Chapter Text
Todo empezó en aquella cornisa de uno de los claros más altos de ciudad pentagrama, cuando el cielo del infierno se empezó a teñir en tonos magentas profundos abandonando aquella oscuridad de la noche mientras poco a poco el caos desde abajo quedaba reducido a un vago murmullo de gritos y explosiones lejanas.
El demonio con cabeza de televisor, que en ese momento de antaño aún era nuevo e intentaba adaptarse a su nueva vida infernal, miraba nervioso hacia el amanecer, la razón de sus nervios a su lado a tan solo unos centímetros de distancia, ambos disfrutando la vista mientras descansaban después de su reunión semanal, aunque en esa ocasión algo se sentía diferente, al menos para el demonio con ojos azules.
Podía sentir el zumbido de sus propios nervios retumbar en su sistema, a punto de llevar a cabo su más reciente plan, había planeado cada segundo de ese día: la cena clandestina, el paseo por los callejones más lúgubres, pero con ese encanto que ofrecía el infierno y esa charla fluida que solo ellos dos podían mantener. Todo había salido de acuerdo a su plan, simplemente... Perfecto.
Solo le quedaba culminar con aquellas palabras que llevaba atoradas en su garganta todo el día, aquella confesión que creía tener bajo control pero que ahora parecía tan difícil de decir.
—Y... ¿Y bien? —Soltó Vox, rompiendo el silencio, frotándose sus manos por el frio de la madrugada, sus dedos temblando apenas un poco. —¿Qué te pareció todo? —.
Alastor estaba de pie justo al borde, con el viento acariciando sus mechones rojizos y las puntas de su abrigo, no miraba a Vox, sino al horizonte, con esa sonrisa permanente que siempre parecía ocultar un segundo significado.
—Debo admitirlo, Vincent —Su voz, con ese efecto de gramófono tan característico, sonaba suave, casi satisfecha. —Ha sido una velada memorable… ¿Quién diría que tuvieras un talento inesperado para la logística del ocio? —.
Vox sintió un subidón de confianza. Era el momento, las palabras estaban en su garganta, estancadas y tan dispersas que parecían enredarse entre sí: "Alastor, no quiero ser solo tu socio", "Alastor, me gustas”, “Alastor, quiero quedarme a tu lado", ninguna le parecía lo suficientemente buena como para decirla en voz alta, poco a poco empezó a entrar en pánico mientras tenia al demonio a su lado, esperando una respuesta.
Dispuesto a dejar de dar tantas vueltas se aclaró la garganta, abrió la boca y...
—Yo... Solo quería decir que... —Su voz se quebró a media frase, cuando los ojos carmesís se posaron sobre él de reojo. —…Que la vista e-es... Es buena, muy buena, si... —El silencio que siguió fue sepulcral, Vox quiso lanzarse de la cornisa en ese mismo instante.
Alastor ladeó la cabeza, finalmente girando su cuerpo para para enfrentar a Vox. Sus ojos rojos brillaron con una chispa de diversión cruel, esa mirada que decía que ya había leído cada pensamiento patético que cruzaba la mente del demonio televisor.
—¿Vas a decirme de una vez lo que realmente quieres decir? —Soltó Alastor, arrastrando las palabras con un sarcasmo juguetón. —¿O tendré que esperar a otra ocasión de aquí a un siglo? —.
Vox tragó saliva, sintiendo que su pantalla se calentaba por la estática.
—Y-yo… Tú… Quiero decir, t-tú me… —Por mucho que lo intentara, solo terminaba murmurando palabras ininteligibles, acabando con avergonzarse más y desviando su mirada avergonzada, deseando internamente morirse una segunda vez.
Alastor dio un paso hacia él, invadiendo su espacio personal con esa elegancia depredadora, extendió una mano y, con la punta de su dedo, levantó el mentón de Vox, obligándolo a mirarlo.
—Oh, Vincent. La duda es una frecuencia muy ruidosa —Susurró Alastor acortando la distancia, disfrutando como el otro hacia un sobreesfuerzo por mantener el contacto visual. —Adelante, no me hagas perder más tiempo, dime qué es lo que buscas de mí —Su voz se volvió mas acida al final, un sentimiento de molestia siendo notable en su gesto.
Vox cerró los ojos un segundo, dejando que la estática de su cuerpo se estabilizara. Si no lo decía ahora, moriría de un cortocircuito interno.
—Me gustas, Alastor… Desde que te conocí, no he podido pensar en otra persona que no seas tú —Soltó de golpe, las palabras vibrando en el silencio del amanecer sorprendiendo tanto al demonio contrario como a sí mismo. Ya era tarde como para retractarse, era ahora o nunca. —Te quiero… No solo como socio, quiero tenerte a mi lado, quiero... Quiero dártelo todo, hacerte feliz, o lo más parecido a eso que se pueda aquí abajo—.
El silencio que siguió no fue violento, sino expectante; Alastor parpadeó, sus ojos rojos dilatándose apenas un milímetro, mientras que Vox se había congelado, tenso en su lugar esperando una respuesta. El aire repentinamente se llenó con el sonido de una risa ligera, enlatada, como si fuera dirigida a una broma tonta y no a una confesión.
—Oh, Vincent... Querido, querido Vincent —Alastor negó con la cabeza, su sonrisa cargada de una mezcla de lástima y una genuina diversión. —Eres una criatura fascinante, de verdad que lo eres. Tu propuesta es... Encantadora, en un sentido casi pintoresco —Alastor comenzó a caminar alrededor de él, con la elegancia de un ciervo que acecha a su presa.
—Admito que me resulta halagador todo este… Teatro tuyo. Tu energía es refrescante y tus ideas tienen ese... Brillo caótico que me agrada. Pero —Alastor se detuvo y lo señaló con el pomo de su micrófono. —Seamos realistas… Hablas de "hacerte cargo" de mí, de tenerme a tu lado. ¿Con qué autoridad, exactamente? —Alastor soltó una carcajada más fuerte, golpeando suavemente el pecho de Vox con su dedo.
—Mírate, eres nuevo en el Infierno, no posees nada que valga la pena, nadie sabe tu nombre sin preguntarlo dos veces y, seamos honestos, nadie te tiene el más mínimo respeto —Su tono era suave, casi pedagógico, pero cada palabra cortaba como una navaja. —¿Cómo podrías sostener el peso de alguien como yo? ¿Cómo pretendes hacerme feliz si no puedes cumplir mis altos estándares? ¿Cómo planeas protegerme sin poseer ni una pizca de poder? No busques amor en un matadero, querido, no tienes el estómago para digerir lo que significa estar conmigo —Termino de decir el ciervo con una arrogancia suave.
Vox sintió que su sistema se enfriaba, el rechazo le dolió más de lo que quería admitir; bajó la mirada, sintiéndose pequeño bajo la sombra del Demonio del Radio. Pero justo cuando la tristeza empezaba a nublar su pantalla, sintió un contacto eléctrico.
Alastor pasó por su lado, pero no se fue. Uno de sus dedos se deslizó con una lentitud coqueta por la esquina del marco de la pantalla de Vox, provocando una estela de chispas.
—No me malinterpretes, querido —Susurró Alastor, volviendo a captar la atención total de Vox. —Todo ese discurso... "inspirador" sobre el futuro y la felicidad... Tiene su encanto. Realmente creo que tienes potencial, tienes esa hambre de poder que tanto me gusta observar —Alastor invadió su espacio personal una vez más, inclinándose hasta que sus rostros quedaron a milímetros. Vox se quedó petrificado, embobado por el aroma a madera quemada y la intensidad de esos ojos escarlata que parecían prometerle el mundo entero.
—Hazte un nombre, Vincent —Le susurró al oído, y Vox pudo sentir el frío aliento del demonio erizar sus cables. —Construye ese imperio del que tanto hablas, haz que este patético vertedero te tema, y si logras convertirte en alguien que realmente sea digno de estar a mi altura... Quizás, solo entonces, me replantee tu oferta—.
Alastor se separó un centímetro, dándole una última mirada llena de una promesa oscura y burlona.
—Hasta entonces, intenta no dejar que estos monstruos hambrientos de carne fresca te devoren. ¡Te agradezco por la noche tan encantadora! —Dicho esto, la figura de Alastor se deshizo en una mancha de sombras negras distorsionadas, desapareciendo por completo y dejando a Vox solo en la azotea, con el corazón acelerado y una sola idea fija en su procesador: Lo tendría. Cueste lo que cueste.
Esa noche, mientras las sombras de Alastor se disolvían en el aire viciado del Pentagrama, algo se rompió definitivamente dentro de Vox. No fue una ruptura limpia; fue un cortocircuito que fundió sus cables y reprogramó su existencia.
Se quedó allí, de pie en la azotea, mirando el espacio vacío donde el Demonio del Radio le había acariciado la pantalla con una condescendencia embriagadora.
Alastor tenía razón.
Esa era la verdad que más le escocía, él no era nadie ni tenía nada. Y para alguien como Alastor, tan excéntrico, tan fino, tan terriblemente superior, la mediocridad era el único pecado imperdonable.
A partir de ese amanecer, la figura del Demonio de la Radio se convirtió en una frecuencia fija de su mente, Vox empezó a estudiarlo desde las sombras con una fijación casi religiosa.
Observaba la forma en que Alastor movía las manos al hablar, la elegancia con la que destripaba a sus enemigos sin mancharse los puños de la camisa, y esa risa... Esa risa que era el sonido de un mundo que Vox aún no podía tocar.
A Vincent nunca se le había negado nada que realmente deseara; En su vida anterior, el mundo se doblaba ante su ambición, pero Alastor era el primer "no" rotundo, el primer muro infranqueable. Y ese rechazo, en lugar de apagar su fuego, lo alimentó hasta convertirlo en un incendio.
Alastor dejó de ser una persona para convertirse en un objeto, un concepto que no abandonaba sus sistemas: el premio máximo, la pieza que le faltaba a su rompecabezas para sentirse, por fin, completo.
"Construye ese imperio del que tanto hablas, haz que este patético vertedero te tema…", le había dicho esa noche. Y Vox obedeció sin objeción alguna.
Fundo la compañía VoxTek, con cada ladrillo puesto y contrato firmado gracias a su ambición inagotable, fue un paso hacia ese pedestal donde pretendía colocar a su trofeo. Su obsesión lo llevó a buscar aliados que compartieran su hambre; así nacieron los Vees, terminando por rodearse de la violencia de Valentino y de la superficialidad de Velvette para construir un muro de poder que nadie pudiera ignorar.
Ya no era un demonio nuevo con sueños infantiles, ahora era una potencia tecnológica cuya red cubría toda la ciudad pentagrama.
Durante años, mientras su imperio crecía y devoraba el mercado del radio, Vox se repetía a sí mismo que cada triunfo era un escalón menos para llegar a su tan preciado premio. Continuando ganando reputación, acumulando riquezas y el respeto que siempre soñó, todo para que, cuando el momento llegara, Alastor no tuviera más remedio que elegirlo a él.
Y fue durante la ausencia del pelirrojo, esa misteriosa desaparición que nadie supo explicar, lo que termino por dar el golpe final: Sin el Overlord que defendiera su territorio, el imperio de Vox devoro los restos de su legado, y cuando este volvió, solo pudo sentir un resentimiento tan profundo por el televisor, convencido de que había superado su patético enamoramiento para convertirse en un rival que amenazaba con su destrucción total. Sin esa parte de su poder y su influencia, el demonio se sentía vulnerable ante el hombre que una vez rechazó, por lo que empezó a evitarlo como a la peste, sin saber que, Vox no lo había superado en absoluto, y cada gesto para llamar su atención ignorado solo alimentaba su obsesión enfermiza que antes había llamado amor, ahora solo quedaba esa necesidad de tenerlo entre sus garras, como el premio que siempre había sido.
Un exterminio termino llegando a la ciudad pentagrama, llenando el infierno de caos y gritos ahogados en una masacre violenta. Los restos demoníacos regaban las calles como lluvia escarlata, y la furia angelical arrasaba con todo a su paso.
Alastor, con su eterna sonrisa tirante, había luchado contra la amenaza que lo agarro desprevenido, confiado de sus habilidades luchaba con elegancia contra los seres alados, sus sombras moviéndose con la precisión justa para defenderse como mejor podía e intentar salir del apuro. Pero el Infierno era impredecible, y ni siquiera el Demonio de la Radio era inmune a la fuerza bruta angelical.
Un golpe en falso, un ala angelical que lo flanqueó por la espalda, y Alastor sintió un dolor agudo que le desgarró el hombro, abriéndole una herida profunda que chisporroteó con energía divina. Cayó de rodillas, el bastón de su micrófono resbalando de su agarre, la estática en su voz se volvió un chirrido de agonía, y su sonrisa se torció en una mueca de puro dolor. Otro ángel, con una lanza brillante, se abalanzaba para dar el golpe de gracia.
Justo cuando la punta de la lanza estaba a centímetros de su garganta, una explosión ensordecedora lo sacudió todo.
Un rayo de energía azul brillante termino interponiéndose entre el ángel y el demonio herido, Alastor levantó la vista, entrecerrando los ojos ante la luz.
Y allí estaba él, Vox.
Ya no era el demonio recién llegado torpe y nervioso de antaño, ahora su figura imponente, más grande y definida, se encontraba frente a él, rodeado de drones que proporcionaban descargas eléctricas que sirvieron como distracción para los ángeles. Su mano se encontraba extendida hacia el ciervo, su mirada sin rastro de miedo, solo una resolución firme que Alastor nunca le había visto antes.
—¡Aléjense de él, basuras aladas! —La voz de Vox, distorsionada por los altavoces de sus dispositivos, retumbó cargada de una ira posesiva.
Los ángeles se ocuparon con los drones, ignorando a los demonios restantes que miraban con asombro la escena, y tras de todo eso, Vox se arrodilló junto a Alastor, su gran mano cerniéndose sobre la herida brillante.
Había rabia en sus ojos, pero también una extraña... ¿Ternura? Alastor, por primera vez en mucho tiempo, no sabía cómo interpretar esa mirada.
—Alastor, estás herido, déjame llevarte a mi oficina para tratar tu herida —La voz de Vox, ahora más cercana y personal, estaba teñida de preocupación, pero también de algo más oscuro, algo posesivo.
El demonio del radio soltó un gruñido.
—No necesito tu... Caridad, Vox. Quítate de en medio —Respondió con molestia, internamente avergonzando de que hubiera sido rescatado, pero a la vez agradecido de no haber caído en manos de los ángeles.
Vox lo ignoró, con una audacia que Alastor no le había visto desde hacía décadas, extendió las manos y, con una delicadeza sorprendente para alguien de su tamaño y poder, cargó al demonio herido con un brazo, pegándolo a su pecho, mientras con el otro manejaba a sus drones para asegurarles una vía de escape.
Pero los ángeles los vieron e intentaron atacarlos con rapidez, por lo que el demonio de pantalla plana escapo con agilidad por los callejones de la ciudad; cada vez que una lanza de luz descendía hacia ellos, Vox se desplazaba en un parpadeo de estática azul, esquivando a las criaturas que los perseguían con sus armas listas para acabar con ellos.
Los drones caían como moscas bajo el brillo del poder angelical, pero Vox no miraba el campo de batalla ni se preocupaba por las pérdidas materiales, su mirada estaba anclada a Alastor; Sentía su peso contra su pecho, un peso que había soñado cargar durante décadas y que ahora, entre sangre y estática, por fin podía devorar la imagen del demonio herido y dependiente que se aferraba a él. Mientras que Alastor por su parte no confiaba, pero se hundía en él humillado por su propia fragilidad.
—¿Recuerdas aquella noche en la azotea? —Preguntó de repente, su voz extrañamente clara en medio de las explosiones. Alastor lo miro desconcertado, como si le hubiera crecido una segunda cabeza (pantalla). —Me dijiste que no tenía nada, que era un don nadie… —Vox giró sobre sus talones de manera teatral, esquivando el tajo de un ángel furioso, y sin siquiera mirarlo, descargó un pulso eléctrico que paralizó a la criatura antes de que tocara el suelo. El pelirrojo, debilitado por la herida, lo observaba con una lucidez nublada por el dolor en su hombro entumecido, su respiración reducida a un siseo metálico y débil.
—Me dijiste que regresara cuando el Infierno se arrodillara ante mi —Continuó Vox, saltando sobre una montaña de cadáveres de pecadores mientras las lanzan de luz apenas le rozaban la espalda. —Dijiste que no era digno de estar a tu altura… ¡Mírame ahora! —Su frase fue interrumpida por un grupo de tres ángeles se lanzó en picada contra ellos. Vox levantó la mano y una red de cables de alta tensión surgió del suelo, atrapándolos en el aire y arrogándolos lejos después de electrocutarlos, el olor a plumas chamuscadas invadiendo las calles.
—Ya tengo el nombre —Le susurró Vox al oído, su pantalla brillando con una intensidad demencial. —Tengo la reputación, mi cara está en cada rincón de este vertedero, he construido un imperio que tú, con tu pequeño programa de radio, nunca pudiste lograr—.
Vox se detuvo un segundo en medio de una plaza devastada, rodeado de cuerpos y con las alas de los ángeles proyectando sombras sobre ellos. A pesar del peligro, bajó la mirada hacia el ciervo en su pecho, atrapando su mentón con sus enormes garras, tal como el Demonio del Radio había hecho años atrás.
—Ahora soy capaz de protegerte, Alastor, de mantenerte, darte todo lo deseas… Soy el único en todo el Infierno que tiene las agallas de reclamarte en medio de un maldito apocalipsis —Sus ojos se volvieron espirales hipnóticas, dando una vuelta mientras le mostraba la masacre que se desarrollaba alrededor. —Te deje sin excusas, ya no tienes como rechazarme, por lo que te lo diré una vez más… —Vox inclinó su pantalla hasta que el cristal rozó la nariz del ciervo, su voz bajando a un susurro cargado de estática posesiva.
—Entrégate a mi Alastor, puedes ser mi esposo, mi socio, mi prisionero o como quieras llamarle… Pero sé mío—.
Alastor intentó soltar una carcajada sarcástica, pero terminó siendo un quejido de dolor, la sangre dorada de los ángeles mezclándose con la suya en la tela de su traje.
—¿Y bien? —Insistió Vox, mientras un rayo de luz explotaba justo detrás de él, bañándolos en un resplandor divino.
Vox retomó su escape con rapidez, atravesando la lluvia de fuego hacia la seguridad de su torre, llevando a un Alastor silencioso y herido que, por primera vez en su existencia, no tenía una réplica mordaz que dar. El "trofeo" finalmente estaba en sus manos, y esta vez, Vox no pensaba soltarlo jamás.
Mientras Alastor descansaba en la opulencia asfixiante de la suite de Vox, rodeado de pantallas que vigilaban cada uno de sus movimientos, su mente funcionaba con la precisión de un reloj antiguo. La herida en su hombro seguía punzando con el eco de la luz celestial, un recordatorio físico de su propia vulnerabilidad.
Odiaba sentirse así, detestaba la debilidad, la miseria de verse reducido y la erosión que el tiempo y los nuevos poderes habían causado en su influencia. La influencia de la radio se estaba apagando, y por mucho que le pesara admitirlo, su sombra ya no se proyectaba tan larga como antes.
Observó a Vox a través de los párpados entrecerrados. El idiota estaba allí, pavoneándose, dando órdenes a sus drones y revisando gráficos de audiencia con una eficiencia maníaca. Había cambiado tanto, Alastor sintió una punzada de nostalgia por el Vincent dócil, aquel que tartamudeaba y al que podía manipular con una sola palabra bien colocada. Este nuevo Vox era ruidoso, arrogante y peligrosamente obsesivo.
Pero entonces, una idea comenzó a formarse tras su sonrisa tensa.
Si Vox lo quería como su "esposa trofeo", como su posesión más preciada... ¿Por qué no dejar que lo tuviera?
Alastor se acomodó contra las almohadas de seda, sintiendo el lujo que su propio orgullo le había prohibido disfrutar durante décadas. Si aceptaba este rol, el trabajo pesado terminaría para él, Vox le daría todo: protección, recursos, el silencio de sus enemigos y una plataforma sin precedentes. Podría retirarse a las sombras de este “imperio tecnológico”, lamerse las heridas y dejar que Vox se agotara manteniendo el imperio que ambos habitarían.
—Un descanso memorable… —Pensó Alastor, soltando una risita muda que apenas hizo vibrar su garganta.
No creyó que aquel “soñador” llegaría tan lejos, pero tenía que admitir que el resultado no le disgustaba del todo. El Vox moderno era un tirano insufrible, sí, pero su devoción seguía siendo absoluta. Era una herramienta poderosa a su disposición, y aunque ahora la herramienta creyera ser el dueño, Alastor sabía que siempre encontraría la forma de manejarlo a su antojo.
Solo tenía que dejar que Vox creyera que había ganado. Después de todo, ¿Qué es un trofeo sino algo que se exhibe mientras el dueño gasta toda su fortuna en mantenerlo brillante?
—Vincent, querido —Llamó Alastor, su voz recuperando ese tono suave y melódico que sabía que volvía loco a su captor. —Esa bebida que mencionaste antes... Creo que me gustaría probarla ahora —Vio cómo la pantalla de Vox se iluminaba al instante, cómo sus hombros se tensaban de pura satisfacción ante el pedido.
El pelirrojo sonrió más ampliamente, observando cómo las espirales en los ojos de Vox giraban con un frenesí casi peligroso. ¿Era irónico, no? Tuvo que caer el cielo para que Vox finalmente escuchara el "sí" que había esperado por tantos años.
—Mejor tarde que nunca, querido —Susurró Vox mientras regresaba a su lado, sentándose mientras sus manos se dirigían a las piernas del ciervo y las colocaba sobre las propias con una fuerza que rozaba la posesión. —Prepárate, porque esta noche brindaremos por el inicio de nuestro imperio—.
Alastor no retiró las piernas; en su lugar, dejó que el peso de sus pezuñas descansara sobre los muslos de Vox, observando con una satisfacción silenciosa cómo la estática del televisor chispeaba ante el contacto.
—Un imperio, Vincent... —Repitió Alastor, saboreando el nombre como si fuera un licor añejo, mientras su sombra se estiraba por las paredes de la Torre V, recuperando poco a poco su forma amenazante. —Espero que sea lo suficientemente vasto… No me gustaría aburrirme en mi nuevo trono —Vox soltó una risa ronca, no le importaba el riesgo, ni el resentimiento que aún brillaba en los ojos carmesí del demonio. Lo tenía allí, entre sus manos, bajo su techo y sobre su propio cuerpo.
—Descuida, querido —Respondió Vox, inclinándose para sellar esa promesa silenciosa mientras el brillo azul de su pantalla bañaba el rostro ajeno. —Hare que cada segundo sea tan satisfactorio para ti, que nunca mas serás capaz de dejarme —El cristal de la suite vibró cuando Vox tomó el control total del edificio; con un pensamiento, las enormes pantallas de la pared se sincronizaron en un pulso azul profundo que devoró la poca luz natural que quedaba.
En ese refugio de lujo y alta tensión, el mundo exterior dejó de existir. Solo quedaron ellos dos: el televisor, cuya estática zumbaba con una euforia violenta, y el ciervo, que desde su silencio herido planeaba cada movimiento futuro.
