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Does it feel alright to not know me?

Summary:

In-ho regresa a la isla luego de dispararle a Jun-ho; el proceso de quitarse la bala dura más tiempo del necesario por decisión propia.

Prompts:
Gold fish, broken relationships, memories.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

In-ho sabe lo que Jun-ho piensa al verlo caer de la cornisa. Se imagina lo que tuvo que haber visto en las instalaciones de la isla para que sus ojos lo miraran como si no pudiera reconciliar la imagen de su hermano con la del hombre que le había disparado. El entendimiento lo persigue con el zumbido de la lancha al regresar para verificar que todo esté listo para el último juego. El aroma del agua salada se cuela por las diminutas rendijas de la máscara geométrica, sus subordinados miran al frente, hacen movimientos calculados, ni una pregunta sale a la superficie.

¿Por qué se había quitado la máscara?

¿Por qué este cadáver continuaba encontrando grietas en un ataúd que llevaba años enterrado?

¿Por qué el débil corazón buscaba recaer en el licor del sentimentalismo cuando el whisky causaba los mismos efectos con un resultado menos peligroso?

El calor que irradia de la herida de bala compartida lo ancla como el Sol a la Tierra. Ni una palabra hasta que el motor deja de sonar.

—Terminen la jornada y regresen a sus lugares. Prepárense para la noche.

El peso familiar de su pistola en el bolsillo de su uniforme lo sostiene de regreso al ascensor. El tiempo se continúa alargando, estrechándose a los costados, expandiéndose a lo largo. Al abrirse las puertas, su silla se ve demasiado lejos, las luces demasiado brillantes, el suelo demasiado firme. Va a seguir caminando, aunque físicamente parezca que tiene pesas amarradas en los tobillos, lo registra cuando la suela de sus zapatos se oye en secuencia, un paso tras otro.

Una vez dentro no necesita la máscara, pero su reflejo en el espejo del baño le recuerda por qué la usa.

No hay prisa, no es inmediato. Bebe del dolor que le recorre el hombro hasta la punta de los dedos cuando mueve el brazo. Si lo mantiene quieto es como si nada hubiera pasado. Extrañaba habitar en ese umbral en el que expulsa lo que le queda de ser humano. La sangre le mancha la palma de la mano, se sostiene a las paredes de mármol oscuro que se tragarán cualquier rastro de su existencia.

Hay lucidez en la noche que lo visita como confidente.

Pertenece ahí como un titiritero con cuerdas que van en ambos sentidos. Tiene curiosidad por saber cuál es el avance de los juegos. No ha registrado ninguna alarma, aún no ha sucedido. La bala puede esperar, no le cobrará mucho por el tiempo ni el recuerdo que terminará dejándole.

Cuatro cicatrices en total ahora compartían él y su hermano, los dos pares para mantenerlos con vida. El amor es una curiosa forma de violencia por la que nadie realmente se arrepiente.

La estática inicial de la televisión le destapa los oídos. Los tres finalistas con los cuchillos en las manos, los tres en posición de defensa. Dos conversan en un extremo de la habitación, el otro duerme sentado y con la cabeza gacha, ninguno de los vips debe estar despierto para oír los susurros nocturnos, pero In-ho sí.

La acústica en una habitación tan amplia y vacía es terrible. Imagina que los peces de su diminuto apartamento debían escucharlo así cuando él recordaba alimentarlos. No los había nombrado, pero sí les hablaba desde el otro lado de la pecera llena de agua. Su voz ahogada, casi apagada, su mirada inquisitiva por saber qué instintos primaban en esas cabezas de tres centímetros.

No necesita adivinar de qué están hablando. Las fichas de los tres jugadores restantes acomodadas en su escritorio dan una imagen clara hacia dónde su preocupación los arrastra en el borde de la desesperación y el ansia de supervivencia.

Los vips nunca se interesan realmente en saber quiénes son los números por los que apuestan, pero datos específicos permiten lanzar aproximaciones de los resultados y eso aumenta el dinero, los riesgos y el entretenimiento.

La jugadora 067 era la más esquiva de todos, retraída como si hubiera aprendido que la soledad era más beneficiosa que la mala compañía, con confianza nula en los demás, incluso luego de ponerlos a prueba, pero astuta en todo el significado de la palabra. En modo de ataque antes que defensa, aunque siempre manteniendo la calma y con la determinación guiando siempre sus actos.

El jugador 218 era metódico, pragmático y justificaba sus decisiones en función de su beneficio personal. De esa filosofía dependían las alianzas y las traiciones. De los tres, era el más predecible porque era el más similar al resto de ellos. Una pequeña muestra de todos los que habían muerto y que también habían podido ocupar su lugar, aunque a ellos les faltaban la inteligencia y la capacidad de separar las emociones de los propósitos de las acciones.

El jugador 456 era compasivo y esa era quizá su mayor debilidad. Impredeciblemente emocional, servía de pegamento en cualquier grupo al que perteneciera y su forma convencional de formar alianzas le recordaba a In-ho la dinámica entre estudiantes durante los descansos para almorzar en la escuela. Demasiado amigable para su propio bien e igual de listo en momentos de tensión y toma rápida de decisiones. Había algo que aún no explotaba en él, pero que había llegado casi a su punto durante el juego de las canicas: el único que el viejo sentimental de Il-nam había exigido que debía estar en esta ronda de juegos.

Lo demás lo había dejado a su cargo y vaya forma de estrenarse en el puesto: había tenido que colgar a parte de su equipo y a un jugador por romper las reglas, había permitido que un policía burlara su seguridad y se infiltrara con éxito en la isla, había comprometido la seguridad de un vip y había abandonado su puesto para perseguir a su hermano.

Era una distracción innecesaria mantener aún de pie ese puente entre ellos. Había creído que alejarse y abandonar todo era suficiente para enviar un mensaje, pero quizá necesitaba ser más específico.

La vista empieza a nublársele por la pérdida de sangre. Evita bajar la mirada, el piso se mueve lo suficiente sin hacerlo. La contradicción de lo que piensa y lo que hace lleva a su cuerpo a una lucha interna por abandonar la conciencia o mantenerlo despierto. De camino al baño, se desvía y acaba junto a su teléfono verde.

Recién registra que se había tenido que quitar los guantes apenas salió del ascensor cuando el frío del auricular se topa tanto con su oreja como con la punta de sus dedos.

Marca un número y la mitad aún lúcida le susurra que será mejor que nadie conteste, pero sabe que eso es imposible.

—Envía un equipo de búsqueda. Una sola persona. La isla en la que estuve. Las coordenadas deben salir en los rastreadores. Quiero enviar un mensaje. Una advertencia.

Su voz sale cruda, controlada únicamente por su entrenamiento de años en la fuerza policial. La autoridad sigue destilando de la extraña petición, así que no hay más preguntas del otro lado de la línea. Vuelve a colocar el auricular en su lugar. Una gota de sudor se desliza peligrosamente cerca de su ojo izquierdo y sus huellas quedan marcadas sobre el color verde del teléfono.

Debe quitarse la bala y cavar sobre el ataúd donde el cadáver se pudre en soledad para depositar ese último recuerdo del que neciamente se ha sostenido por pura indulgencia. Un error humano de esos que deberían ser singulares. Es un capricho. Una fascinación por el pasado que ha resurgido como el relapso de un alcohólico.

La alarma suena en los dormitorios.

Ha vuelto a ocurrir. No hay año en el que no prueben correctamente su tesis. Quizá es medianoche, no está muy seguro de cuánto tiempo ha pasado, pero cuando la bala mancha el agua del lavamanos sabe que solo es el inicio de la peor parte: sanar.

Notes:

Terminé publicando esto media hora antes de que acabe el primer día de la Inho Week y antes de acabar mi one-shot de la escena de confrontación. Nunca abandonando la costumbre de escribir y publicar el mismo día para no oxidarme. Gracias por leer!

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