce. El contacto envió una ola de calor a través del cuerpo de Bruce, su piel hormigueando donde los dedos de Clark descansaban.
—Voy a estar aquí. Durante todo esto. No te voy a dejar solo con esto.
Y eso era el problema, ¿no? Que Clark siempre estaba ahí, siempre lo había estado, siempre sería esa presencia constante y confiable que hacía que Bruce quisiera cosas que no podía tener, que no debería querer.
—Gracias —murmuró, porque no sabía qué más decir.
Clark sonrió, pequeño pero genuino, y apretó su hombro una vez más antes de soltarlo.
—Descansa. Voy a ayudar a Zatanna con su investigación. Y Bruce... —Vaciló en la puerta, mirando hacia atrás. —Sea lo que sea que pase en los próximos días, lo enfrentaremos juntos. Como siempre.
Y luego se fue, dejando a Bruce solo en la estación médica con sus pensamientos acelerados y su corazón latiendo demasiado rápido.
Bruce se tocó los dientes con la lengua de nuevo, sintiendo esos colmillos afilados que no deberían estar ahí. Miró sus manos, esas garras oscuras curvándose desde las puntas de sus dedos. Escuchó los sonidos amplificados de la cueva, cada pequeño detalle magnificado hasta que era casi doloroso.
Tres días. Tenía tres días antes de que la transformación estuviera completa, antes de convertirse en algo que ya no sería completamente humano.
Y en algún lugar en esos tres días, iba a tener que enfrentar la verdad que había estado enterrando durante meses, tal vez años.
Que estaba enamorado de Clark Kent.
Y que ese sentimiento, hechizo o no, iba a destruirlo.
Bruce esperó hasta que las voces de Clark y Zatanna se perdieran en la distancia, mezclándose con el tecleo constante de Alfred en la computadora, antes de levantarse de la camilla. Sus piernas todavía temblaban ligeramente, pero era manejable ahora. Todo era manejable si te esforzabas lo suficiente, si compartimentalizabas el pánico y lo guardabas en algún lugar donde no pudiera tocarte.
Se dirigió al baño privado adjunto a la estación médica, sus pasos descalzos silenciosos contra el suelo de concreto pulido. Más silenciosos de lo que deberían ser, se dio cuenta. Como si sus pies supieran instintivamente dónde pisar para no hacer ruido, cómo distribuir su peso de manera que cada movimiento fuera un susurro en lugar de un sonido.
El baño era pequeño, funcional, sin las ostentaciones de los de la mansión. Un lavabo de acero inoxidable, un espejo simple, iluminación fluorescente que zumbaba con un sonido que ahora Bruce podía escuchar como un grito constante en sus oídos. Se acercó al espejo, sus manos y garras apoyándose en el borde del lavabo, y finalmente se obligó a mirarse.
Los colmillos eran lo primero que notó. Cuando abrió la boca, ahí estaban, blancos y afilados, curvándose ligeramente hacia adentro. No eran enormes, no lo hacían parecer un vampiro de película barata, pero eran innegables. Presionó la lengua contra uno y sintió la presión, el potencial de perforar carne con facilidad. Un escalofrío recorrió su espalda, algo entre horror y una fascinación morbosa que no quería examinar.
Pero entonces sus ojos captaron algo más, algo que hizo que su respiración se detuviera por completo.
Sus pupilas.
Ya no eran los círculos negros perfectos que había visto cada día de su vida. Ahora eran hendiduras verticales, estrechas y felinas, cortando a través del gris de sus iris como cuchillas oscuras. Parpadeó, sin poder apartar la mirada, viendo cómo esas pupilas extrañas se contraían con el cambio de luz.
Y lueg, y esto fue lo que realmente lo golpeó, sintió cómo podía controlarlas.
No conscientemente, no de la forma en que movía sus manos o giraba su cabeza. Era más profundo que eso, más instintivo. Como si una parte de su cerebro que nunca había existido antes ahora estuviera despierta, susurrándole cómo expandir esas pupilas para captar más luz, cómo estrecharlas para enfocar en un solo punto. Lo hizo sin pensar, observando fascinado en el espejo cómo sus pupilas se dilataban hasta que casi tragaban el gris de sus iris, enormes y oscuras, y luego se contraían de vuelta a hendiduras finas como papel.
Una vez. Dos veces. Tres.
Como si lo hubiera estado haciendo toda su vida.
—Mierda —susurró, y su voz sonó extraña incluso para él, más grave, con un raspado en los bordes que no debería estar ahí.
Cerró los ojos, respirando profundamente, tratando de encontrar ese centro de calma que Alfred le había enseñado a cultivar años atrás. Pero cada respiración traía nuevos olores, nuevas informaciones que su cerebro procesaba sin su permiso. El antiséptico del baño. El óxido en las tuberías viejas. El rastro de su propio sudor, ácido con el miedo que no admitiría en voz alta.
Y debajo de todo eso, más tenue pero presente, el aroma de Clark. Como si sus moléculas se hubieran quedado pegadas a la piel de Bruce desde que lo había cargado, desde que lo había tocado. Tierra mojada y algo más cálido, más limpio, que Bruce no tenía palabras para describir pero que reconocería en cualquier lugar ahora.
Abrió los ojos de nuevo, encontrándose con su propia mirada felina, y sintió algo retorcerse en su estómago. No era solo horror. Había algo más ahí, algo que se sentía peligrosamente cercano a la aceptación, a la curiosidad sobre qué más cambiaría, qué más podría hacer con estos nuevos instintos susurrando en su cabeza.
Un golpe en la puerta lo sacó de sus pensamientos.
—Master Bruce, —la voz de Alfred llegó amortiguada a través de la puerta— ¿se encuentra bien ahí dentro?
Bruce se alejó del espejo, componiendo su expresión en algo neutral antes de abrir la puerta.
—Estoy bien, Alfred.
Alfred lo estudió con esa mirada penetrante que podía ver a través de cualquier mentira, cualquier fachada. Sus ojos se detuvieron en los de Bruce, y Bruce vio el momento en que Alfred notó los cambios, el casi imperceptible ensanchamiento de sus ojos antes de que su expresión profesional volviera a su lugar.
—Por supuesto —dijo Alfred suavemente, como si las pupilas de gato de Bruce fueran tan normales como un cambio de corbata. —Me preguntaba si tiene hambre. Han pasado casi doce horas desde su última comida, y considerando los cambios metabólicos que está experimentando, imagino que su cuerpo necesita combustible.
Y como si las palabras de Alfred hubieran despertado algo, el estómago de Bruce rugió. No fue un pequeño gruñido de hambre. Fue algo profundo y demandante, un vacío que se abría en su centro y gritaba por ser llenado. Y con ese hambre vino un antojo, específico y abrumador.
Carne.
No cualquier comida. No los sándwiches que Alfred solía prepararle, no la pasta o las ensaladas o cualquiera de las comidas balanceadas que componían su dieta usual. Su cuerpo, esta nueva versión de su cuerpo quería carne. Cruda y sangrienta y tan fresca que pudiera sentir la vida drenándose de ella.
Bruce tragó saliva, sintiendo sus nuevos colmillos contra su lengua, y asintió.
—Sí. Tengo... hambre. —Vaciló, sin saber cómo expresar lo que necesitaba sin sonar completamente desquiciado. —Algo con proteína. Mucha proteína.
Si Alfred pensó que la petición era extraña, no lo demostró. Solo asintió con esa eficiencia que había perfeccionado durante décadas de servicio.
—Excelente. Además, debo informarle que esta es una de nuestras cenas semanales. Masters Dick, Jason, Tim y Damian han confirmado su asistencia. Llegaran en aproximadamente una hora. —Alfred hizo una pausa, sus ojos encontrándose con los de Bruce con algo que podría haber sido preocupación o compasión o ambas. —¿Desea que los cancele dadas las circunstancias?
Bruce consideró la pregunta. La parte de él que siempre quería esconderse, que veía cualquier vulnerabilidad como una debilidad que debía ser ocultada, quería decir que sí. Que cancelara, que mantuviera a los chicos alejados hasta que pudiera resolver esto, hasta que pudiera volver a ser completamente humano y no tener que explicar por qué tenía garras y colmillos y pupilas de gato.
Pero otra parte, la parte que estaba cansada de empujar a la gente lejos, la parte que sabía que estos chicos habían visto cosas peores que su mentor convirtiéndose en un híbrido felino quería que vinieran. Quería la normalidad de una cena familiar, por más disfuncional que fuera esa familia.
—No. Que vengan. —Bruce se frotó la cara con las manos, sintiendo el roce de las garras contra su piel. —Van a enterarse eventualmente de todos modos. Mejor que lo vean ahora que cuando tenga orejas y cola.
—Una decisión sabia, Master Bruce. —Alfred le dio una palmada en el hombro, breve pero reconfortante. —Prepararé algo sustancial. Carne de res, creo. Poco cocida, si no me equivoco en mis suposiciones sobre sus preferencias actuales.
—Gracias, Alfred.
—Es mi deber y mi placer, señor.
Alfred se dirigió hacia las escaleras que llevaban a la cocina de la mansión, dejando a Bruce solo de nuevo. Pero no por mucho tiempo. Pasos pesados resonaron en el concreto, y Bruce no necesitó darse vuelta para saber quién era. Podía oler a Clark antes de verlo, ese aroma distintivo ahora imposible de ignorar.
—Hey. —Clark apareció a su lado, todavía con esa expresión preocupada que parecía haberse convertido en su default desde que todo esto comenzó. —Alfred me dijo que estabas despierto. ¿Cómo te sientes?
Bruce se dio vuelta para mirarlo, y vio el momento exacto en que Clark notó los cambios. Sus ojos se ensancharon, su respiración se detuvo por una fracción de segundo, y algo pasó por su expresión que Bruce no pudo leer antes de que Clark lo ocultara.
—Diferente —admitió Bruce, porque no tenía sentido mentir cuando Clark podía probablemente escuchar su corazón acelerado, oler el cambio en su química corporal. —Todo es... más. Los sonidos, los olores. Y ahora esto. —Señaló sus ojos, viendo cómo la mirada de Clark se fijaba en las pupilas hendidas.
Clark dio un paso más cerca, lenta y cuidadosamente, como si Bruce fuera un animal salvaje que podría huir en cualquier momento. Tal vez lo era ahora.
—¿Puedo? —preguntó Clark, levantando una mano.
Bruce no estaba seguro de qué estaba pidiendo permiso para hacer, pero asintió de todos modos. Clark cerró la distancia entre ellos hasta que estuvieron a centímetros de distancia, y luego su mano subió, sus dedos rozando suavemente la mejilla de Bruce. El toque envió electricidad a través de cada nervio, amplificado por estos nuevos sentidos hasta que Bruce tuvo que forzarse a no temblar.
—Fascinante —murmuró Clark, y su voz tenía esa cualidad suave que usaba cuando estaba completamente absorto en algo. Sus ojos estudiaban los de Bruce con una intensidad que habría sido incómoda si viniera de cualquier otra persona, pero viniendo de Clark solo se sentía... íntima. —Puedo verlas moverse. Tus pupilas. Se dilatan cuando te enfocas en algo.
—Puedo controlarlas —dijo Bruce, y luego, sin saber realmente por qué, lo demostró. Dejó que sus pupilas se expandieran, tragando el gris hasta que sus ojos fueran casi completamente negros, enfocándose en Clark, en cada detalle de su rostro.
Escuchó cuando la respiración de Clark se entrecortó. Vio cuando sus labios se separaron ligeramente. Olió el cambio sutil en su aroma, algo más cálido, más dulce, que el instinto de Bruce, ese nuevo instinto animal, identificó inmediatamente como atracción.
Mierda.
Bruce dejó que sus pupilas volvieran a la normalidad y se apartó, poniendo distancia entre ellos antes de que pudiera hacer algo estúpido. Como cerrar esa brecha, como presionar su rostro contra el cuello de Clark y respirar profundo, como dejar que estos instintos tomaran el control y mostraran exactamente qué quería hacer.
—Los chicos vienen a cenar —dijo abruptamente, necesitando romper la tensión que se había formado entre ellos. —En una hora. Alfred está cocinando.
Clark parpadeó, saliendo de lo que sea que estuviera pensando, y asintió.
—Bien. Eso es... bueno. Los chicos querrán saber qué está pasando de todos modos. —Se pasó una mano por el cabello, desordanándolo más de lo que ya estaba. —Zatanna está haciendo progresos. Encontró tres posibles variantes del hechizo en los archivos. Está trabajando con Constantine quien finalmente respondió, por cierto, para reducirlo.
—Bien.
—Y yo... revisé las grabaciones de tu traje. Del almacén. —La expresión de Clark se ensombreció. —El tipo que te lanzó el hechizo no era solo un criminal menor, Bruce. Sus movimientos, la forma en que habló... estaba entrenado. Alguien le enseñó esa magia específicamente para usarla contra ti.
Bruce sintió ese cambio familiar en su mente, esa transición a modo detective. Pero antes de que pudiera responder, su estómago rugió de nuevo, más fuerte esta vez, y el antojo de carne se intensificó hasta que podía saborearla en su lengua.
—Después —dijo, apretando sus manos en puños, sintiendo las garras presionando contra sus palmas. —Analizamos todo después de cenar. Ahora mismo necesito comer antes de que mi cuerpo decida que Alfred se ve delicioso.
Fue un intento de broma, pero por la forma en que Clark lo miró, con preocupación genuina, Bruce se dio cuenta de que tal vez no había sido el mejor momento para el humor negro.
—No te ves como si fueras a comerte a nadie —dijo Clark finalmente, y había un toque de humor en su voz ahora. —Bueno, tal vez a un criminal o dos, pero eso es normal para ti.
A pesar de todo, Bruce sonrió. Pequeño, apenas tirando de las comisuras de sus labios, pero real.
—Vamos arriba. No quiero que Alfred me regañe por llegar tarde a mi propia cena.
Subieron juntos, Clark ajustando su paso para que Bruce no tuviera que apresurarse a pesar de que sus piernas todavía se sentían débiles. La mansión estaba cálida comparada con la cueva, las luces más suaves, y Bruce se dio cuenta de que podía navegar perfectamente en la penumbra ahora. No necesitaba las luces encendidas para ver cada detalle, cada textura, cada sombra.
La cocina ya olía a carne cocinándose, y el aroma golpeó a Bruce como una ola. Su boca se llenó de saliva, sus pupilas se dilataron automáticamente, y tuvo que agarrarse del marco de la puerta por un segundo para no simplemente correr hacia la estufa y arrancar la carne directamente de la sartén con sus manos.
Alfred estaba frente a la estufa, volteando lo que parecían ser varios filetes gruesos en una sartén de hierro fundido. Apenas sellados, la sangre todavía goteando de los bordes, exactamente como el cuerpo de Bruce gritaba que necesitaba.
—Perfecto timing, Master Bruce. —Alfred ni siquiera se dio vuelta, pero por supuesto que sabía que Bruce estaba ahí. Alfred siempre sabía. —Estos estarán listos en unos minutos. También estoy preparando vegetales asados y papas para los demás, pero sospecho que su interés estará principalmente en la proteína.
—Sí —dijo Bruce, y su voz salió más grave, más ronca de lo que pretendía. Se aclaró la garganta. —Gracias, Alfred.
Se sentó en uno de los taburetes de la isla de cocina, consciente de Clark tomando asiento a su lado. El silencio entre ellos era cómodo ahora, el tipo de silencio que solo existe entre personas que se conocen lo suficientemente bien como para no necesitar llenar cada momento con palabras.
Bruce observó a Alfred trabajar, los movimientos eficientes y practicados de alguien que había cocinado miles de comidas en esta cocina. El siseo de la carne en la sartén. El aroma de las especias que Alfred había usado. El sonido del cuchillo contra la tabla de cortar mientras preparaba los vegetales.
Y luego, sin previo aviso, sin siquiera darse cuenta de que estaba sucediendo, Bruce comenzó a ronronear.
No fue un sonido consciente. Simplemente... emergió. Un rumble profundo y constante que vibraba en su pecho, en su garganta, un sonido de contentamiento puro que no tenía nada que ver con el pensamiento racional y todo que ver con estos nuevos instintos. La calidez de la cocina. El olor de la comida. La presencia de Alfred y Clark, ambos seguros, ambos familiares.
Ronronear.
Como un maldito gato.
Bruce se congeló en cuanto se dio cuenta, su mano volando a su garganta como si pudiera físicamente detener el sonido. Pero seguía ahí, vibrando a través de él, imposible de detener ahora que había comenzado.
—Oh —dijo Alfred, y cuando Bruce se atrevió a mirarlo, vio algo que podría haber sido deleite en la expresión usualmente impasible del mayordomo. —Qué interesante desarrollo.
Bruce abrió la boca para disculparse, para explicar, para algo, pero antes de que pudiera hablar, sintió la mirada de Clark sobre él. Se dio vuelta, y lo que vio en el rostro de Clark lo dejó sin palabras.
Asombro. Eso era lo que había en los ojos de Clark, mezclado con algo más suave, más cálido. Sus labios estaban ligeramente separados, sus ojos estaban fijos en Bruce con una intensidad que hacía que el corazón de Bruce latiera más rápido. Y las pupilas de Bruce, traidoras como eran, se dilataron en respuesta, expandiéndose hasta que sus ojos fueran prácticamente negros, enormes y redondos.
Como un gatito.
Como un maldito gatito mirando algo que encontraba interesante o digno de atención.
—Bruce —dijo Clark, y su voz era apenas un susurro, cargada con algo que Bruce no podía, no quería identificar. —Eso es... estás...
—No digas nada —gruñó Bruce, aunque el ronroneo no se detuvo, maldita sea. —Ni una palabra, Clark. Lo digo en serio.
Pero Clark estaba sonriendo ahora, esa sonrisa completa que iluminaba todo su rostro, y había algo en su expresión que Bruce nunca había visto antes. Algo suave y maravillado y tan peligrosamente tierno que hizo que el pecho de Bruce se apretara.
—Es... —Clark se detuvo, negando con la cabeza como si no pudiera encontrar las palabras correctas. Y luego, tan bajo que Bruce casi no lo escuchó por encima de su propio ronroneo: —Hermoso.
El mundo se detuvo.
El ronroneo se detuvo.
Bruce dejó de respirar.
¿Hermoso? ¿Clark Kent, Superman, el hombre más poderoso del planeta, el héroe perfecto con su rostro perfecto y su cuerpo perfecto y su alma perfecta, acababa de llamar a Bruce hermoso? ¿Ahora? ¿Cuando tenía garras y colmillos y pupilas de gato y estaba ronroneando como un animal doméstico?
—Clark —empezó Bruce, sin tener idea de qué iba a decir, qué podía decir ante eso.
Pero entonces la puerta principal se abrió con un ¡BAM!, y la voz de Dick resonó a través del vestíbulo.
—¡Estamos aquí! ¡Espero que Alfred haya cocinado suficiente porque Jason dice que tiene hambre de oso y ya sabes cómo se pone cuando tiene hambre!
—¡Vete a la mierda, Grayson! —llegó la respuesta de Jason, seguida por el sonido de lo que probablemente era Jason golpeando a Dick en el hombro.
—Ambos son infantiles —murmuró la voz de Tim, más calmada pero igualmente clara.
—Todos son infantiles —dijo Damian con su característica superioridad de trece años. —Padre, espero que esta cena valga la pena. Tuve que cancelar entrenamiento con esgrima para esto.
Los pasos se acercaban a la cocina, múltiples pares, y Bruce tuvo exactamente tres segundos para prepararse mentalmente antes de que cuatro de sus hijos, no biológicamente en la mayoría de los casos, pero suyos de todas las maneras que importaban, entraran en la cocina.
Y se detuvieran en seco.
Cuatro pares de ojos, azules, verdes, azules de nuevo, verde esmeralda, se fijaron en él. En sus garras descansando sobre la isla. En sus colmillos apenas visibles cuando su boca se abrió en sorpresa. En sus pupilas, que probablemente todavía estaban dilatadas y definitivamente no eran humanas.
El silencio se extendió, grueso y pesado.
Y luego Jason, porque por supuesto que sería Jason, rompió ese silencio con la observación más Jason posible:
—¿Qué carajo le pasó a Bruce y por qué se ve como si fuera a pedir que le rasquen detrás de las orejas?
Dick fue el primero en reaccionar después del comentario de Jason, moviéndose hacia Bruce con esa gracia acrobática que nunca había perdido incluso después de años fuera del circo. Sus ojos, ese azul brillante que era tan diferente del azul de Clark pero igual de expresivoestaban amplios, estudiando cada detalle del rostro de Bruce con una mezcla de preocupación y fascinación.
—Bruce, ¿qué...? —empezó, pero se detuvo cuando estuvo lo suficientemente cerca como para ver realmente los cambios. Bruce vio el momento en que Dick notó las pupilas, la forma en que se ensancharon aún más bajo su escrutinio, y algo en la expresión de Dick se suavizó. —Wow. Okay. Eso es definitivamente nuevo.
Tim ya tenía su teléfono fuera, porque por supuesto que sí, y estaba tomando fotos o tal vez grabando video o probablemente haciendo algún tipo de análisis en tiempo real porque así era Tim. Su cerebro nunca se detenía, siempre procesando, siempre buscando respuestas.
—¿Es magia? —preguntó Tim, acercándose desde un ángulo diferente, como si ver a Bruce desde múltiples perspectivas le daría más información. —Tiene que ser magia. Los cambios fisiológicos son demasiado rápidos para ser cualquier cosa biológica convencional. ¿Zatanna está trabajando aquí? La vi en el garaje cuando llegamos.
—Sí, ella está... —Clark empezó a explicar, pero Damian lo interrumpió.
—Obviamente es magia, Drake. —Damian se cruzó de brazos, su postura rígida de esa manera que significaba que estaba más preocupado de lo que admitiría pero no sabía cómo expresarlo adecuadamente. Sus ojos verdes, tan parecidos a los de Bruce pero más brillantes, menos cargados con años de trauma, se fijaron en su padre con una intensidad que habría sido intimidante si viniera de alguien más grande. —La pregunta es qué tipo de magia y cómo revertirla. Padre, ¿has sido lo suficientemente descuidado como para permitir que un hechicero te maldijera?
Y ahí estaba, la crítica envuelta en preocupación, tan característicamente Damian que Bruce sintió algo cálido expandirse en su pecho. El ronroneo, que se había detenido momentáneamente con la entrada de los chicos, comenzó de nuevo, más suave esta vez pero presente.
Los ojos de Damian se ensancharon.
—¿Estás... ronroneando?
—No es intencional —gruñó Bruce, aunque el sonido no se detuvo, vibrando a través de su pecho y garganta con una voluntad propia.
Jason soltó una carcajada, alta y genuina, el tipo de risa que rara vez dejaba escapar, especialmente alrededor de Bruce. Se inclinó contra el marco de la puerta, su chaqueta de cuero crujiendo con el movimiento, y su sonrisa era amplia y llena de alegría maliciosa.
—Oh, esto es oro. Esto es jodidamente oro. El gran Batman, el terror de Gotham, ronroneando como un gatito doméstico. —Sacó su propio teléfono. —Necesito documentar esto. Nadie me va a creer si no lo hago.
—Guarda ese teléfono, Todd, o te lo haré comer —advirtió Bruce, pero el efecto fue algo arruinado por el continuo ronroneo y por el hecho de que sus pupilas se dilataron aún más cuando miró a Jason, como si su cuerpo no pudiera decidir si Jason era una amenaza o parte de su grupo familiar y por lo tanto seguro.
El iris de Bruce, ese gris que siempre había sido tan distintivo, tan penetrante cuando te miraba desde las sombras se expandió. No dramáticamente, no de una manera que cambiara el color de sus ojos, pero sí lo suficiente como para que las pupilas hendidas fueran imposibles de ignorar. Lo suficiente como para que pareciera que sus ojos eran más grandes de lo normal, más expresivos, capturando más luz y haciéndolos brillar con un brillo casi luminoso en la iluminación cálida de la cocina.
Dick aspiró audiblemente.
—Bruce, tus ojos son...
—Lo sé —interrumpió Bruce, frotándose la cara con las manos, sintiendo las garras rozar contra su piel. —Créeme, lo sé.
Y entonces el dolor comenzó.
No fue gradual. Fue repentino y agudo, concentrado en dos puntos específicos en los lados de su cabeza, justo por encima de donde sus orejas humanas estaban. Como si alguien estuviera presionando agujas al rojo vivo contra su cráneo, como si su piel estuviera estirándose y reorganizándose y tratando de hacer espacio para algo que no debería estar ahí.
Bruce hizo una mueca, su mano volando a su cabeza, presionando contra uno de los puntos dolorosos. Debajo de sus dedos, podía sentir su piel caliente, casi febril, y cuando presionó más, sintió algo más. Un bulto pequeño, apenas perceptible, pero definitivamente ahí. Y picaba. Dios, cómo picaba, como si mil hormigas estuvieran marchando bajo su cuero cabelludo, como si cada folículo capilar estuviera despertando y decidiendo crecer en direcciones que no eran naturales.
—Bruce, ¿qué pasa? —Clark estaba a su lado en un instante, su mano en el hombro de Bruce, ese toque cálido y sólido que de alguna manera hacía que el dolor fuera más manejable.
—Duele —logró decir Bruce, su voz tensa. —Aquí. Y aquí. —Señaló ambos puntos, viendo la comprensión y el horror cruzar por el rostro de Clark.
—Las orejas —murmuró Zatanna, apareciendo en la entrada de la cocina con Constantine a su lado. Constantine se veía exactamente como Bruce recordaba: desaliñado, con su gabardina arrugada, un cigarrillo colgando de sus labios a pesar de las protestas seguras de Alfred, y esa expresión de alguien que había visto demasiada mierda en su vida como para sorprenderse por algo. —La transformación está acelerándose. No debería estar pasando tan rápido.
—¿Qué lo está causando? —preguntó Clark, su voz tensa con preocupación apenas contenida.
Constantine dio una larga calada a su cigarrillo, ignorando la mirada de desaprobación de Alfred, y estudió a Bruce con ojos entrecerrados.
—Estrés, probablemente. O excitación emocional. Estos hechizos de transformación se alimentan de la energía del objetivo. Cuanto más siente el miedo, ira, felicidad, lujuria, lo que sea, más rápido progresa el cambio.— Su mirada se movió entre Bruce y Clark, y algo que podría haber sido diversión cruzó por su rostro. —¿Qué has estado haciendo, Bats? ¿Teniendo una crisis existencial? ¿Un despertar romántico, tal vez?
Bruce le dirigió una mirada que había hecho que criminales confesaran sus pecados, pero Constantine solo sonrió, completamente no intimidado.
—Tiene que mantener la calma —dijo Zatanna, acercándose con un pequeño frasco de vidrio lleno de algo que brillaba con una luz suave. —Esto ayudará con el dolor y posiblemente ralentizará la progresión. No es una cura, pero te dará más tiempo. —Desenroscó la tapa y el olor que emergió era herbal, con toques de menta y algo más amargo. —Bebe.
Bruce tomó el frasco, su nariz arrugándose ante el olor. Sus sentidos aumentados hacían que fuera casi abrumador, pero el dolor en su cabeza era peor. Se lo tomó de un trago, el líquido quemando su garganta mientras bajaba, dejando un sabor a hierro y tierra en su lengua.
El efecto fue casi inmediato. El dolor agudo se suavizó a un dolor sordo, manejable. La picazón no desapareció completamente pero se volvió menos insistente. Bruce exhaló lentamente, sintiendo la tensión abandonar sus hombros.
—Gracias —murmuró.
—No te acostumbres —dijo Constantine, aplastando su cigarrillo en un cenicero que Alfred había materializado de la nada con una expresión de resignación. —Esa poción es rara y costosa. Solo tengo tres dosis más, y las vas a necesitar todas en los próximos dos días si queremos mantener la transformación lo suficientemente lenta como para que Zatanna encuentre el reverso correcto.
—Hemos reducido las opciones a dos variantes —agregó Zatanna, apoyándose contra la isla de cocina. —Ambas son de origen caribeño, específicamente de Haití. Magia Vudú, para ser específicos. Constantine está rastreando contactos que puedan tener los grimorios originales.
—¿Y si no encuentran el reverso correcto a tiempo? —La voz de Tim era tranquila, analítica, pero Bruce podía escuchar el trasfondo de preocupación. —¿Qué pasa si la transformación se completa antes de que puedan romper el hechizo?
Zatanna y Constantine intercambiaron una mirada, y ese intercambio silencioso dijo más que cualquier palabra.
—Entonces será permanente —dijo Constantine finalmente, con su brutal honestidad característica. —O al menos, mucho más difícil de revertir. Una vez que el hechizo se asienta completamente, se integra con el ADN del objetivo a un nivel que va más allá de la magia. Se convierte en parte de quién eres a nivel fundamental.
El silencio que siguió fue absoluto. Bruce podía escuchar cada respiración en la habitación, cada latido de corazón. El suyo propio, acelerado. El de Clark, igual de rápido. Los de los chicos, todos diferentes en ritmo y intensidad pero todos tensos con preocupación.
—Entonces no dejaremos que llegue a eso —dijo Dick, su voz firme con una determinación que Bruce reconocía porque era la misma que Dick usaba cuando se ponía el traje de Nightwing. —Tenemos dos días. Eso es tiempo suficiente. Zatanna y Constantine encuentran el reverso, nosotros nos aseguramos de que Bruce se mantenga tranquilo y la transformación se ralentice. Simple.
—Nada sobre esto es simple, Grayson —murmuró Damian, pero había algo menos áspero en su tono ahora. Se acercó a Bruce, manteniéndose lo suficientemente lejos como para respetar el espacio personal pero lo suficientemente cerca como para que el gesto fuera significativo. —Pero Richard tiene razón. No permitiremos que esto se vuelva permanente. Eres... —Vaciló, sus ojos verdes fijos en el suelo. —Eres demasiado importante.
Algo cálido se expandió en el pecho de Bruce ante esas palabras, ante la admisión torpe de Damian. El ronroneo comenzó de nuevo, más suave esta vez, y Damian se sonrojó, apartando la mirada rápidamente.
—No hagas eso —murmuró Damian. —Es perturbador.
—No puedo controlarlo —admitió Bruce, y era extraño, esta vulnerabilidad, este no poder controlar su propio cuerpo de maneras tan fundamentales.
—Es como tener un gato gigante y letalmente entrenado en la familia —dijo Jason, y ahora su sonrisa era más suave, menos burlona. —Podría acostumbrarme a esto. Aunque probablemente deberíamos conseguirte un collar con cascabel para que no nos embosques durante las patrullas.
—Todd, te juro que...
—¡La cena está lista! —La voz de Alfred cortó a través de la conversación, y todos se giraron para ver al mayordomo sirviendo platos con su eficiencia habitual. Los filetes para Bruce, tres de ellos, gruesos y apenas sellados, la sangre formando charcos en el plato, ocupaban un plato grande. Los demás platos tenían porciones más modestas de carne, acompañadas de vegetales asados y papas perfectamente doradas.
El estómago de Bruce rugió tan fuerte que todos en la cocina lo escucharon. Sus pupilas se dilataron nuevamente, fijándose en la carne con una intensidad que era puramente predatoria. Podía oler la sangre, rica y ferrosa. Podía ver el vapor elevándose de la superficie. Y cada instinto en su cuerpo gritaba que tomara esa carne, que la desgarrara con sus nuevos colmillos, que comiera hasta que el hambre voraz en su estómago finalmente se satisficiera.
—Contrólate, B —murmuró Jason, pero había humor en su voz. —Todavía no te has transformado completamente en animal.
Bruce le dirigió una mirada, pero no tenía energía para responder. Se sentó en su lugar habitual en la mesa del comedor, todos se habían movido automáticamente del espacio más informal de la cocina al comedor apropiado y Alfred colocó el plato frente a él con un floreo que era puramente teatral.
—Buen provecho, Master Bruce.
Bruce no se molestó con los cubiertos. Sus manos, o garras, tomaron el primer filete y lo llevó a su boca, sus nuevos colmillos hundiéndose en la carne con facilidad. El sabor explotó en su lengua, rico y satisfactorio de una manera que ninguna comida había sido nunca. Podía saborear cada matiz, cada especia que Alfred había usado, la sangre todavía tibia mezclándose con los jugos de la carne.
Comió con un abandono que nunca se había permitido antes, consciente vagamente de las miradas de los demás pero demasiado consumido por la necesidad de satisfacer este hambre como para importarle. El ronroneo nunca se detuvo, vibrando a través de él mientras comía, un sonido de contentamiento puro.
Cuando finalmente terminó los tres filetes, lamió la sangre de sus dedos y garras sin pensar, y solo entonces se dio cuenta de lo que había hecho. Levantó la vista para encontrar a todos observándolo con expresiones variadas.
Dick parecía fascinado y un poco preocupado. Tim estaba tomando notas en su teléfono, probablemente documentando cada comportamiento para análisis posterior. Jason intentaba no reírse, sus hombros temblando con el esfuerzo. Damian parecía entre impresionado y perturbado. Alfred mantenía su expresión neutral perfecta. Constantine parecía aburrido, como si ver a Batman comer carne cruda fuera lo menos interesante que había visto en su vida. Zatanna sonreía con algo que podría haber sido simpatía.
Y Clark...
Clark lo miraba con esos ojos azules imposibles, y había algo en su expresión que hizo que el corazón de Bruce se detuviera. No era horror. No era disgusto. Era... asombro. Admiración. Y algo más profundo, más peligroso, que Bruce no se atrevía a nombrar.
—¿Mejor? —preguntó Clark suavemente.
—Sí —admitió Bruce, su voz ronca. —Mucho mejor.
—Bien. —Clark sonrió, y Bruce sintió sus pupilas dilatarse en respuesta, sintió el ronroneo intensificarse. Tuvo que apartar la mirada antes de que hiciera algo estúpido, como cerrar la distancia entre ellos y presionar su rostro contra el cuello de Clark y simplemente respirar.
—Entonces, —dijo Dick, claramente intentando aligerar el ambiente— ¿alguien más siente que acabamos de presenciar algo que nunca podremos desver?
—Definitivamente —confirmó Jason. —Aunque tengo que admitir, Bruce comiendo como un animal salvaje es menos perturbador de lo que esperaba. De hecho, es casi... normal para él.
—No hay nada normal sobre esto —murmuró Tim, pero había una pequeña sonrisa tirando de sus labios.
—Todos están siendo innecesariamente dramáticos —dijo Damian, aunque él mismo no había tocado mucha de su comida, demasiado ocupado observando a Bruce. —Padre ha estado en situaciones peores. Esta es simplemente... única.
—Única —repitió Constantine con una risa seca. —Esa es una forma de describirlo. —Se sirvió whisky de una botella que nadie había visto que trajera, porque por supuesto que Constantine traía su propio alcohol. —Personalmente, creo que es jodidamente divertido ver al gran Batman reducido a un gatito ronroneante, si no fuese por nuestras diferencias, me lo follar-
—¡Constantine! Cállate. No soy un gatito —gruñó Bruce.
—Estás ronroneando mientras miras a Superman con ojos de cachorro. Eres prácticamente la definición de gatito.
Bruce abrió la boca para protestar, pero el dolor en su cabeza volvió con venganza, agudo y pulsante. Hizo una mueca, su mano volando a uno de esos puntos donde podía sentir los bultos creciendo. La picazón se había intensificado a pesar de la poción, como si su cuerpo estuviera empujando a través de la supresión mágica con pura determinación.
—Bruce. —La mano de Clark estaba en su espalda, cálida y estabilizante. —¿Otro episodio?
—Sí —dijo entre dientes. —Está empeorando.
Zatanna ya estaba de pie, sacando otro frasco.
—Esta es tu segunda dosis. Solo quedan dos después de esta. Tenemos que ser conservadores.
Bruce tomó la poción sin protestar, el líquido amargo quemando su garganta nuevamente. El alivio fue más lento esta vez, como si su cuerpo estuviera construyendo resistencia, pero eventualmente el dolor se redujo a ese dolor sordo manejable.
—Necesitas descansar —dijo Clark, su voz sin dejar lugar a argumentos. —No más excitación, no más estrés. Solo descanso.
—Clark tiene razón —agregó Dick. —Nosotros nos encargaremos de las patrullas esta noche. Tú te quedas aquí, descansas, y dejas que tu cuerpo procese todo esto sin agregar más estrés encima.
Bruce quiso protestar. Cada instinto, los viejos y los nuevos, gritaban que necesitaba estar afuera, patrullando, protegiendo su ciudad. Pero miró los rostros alrededor de la mesa, vio la preocupación genuina en cada uno de ellos, y supo que tenían razón.
—Está bien —concedió finalmente. —Pero quiero reportes cada hora.
—Cada dos horas —contra-ofreció Dick. —No necesitas microgestionarnos.
—Cada hora y media.
—Trato.
La cena continuó, la conversación fluyendo hacia temas más ligeros, aunque Bruce podía sentir las miradas preocupadas que le lanzaban de vez en cuando. Intentó participar, intentó ser normal, pero era difícil cuando podía escuchar cada susurro, oler cada aroma, cuando sus pupilas seguían dilatándose y contrayéndose en respuesta a cada estímulo.
Y era especialmente difícil cuando Clark estaba sentado justo a su lado, su presencia como un faro que el cuerpo de Bruce no podía ignorar. Cada vez que Clark se movía, cada vez que hablaba, cada vez que sus brazos se rozaban accidentalmente, Bruce sentía esa corriente eléctrica, esa llamada que no era completamente humana.
El hechizo estaba amplificando sus sentimientos, había dicho Zatanna. Lo que significaba que todo lo que Bruce había estado sintiendo por Clark, todo lo que había estado enterrando y negando y ignorando, ahora estaba siendo empujado a la superficie con una fuerza que no podía controlar.
Y lo peor era que no estaba seguro de si eso era algo malo.
Después de la cena, cuando los chicos se dispersaron para prepararse para la patrulla y Zatanna y Constantine volvieron a su investigación, Bruce se encontró solo con Clark en la sala de estar. El fuego crepitaba en la chimenea, proyectando sombras danzantes en las paredes, y Bruce se hundió en su sillón favorito con un suspiro exhausto.
Clark se sentó en el sofá frente a él, sus ojos nunca dejando el rostro de Bruce.
—¿Cómo te sientes realmente? —preguntó Clark. —Y no me des la respuesta de "estoy bien" que le das a todos los demás. Quiero la verdad.
Bruce cerró los ojos, dejando que su cabeza cayera contra el respaldo del sillón. El ronroneo había comenzado de nuevo, suave y constante, y no se molestó en tratar de detenerlo.
—Asustado —admitió, y la palabra se sentía extraña en su lengua. Bruce Wayne no admitía miedo. Batman no conocía el miedo. Pero este Bruce, este Bruce que estaba convirtiéndose en algo otro, este Bruce podía ser honesto. —Siento como si estuviera perdiendo el control de mi propio cuerpo. Como si algo estuviera tomándome poco a poco y no puedo detenerlo.
—No estás solo en esto. —Clark se movió del sofá al brazo del sillón de Bruce, su mano encontrando el hombro de Bruce y apretando suavemente. —Vamos a solucionarlo. Zatanna y Constantine encontrarán el reverso, y volverás a la normalidad.
—¿Y si no quiero? —Las palabras salieron antes de que Bruce pudiera detenerlas, y se congeló, sin poder creer que las había dicho en voz alta.
Clark parpadeó, confundido. —¿Qué?
Bruce abrió los ojos, encontrándose con la mirada de Clark. —¿Y si parte de mí no quiere volver a la normalidad? Estos sentidos, estos instintos... hay una claridad en ellos que nunca he tenido. Puedo escuchar cada mentira, oler cada emoción. Es como si finalmente pudiera ver el mundo como realmente es, sin filtros, sin las limitaciones de la percepción humana normal.
—Bruce...
—Y no son solo los sentidos. —Bruce se obligó a continuar, a ser honesto de una manera que nunca se había permitido ser. —Es todo. La forma en que me siento menos... pesado. Como si toda la culpa y el dolor que cargo constantemente se hubieran aligerado solo un poco. Como si pudiera respirar por primera vez en años.
Clark lo miraba con esos ojos imposibles, y Bruce vio el momento en que la comprensión llegó.
—Pero también está el otro lado —continuó Bruce, su voz bajando a un susurro. —Los instintos que no puedo controlar. El ronroneo. La forma en que mi cuerpo reacciona a ciertas cosas, a ciertas personas, sin mi permiso. Eso es lo que me asusta, Clark. No la transformación física. Sino perder el control sobre quién soy, sobre lo que siento.
—Tus sentimientos no son algo que debas controlar —dijo Clark suavemente, su mano moviéndose desde el hombro de Bruce a su mejilla, ese toque gentil que enviaba electricidad a través de cada nervio. —Son parte de ti. Y no hay nada malo en sentir, Bruce. Incluso si esos sentimientos son complicados o aterradores o no encajan en la caja perfecta donde piensas que deberían estar.
Las pupilas de Bruce se dilataron, tragando el gris de sus iris hasta que sus ojos fueran prácticamente negros. El ronroneo se intensificó, y sin pensarlo, sin poder detenerse, Bruce se inclinó hacia el toque de Clark, presionando su mejilla más firmemente contra esa mano cálida.
—Esto es lo que quiero decir —murmuró Bruce. —No puedo controlar esto. No puedo controlarme a mí mismo alrededor de ti.
—Tal vez no se supone que debas hacerlo. —La voz de Clark era apenas un susurro ahora, y se había inclinado más cerca, tan cerca que Bruce podía sentir su aliento contra su rostro. —Tal vez el hechizo solo está mostrando lo que siempre estuvo ahí, lo que ambos hemos estado demasiado asustados o tercos para admitir.
—Clark...
—Dime que me detenga. —Los ojos de Clark buscaron los de Bruce, vulnerables y esperanzados y aterradores en su honestidad. —Dime que no quieres esto y me detendré. Me alejaré. Volveremos a ser solo amigos y nunca hablaremos de esto de nuevo. Pero Bruce, si hay incluso una pequeña parte de ti que quiere esto, que me quiere... necesito que me lo digas.
El mundo se redujo a este momento, a este espacio entre ellos. Bruce podía escuchar el latido acelerado del corazón de Clark, podía oler el cambio en su aroma—anticipación, esperanza, deseo. Podía ver cada detalle del rostro de Clark, cada peca, cada línea de expresión, esos ojos azules que lo habían perseguido en sueños durante más tiempo del que quería admitir.
Y supo que había llegado al punto de no retorno. Que lo que dijera ahora, lo que eligiera ahora, cambiaría todo entre ellos para siempre.
—Yo... —Bruce comenzó, su voz ronca con emoción. —Clark, yo...
Y entonces el dolor explotó en su cabeza, agudo y cegador, y Bruce gritó, sus manos volando a esos puntos donde podía sentir algo empujando a través de su piel, algo emergiendo, y lo último que vio antes de que la oscuridad lo reclamara fueron los ojos aterrorizados de Clark mientras gritaba su nombre.
La oscuridad no duró mucho. O tal vez sí, Bruce no estaba seguro. El tiempo se había vuelto extraño, elástico, estirándose y contrayéndose de maneras que su cerebro no podía procesar adecuadamente. Cuando finalmente abrió los ojos, lo primero que notó fue que el dolor había desaparecido. No completamente, pero lo suficiente como para que pudiera pensar con claridad de nuevo.
Lo segundo que notó fue que estaba acostado en su cama, las sábanas suaves contra su piel, y que Clark estaba sentado en la silla junto a la ventana, su silueta recortada contra la luz tenue de la luna que se filtraba a través de las cortinas. No estaba usando su traje de Superman. Solo jeans y una camiseta, el tipo de ropa que usaba cuando se permitía ser solo Clark Kent, solo un hombre en lugar de un símbolo.
—¿Clark? —La voz de Bruce salió ronca, rasposa, y se dio cuenta de que su garganta estaba seca.
Clark estaba a su lado en un instante, un vaso de agua apareciendo en su mano como si lo hubiera estado esperando.
—Hey. —Su voz era suave, cuidadosa, como si temiera que hablar demasiado alto pudiera romper algo. —Tranquilo. Bebe esto primero.
Bruce se incorporó lentamente, aceptando el vaso y bebiendo agradecido. El agua estaba fría, refrescante, y ayudó a aclarar parte de la niebla en su cabeza. Fue solo cuando bajó el vaso que se dio cuenta de que algo se sentía diferente. No doloroso, no incómodo, solo... diferente.
Sus manos volaron a su cabeza, a esos puntos que habían estado doliendo y picando durante horas, y sus dedos, o garras, encontraron algo que no debería estar ahí. Algo suave y cubierto de pelo, triangular, que se movía bajo su toque. Se retorció ligeramente, respondiendo a sus dedos, y Bruce sintió el movimiento como si fuera parte de él, como si siempre hubiera estado ahí.
Orejas.
Tenía orejas de felino.
—Mierda —susurró, sus dedos trazando la forma de una de ellas, sintiendo cómo la base se conectaba a su cráneo justo por encima de donde sus orejas humanas todavía estaban. Podía sentir cada folículo, podía sentir el aire moviéndose contra el pelo corto que las cubría, y cuando se concentró, sin realmente saber cómo, pudo hacer que se movieran. Hacia adelante, hacia atrás, girando independientemente una de la otra para captar sonidos de diferentes direcciones.
—Están... —Clark vaciló, como si estuviera buscando las palabras correctas. —Son bastante pequeñas. Proporcionadas. No se ven... mal.
Bruce lo miró, tratando de determinar si Clark estaba mintiendo para hacerlo sentir mejor, pero todo lo que vio en esos ojos azules era honestidad. Y algo más. Ese algo que había estado ahí antes del dolor, antes de que Bruce perdiera la consciencia.
—¿Cuánto tiempo estuve fuera?
—Tres horas. —Clark se pasó una mano por el cabello, desordanándolo más. —Alfred te revisó. Zatanna también. Dijeron que era solo tu cuerpo ajustándose a los cambios, que el dolor era parte del proceso de transformación. Te dieron otra dosis de la poción, pero Bruce... solo queda una más. Y han pasado apenas doce horas desde que esto comenzó. Si la transformación continúa a este ritmo...
—No tendremos suficiente tiempo —terminó Bruce, sintiendo ese peso familiar de la realidad asentándose sobre sus hombros. —¿Zatanna y Constantine encontraron algo?
—Están cerca. Constantine consiguió contacto con alguien en Nueva Orleans que tiene acceso a uno de los grimorios originales. Zatanna está trabajando en traducir los fragmentos que ya tienen. Dicen que para mañana en la noche deberían tener el reverso completo. —Clark se inclinó hacia adelante, sus codos descansando en sus rodillas, sus manos entrelazadas. —Solo necesitas aguantar un día más. Mantener la calma, evitar el estrés, dejar que la poción haga su trabajo.
Bruce asintió, pero ambos sabían que era más fácil decirlo que hacerlo. Especialmente considerando la conversación que habían estado teniendo antes de que Bruce se desmayara. Esa conversación que ahora colgaba entre ellos, sin terminar, pesada con todo lo que no se había dicho.
—Sobre antes... —empezó Bruce, pero Clark lo interrumpió.
—No tienes que hablar de eso ahora. Estabas bajo mucho estrés, el hechizo estaba afectándote, y yo... no debí presionarte de esa manera. —Clark se frotó la cara con las manos, y Bruce podía ver la tensión en cada línea de su cuerpo. —Lo siento, Bruce. Lo siento mucho.
—No te disculpes. —Bruce se sorprendió por la firmeza en su propia voz. —No dijiste nada que no fuera verdad. Y yo... quiero terminar esa conversación. Pero tienes razón. Ahora no. Cuando esto termine, cuando vuelva a ser yo mismo, entonces hablaremos. Apropiadamente.
Clark levantó la vista, y había esperanza en sus ojos, cuidadosa y frágil, pero ahí.
—¿Lo prometes?
—Lo prometo.
Algo en la atmósfera entre ellos se suavizó, como si un nudo invisible se hubiera aflojado. No resuelto, no desaparecido, pero menos tenso. Bruce se permitió un momento para simplemente observar a Clark, para apreciar la forma en que la luz de la luna capturaba su perfil, para escuchar el latido constante de su corazón que ahora Bruce podía distinguir de cualquier otro sonido en la casa.
Y se dio cuenta de algo. A pesar del caos, a pesar de la transformación, a pesar de todo... se sentía más calmado ahora que antes de desmayarse. Como si finalmente admitir, aunque sea parcialmente, lo que sentía por Clark hubiera liberado algo en él. Como si cargar ese secreto solo lo hubiera estado haciendo más pesado, y ahora que Clark lo sabía, ahora que lo había dicho en voz alta, Bruce podía respirar un poco más fácil.
—¿Cómo estuvo la patrulla? —preguntó, necesitando llenar el silencio con algo práctico, algo normal.
—Tranquila. Dick y Damian cubrieron el East End. Jason y Tim tomaron los muelles. Yo supervisé desde arriba. Hubo un intento de robo en el distrito financiero, pero Nightwing lo manejó antes de que escalara. Nada que no pudieran manejar. —Clark sonrió ligeramente. —Aunque Dick te envió un mensaje. Dijo, y cito, "dile a Bruce que Gotham no se va a caer en pedazos solo porque él tomó una noche libre, y que mejor se quede en cama o iré personalmente a sentarme sobre él".
A pesar de todo, Bruce sintió una sonrisa tirando de sus labios. Por supuesto que Dick había dicho eso. Dick, que había sido el primero, que había visto a Bruce en sus peores momentos y había decidido quedarse de todos modos, que trataba el papel de hermano mayor con la seriedad de una misión pero también con el humor necesario para mantener a todos cuerdos.
—Suena a él.
—También Jason envió algo. —Clark sacó su teléfono, desplazándose hasta encontrar el mensaje. —Es una foto.
Le mostró la pantalla a Bruce, y Bruce tuvo que parpadear varias veces para procesar lo que estaba viendo. Era una foto de él mismo, tomada durante la cena, con sus pupilas enormes y dilatadas, mirando el plato de carne con una intensidad que era innegablemente felina. Debajo de la foto, Jason había escrito: "Nuevo fondo de pantalla. No se aceptan quejas."
—Me va a escuchar cuando esto termine —gruñó Bruce, pero no había verdadero calor en sus palabras. Era tan típicamente Jason, usar el humor para lidiar con situaciones incómodas, para mantener las cosas ligeras cuando todo lo demás amenazaba con volverse demasiado pesado.
—Tim también documentó todo. —Clark guardó su teléfono. —Tiene un archivo completo con fotos, videos, análisis biométricos. Dijo que podría ser útil para referencia futura si alguien más es víctima de un hechizo similar.
—Eso es... sorprendentemente considerado viniendo de Tim.
—Creo que está preocupado. Todos lo están. Pero están manejándolo a su manera.
Bruce asintió, comprendiendo. Esta era su familia, disfuncional y complicada y a veces desastrosa, pero suya. Y estaban ahí, cada uno contribuyendo lo que podían, cada uno lidiando con la situación de la forma que sabían.
Se levantó de la cama, sintiendo sus piernas más estables ahora. Las nuevas orejas en su cabeza se movieron automáticamente, captando el sonido de la calefacción encendiéndose en el piso de abajo, el murmullo distante de voces—probablemente Zatanna y Constantine todavía trabajando en la biblioteca—, el suave ronroneo del Batimóvil en la cueva debajo de ellos donde alguien debía estar haciendo mantenimiento.
—Quiero verme —dijo Bruce, dirigiéndose al baño adjunto a su habitación.
Clark lo siguió, manteniéndose cerca pero no demasiado, como si entendiera que Bruce necesitaba espacio pero también estaba listo para intervenir si algo salía mal. Bruce agradeció esa consideración silenciosa, esa capacidad de Clark para leer lo que necesitaba sin que tuviera que pedirlo.
El baño era más grande que el de la cueva, con mejores espejos, mejor iluminación. Bruce encendió las luces y se obligó a mirarse.
Las orejas eran imposibles de ignorar. Triangulares y cubiertas de pelo negro que coincidía con el color de su cabello, se alzaban desde la parte superior de su cabeza, quizás de unos ocho o nueve centímetros de alto. No eran enormes, no lo hacían parecer ridículo, pero eran innegablemente felinas. Innegablemente otras. Se movieron cuando escuchó a Clark cambiar su peso detrás de él, girando hacia el sonido con una precisión que era instintiva.
Sus ojos seguían siendo los mismos que antes—pupilas hendidas en iris grises expandidos—pero ahora que las orejas estaban ahí, el efecto general era más... completo. Como si las piezas de un rompecabezas estuvieran cayendo en su lugar, transformándolo poco a poco en algo que era tanto Bruce Wayne como no lo era.
Abrió su boca, examinando los colmillos que ahora eran más pronunciados, y fue entonces cuando notó algo más. Su lengua. La pasó sobre sus dientes, sintiendo la textura, y se detuvo. No era la superficie lisa de una lengua humana. Había una textura ahí ahora, una suavidad aterciopelada pero con una estructura ligeramente diferente, como la lengua de un gato pero menos áspera. Cuando la sacó para examinarla en el espejo, pudo ver las pequeñas papilas que cubrían la superficie, diseñadas para ayudar a limpiar carne de huesos, para beber agua más eficientemente.
—Okay —murmuró, metiendo su lengua de vuelta. —Eso es nuevo.
—¿Qué es nuevo? —Clark se acercó, apareciendo detrás de él en el espejo.
—Mi lengua. Cambió también. —Bruce se giró para mirar a Clark directamente. —¿Qué más va a cambiar? ¿Mis manos? ¿Mis pies? ¿Voy a terminar cubierto de pelo completamente?
—Zatanna dijo que la transformación se centra en características específicas. Orejas, cola, garras, colmillos, sentidos aumentados, y algunos cambios menores en la estructura facial para acomodar los colmillos. Pero no mencionó nada sobre pelo corporal excesivo. —Clark vaciló. —Aunque dijo que podrías desarrollar una cola. Probablemente pronto, si el patrón continúa.
Una cola. Por supuesto. Porque garras y colmillos y orejas de gato no eran suficientes.
Bruce cerró los ojos, respirando profundamente, tratando de encontrar ese centro de calma que Alfred le había enseñado. Y sorprendentemente, fue más fácil de lo que esperaba. A pesar de los cambios, a pesar de todo lo que estaba pasando, se sentía... más en control ahora. Como si finalmente hubiera aceptado que esto estaba sucediendo y que resistirse solo lo haría más difícil.
—Necesito probar algo —dijo Bruce, abriendo los ojos.
—¿Probar qué?
—Los instintos. Zatanna mencionó que los instintos animales serían más fuertes. Pero quiero ver si puedo controlarlos, si puedo decidir cuándo dejarlos salir y cuándo mantenerlos guardados.
Clark frunció el ceño, preocupado.
—¿Estás seguro de que es buena idea? No queremos acelerar la transformación más de lo que ya está.
—Necesito saber qué puedo controlar y qué no, Clark. Si voy a estar así por al menos otro día, necesito entender mis límites.
Después de un momento, Clark asintió.
—Está bien. ¿Qué necesitas que haga?
Bruce lo pensó por un momento, considerando qué probaría primero. El ronroneo era involuntario, eso ya lo había establecido. Las orejas se movían automáticamente hacia los sonidos. Pero había otros instintos, otras cosas que había sentido emergiendo durante la cena, durante sus interacciones con los demás.
—Quiero ver si puedo... cazar —dijo finalmente, sabiendo que sonaba ridículo pero necesitando probarlo de todos modos. —No a una persona, obviamente. Pero quiero ver si puedo rastrear algo, seguir un rastro de olor. Ver si esos instintos de caza que Zatanna mencionó son algo que puedo activar a voluntad.
—Podría conseguir algo de la cocina. Carne cruda, tal vez, esconderla en algún lugar de la mansión y ver si puedes encontrarla.
—Eso funcionaría.
Clark salió del baño, y Bruce escuchó sus pasos rápidos bajando las escaleras, el sonido de la puerta de la cocina abriéndose, el murmullo breve con Alfred. Menos de cinco minutos después, Clark estaba de vuelta.
—Alfred me dio esto. —Mostró un pequeño paquete envuelto en papel. —Dijo que es un corte especial que estaba guardando. Si vas a jugar a ser gato de caza, al menos que sea con algo de calidad.
A pesar de la seriedad de la situación, Bruce sintió una sonrisa. Por supuesto que Alfred convertiría incluso esto en una lección sobre estándares apropiados.
—Voy a esconderlo en algún lugar de la mansión. Te daré diez minutos, y luego intentas encontrarlo solo usando tu olfato. ¿Trato?
—Trato.
Clark desapareció, moviéndose demasiado rápido para que incluso los sentidos mejorados de Bruce lo siguieran completamente. Bruce se sentó en el borde de su cama, cerrando sus ojos y enfocándose en su respiración. Podía sentir esos instintos ahí, justo bajo la superficie, como un animal enjaulado esperando ser liberado. No violento, no peligroso, solo... ahí. Paciente. Esperando su momento.
Diez minutos pasaron. Bruce los contó en su cabeza, cada segundo marcado por el latido de su corazón, cada minuto medido con la precisión de años de entrenamiento en control temporal.
Cuando llegó el tiempo, se levantó y se dirigió a la puerta de su habitación. Se detuvo ahí por un momento, su mano en el pomo, y luego conscientemente dejó que esos instintos emergieran.
Fue como abrir una compuerta.
De repente, el mundo explotó en olores. No de la forma abrumadora que había sido antes, sino organizado, catalogado, cada aroma identificado y clasificado por esa parte animal de su cerebro. Podía oler el polish de madera en los pasillos. El detergente que Alfred usaba en las sábanas. El rastro de perfume que Dick había dejado al pasar por aquí horas atrás. El aceite de motor que Jason siempre llevaba consigo. El café que Tim había derramado en algún lugar del ala este. El jabón que Damian usaba, algo caro y probablemente importado.
Y debajo de todo eso, débil pero presente, el olor inconfundible de carne cruda.
Bruce siguió ese rastro, sus pies moviéndose silenciosamente sobre el piso de madera mientras su nariz lo guiaba. Pasó por el ala oeste, descendió las escaleras principales, giró hacia la biblioteca donde Zatanna y Constantine estaban trabajando, ambos levantaron la vista cuando pasó pero no dijeron nada, y continuó hacia el ala este.
El rastro se hacía más fuerte. Más cercano. Bruce podía sentir su corazón acelerándose, no de miedo sino de anticipación, de la emoción de la caza. Sus pupilas se dilataron, captando cada detalle incluso en la penumbra del pasillo. Sus orejas se movían constantemente, escuchando cualquier sonido que pudiera indicar dónde estaba su presa.
Se detuvo frente a una de las salas de estar menos usadas. El olor era más fuerte aquí, emanando de detrás de la puerta cerrada. Bruce giró el pomo lentamente, abriendo la puerta con cuidado, y escaneó la habitación.
Ahí. Detrás del sofá, escondido entre dos cojines.
Cruzó la habitación en silencio, sus movimientos fluidos y precisos, y recuperó el paquete. Lo desenvolvió, el olor de la carne golpeándolo con fuerza completa, y sintió esa satisfacción profunda de una caza completada exitosamente.
—Impresionante.
Bruce se giró para encontrar a Clark de pie en la entrada, apoyado contra el marco con una sonrisa en su rostro.
—¿Cuánto tiempo me tomó?
—Siete minutos. Y lo escondí en uno de los lugares más obscuros que pude pensar. —Clark se acercó, estudiando a Bruce con esos ojos analíticos que usaba cuando estaba genuinamente intrigado. —¿Cómo se sintió?
Bruce consideró la pregunta, envolviendo la carne de nuevo y sosteniéndola con cuidado.
—Natural. Como si siempre hubiera sido capaz de hacerlo pero solo ahora estuviera accediendo a esa habilidad. —Miró sus manos, viendo las garras curvarse ligeramente. —Y pude controlarla, Clark. Los instintos. Los dejé salir cuando quise, y ahora... —Se concentró, empujando conscientemente esa parte animal de vuelta bajo la superficie, y sintió como el mundo se calmaba un poco, como los olores se volvían menos intensos, menos clasificados. —Y ahora los puedo guardar de nuevo.
—Eso es bueno. —Había alivio genuino en la voz de Clark. —Significa que no estás perdiendo el control. Que todavía eres tú, solo... mejorado. Temporalmente.
Temporalmente. Sí. Bruce se recordó a sí mismo que esto era temporal. Que en un día, tal vez dos, Zatanna rompería el hechizo y él volvería a ser completamente humano. Volvería a ser solo Bruce Wayne, solo Batman, sin estas adiciones felinas.
Y extrañamente, la idea no lo llenaba con tanto alivio como esperaba.
—Deberías dormir más —dijo Clark, interrumpiendo sus pensamientos. —Han sido menos de cuatro horas desde que te desmayaste. Tu cuerpo necesita descanso para procesar todos estos cambios.
Bruce quería protestar, quería decir que estaba bien, que podía aguantar más. Pero la verdad era que se sentía cansado, un cansancio profundo que iba más allá de la falta de sueño y llegaba a algo más fundamental. Su cuerpo se estaba reescribiendo a nivel celular, y eso requería energía que Bruce no estaba seguro de tener.
—Está bien —concedió, entregándole la carne envuelta a Clark. —Devuélvele esto a Alfred. Y... gracias. Por quedarte. Por no irte a pesar de que probablemente tienes mil cosas más importantes que hacer.
—No hay nada más importante que esto. —Clark tomó la carne pero no se movió todavía, sus ojos fijos en Bruce con esa intensidad que hacía que el corazón de Bruce se acelerara. —No hay nada más importante que tú.
Las palabras colgaron entre ellos, pesadas con significado, con promesas no dichas. Bruce quiso responder, quiso decir algo que expresara lo que sentía, pero las palabras se atascaron en su garganta.
En cambio, hizo algo que lo sorprendió incluso a sí mismo. Cerró la distancia entre ellos y presionó su frente contra el hombro de Clark, dejando que ese toque simple comunicara lo que las palabras no podían. Sintió cuando Clark se tensó por un segundo antes de relajarse, una de sus manos subiendo para descansar en la parte posterior de la cabeza de Bruce, cuidadosa de no tocar las nuevas orejas.
—Descansa —murmuró Clark, su voz vibrando contra el oído de Bruce. —Estaré aquí cuando despiertes.
Y esa promesa, simple y sincera, fue suficiente para que Bruce finalmente dejara ir algo de la tensión que había estado cargando. Se apartó, asintiendo una vez, y se dirigió de vuelta a su habitación con Clark siguiéndolo a una distancia respetuosa.
Cuando Bruce se metió de vuelta bajo las sábanas, Clark retomó su posición en la silla junto a la ventana, claramente decidido a mantenerse despierto y vigilante. Bruce quiso decirle que no era necesario, que Clark también necesitaba descansar, pero las palabras no llegaron. En cambio, cerró los ojos y dejó que el sonido del latido constante de Clark lo arrullara hacia el sueño.
Esta vez, no hubo pesadillas. No hubo dolor. Solo oscuridad suave y el conocimiento distante de que, sin importar lo que cambiara, sin importar en qué se convirtiera, Clark estaría ahí.
Y por ahora, eso era suficiente.
