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Río carmesí sobre Gólgota

Summary:

Richard aprendió a vivir con la presión en el pecho, la diferencia, la duda. Hombre y mujer y nada. Aprendió a vivir con la voz de Jeanne d’Arc en su mente preguntándole quién era, atormentándolo por las noches. Aprendió a vivir con el secreto, con la voz de su madre diciéndole que no era suyo sino del demonio, que su cuerpo era el pecado, que no era una criatura de dios; las uñas de su madre enterrándose en su brazo, la amenaza en su voz, el te quemarás en misa un día, demonio, monstruo, maldito sea el día en que naciste y lloraste en el mundo por primera vez.

Notes:

Por cuestiones de sonoridad y respetar un momento en el canon que me gusta, considerando que es un AU, Henry Stafford, Duque de Buckingham, se llama Henry Buckingham.

Advertencias:

El ambiente es un pueblo donde las divisiones de género son quizá exageradas y se discute mucho la idea de las mujeres y de los hombres, qué hace cada uno de ellos. Misoginia y machismo. Hay escenas donde un personaje recuerda dos instancias específicas de abuso sexual mientras era un menor, pero nada es explícito. Violencia doméstica. Aborto. Cierto body horror relacionado al embarazo. Kinks católicos en general. Herejía. Sexo en iglesias. Misgender.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Arte por @crytycat


con dolor darás a luz los hijos; y tu voluntad será sujeta a tu marido

génesis 3:16


Cuando la partera le puso el bebé en los brazos y Cecily Neville lo levantó, profirió un grito que se oyó por todo el barrio de York. La gente se sobrecogió y, durante una noche, todos creyeron que el bebé del señor Richard y la señora Cecily había nacido muerto. Lo lamentaron como se lamentan las desgracias de sus dueños y patrones: sin preocuparse demasiado; se abrigaron del frío otoñal y volvieron a dormir, creyendo que escucharían la trágica noticia la mañana siguiente.

—¡Es un monstruo! ¡Quítamelo de encima! ¡Es un monstruo!

Eran una familia a la antigua. Las mujeres rodeaban la cama de la parturienta y los hombres esperaban afuera. El señor Richard estaba rodeado de sus hijos mayores que escuchaban, asustados, los gritos de su mamá.

«Quizá no es nada», se dijo.

—¡Monstruo!

Aun así, rompió todos los protocolos, abrió la puerta de la habitación de su esposa y se acercó hasta el bebé.

—¡Llévatelo! ¡Satanás nos ha maldecido! ¡Dios nos ha abandonado! ¡Llévatelo!

La partera, sin saber qué hacer, le puso al niño en los brazos a la fuerza. Lloraba, ya lastimado por el mundo, recién llegado en él. Todavía no lo habían limpiado, el cordón umbilical estaba recién cortado. Cuando Richard Plantagenet lo levantó para verlo mejor, observó.

Durante un largo momento, no dijo nada.

—¡Es un monstruo! —profirió su esposa.

Richard Plantagenet suspiró en el frío de la noche y abrazó a aquel bebé contra su cuerpo, intentando proveerle el calor que su madre le había negado. Depositó un beso en su coronilla y le entregó su destino:

—Se llamará Richard.


Al mismo tiempo que Richard Plantagenet lloraba por primera vez contemplando al mundo, en el barrio Lancaster se celebró una boda en secreto. En la capilla de la casa de los otros Plantagenet, un joven tembló al darle la mano a la novia que su madre había dispuesto para él. Lo habían llevado a punta de pistola hasta ahí. «Te casarás». Catalina Capeto lo dijo lívida. «Te casarás o estamos muertos. Quieren quitarnos lo que tenemos, quieren quitarnos lo nuestro, quieren arrebatarnos todo, quieren quedarse con el control de este pueblo entero».

El novio lloró toda la ceremonia, estaba aterrorizado. Nadie lo consoló; la novia ni siquiera se detuvo a mirarlo. Llevaba un vestido blanco y una mirada fiera.

Henry Plantagenet y Margaret d’Anjou sellaron su destino aquel día. El suyo sería un matrimonio miserable.

Él tenía quince años. Ella tenía veintiuno. Su suegra la eligió porque era temible. Gobernaría aquella casa y a su hijo con mano de hierro. Los Plantagenet del barrio Lancaster sobrevivirán, se dijo.

Por la mañana, de la ventana de los recién casados colgó una sábana manchada con la sangre de una gallina recién degollada. En el barrio llamaron desalmada a Margaret d’Anjou.


¿o ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros?

corintios 6:19


Richard recuerda vivir su infancia en medio de una turbulenta guerra familiar. Las dos ramas de la familia Plantagenet dividieron el pueblo décadas antes de su nacimiento y ahora pelean por el control de sus calles, sus comercios, sus armas, la sangre que corre entre sus baldosas, las lágrimas de sus funerales. La muerte pasea en los callejones a la luz del día y arrastra su guadaña tras de sí; se escuchan disparos en medio del padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre. Los Plantagenet reventaron la carótida de aquella comunidad y la sangre se derramó como un río. Todas las madres perdieron un hijo, todos los padres cargaron un arma.

Dentro de su propia casa, otra guerra; los sirvientes contaban como habían tenido que llevar a una madre de leche para él puesto que su madre se había negado a tocarlo. No se había acercado ni a la cuna, contaban, y él creció escuálido y abandonado, pegado a un padre que le había dado su nombre y su identidad. Al principio, no supo lo que estaba mal con él. Nadie se lo explicó. Hasta que apareció Jeanne d’Arc envuelta en humo, tocó su pecho frente al espejo y lo llamó bruja.

«Eres bruja», dijo, «y te quemarán como yo. Bruja». No la entendió hasta años más tarde cuando su cuerpo traicionó la identidad que le dio su padre. Catesby, el chico de los establos, lo escuchó tragarse las lágrimas cuando llegó con vendas en las manos. «Lo arreglaremos con esto», dijo.

Richard aprendió a vivir con la presión en el pecho, la diferencia, la duda. Hombre y mujer y nada. Aprendió a vivir con la voz de Jeanne d’Arc en su mente preguntándole quién era, atormentándolo por las noches. Aprendió a vivir con el secreto, con la voz de su madre diciéndole que no era suyo sino del demonio, que su cuerpo era el pecado, que no era una criatura de dios; las uñas de su madre enterrándose en su brazo, la amenaza en su voz, el te quemarás en misa un día, demonio, monstruo, maldito sea el día en que naciste y lloraste en el mundo por primera vez.

Richard, hijo de Richard, heredaste un nombre con destino. Tu cuerpo traicionero frente al espejo dijo: tu padre te hizo hombre, lo eligió para ti, te levantó en sus brazos y te vio y dijo: se llamará Richard. Te entregó el futuro.


La iglesia del barrio de los York se alza imponente en la noche. Richard siempre se ha sentido atraído a ella, preguntándose si un día Dios descubrirá su mentira y lo hará arder en sus baldosas. El retablo bañado en oro se impone ante él y lo hace detener sus pasos.

El padre reza, hincado en las bancas de enfrente, con la cabeza caída y se detiene al escuchar los pasos cuidadosos que se acercan hasta el altar. Antes de que Richard pueda salir huyendo el hombre se da la vuelta y sonríe; tiene los hoyuelos marcados y él puede verlo desde allí donde está parado.

—¿Quieres rezar en compañía? —ofrece el padre.

Richard no conoce a aquel hombre de mirada tierna y amable. Sus manos tiemblan y sus ojos se alzan hasta el Jesús crucificado; se persigna antes de responder. En el nombre del padre, del hijo y el espíritu santo. Cuando me clavarás en una estaca, señor, y quemarás mi cuerpo.

—Te acompañaré —le ofrece al padre desconocido.

No vine aquí rezar, piensa, pero me hincaré a tu lado y rezaré contigo, desconocido.

Richard se mueve con el tempo que cargan tras de sí las personas con las que el mundo no ha sido amable. Aunque esconde el ojo rojo del demonio debajo de su cabello la gente intuye que hay algo maligno acerca de él; todos se preguntan porque su padre le entregó su nombre a aquel niño maldito. Su madre lo condena, el resto se aleja. Su mera existencia constituye un pecado por el que arderá frente a Satanás, su cuerpo guarda el secreto de la mujer que esconde y el hombre que aparenta ser.

—Me alegra.

El padre sonríe de nuevo y Richard aprecia que, aunque en un primer momento le parecía joven, en sus ojos se esconden las patas de gallo de aquel que ha llevado una vida cansada. En sus hoyuelos se esconden los secretos del universo.

—Soy nuevo —confiesa—; aún no conozco a los fieles.

—Richard.

La omisión de su apellido es un silencio que Dios le perdona.

—Henry —responde el padre y, al verlo fijamente, Richard nota que la sonrisa nunca alcanza sus ojos, llenos de tristezas insondables—. Gracias por rezar conmigo.

Richard se arrodilla a su lado.

Cuando su padre no está, Cecily Neville pone arroz crudo frente al altar de la capilla de la casona de los Plantagenet y hace que lo lleven allí a la hora del rosario. Te arrepentirás de tu existencia, de tu nacimiento, de tu ser, de tu cuerpo, de tu nombre. Te arrepentirás de ser, niño demonio; que llore el mundo cuando recuerde tu venida.

En la iglesia, en cambio, la superficie que tocan sus rodillas es mullida, casi amable, diferente. Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre. No me condenes, pide Richard, apiádate del demonio.

La primera vez que se encuentra con el padre Henry tiene dieciocho años y es un hombre.

Richard Plantagenet se postra ante Dios y suplica: hágase tu voluntad, tanto en la tierra como en el cielo.

¿Es también tu voluntad que sea mi cuerpo tu templo?


Richard suele ir a la iglesia los domingos después de misa. Encuentra al padre Henry rezando, de rodillas frente al altar, con las manos entrelazadas, los ojos perdidos en Jesús, la mirada amable y tierna. Se arrodilla a su lado y reza. Suplica sin saber si cree en sus propias palabras, si las cosas que vierte su lengua son verdad. Soy yo también merecedor de la gloria eterna, Señor, ¿abrirás para mí las puertas de tu reino? 

Cada vez, cuando se marcha, el padre Henry toma una de sus manos entre las suyas, en un gesto tierno y gentil, tan cuidado que Richard se ahoga en aquel tacto.

—¿Volverás?

Siempre asiente.

Siempre vuelve.

Una vez, cuando se arrodilla a los pies del altar, el padre Henry detiene su oración.

—Nunca te he visto en misa —apunta—. Te busco con la mirada. En mis sermones. Me gustaría saber…

—No suelo venir.

Podría, si quisiera. El poder de su madre no llega a todos los rincones de su ser. Podría desafiarla y entrar a misa, sentarse al fondo, fijar su mirada en el padre Henry. Casi podría escuchar sus palabras: niño demonio, me avergüenzas, desgracia de tu estirpe, niño demonio. Siempre perseguido por aquella voz que lo mantuvo escondido en su casa, preso de su habitación y su cuerpo y sus miedos. Cecily Neville sólo mantuvo la cordura pendida de un hilo porque su esposo miró a la criatura que había parido a los ojos y le entregó el mundo: te llamarás Richard. De no ser así, lo habría arrancado ella misma de su vientre entre sangre y coágulo, y lo habría arrojado al fuego para limpiar sus pecados. Nunca lo había tomado en sus brazos, sus pechos nunca le dieron leche, sus manos nunca tuvieron una caricia para aquella criatura que había nacido mujer y hombre, hombre y mujer, nada y todo. El único que lo acunó entre sus brazos fue el patriarca. «Podría tomar una decisión», le dijeron los médicos, «será más fácil si es una mujer, hay un modo…». Pero Richard Plantagenet había decidido. Aquella criatura cargó su nombre, su destino. Ni hombre, ni mujer. Demonio. Bruja.

—Es más íntimo así —dice el padre Henry, con delicadeza—, cuando uno puede buscar la voz del señor en el silencio.

Junta las manos y cierra los ojos. Reza con ternura, su lengua tratando gentilmente a las palabras. Richard lo observa, cautivado con el sonido de su voz, con la manera en la que acarició el padre nuestro. Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden. La manera en la que su pecho subió y bajó al compás de su respiración. No pudo quitarle la mirada de encima y se olvidó de cómo inhalar y exhalar; se dio cuenta en ese momento de que, si el mundo desapareciera a su alrededor y tan solo quedara el padre Henry a su lado, no se daría cuenta: tan sólo podría observarlo y el mundo sería aquel sacerdote que rezaba hincado en las bancas de su propia iglesia, cuyas manos estaban callosas por el trabajo en las huertas y sus ojos eran claros, amables y cálidos.

—Amén —murmura, cuando el padre llega al final de la oración. Se persigna, la señal de la cruz sobre su cuerpo. En el nombre del padre, del hijo y del espíritu santo. In nomine patri. Su frente, su pecho, sus hombros. Señor, no importa si no soy digno de tu reino, mientras el padre Henry me deje arrodillarme a su lado y rezar en su compañía. Que mi cuerpo sea su templo, señor, te lo ruego.

Que corrompa el demonio a un hombre de dios, amén.


Mucho tiempo después, Richard seguirá recordando la voz de su padre al marcharse la noche fatídica. La rama Lancaster de la familia Plantagenet se encontraría con la York y negociarían por primera vez en años. Richard preparó a sus hijos mayores, Edward y George, para el encuentro. Les advirtió mesura y cautela. Al último, se detuvo frente a Richard.

—Tu madre no quiere que vengas —le dijo, poniendo sus manos sobre los hombros del último de su estirpe—; prometo que, cuando vuelva, te involucrarás en los asuntos de la familia.

Richard Plantagenet, el patriarca, era un hombre hermoso. Solía vestir siempre de gala, con sombrero y un pañuelo cuidadosamente doblado en su traje, llevar su cabello rubio anudado en la nuca, dejando que unos cuantos mechones rebeldes y ondulados se escaparan y enmarcaran su rostro. Era un hombre alto, amable, con una voz grave que denotaba poder y cautela.

Horas antes Cecily Neville había estado llorando en los brazos de su marido. «Me dejarás sin hijos si algo sucede, al menos permite que Richard se quede conmigo…». Palabras que nunca diría con honestidad. Y Richard, el patriarca, accedió, puesto que amaba a su esposa y ésta nunca había llamado niño demonio al último de sus vástagos frente a él. No lo había obligado a arrodillarse por horas en la capilla familiar hasta que sus rodillas sangrasen mientras el patriarca estaba en la casa.

La noche fatídica, su padre le prometió que, la próxima vez, estaría a su lado y Richard lo vio marcharse, acompañado de sus hermanos, antes de que el brazo de su madre se clavara en el suyo, enterrando sus uñas.

—Ve a rezar —le dijo, arrastrándolo hasta la capilla—. Ruega que tu padre vuelva y que tus hermanos vengan con él.

—Madre…

Pero Cecily Neville no se detuvo. Lo arrastró hasta el altar familiar, allí desde donde Cristo observaba sus pecados. Richard era un hombre, pero aquella noche no pudo negarse. Temía tanto como su madre y aquello lo asustaba.

—Que el mundo te maldiga si dios no te escucha, demonio —escupió su madre, cuando Richard se arrodilló en el suelo frío y juntó sus manos. Se detuvo a un lado de él y dejó caer un objeto que Richard no alcanzó a ver más que por el rabillo del ojo: las disciplinas de cáñamo—. Ofrécele tu sangre, si es necesario.

La oyó partir.

Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre.

Cecily Neville lo encerró en la capilla, y, aunque fuese un hombre, Richard Plantagenet no se atrevió a ponerse en pie. El barrio Lancaster y el barrio York no habían negociado desde que él había nacido. Un hombre menos amable hubiera descubierto la trampa, mas la cautela de Richard, el patriarca, no fue suficiente para detener la tragedia.

Las disciplinas de cáñamo permanecieron en el suelo, nadie las tocó. Richard pasaría muchas noches preguntándose qué hubiese ocurrido si se hubiera desabotonado la camisa para dejar desnuda su espalda, si hubiese soltado las vendas de sus pechos, si le hubiese ofrecido su sangre al señor. ¿Hubieras perdonado a mi padre, Señor Todopoderoso?

Tu hijo también murió por sus pecados, ¿lo hubieses perdonado, si hubiera herido mi espalda por ellos?

Henry Plantagenet, el heredero de los Lancaster, no estuvo presente en la traición, aunque esta se perpetuó en su nombre.

Richard Plantagenet rezó en vano; ningún dios lo vio, ni lo escuchó.

Margaret d’Anjou capturó al patriarca antes de que pudiera huir con sus hijos. Más tarde, sus hombres contarían riéndose cómo lo ataron con el alambre con el que ponían trampas para las bestias e hicieron sangrar sus tobillos y sus muñecas. Contarán como lo torturó Margaret d’Anjou hasta que rogó por su muerte y cómo puso sobre su frente una corona de espinas, tal como la de Jesús y disparó el tiro de gracia en su corazón. Se reirán cuando hablen del machete que rebanó su cuello y de cómo salió a borbotones la sangre, como la de una res recién sacrificada.

Richard Plantagenet mira a Dios al mismo tiempo que el patriarca exhala su último suspiro.

Su cabeza amanecerá colgada de las puertas del barrio Lancaster y, entonces, la fría tregua entre la familia habrá terminado.

Padre nuestro que estás en el cielo, ¿me escucharás? El único que responde es el silencio.


Cecily Neville viste el velo de las viudas cuando camina detrás del féretro cerrado de su marido cuando éste sale de la catedral del pueblo. Lleva un vestido negro, sin ningún adorno, ni encaje ni bordado, alto hasta su cuello, con mangas largas. Richard la odia, viéndola de camino al cementerio, pero también la envidia. Le gustaría ocultar su rostro al caminar a un lado de sus hermanos, protegerse con el velo que le es permitido a las mujeres. Oh, Dios Mío, ¿me permitirás llorar? Las lágrimas no salieron.

Caminaron los Plantagenet del barrio York bajo la lluvia y a Richard le pareció ver a uno de sus hermanos, George, disimular las lágrimas dejando que las gotas de agua cayeran también en sus mejillas. Le pareció ver a Edward, el heredero y primogénito, disimular las pocas lágrimas que no pudo contener. Pero Richard no lloró. Demonio, bruja, no pudiste llorar por tu padre. No lloró cuando entró el féretro al cementerio y el padre dio las últimas bendiciones. No lloró cuando la caja de madera cerrada en la que pusieron los restos del patriarca descendió y su madre levantó un puño de tierra para dejarlo caer sobre el féretro. Richard nunca olvidaría el alarido de Cecily Neville cuando vio la cabeza de su marido, no olvidaría la mirada que le dirigió, como tampoco olvidaría sus palabras.

Su madre se lanzó sobre él, intentando arañar su cara o arrancarle el cabello a mechones.

«¡Has sido la desgracia de tu padre, niño demonio! ¡Tuve que haberte arrojado a las brasas el día que llegaste el mundo, pecado!»

Y Richard sólo pudo pensar: pero mi padre me amó y me entregó su nombre y su destino.

Primero se acercaron los hijos mayores, luego los hombres más allegados al patriarca. Todos derramaron tierra sobre el féretro y Richard tan sólo los miró. Se acercó hasta el final, ya cuando los enterradores hacían su trabajo con palas. Levantó un puño de tierra y lo dejó caer. Adiós, padre. No hubo lágrimas. Levantó otro puño de tierra y lo dejó caer. Los enterradores no se atrevieron a apartarlo. Adiós, padre. Levantó otro puño de tierra. Otro más. Otro más. Otro más. Lo hizo hasta que sus uñas quedaron lastimadas, llenas de tierra, sucias. Allí tampoco pudo llorar.

Añoró el velo de las viudas porque, al menos con él, todos lo hubiesen creído capaz.

Pasó días arrodillado frente al altar de la capilla de la casona de los Plantagenet, buscando dentro de sí las lágrimas, pero nunca las encontró. Acudió a él, sin embargo, una desesperación que se convirtió en odio y en culpa. Malditos sean los Plantagenet del barrio Lancaster, maldita sea Margaret d’Anjou por profanar los restos de Richard, el patriarca, maldito sea Henry, el heredero, pues en su nombre se cometió la traición. Malditos todos ustedes, maldita su estirpe, maldito el día que los vio nacer, Dios Todopoderoso, te ruego que no los dejes marcharse sin pagar por sus pecados.

No acudió la tristeza, pero pudo conjurar a sus demonios. Apareció entre el humo y las risas burlonas. «Bruja», dijo, «podrás vengarlo». Jeanne d’Arc se rió. «Podrás cobrarle al mundo tu odio, porque eres bruja. Te quemarán en la estaca, bruja… ¿Quieres saber tu destino?». Richard no respondió, pero ella le levantó el fleco que ocultaba al ojo del demonio, rojo como la sangre que brotó de la carótida de su padre. «Serás rey y te coronarán en oro y plata ante el altar del señor», murmuró y su voz sonó como las campanas de la iglesia. «Serás reina, Richard, y te adorarán en el altar del señor».

Richard la encaró con el ojo del demonio, de la bruja, del hombre que no era, de la mujer que negaba. No dijo nada.

«La venganza será tan dulce como amarga, bruja».

Jeanne d’Arc volvió a reírse y la carcajada inundó la capilla.

«¿Ya sabes quién eres, Richard Plantagenet?»

Serás rey coronado en oro y plata. Serás reina adorada ante el altar del señor.

Al final, cae de rodillas frente al altar de la dolorosa en la iglesia de su barrio. Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros los pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Nuestra señora de las Angustias le devolvió la mirada triste. Ella lloró por su hijo y él, meses después, por fin es capaz de llorar por su padre. Derrama las lágrimas que le debe al hombre que le entregó el destino incierto con el que ahora carga, al hombre que vio la maldición que se escondía entre sus piernas, lo levantó en sus brazos con una sonrisa y lo hizo hombre.

«Se llamará Richard», dijo, y Richard llora por él.


santa María, madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte

ave maría


Es el padre Henry quien lo encuentra recargado frente al altar de la dolorosa, con su manto púrpura, sus lágrimas, y sus angustias. Nuestra Señora de los Dolores, que estuviste presente en el calvario de Nuestro Señor Jesucristo, permanece también presente en nuestros calvarios.

—¿Richard? —llama, tocándolo en el hombro.

Henry ve las sombras de las lágrimas y comprende la tristeza en el rostro de Richard. No hace preguntas, porque siempre ha temido las respuestas. Por eso huyó hace tanto tiempo del hogar que su madre lo había obligado a formar, en el que su esposa lo había mantenido preso por años. Recuerda las largas noches cuando ella lo acorralaba en el lecho y, con una sonrisa a medias, le recordaba que era su deber procrear un heredero para los Plantagenet del barrio Lancaster, para seguir con aquella pelea inútil, aquel derramamiento de sangre sinsentido. En aquella iglesia nadie reconoce su rostro, su traición, la manera en la que tantos años atrás se arrodilló ante su rival, el patriarca de York e intentó entregar el poder para que acabara la sangre, y las lágrimas dejaran de correr río abajo. Pronto serían un pueblo de viudas y huérfanos, de abandonos, de funerales, de velos negros, de novenarios a las cinco de la tarde.

Al principio, Richard no lo reconoce e intenta zafarse de él. Pero Henry ve sus lágrimas y las odia, desea arrancárselas, eliminar todo su dolor y sufrimiento. Hace lo único que puede en aquel momento: toma entre sus manos el rostro sufriente de Richard y posa sus labios sobre su frente. De entre sus dedos se escapa toda la ternura que Henry tiene para el mundo, en sus labios se esconde el consuelo de las madres, la risa de los niños, la fuerza con la que Richard Plantagenet miró a su hijo menor y lo volvió un hombre.

Richard cae en sus brazos y Herny lo acuna como María la Piedad acunó a su hijo, Jesús.

Quédate conmigo, suplica, y erradicaré tus angustias.

Richard duerme tres días en la casa parroquial y cada noche su mano aferra la camisa del Padre Henry como un niño perdido busca un ancla en mar abierto y cada noche le pregunta: qué harías, si no fuera tu destino la llamada de Dios. Y Henry sonríe y responde: sería un pastor. Lo demás se lo guarda. Si no tuviera un destino tan grande, tan vasto, tan sangriento, Henry Plantagenet desearía ser un pastor. Se conforma con esconderse en aquella parroquia en la que puede negar su apellido, su ascendencia, su identidad, en la que puede acunar a Richard entre sus brazos sin preguntarle lo qué ocurrió, quién es y de dónde viene. Todo eso no importa demasiado.

El padre Henry acuna a Richard entre sus brazos tres noches y lo consuela. Besa su frente y limpia con las yemas de sus dedos las lágrimas que ambos pretenden imaginarias.

—Ave María Purísima —llama, en la oscuridad de la noche en la casa parroquial—. Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros los pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

Richard sonríe, y su sonrisa es el mundo.

Henry piensa que podría conformarse con aquello. Aquel rostro que le es permitido acunar en sus manos, el nombre de pila de aquel joven a quien cree conocer desde el albor del tiempo. El infinito es tan vasto, Richard, y te encontré rezando en mi parroquia. No sabe nada sobre él. No quiere saber. Todos los hombres de aquel pueblo le deben lealtad a otros más poderosos, mejor armados. En el pueblo de los funerales, todos los hombres guardan sus corazones en jaulas de hierro mientras llevan sus armas en el cinto.

Podría conformarse con aquello. Ese cuerpo recostado junto al suyo, la sonrisa tímida, el ojo que lo mira con atención, el fleco que cubre media cara. Richard, ¿te quedarás siempre a mi lado?

No es sino hasta la última mañana que Henry lo encuentra de nuevo mirando a la dolorosa. Nuestra Señora de los Dolores, Nuestra Señora de las Angustias. Llora con nosotros nuestros calvarios.

—¿Richard?

—No sé si mi padre siempre fue un buen hombre —dice—, no sé si siempre fue justo con todos los que acudieron a su puerta. No sé si conservó la templanza. En mis sueños, mi padre llora y clama venganza. Al final, no sé si hubo espacio para la misericordia o la piedad. ¿Dios me perdonará la venganza, padre Henry?

—Dios perdona a los que se arrepienten.

—¿Y si no me arrepiento?

—Dios ama a todos sus hijos. Incluso a los que son desobedientes.

—¿Incluso a los que sus madres llamaron demonios cuando los arrancaron de sus vientres?

La mirada del padre Henry no lo juzga y, al verlo, el párroco piensa que en realidad Richard no está buscando ninguna absolución o perdón. Ya anda por el sendero de los hombres que son presas de su destino.

Y sin embargo.

—Sí, ama incluso a aquellos a los que sus madres llamaron demonios cuando fueron arrancados de sus vientres.

—¿Y tú, padre Henry?

—¿Es esto una confesión?

—Es una pregunta.

El padre Henry se acerca hasta él y toma entre sus manos su rostro. Los ojos de Richard se abren, sorprendidos.

—Los hombres de carne y hueso no son demonios. Dios nos entregó el libre albedrío, Richard, y es eso lo que nos hace tan terroríficos como santos. Capaces de la crueldad más terrible, de la tristeza más avasalladora, de la piedad y la misericordia. Es temible, sí, pero también es una muestra de amor. Dios nos ama, Richard; nos concedió libre albedrío.

Richard se marcha aquella mañana. No habrá de regresar pronto, intuye el padre Henry cuando lo ve salir de la parroquia. Antes de marcharse, lo abrazó como abrazan los soldados a sus esposas antes de marchar a la muerte. En aquel gesto, Henry intuyó una despedida y tan sólo pudo suplicar: vuelve a visitarme. Y la mirada de Richard respondió: perdóneme, padre, porque pecaré.


Richard Plantagenet conoce, de vista, a muchos de los hombres qué en vida le fueron leales a su padre. Ahora Richard Neville se inclina como un cuervo ansioso sobre el hombro de Edward, el heredero, dispuesto a convertirlo en el amo y señor de su barrio y el de los Lancaster, y muchos otros se postean a sus pies, aduladores. Un jovencito, sin embargo, permanece fuera de escena y es el único que nota la llegada de Ricard.

Apenas se aproxima a la pubertad y Richard tan solo lo conoce como el nieto de un tal Buckingham, un hombre que ha perseguido el poder toda su vida. Dicen que lo entregará a la iglesia, con la esperanza de hacerse del poder eclesiástico y ganarse el favor de los Planatagenet de York.

—Deberías ser tú —dice el joven, tan quedo qué nadie lo oye, recargado en la pared del patio central, lejos del barullo de los lamebotas y los aduladores que orbitan alrededor de Edward.

—¿Qué?

—Esa corona ficticia que están intentando ponerle a tu hermano. Debería ser tuya.

Tiene rostro determinado y Richard no duda que cree de verdad aquello que dice, pero aun es demasiado joven. ¿Cuántos años tiene? Doce, quizá trece. Habla con la presencia de los adolescentes que quieren invocar la sabiduría adulta que aún no poseen.

—Edward es el mayor —responde Richard.

—Su mirada es débil. Enamorada de la vida y los placeres. George también tiene esa mirada… ninguno de los dos ansía el poder por sí mismos; otros les han dicho que deben desearlo. —El nieto de Buckingham intenta aparentar una presencia más grande y seria, pero Richard solo piensa: aún es un niño que sabe y ha visto demasiado—. He visto la mirada de los hombres que ansían una corona, estoy rodeado de ellos, Richard Plantagenet. —Y entonces es audaz y lo jala del cuello de la camisa, para aproximar su rostro al suyo y, sin previo aviso, levanta el fleco de Richard para enfrentarse al ojo que esconde—. Está en tus ojos. Dirás ser leal a los tuyos, pero esa mirada no sabe mentir. Espérame. En unos años, te haré rey y señor de este pueblo condenado.

»Es una promesa de hombre. Entonces, haremos un juramento.

—Le soy fiel a mis hermanos, Buckingham.

Pero el niño —ahora no puede verlo como otra cosa, es tan sólo un niño caprichoso— se ríe con descaro y burla.

—No creo que esas sean las mentiras que te cuentes para poder dormir. Creo que dices la verdad, o lo intentas. Pero he visto tu alma. Esa silla en la cabecera, la posición del patriarca de los Plantagenet…, todo eso te pertenece. Lo haré tuyo.

Cuando se marche, Richard Plantagenet no será capaz de olvidarlo durante mucho tiempo porque las palabras se clavan en su corazón. «Todo eso te pertenece». Al escucharlo, algo tiembla, conmovido, dentro de él. Queda grabado en su alma de la misma manera que se graba la sonrisa del padre Henry o en la que guarda el beso de su padre en la frente. «Todo eso te pertenece».

«¿A ti, bruja y demonio?», pregunta Jeanne d’Arc y se ríe.

¿Quién en su posición se atreverá a soñar con tanto, entonces?

Aquella noche, Richard se quita las vendas frente al espejo, después de días de mantenerlas presionando sus pechos y sus costillas, y respira. Se mira por primera vez en años; no puede evitar el desprecio al cuerpo propio y traicionero, la marca de la mujer que niega, los resabios del hombre que pretende ser. No puede evitar el odio ni el miedo. Hubiera sido una existencia más fácil, quizá, si Richard Plantagenet, el patriarca, lo hubiera declarado su hija, mas no fue aquel su destino. Una existencia más tranquila, con menos sobresaltos. Richard se descubre pensando en ella y teme desearla; añorar a la mujer que se esconde en el abismo de su ser. ¿Habría sido más sencillo no tener que elegir? Hombre o mujer o nada o todo.

¿Supo el padre Henry qué le estaba preguntando cuando se confesó demonio? ¿Sabe Buckingham a que criatura le ha ofrecido el trono?

«Somos iguales, tú y yo», musita en su oído la aparición de Jeanne d’Arc y lo abraza por la espalda. «¿Acaso no te atreverás a soñar con un destino tan grande como el que me atreví a conjurar? Eso somos las brujas, Richard Plantagenet, hacedoras de nuestro destino. Con sangre y lágrimas, no lo olvides».


El pueblo se sume en una guerra sangrienta y los dos barrios esperan. La primera vez que Richard dispara contra otro hombre y ve su cuerpo caer, hace la señal de la cruz y no siente nada más que un vacío en su pecho.

Los días se vuelven semanas y las semanas meses y los meses casi un año. La noche que atacan el hogar de los Plantagenet del barrio de York y se llevan a Edward entre gritos y confusión, un hombre entra a la habitación de Richard dispuesto a terminar con él. Levanta un machete y Richard, desnudo, lejos de las pistolas que carga al cinto, se lanza contra él en un último recurso desesperado. Su atacante lo mira por primera vez y en su rostro aparece la lujuria. «Una mujer», dice, «¿te ha dejado sola el hijo del patrón, preciosa?». Richard contiene el asco ante la lascivia de las manos que intentan alcanzarlo. El hombre suelta el machete y Richard ataca como una bestia feral. Ha oído lo que los hombres sin honor hacen con las mujeres y sabe, que, a ojos de bestias humanas como aquellas, él no es muy diferente. Sabe que las arrastran de los pies si no cooperan, sabe cómo las despojan de la ropa, sabe cómo se ríen cuando ellas, entre lágrimas, suplican que se detengan.

Y así, como la mujer que niega ser, ataca, bestia feral a la que nadie ha enseñado a ser. Escapa usando un velo negro de iglesia, un viejo vestido de su hermana que consigue robarse. La falta de vendas lo hace sentir desnuda. Desnudo. Despojada. Solo. Nunca ha sabido ser una mujer. Nadie se lo enseñó, nunca quiso aprender. Consideró aquel cuerpo que lo es todo y nada una traición y pretendió olvidarla.

La primera vez que sangró, lloró de rabia.

Catesby, el chico de los establos, dijo: «lo arreglaremos» y le dio una infusión de yerbas que supo asquerosa en la que Richard ahogó toda la rabia de todo lo que no supo ser. Catesby aprendió a vendarlo, a mirar y pretender no ver; Richard nunca aprendió a ser una mujer. Eva fue tentada por la serpiente y con ella arrastró a Adán y Dios la condenó a parir con dolor a toda su descendencia y Adán aprendió del placer a su lado, en la marca del pecado, arrodillado entre sus muslos. Y Lilith fue también mujer condenada por su desobediencia. Y fue mujer Jezebel y conoció los placeres carnales y se deleitó en ellos. Por qué cargo en este cuerpo la marca de la desobediencia y el pecado y las tentaciones, señor.

Por qué soy todo y soy nada. Por qué me hiciste mujer, por qué me hiciste hombre, por qué bruja, por qué demonio.

Huyó entonces, la noche que Margaret d’Anjou, loca de poder, demonio desobediente, quiso que postraran a sus pies al heredero del patriarca de York. Pero los hombres son hombres y, para celebrar el triunfo, llevaron a la casa de los Lancaster a las mujeres del barrio rojo y ellas sonrieron a cambio de dinero y se tragaron el asco que les causaban los matones por unos pocos billetes y Richard se coló entre ellas y, con una sonrisa falsa preguntó si acaso no querrían darle un último placer a su prisionero antes de matarlo.

Fueron tan estúpidos —tan hombres, tan cegados—, que la dejaron pasar.

—¿Quién eres?

Edward no la reconoció, ni siquiera cuando Richard se puso a horcajadas sobre él, porque los lacayos de Margaret d’Anjou estaban mirando. No lo reconoció hasta que se quitó el velo y dejó de pretender ser una de las chicas del barrio rojo y se subió la falda, enseñándole las dagas de las piernas.

—Mi señor —dice—, he venido a salvarlo.

Edward pone las manos en sus muslos, pretende le gusta lo que ve.

—Eres una visión de Dios. —Y, con una sonrisa, toma ambas dagas entre sus manos—. Dios te salve, Richard.

Tiempo después, Edward contaría la historia de la noche que su hermano menor se vistió de mujer y se rellenó el pecho para salvarle la vida y lo considerará un héroe. Nadie le preguntara a Richard su versión, creyendo que conocen la verdad y él agradecerá aquel silencio. No sería capaz de hablar de la repugnancia de otras manos sobre su cuerpo, del odio a esos pechos sin vendas, del desagrado a sí mismo, de la incomodidad, de ese ser objeto en el que se convirtió a punta de lealtad y desesperación.

Por supuesto, nadie sabrá que, al volver a casa, Richard llamará al chico de los establos con premura y llorará en su hombro, lleno de rabia y odio. Y Catesby, como siempre, pretenderá no ver, y cubrirá el pecho del hombre al que le es leal con las vendas, hasta que Richard sea capaz de mirarse al espejo. Aquella noche entierra a la mujer que rescató a su hermano mayor en lo profundo de su ser; le negará amor y comprensión y se lo negará a sí mismo, porque recordará las manos de la lujuria y su propio miedo en la garganta.

Nadie sabrá que un hombre llamará a la puerta de la casa parroquial a altas horas de la madrugada y, cuando el padre responda a la puerta, nadie lo verá caer en sus brazos. Ni un alma escuchará su súplica y sólo el padre Henry será testigo de su vulnerabilidad.

—Sostenme, padre.

«Mírame, he vuelto, pecador, a tus pies».

Esa última noche será larga. El padre Henry lo besará en la frente y lo acunará en su pecho hasta que duerma; será aquella la última vez que se mirarán a los ojos con un velo de inocencia.


si vivimos, para el Señor vivimos; y, si morimos, para el Señor morimos. así pues, sea que vivamos o que muramos, del Señor somos.

romanos 14:8


Catalina Capeto dio a luz a un niño que habría de crecer entre víboras, huérfano y abandonado, heredero único de un padre al que no hubo de conocer. Creció entre los amantes de su madre, los gemidos de su placer, ese «mira, Henry, así habrás de aprender a complacer a tu futura esposa». Aprendió a despreciar al cuerpo que lo dio a luz, a los pechos que lo alimentaron y la sonrisa lasciva de su madre que nunca le permitió huir. Aprendió a temer a las mujeres como Catalina Capeto y a la familia misma. Para enseñarlo a ser un digno heredero, su madre decidió que habría de sufrir su mano dura; arrodillado, lo hizo extender las manos y lo obligó a contar los golpes; Henry Plantagenet se tragó todo el dolor como un mártir, así que ella llevó a los chicos de los establos a los que Henry les sonreía, los despojó de sus camisas y golpeó sus espaldas hasta que sangraron, y Henry suplicó piedad por ellos.

La noche de su boda, lo arrastraron a la capilla a punta de pistola y él, entre lágrimas, repitió los votos. Nunca quiso a Margaret d’Anjou. Nunca pudo. Al verla recostada en su lecho de bodas sólo pudo pensar en los gemidos de su madre y en sus amantes y en las cortinas del lecho abriéndose para revelar a una Catalina Capeto borracha de placer que le dijo, una y otra vez: «mira bien, Henry, así habrás de complacer a tu futura esposa». Desde aquel momento, supo que estaría condenado a temer y odiar aquellos cuerpos.

Sabe que tiene un hijo. Que es suyo, de su sangre, condenado a la existencia miserable del mundo, de los muertos y de la guerra familiar en el pueblo que ya nadie recuerda por qué empezó la disputa.

Margaret d’Anjou llegó a decirle al oído: «te amarraré a la cama y te montaré hasta que desfallezcas y pierdas la cordura, pero me darás un heredero». Él suplicó piedad entre lágrimas y nadie lo escuchó mientras ella recorría con sus manos su cuerpo. Margaret d’Anjou dio a luz a un amasijo de carne y vísceras al que llamó Edward cuando Henry tenía apenas dieciséis años. Oyó al niño llorar durante la noche, aterrorizado de haber sido traído al mundo, arrancado del vientre de su madre, y no pudo soportarlo. Huyó a la mañana siguiente y, durante años, se escondió en el seminario.

Tomó los votos. Pobreza, obediencia, castidad. Le pareció lo más sensato. Cuando lo asignaron a una vieja parroquia, suplicó que fuera en el barrio de los York, allí donde vivían los enemigos de su clan y su familia no lo buscaría. Allí, joven y solo, en la paz de su propia iglesia, se arrodilló ante el señor.

«Perdona a todos aquellos que derraman sangre en mi nombre aún. Detén la disputa sin sentido, mi Señor, te lo ruego».

La primera vez que Richard entró por la puerta de su modesta iglesia, habían pasado dieciocho años desde su boda. Unos dieciséis desde que había huido de la casa grande del barrio Lancaster. Había abandonado el nombre que otros todavía usaban para justificar los balazos y los cadáveres que regaban, había abandonado a una esposa, un hijo, una madre. Nunca miró atrás. «Perdónalos, mi Señor, por los pecados que han cometido. Perdóname, Señor, por no detenerlos. Perdóname, Señor, por todo aquello de lo que no puedo arrepentirme».

Ahora que tiene a Richard entre sus brazos y la noche es larga, se permite admirar su rostro, sus rasgos y pensar todo lo que hubiera sido si no se llamara Henry Plantagenet, si no hubiera nacido en el corazón de disputas familiares, si no lo hubieran sacado llorando del vientre de Catalina  Capeto, si ella no hubiera puesto sobre él toda su sed de sangre y sus ambiciones de poder, si no lo hubieran entregado a los quince años a Margaret d’Anjou. Era su único refugio aquella parroquia, lo había entregado todo al seminario esperando el perdón del señor. Obediencia, pobreza, castidad. Tuvo sentido, en aquel entonces, cuando Richard no estuvo entre sus brazos.

Si fuéramos otros, tú y yo, ¿me hubiera sido permitido amarte?

Tuvo sueños en los que le fue permitido ser un pastor y pudo recostarse, por la noche, a ver las estrellas, tirado en la hierba. Desearía tener a Richard a su lado en aquella ensoñación, apretarlo contra sí, acunar su rostro entre sus manos, como lo tiene ahora, recargado contra su hombro.

«Siempre seré tu amigo, Richard», piensa; «aun si no puedo ser nada más».

En otra vida, Henry podrá dedicarse a cuidar ovejas y Richard podrá esperarlo en el porche de una granja alejada de todos. La existencia será tranquila, incluso un poco nostálgica y no habrá necesidad de lágrimas ni refugios, ni habrá tragedias. Los días transcurrirán sin sobresaltos ni sorpresas desagradables y las pequeñas disputas del día a día tendrán que ver con los quehaceres domésticos. Henry no guardará terribles secretos y Richard no cargará con él la mirada de un hombre que ha probado la sangre por voluntad.

Henry toma una de las manos de Richard y besa su dorso preguntándose si ya se ha acostumbrado al peso de los rifles y las pistolas.

—Rezaré para que Dios perdone todos tus pecados —promete.

Richard sonríe tristemente y abre los ojos. Se revela despierto; en su semblante, Henry ve la zozobra, y en sus ojos se asoma el miedo primigenio de los niños .

—No vale tanto mi alma, padre Henry. —Hay una tristeza resignada en su mirada—. No necesita preocuparse por mí.

Henry no puede soportar aquella desolación tan calma, justo en el precipicio de la resignación. Le duele en el corazón, porque es Richard, porque se hincó a rezar con él, porque ha visto su sonrisa tímida.

—No hay alma que no valga la pena.

Y sabe por qué lo dice, todo el sufrimiento qué lo ha conducido a esa ternura misericordiosa. Rezará por el alma de los condenados hasta dejarse las rodillas en carne viva, rezará por el alma de Richard hasta quedarse sin voz.

—No soy un buen hombre, padre Henry.

—¿Te confesarás ante mí?

—No temo que mi propia madre me llame demonio —dice Richard—, no temo qué el mundo me condene. —Toma una de las manos de Henry entre las suyas y la aprieta; su tacto es inusualmente frío, como el de los hombres condenados a muerte—. Pero temo no conservar tu amor; permíteme temer un poco. Yo me arreglaré con Dios.

—Dios ama a todos sus hijos.

Lo dice no como aseveración, sino como un mantra.

—Mi madre solía decir que yo era un hijo de Satanás.

Qué mujer tan cruel, piensa el padre Henry, qué triste existencia. Quiere llevarse a Richard a lo más profundo del bosque, allí donde nadie lo llame hijo del demonio, donde pueda cuidarlo y quererlo, acunarlo entre sus brazos y rezar por él. Allí donde sus almas puedan permanecer puras, y no sean obligados a seguir la senda del destino. Richard tiene los ojos de un hombre que lleva a su espalda un pasado que no puede abandonar.

—Si Dios me acepta como uno de los suyos o no… No creo que me importe, padre Henry. ¿Es sacrílego decir eso en el hogar de Nuestro Señor?

Sospecha que Richard espera que lo sea, aunque sea porque aferrarse a la herejía también es un consuelo en sí mismo.

—Otros dirían que sí.

—¿Usted, padre? —Richard lo mira a los ojos profundamente; Henry lo considera capaz de atisbar su alma.

Incluso si fueras un hereje, incluso si me ordenasen condenarte a la hoguera del olvido eterno, no podría. Nunca me he permitido amar a nadie, Richard; deberás concederme esta indulgencia.

—Todos los hombres tienen sus razones, Richard —responde, críptico—, y los caminos del señor son misteriosos. No me atrevo a juzgar sus designios.

Te amaré, Henry, si Dios me lo permite.


Si a Richard le preguntaran qué evoca en él la palabra hogar, respondería, sin dudarlo ni un segundo: el padre Henry, sus ojos, su voz. Es aquello lo más cerca que ha estado de tener un refugio. En la casa grande del barrio de York, con su sucesión de patios y habitaciones, caminar siempre es arriesgarse a explotar una mina olvidada. Nada de eso es el padre Henry. Richard quisiera hacer de sus brazos la única casa a la que valiera la pena regresar, ese lugar al que llamar hogar, refugio, el todo y la nada. Quizá podría desparecer allí mismo, morir y revivir en sus brazos.

No busca la confesión, ni el perdón, ni el arrepentimiento. Ha matado a más hombres de los que puede contar; matará a muchos más cuando vuelva la mañana y aquella tregua que se ha impuesto termine. Aún recuerda cómo lo miraron los hombres cuando fue ella. Se sintió expuesta y vulnerable; entendió lo que significaba no ser Richard Plantagenet y por primera vez pensó que su padre había tomado una decisión por él para ahorrarle desengaños y sufrimientos. Todos los hombres descubren lo que es el miedo cuando se enfrentan a la existencia de sus hijas y han de entregarlas para que otros se las coman vivas y escupan sus huesos sin apenas haberlas degustado. Quizá el patriarca quiso salvarla y, para hacerlo, la condenó al olvido.

Alza la vista después de un largo rato y se enfrenta a los ojos del padre Henry: son claros, sorprendidos e inocentes; no están hechos para la guerra ni para la crueldad. Son los ojos con los que Jesús, el hijo del carpintero, se acercó a sus apóstoles y lavó sus pies con manos llenas de ternura, sabiendo ya que sería traicionado; son los ojos amables que recibieron el beso de Judas como una muestra de cariño, aun si chorreaban ya sus labios el sabor de la muerte. Es aquella la mirada con la que Jesús crucificado, el hijo del carpintero, alzó la vista al cielo sobre Gólgota y, ante el aroma a la madera fresca, pensó: huele a casa.

Richard acerca sus manos al rostro de Henry y toca las patas de gallos que empiezan a asomarse en sus sienes y parecen invisibles ante la expresión juvenil del padre, aun cuando Richard sospecha que está bien asentado en la treintena. Cuando sus dedos se acercan a las comisuras de los labios del padre Henry, Richard se asume egoísta. Oh, Dios mío, perdóname, este es un hombre que me dobla la edad. Y él apenas se acerca a la veintena. Pero sus brazos son un hogar y Richard no quiere dejarlo huir nunca. Dios mío, perdóname por ser el demonio que busca corromper a tu siervo.

—Henry —dice, en voz baja—. ¿Has besado a alguien?

La única luz de la habitación de la casa parroquial es la proveniente de una lámpara de aceite. Están entre las penumbras. Los dedos de Richard recorren los labios del padre Henry, que tiemblan bajo la ternura de su toque.

—No —responde Henry Plantagenet.

—Padre Henry —empieza Richard, acercándose un poco más a él, hasta que casi puede sentir su respiración—, ¿me perdonará Dios si te beso?

El tiempo se detiene justo allí. Los segunderos de los relojes dejan de correr, el aire deja de soplar e incluso las llamas de las velas y las lámparas deja de titilar. Nada se mueve, nada suena. Richard se asoma a los ojos de Henry y lo que allí encuentra le parece tan insondable como la mirada misericordiosa del hijo de Dios en la cruz; lo que allí encuentra es tan vasto como el infinito del agua del mar que nunca ha visto y la profundidad de las estrellas en el firmamento que contempla las noches de luna llena. Si fuera sincero consigo mismo, admitiría que aquella mirada hace que le tiemblen las piernas y desee arrodillarse para rezar como el hijo más pecador de Dios. Pero Richard no es un hombre honesto. Es el demonio que ansía tener el mundo en sus manos, y el mundo es aquel hombre que le devuelve la mirada, anhelante, inocente, amado.

—Dios perdona a todos sus hijos, Richard —murmura el padre Henry, rompiendo el silencio.

Richard lo besa con el mismo anhelo con el que Eva mordió la manzana para hacerse del conocimiento de lo prohibido; busca en los labios de Henry las respuestas a todas las preguntas del mundo. Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino. Perdóname, mi Señor, por corromper a tu más puro hijo, por ansiar quedarme con su inocencia. ¿Me perdonarás, señor, por hacer de sus brazos mi hogar? Henry besa con cautela, casi con miedo; es Richard quien guía sus labios con cuidado, aun si él mismo carece de experiencia. Perdónanos, Dios mío, por nuestros pecados. Perdóname por desearlo. Perdónalo por desobedecer sus votos. Richard lo besa con la desesperación más profunda del mundo.

Si he de pagar la condena, señor, lo haré gustoso.

Hubo un tiempo en el que Lucifer amó tanto a Dios que quiso saber todas las respuestas, ansío quedarse para sí mismo la melodía del mundo y todas las cosas. Tuvo el coraje de querer saberlo todo y eligió saltar. Sacrificó la divinidad de Dios y se volvió demonio, tentó a la humanidad porque la amó también, pero no fue capaz sino del Mal que había elegido. Satanás, Belial, Belcebú, no importa si me bautizas demonio, Padre. No sé si hoy tu hijo, tu hija, tu descendencia. No importa, piensa Richard, mientras el padre Henry me acune entre sus brazos; sé que en sus labios existe esa melodía, la canción de todas las cosas, la que suena en el viento cuando los bebés rompen en llanto por primera vez, la que ronda entre las calles cuando las mujeres gimen de placer, cuando los niños ríen de alegría y los ancianos lloran por los hijos que han de recorrer el mundo. Todo el conocimiento prohibido del mundo existió en la manzana del jardín del Edén y en aquel beso.

Cuando se separan, Richard observa las lágrimas que bajan por las mejillas del padre Henry y las limpia con la yema de sus dedos.

—Ven, rezaré contigo.

Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, hágase tu voluntad tanto en la tierra como en el cielo. Padre, si me escuchas, concédeme el amor que me ha sido negado.


La mañana entra perezosa por los ventanales de la casa parroquial y Richard se encuentra solo. En algún punto del amanecer, Henry se desprendió de sus brazos y se marchó. Imagina que lo encontrará en la parroquia, preparando todo para la misa de ocho. Es allí a donde se dirige y, cuando no lo encuentra frente al altar, imagina que estará en la sacristía; elige no molestarlo y se sienta en una de las bancas. Jesucristo le devuelve la mirada. ¿Me perdonarás, señor? Hace la señar de la cruz. In nomine patris et filii et spiritus sancti. Concédeme tu bendición, Padre Nuestro, aunque no me la merezca, aunque no me importe, aunque la niegue, aunque me llamen demonio.

Pero Dios, en su infinita sabiduría, nunca responde. Permanece en silencio en lo alto, mientras los cadáveres caen y los hombres que rezan por la mañana atormentan doncellas por la tarde, mientras el barrio de York y el de Lancaster dejan un reguero de sangre por las baldosas de piedra, ríos carmesíes que chorrean desde el quiosco del pueblo y van por todos sus canales hasta mezclarse con el agua del río.

Las puertas se abren en un estruendo y, cuando Richard voltea, se encuentra cara a cara con sus hermanos mayores. Edward y George. Son tan diferentes. Altos, rubios, imponentes, la fiel imagen del patriarca. Por la expresión sombría de sus rostros comprende que algo ha sucedido y lo primero que pasa por su mente es que han ido a buscarlo.

—¿Qué haces aquí? —pregunta Edward, el mayor, el rey sin corona, el patriarca al que se han apresurado a desear coronar.

Es de temple apacible, fácilmente manipulable, enamorado de la belleza, los banquetes y los lujos. Richard lo ha observado toda su vida con la frialdad de quien comprende que Edward necesitará siempre protección de sí mismo.

Pero también, aquella pregunta.

—¿A qué has venido aquí? —pregunta George, el segundo.

Lujurioso, casado ya con la hija mayor de Neville, el aliado más cercano de su padre. Dicen las malas lenguas que, por su casa, a unos metros de la Casa Grande, pasan amantes que él y su esposa reciben en sus aposentos privados. A veces juntos, a veces separados. Hedonista, amante del arte y los placeres carnales.

No han ido a buscarlo a él.

Entonces.

El padre Henry sale de la sacristía. Va vestido de verde, listo para la misa de ocho. Richard piensa, al verlo, que podría creer si fuera el padre Henry el que le ofreciera la bendición de Dios, la carne y la sangre de cristo, la ostia, la comunión, la vida eterna. Lo abrazaría todo, si Henry se quedara entre sus brazos.

Todo sucede muy rápido y muy lento. En los años futuros, Richard no recordará los detalles exactos, ni quien levantó la pistola primero, si Edward o George. Lo cierto es que ambos apuntan con precisión y Richard recordará los cañones que le dieron la bienvenida al padre Henry, el adiós a la inocencia.

—¿Henry? —pregunta.

El padre Henry alza las manos.

—Supongo que nada puede ser para siempre —murmura y baja, uno a uno, los escalones del altar.

—Creímos que seríamos los primeros en encontrarte —dice George.

—Pero resulta que Richard se nos adelantó. Felicidades —Edward le dedica una sonrisa tan sincera que incluso le parece una mala broma.

—¿Richard? —pregunta el padre Henry; por sus ojos pasa una sombra de inocencia e ingenuidad.

—Richard Plantagenet. El hijo menor del patriarca Richard, dueño del barrio de York. —George se ríe. Años más tarde, aquella carcajada será material de leyendas—. Leal como un perro, la historia recordará sus hazañas.

Richard lo ignora. Voltea a ver al padre Henry y, en su mirada consternada, entiende que algo anda muy mal.

—¿Henry…?

Lo ve ponerse de rodillas, con las manos alzadas al cielo.

—¿Quién eres? —pregunta Richard. Ya sabe la verdad y quiere negarla el mayor tiempo posible.

—Oímos una historia curiosa —sigue George, siempre el más hablador de sus dos hermanos mayores—, sobre cómo Margaret d’Anjou se las había arreglado para convencer a un montón de mandamases que su esposo estaba gravemente enfermo y ella se encargaría de todos los negocios y asuntos en su nombre. Alguien nos contó que era mentira, que el esposo era tan sólo un muchacho que había huido, dejando tras él un mar de sangre derramada. Curioso, ¿no? Una lástima que nadie buscó el último lugar en el que se escondería un heredero de los Lancaster. Nuestros barrios.

—Henry, ¿quién eres? —repite Richard.

El padre Henry lo mira a los ojos una última vez, antes de que la verdad caiga. Es una mirada hermosa; los ojos suplicantes de Jesús al arrastrar la cruz y mirar a su madre, a María Magdalena; los ojos con los que posó la cruz al pie del lugar que sería su último destino. La mirada del calvario, el principio y el fin.

—Me llamo Henry Plantagenet —responde con el tono fatalista de los condenados a muerte, y sus ojos se llenan de lágrimas—; heredero del barrio Lancaster. Es verdad. Si me llevan, ganarán la guerra. Todo esto acabará. Si todos han muerto en mi nombre… Responderé por ello ante Dios.

Allí, de rodillas, se entrega. Se va en silencio y no forcejea cuando atan sus manos y cubren su cabeza con un saco. Richard lo observa, sin moverse. Henry Plantagenet. En su nombre mataron a su padre. En su nombre Margaret d’Anjou torturó y mutiló al patriarca hasta que nadie pudo reconocer el cadáver. En su nombre. En su nombre. En su nombre. Henry Plantagenet. Más tardé, sólo recordará la última mirada apacible y triste que le dirigió. «Dios perdona a todos sus hijos».

¿A ti y a mí, Henry Plantagenet, nos perdonará?


Edward Plantagenet se roba a una mujer en el barrio de Lancaster una noche y se casa con ella en una iglesia a las afueras del pueblo, con su suegra como testigo y nada más. La nueva señora de la Casa Grande se llama Elizabeth Woodville, tiene dos hijos y es viuda. Richard mató a su primer marido y no recuerda su cara, ni su porte, ni nada. Tan sólo el nombre: Woodville. Edward se enamora de ella y pierde el norte, cumple todos los caprichos que la mujer le pide. Es lo que pasa, dicen todos, cuando uno se roba a una mujer bajo la protección de la noche.

Neville, su mejor aliado, se marcha una noche con su hija menor, la soltera, Anne, y la casa con el heredero de los Lancaster, un tal Edward. Son dos jovencitos. Por aquel entonces, apenas si tienen quince o dieciséis años. Así firma la alianza con los Lancaster y se convierte en el traidor de los York. Los días pasan y las historias corren. La sangre que se derrama ahora se firma en bodas clandestinas.

Henry Plantagenet languidece en un cuarto sin ventanas a un lado de la capilla de la Casa Grande de los York. Richard no se atreve a confrontarlo, a mirarlo a los ojos y pedirle una explicación. Preguntarle si siempre supo quién era, si intentó engañarlo o si fue sincero y aquella última noche que durmieron juntos fue real. Nunca tuvo tiempo de pedirle su amor y ahora teme que nunca lo tendrá.

Cuando se mira al espejo, el chico de los establos desvía la mirada. Catesby ya no es un muchacho, pero Richard aun piensa en él tan sólo como «el chico de los establos», que es ahora un hombre de hombros anchos y mirada tímida. No habla más de lo que debe, no pregunta más de lo que debe. Ha pasado de llamarlo «señorito» a llamarlo «señor» cuando lo venda con cuidado y así es como Richard se da cuenta que los sueños de su niñez y las ilusiones de su juventud han quedado abandonados; nunca volverán. El único que permanece a su lado es Catesby, siempre leal, el joven al que su padre llevó de la mano hasta Richard y le dijo: «cuídalo bien».

Margaret d’Anjou se obsesiona con recuperar al marido que no ha visto en más de una década, al hombre que la abandonó para entregarse a Dios y al seminario. Richard entiende por qué cuando escucha que los hombres poderosos del barrio de York no la toman en serio ahora que saben que los engañó. La llaman bruja, traicionera, mujer. Al final, es destino. Bruja, traicionera, mujer. «Sigue la hoguera», murmura Jeanne d’Arc en el oído de Richard. «Las llamas te envuelven y el humo te ciega».

Todo ocurre. Nada pasa. Los meses se suceden unos a otros sin sentido.

Henry Plantagenet sigue encerrado y Richard lo escucha rezar del otro lado de la puerta, sin atreverse nunca a cruzarla.

Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre; hágase tu voluntad tanto en la tierra como en el cielo. Tiene una voz dulce, vulnerable. «Dios perdona a todos sus hijos», dijo aquella noche, y Richard creyó que sólo les estaba ofreciendo la absolución por el pecado que habrían de cometer. No escuchó a tiempo la esperanza ni la súplica. Dios perdona a todos sus hijos. Henry Plantagenet, ¿cuántos pecados ansías que Dios te perdone?

Los meses pasan y se convierten en prácticamente un año. Richard nunca se atreve a acudir hasta el prisionero de la Casa Grande. No se atreve a hacer preguntas. El tiempo pasa. La guerra sigue. La sangre corre. Ríos carmesíes lloran desde Gólgota.

Margaret d’Anjou muere perforada por las balas una tarde de verano, suplicando, escupiendo sangre y aullando de dolor. Muere como murió el patriarca y los tres Plantagenet la observan morir. Richard no siente nada. Ni dolor, ni satisfacción, ni misericordia. La mujer de sus pesadillas muere como mueren las brujas condenadas, en medio de la desgracia, sin ninguna piedad; a Richard le parece un espectáculo triste, pero es incapaz de sentirse movido por tanta desolación.

No reacciona hasta que un muchacho corre hasta ella y grita «¡madre!» en un aullido de dolor ininteligible. Ya está herido cuando cae de rodillas ante Margaret d’Anjou, ya muerta y, por la manera en que la sangre mancha su ropa, ninguna ambulancia y ningún milagro podrán salvarlo. Se llama Edward, como su hermano. Se parece a Henry. Tiene cierta hermosura etérea, a pesar de su juventud.

Richard siente lástima y se aproxima hasta él; no lo conoce, nunca se han visto. Pero sus ojos son iguales a los de Henry y en sus gestos tiene algo que lo hace recordar con desesperación al hombre que añora tener en sus brazos.

—Edward —llama.

Carga la pistola y apunta.

—Puedo terminar con todo —dice, con la voz amable; se convierte en el ángel de la muerte, vestido de negro. Richard Plantagenet osa hacer el trabajo de Dios—, si quieres.

Nadie sabe lo que piensa aquel muchacho moribundo al alzar sus ojos hasta Richard y a la pistola que apunta a su sien. Es muy joven, no ha cumplido ni la veintena. Sus ojos están llenos de lágrimas y llora por una madre que otros sólo conocieron como un monstruo. Es un muchacho hermoso incluso ante la puerta de la muerte, con ojos amables, comprensivos, dolidos. En ellos, Richard alcanza a ver un dolor que comprende muy bien. Quizá por eso mueve el cañón de la pistola y deja de apuntar a su frente para apuntar a su pecho, allí donde late el corazón. Está dispuesto a concederle aquella piedad: la de ser hermoso incluso en la muerte.

Edward Plantagenet, el último heredero del barrio Lancaster, un muchacho al que casaron a escondidas en una iglesia para cimentar una traición, observa al ángel de la muerte ante él y suplica:

—Por favor.

Richard dispara y después se hace el silencio. El muchacho cae muerto sobre su madre y todo termina. Ya no quedan Plantagenets de la otra rama; el último languidece encerrado desde hace meses en un cuarto sin luz ni ventanas. Así termina la guerra. No hay vítores ni festejos, tan sólo un atronador silencio.

Henry, ¿me perdonará Dios haber matado a tu hijo?


no os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana; pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar.

corintios 10:13


Si alguien ha de terminar con Henry Plantagenet, deciden Edward y George, debe ser el hombre que lo encontró. Richard sabe bien que en realidad la muerte del ángel cruel y ejecutor que ocurre a sangre fría no es lo suyo; los ha visto aguantar el vómito y el horror en los años que llevan peleando aquella absurda guerra territorial. Entonces, disfrazan de honor el trabajo que no quieren hacer y se lo dejan al hermano menor, leal como un perro, como lo llaman, a quien han visto disparar sin piedad alguna, sin cambiar la expresión, sin inmutarse. Les parece un verdugo adecuado y en quien pueden confiar. Richard tan sólo pide que le concedan un último deseo a Henry, después de meses de encierro: volver a su parroquia.

Los hermanos mayores, Edward y George, creyéndose en exceso benevolentes, lo encierran en la parroquia en la que tanto tiempo dictó misa sin que nadie lo descubriera.

Está arrodillado cuando Richard entra en la iglesia, cubierto de pies a cabeza con un abrigo y un revolver en la mano. Es la primera vez que lo ve en más de un año y no puede decidir si quiere matarlo, por toda la crueldad que cayó del cielo en su nombre, o quiere suplicarle perdón y tomarlo entre sus brazos y suplicar que lo ame.

—He venido a confesarme, padre —dice, rompiendo el silencio. Henry mueve la cabeza, buscándolo con la mirada y Richard contiene las lágrimas cuando observa su mirada perdida, con el brillo extinguido. Los meses de cautiverio le quitaron la lucidez—. Ave María Purísima.

Teme que Henry no le responda, que el cautiverio y el aislamiento lo hayan roto en pedazos.

—Sin pecado concebida —responde, instintivamente.

Richard se quita el abrigo, revelando el único vestido negro que le pertenece. Adecuado, quizá para una viuda, lo cubre desde el cuello hasta los tobillos. Es la primera vez en mucho tiempo que no lleva el pecho vendado. Con cuidado, camina hasta donde está Henry y, con una rodilla en el piso, se inclina ante él.

—No le he contado este secreto a nadie, Henry —murmura—. Lo sabía mi padre y eligió ocultarlo; lo sabe mi madre y me llama demonio. —Toma la barbilla de Henry y lo obliga a alzar la mirada perdida y confundida hasta él—. Pero creo que te amo y estoy dispuesto a suplicar por ello. Mi madre nunca habla de la noche en que nací, pero me llamó monstruo, engendro, hijo de satanás. Dijo que yo sería el castigo y el fin de nuestra familia.

»Henry. No soy un hombre, pero tampoco soy una mujer —murmura—. No sé si nací ambos o ninguno. Hombre y mujer, Henry. Nací para ti, para contarte esta verdad, el pecado de mi cuerpo. Y estoy aquí, de rodillas, suplicando el perdón de Dios. ¿Me perdonará Dios si me entrego a ti, Henry? ¿Me amarás, Henry?

«Te lo ruego», piensa Richard, «ámame»

El padre Henry aun lo mira. Ha cambiado. Bajo sus ojos se pintan ojeras de color oscuro y éstos están nublados y perdidos por la confusión. Su cabello claro es más largo, enredado y casi blanco, después de tanta crueldad. ¿Me perdonarás el abandono? Sus manos buscan  las mejillas de Richard y acarician su rostro como antaño. Sus labios besan sus lágrimas, una a una. Debajo de las nieblas de la confusión, aun le parece encontrar al padre Henry.

Richard está a punto de dejar caer la pistola, de tomar una decisión.

—¿Dios me perdonará, padre Henry?

¿Me amarás tú?

Lo dijiste, ¿recuerdas? «Dios perdona a todos sus hijos». ¿Aún existe esa memoria entre los cauces de tu mente fragmentada? Oh, Dios mío, perdónanos lo que le hemos hecho a este hombre. Perdona sus pecados, sus omisiones, perdona lo que le ha hecho el mundo y concédele la gloria eterna.

—Richard… —murmura el padre Henry.

Y Richard lo besa. Quiere tragárselo entero, consumirlo, quedarse para siempre entre sus brazos y su piel; no se contiene. Muerde sus labios y lo atrae hacia a sí. Al principio, Henry corresponde a aquel beso y sus labios danzan junto a los de Richard, también anhelantes. Nunca tuvo esos pensamientos, nunca deseó así a nadie; Henry encontró a Richard una criatura hermosa y añoró sus labios, sus ojos. Su voto de castidad flaqueó entonces, con el deseo, antes de la verdad y la tragedia. Entonces quiso tocarlo, aquella noche que lo besó. Mucho tiempo, encerrado, pensó en su cuerpo, en su piel. En todo el deseo que había rechazado antes, encontrándolo sucio, pecador, lujurioso.

Entre las cuatro paredes del cautiverio se gestó la confusión de los lunáticos.

—Richard… —dice, intentando separarse.

Lo busca con los ojos, sin encontrarlo. La confusión se lo lleva y tan sólo puede ver a la mujer sobre él y ella busca sus labios y apresa sus manos. Hombre y mujer nací, padre Henry. Hombre y mujer. Y sólo puede verla a ella. Recuerda a su madre: «no apartes la mirada, Henry». Recuerda a Margaret d’Anjou: «te amarraré a la cama si no me queda remedio, Henry». Y Richard atrapa sus muñecas, impidiéndole moverse. Ninguno de los dos ve venir las lágrimas, ni el forcejeo, ni la desesperación.

Pero Henry lo ve con demasiada claridad: la lucidez de los locos que han dejado de reconocer el mundo.

—Demonio —escupe, aterrado—. Demonio —repite—. Demonio, demonio…

Richard golpea su rostro con la culata de la pistola por inercia y reflejo. Una y otra y otra y otra vez, hasta que deja de escuchar su voz clamando «demonio», dolido, traicionado. Lo hace una y otra vez hasta que Richard está inconsciente y su cabeza chorrea sangre y no sabe si está vivo o muerto.

Demonio. Maldecirán el día que naciste.


La última persona que queda de la rama Plantagenet del barrio Lancaster es la joven hija de Richard Neville, al que ejecutaron de madrugada, con un disparo en la sien, poco después de su traición. Richard la encuentra junto a la tumba de su padre, tan sólo a unos pasos de la tumba de su también fallecido esposo. Anne Neville es pocos años menor que él, apenas una muchacha que no ha llegado a la mayoría de edad. Viste el velo de las viudas y el negro del luto, un vestido abotonado hasta el cuello, de manga larga, sofocante en el calor del final de la primavera. Llora en silencio cuando Richard se detiene a su lado.

—Mi señora —dice, llamando su atención—, cásate conmigo.

Ella alza la mirada y, frente a ella, reconoce a uno de sus compañeros de juegos de la infancia. Pero ya no son unos niños y las manos de Richard están manchadas de sangre. Apenas pasa de la veintena, ella aún no la alcanza. Aquella alianza es lo único que les queda.

—¿Richard?

—Dicen que llevas a un Plantagenet en el vientre. Aún quedan hombres leales a su padre. A Margaret d’Anjou. Lo destrozarán si se los permites. Cásate conmigo, Anne. Lo que llevas en tu vientre llevará mi apellido.

—Richard…

Entiende que es cruel pararse frente a la viuda del muchacho que asesinó a sangre fría, de la familia que destrozó por el puro deseo de la venganza. Ella llora y él no le ofrece consuelo. Dios mío, perdóname por todos mis pecados, pero esta mujer lleva en su vientre la sangre de Henry Plantagenet, permíteme ser egoísta.

—Cásate conmigo, señora —repite—, ¿acaso tienes otra opción?


y ella dijo: he aquí mi sierva Bilha; llégate a ella, y dará a luz sobre mis rodillas, y yo también tendré hijos de ella

genesis 30:3


Edward, su hermano mayor, caminó con la novia hasta el altar y la entregó. Ella iba con un vestido sencillo, color crema. Richard pensó que en otra vida le hubiera parecido hermosa y quizá aquel momento hubiese sido un motivo de alegría. Yo, Richard, te recibo a ti, Anne, y me entrego a ti, y prometo serte fiel en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, y así amarte y respetarte todos los días de mi vida. En sus años de matrimonio, Richard rompería todos sus votos de aquella tarde de primavera. Anne, sin embargo, le sería fiel hasta la muerte.

Siete meses más tarde Anne da a luz a un niño que todos calificaron como prematuro. Las mujeres se arremolinaron alrededor de su cama, mientras la partera hacia su trabajo. Al cabo de las horas, Anne fue corriéndolas entre alaridos una a una hasta que, entre gritos, exigió que fuera Richard hasta su lecho.

—Dijiste que protegerías a este niño —dijo, entre jadeos, con la frente llena de sudor, después de más de quince horas de trabajo de parto; estaba agotada—, quédate conmigo.

Y Anne se recargó sobre su pecho y parió sobre sus rodillas y Richard la abrazó sin sentir nada por ella y vio salir al niño de sus entrañas como si fueran las propias. Sangre de Henry Plantagenet. Dios mío, permíteme el egoísmo, ese niño es mío, esa sangre es mía, permíteme quedarme con él.

El niño llora por fin con el alba de la larga noche y su madre, agotada, sonríe cuando lo ponen en sus brazos. Es aquella la primera sonrisa genuina que Anne Neville esboza desde el día que Richard la dejó viuda por primera vez, y Richard se alegra; ya sabe que nunca podrá quererla ni desearla de la manera que amó y deseó a Henry, pero espera que su existencia sea apacible y tranquila.

—Es hermoso, Richard —murmura Anne—. Lo llamaré Edward.

Richard lo permite mientras mira aquella pequeña masa de piel, músculos y vísceras que aún no tiene del todo forma de ser humano.

Ah, Richard Plantagenet, ¿habrías parido con dolor a los hijos de Henry?


¿no sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? no erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios.

corintios 6:9-10


Durante una larga época, los tiempos son apacibles en aquel pueblo de viejas costumbres, en el que los hombres aun roban esposas y las mujeres aun cuelgan las sábanas llenas de sangre en las ventanas tras su boda. Edward Plantagenet asume el título del patriarca y, unifica, por primera vez en generaciones, todos los barrios que lo unen. La gente lo ama porque es de mirada divertida, sonrisa afable, hombre de familia, pero sobre todo porque las mujeres dejaron de quedarse viudas, de enterrar esposos, hijos, padres, de vivir en el riguroso luto del negro y el velo.

En una década el único sobresalto es la muerte de George, hedonista, aspirante a traidor. El hermano de en medio, perpetua sombra del mayor, siempre llamó a Richard un perro leal con un tono sardónico. Le parecía patética aquella lealtad sin cuestionamientos y no menos de una vez conspiró en la esperanza de ver caer a su hermano. George amaba a Edward, pero amaba aún más la idea de sí mismo sentado a la cabecera de la mesa de los Plantagenet.

Al final, murió envenenado de vino. Richard siempre fue un perro leal. Edward nunca supo lo que hizo por él.

Las calles no volvieron a llenarse de sangre y los enterradores no estuvieron ya saturados de trabajo. Los cadáveres dejaron de aparecer en las esquinas y ya no hubo más cabezas colgadas en las plazas. Los hombres guardaron los machetes y las pistolas permanecieron, durante mucho tiempo, olvidadas.

Hasta el verano que vuelve el nieto de Buckingham, a quien nadie llamó nunca por su nombre de pila, a recibir la herencia de un abuelo que lleva muerto años y, ahora que ha alcanzado la mayoría de edad, le corresponde por derecho. Por las calles contaron la historia de cómo su abuelo lo había entregado a la iglesia, con la esperanza de volverlo obispo, alguien de renombre y poder y como, tras unos cuantos años, el chico había huido y abandonado al seminario, renegado de Dios, padre, hijo y espíritu santo. Hombres y mujeres lo consideran escandaloso y se preguntan qué clase de hereje acudirá a terminar con los asuntos de su familia.

Acude un hombre alto, que a Richard no le recuerda en lo absoluto al muchacho malhumorado que prometió hacerlo patriarca, con lentes, cabello corto, porte elegante, vestido de negro luctuoso. Encuentra a Richard en la vieja capilla del padre Henry, de rodillas hacia el altar. No pregunta si interrumpe el rezo ni tiene ninguna consideración por los fieles. Sólo dice, en voz alta, desafiando a Dios por la atención de Richard:

—Pregunté por ti.

Cuando Richard se da la vuelta y lo encara, poniéndose de pie, le cuesta reconocerlo. Ha cambiado su mirada y parece haberse vuelto más sereno, aunque no por eso menos retador; ha cambiado su porte de joven maleducado, aunque siga rechazando los designios de dios a la cara.

—Me dijeron que vienes aquí todas las semanas. No recuerdo que fueras devoto hace una década, Richard Plantagenet.

—Muchas cosas cambian en diez años.

Aún acude a rezar por el padre Henry. No sabe si está vivo o muerto o si su alma descansa. La noche que lo abandonó ensangrentado a un paso del altar no miró atrás. No pudo soportarlo. Su corazón se rompió en pedazos al ser llamado demonio; no pudo dirigirle una última mirada ni dedicarle un último acto de piedad. Sin embargo, reza por su alma, a veces. Padre nuestro que estás en el cielo, escúchame, un hijo tuyo me prometió el perdón. Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros los pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte.

Richard se acerca ya a la treintena y en su cuerpo pesan ya las consecuencias de las vendas, del disfraz, de la mentira. Aún tiene el porte delicado de una doncella que todos achacan a una infancia enfermiza. Buckingham tiene sólo unos años más de los que tenía él cuando se casó con Anne y tomó en sus brazos a su hijo por primera vez. Ha pasado demasiado tiempo. Si Henry siguiera vivo, estaría asentado al final de los cuarenta.

—Lo veo. No has reclamado lo que es tuyo. Escuché que tu difunto hermano te llamó un perro leal hasta el día que murió.

—No se equivocaba, le soy fiel a Edward, es la herencia de mi padre —responde Richard. A pesar de los años pasados, Buckingham aun insiste.

—Qué ingenuo. A Edward no lo hizo tu padre. ¿Olvidas ya a Richard Neville? Lo creó desde la nada, lo moldeó a la imagen de lo que los leales a tu padre esperaban y luego intentó destronarlo con la misma facilidad. —Buckingham tiene una expresión peligrosa: la de los hombres que están dispuestos a erigir, ladrillo a ladrillo, su destino—. ¿No lo has imaginado, Richard? ¿No te has imaginado en su lugar?

—¿A qué has vuelto, Buckingham?

—A ofrecerte un pacto, Richard, una alianza. Mi lealtad eterna, si la deseas.

Richard no se digna a responder y camina hasta la salida de la iglesia.

—No sabes lo que deseas, Buckingham —dice—, ni con quien quieres pactar. Han pasado muchas cosas en diez años.

La risa de Buckingham es atronadora, pero Richard no se da la vuelta y sigue caminando.

—¡Y sin embargo, en tu mirada todavía está aquello que vi cuanto murió tu padre! ¡Lo deseas todo, Richard Plantagenet, y yo lo haré tuyo!

Ninguno de los dos sabe si es una promesa o una amenaza.


Incluso después de liberarse del yugo sofocante de su madre, Richard no acudió a misa hasta el día que se casó. Después, empezó a hacerlo con Anne cuando ella se sentó frente a él y le dijo: «espero que seamos amigos, Richard; sé que no puedo esperar fidelidad, pero sé que cumplirás tu promesa de protegerme a mí y al bebé que cargo en mi vientre. Al menos, Richard, espero que confíes en mí». Admiró su entereza al enfrentarse a las posibilidades que le había dado la vida y simplemente siguió sus pasos. Siguió haciéndolo cuando nació Edward.

Volvió a encontrarse con Buckingham después de la misa dominical, de la mano de Edward, con Anne a un lado. Eran una imagen curiosa, hasta absurda. Para aquel entonces, todo el pueblo había oído el extraño rumor de que Richard Plantagenet y su esposa no compartían lecho. Ella se había convertido en una mujer enfermiza y débil después de su primer parto y él siempre había sido un hombre siniestro y contrario, decían. Nadie comprendía muy bien por qué se habían casado. Además, todos comentaban en secreto, el niño no se parecía a ninguno de los dos.

—Ah, la familia feliz —comentó Buckingham—. Buenos días, señora. —Le dedica un asentimiento educado a Anne, que responde igualmente, apenas notando su presencia—. ¿Richard?

—Ve —dice Anne, tomando al niño de la mano.

La familia feliz. El demonio, una viuda y el hijo de otro. Richard se aleja caminando con Buckingham unos pasos, hasta una de las zonas más alejadas del atrio.

—He oído cosas sobre ti, Richard.

—Yo también he oído otras —responde él.

—Dicen que eres un hombre sin corazón, que matas a los hombres que se oponen a tu hermano sin necesidad de derramar una gota de sangre. Que usas tácticas de mujeres. Parece que guardas demasiados secretos. ¿Los sabe la esposa que no comparte lecho contigo?

—Deja a Anne fuera de eso.

No la quiere, pero la protege. Anne es el destino que aceptó por quedarse con Edward, la sangre de Henry; ella ha pagado con el cuerpo propio, incapaz de concebir más hijos, enferma todos los meses, débil, de tez acabada. Lo mínimo que puede hacer Richard es mantenerla fuera de todas las disputas familiares que la dejaron viuda en primer lugar.

—¿La quieres? —pregunta Buckingham, analizando su rostro. Se contesta a sí mismo—: No. He oído sobre su boda. Dicen que se casó contigo porque no tuvo más opción. Nunca creí que serías un hombre de familia, Richard.

—Muchas cosas cambian.

—No tu mirada. No tus secretos. No mis lealtades. Seré tu hacedor, si aceptas.

En otros tiempos, Richard hubiera confundido aquellas palabras por una declaración de amor y se hubiera aferrado a ellas. Ahora se toma el tiempo de levantar la vista y mirar a Buckingham profundamente, buscando en su mirada los rastros del engaño y la traición. Encuentra en su rostro la pasión de la juventud que se le está escapando de entre los dedos y la rebeldía de los herejes. En el pueblo dicen que lo ha tentado el diablo, puesto que no sólo no acude a misa, sino que desdeña los ritos religiosos, se burla de las imágenes y retuerce los rezos a su voluntad. Tentado por el demonio. En otros tiempos, Richard hubiera corrido a sus brazos, tan sólo para sentir el abrazo del infierno.

Ahora sólo puede analizarlo con cautela.

—No olvides que Ícaro cayó a su muerte —le recuerda Richard—; no ansíes lo que no puedes obtener.

Ya no habla de poder. Reconoce la añoranza de la mirada de Buckingham en la suya propia. Aún es la del Richard que se arrodilló frente a la dolorosa y aceptó el consuelo del padre Henry pero, sobre todo, aun es la mirada del adolescente que le prometió a Richard el mundo. Se ha hecho un hombre, pero sus anhelos no han cambiado. Su ambición no es el poder, sino Richard mismo. Ha sabido leerlo desde el primer momento, ha sido el único hombre que ha adivinado los deseos que se esconden tras la mirada de Richard. «Las brujas hacemos nuestro destino». Es el único que se ha ofrecido a entregárselo.

—Yo no caeré, Richard —responde Buckingham—, los mitos son sólo mentiras. Te lo daré todo, lo quieras o no. No volví a arreglar los asuntos de nadie, ni de mi abuelo; el viejo probablemente está pudriéndose en el cielo, con todas las indulgencias que compró. Volví a cumplir mi promesa, te dije que sólo tendrías que esperarme.

Richard se queda sin palabras. Han pasado años desde la última vez que sintió la mirada perforante de un hombre sobre él de aquella manera. Buckingham tiene ojos de alguien que sabe desnudar el alma misma y aquello lo aterra. Richard ha cambiado la desesperación por cautela, pero aquella criatura que desea ser amada aún vive dentro de él.

—¿Desde entonces? —pregunta.

—Desde entonces.

—Te quemarás, Buckingham —advierte.

No deja de ser un hombre desconocido. Ha pasado una década, la vida ya no es la misma, su cadencia ha cambiado. La paz se ha asentado en todos, incluso en los hombres como Richard, que llenaron sus manos de sangre en la guerra. Los días transcurren más lentos y monótonos, pero a cambio el corazón sufre menos. La noche que Henry lo llamó «demonio», Richard terminó de perder definitivamente el anhelo que lo hizo aferrarse a sus brazos, se resignó a aquella existencia mentirosa en la que le estaba prohibido suplicar el amor que le había sido arrebatado cuando Dios lo había llevado al mundo; ahora no sabe dónde encontrarlo.

—Quizá, pero será fascinante, Richard. Averiguaré todos tus secretos —promete al aire— y entonces sellaremos un pacto.

Richard no responde. Alza la vista al cielo claro del verano. Aun si intenta recordarlo, no puede evocar cómo era el año que conoció al padre Henry en la parroquia y rezó a su lado. Es curioso cómo desaparecen los recuerdos; un día, también olvidará este firmamento.


Edward Plantagenet empezó a toser sangre una noche y murió por la mañana. Antes de morir, llamó a Richard hasta la casa grande de los Plantagenet y le dijo que, a partir de ese momento, sería el protector de aquel castillo de naipes que habían construido. Cuida de mis hijos, pidió, porque han de vivir mejor de lo que lo hicimos nosotros. Que no corra sangre, que nadie se aproveche de ellos, que no los manipule nadie. Que nadie dañé a la esposa que robé y que me ha llenado de hijos. Cuida de todas las mujeres que amé, hermano mío. Le entregó todo al demonio, y Richard lo aceptó.   

Durante el funeral, se mantuvo en silencio, junto a Elizabeth, la viuda, quien llevaba un pesado velo negro y no lloraba. Era la segunda vez que enfrentaba la viudez y no le resultaba nada nuevo, sabía navegarla y hacer las alianzas necesarias para sobrevivir en ella en una familia como la Plantagenet. Soportó la humillación de ver aparecer a Jane Lambert, la bruja, la mujer a la que Edward habría deseado robar si no se la hubiera robado a ella primero y la observó dejar un ramo de flores sobre el féretro que más tarde mandó tirar, deseosa de borrar de la memoria del pueblo a todas las mujeres que calentaron la cama de su marido.

Richard, acostumbrado ya a la ceremonia absurda de los funerales, recuerda poco de aquel. Quizá el peso del féretro sobre su hombro; la mirada de su madre, traicionada, pues ya sólo le quedaba el hijo al que odiaba; el silencio de su cuñada o las lágrimas de Anne. Pero nada de eso se le quedó grabado. Fue la mirada de Buckingham, al fondo de la iglesia.

«Es tu momento, Richard Plantagenet».


Durante días corre el rumor de que el hermano de la viuda aprovechará la confusión de la muerte y de los dolientes para hacerse con el control del hijo mayor de Edward, quien apenas es un niño. Richard los desestima en un principio, puesto que conoce al hombre y le resulta una persona de muy pocas luces. Hasta que, por la noche, entran a su casa, aterrorizan a Anne, a su hijo y a él se lo llevan tras un breve forcejeo. Antes aquello nunca hubiera ocurrido; en los días de la guerra territorial Richard dormía con la pistola bajo la almohada; pero la paz los ha hecho complacientes a todos, acostumbrados a sus tronos ficticios y al poco poder que tienen.

Cuando le quitan la venda de los ojos, tarda en reconocer el lugar y, cuando lo hace, siente el impulso de soltar una carcajada histérica: lo han llevado a la parroquia en donde conoció al padre Henry, la puerta de entrada al infierno. Se contiene cuando el hombre que lo ha secuestrado acerca su rostro al suyo y lo examina.

—Sabía que eras tú, monstruo.

Ah, el pasado siempre vuelve. Richard contiene las ganas de gritar de terror o forcejear. Reconoce el rostro del hombre con el machete. Más de una década después, pero sigue siendo el mismo que, la noche que el barrio de Lancaster atacó la casa grande, creyó que se había encontrado con una delicia al confundirlo con una mujer.

—Durante todo este tiempo, sabía que eras tú. Ahora me han ofrecido la oportunidad de comprobarlo. —Se ríe y Richard cree que es el mismo Satanás que ha bajado a reclamarlo para sí mismo—. ¿Sabes cuánto vales, preciosa? Apenas un fajo de billetes.

—No te sobrepases —dice otra voz. Los pasos retumban al entrar a la parroquia y, pronto, la figura se hace visible. No es el hermano de la viuda, como Richard había temido en un primer momento, sino Buckingham, lo que sólo hace crecer su zozobra.

—Usted quería una prueba, señor. —El hombre vuelve a reír—. Pues bien, aquí está.

Richard grita cuando le destrozan la ropa y las vendas que lleva al pecho. Apenas es consciente de la criatura asustada y aterrorizada en la que se convierte al quedar expuesto de aquella manera, con aquel cuerpo que siempre le ha sido contrario y traicionero. Hace demasiadas lunas y estaciones que no se siente tan vulnerable como en su juventud, cuando se arrodilló frente al señor y le preguntó si también sería merecedor de entrar en su reino.

Allí, desnudo, hombre mujer nada todo, el cuerpo del pecado.

—Una criatura como ninguna otra, señor Buckingham. ¿Imagina lo que sería probar su cuerpo?

Pero Buckingham no ve al hombre, sino a Richard. Sostiene su mirada cuando saca la pistola y apunta prácticamente sin ver a la sien del hombre, quien muere sin saber que ha muerto.

—Me daría asco seguir escuchando esa voz —murmura y luego se inclina ante Richard, a quien obliga a levantar su rostro con el cañón de la pistola—. Así que este es el secreto que guardas. Mientras el hermano de tu cuñada intenta ponerte el pie y ella busca aliados desesperadamente, tu cautela se debe a esto.

Cecily Neville dijo una vez: «si lo supieran, hijo del demonio, te apedrearían en la plaza del pueblo hasta que de ti no quedara nada, ni la sangre; si dios fuera justo, te fulminaría, allí donde estás parado, pues nunca serás digno de su bendición ni de su palabra».

—¿Creerías que no te lo entregaría todo si lo sabía? Soy un hombre que renegó de dios, no creo en sus castigos, ni en sus designios. ¿Creíste que te abandonaría?

Buckingham deja caer la pistola al suelo y con sus dedos recorre las mejillas de Richard, sus clavículas, los pechos que nadie ha tocado. Richard llora en silencio. Mucho tiempo atrás, deseó que otras manos lo tocaran con más cuidado y más ternura; se atrevió a sentir el deseo en su ser, en sus huesos, y en su alma, pero éste le fue negado. Tu cuerpo es el pecado, demonio, bruja, bruja demonio, hijo de Satanás. Pagarás por tus pecados y los de tus padres y los de tus hermanos y los de tus hijos y serás tú la encarnación del pecado y la tentación misma.

—¿Creíste que si veía tu cuerpo no te entregaría lo que deseas? —preguntó Buckingham—. Voy a confesarte algo, Richard. Tú no recuerdas la primera vez que te vi, pero yo sí. Ibas del brazo de tu padre y pensé que eras una mujer; eras justo como las había imaginado.

—Soy… un hombre…

—Lo sé. Lo sé. —La mano de Buckingham acaricia su mejilla y, sin quererlo, Richard se bebe aquella simulación de ternura con desesperación—. Pero, Richard, ¿alguna vez la mujer que eres ha sido amada?

Alguna vez quise que la amaran. Lo supliqué de rodillas, ¿me culparás por aquello?

—¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? —sigue Buckingham—. Corintios 6:19. Mucho tiempo pretendí ser un hombre de Dios. Pero Dios no nos oye, Richard, porque lo creamos nosotros, igual que creamos nuestro destino. Esta será la última vez que preguntaré: ¿qué deseas?

Desde que era un niño, Buckingham supo juzgarlo desde las sombras con una mirada atenta y precisa. Es aquello lo más aterrador: el saberse observado por alguien que es capaz de asomarse a las peores partes del alma, saber que alguien conoce también los deseos que mantiene escondidos. El día de su nacimiento, el patriarca lo levantó en sus brazos. Se llamará Richard, llevará mi nombre. Fue allí donde selló el destino que, a partir de ese momento, habría de caminar; le entregó sus anhelos y sus deseos más profundos, y Richard nunca pudo olvidarlos.

—Lo deseo todo —confiesa.

Todos estos años, tuviste razón.

Lo deseo todo. La mesa en la cabecera de la mesa, el poder, la corona que no existe, el amor, el placer. Todo lo que me ha sido negado. Yo, hijo de Satanás, lo quiero todo. Yo, bruja, deseo el destino.

—Te lo daré, Richard —promete Buckingham, y suelta sus ataduras.

Aprieta contra sí el cuerpo de Richard y besa la curva de su cuello antes de besarlo a él. Una de sus manos recorre su pecho, su vientre, hasta perderse en aquel lugar entre sus piernas. Hombre y mujer. Todo y la nada. Richard gime al sentir sus dedos, pues nunca lo han tocado. Nunca ha probado la lujuria ni el placer propio y los dedos de Buckingham lo tocan en el lugar justo y sienten su palpitar y su desesperación. Por favor, por favor, padre nuestro que estás en el cielo, si esto es el paraíso permíteme sentirlo, padre, te lo ruego. Richard se aferra a Buckingham, allí, frente al retablo de una parroquia.

Es pecaminoso, hereje. Consuman un pacto frente a Cristo crucificado. En el nombre del padre, del hijo, del espíritu santo, ruego que este hombre nunca deje de tocarme. Aprieta los dientes, entre el placer y el dolor, la dulce tortura a la que es sometido.

—Esto me pertenece, nadie puede tocarte de esta manera, esto siempre será mío —murmura Buckingham, en su oído, con sus dedos dentro de él, allí donde Richard se ha negado el placer y la existencia—. Este dolor es la marca de un pacto entre nosotros, la marca del pecado que cometemos juntos.

No hay explosiones ni estruendos, sino un gemido de dolor y placer. El mundo empieza de nuevo cuando Buckingham se hunde en Richard. En el nombre del padre, del hijo, del espíritu santo: mi cuerpo es tu templo, señor, recibe esta ofrenda. A tus pies, nosotros, los pecadores que han conocido el placer.

Sobre las baldosas de la iglesia, la sangre del himen roto.


Por la noche, Catesby, el antiguo chico de los establos, que se ha convertido en la mano derecha de Richard con los años, ve salir a Buckingham de la parroquia con Richard envuelto en el terciopelo morado con el que cubren a los santos durante la Semana Santa. Por instinto y temor, al ver a su señor en un estado tan indefenso, lleva su mano al cinto, allí donde guarda la pistola.

—Lo sé todo, Catesby —dice Buckingham, sosteniéndole la mirada—; ya no hay secretos entre nosotros.

La oscuridad se traga el dolor en los ojos del hombre leal de Richard, que lo ha seguido todos aquellos años. Se traga sus celos, su angustia, su zozobra. Los guarda en el silencio que ha sido siempre su refugio, desde la primera vez que, con tanto cuidado, vendó a Richard; desde la primera vez que cubrió el ojo rojo con su fleco, cuando no pudo convencerlo de que era también hermoso. Tan sólo puede observar como otro hombre se lo lleva en brazos, cargándolo como a una novia robada.

Y quizá es eso.

Quizá aquella noche Buckingham se robó a Richard para siempre y quizá no es amor, sino un placer perverso, lujuria, abandono, necesidad. Quizá no es amor, porque el corazón de Richard ha estado hecho pedazos desde la noche que abandonó a Henry frente al altar y Catesby tuvo que rehacer sus pedazos, siempre en silencio, sin que Richard lo notara; quizá no es amor, porque los demonios tan sólo son capaces de la maldad.

Cuando Richard despierta, desnudo, sin las vendas, Buckingham lo observa desde el pie de la cama. Es por primera vez testigo de la vulnerabilidad del hombre que se ha asegurado de convertirse en una leyenda. Lo ve intentar cubrirse y odiar aquel cuerpo que Buckingham supo cómo tocar.

—Conseguí ropa nueva para ti —dice—, anoche se arruinó lo que llevabas.

Lo venda primero y ve como Richard desvía la mirada cuando sus manos se detienen más tiempo del necesario sobre sus pechos. Siente su incomodidad, su vulnerabilidad, los secretos que ha cargado durante tanto tiempo. Pero también ve la determinación de su mirada y, al descubrir el ojo que siempre lleva bajo el fleco tan sólo piensa: es hermoso. Richard Plantagenet lo ha fascinado desde la primera vez que lo vio de la mano del patriarca. Ha visto cómo observa al resto, con la mirada siempre fija en la meta, aquella mesa en la cabecera desde donde puede controlar un pueblo entero. Lo ha visto engañarse, convenciéndose de que es un perro leal. Aquel Richard no es tan diferente al de una década atrás, antes de que Buckingham se marchara al seminario. Aun desea el poder, el título; la ambición existe cruda dentro de él.

Haré de ti lo que deseas, Richard Plantagenet, y tú serás mío. Seré el hacedor de tu reino, y tú la virgen que he arrastrado al pecado. Buckingham toma entre sus manos una de las de Richard y la besa.

—No olvides nuestra alianza.

Richard Plantagenet no responde, pero reprime un escalofrío. En el nombre del padre, del hijo, del espíritu santo, somos uno; que sea mi cuerpo el templo que profanas, que sea Dios testigo de nuestra herejía.


Richard Plantagenet asesina al hermano de la viuda a sangre fría. «Quiero que sepa que fui yo». Lo mira a los ojos cuando posa la pistola en su sien, con el rostro serio. Usa a sus sobrinos de excusa, pues es claro que el hombre pretende manipularlos para hacerse con el poder y, aunque no aprecie a los mocosos que Edward llevó al mundo, le parece cobarde utilizarlos como ficha de cambio. Tan sólo aquellos que carecen de valentía y temen a la muerte se esconderían detrás de los herederos.

Dispara. La víctima no tiene tiempo de gritar ni de suplicar. No importa. En el gran esquema de las cosas, aquella muerte no es importante.

Nadie hablará de la sangre que manchó la pared, de la imagen terrible del cadáver, con la bala aun incrustada en el cerebro. Con el paso de los años, todo el mundo olvidará su nombre.

—Buckingham —musita Richard, rompiendo el silencio atronador de la muerte—, tengo las manos manchadas de sangre.

No es la primera vez, no será la última. Y sin embargo, Buckingham las limpia en un gesto que parece tener un resabio de ternura. Aquello es suficiente.

Más tarde, volverá a su casa y encontrará a Anne Neville, pálida y débil, esperándolo en el salón, con una biblia en las manos. Se pondrá en pie en cuanto lo vea entrar y lo abrazará, llenando de lágrimas su pecho. Richard fingirá no notar el temblor en las manos de su esposa cuando haga la pregunta que añora y teme: «Si me siento en la silla que le correspondió a mi padre, ¿estarás conmigo?»

Anne Neville nunca ha sido una mujer de elecciones. Nació en el seno de una familia adinerada y tradicionalista. Su padre añoraba que sus hijas fueran hombres, por lo que las enseñó a cazar, a montar en los caballos, a disparar una pistola; Anne recuerda aquel engaño de sus años de infancia cómo una época feliz y tranquila, antes de la primera sangre que la convirtió en mujer. Antes había sido un muchacho-muchacha al mismo tiempo, había fantaseado con llevar en sus manos las pistolas de los hombres y reír tan fuerte como ellos. La sangre selló su destino: su padre negoció la fortuna que sería la herencia de sus hijos y las entregó a los hombres con los que habían de casarse. Elizabeth tuvo una boda majestuosa con George Plantagenet. Anne se casó con un vestido prestado, a medianoche, sin velo, sin ramo, con un muchacho de su edad al que nunca había visto.

Cuando Richard le propuso matrimonio y le ofreció protección frente a la tumba de su padre, se había resignado a aquella aparente falta de elección y se había aferrado a Edward, su hijo, aquello que podía controlar en el mundo. Richard, a pesar de ser su amigo y confidente, nunca fue alguien a quien Anne pensase en detener. No podría. Las ambiciones de Richard se le escapaban de entre las manos.

En el futuro, agradecerá con cariño que Richard interpretase aquella farsa, la de preguntar su opinión, con amabilidad. Sabe que no tendrá otra opción; responde lo que se espera de ella: «sí».


las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo, y él es su salvador.

efesios 5:22-23


Richard se convierte en el patriarca de los Plantagenet sin ceremonias excesivas y con muy pocos disparos. Pocos son los que objetan, puesto que prefieren tratar con un hombre en vez de un niño aconsejado por una mujer viuda de quien ahora todos sugieren que embrujó a Edward para hacerse con su favor. Los hombres siempre llaman brujas a las mujeres, incluso a las que se robaron, enamorados de una belleza fugaz que nunca habrán de dejar de añorar, aunque esté justo enfrente de ellos. Los hombres dicen por lo bajo: no se puede confiar en ellas; esperan que Richard asienta y se ría con ellos. Él sólo escucha la voz de Jeanne d’Arc en su oído: «eres bruja, como yo, porque las brujas nos construimos el destino con sangre y lágrimas y dolor; somos sus presas, sus hacedoras, sus tejedoras; bruja eres, bruja serás».

Ninguno de aquellos hombres sabe que Richard espera a Buckingham sentado al borde de la cama y piensa en el dolor y en el placer y en ese cuerpo pecador que carga consigo. Padre Nuestro que estás en el cielo, concédeme el perdón. Ninguno sabe que, cuando Buckingham entra sin llamar a la habitación del patriarca de los Plantegenet, es para observarlo desnudarse lentamente y con cuidado; ni un alma lo observa ponerse de pie frente a Buckingham, como dios lo trajo al mundo.

Ningún otro ser humano lo ha visto de aquella manera.

—¿Y bien? —pregunta Richard, ante los ojos que lo escrutan—. Cumpliré mi parte del pacto. Mi cuerpo es tuyo, Buckingham.

Las manos de Buckingham queman su piel. Richard siente un anhelo desesperado cuando se posan sobre él. Quizá nunca aprendió a amar a alguien, quizá su amor por Henry fue egoísta, retorcido, una tentación demoniaca, quizá aún no sabe querer bien. No importa que aquello no sea amor, mientras Buckingham lo toque y su piel arda. También poco importa que aquello sea un pecado, si el paraíso debe parecerse a esa sensación que siente cuando Buckingham se hunde en él. No importa que aquello no sea más que un pacto hereje.

—¿Alguien te ha tocado con cuidado antes? ¿Con placer?

No, no, no, no. Pero Buckingham ya sabe la respuesta a todas esas preguntas. Richard es la virgen mancillada en el altar que mira a lo alto y suplica: ruega por nosotros los pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Richard con el tocado morado de la dolorosa, su corona, las siete espadas que atraviesan su pecho, sus siete dolores. Virgen coronada en oro, mancillada ante el retablo.

—Voy a contarte un secreto —dice Buckingham cuando lo levanta en volandas y lo deposita, con cuidado, en el lecho—: el placer es también una dulce agonía.

Buckingham lo obliga a abrir las piernas. Richard no puede esconder ninguna parte de su cuerpo.

—Dios dijo: que las casadas estén sujetas a sus maridos, que se sometan a ellos, como todos nos sometemos ante el señor. —Buckingham tiene una sonrisa peligrosa y esos ojos que aún pueden descubrir todos sus secretos. Han cambiado tantas cosas, pero la mirada de aquel joven aún lo obsesiona tanto como el primer día—. No es necesario que te postres ante mí, ni que te arrodilles. —Una de las manos de Buckingham recorre lentamente el interior de los muslos de Richard y éstos tiemblan, expectantes—. No cierres las piernas —añade—. Cuando Eva mordió la manzana y descubrió los secretos del mundo, su pecado no fue comprender su propia desnudez, sino la curiosidad misma. En la sabiduría del mundo existía el placer y Dios castigó su osadía. Dijo Jehová: con dolor darás a luz los hijos; y tu voluntad será sujeta a tu marido.

»Y en el placer existía aquella sabiduría milenaria, ese lugar…

Lo obliga a abrir un poco más las piernas, aun sin tocarlo, allí, allí, allí donde arde más, donde Richard añora el cariño y el dolor.

—Adán se arrodilló ante Eva, Jacob se arrodilló ante Raquel, José se arrodilló ante María. En la canción del mundo se escondía el secreto del placer milenario… Los hombres lo han olvidado. Para someter a una mujer sólo deben amarla.

«No soy una mujer», pero el gemido que sale de sus labios ahoga sus pensamientos. Mujer y hombre, bruja, demonio, todo, nada.

—Te enseñaré la agonía más dulce.

Y su lengua toca aquel lugar donde se origina la melodía del mundo, la canción del universo y todas las cosas. Richard aferra las sábanas y arquea la espalda; gime como las mujeres del barrio rojo. Mantiene las piernas abiertas con desespero y comprende, con terror y regocijo, que Buckingham tenía razón. Es una suerte que los hombres hayan olvidado aquel secreto: para someter a una mujer sólo deben amarla.

Hombre, mujer, la dualidad, la nada, el todo. Richard Plantagenet, rey coronado en oro y plata, reina adorada ante el altar del señor; en su gemido se esconde la súplica, la desesperación, el rezo, Dios Padre, que sea este tu reino, que me concedas tu paraíso y sea este momento en el tiempo.


Cuando Buckingham tenía menos de diez años, su abuelo decidió entregarlo a la iglesia. Será lo más sensato, había pensado, después de velar por horas el cadáver de su hijo, que murió desangrándose con más de diez balas en el cuerpo y un machete clavado en el hombro. Quienes lo vieron morir dijeron que chilló como los cerdos que los peones arrastran al matadero mientras su sangre manchaba las piedras del asfalto y se volvía un río que bajó por las canaletas de las calles. Intentando embellecer la historia, le contaron a la señora Buckingham que llovió aquel día porque lloró el mundo y la lluvia se tiñó de rojo sangre, volviéndose un furioso río carmesí. Margaret viviría y moriría contando aquella historia hasta el cansancio, aferrada al recuerdo de un marido que le fue impuesto, al que tuvo que aprender a querer y a extrañar.

Buckingham ignoró la historia como un montón de tonterías; si el cielo llorase cada que moría alguien en aquel pueblo condenado, el agua se los hubiera tragado muchas décadas atrás.

Tuve mala suerte, diría más tarde su madre, Dios se llevó a mi marido demasiado pronto, no nos dejó disfrutar más tiempo juntos. En realidad, apenas si lo habían disfrutado: su padre apenas si se había detenido por casa el tiempo suficiente para embarazar a la mujer que le habían elegido. La gente de su clase, diría más tarde su abuelo, nunca elige su destino. Las bodas no eran más que dos alianzas entre dos familias, y por eso tu destino es la iglesia. Una alianza con Dios. No le quedó más remedio que aceptar aquello que otros decidieron por él, aun si él lo había considerado temporal.

Henry Buckingham eligió su propio destino: se llamaba Richard Plantagenet.

La primera vez que lo vio, estuvo a punto de confundirlo con una doncella. Iba del brazo de su padre, y le pareció hermoso. Tenía los rasgos afilados, el cabello negro como la negra noche; el ojo que no estaba cubierto por el fleco perforaba allá a donde veía. En comparación con el resto de los Plantagenet era de complexión menuda, casi escuálida. Sus manos recordaban a las de una mujer, incluso si se aferraban con rabia ya a un revolver. Desde entonces, en sus ojos, Buckingham descubrió una sed de poder incontenible. Richard miraba con la determinación de los hombres que toman al mundo en sus manos y lo moldean a sus deseos, con la soberbia de los reyes y la duda de las almas perdidas.

Buckingham quiso entronarlo.

Hubo de ser paciente en los años del seminario. Aprendió filosofía, teología, supo citar la biblia al derecho y al revés. Fue la imagen de un perfecto fiel y nadie dudó, durante un largo tiempo, que hubiera otro destino para él que no fueran los votos. Obediencia, castidad, pobreza. Un embuste perfecto. Cuando mataron a su padre, su madre cubrió su rostro con un velo negro y lo llevó de la mano hasta la iglesia. Buckingham alzó la mirada, contempló a Dios, y no pudo sentir nada.

No fue sino hasta que observó a Richard amarrado al altar, ya muy lejos de la fe de aquellos años de seminario, que empezó a comprender por qué los fieles acudían a misa.

Imaginó crucificado aquel cuerpo tan hermoso como enigmático, con aquel rostro que añoraba ser amado. Rezaría de rodillas ante él. Lo convirtió en un ídolo, una imagen a la que adorar. Recorrió con sus manos su cuerpo, y a cambio obtuvo los gemidos desesperados, lo envolvió en sus brazos, en sus piernas. Que sea este pecado que cometemos la marca de nuestro pacto, Richard Plantagenet.

Entendió: para cumplir su destino siempre hubo de seguir el camino que lo llevaría a renegar de Dios, siempre hubo de soñar con Richard Plantagenet crucificado.


—Debo visitar al obispo —dice Richard. Desde que se convirtió en el patriarca de los Plantagenet, el tono de su voz recuerda al que había tenido su padre en los años en el que él y Margaret d’Anjou se habían disputado el poder. Es todavía una imitación burda, pero la memoria está en él y en quienes lo siguen.

—¿Debes?

La pregunta es retórica. En aquel pueblo las misas están llenas los domingos, controlar el pueblo significa tener también el favor del obispado. Quizá para ello hubiese sido útil que Buckingham aguantara en el seminario y soportara las vejaciones de la vida religiosa. Quizá.

—Mandó un recado. Preguntaba por la ausencia de mis sobrinos en misa.

Ah, las excusas.

Estarán más seguros en casa, le dijo Richard a Elizabeth Woodville, aquella bruja de sonrisas ladinas, aún quedan fieles a Margaret d’Anjou y a los suyos allá afuera; si nunca vinieron, fue porque con mi hermano no se atrevieron. Se guardó lo más importante: si nunca atacaron fue porque encontraron el cañón de mi pistola en su sien y no tuvieron tiempo de suplicar piedad. Podremos protegerlos aquí.

A Elizabeth Woodville la mandó a la abadía de las benedictinas en el monte a las afueras del pueblo. «Un tiempo», dijo, fingiendo una sonrisa de disculpa, «mientras se calman los caminos; prometo que volverás muy pronto, hermana». Ríos carmesíes vinieron desde Gólgota. Accedió a hablar con la abadesa para permitir que su sobrina Elizabeth Plantagenet pudiese visitar a su madre cuando deseara y la acompañó del brazo como un buen hermano haría. Elizabeth Woodville vistió el negro de las viudas y afrontó su tristeza fingida con entereza. Entre ella y Richard nunca hubo nada más que veneno lleno de sonrisas falsas, preocupaciones fingidas, desprecios velados.

Aun así, interpretaron el papel que les correspondía a la perfección.

Buckingham, por su parte, miró con curiosidad las pesadas puertas tras las cuales desaparecían las novicias para convertirse en monjas, dejando atrás su identidad, su ser, lo terrenal.

«¿Sabes?», le dijo a Richard, tomándolo entre sus brazos cuando nadie los vio. «En este pueblo las novicias aún tienen la costumbre de dar un último paseo. Una última vuelta al mundo tras ser postulantes, tras sobrevivir el noviciado. Sus padres traen sus mejores galas, sus vestidos más hermosos, las joyas más finas. A veces las puedes ver en la plaza; todas miran al cielo y a la libertad que nunca más han de tener y emprenden el camino al monte que nunca han de abandonar».

La mano de Buckingham sobre el cuello de Richard; de repente se sintió tan sólo como una presa a la merced de un depredador. Richard eligió permitirlo.

«Algunas familias aún alquilan viejas carretas tiradas por caballos y puedes ver a las novicias con los ojos cerrados, sintiendo el aire sobre sus rostros. Nunca volverán a subirse a una carreta, ya no habrá necesidad de hacer viajes. Y al final, aquella puerta se cierra por última vez a sus espaldas; nunca volverán a ser parte del mundo, siempre ajenas, alejadas, siempre vírgenes, siempre obedientes».

 —Aquella tarde —pregunta Richard y Buckingham sabe a qué tarde se refiere con tan sólo necesidad de mirarlo—, ¿por qué me contaste del ritual de las novicias?

—Una vez fui con un padre de visita a la abadía. Nos recibieron sentadas al otro lado de pesadas rejas tras las cuales sólo podías adivinar sus rostros. Le pregunté a una cómo era la ceremonia.

Buckingham se pone en pie para acercarse hasta donde Richard está sentado. Toma su barbilla para obligarlo a alzar la mirada.

—Dice que, una vez que se cierra la puerta y la ceremonia ha concluido, son despojadas de sus ropas, todas sus joyas caen al piso, sus cabellos, símbolo de su belleza, son cortados sin ningún cuidado. Nadie las toca, condenadas a nunca más sentir el consuelo; sus cuerpos han dejado de pertenecerles, puesto que ahora son las esposas de cristo. —Buckingham acaricia la mejilla de Richard—. Así, de rodillas, permiten que las hermanas les coloquen la cofia, el hábito, el velo, un nuevo nombre, desnudas por última vez ante otro.

»¿Sintieron en sus cuerpos el éxtasis al casarse con Dios?

Buckingham lo besa. Hay hambre en aquel gesto, como si quisiera devorarlo entero y escupir sus huesos una vez que los hubiese desprovisto de carne. En aquel beso hay también un anhelo desesperado que Richard no alcanza a identificar y que entierra en lo hondo de su ser, sin preguntar más. Quizá fue el hambre de poseer a otro hasta el punto de que el cuerpo y el alma dejara de pertenecerle a uno, prometer la obediencia absoluta, la sumisión total, aquello que Richard nunca sería.

Cuando se separan, clava sus ojos en los de Buckingham.

—Cuando vuelva de ver al obispo, ¿me esperarás?

Buckingham vuelve a besarlo y en sus labios se esconde la respuesta. Eres mío, Richard Plantagenet. Reclamaré tu cuerpo y tú me lo darás y nuestro pacto será siempre el pecado.


—Debe entender, señor, nos preocupa que vuelvan los tiempos oscuros. Hemos respetado el poder de su familia todos estos años y seguiremos haciéndolo, tan sólo…

Aquel hombre no le gusta a Richard. Le recuerda a todos los que han intentado tocar su cuerpo al descubrir su secreto. Los hombres que se roban a las jovencitas y las abandonan en las zanjas y nunca se hacen cargo de los fantasmas que han creado.

—… tan solo…

La mano de aquel hombre se posa sobre su pierna, en un gesto que ha visto a otros hacer muchas veces, pero luego sube un poco. Aquel es el gesto de los hombres que sonríen enseñando todos los dientes y escupen los huesos de las jovencitas que huyen de casa, las que se vuelven locas, a las que entierran en vida en los manicomios. «Era tan tranquila», dirán, «no sabemos qué pasó». No mirarán al hombre que se relamió en su carne hasta que estuvo podrida.

—… queremos la seguridad de que la estabilidad se mantendrá.

Richard se pone en pie, sin ceremonias, alejando aquella mano de sí mismo. Contiene las ganas de vomitar.

—Por supuesto —responde, con la voz suave y amable, pretendiendo que todo está bien—. Sólo aspiro a seguir el legado de mi hermano, que en paz descanse. Como sabe, Edward fue siempre muy devoto.

—Usted también, lo espero.

—Mantengo a Dios en mis pensamientos.

—Me alegra, señor. —El obispo hace una pausa y Richard es consciente de cómo sus ojos recorren su cuerpo, lentamente, tragándoselo entero, y usa todo su autocontrol para no apretar los puños ni dar señas de que lo ha notado—. Las puertas de la catedral estarán abiertas, si desea confesarse.

—Gracias.

Entre ellos no hay nada más que decir, no hay más palabras. La iglesia lo apoyará siempre y cuando mantenga el orden y, si tiene suerte, no tendrá que ver a aquel obispo a solas de nuevo en muchos años. No volverá a sentir sus manos en su cuerpo, esas ganas de rascarse la piel hasta sacársela a tiras, las ganas de vomitar, de huir, de volverse animal salvaje, de correr en la dirección contraria. Ahora entiendo, padre, por qué me llamaste Richard; quisiste ahorrarme la pesadilla constante, el mundo lleno de tinieblas, el terror, la respiración agitada caminando de noche, la zozobra permanente. Antes de partir, sin embargo, debe permitir que el obispo bese su mano con labios húmedos y el hombre la aferra más tiempo del necesario.

Se detiene unos segundos frente al altar barroco de la catedral, bañado en oro, y sus ojos se detienen en el crucifijo, en Jesús. Han pasado muchos años desde el comienzo de su juventud, cuando se acercó por primera vez a la parroquia donde conoció al padre Henry. Tantos años desde que se atrevió a preguntarse si habría para él un lugar en el reino de Dios. Hijo demonio, engendro del infierno, así lo había llamado Cecily, para ti no se abrirán las puertas del cielo.

Se arrodilla en una de las primeras filas y, por los viejos tiempos, reza de nuevo. Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, no importa que no perdones mis pecados. Al marcharse, no se fija en la figura del hombre que, de cabello blanco y el rostro poblado de cicatrices, se queda mirándolo en silencio.

Buckingham aun lo espera cuando regresa.

—¿Buenas noticias?

Richard quiere enterrarse en la curva de su cuello, cortar a Buckingham en canal, bañarse en su sangre, desaparecer en sus entrañas, acurrucarse entre sus costillas.

—Los clérigos no se meterán con nosotros —dice—, a cambio de estabilidad y…

La mano en la pierna, los dedos, la caricia, el apretón, la pierna, la mano, la pierna, la mano, ese toque. La pierna, la mano, el muslo, la lujuría. Hijo del demonio, invitas al pecado, es tu cuerpo pecaminoso, la tentación.

Buckingham parece notar algo en él cuando lo observa desvestirse sin ninguna ceremonia. Quizá son sus manos que tiemblan casi imperceptiblemente o la respiración más agitada de lo normal. Su expresión se vuelve sombría cuando mira a Richard a los ojos.

—¿Te tocó?

—No ahí, no lo que te pertenece, te lo prometo, no…

Ah, Richard Plantagenet, ¿por qué suplicas? No hay furia en el rostro de aquel que es tu hacedor y tu dueño. No hay nada sino una profunda tristeza y confusión al escuchar las palabras que salen de tus labios. Buckingham lo aprisiona entre sus brazos y, por un momento, el instinto, casi animal y desesperado, hace que Richard intente huir. Es aquella la primera vez que recibe un consuelo por el horror de la existencia desde la noche que besó al padre Henry y el padre Henry entonces no supo que tuvo que haberlo llamado demonio. Es la primera vez que un hombre que ha visto su cuerpo lo abraza con cariño entre sus brazos buscando consolarlo.

Ni siquiera Richard, el patriarca, lo hizo tantos años antes, ignorante ante el horror que su mujer había sometido a Richard durante los años de su infancia. Ni siquiera el fantasma de Jeanne d’Arc había podido conjurar el consuelo.

—Te creo —dice Buckingham y Richard se da cuenta de que, hasta ese momento, estuvo conteniendo la respiración, sin comprender que necesitaba aquellas palabras.

Entre el horror y el recuerdo, acaso esto significa convertirse en una doncella.

—Me desharé de él si pronuncias la orden, Richard —murmura Buckingham en su oído—, no te culparé, ese pecado no es tu responsabilidad.

—Mi cuerpo es la marca del pecado…

—No —murmura Buckingham—, he visto el pecado a los ojos y tu cuerpo no lo es. Esto que hacemos tú y yo, Richard… No importaría que tu cuerpo fuera otro, igual me pertenecería. Antes de saber los secretos que escondías, ya había decidido ser el hacedor de tu reino; vi tu mirada, tus ojos, la determinación, la ambición.

»Me desharé del obispo, Richard, si lo deseas.

Pero Richard sacude la cabeza. Le parece que puede soportar aquel pequeño horror de lo cotidiano a cambio de la estabilidad. Le parece que, en el aire, la voz de Jeanne d’Arc murmura en su oído: «por eso somos brujas las brujas: el terror diario es eterno, inescapable, sólo nosotras lo soportamos».

Aquella noche, cuando Buckingham besa la curva de su cuello, murmura en su oído:

—Que seas mío en este y todos los universos, que sólo mis manos puedan tocar el secreto entre tus piernas, que en esta y todas las eras sean para mí tus gemidos desesperados, que hoy y en todos los tiempos sea a mí a quien supliques, Richard.

Hay ternura en sus manos y es esa la mayor tortura de todas.


y si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y toda ciencia, y si tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase los montes, y no tengo amor, nada soy

corintios 13:2


Hay un hombre de cabello blanco que barre los atrios de la catedral. Su rostro está lleno de cicatrices; la gente no soporta mirarlo a los ojos, todos desvían la mirada al enfrentarse a ellos. Éstos son profundos y se asoman al alma de los pecadores. Los hombres que fingen ser fieles de día y se ahogan entre los gritos lujuriosos del barrio rojo de noche lo evitan. Las mujeres casadas de blanco que al mediodía dejan pasar a los desconocidos que habrán de enseñarles el placer que sus maridos no llevan hasta su cama huyen de él. Nadie sabe quién es, ni cómo llegó. Sus manos ajadas, su mirada profunda, su sonrisa cansada. Barre la catedral todas las mañanas, mientras el obispo dicta la misa de nueve. Nunca lo han visto escucharla. Y, sin embargo, cuando oye el rumor de las voces en el templo alza la mirada, como si buscase a dios, y recita: por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. Por mi culpa por mi culpa por mi gran culpa. Por mi culpa, señor, perdóname, por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. Si Dios escucha sus pecados, nadie es testigo de ello.

La única persona que es capaz de sostenerle la mirada se presenta en la catedral antes de la misa de siete una mañana de cielo gris, nubes llenas de malos presagios.

—Sé quién eres —le dice un hombre que parece todavía un muchacho—, sé qué buscas.

Los ojos del hombre de cabello blanco se llenan de zozobra y cautela. Por mi culpa, por mi culpa, mi culpa, toda mía, señor, fue toda mía, señor, te lo ruego. Han pasado muchas lunas y muchos inviernos y la noche nunca deja de ser fría y aterradora, el miedo no deja de correr por su sangre; una vez en su interior aun grita dentro de él. Demonio, demonio, demonio, demonio, el cuerpo del demonio, oh, Señor mío, por qué el diablo me ha elegido en su tentación. Demonio. Demonio. Aun ve esos ojos de distinto color, ese rostro traicionado. Oh, por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa, señor, ¿perdonarás mis pecados?

No puede negar, no puede decirle: está frente a la persona equivocada.

Aquel hombre que parece un muchacho sediento de poder, que quiere tomar el mundo en sus manos y aplastarlo bajo sus ambiciones obtiene la respuesta que espera en sus ojos.

—Interesante, ¿no? Saber exactamente que uno está parado frente a un hombre muerto —dice Buckingham. Por supuesto que ha oído de él—. Henry Plantagenet.

No, no, ese nombre no. Ese hombre murió. Lo mató Richard, lo mataron esos ojos, sucumbió ante el demonio. Ese hombre no existe. Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa, señor. Una mano detiene la suya, que intenta golpearse el pecho como hacen los feligreses en la iglesia. Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. Mea culpa, mea culpa, mea culpa. Yo llamé demonio al diablo que intentó amarme.

Pero era el diablo, en su cuerpo llevaba su marca, en sus pechos, entre sus muslos. Intentó tocarlo. Ah, Richard, por qué hubiste de cargar en tu piel el pecado original, Eva mordiendo la manzana, tentando a Adán, por qué arrastrabas en tu piel mis miedos más profundos, los horrores más oscuros. Traías contigo la desnudez primigenia que habría de asesinarme.  Margaret d’Anjou no se preocupó por el amor; las cuerdas lo ataron a la cama para que dejara de moverse, una mordaza lo amenazó para dejara de suplicar piedad, el cuerpo descendió sobre él y le dijo: me darás descendencia, sangre de tu sangre, Henry Plantagenet.

Richard quiso amarlo, quizá eso fue lo peor de todo.

Henry Plantagenet murió aquella noche cuando el cañón de la pistola le destrozó una mejilla y lo dejó ciego de un ojo. Cuando su cabello se volvió blanco y le grito al demonio. Demonio, demonio, demonio, y el demonio lloró sobre su cuerpo.

—Ese hombre ya no existe —responde, por fin—. Me llaman James Tyrell.

—Otros me han hablado de ti —dice Buckingham—, dicen que tienes una puntería perfecta. —No obtiene respuesta y se queda mirándolo, como si pudiese encontrarla en sus ojos. Suspira ante el silencio—. Deseo que protejas a un hombre.

—Cumpliré sus deseos.

—No has oído cuál será el pago. —La voz de Buckingham sale contrariada, se estrella contra el suelo sorprendida y entonces el hombre de la iglesia piensa que quizá es cierto que sigue siendo tan sólo un muchacho jugando en un tablero que se volcará si no tiene cuidado.

—En tu mirada está ese hombre tuyo al que quieres que proteja —dice Henry Plantagenet, y en sus ojos se atisba un cariño que precede al tiempo—. Permite que ajuste mis deudas con Dios.

Confieso ante Dios todopoderoso que he pecado de pensamiento, palabra, obra y omisión. Mea culpa, mea culpa, mea maxima culpa.


Los sobrinos de Richard mueren al final de una tarde lluviosa sin que nadie lo sepa. No preguntan por su madre, no entienden la muerte, no hay miedo en sus ojos cuando Buckingham los observa apagarse lentamente. Por la mañana, se asegurará de que una de las criadas de la casa grande los encuentre y dé el anuncio a gritos desesperados. Permitirá que la noticia se extienda entre la servidumbre el tiempo suficiente para que empiecen a desconfiar de todos y se pregunten quién envenenó a los señoritos, los jóvenes herederos. Se asegurará que Catesby haya pasado toda la noche cuidando la puerta de Richard y pueda atestiguar que el patriarca nunca salió. Entonces, cuando los rumores amenacen con salirse de control, cuando Richard baje a la sala exigiendo saber qué ocurrió, exigiendo ver los cadáveres, suplicando que alguien averigüe de dónde salió el veneno, cerrará la Casa Grande a cal y canto con la excusa de buscar al culpable.

Verá cómo Richard se da cuenta de la verdad al mirarlo a los ojos y como apenas puede disimular su expresión de horror y decepción, sin delatarlo. Entonces el patriarca se pondrá en pie y, con un suspiro cansado, declarará:

—Alguien debe avisar a la madre de los niños. Preparen un carro para subir hasta el convento de las benedictinas.

—No tienes por qué ir, Richard —dice Buckingham.

—Le prometí a mi hermana cuidar de sus hijos —dice, alto, para que todos lo oigan. Rompe su voz deliberadamente y actúa como un tío desolado al ponerse una mano en el corazón. Pretende no ser el hombre que no fue capaz de llorar en el funeral de su padre—. Han muerto bajo mi custodia.

Se dispone a volver hacia los patios, de vuelta al largo pasillo de las habitaciones.

—Ven —le pide a Buckingham y él entiende que aquella es una orden que no ha de discutir—, necesito ayuda para cambiarme.

«Tenían que morir», le dirá, una y otra vez, «tenían que morir, Richard, para que nada se interpusiera en tu camino». Los cadáveres apenas se enfrían, tan solo parecen niños durmiendo. No vieron venir la muerte. Seré el hacedor de este tu reino, Richard, ¿acaso no te lo prometí?

Después contarán que, la mañana que murieron sus sobrinos, Richard Plantagenet se encerró en su habitación, desasosegado de dolor mientras Catesby cuidaba la puerta. Los cadáveres descansan aun en sus camas con la sonrisa de las buenas noches, la paz de quien descansa, la respiración interrumpida a medio sueño. Aquellos niños crueles mueren una muerte piadosa. Richard Plantagenet, frente al espejo, se desnuda mientras Buckingham lo observa. Lo ve deshacer la venda con la que aplasta sus pechos hasta que queda liberado y puede verlo, así como vino al mundo. Bruja, demonio, maldición, por ti murieron esos niños, es también tu pecado, no lo quise, Dios mío, perdóname. «En el fondo», dice Jeanne d’Arc, enroscándose como humo entre su cuerpo, «lo deseaste. Si supieras rezar con el fervor de quienes piden un milagro, hubieras pedido su muerte».

Desnudo, frente al espejo, clava su mirada en el reflejo de Buckingham.

—¿Quién te dio el derecho? —pregunta.

Quién te permitió poner sus cadáveres frente a mí sin avisar, quién te permitió no pedir permiso. Ambos saben que Richard hubiera dicho que sí.

—Soy tu hacedor —responde Buckingham—. No podrán acusarte nunca de algo de lo que no fuiste partícipe.

Richard se ríe. A sus sobrinos los mató el día que tomó el control de la familia; pretender lo contario no es más que un engaño. Los actos de Buckingham no son sino la culminación de una larga agonía que aquellos niños no supieron que estaban viviendo.

—Ah, no creí que fueras tan ingenuo —dice Richard, sin quitar su mirada del reflejo de Buckingham—. Culpables o inocentes, nadie importa; los dedos me señalarán a mí. Tus crímenes son mis crímenes, Buckingham. Podrá pertenecerte mi cuerpo, pero no te pertenece mi trono.

Una de las manos de Buckingham aprieta su cuello y Richard se encuentra desnudo y preso entre sus brazos. Desde fuera, a lo lejos, parecen una pareja apasionada, capturada en un momento íntimo y prohibido.

—Soy tu hacedor, Richard. Tu trono siempre ha sido mío.

Aprieta la mano y mira a Richard, esperando. Pero el patriarca no se mueve. Aguanta la respiración todo lo que puede, hasta que jadea sin poder evitarlo, pero aún así no hace ningún esfuerzo para intentar liberarse. Se queda mirando aquel reflejo suyo que jadea, atrapado entre las manos del hombre que puede destruirlo. La amenaza es clara: no olvides a tu hacedor, Richard. Y el patriarca sólo espera, rendido entre los brazos de Buckingham. Cuando vuelve a dejarlo respirar con normalidad, y sólo mantiene la mano en su cuello como un recuerdo de aquello que puede hacer, acerca sus labios a una de las orejas de Richard.

—¿Dirás que eres mío?

—Mi posición en la familia es el destino de mi padre —responde Richard, evasivo. Quizá nunca estarán de acuerdo en aquella afirmación. Ambos querrán poseerlo todo, como a menudo desean hacerlo los hombres ambiciosos.

Pero Richard tampoco olvida que las mujeres se entregan en desesperación, pasión y amor. Qué diferente sería su destino, piensa, si durante siglos no las hubiesen obligado a arrodillarse ante Dios, ante los hombres, si no las hubieran enseñado a añorar ellas mismas aquella indefensión de grilletes invisibles. Richard Plantagenet nació mujer y nació hombre, y nadie le enseñó a ser. Lo aprendió entre los rezos, de rodillas, buscando dentro de sí todo aquello que fue, es, será. Bruja, demonio, rey y reina. Al final, en las cuestiones del amor, gana ella, escondida, misteriosa, olvidada, dispuesta a postrarse de rodillas ante su amante si hace falta; Richard desea extirparla de su ser en aquellos momentos, como si fuera una criatura ajena y diferente, pero ella es él, bruja, demonio, hombre, mujer, la pregunta eterna: dime quién eres, y la única respuesta es todo.

—Pero mi cuerpo será tuyo, Buckingham —y una de sus manos se posa sobre la que el otro mantiene en su cuello y aprieta levemente—. Haz con él lo que plazcas. Mi agonía es tuya. Mi placer es tuyo.

Buckingham sonríe con el placer de los hombres que saben que han ganado la partida.

—No dejes de mirarte —ordena, y su mano se desliza hasta ese lugar entre sus muslos y sus dedos se internan donde se esconden todos los secretos del mundo—. Guarda silencio. ¿Qué dirán, si te escuchan?

Los cadáveres de sus sobrinos aun descansan en sus camas infantiles mientras empiezan a hincharse y a pudrirse. Richard Plantagenet le ruega a Buckingham que lo amordace mientras se deshace en placer en sus brazos. Sus sobrinos yacen muertos, y él muerde el éxtasis en su lengua y se traga el grito de placer. Padre nuestro, perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden. Mis sobrinos han muerto, aleluya, amén, amén, amén. En el espejo, la pintura perfecta del placer. Amén.


Cuando los niños mueren, todas las madres se arremolinan frente a los féretros y lloran. Dicen que, en el silencio espeluznante de la muerte, Dios escucha sus alaridos y les ofrece un consuelo vacío e inútil. Richard las mira. En otro mundo, en otro tiempo, aquel sería su destino. Los vestidos negros, abotonados hasta el cuello, las mantillas, los velos, los guantes, las medias negras; el luto perfecto incluso en el calor del verano y la insoportable atmósfera de la sequía. Aquella es la primera vez que Elizabeth Woodville se deja llevar por la tristeza. Sus alaridos son los más fuertes. Sus niños, sus niños, sus pobres niños. Richard la observa a lo lejos, también de negro luctuoso. Buckingham y Catesby están a su lado.

Cuando le dio la noticia de los muertos, su cuñada se abalanzó sobre él, rabia ciega, buscando arañarlo.

«Tenía razón tu madre» dijo, escupiéndole, «demonio, traes la desgracia allí a dónde vas. Mis hijos están muertos por tu culpa».

Richard solo la vio fijamente.

No se disculpa ni ofrece consuelo, no importa. Elizabeth Woodville no lo quiere y a él poco le importa. Manda pedir sendas coronas de flores para sus sobrinos, ordena que las pongan frente a los féretros. «Son tan pequeños», murmuran las mujeres, «las cajas, qué cruel…, tan pequeñas». Richard ordena que llenen de flores la sala en la que los velan aun si es un teatro que le parece fútil, en el que las mujeres lloran, apiñadas unas frente a otras.

Se les concede aquel lujo: el de mostrar la tristeza maniática frente a la muerte; solo en aquel momento no las arrastrarán al convento ni al manicomio y las dejarán mostrarse rabiosas, psicóticas, iracundas, histéricas. En los años de la guerra, es todo lo que se les permitió a las mujeres: abrazar los cadáveres de sus padres, de sus maridos, de sus hijos, vestir el velo, llevar el luto, llorar frente a los féretros, desear enterrarse con ellos. Richard Plantagenet recuerda a su hermana, aturdida, el día del funeral de su padre. La rodearon las plañideras y le enseñaron cómo dejar que brotaran las lágrimas; tomaron sus manos y, acariciándolas, le ofrecieron sus consuelos pagados. Durante los años de la disputa, fue aquella una existencia miserable.

La única hija de Richard Plantagenet padre, se marchó sin mirar atrás de la mano de un marido al que le juró amor eterno a cambio de que la sacara de aquel lugar. El hombre se la llevó del brazo, más enamorado de su dote que de la muchacha. En aquel pueblo, todos los matrimonios eran transacciones y alianzas; cuando las mujeres sólo tienen tiempo de llorar en funerales, no queda tiempo para el amor.

En otra vida, ese sería tu destino, Richard Plantagenet.

Le cuesta imaginarlo. En esa vida que no existe y él desprecia, imagina que Buckingham lo ayudó a ponerse las medias y a calzarse los zapatos adecuados para la caminata hasta el cementerio. Imagina que el vestido se deslizó suave contra su piel y que él le besó las manos antes de ponerle los guantes. Se imagina hermosa y amada, y aquello lo aterra. En aquella otra vida, se hubiera acercado a las plañideras y ellas le dirían: tienes que llorar, mi niña, es bueno llorar, mi niña. Y las mujeres que cobran el oficio de lamentar las penas ajenas hubiesen tomado sus manos entre las suyas y la hubieran enseñado poquito a poquito, hasta que fuese capaz de derramar lágrimas por niños a los que nunca quiso y a los que no extraña. Se hubiera sentado entre ellas y ellas la hubieran abrazado y quizá Richard hubiera deseado, también, salir corriendo.

No tiene caso preguntárselo, porque su padre lo levanto en brazos y lo hizo hombre con destino. Si el señor Richard Plantagenet vio a la mujer en la que su hijo jamás habría de convertirse, nunca se refirió a ella. La condenó al olvido y ese olvido fue piadoso.

Las mujeres lloran y nadie les permite hacer otra cosa. Qué existencia tan miserable, piensa Richard. Así dice Jehová de los ejércitos: considerad, y llamad plañideras que vengan; buscad a las hábiles en su oficio; y dense prisa, y levanten llanto por nosotros, y desháganse nuestros ojos en lágrimas, y nuestros párpados se destilen en aguas.

Cuando todos se marchan, Elizabeth Woodville permanece a un lado de los cadáveres de los niños. Se observa frágil, todo en ella es rabia convertida en lágrimas, tiene la garganta destrozada por los alaridos. Richard se acerca a ella una última vez.

—Lo siento, hermana.

Quizá es cruel llamarla «hermana», quizá lo es decir «lo siento». Richard la odia, porque es una bruja, y el mundo les ha ordenado sentir discordia las unas por las otras. Cuando hicieron aquelarres las ataron a las estacas y prendieron fuego a sus pies hasta que se odiaron entre ellas, temerosas de la existencia misma. «¿Te has preguntado a qué huele el fuego cuando quema nuestra carne, Richard?» Casi puede oír la voz de Jeanne d’Arc.

Elizabeth Woodville escupe en la mano que él ofrece.

—Espero que, cuando llegue el momento, se abran las puertas del infierno y el mismo Satán te lleve. ¡Has matado a mis hijos!

Richard la mira fijamente. No puede hacer nada ni decir nada. En aquel teatro le corresponde ser el patriarca arrepentido, el hermano comprensivo, el cuñado piadoso. Si le ofrecieran el milagro de la resurrección para los niños que yacen en los féretros, lo tomaría sólo para matarlos él con sus propias manos. Es suyo el trono cuyos ancestros soñaron. Richard Plantagenet, tu destino siempre fue ser el patriarca.

—Lo siento, hermana —repite.

Ambos escuchan la mentira y Richard permite que Elizabeth Woodville lo golpee con la palma abierta, furiosa.

Qué existencia tan miserable, piensa Richard, y se abraza a sí mismo, dispuesto a protegerse de aquel destino. Del velo, del luto, de las lágrimas, de las manos de las plañideras. Qué miserable.

Y sin embargo.

En ese otro mundo, esta otra existencia, ese otro momento en el tiempo, Buckingham la hubiese ayudado a calzarse las medias y hubiera besado sus pies con infinita ternura. Qué aterrador, piensa, cuando recarga su cabeza en el pecho de su amante, en la privacidad de su habitación, y escucha su corazón latir. Buckingham acaricia la mejilla que Elizabeth Woodville golpeó; Richard se pierde en aquel consuelo.


Anne Neville parió a su único hijo recostada sobre las rodillas de Richard y, al ver su rostro, se enamoró. Apenas tenía forma o expresión, pero Anne comprendió que nunca había sentido un amor como aquel. Supo sin lugar a duda que blandiría una espada y la clavaría en el corazón de cualquiera que se atreviera a hacerle daño a aquel cuerpo que había traído al mundo, aquel monstruo que la había consumido desde dentro, aquel amasijo de vísceras y órganos que se había gestado en su vientre como un parásito dispuesto a matarla. Anne Neville supo que se lo permitiría.

«Juraste protegerlo», le dijo a Richard, al enseñárselo, al permitir que lo sostuviera en sus brazos por primera vez. Quiso decirlo como amenaza, como advertencia. Deseó que significara que no dudaría en traicionar al hombre con el que se había casado si éste un día faltaba a aquel juramento.

Pero supo, desde la primera mirada que Richard puso sobre Edward Plantagenet, el amor de los ojos de Anne Neville, que no sería necesario. Su marido sonrió como nunca lo hacía, y acunó en sus brazos al niño con una delicadeza infinita. Con el paso de los años, Richard intentaría, ante la sociedad, parecer un padre ejemplar y severo, un hombre de familia a la antigua, representar el papel que esperaban de él. Pero con Edward nunca pudo; se ponía en cuclillas para hablar con él y escuchaba sus historias sobre príncipes, princesas y dragones. Hizo que le labraran de madera una espada de juguete cuando quiso jugar a los caballeros y en ella grabó su nombre. Edward Plantagenet. Si los mira a los lejos ahora, Anne es capaz de olvidar la farsa que representan.

Recuerda aquella noche, con su vestido rojo, el color de los Plantagenet del barrio Lancaster, que Margaret d’Anjou había mandado confeccionar para ella, nerviosa, sentada al borde de su lecho de casada. En su memoria guarda la voz de Edward, el fantasma que la acompañaría durante todos los días de su vida. No tuvo tiempo de quererlo; él no tuvo tiempo de conocerla. Eran unos muchachos, apenas pasaban de los dieciséis. Antes de Edward, Anne no había besado a nadie. «Dice mi madre que debemos traer al mundo a un heredero», dijo el muchacho.

¿Ya sabía entonces lo poco que vivirías, Edward?

Anne lloró cuando se rompió el himen y la sangre empapó las sábanas. Edward la acunó en sus brazos toda la noche y recorrió con sus manos las curvas de su cuerpo, esperando aliviar aquel dolor. «Lo siento», dijo al verla llorar, «lo siento, lo siento, lo siento». Lo dijo como una letanía infinita y Anne sonrió a través de las lágrimas. «Es nuestro deber», dijo ella, rogando porque el placer prometido llegara y todo aquello hubiese valido la pena. Cuando se casó con Richard, recuerda esperarlo a la orilla de su lecho de casada, por segunda vez, dispuesta a cambiar su cuerpo por protección. Richard apenas si la miró. «No me debes nada, Anne», musitó, y la dejó dormir sola, como haría a partir de entonces, en el lecho de su sagrado matrimonio.

Pocas veces se interna en la habitación de Richard, un lugar prohibido para la mayoría del hogar, al que sólo ha visto entrar a Catesby o a Buckingham.

Pero aquella vez lo espera sentada frente a su escritorio, vestida de riguroso negro, con el velo del luto, los guantes aún puestos. Quiere mirarlo a los ojos y descubrir la verdad en ellos.

Cuando Richard vuelve y la ve allí, se detiene en el umbral de la puerta.

—Señora —llama, y en su voz hay un destello de cariño que ha estado allí desde que eran niños.

—Richard —dice ella, poniéndose en pie. Apenas si puede leerlo, nunca sabe lo que está pensando—. ¿Fuiste tú? —pregunta—. Tus sobrinos, ¿los mataste tú?

—¿Qué harás, Anne, si te digo que sí?

Los hombres que visitan aquella casona consideran a Richard un hombre siniestro y conspirador. No lo han visto acuclillarse frente a Edward para contarle las historias de los viejos héroes, los antiguos reyes, los dragones temibles y las princesas raptadas. No lo vieron cómo enseñó al niño que nombró su hijo sin compartir su sangre a usar la espada de juguete, pretendiendo ser el dragón que debe morir. Ninguno de los aliados de los Plantagenet ha visto nunca la sonrisa cálida que Richard le dirige a Edward, ni la fuerza con la que toma su mano los domingos que van a la iglesia, ni cómo lo carga cuando declara estar cansado.  

—¿Me dirás?

—Juré protegerte, Anne —responde Richard, dando un paso y cerrando la puerta de la habitación tras de sí—. No te obligaré a elegir un bando.

—Fuiste tú. —En sus ojos ve la verdad y aquella ya no es una pregunta, sino una afirmación.

—Como si hubiera sido yo, incluso si no tuve la culpa —responde Richard—. Señora, ¿qué harás ahora?

«Señora». Así la llama, en la intimidad de sus conversaciones privadas. Extrañamente formal, pero más cariñoso que su usual frío Anne. Ojalá pudiera entenderte, Richard, entonces todo sería más fácil. Anne Neville es una mujer que sabe lo que se espera de ella. La virgen, la esposa, la madre. La mujer que reza frente a María, Nuestra Señora de los Dolores, de rodillas, con la cabeza gacha, y el velo sobre sus cabellos. Extiende su mano en dirección a Richard Plantagenet, ofreciéndosela.

—Una mujer es leal a su marido, señor —responde—, y yo seré leal a ti, hasta que la muerte nos separe.

Es ese el cariño en aquel matrimonio de mentira, cimentando en las tumbas de sus muertos. Richard aferra su mano y sonríe, hay calidez en su gesto. Se quieren desde que eran unos niños, aun si nunca han aprendido a demostrarlo sin la farsa que es su existencia.

—Gracias, señora.


y no temáis a los que matan el cuerpo, mas el alma no pueden matar; temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno.

mateo 10:28


Durante los novenarios de los niños muertos, a Richard le parece ver un fantasma en misa. Nunca ha dejado de ir a la misma parroquia en la que rezó durante su juventud, suplicándole a Dios que lo hiciese también parte de su reino. Ha olvidado las palabras que dijo entonces y hace años que sus rezos carecen de fe. Perdió todo aquello la última noche con Henry, con aquel vestido negro, aquella desesperación, aquella suplica. Se hubiese resignado a ser llamado «ella» si aquello le hubiese entregado el amor; si Richard Plantagenet no podía ser amado, quizá la mujer que dormitaba en sus entrañas sí. Nunca se equivocó tanto; nunca como en aquel momento olvidó a Eva y a su pecado, Eva y la manzana, Eva y la tentación, Eva y los demonios; desde entonces, no se permite olvidar que Dios le entregó el cuerpo de un demonio y ha de resignarse a él como los hombres se rinden ante los designios de Dios.

Le parece ver un fantasma por el rabillo del ojo, cuando se agacha un poco, después de persignarse, para ayudarle a Edward a hacer la señal de la cruz. En el nombre del padre, del hijo del espíritu santo. In nomine patris et fili et spiritus sancti. Ve a un hombre que escucha misa hasta el fondo de la parroquia, de pie, con el cabello blanco y un ojo cubierto por un fleco desgrañado. Tan lejos, Richard cree que su mirada lo ha traicionado; es sólo su corazón melancólico, que todavía sueña con las manos cálidas del primer hombre que amó.

Piensa: «lo reconocería en cualquier parte».

Aquella misa hay un fantasma al fondo de la iglesia y Richard desea salir corriendo, caer a sus pies, y suplicar su perdón. Desea decirle: soy un monstruo; puedes castigarme por ello. Se postraría ante él, con la frente sobre las baldosas de mármol, rendido, y le suplicaría que purificase su sangre con el castigo de Dios. Siempre fuiste tú mi primer amor, Henry. Un río de lágrimas carmesíes sobre Gólgota. ¿No murió Jesús también por mis pecados?

Al terminar la misa, hace que Edward tome la mano de su madre y se adelanta, intentando encontrar al espectro que lo atormenta. Se da cuenta que lo ha perdido en el patio de la iglesia. Una mano se posa en su hombro.

—¿Richard? —Es Buckingham.

Richard suelta un suspiro de alivio y piensa en la dulce agonía del castigo.


Se muestra desnudo ante Buckingham, con aquella piel suave que invita a la tentación, el cabello cayendo sobre sus ojos, sus manos aferradas la una a la otra a su espalda. Su amante le dirige una mirada larga, lo recorre de pies a cabeza, y Richard se siente visto, vulnerable. Buckingham, sentado a la orilla del lecho, extiende su mano para recorrer con sus dedos su pecho y su vientre; Richard se bebe aquel contacto con desesperación, deseoso de olvidar los fantasmas que lo acechan.

—¿Qué deseas? —pregunta Buckingham. Aquel ofrecimiento del cuerpo debe tener un propósito, decide—. Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil. Mateo 26:41. ¿Sabes cuánto tiempo he pasado sin orar, Richard?

Rodea la cintura de aquel cuerpo delicado y hermoso con sus brazos, lo atrae hacia sí y por su vientre pasa su lengua; siente el escalofrío de Richard y se aferra a él, deseando romper uno a uno sus huesos y alimentarse de sus entrañas. Buckingham nunca fue un hombre de Dios. Desde el primer día que puso un pie en el seminario, supo que nunca sería el hombre que perdonaría, en nombre de Dios, los pecados de otros; cargó con los suyos como una medalla, se atrevió a desear la manzana que Eva le ofreció a Adán, deseó morderla, hacerse con el mundo y que el mundo fuera aquel hombre que confundió con doncella tantos años atrás.

—Necesito que duela —dice Richard—, necesito saber que soy tuyo, necesito la marca de nuestro pacto en mi cuerpo.

Buckingham alza la vista para enfrentarse a él. En momentos como aquel, es capaz de observar la belleza afilada de la heterocromía de Richard en una mirada que, al intentar parecer severa, deja desnudas todas sus vulnerabilidades. Buckingham deseó su cuerpo, pero es Richard quien se presenta frente él y ruega por el pecado.

—Otra vez le llevó el diablo a un monte muy alto, y le mostró todos los reinos del mundo y la gloria de ellos, y le dijo: Todo esto te daré, si postrado me adorares —recita, de nuevo.

—Jesús respondió: vete, Satanás, Buckingham —le recuerda Richard. Le enseñaron la palabra de dios arrodillado sobre los granos de arroz en el suelo y lo llamaron la encarnación del demonio. Jesús le dijo: vete, Satanás, y Richard se arrastró hasta el altar del señor y rogó adorarlo, postrado y humillado ante él—. ¿Y tú?

—Yo no soy el hijo de Dios. —Sus manos de clavan en las caderas de Richard y se hunden en su carne sus uñas, buscando la sangre—. No me resistiré a la tentación del diablo. Aun si éste ansía el castigo.

—Lucifer siempre amó a Dios, ¿sabes? —En aquella frase, la confesión—. Saltó porque lo amaba, Buckingham, aún si en el infierno sólo lo esperaba el mal. ¿Acaso hay amor más grande que aceptar el castigo de nuestro señor? Tras él, todo estará perdonado.

Olvidas, Richard, que para el demonio está negada la misericordia del señor.

Buckingham se quita la corbata primero y extiende sus manos, pidiéndole a Richard las suyas y las ata con cuidado en un intrincado nudo. Al terminarlo, las sostiene, acariciando el dorso. Lo mira a los ojos; encuentra la melancolía y la tristeza, escondidas tras esa capa determinada que se esfuerza en mostrarle al mundo. Resuelve que, aquella noche, lo despojará de ella, hasta que Richard olvide incluso su propio nombre.

—Pídemelo.

—Si hubieras sido un cura, escucharías mi confesión.

Ah, Richard, no seas cruel, dice el viento, en un rumor lejano.

—¿Me bendecirás como un padre, Buckingham? Confieso que he pecado. Ave María Purísima.

Buckingham se quita el cinturón y lo dobla en dos sin dejar de mirarlo. Richard comprende lo que se propone hacer en aquella mirada. No tiene tiempo de arrepentirse, ni de detener sus pensamientos. En la iglesia hubo un fantasma y deseé huir con él, como tantos años antes. Pensó que, si volvía a verlo, se abrazaría a sus pies para pedir su perdón y, entonces, renunciaría al papel que ha de cumplir. Aceptaría los designios de dios, de aquel cuerpo, lo abandonaría todo, sería una buena esposa, de las que se ponen el velo los domingos, olvidan su voz y su nombre. Buckingham, hace muchos años estuve a punto de abandonar este sueño, tuyo y mío, y no lo sabía. Al final, Richard asiente con la cabeza, dándole permiso de hacer con él lo que quiera.

—Sin pecado concebida.


Buckingham sospecha que Richard cree como una verdad absoluta que desea el tormento, como demonio que es; cree ansiar el fuego eterno del infierno y la condena, no sabe si para expiar sus pecados o para reafirmarlos. Pero Buckingham lo ha observado y sabe que teme el dolor sin sentido y añora las manos que recorren su cuerpo con cariño. La espalda roja, con las marcas de los golpes. Richard tiembla en sus brazos y sus ojos preguntan: por qué te detienes, puedo soportar más. La espalda roja, con los primeros rastros de moretones. Richard apretó los dientes, y de su boca no salió más que un quejido ahogado. Buckingham le entregó su deseo para después acunarlo en sus brazos y limpiar con sus labios las lágrimas traicioneras. Nunca quise hacerte daño, piensa, ni siquiera la noche que rompí tu himen y gritaste de dolor y placer en el altar de la iglesia, pero te lo daré si lo deseas, hasta que te rompas en mis brazos, hasta que nada quede de ti más que el éxtasis. No lo dice, porque Richard está allí a duras penas.

—Todo esto te daré, si postrado me adorases —repite las palabras de diablo a Jesús en los oídos de Richard.

Con delicadeza lo hace sentarse al borde de la cama, aún desnudo, hermosa, criatura extraña, demonio o humano. Se arrodilla frente a él sobre el duro piso de duela y con sus manos lo obliga a separar sus rodillas; entonces, lo mira a los ojos.

Allí sigue, apenas. Buckingham quiere que olvide su nombre y su ser. Quiere que olvide que es ahora el patriarca, el hombre que lleva en sus manos el destino de un pueblo, aún si es desde las sombras. Quiere entregarle todo el dolor, todo el placer.

—Yo no soy el hijo de Dios, Richard —le recuerda—. Le ofrecí mi corazón al demonio y éste lo tomo entre sus manos y lo llevó hasta sus labios, rojo, ensangrentado y palpitante y lo mordió hasta tragárselo entero, hasta que por sus pechos de mujer chorreó la sangre y sus uñas se clavaron en él. Así siguió latiendo. No me quedó más remedio que postrarme y adorarlo.

Las piernas de Richard tiemblan, en un esfuerzo por mantenerse abiertas.

—Si el demonio fuese listo, Richard, robaría tu apariencia. Ni hombre ni mujer ni criatura. Si el demonio fuese listo, te abriría en canal y se acurrucaría en la caja de tus costillas, acunado por tus vísceras, y, desnudo, frente al hijo de Dios, ofrecería su cuerpo: todo esto te daré, si postrado me adorases.

Sus dedos lo tocan en la marca del pecado. Buckingham sabe que, aun si Richard lo cree, no es el camino del dolor el que ha de seguir si desea poseerlo. El secreto está allí, entre sus piernas. Dios quiso privarnos de esto cuando le prohibió a Adán comer de la manzana. Si fuera posible, sería yo mismo la serpiente que le ofrece el conocimiento del mundo a Eva, tan sólo para poder llegar a este momento: ver tu cuerpo, recorrer tu piel, adorarte de rodillas, Richard.  

Los hombres lo han olvidado, para someter a una mujer sólo deben amarla. La lengua de Buckingham se hunde en su cuerpo y Richard olvida su nombre, su ser, olvida a Dios y a los fantasmas que lo persiguen. Olvida todo y tan sólo queda aquel placer infinito y se siente amada.


otra vez le llevó el diablo a un monte muy alto, y le mostró todos los reinos del mundo y la gloria de ellos, y le dijo: todo esto te daré, si postrado me adorares

mateo 4:8-9


El luto tras la muerte de los niños duró apenas unos días. Terminadas las misas y los novenarios los hombres se olvidaron de las tristezas. Volvieron a sus negocios, tacharon a las mujeres de sensibleras y la vida volvió a la normalidad. Ellas, en cambio, subieron en tropel hasta el convento de las Benedictinas llevando en sus brazos bandejas de guisados y canastas de fruta, dispuestas a cuidar a Elizabeth Woodville en su pérdida.

Las monjas tiñeron sus hermosos vestidos de negro y quitaron de ellos los encajes y los adornos. Olvidados quedaron los hermosos broches de diamantes que, en vida, le había regalado Edward Plantagenet. La mujer que ignoró todas las convenciones del ritual luctuoso al morir su marido deseosa de convertirse en la figura detrás de la silla del patriarca no pudo soportar el dolor al ver a morir a los vástagos que había parido para el hombre del que se había dejado raptar, hechizándolo con su belleza. El luto de Elizabeth se volvió parte de la vida de las mujeres de la Casa Grande. Cada domingo, después de misa, muchas de ellas subían para acompañarla en su soledad en el convento de las Benedictinas. Poco a poco, antes de empezar la primavera, aquella rutina se había asentado en sus vidas.

Cuando llegaron los carnavales poca gente recordaba los féretros de los niños que los hombres cargaron en el camino hasta el cementerio. Atrás habían quedado las disputas y los muertos y, cuando la gente vio que aquellos niños muertos no volvieron a empezar otra guerra territorial, los relegó a los escombros de su memoria. Las calles del pueblo se llenaron de puestos callejeros y mercaderes venidos de lejos; los niños rieron en la plaza, su risa impregnó el ambiente y la vida pareció volver a la normalidad tras todos aquellos meses.

El domingo de misa, Anne Neville se detiene con Edward del brazo frente a un puesto de golosinas y le compra un par con una sonrisa. Se ve pálida y camina con más lentitud que de costumbre, pero hace un esfuerzo por disimularlo. Cada cambio de estación cae enferma desde el año que nació Edward, y Richard la ha visto volverse más y más débil con el paso de los años.

—¿Sabes, Richard? —dice Anne, cuando vuelven a emprender el camino hasta la iglesia—. Me gustaría ir a los carnavales, como cuando era niña. Entonces llevaba una espada de madera que le había robado a uno de los chicos de las cocinas y soñaba con matar a un dragón yo misma. Mi padre se río la primera vez que me vio con una. «Anne», dijo, «tú no eres un muchacho». Pero aun así puso una pistola en mis manos y me enseñó a disparar, por si hacía falta. «No voy a tener un vástago que no puede defenderse», fue lo que me dijo. Permitió que fuera una princesa con espada en los carnavales… —Anne suspira—. La última vez que fui aun no conocía las lágrimas ni la desgracia. Quiero recordarlo, Richard.

—Es peligroso, señora —dice Richard. Lo dice con cariño, porque teme herirla.

Sabe a qué se refiere Anne cuando dice «la última vez no conocía las lágrimas ni la desgracia». Sus cuñados mataron a su padre a tiros, Richard mató a su primer esposo con un tiro de gracia y luego le propuso matrimonio frente a las tumbas. Anne Neville no suele invocar el pasado, como si no quisiera recordarlo. Su padre le enseñó a defenderse de los hombres que aparecen en los callejones oscuros amparados en la oscuridad de la noche, aun si eran éstos infrecuentes, pero no le enseñó a defenderse de los hombres como él, quienes venden las dotes y la virginidad de sus hijas a cambio de alianzas y traiciones para luego morir desangrados en la desgracia, dejándolas a merced de los lobos que se alimentarán de su carne hasta escupir los huesos.

—Lo sé, Richard —responde ella—, pero quizá está vez… Nadie tiene saber que soy yo, que eres tú. Puedo ser el caballero que siempre deseé ser, entonces. Por una noche.

—Si tú eres el caballero, ¿qué seré yo?, ¿el dragón?

Como en los juegos de su hijo, en los que Richard permite que Edward pretenda clavarle una espada de madera entre las costillas y se deja caer al suelo con una sonrisa, satisfecho. Nadie lo ha visto, piensa Anne, más que yo. Nadie más ha visto esa ternura tuya, Richard, nadie sabe que el niño a quien amas tiene la sangre de tus enemigos.

—No, señor —responde Anne, replicando la fórmula de Richard para dirigirse a ella cuando nadie más puede oírlos, esa formalidad cariñosa que sólo ellos conocen—; tú serás la princesa.


Anne elige el vestido. Es hermoso, del color azul del cielo del crepúsculo y de las profundidades del mar. Richard pasa sus manos por la tela, seda de la más fina. «Le dije a la modista que era para mí», confiesa su esposa, «no quería que nadie supiera». Es un vestido a la antigua, aunque Richard no puede situarlo en ninguna época. Es, quizá, tan sólo la fantasía de un pasado tan lejano que todos lo han olvidado y nunca volverá. «Puedo ayudarte con él», dice Anne, pero Richard niega con la cabeza.

Han pasado tantos años y Anne no lo sabe. Nunca ha visto su cuerpo. No conoce la mentira, ni al demonio y Richard pretende protegerla de la verdad terrible todo el tiempo que sea necesario. Quizá es cobardía o miedo, pero aun así no tiene el valor de mostrarse frente a ella y decir: esto que ves, esto que soy. Ni hombre ni mujer ni nada, demonio, pecado. Si hay una palabra que lo describa, Richard no la conoce.

—Me ayudará Catesby —dice Richard, y así zanjan la situación.

Es un vestido hermoso. Al desnudarse, Richard lo coloca frente a su pecho, intentando imaginar esa otra vida. El espectro de Jeanne d’Arc se enreda en su cuerpo y ríe.

¿Fue tranquilizador?, ansía preguntar Richard, ¿usar una armadura? ¿Ser un hombre en el campo de batalla? «Serás hermosa, Richard, no lo olvides». Sonríe para él y aquel gesto le promete tan sólo el pecado y las flamas del infierno. «Rey coronado en oro y plata, reina adorada ante al altar del señor». ¿Fue tranquilizador usar el jubón de los hombres, la armadura de los soldados, hablar en nombre de Dios? Dime, doncella de Orleans, si fue liberador dejar atrás a la mujer para convertirte en el soldado, cuéntame si no lo pensaste alguna vez; si no tuviste miedo de que los hombres se agasajaran con tu cuerpo.

«No vestirá la mujer traje de hombre, ni el hombre vestirá ropa de mujer; porque abominación es a Jehová tu Dios cualquiera que esto hace», recita en su oído Jeanne d’Arc la condena de la hoguera, las palabras sobre las que cimentaron las llamas que se llevaron sus gritos y en las que ahogaron su agonía. Padre Nuestro, ¿y nosotros los que somos hombre y mujer, la dualidad entera, la nada y el todo? ¿Acaso en nosotros pensaste, Señor?

— Deuteronomio 22:5 —musita Richard, apretando el vestido contra sí.

—¿Señor? —Catesby alcanza a oírlo y se acerca hasta él. Los leales a los Plantagenet de York lo conocen como la sombra de Richard, pues nunca se separa de él. De chico de los establos a confidente del patriarca.

—No vestirá la mujer traje de hombre —repite—, ni el hombre vestirá ropa de mujer; porque abominación es a Jehová tu Dios cualquiera que esto hace. Lo recordé ahora.

Dudaba que Richard Plantagenet, su padre, recordara aquella enseñanza. Era vieja, la iglesia la había olvidado hacía tiempo. Algunas mujeres del pueblo usaban los pantalones de los trajes de los hombres al salir a la calle; ya no podrían quemar a Jeanne d’Arc con aquella excusa. Los médicos le dijeron: «será fácil si es mujer, hay una manera», cuando Richard Plantagenet sostuvo a su hijo menor en sus brazos, y se negó a aquella salida. «Se llamará Richard», dijo en cambio.

¿Supiste, padre, a lo que me estabas condenando y de lo que me estabas salvando?

Los hombres sólo me miran a los ojos porque no saben lo que se esconde bajo mis ropas. De lo contrario, en vez de hombres serían hienas y con sus dientes acabarían con mi carne y pulirían mis huesos. Qué diferente hubiera sido, padre, si hubieses deseado otra hija; como su hermana, a la que no ha visto desde el día que se marchó del pueblo, en aquella otra posibilidad, Richard no habría aprendido a disparar ningún arma ni a andar solo por la calle; hubiera sido confinado a la domesticidad de la casa grande, las tardes de bordado, las largas horas en las cocinas, el tejido, el deber de los hijos, los nueve meses de agonía. Hubiese recibido clases de piano para amenizar las veladas, como todas las jóvenes de los grandes terratenientes del pueblo, y clases de baile antes de ser presentada ante la sociedad de las fieras. Su padre hubiese vendido su dote y su existencia en medio de alianzas y la hubiesen vestido de blanco para entregarla en la iglesia, nunca dueña de sí misma.

«Gracias, padre, por llamarme Richard», quiere decir, apretando contra su cuerpo desnudo la tela del vestido azul noche. Su padre le entregó la libertad, aún si fue esta una mentira.

Este cuerpo mío, esta prisión, este pecado, la maldición de mi sangre, ¿si no los odiara, algo hubiese cambiado?

«Bruja, los ángeles sueñan con cuerpos como el tuyo», musita en su oído Jeanne d’Arc. «¿Por qué ha de limitarnos la carne y sus tentaciones, está dualidad insoportable, está prisión?»

—Dios no lo condenará, señor —responde Catesby, creyendo que duda—; si lo hace, pediré por usted.

Si su padre no lo hubiera alzado en sus brazos con una mirada infinita de amor y hubiese dicho: se llamará Richard, su existencia hubiera sido apenas un suspiro. Mujer sin nombre, ni identidad, propiedad de su padre, de su marido, de sus hijos. Mujer de velo en la iglesia, mujer de apariencia casta y placer prohibido.

Qué cruel elección, la vida que obliga a los padres a desear que sus hijas sean hombres.

—Ayúdame, Catesby —pide Richard, poniéndose la blusa.

Es la primera vez en más de diez años que no lleva las vendas puestas y la sensación al respirar con libertad lo aterra. Sobre la blusa, un corsé de tirantes que se ajusta al frente. Después la enagua, sin ningún tipo de cancán, y al final el vestido. El cabello largo es también una mentira, pero es sedoso y, al sentirlo en su espalda Richard piensa que debió costarle una fortuna a Anne. El collar, los pendientes, los brillos. El ritual infinito de las mujeres.

Al final, Catesby le ayuda, con delicadeza, a ponerse los guantes de seda que llegan hasta sus codos, como dicta el protocolo de los eventos de noche.

Al mirarse al espejo no se atreve a pensar que es hermosa. Padre Nuestro, que estás en los cielos, no olvides incluirme en tu reino.

—Es una doncella muy bella —dice—, cualquier caballero tendría suerte de que usted le concediera un baile.

«¿Me lo pedirás?», se pregunta Richard. «¿Me lo pedirá Buckingham?»

Pero Catesby tan sólo extiende una mano, cortés como siempre lo ha sido, conocedor de todos los secretos del hombre al que eligió ser leal por convicción y cariño, aun si ese cariño está destinado al olvido y su corazón al abismo.

—Su caballero lo espera, señora.

Dios mío, perdóname por desear esta existencia.

Catesby lo escolta hasta la sala de la casa, donde Anne lo espera, vestida como un caballero antiguo, protagonista de leyendas y cantares. Es un caballero hermoso, de sonrisa amable y mirada bella, esperando a la doncella que atisbó en el balcón, mirando a la luna.

Edward sonríe al verlo y lo reconoce en un instante. Alza los brazos, emocionado y su sonrisa ilumina la sala de la casa grande.

—¡Eres una mujer muy hermosa!

Richard se acuclilla ante él, con cuidado de no dañar su vestido y le da un beso en su coronilla. Anne parió a aquel niño recostada sobre sus rodillas como Bilha dio a luz sobre las rodillas de Raquel, la mujer de Jacob y tuvo Raquel hijos de ella.

—Mi doncella —dice Anne, al extender la mano y Richard la toma, levantándose.

En aquella farsa se esconden todos los deseos envenenados, las existencias que nunca serán. Anne Neville desea ser una mujer que pueda ser un caballero, añora la fortaleza que ya no posee, desea hacer las paces con ese pasado cuando fue vendida con todo y una dote a cambio de una alianza condenada; Richard sueña con la prisión de los vestidos blancos y las jaulas de oro con una fuerza que lo hace desear vomitar aquellos deseos perversos hasta escupir todas sus vísceras. Qué criatura elegiría aquel destino.

—Mi fiel caballero.

Anne ríe, feliz, y así comienzan los carnavales antes del miércoles de ceniza. Con aquella risa hermosa e inocente que los lleva a un pasado que añoran porque han dejado de recordar con exactitud. La doncella y el cabello. En el pueblo hablaran por semanas de aquella extraña pareja que se separó en mitad de la noche, cuya princesa huyó con la bestia, montada en un caballo a raso, abrazando a la criatura de la cintura tan fuerte como podía.

Con el tiempo, no serán más que una leyenda. El señor de la noche, el noble caballero y, entre ellos, la dulce doncella raptada, existiendo a la mitad de todas las certezas del mundo.  


Las calles están llenas de gente con antifaces, vestidos extravagantes y máscaras. Aquella es la magia de los carnavales. Todos dejan de ser para convertirse en otros y los espectros salen a pasear por las calles. Son un pueblo viejo y sus tradiciones son más viejas aún; pocos se marchan y, aquellos que lo hacen, rara vez vuelven. En las tiendas, por la tarde, suena la radio y las mujeres salen con sus chaperonas a caminar a la plaza. Suelen darle vueltas al viejo quiosco y los hombres terminan por dar la vuelta también, adrede, en el sentido contrario. Algunos llevan una flor en la mano y esperan hasta que ven a la muchacha que añoran y se la ofrecen con una sonrisa y un asentimiento de cabeza. Las mujeres mayores se sientan a bordar o a tejer por las tardes, a remedar la ropa y terminar los quehaceres. Los hombres juegan dominó y aun llevan la pistola al cinto, porque recuerdan las guerras entre los dos barrios que se gestó una década atrás. Todo acontece como debe acontecer.

Las iglesias se llenan los domingos, las mujeres acuden con sus velos y sus mantillas y los hombres se visten de traje. Las bodas se celebran con hermosos y recatados vestidos blancos y banquetes en las casas de los novios. A veces, baja alguna de las postulantes del convento de las Benedictinas, llevando noticias del lugar, el cabello a medio esconder en un velo y una canasta para la compra. Los Plantagenet mueven los hilos de todo, poco a poco, pues aquel pueblo ha sido suyo desde hace generaciones. La rueda del tiempo da vueltas y corre año tras año. Los jornaleros, los trabajadores, las criadas y los hombres de las cuadras los ven pasar, sin ningún cambio; los patrones siguen allí tan eternos como terribles.

La única noche que el mundo da la vuelta es la noche del carnaval. Antes del miércoles de ceniza la gente sale a la calle amparada bajo la protección de un disfraz o un antifaz. Los hombres que trabajan en los establos y en los graneros sacan a bailar a las señoritas de buena estirpe y ríen con ellas, bebiéndose su belleza; las jóvenes criadas bailan de las manos de los señoritos que sus madres criaron y la gente ríe, por una noche, en la pretensión de ser iguales.

Richard pierde a Anne y a Edward tan pronto se internan entre la multitud y da vueltas, desconcertado. Catesby tampoco está, nota, y se encuentra, de repente, completamente solo en medio de antifaces y máscaras.

Choca con un hombre vestido de pastor y, de nuevo, le parece ver a un fantasma al mirarlo a los ojos. Los reconocería en cualquier parte. El cabello es blanco ahora, pero los ojos siguen siendo aquellos ojos tiernos y amables que dijeron: «Richard, Dios perdona a todos sus hijos».

—¿Quién…?

El pastor se queda petrificado al sentir su mirada e intenta extender un brazo hacia Richard, pero la multitud los separa; la doncella y el pastor se pierden entre las sombras de la noche, incapaces de volverse a encontrar. En otra vida, padre, soñé con ser la mujer del pastor. Vestiría hermosos vestidos de campo y llevaría un pañuelo sobre mi cabeza. Esperaría frente a la ventana de la cocina, con el delantal puesto, verlo llegar con sus ovejas y su sonrisa, sus patas de gallo. No me resistiría, Dios, a ser esa mujer incompleta, esa bruja que escondo, a usar este cuerpo maldito que me entregaste. Pero en vez de eso, el hombre mató al pastor a golpes con la culata de la pistola y todo acabó con un silencio atronador, frente a tu altar, señor.

Dios, si me lo hubieses permitido, me habría sometido a él cuando le rogué por su amor.

El fantasma se le escapa de entre las manos y Richard no puede volver a asirlo, confundido. Reconocería aquellos ojos en cualquier parte. Da vueltas, intentando buscar un indicio del pastor desaparecido, pero la multitud lo rodea. Máscaras, antifaces. Doncellas, reinas, bufones, reyes, ángeles y demonios. La gente ríe, canta, baila y Richard es engullido por el carnaval sin quererlo, perdido entre todos.

La mañana siguiente, todos se preguntarán el nombre de la hermosa doncella vestida de princesa que acudió a los carnavales. Todos los hombres del pueblo preguntarán, sin falta, si alguien la conoce, deseando robarla para ellos, montarla en un caballo, tomarla por la cintura y llevársela lejos. Nadie les responderá y así pasará el tiempo hasta que nadie esté completamente seguro si fue real aquella mujer o tan solo un espectro.

Pero aquella noche todavía no es leyenda y, perdida, la doncella camina entre la multitud, hasta que su mirada se detiene en un hombre que ha optado por representar a Satanás mismo, con la máscara de la cabeza de una cabra. La multitud a su alrededor se asusta o se sorprende, pero todos lo miran y, como si fuera el destino, Richard acaba chocando con él, empujado por los otros. Reconoce aquellas ropas y aquel cuerpo cuando lo rodea con los brazos.

—Señora —murmura Satanás, y Richard también reconoce aquella voz—, ¿me concederá un baile?

Lo mira con los ojos muy abiertos, intentando atisbar a Buckingham debajo de aquella máscara temible. Sólo el hombre que abandonó la iglesia se atrevería a vestir con el rostro de Lucifer, el ángel caído, aquella noche. Se abraza a él, recargando su cabeza en su pecho; escucha los latidos de su corazón y se aferra como si aquel espectro fuese su ancla al mundo.

—Estaba buscándote sin saber que te buscaba —confiesa y sus palabras escapan en un suspiro.

—Baila conmigo.

Es la primera y la última vez que bailan en público. No tendrán otra oportunidad. Un hombre que baila con otro tan íntimamente es condenado a las llamas del infierno; proferirán los párrocos sus condenas absolutas, les dará la espalda el mundo, la gente, el pueblo. Es muy tarde ya para desear aquella vida. Y sin embargo. La mano del diablo aferra la cintura de Richard y lo hace dar vueltas al son de la música de los carnavales, y él se sostiene de aquella criatura, mujer cautivada por el demonio.

La gente a su alrededor los observa, intrigada por la imagen de la doncella capturada por Satanás.

En su oído, Buckingham murmura:

—Nunca podremos ser esto, Richard.

—Esta noche sí —responde él, pegándose a su pecho—. Esta noche no soy el patriarca y no eres mi consejero. Esta noche soy tuya, y tú mi dueño.

Richard siempre ha sabido la manera exacta en la que desea ser poseído. Una parte de él entregaría su ser, su alma, su cuerpo, yacería en el altar como sacrificio, desnuda, hermosa, pecador y maldito. Róbame, quiere decirle a Buckingham. Haz lo que mi hermano hizo con la mujer que llevó al altar y llévame sin preguntar mi opinión; cárgame en tus brazos y huye conmigo, que nunca vuelvan a saber de nosotros, que me mantengas cautiva, desnuda, atada a los pies de tu cama, que me adores de rodillas, que veneres mi cuerpo, que mi alma sea tuya.


Al terminar el baile, Satanás mismo roba una doncella. El señor de la noche bebe de su belleza y, seducido por su piel blanca como la nieve y su cabello negro como las alas de los cuervos, la levanta en volandas como lo hacen los novios con las novias vestidas de blanco. Ella mira la cabeza de la cabra a los ojos, cautivada por su hechizo. La gente grita. En ese momento empieza a gestarse la leyenda que, muchos años después, seguirá corriendo por aquellas calles empedradas.

Una noche de carnavales Lucifer mismo acudió a las fiestas, y, enamorado de una doncella solitaria, la levantó en sus brazos y se la llevo al infierno. Los mejores cuenteros harán una pausa dramática llegado aquel punto, con las miradas expectantes de su audiencia sobre ellos. Dirán entonces, con la voz más baja, alentando el misterio, que vieron abrirse la tierra y presenciaron cómo Lucifer, el de los muchos nombres, señor de la noche, arrastró a aquella doncella consigo rumbo al infierno. En ese punto, las abuelas harían la señal de la cruz. Dios mío, te rogamos. Nadie supo quien fue aquella hermosa mujer del vestido azul noche. Su nombre se perdió entre la arena del tiempo y su identidad no fue más que la de amante del demonio.

Buckingham llevó a Richard a la misma capilla donde todo aquello había empezado. El lugar del himen roto, el pacto consagrado. Donde la comunión se había convertido en la sangre que chorrea entre las piernas de las vírgenes empapando las sábanas que, la mañana siguiente a la boda, colgará de las ventanas de los recién casados.

Richard pierde el cabello a medio camino, Buckingham pierde la máscara de cabeza de cabra. Al encararse frente al altar no son más que ellos mismos, diablo y doncella perdidos entre el carnaval convertidos en leyenda.

Buckingham alza una mano y acaricia la mejilla de Richard; el tiempo se detiene en aquel gesto y entre sus miradas yace entero el universo, el vasto infinito, la eternidad, se esconden todos los secretos del mundo. En aquella distancia existe el todo y la nada. Se miran un hombre que creyó que no caería nunca en las garras del amor y otro que ha estado dispuesto a traicionar su identidad misma con tal de ser amado.

—Aquella vez, te obligué a confesar, Richard. Pero nunca admití lo que quería cuando te vi, cuando vi tu cuerpo, cuando te tuve a mis pies.

—Buckingham…

—Te deseo a ti, Richard, a ti.

Fue necio creer que no me enamoraría nunca, Richard, fue necio soñar contigo en la cruz, en el altar, mancillado, a mis pies, de rodillas, con las marcas de mi lujuria en tu cuerpo y creer que no caería yo también de manera irremediable. Pensarte crucificado en la cruz, en lo alto de Gólgota, y creer que no me enredaría en tu hechizo fue necio.

Los ojos de Richard no se despegan de él. Por esta noche, dicen, soy tuya, y tú mi dueño. Buckingham extiende la capa de Satanás a un pie del altar y, con sumo cuidado, le quita a Richard el vestido. Sus manos se detienen en la siguiente capa, el corsé; lo aprieta, tentándolo, antes de permitirle respirar.

—Haría que tu cintura fuera la más pequeña —musita en su oído—, para poder rodearla con mis manos.

Richard gime sin reconocerse a sí mismo. Permite que Buckingham deshaga los lazos del corsé a tirones y le ayuda a quitárselo, cada vez más impaciente. Se desprende él mismo de la blusa mientras Buckingham baja las enaguas y las medias al mismo tiempo por sus piernas. Así, frente él, Richard desnudo, digno de la adoración de Dios. Rey coronado en oro y plata, reina sacrificada ante al altar del señor.

Padre Nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre; venga a nosotros tu reino. Richard yace frente al altar, su cuerpo extendido ante Dios, presentado ante el diablo. Hágase tu voluntad, tanto en la tierra como en el cielo. Las manos de Buckingham recorrieron su piel hasta que Richard se olvidó a sí mismo, desesperado por la promesa del placer. Perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos ofenden. Los amantes alcanzaron el éxtasis ante la mirada impasible del retablo. No nos dejes caer en tentación y líbranos del mal, amén.

Aun sensible, Richard sintió los dedos de Buckingham entre sus muslos, quien se había incorporado. Lo obligó a abrir las piernas, usando sus rodillas para impedirle cerrarlas; Richard se mordió los labios intentando contener un gemido.

—¿Sabes un secreto, Richard? Dijo Dios a Eva cuando probó la manzana: con dolor darás a luz los hijos; y tu voluntad será sujeta a tu marido. Pero, por su osadía, también le concedió un regalo. —Los dedos, su cuerpo, las piernas abiertas, el temblor de sus muslos—. Podría disfrutar del placer una y otra vez, sin pausa, hasta olvidar ser humano. ¿Cuántas veces podrás soportarlo, Richard, antes de rogarme que pare?

—Buckingham…

—Esta vez, usa mi nombre de pila. Úsalo para suplicarme piedad, para declararme tu amor. Esta vez, pretendamos.

Hunde sus dedos en Richard, que tiembla.

—Henry Buckingham —dice.

Tu dueño, tu amante, tu hacedor.

—Henry…

Padre Nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino. Hágase tu voluntad, tanto en la tierra como en el cielo. Si esta es, Dios mío, no me la quites nunca. Buckingham lo lleva al éxtasis al menos tres veces más y entonces Richard olvida su nombre y cómo rezar. De sus labios sólo sale una súplica desesperada, sin saber lo que está pidiendo. No te detengas, quiere decir, que sea tuya yo para siempre, que nunca más pueda yacer con otro hombre, que está condenada a perseguirte por toda la eternidad. No más, quiere decir, ya no puedo soportarlo más. El placer se convierte en dolor y después en éxtasis de nuevo; el nombre de Henry Buckingham es lo único que permanece en su mente. En el nombre del padre, del hijo, del espíritu santo, permíteme pertenecerle a este hombre.

Henry Buckingham, que seas tu el demonio que roba a la doncella, que sea yo la doncella a encadenada a tus pies. Amén.


Yacen frente al altar mancillado en las altas horas de la noche y Richard se acurruca en el pecho de Buckingham, escuchando su corazón latir. Dios mío, nunca te lo lleves, nunca me lo arrebates. Sé que no es un hombre de Dios, pero yo creeré por los dos. Señor todopoderoso, quizá nunca entienda tus designios o tu maldición sobre mí, quizá toda mi vida tema tu juicio fulminante, pero no te lo lleves, no me lo quites. En el silencio de la noche, se pueden escuchar sus latidos. Ha pasado la hora de pretender y vuelven a ser lo que siempre han sido: Henry Buckingham, el hombre que abandonó el seminario; Richard Plantagenet, el patriarca.

En otra vida, Richard hubiera sido la muchacha cautivada por un cura tras la muerte de su padre, condenada a un amor imposible, dispuesta a llevar en su vientre a los hijos de un hombre de Dios. De haberla descubierto, su madre y sus hermanos la hubiesen enviado hasta el convento de las benedictinas, dispuestos todos a evitar el escándalo y convertirla en monja. Se hubiese vuelto entonces postulante y luego quizá novicia bajo el estricto control de la clausura. Hubiese conocido al joven seminarista tras las rejas, sin poder tocarlo, sin poder extender una mano para sentir el calor de su piel, poco tiempo antes de sus votos perpetuos, el encierro definitivo. Hubiese sido cautivada por sus ojos y su voz, y él, el seminarista que no creía en Dios hubiese caído rendido a los pies de una novicia que añoraba el mundo. Henry Buckingham le hubiera propuesto matrimonio a través de la reja de la clausura y ella hubiera sido expulsada del convento, sin el velo, con el cabello a mal cortar, los ojos llenos de sueños e ilusiones; él hubiera abandonado el seminario para llevarla en volandas hasta su lecho de casados.

La boda hubiera sido hermosa. Richard hubiera llevado el vestido blanco de seda más delicado de todos y hubiera caminado sola por el altar. Nadie más que Dios la entregaría a su marido, pues habían estado destinados desde los albores del tiempo. Ah, Henry Buckingham, Dios te quito una costilla para hacerme a mí, para hacer este cuerpo destinado a postrarse ante ti. Te recibo a ti, como esposo, y me entrego a ti, y prometo serte fiel y obediente en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, amarte y respetarte todos los días de mi vida. Lo hubiese dicho de corrido, con la voz segura. Me someto a ti, para ser tu esposa; mi vida es tuya, tú eres mi dueño.

Quizá, en esa otra vida, Richard hubiese llorado también al mirarse al espejo, al ver su cuerpo. Los doctores dijeron: será más fácil, y quizá en aquel otro tiempo inexistente su padre les hubiera creído, permitiendo que lo mutilaran, que lo volvieran esa mujer que teme, que llora, que anhela, que es sin ser. Quizá miraría sus pechos odiándolos sin entender por qué. Quizá en aquel espejismo se odiaría a sí misma y no existirían las respuestas.

Pero sería amada.

Jeanne d’Arc se ríe, en su mente. «¿Valdría la pena? Bruja demonio, qué ingenuidad, aun no has aprendido a vivir entre los márgenes».

Richard está a la mitad de todas las certezas, en medio de todas las preguntas del mundo. Maldito, bruja y demonio, hombre y mujer, añorando una realidad que le parece una pesadilla. En aquella otra vida, olvidaría su nombre, lo olvidaría el mundo y sería recordada como la señora Buckingham y nada más.

Buckingham acaricia su mejilla. Richard no puede verlo, pero escucha su corazón.

—¿En qué piensas?

—En nuestra boda —musita Richard—. ¿Has imaginado mi vestido? Blanco coral, precioso, de seda de la más fina. Lo odiaría, Buckingham, lo odiaría en mi piel, pero sería hermoso. Nunca tendremos todo aquello.

—Si quieres tenerlo, te lo daré.

—Sería una mentira —responde Richard—, no es más que… No sería más que un disfraz. Aun hoy, aun ahora. Esa mujer es tan sólo un disfraz. No soy… No soy ella. Todo sería más fácil, si lo fuera o si la deseara. Esa mujer podría amarte incluso si se odiara a si misma, Buckingham.

Me da miedo, pensó sin decir, lo que harás por amarme. Aun así, se quedaría a su lado, escuchando su corazón, amándolo incluso si Buckingham lo traicionara. Fue el primer hombre que preguntó: ¿pero han amado a la mujer que eres? Fue el primero que le hizo el amor, el hombre que rompió su himen, el hombre que aprendió a recorrer su cuerpo para verlo deshacerse en placer. Richard permanecerá a sus pies; en la habitación del patriarca de aquel pueblo decadente siempre gobernará otro hombre.

—Todavía no es la mañana. Aún puedes pretender.

 Los primeros rayos de sol los encontraron acurrucados, uno al lado del otro; entraron en la iglesia por los vitrales y alumbraron sus cuerpos de colores. Terminó la pretensión entonces y volvieron a ser todo lo que eran. La mañana del miércoles de ceniza Buckingham se encerró con Richard en la sacristía de una de las parroquias del barrio de York hasta que Catesby apareció con ropas más apropiadas para él. Lo ayudó a vestirse y a vendarse el pecho, a volver a ser.

Buckingham colocó en la frente de Richard la cruz, la ceniza. Declara, con un beso en su temple:  

—Recuerda que eres polvo, y al polvo volverás.

Que volvamos juntos, Henry Buckingham, que se mezclen tus cenizas con las mías cuando seamos arrastrados al infierno, que ni siquiera en la muerte me abandones. Amén.


y mientras comían, tomó Jesús el pan, y bendijo, y lo partió, y dio a sus discípulos, y dijo: tomad, comed; esto es mi cuerpo. y tomando la copa, y habiendo dado gracias, les dio, diciendo: bebed de ella todos; porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados

mateo 26:26-28


Richard persigue a un fantasma ansiando encontrarse con sus espectros. Acude a la parroquia del barrio siempre después del rosario. Al principio, el padre le pregunta si desea confesarse, pero él siempre niega con la cabeza. Richard Plantagenet nunca ha sido un hombre que persiga la expiación, aún si ansía la aceptación de Dios. Aquellas tardes, de rodillas sobre el mullido reclinatorio, hace la señal de la cruz mirando directamente al crucifijo y reza un sencillo Padre Nuestro. Cree sin creer, como todos los hombres que han visto la muerte a la cara, los que han disparado y han visto la luz extinguirse en los ojos de otros. Cree sin creer, como todos los hijos pecadores de Dios para los que no será el reino del cielo, los fornicarios, los que yacen con otros hombres, los asesinos.

Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad, tanto en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día, perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en tentación y líbranos del mal. Amén.

Aquella noche, Richard recuerda golpearlo con la culata de la pistola en la cabeza. Recuerda la sangre empapando sus manos, la voz histérica de Henry llamándolo monstruo. Nadie recogió los pedazos del corazón roto y destruido que permanecieron en aquel altar hasta que Buckingham lo amó. Nadie supo como sostener a Richard, cómo abrazarlo. Nadie entendió, porque nadie estuvo allí, nadie vio la crueldad con la que Henry habló, no vieron el miedo, no escucharon los pedazos de Richard derramarse por el mármol de los pisos. Quien vio sus lágrimas nunca supo cómo consolarlo.

Padre, yo lo hubiera amado, si tú lo hubieras permitido. Lo hubiera amado en secreto, de lejos, hincado sobre el reclinatorio, entre un rezo y el siguiente. ¿Qué hubiera sido, ser el amante del cura?

Una de aquellas tardes, ya cerca la semana santa, Richard se pone en pie una vez que ve a los cofrades marcharse de la parroquia y hace una última vez la señal de la cruz. En el nombre del padre, del hijo y del espíritu santo.

En la puerta de la iglesia se detiene una figura de cabello blanco que Richard reconocería incluso en sueños. Nunca he dejado de amarte. Aun si puedo amar a otro, aún si le pertenezco a otro, nunca pude dejar de amarte. Incluso cuando me llamaste monstruo. Esta vez, el pastor que lleva vendado un pedazo de la cara no huye. Se queda de pie, en silencio, en la entrada de la iglesia.

Richard se detiene frente a él.

Henos aquí. ¿Está vez escucharás mi confesión?

—Padre, confieso que he pecado —le dice. Sé que eres tú. Aquí estamos de nuevo, el uno frente al otro—. Ave María Purísima.

El silencio se extiende y con él la eternidad. Todo el tiempo del mundo está contenido en aquel momento. Dios crea al mundo, la luz, a Adán y Eva; todo el tiempo se esconde entre aquellas dos miradas que, por primera vez en más de una década, vuelven a encontrarse. Henry Plantagenet aún tiene los ojos más hermosos del mundo.

—Sin pecado concebida —dice, finalmente. Sigue teniendo la misma voz benevolente y cariñosa.

Richard cae de rodillas frente a él y se traga el dolor del golpe. Por aquel hombre se convertiría en un penitente y llevaría una cruz a su espalda la mañana del viacrucis. Richard Plantagenet le pertenece a otro, pero no ha olvidado los ojos de Henry cuando dijo: «Dios perdona a todos sus hijos». Nunca ha sido capaz de desterrar la memoria de la ternura en sus manos y la suavidad de sus labios.

—Padre, hace mucho, maté a un hombre al que amé.

A ninguno de los dos se les escapa el pretérito en los labios de Richard. Aun así, Henry Plantagenet se inclina ante él y besa su sien. Richard cierra los ojos, bendecido por el hombre de Dios, y se abraza a él. Si Dios me lo hubiese permitido, te hubiese amado tanto, Henry, hasta que doliese por dentro. Un amor tan grande que no pudiera contenerlo dentro de mis costillas, que se rompiera mi ser para permitirte acurrucarte en mi cuerpo y volverte uno conmigo. Acaso Dios sabe, Henry Plantagenet, lo mucho que estuve dispuesto a amarte.


Henry Buckingham descubre la escena cuando entra en la parroquia buscando a Richard. El hombre de las cicatrices y cabello blanco mira al cielo y llora pidiendo perdón; Richard se aferra a él, postrado de rodillas, imagen perfecta de la virgen doliente al pedirle al señor por su hijo que se desangra en la colina de Gólgota, deshecha de dolor. Ah, las piezas del tablero se mueven. No se equivocó al pensar que ningún otro hombre cuidaría tan bien las espaldas de Richard como aquel que falleció en la parroquia tantos años antes. En aquel entonces, por las calles había corrido la historia de Henry Plantagenet disfrazado de párroco, la leyenda de cómo Richard lo había encontrado antes que nadie. Nadie se había preguntado de dónde había salido aquella historia.

Y sin embargo.

Aún quiere probar otra teoría.

—Richard —llama.

Se deleita en el pánico de sus ojos y la rapidez con la que se mueve para apartarse del cuerpo que aferraba hasta hace un momento.

—Buckingham. Yo no…

También le rompe el corazón el miedo en sus ojos, como cuando le aseguró con desesperación que nadie lo había tocado, desnudo ante él, dispuesto a demostrárselo. Qué poco te preocupas por ti, Richard Plantagenet, piensa Buckingham, preguntándose si acaso el patriarca tan sólo conoce aquella manera de temer por el cuerpo propio: en tanto es propiedad de otros.

—Nosotros no…

Buckingham se acerca a pasos lentos. Richard sigue aún en el suelo, entre medio hincado, medio sentado. Henry Plantagenet, estoico, ni siquiera se mueve. Su mirada está fija en Richard; a Buckingham le da la espalda. El sonido de las suelas de los zapatos chocando con el frío mármol resuena en la cúpula de la parroquia hasta que se inclina frente a Richard, ignorando a Henry.

—Lo sé —dice con una sonrisa—. Sé que no le entregarías algo que no te pertenece.

¿Pero acaso has olvidado el resto de tu cuerpo? El alivio en los ojos de Richard podría romper el corazón de Buckingham, si tan sólo éste no entendiera perfectamente el papel que ha jugado en conjurar aquella reacción; sueña con Richard Plantagenet postrado en sus pies, su amor, su esposa, su única posesión, su esposo, eso que nunca serán, la virgen devota que ante José dijo: seré la madre de Dios, y José la adoró, hincado allí entre sus piernas, oh, María, todo el placer será tuyo. Sueña con Richard cubierto por un pesado velo de terciopelo púrpura, mirando al cielo, como Nuestra Señora de las Angustias, la virgen de los dolores, para ser capaz de tomarlo entre sus brazos y despojarlo de todas las tragedias.

—¿Lo deseas? —pregunta, con el tono cargado—. ¿Deseas que te mire?

—¿A qué estás jugando, Buckingham? —pregunta Henry Plantagenet a sus espaldas, interrumpiéndolos—. Él es tu hombre, no merece que lo tortures.

Henry Buckingham no lo mira.  Se concentra en los ojos de Richard y se sorprende de lo hermosos que son. En ellos brillan todas las estrellas del firmamento que cargan todos los anhelos del mundo; no hay en ellos nada frío ni cruel, por más que Richard insista en considerarse un ser maldito. Queda el rastro de mirada que recibió confundida la noticia de la muerte de sus sobrinos y reflejó la tristeza más complicada y el alivio más certero, todas las multitudes de Richard unidas en aquel cielo nocturno. Tiene la mirada más hermosa y clara del mundo.

—No me atreveré a negarle el placer que él mismo se ha negado —responde, acariciando su mejilla—. Sabes lo que es mío, Richard, en cuanto al resto…

«Lo permito», dirá si es necesario. Ambos saben perfectamente quién es el hombre que marca el compás en la cama del patriarca. «Lo permito», dirá si hace falta, y se tragará el dolor y los celos para beber de aquellos ojos hermosos que no se despegan de él.

Al final, Richard se ríe. Su carcajada suena roca y hueca, choca con las paredes y las columnas, se estrella contra el altar y se rompe allí en mil pedazos. Extiende sus miedos en aquel sonido aterrador y los desnuda frente a los hombres que ama y teme, aquellos a los que se entregaría sin pedir nada más. En otros tiempos, Buckingham hubiera creído que aquel sonido roto y desesperado, hasta demente, era lo que perseguía, que el hombre a sus pies era el hombre que quería tomar entre sus brazos y despojar de todo honor, pero ya no está tan seguro.

«Si tú quieres ser el patriarca, Richard, yo te quiero a ti».

—¿Qué importa lo que yo desee, Buckingham? —pregunta, finalmente, desviando su rostro, dejando que el fleco caiga como una pesada cortina escondiendo sus ojos—. ¿Qué importa que lo permitas? —Vuelve a reír y de su risa brotan a borbotones heridas tan profundas como terribles; en los mármoles corre el río carmesí que lo ha envenenado por años. Levanta la vista de nuevo y sus ojos se clavan en Henry Plantagenet—. Él no me desea, Buckingham. Él no…

Allí, frente al altar, yace el corazón roto de Richard, hijo de Richard, monstruo, demonio, bruja.

—¿Qué importa, Henry? —y ninguno de los dos sabe a cuál se refiere—. ¿Qué importa, tan tarde?

La risa, qué horrible es, Señor mío, qué venenosa. Los minutos pasan, hasta que la carcajada se convierte en las lágrimas que caen a borbotones, histéricas, dolidas; frente a Buckingham yace un hombre roto. Pasa un rato hasta que el torrente se detiene y el cuerpo menudo de Richard ya sólo tiembla por inercia.

—Qué patético —dice, ante el atronador silencio—. Y aún así permito que me torturen con aquello que nunca podrá ser mío.

Al final, el mundo termina cuando, estrangulado de arrepentimiento, Henry Plantagenet vuelto del más allá abre la boca y encuentra las palabras que se habían perdido para siempre entre su corazón y su garganta. Le cuesta conjurarlas, pero tras diez años aún están allí. El universo colapsa sobre sí mismo y mueren todas las criaturas de Dios para traer aquella confesión a la vida; todo lo terrenal acaba y vuelve a empezar en un segundo tan eterno como la divinidad.

—Te desearía, Richard, si pudiera. Si… Te desearía. No sé cómo desearte.

Buckingham observa cuidadosamente la reacción de Richard: el dolor que se esconde en sus ojos junto a la sorpresa que no puede disimular. Con su mano detiene su barbilla para impedirle volver a esconder su rostro.

—Plantagenet, ¿quieres verlo? —pregunta, sin mirar a nadie más que a Richard. Observa su reacción ante la pregunta que le hace a Henry, preparado para detenerse si es necesario—. ¿Quieres escucharlo? Gime como una prostituta. Lo desea tanto; nunca he conocido a nadie que ansíe tanto el placer como Richard.

—¿Por qué lo permites? —pregunta Henry—. Es tu hombre. Lo sé; lo sabe medio pueblo, aunque todos estén ciegos y te crean sólo el perro guardián al que el patriarca de los Plantagenet trae con una correa al cuello.

Pero responde Richard, anhelante, lleno de deseo.

—Por favor. Por favor…

El universo no sabe a quién suplica, por qué. Richard Plantagenet ansía con la desesperación de quien ha intentado negarse todo y fracasado; ansía como las doncellas atrapadas en las torres que esperan príncipes que nunca llegarán, como los jóvenes nerviosos que acuden al barrio rojo y recuestan su cabeza sobre las piernas de las prostitutas que les enseñan a hacer el amor; como las novicias que han de aprender a vivir sin el tacto humano; como las mujeres que esperan en su noche de bodas; como los enamorados frente al altar. Suplica como los novios que se casan en secreto dicen frente al padre «sí, quiero», con la misma añoranza que se intercambian los anillos; la misma desesperación con las que las señoritas prometidas a hombres que les doblan la edad ruegan a sus amantes que las roben; con la misma adoración que los jóvenes jornaleros acuden a las ventanas de las mujeres que aman y dejan allí una flor. Richard Plantagenet suplica, y el universo responde con la voz de Henry Buckingham.

—Es mi hombre, tú lo has dicho. No le negaré el placer.


Acostado sobre el altar, desnudo frente a Dios, Richard suplica. A Buckingham no se le escapa la mirada fascinada de Henry, cuando posa un beso sobre su sien y Richard ruega que sostenga sus manos. No lo hace con fuerza ni buscando someterlo. Richard podría liberarse en cualquier momento. Y sin embargo.

—La humanidad lo ha olvidado, pero, en el albor del tiempo, cuando Adán se arrodilló ante Eva y bebió de su ser, los hombres aprendieron a envidiar a las mujeres. Por sus muslos resbaló el pecado original, el primer placer, sin detenerse —dice Buckingham, mientras pasa sus dedos por los muslos de Richard, peligrosamente cerca de lo que desea tocar, irremediablemente lejos—. Cuando Dios las hizo, Richard, lo que él llamó pecado los hombres lo consideraron la bendición que les había sido negada. El placer eterno.

—Henry, por favor…

Ninguno sabe a cuál Henry suplica.

—Por favor…

—Al final de esta noche, desearás no haberme suplicado, Richard —dice Buckingham—. No olvides la parte de tu cuerpo que me pertenece.

Una y otra vez, sus dedos lo llevan hasta el placer y lo dejan caer al precipicio. La segunda vez, Richard dice, entre sus gemidos: Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros los pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén. Su oración se vuelve un gemido desesperado cuando se da cuenta de que Buckingham no planea detenerse y que ha encontrado ese lugar que los hombres creen mítico, la fuente de todo placer. Cuando Dios creó a Eva de la costilla de Adán, escondió en ella aquel pecado, seguro de que no sería tentada; la arropó con un pedazo de la piel de los ángeles, considerándola criatura hermosa, virginal, eterna. Pero Eva deseó el mundo y, al morder la manzana, recordó lo que Dios había escondido en ella y, poniéndose Adán de rodillas, buscó hasta hallar la coordenada exacta, el secreto de todo el placer del mundo. El primer pecado de los enamorados fue la curiosidad.

La tercera vez que llega al precipicio, Richard sabe lo que le espera y aprieta las manos de Henry. No me sueltes, quiere decirle, pero no llegan las palabras a sus labios. En vez de eso, permite que sus ojos se pierdan en los del pastor, en aquella fascinación extraña, aquel amor que no ha terminado. Henry Plantagenet no mira su cuerpo, pero no se le escapa el placer de su rostro, la manera en que Richard se muerde el labio inferior intentando evitar el gemido y la expresión que hace al dejarlo salir.

—Padre… —empieza.

Buckingham, carente de piedad y misericordia, no se detiene. Lo deja caer una tercera vez.

—… confieso que he…

El gemido en sus labios. El sonido mismo del mundo, la canción que se esconde en las alcobas de los amantes, la melodía de humanidad.

—… pecado.

He pecado, padre, y el pecado ha sido hermoso y terrible. He pecado, padre, he amado. Padre nuestro que estás en el cielo, he amado como un pecador. Supliqué por el placer y este me fue concedido. Buckingham no se detiene. Las piernas de Richard tiemblan, perdiendo el control de sí mismas. Su espalda se arquea, su cuerpo desesperado no sabe si desea aquella tortura o ansía su final. Pero Buckingham no se detiene.

—Padre… he pecado… y el pecado ha sido… hermoso.

—Richard. —Henry posa de nuevo sus labios sobre su sien—. Dios ama a todos sus hijos —musita contra su piel—. Estás perdonado.

Poco a poco olvida su ser y su nombre. Se vuelve un amasijo de carne, gemidos, desesperación. Los dedos de Buckingham lo destrozan, una y otra vez, sin detenerse a recomponerlo. Sus piernas aun tiemblan cuando Buckingham usa su lengua; el sonido de su gemido sube hasta la cúpula y en la piedra rebota el eco de su placer. En los albores del tiempo, Adán se arrodilló ante Eva, presionó contra su sexo su rostro y ella gimió su nombre. Una y otra vez. Buckingham no se detiene. Le entrega el placer como una cascada infinita en la que Richard se ahoga hasta que sus ojos se llenan de lágrimas; hasta que se olvida de su nombre y de ser humano; sólo puede suplicar mientras sus piernas tiemblan, desesperadas.

—Si las cierras, Richard, encontraré con que amarrarlas —y está seguro de que Buckingham profiere una amenaza, pero él sólo escucha una promesa.

—Por favor…

Ave María Purísima, ruega por nosotros los pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. En el pueblo nunca sabrán lo que aconteció aquella noche en la parroquia del barrio de York. Nunca sabrán de las herejías cometidas ante el altar, de cómo Henry Plantagenet besó las sienes de Richard, una y otra vez, mientras sostenía sus manos. No supo cómo desearlo, pero aquella noche aprendió a mirarlo y aquello bastó, le entregó el amor que le debía y Richard nunca le pidió nada más. Nadie escuchará de cómo las manos de Henry Buckingham llevaron al patriarca hasta la desesperación, de cómo su lengua lo condujo hasta el abismo. Nadie sabrá nunca de aquel placer embriagante y eterno, aquel pacto secreto. Padre Nuestro que estás en el cielo, que sea esta nuestra forma de adorar al prójimo, que sea este tu reino, este placer eterno, secreto.

Buckingham se detiene cuando las piernas de Richard no pueden más y lo acuna entre sus brazos cuando se libera de Henry.

—Tú no… tú no… —dice Richard, con la respiración entrecortada.

«No te preocupaste por ti».

—No importa. —Henry Buckingham besa su sien, allí donde Henry Plantagenet posó sus labios. Se permite aquellos celos, aquella pequeña victoria, teniendo a Richard entre sus brazos—. Habrá otras noches, Richard, no importa.

Henry Plantagenet vuelve a la tumba en silencio, mientras los mira a lo lejos, comprendiendo que el momento ha pasado. Se convierte de nuevo en James Tyrell mientras Buckingham acaricia la mejilla de Richard, acunándolo en sus brazos, susurrándole palabras de amor; lo observa besar su rostro: sus labios, sus sienes, el puente de su nariz, sus mejillas, su frente. Comprende que aquel momento no le pertenece y, cohibido, aparta la mirada hasta clavarla en Jesucristo crucificado. Ah, señor, espero que me perdones algún día. Lo quise tanto, lo quiero tanto. ¿Me perdonarás por no haberlo podido amar? ¿Me perdonarás por odiar el cuerpo mientras amo el alma? Señor, oh, señor, ¿por qué no puedo desearlo?  James Tyrell, acostumbrado a vivir en los márgenes del deseo, pero comprendiendo el tormento al que Henry estuvo sometido toda su vida, hasta la fatídica noche de la confesión de Richard, responde: los designios de Dios no son un error; hizo el señor a todos sus hijos hermosas criaturas. Está bien si no sientes deseo.

Aún lo amas, Henry Plantagenet, y eso es hermoso, no lo olvides. Sólo Richard puede salvarte, sólo él puede traerte de vuelta.

La siguiente luna, la sangre no llega.


bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre Jesús

ave maría


La mañana de la primera sangre, Richard creyó que moriría. Sus entrañas se retorcieron y la sangre cayó entre sus piernas. Su madre lo llamó monstruo y lo arrastró hasta la capilla al tiempo que Richard chilló de dolor. «Ruega por tus pecados, demonio», le dijo Cecily Neville, «ruega a Dios que nos perdone por haberte traído al mundo». La sangre se corrió entre sus piernas, caliente y se derramó ante el altar. Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre. Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre. ¿Me perdonarás algún día, Padre? Aquella fue la traición definitiva de su cuerpo. Los pechos, las curvas, la complexión menuda, la delicadeza de sus facciones. La sangre y los coágulos resbalando entre sus muslos.

No fue hasta mucho más tarde que llegó Catesby y en su cara Richard encontró la preocupación. A aquel muchacho tampoco le habían explicado el sufrimiento al que las mujeres se sometían cada luna, el pecado, la vergüenza. De eso no se hablaba en el pueblo más que por lo bajo, allí donde los hombres no se acercaran. Y aún así, Catesby se había armado de valor para preguntárselo a una de las mozas después de hacerla jurar que no diría nada.

Aquella tarde, ante la mirada aterrorizada del Richard adolescente, Catesby tomó entre sus manos su rostro y juró: todo estará bien, señorito Richard.

Le enseñó los paños que las mujeres le habían dado, cosidos por ellas, en el tiempo que le robaban a los deberes a los que las habían confinado, en sus máquinas de coser viejas, bajo la luz de las velas. Lo enseñó a ponérselos y desvió la mirada cuando, con ciega rabia, Richard dijo: «no mires». Al amparo de la noche, Catesby mezcló hierbas medicinales en las ollas de la cocina de la casa grande y sirvió el brebaje en una taza que más tarde hubo de obligar a Richard a tomar. «Nadie se enterará de esto», juró.

La sangre empapó las baldosas de la capilla familiar. Maldito seas, Richard Plantagenet; maldita sea toda tu descendencia. Cayó a borbotones, fue aquel otro nacimiento.


Existe, en el mirarse al espejo sin las vendas sobre el pecho y sin las manos intentando esconder la dualidad y la nada, un horror primigenio. Observar de frente el cuerpo traicionero y esperar la sangre bajar por los muslos, ese sentir que se desgarra el mundo, ese silencio donde nunca existirá el llanto, ni la risa. Dios dijo: con dolor parirás a tus hijos y Eva sufrió por su placer. Se acuclilló ante la tierra y gritó mirando al cielo; a sus hijos les entregó la hermosura del mundo en aquel amasijo de carne y sangre. Richard se pregunta si habrá sonreído también, como Anne Neville al sostener en sus brazos a su hijo, recostada sobre el pecho de Richard; si habrá pensado que todo ese dolor y ese castigo habían valido la pena.

Buckingham lo abraza por la espalda, admirándolo.

Es más fácil mirar sus ojos que mirarse a si mismo. Más fácil sentir su mano recorriendo su piel, buscando sus muslos.

—No puedes pertenecerle a Dios —dice Buckingham, en su oído—, no puede robarte, Richard, ni pretender poseer todo lo hermoso de este mundo.

Quizá ese es también el horror. Observar el cuerpo amado y no poder dejar de odiarlo, ni verlo monstruoso. Sentir las manos cariñosas recorriendo cada pedazo de su piel y aun así desear arrancársela a pedazos. Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, ojalá nunca me perdones esté pecado; ojalá, el día del juicio final, me mires a los ojos y dejes que Satán me arrastre. Ojalá me queme en el infierno, Dios Padre, ojalá que Henry Buckingham se queme conmigo.

—Necesito que duela —dice, deteniendo una de las manos de Buckingham—; haz que sea un tormento, Buckingham, haz que…

Una de las manos de Buckingham rodea su cuello. No le impide respirar, pero Richard es incapaz de ignorarla.

—Necesito que duela, este pecado entre tú y yo.

Las palabras en su oído:

—Lo sé.

Otra mano recorre sus muslos. Es tan gentil que en sí misma es una tortura y Richard no puede alejar la mirada de su cuerpo marcado por una dualidad insoportable. Hombre, mujer, nada, todo. Buckingham lo llama hermoso y lo obliga a enfrentarse a aquella escena de manera ineludible. Por favor, quiere rogar sin atreverse; quizá a Buckingham, para que le permita esconderse de sí mismo; quizá a su cuerpo, para que no vuelva a traicionarlo. Y sin embargo. «Es cómo el ciclo lunar», le dijo Catesby, sentado a su lado, mientras un Richard apenas adolescente sostenía una compresa caliente contra su vientre, «las mujeres dicen que, cuando pasa el tiempo, duele menos. Dicen que… que uno se acostumbra». No se atrevió a mirarlo, pero consoló sus lágrimas de rabia.  «Nunca puede detenerse, señorito», siguió Catesby, «las mujeres dicen que se detiene sólo cuando… sólo… cuando hay un niño en camino. No puede detenerse nunca».

Por favor, quiere rogar Richard, con lágrimas de rabia otra vez asomándose en sus ojos, mirándose al espejo. Añora la sangre en sus muslos, el dolor de la rabia de un cuerpo traicionado, el recuerdo de su naturaleza de bruja y demonio. Ha contado los días varías veces. Aquella vez, la sangre no llegará.

—Buckingham…

—Lo sé. —La mano que apretaba su cuello se mueve por fin y tapa sus ojos—. Nunca podré negarte aquello que desees, Richard. Siempre desearé consumirte entero, hasta los huesos. Concéntrate en mi voz. Siempre te daré el placer.

Las manos de su amante limpian sus lágrimas de rabia y confusión.

No hay sangre en sus muslos. Quizá aquello sintió María cuando le dijeron que sería la madre de Dios. Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros los pecadores,  ahora y en la hora de nuestra muerte. Santa María, madre de Dios, me pongo de rodillas ante ti, ¿me condenarás si temo aquello que crece en mi interior? Santa María, madre de dios, te suplico, ¿qué hiciste entonces, frente a San Gabriel Arcángel?, ¿temiste?

Con el primer sollozo que llega, incontrolable, desde su garganta, Buckingham lo conduce hasta la cama. Observa su rostro, preocupado y con sus dedos y sus labios limpia las lágrimas, intentando c0nsolar aquello que no entiende. No pide explicaciones y quizá Richard desea que lo interrogue, sin darle espacio para mentir; por primera vez desea que Buckingham no sea el hijo del señor que rechazó el llamado, desea que lo arrastre hasta el confesionario y, amarrándolo a él, lo obligué a confesar sus pecados. En la habitación del patriarca es otro quien marca la cadencia del tiempo y del destino, es otro quien le ordena al patriarca ponerse de rodillas y entregarse.

—Oh, Richard —dice Buckingham—, nunca he querido otra cosa en este mundo que poseerte. La primera vez que te vi no sabía lo que deseaba, pero desde entonces aquello que había dentro de mí añoraba ser tu dueño. —Lo acuna contra su pecho hasta que los sollozos se detienen—. Deberías temerme, porque no seré capaz de dejarte ir. Serás mío hasta el fin de los tiempos e incluso entonces profanaré tu tumba para que descansemos juntos en la eternidad.

Richard se aferra a él.

—Promételo —dice, en un arrebato.

—¿Richard?

—Promete que no me traicionarás y que incluso en la muerte descansaremos juntos —insiste, desesperado. No lo temo, Buckingham, lo ansío—. Promete que no importa lo que pasa, lo que haga, lo que hagas, tu tumba y la mía estarán juntas, que una vez que volvamos al polvo nos mezclaremos el uno con el otro. Promete que serás siempre mi dueño, Buckingham, y me entregaré a ti.  

Buckingham lo aprieta contra su pecho, hasta que Richard escucha los latidos de su corazón. Pum, pum, pum; no sabe qué significan. Hasta ese momento nadie le había permitido escuchar el sonido primigenio del mundo; hay hermosura en aquel gesto y a Richard lo ahoga el miedo de mirar la belleza a los ojos. Dijeron los ángeles al aparecer ante los hombres: no temáis, hijo de Dios, y murieron los hombres fulminados ante el milagro del amor del señor. Pum, pum, pum. Nunca el corazón de otro había latido por mí. Si me lo ofreces, levantaré tu corazón en mis manos con ternura y dejaré que en él se claven mis dientes hasta consumirlo entero y tenerte dentro de mí, robar tu ser, hacerlo mío.

—Si fuera necesario, Richard, le robaría tu cuerpo a Dios —dice, es aquella su confesión—; profanaría tu ser hasta que fueses solo mío.

Seré tuyo ahora y en la hora de nuestra muerte. Aquella es la última vez que Richard se atreve a ignorar el parásito que crece dentro de él, alimentándose de sus entrañas, de su sangre, de sus huesos, acunado entre sus vísceras.


La sangre nunca llega ni cae por sus muslos. Richard comprende lo que sienten las muchachas solteras, sentadas al borde de su lecho, esperando el coágulo que nunca arriba mientras sienten crecer el pecado dentro de sus vientres, consumidas poco a poco por el terror del monstruo que se las come por dentro, que a dentelladas acaba con sus vísceras. Comprende el horror del abandono, el cómo ven a la cara al destino y entienden que sus días de ser se han terminado. Recuerda sus palabras ante la tumba del suegro que nunca lo vio robar a su hija: «cásate conmigo, señora, ¿acaso tienes otra opción?»

Una noche en que Buckingham no está, Richard llama a la puerta de Catesby envuelto en una capa para evitar ser reconocido. Al final, siempre vuelve al hombre que ha sido su sombra todos aquellos años y ha conocido la verdad desde el momento de su nacimiento.

—Necesito una bruja —dice, tan pronto como éste abre la puerta—, alguien que no vaya a decir nada.

—¿Richard?

—Las mujeres, Catesby, ¿cuándo temen…? Cuando su sangre no viene —dice, obligándose a sacar las palabras una a una, llenas de miedo, temblorosas—, ¿a quién acuden?

No dice el resto. Tiene que ser una mujer que no hable y se lleve aquel secreto a la tumba, que lo mire y comprenda su miedo.

—Hay una mujer —dice Catesby—, a las afueras del pueblo. Su hermano la conocía. Guardará el secreto, las mujeres van a verla cuando tienen problemas.

Jane Shore había nacido en el pueblo, en el piso de arriba de una de las casas en la calle de los mercaderes. Todas las mujeres del pueblo conocían la tienda de su padre, el señor Lambert, el establecimiento con las frutas más exóticas y las verduras más frescas, las carnes al mejor precio. Pero su fama radicaba en el cuarto de atrás, allí donde la señora Lambert hervía pócimas, preparaba compresas calientes y consolaba mujeres abandonadas por sus amantes.

Al morir su madre, la misteriosa joven de vestidos reveladores y cabello ondulado, crespo y hermoso había llenado el vacío dejado por la señora Lambert. Se hacía llamar Jane Shore, aunque ese no era su nombre de nacimiento; nadie conocía su nombre de pila y, si alguien llegó a escucharlo, lo olvidó. Shore, por su parte, era el apellido de un hombre al que su padre la había prometido cuando era una muchacha y con quien se había casado en una boda de blanco, respetable y esperada. El señor Shore era más de una década mayor que ella y no tardaron en correr las historias en el pueblo de cómo aquel hombre era incapaz de satisfacer a su esposa.

Al morir su padre, Jane recibió tan solo una parte de la herencia. La tienda la heredó un hombre, quizá hermano, tío, primo; pasados unos años nadie lo recordaría. Jane Shore exigió a la iglesia la anulación de su matrimonio. Juró ante todos los párrocos ser aún virgen y aseguró que su marido nunca había roto su himen. «Soy aun una doncella», juró ante los hombres de Dios, «y con el marido que me han dado no puedo cumplir los designios del Señor». Su matrimonio quedó anulado y, con el dinero de la herencia, Jane Shore se instaló en una pequeña casa de campo alejada del pueblo, en uno de los valles cercanos, oculta en los lindes del bosque. Su reputación se extendió por todo el pueblo. Las mujeres la buscaban desconsoladas y siempre hubo para ellas una silla en su mesa; los hombres se sentían atraídos por sus encantos, aun cuando fueron pocos los que conocieron el placer de su lecho.

Richard había escuchado su nombre porque su hermano mayor había caído a sus pies. Los hombres leales a Elizabeth Woodville juraban que Jane Shore le había dado a Edward Plantagenet, el patriarca, una pócima de amor, un brebaje de amantes, el agua de los enamorados. «Bruja», la llamaron con fuerza y así quedó aquella mujer instalada en la memoria del pueblo.

Pero no había habido pócima ni hechizo. Edward Plantagenet fue de los hombres que se enamoraban de la belleza.

—Llévame con ella —pide Richard. Mira a Catesby intentando esconder su miedo, su furia contra sí mismo. Se siente otra vez como el muchacho al que Catesby le llevó las vendas y, sentado a su lado, le enseñó a ponérselas—. Nadie tiene que saberlo.

Catesby acomoda la capucha en la cabeza de Richard. Su mano se detiene un momento para acomodar su cabello en el único gesto cariñoso que se permite tener con su patrón. Parece que quiere decir: todo estará bien. Pero no se atreve.

Richard pone una mano en su vientre y, con todo el miedo del mundo en aquella caricia, desea que la criatura que crece dentro de él no exista. Imagina que, cuando el Arcángel San Gabriel apareció ante María, ella conoció el terror de la existencia en su propia carne. Los párrocos hablan de la felicidad y la dicha, del regalo que Dios Todopoderoso le concedió a aquella mujer casta y pura, hermosa de alma, pero no hablan del miedo con el que tocó su vientre por primera vez, al sentir que la vida misma la comía por dentro. Los hombres, engrandecidos por ver crecer a su descendencia, ignoran el terror de las mujeres como una costumbre ya tan establecida y milenaria, que éstas han aprendido a consolar en el silencio de lo doméstico.

Cuando Anne Neville estuvo embarazada, las mujeres se le acercaban y le decían como masajear sus pies para poder caminar a gusto, le daban compresas calientes para su espalda baja y le alcanzaban una silla cuando iba a la cocina. Sentían su vientre y decían, con una sonrisa: «tendrás un niño sano» y Anne procuraba responder al gesto, aun cuando aquel niño le había chupado el alma entera, se la había comido desde adentro, había partido sus vísceras hasta hacerlas pedazos, se había bebido su sangre y la había consumido poco a poco. Richard vio a su esposa languidecer en el embarazo y Anne Neville nunca volvió a ser la niña que jugó con él a los caballeros ni la muchacha que aprendió a bailar a su lado. El niño de Edward Plantagenet, el heredero de los del barrio Lancaster, la chupo por dentro. Si Richard hubiese podido, se lo hubiera sacado del vientre para ponerlo en el suyo, habría alimentado a la sangre de Henry Plantagenet para que dejara de canibalizar a la muchacha que le había sonreído a Richard cuando niños y se había quedado a su lado.

Nunca serían amantes, pero Richard aún deseaba protegerla. Y sin embargo.

Ahora es el patriarca. La mano en su vientre ya intuye la respuesta a la pregunta que le hará a la bruja. El miedo lo inunda y Richard comprende por primera vez a su madre, con el cuerpo destrozado tras cuatro embarazos, el dolor de sus gritos, al parir al monstruo. La comprende y la odia más, por llevarlo al mundo. Por condenarlo a existir sin certezas, entre los límites del ser y el no ser.

Catesby llama a la puerta de la vieja cabaña escondida en lo profundo de un valle a las afueras del pueblo y la mujer abre. Cabello llamativo, vestido escotado, sonrisa ladina; se presenta cómo las mujeres intuyen que es una bruja, como los hombres desean que sea.

—Ah, William Catesby —dice, ladeando la cabeza, interesada—, eres un hombre que no esperé nunca ver por aquí.

Richard se quita la capucha, dejando que la luz del porche lo alumbre. Cae sobre él la luz de las lámparas de aceite como cae la luz de las velas sobre las estatuas de María en los retablos de las iglesias. Hermosa y pura, sufriente, madre de Dios.

—Jane Shore —llama—, oí que las mujeres acuden a ti cuando buscan ayuda.

—Quizá, pero a los hombres no les cuento mis secretos, Richard Plantagenet —responde ella—; ustedes sólo me buscan para perseguir el placer que sienten que merecen. Tú, sin embargo, eres otro hombre que nunca esperé ver ante mi puerta. Dicen que ni siquiera llevas al lecho a tu mujer, patriarca, que ni siquiera la tocas. No eres del tipo que buscan una amante para calentar su cama.

—Creo que necesito ayuda —dice. Lleva la mano a su vientre y observa como la mirada de Jane Shore sigue su gesto y, a medias, comprende—. Necesito saber.

En su mirada se esconde la súplica y, por primera vez, otra mujer le tiende la mano a Richard Plantagenet y le ofrece el consuelo que su identidad le ha negado todos aquellos años.


entonces el ángel le dijo: María, no temas, porque has hallado gracia delante de Dios

lucas 1:30


Jane Shore lo mira a los ojos y sostiene su mirada durante mucho rato. Toma una de las manos de Richard entre las suyas y la aprieta. En la cocina de una bruja, mientras sus pócimas y brebajes hierven al fuego lento, con Catesby apostado al otro lado de la puerta, Richard escucha las palabras que ya sabía aun si las esperaba falsas.

—Lo siento —dice Jane.

Una criatura se lo come desde dentro y el primer impulso de Richard es arrancársela a si mismo del vientre, entre sangre y vísceras, antes de que lo consuma por completo. Si pudiera, abriría su piel con sus propias uñas; vería la sangre brotar a borbotones, se desangraría a sí mismo.

—Puedo ayudarte.

—Aún no —murmura Richard, sin saber por qué—. ¿Cuánto tiempo tengo? Para decidir.

—Una o dos lunas más. Una, Richard Plantagenet. Dos…, es posible. Pero sería arriesgar demasiado. Tendrás que decidir antes del próximo plenilunio.

—Gracias —y respira, soltando un suspiro, sabiendo que ya ha decidido que aquella criatura no llegara a existir nunca y aun así retrasando el momento. Quizá lo hace por amor, porque alguna vez deseó parir a los hijos de Henry. Quizá lo hace por odio, porque es aquel el castigo de su cuerpo por buscar el placer.

Quizá lo hace por miedo. Dios, Padre Nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, si no me perdonas, al menos permíteme arrastrar a mi hombre al infierno.


entonces María dijo: he aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra

lucas 1:38


Dicen en el pueblo que los hijos de Elizabeth Woodville ansían más poder del que tienen y lamentan que no sean los del barrio Lancaster los que ganaron la guerra. El patriarca contiene las ganas de reírse de ellos, porque tampoco serían nada con un descendiente de los Lancaster apostado en la silla de la cabecera. El mundo los recordará tan solo como lo hijos de la bruja que hechizó a Edward Plantagenet, los llamaran hijos de perra cuando crean que nadie los escucha. Su traición es una empresa inútil, y, aun si es peligrosa, para ellos sólo está llena de desengaños.

Buckingham se mantiene callado al respecto y Richard es lo suficientemente sabio como para no preguntarle sus planes. Confía en él ciegamente, incluso si al hacerlo peca de ingenuo y enamorado, incluso si es un error. El curso de la vida sigue y cada día se acerca más la fecha fatídica, el plenilunio. Richard sabe ya qué le dirá a Jane Shore cuando acuda a su puerta.

Es una tarde en la que camina rumbo a la iglesia a la hora que el pueblo duerme la siesta, muerto a la hora que se asoma el sol inclemente. No hay nadie en las calles y, poco antes de llegar al atrio, se detiene y dice al aire:

—Sé que estás ahí. Ven a rezar conmigo.

Sabe que la presencia de Henry lo sigue allí a donde va. Se fija en el hombre encapuchado que aparece en la calle cuando camina por ella, aquel fantasma que lo persigue sin quitarle ni un ojo de encima. Sabe que aquello es obra de Buckingham y no se atreve a ponerle un fin. Richard se acepta condenado a ser seguido la mayor parte del tiempo. Quizá Buckingham ya sabe que fue a visitar a Jane Shore, aun si no será capaz de adivinar el motivo porque los hombres no piensan en la sangre que cae por los muslos, que empapa las compresas de tela, el olor a podrido del vientre vacío, el dolor del cuerpo que exige ser consumido por la anunciación.

No se equivoca. Henry Plantagenet aparece ante él y, en silencio, camina con él hasta la iglesia. Se hinca a su lado, en los reclinatorios y, sin decir nada, lo escucha rezar. Ya no tiene la voz tierna de antes; de aquel hombre ya no queda más que una sombra que tan sólo Richard es capaz de conjurar, pero su presencia aun es consoladora. Padre nuestro, aún amo al fantasma que me has devuelto.

Cuando termina sus oraciones, ese montón de frases que aprendió en casa y en las que nunca ha creído, pero que le proporcionan cierta paz para sentarse a pensar, Henry lo interrumpe:

—Richard. —Voltea a verlo y deja que sus ojos perforen su alma—. Has cambiado en todos estos años. Eres… diferente. —Henry alza una mano y, con el dorso, acaricia su mejilla—. Aun puedo reconocerte, sigues teniendo esa luz en tus ojos; extraño, sin embargo, la inocencia de tu sonrisa. —Con sus dedos recorre sus labios, deteniéndose en ellos. En su tacto todavía se esconde la ternura infinita que lo atrajo a Richard la primera vez—. Lamento no haber podido preservarla.

Ay, Henry Plantagenet, ha pasado tanto tiempo. ¿Qué importan ya los cauces del río pasado? Ya no soy el muchacho que fui: él empezó a agonizar cuando mataron a mi padre, murió la misma noche que te asesinó a ti. Mira en lo que me he convertido, ¿aún serías capaz de decir que Dios podrá perdonarme? La sangre que corre por las baldosas de este pueblo lleva mi nombre y, cuando los cadáveres en las tumbas claman venganza, es a mí a quien desean arrastrar al infierno.

Richard atrapa la mano de Henry, y besa su dorso.

Tiempo al tiempo. No importa si no me perdonas nunca, tu amor se instaló dentro de mí como un parásito, aún ansío abrir en canal tu cuerpo y descansar dentro, acurrucarme entre tus costillas, empaparme de la sangre que bombea tu corazón. Aun me pregunto lo que sería ser la devota mujer del pastor; esa sombra sin deseos grandes, sin los pensamientos de los hombres, sin un lugar en la cabecera de la mesa.

—Bésame —pide Richard—, aquí donde lo vea Dios. Aquí, donde nos mire.

—¿Te lo permitirá Buckingham? —pregunta Henry—. Eres su hombre.

—Soy —concede Richard, con un asentimiento—, pero no le pertenece todo mi cuerpo. No le pertenece mi alma, aún si deseo que la consuma. —Sin embargo, la pregunta lo turba lo suficiente para hacerlo dudar—. Sólo un beso —insiste—, por favor, nada más.

Dios los mira cuando los labios de Henry atrapan los de Richard. Que nos juzgue el cielo, si acaso esto es un pecado.


Henry Plantagenet se permite una rebelión: deja en los labios de Richard una mordida obvia, una mancha de sangre. Cuando vuelva a esconderse entre las sombras para ser James Tyrell se preguntará qué impulso lo llevó a desear marcar el cuerpo de un amante que le pertenece a otro hombre, no comprenderá por qué desea que Henry Buckingham vea sobre los labios del patriarca la marca de otro. Y sin embargo.

Richard caminará en soledad de regreso desde la parroquia hasta la casa grande. Lo recibirá alguna de las criadas, quizá la ama de llaves. Quizá Catesby, que lo ayudará a desprenderse del abrigo y lo acompañará en silencio hasta su habitación o su despacho. Quizá visitará a la señora Anne y tomará con ella el té cuando el sol empiece a ocultarse en el horizonte u observará a Edward leer en alguna de las habitaciones. Después de la cena, cuando el sol se haya ocultado, aparecerá Buckingham y cuando alguna de las criadas llame a la puerta de su despacho, preguntando si lo recibirá, sabiendo de antemano la respuesta, Richard responderá tan solo sí.

Henry Buckingham verá entonces en los labios de su hombre la evidencia del beso. La imaginación de James Tyrell se detiene allí; Buckingham es un hombre enigmático al que le cuesta comprender, un acertijo que lleva intentando resolver desde el día que el destino los puso sobre el mismo camino.

Buckingham levanta la barbilla de Richard y observa el labio, la marca de otro. Richard lo mira fijamente, sin cambiar de expresión, esperando el reproche o la revancha, pero ninguna de esas dos cosas llega.

—¿Has oído hablar de Henry Tudor? —pregunta Buckingham, finalmente, tras un silencio demasiado largo.

—¿Debería? —responde con otra pregunta, confundido.

—Quizá. —Buckingham suelta su barbilla—. Pero no me extraña que no lo sepas. Ha crecido entre las sombras, en silencio y, de no ser por las guerras internas del pueblo ni siquiera sería alguien relevante. Su madre es una mujer de buena familia venida a desgracia, viuda y miserable, llamada Margaret Beaufort. Han pasado generaciones, ya nadie los recuerda.

La herencia de los Plantagenet siempre ha sido motivo de peleas y desgracias. Casi un siglo atrás un hombre llamado Edward Plantagenet, patriarca del pueblo, perdió a su hijo primogénito en la edad adulta y, en la hora de la desgracia, decidió que su nieto, hijo del difunto, sería su heredero. El resto de sus hijos aceptaron su decisión y juraron proteger al niño que se sentaría a la cabecera de la mesa a la muerte del patriarca. La historia aun se cuenta a susurros entre las paredes de la casa grande, puesto que todos dicen por aquella terrible decisión llegó la guerra. Los mismos hombres que juraron proteger al niño décadas más tarde lo arrastraron a la desgracia y se repartieron los barrios del pueblo. Un hermano se quedó con el barrio de York, otro con el barrio de Lancaster y fue así como se plantaron las semillas que más tarde serían un río carmesí.

El tercer hermano, sin embargo, nunca tuvo interés en aquellas estúpidas disputas territoriales consciente de que la herencia nunca lo alcanzaría. Pasó por el altar muy joven con una mujer hermosa, quien le dio hijas. La casa que había construido, hacia las afueras del pueblo, se llenó de las risas de las niñas que más tarde huyeron buscando libertad para acabar encerradas, como todas las muchachas que osaban desear vivir, en las pesadillas domésticas a las que sus maridos las condenaban. Contaban entre susurros que John Plantagenet se había quedado viudo cuando sus hijas eran aun muchachas puras y él aún era un hombre galante, por lo que pronto la casa vieja se llenó con la voz de otra mujer hermosa y la risa de otra niña más.

Pero John Plantagenet era un hombre enamorado. Conoció a su tercera esposa estando aun casado de la segunda en un pueblo vecino; se presentó con su sonrisa risueña, su risa amable, y un nombre falso: John Gaunt. La mujer que lo recibió en su lecho también le dio hijos. Bastardos, los llamaban por lo bajo, hijos naturales, nacidos en el pecado. Cuando John Plantagenet se casó con su amante tras enviudar por segunda vez, la familia le prohibió volverlos sus herederos, incluso tras reconocerlos como suyos.

Los hijos del pecado nunca tendrían derecho a habitar la Casa Grande. Así nacieron los Beaufort, condenados a no ser llamados nunca Plantagenet.

—Nosotros los recordamos —responde Richard— en voz baja, con vergüenza, como una advertencia de las apariencias de la buena familia. Mi hermano tuvo incontables amantes, Buckingham, pero nadie se lo echó en cara. El pecado de John Gaunt no fue tener hijos bastardos, fue osar casarse con la puta que lo metió en su cama; ni siquiera recuerdan su nombre o su estirpe.

—Mmm. ¿Sabes por qué los hijos de Elizabeth Woodville han ido a buscar a Henry Tudor, Richard?

—Por ingenuos, por ilusos, por idiotas.

—No. —Henry Buckingham lo hace mirarlo de nuevo—. Por la misma razón que un don nadie llamado Edmund Tudor compró a una niña llamada Margaret Beaufort y se casó con ella sobornando al único párroco que estuvo de acuerdo con sellar la unión. Me contaron las mujeres de la calle de los mercaderes que tuvo que llevar las sábanas manchadas con la primera sangre de la criatura para demostrar que era ya una mujer. Tuvo esperanza, Richard, y la esperanza es peligrosa cuando se desborda y transmuta en obsesión.

—No entiendo por qué me cuentas todo esto. Ni siquiera sé donde lo averiguaste.

—Edmund Tudor murió con el cuerpo lleno de las balas de la guerra —sigue Buckingham—; para esta historia, ese hombre no es nadie. Antes de morir, sin embargo, le dejó un último recado a su esposa que pasó boca a boca por toda la calle de los mercaderes; sólo las mujeres lo recuerdan. —Se acerca a su oído y pronuncia lo último en un susurro—. Pidió que le dijeran a la señora Margaret, una niña de trece años: he rezado para que, cuando todos los pecadores se maten entre sí, el hijo de tu vientre se siente a la cabecera de la Casa Grande.

»Los Woodville van a traicionarte, Richard.

—No son noticias nuevas. No son más que unos ingenuos.

—Su esperanza es peligrosa —insiste Buckingham—. Las novicias benedictinas dicen que tu cuñada está dispuesta a vender a su hija Lizzie como vendieron a Margaret Beaufort: tan sólo un vientre, un cuerpo, una vasija. Los monaguillos de la parroquia del antiguo barrio Lancaster dicen que Margaret Beaufort reza todos los días para que Henry, su hijo, cumpla los designios del señor. ¿Qué deseas, Richard? Es hora de mover el tablero.

Richard piensa entonces que puede comprender el miedo de Anne frente a la tumba de su padre, despojada de opciones, obligada a seguir el designio del destino al que Richard la había empujado con su propia crueldad. No fue piedad lo que lo llevó ante su esposa. Allí, mirando a Buckingham a los ojos, comprende la desesperación de las madres que venden a sus hijas y las empujan vestidas de blanco hasta el altar y entiende la desesperación con la que ven a sus hijos varones convertirse en los hombres crueles que son sus maridos. Entiende la fiereza con la que abrazan a los hijos que aman y odian a la vez.

Quizá Cecily Neville lo añoró alguna vez, cuando Richard aún la consumía desde el vientre.

Es hora de mover el tablero, patriarca. Se pregunta qué hubiera ocurrido si la primera vez que Buckingham lo vio, al lado de su padre, hubiera visto a la hija menor del patriarca, una joven de cabello negro ébano y mirada profunda. ¿Me habrías llevado al altar, Henry Buckingham, de haber tenido la oportunidad?

Richard contiene las ganas de llevarse una mano al vientre. Aquel sueño no existe, no existirá nunca; se niega a conjurarlo, teme desearlo.

—Irán por Edward —y no es una pregunta. Lo asegura como un párroco asegura a los fieles que el amor de Dios es incondicional, como una madre le pide a la criatura de su vientre que tenga piedad con ella, como un hombre con labia le dice a la mujer que lo espera en su balcón que la ama—. Si quieren acabar conmigo y poner a otro en mi lugar, irán por Edward primero.

El miedo es tan infinito, no tiene final. Dios Padre, no permitas que nadie me arrebate al niño que nació de la mujer que se recostó en mis rodillas. En alguna habitación de la Casa Grande, Edward sueña con espadas y dragones, príncipes de antaño, héroes inmortalizados en cantares, princesas que esperan recostadas en el alfeizar de sus ventanas y dejan caer sus cabellos por las torres que las tienen presas. Entenderé si no perdonas mis pecados, Señor, pero no permitiré que mi hijo se vuelva una víctima de ellos.

—La esperanza es peligrosa —repite Buckingham.

—Morirán todos —declara Richard—, si acaso se atreven a tenerla. No olvides que eres mi hacedor, Buckingham.

—No me atrevería, Richard —y entonces, finalmente,  posa uno de sus dedos sobre la marca que dejó Henry en sus labios—. Los hombres no podemos olvidar las cruces que cargamos sobre nuestros hombros. —Lo atrae hacia sí y Richard se acomoda en la curva de su cuello, allí donde su rostro encaja a la perfección—. Por cada marca que Henry Plantagenet deje sobre su cuerpo, te haré sufrir un dulce tormento.

Aquella noche ata sus piernas a los postes de la cama para impedirle cerrarlas y, cuando Richard gime su nombre, desesperado, Buckingham posa los labios sobre su piel y jura:

—Soy tu hacedor, Richard Plantagenet. Tu reina sobre el tablero.


Buckingham desaparece la última semana antes del plenilunio. Cuando Richard lo manda buscar, nadie sabe darle razón de su paradero, insistiendo que la última vez que lo vieron fue camino al convento de las benedictinas. Las novicias confiesan que pidió hablar con la viuda de Edward, Elizabeth, y se marchó después de una audiencia privada; todas insisten en que aquello les pareció normal, creyeron que había vuelto al pueblo. Richard decide confiar en él, pues aquella audiencia no tiene por que ser nada más que un pedazo de un elaborado plan, una manera de acallar la rebelión antes de que empiece.

Sin embargo, entre los hombres poderosos del pueblo empieza a extenderse el rumor de la traición. Su avaricia los hace desear el lugar privilegiado del que creen que Buckingham goza, sin comprender el pacto sellado en sangre y pecado que se esconde detrás de las puertas cerradas de la casa grande.

Richard escapa en lo profundo de la noche, temeroso no de que los rumores sean ciertos, si no de que la traición de otros haya alcanzado a Buckingham. Sigue tan sólo un presentimiento. En el barrio viejo de York existe una casa parroquial abandonada. Henry Plantagenet fue el último en ocuparla: quedó vacía cuando los hermanos de Richard lo encontraron allí oculto y nadie volvió a habitarla tras su largo cautiverio y muerte. La diócesis misma la consideró maldita y la cerró a cal y canto, construyendo una nueva al otro lado de la parroquia. Nadie ha vuelto en todo aquel tiempo.

Y sin embargo.

Cuando Richard cruza la puerta, sabe que ha llegado al lugar indicado. Lámparas de aceite iluminan el salón y el camino hasta lo alto de las escaleras. Las sube de nuevo, más de diez años después, convertido en un hombre cruel que dejó detrás al joven ingenuo que acababa de conocer el peso de derramar la sangre de otros. Se ha echado a los hombros la piel del demonio que su madre le entregó al nacer, se ha convertido en la bruja que la visión de Jeanne d’Arc, quien lo ha acompañado toda su vida, profetizó que sería. Por las calles del pueblo aun corre la sangre de inocentes, los niños muertos claman venganza, el poder se aferra a él, esa silla en la cabecera, la pistola en el cinto, el tono de voz que acaricia las amenazas. Aquel pueblo en medio de la nada siempre ha estado maldito, con sus iglesias, sus conventos, sus procesiones, sus carnavales, las misas de los domingos, las mujeres con velo en las iglesias, los hombres que se retiran el sombrero al entrar a la morada de Dios; lo maldijo el tiempo, cuando nació el primer Plantagenet y profirió el primer llorido el primer patriarca de aquella familia maldita.

Nacieron todos, Richard, para traerte a ti al mundo. Una generación tras otra la estirpe abandonada por Dios parió a todos los vástagos de la sangre hasta que Cecily Neville aulló de dolor en medio del parto y dio a luz al demonio. Richard Plantagenet, el último de tu sangre. Hombre, mujer, nada y todo. Padre de la sangre de otro, madre de una criatura que morirá antes de existir.

Sube las escaleras sabiendo sin saber lo que encontrará en la habitación del párroco, donde Henry lo apretó contra sí para consolarlo y Richard, tímido aún, se atrevió a pedirle un beso. Aquella noche no lo espera el hombre de Dios ni existe el consuelo en aquella casa. Richard Plantagenet nunca estuvo destinado a ser la mujer del pastor, ataviada con hermosos vestidos. Su destino siempre fue el demonio que apareció de noche, listo para arrastrarla consigo al infierno.

Henry Buckingham lo espera en la habitación abandonada del viejo párroco.

—Supuse que, eventualmente, vendrías —le dice, al verlo entrar—. El último refugio donde no te buscará nadie.

—¿Me traicionarás? —pregunta, sincero, temeroso de la respuesta.

Al principio no quiso amarlo. Henry Plantagenet lo destrozó, tomó su alma entre sus manos y la condenó eternamente, rechazó su corazón aun cuando Richard se lo ofreció en sacrificio. Al principio, fue incapaz de amar a Buckingham. Antes que el amor, fue el pecado, el pacto de la sangre, la virginidad entregada frente al altar, el sacrificio. La oveja favorita que camina mansamente tras el hombre que ha de sacrificarla, criatura hermosa que se recuesta en el altar y, aun ante la vista del cuchillo, permite que el hombre acaricie su cuello, en un último consuelo inútil, para derramar su sangre. Antes que el amor, fue el tormento.

—¿Quién me lo pregunta? ¿Richard Plantagenet o el patriarca?

Richard no distingue. No existe uno sin el otro, así como la mujer a la que nunca amaron lloró en el altar la primera vez que un hombre la besó, como el hombre que temió no ser merecedor del reino de Dios se entregó a otro. Buckingham fue el primero que lo amó entero.

—Los dos.

—Nunca te traicionaría, Richard —y, por un momento, se siente aliviado—; pero traicionaría al patriarca en un segundo, si he de salvarte. —Se pone en pie, acercándose hasta él y acaricia tu mejilla—. Es cruel lo que deseas, ¿lo sabes? Estás lejos de mí, sobre el pedestal de tus antepasados, corre la sangre de los sacrificios por tu cuerpo. Sabía que era tu deseo y lo acepté, sin embargo… Me pregunto… ¿Existirá un mundo donde se me permita ser tuyo y que tú seas mío? Soy un hombre egoísta, ¿acaso me culparás por desearlo?

Richard aparta la mano de Buckingham. Da un paso atrás. Sus manos se dirigen a su vientre de manera instintiva. Al principio, el patriarca deseó no amar al hombre al que llamó su dueño. Oh, Padre Nuestro, ¿permitirás que me lleve el demonio consigo?

—Pusiste dentro de mí una maldición, Buckingham. —Las manos en el vientre, la mirada profunda—. Soy tu hombre. Richard Plantagenet, el patriarca… Qué importa. Henry Buckingham, eres el único hombre al que le he permitido amar a la mujer que no soy, eres el primero del que se enamoró el hombre que deseo ser. Este es el mundo donde te he permitido ser mi dueño; eres mío y yo soy tuyo.

—¿Richard…?

Las manos en el vientre, la confesión, el cuerpo sufriente que no debería ser capaz de crear algo vivo. Al final, la condena con lágrimas en los ojos:

—No puedo traer al mundo a un hijo del demonio, Henry.


Richard Plantagenet vuelve en sí atrapado entre los brazos de Henry Buckingham. De lejos, la escena sería tan sólo una fotografía de la ternura doméstica. Allí, tan cerca, entre ellos existe el dolor de la confesión.

—Cásate conmigo, Richard —dice la voz de Buckingham en su oído—, puedo destruir aquello que construí, acabar con el poder que tienes. Quédate conmigo. Deja que los hijos de Elizabeth Woodville encuentren a Henry Tudor y lo conduzcan hasta la casa grande, deja que el legado de los Plantagenet acabe contigo. Puedo hacer que te den por muerto. —Lo aprieta contra sí en lo que parece un gesto cariñoso, pero Richard reconoce que se ha vuelto un prisionero de sus brazos e intenta zafarse infructuosamente—. Hay una manera; lo sabes. Quita las vendas de tu pecho, dejemos que crezca tu cabello. Nadie será capaz de reconocerte entonces y serás mi esposa, la señora Buckingham, y te amaré todos los días y serás mía. Deja que le robe a Dios tu cuerpo.

Que doloroso es el pánico entre los brazos del hombre que ama. Richard busca los ojos de Buckingham, allí, atrapado contra su pecho y piensa: «así que te referías a esto». Una lágrima cae por su mejilla y pronto la siguen muchas más. Ni siquiera sabe por qué llora, pero le parece adecuado. Las mujeres suelen llorar cuando se arrodilla ante ellas el hombre que aman y les dice: deseo casarme contigo y pasar a tu lado el resto de la eternidad; deseo someterme al infierno de lo doméstico y sobrevivirlo. Richard cree que, cuando los hombres clavan una rodilla en el suelo y ofrecen un anillo a sus amantes, la mayoría están seguros de que serán buenos hombres. Juran ser mejores hombres que sus padres cuando hicieron llorar a sus madres y no se convertirán en los verdugos de las mujeres que aman. Casi todos mienten, incluso los buenos hombres.

Quizá es correcto que Henry Buckingham haga de sus brazos una prisión y reniegue de Dios. Allí, contra su pecho, no existe engaño alguno.

—No soy una mujer —musita Richard.

Al final de todo, Buckingham lo suelta y le permite la farsa del libre albedrío. Richard no huye igual que no huyen las ovejas mansas que son conducidas hasta el altar del sacrificio, hijas de Dios, porque el Señor las ama incluso en la muerte. Ama a aquel hombre, sostiene su mirada, comprende.

—No puedo traer al mundo a tu hijo, Buckingham —sigue, y las lágrimas siguen brotando, descontroladas. La voz se le rompe—. Tiene la marca de mi maldición, mi cuerpo… Mi cuerpo no será capaz de mantenerlo con vida. Dios me hizo hombre y me hizo mujer, me condenó; no puedo traer al mundo a un sufriente.

Por primera vez es Henry Buckingham deliberadamente cruel y egoísta. La certeza de que, si lo desea, puede poseerlo todo lo ciega. Remueve todas las cosas entre los baúles de la habitación hasta encontrar lo que busca y ponerlo entre las manos de Richard. Es un vestido blanco. «Quiero arrebatarle tu cuerpo a Dios», piensa en sus palabras y comprende. Al final, han acabado ambos atrapados en el fondo de su propio laberinto.

—Pasarán las generaciones y, un día, nadie nos recordará. Cásate conmigo, Richard Plantagenet —suplica, ordena, ruega Buckingham—, permíteme destruir tu legado y sé mío.

Es aquella la voz con la que Jehová le ordenó a Isaac sacrificar a su hijo en su altar. No es una pregunta, ni es una petición, aun si lo parece. El corazón terco de Richard se detiene a considerarla, sabiéndose amada y destruido. Ah, Henry Buckingham, siempre has tenido razón; para someter a una mujer, sólo has tenido que amarla.


Al mirarse frente al espejo, la llena el odio. El vestido blanco cae vaporoso por su cuerpo y ella se ve delicada, casi virginal, bella como una estatua. Los muchachos del pueblo sueñan con una mujer así. Se percibe más joven de lo que realmente es, con ese cuerpo menudo que ha tenido siempre, los pechos pequeños, las caderas angostas. Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, ¿qué pensaste al crearme? Este cuerpo mío, el hombre y la mujer. ¿Estoy condenada a estar siempre incompleta?

Richard Plantagenet entiende que su destino es obra de otro; fue su padre quien lo levantó en brazos y le dio su nombre. Hasta ese momento, Richard fue un monstruo, un demonio; para él no existió una palabra hasta que el patriarca lo declaró un hombre. Dios Padre, hice todo lo que debía hacer. Aprendí a disparar las pistolas, a matar a otros; vestí pantalones en vez de vestidos, nunca aprendí a ponerme las medias de una mujer; vendé mis pechos, acorralé aquello que no soy y lo escondí. Corté mi cabello y odié a la doncella. Jeanne d’Arc deseó mi ser, lleva de envidia.

Quizá nunca sabrá qué hubiera ocurrido si su padre la hubiese levantado en sus brazos y hubiera dicho: es mi hija. Entonces la habrían enseñado a cocinar, a bordar, a administrar el hogar, a hablar suave para no parecer soberbia; habrían destrozado su naturaleza humana hasta hacer de ella una mujer sumisa, que promete obedecer a su marido y desaparece tras la sombra de sus hijos, condenada a ser tan sólo el receptáculo de la vida de otros. La habrían enseñado a tocar la pianola, a bordar o a pintar; gustos adecuados para una mujer. La habrían educado sólo en aquello que fuese necesario, puesto que las mujeres no necesitan ser sabias, sino agradables.

¿Buckingham la habría amado entonces, cuando tuviese el espíritu roto? ¿Hubiese deseado ser otro, si su padre la hubiera hecho mujer?

Fue un acto de amor declararlo un hombre, comprende Richard; la única piedad que su padre pudo concederle.  


A pesar de todo, Richard se queda. Las vendas descansan sobre el buró de la habitación, olvidadas, sin constreñir su pecho; quizá sea capaz de acostumbrarse a aquella desnudez con el tiempo, sin el abrazo de la tela. La primera vez que Catesby se las puso, lo hizo en silencio mientras le mostraba cómo no lastimarse. Quizá si su padre, al alzarla en sus brazos, la hubiese besado con cariño en la frente y nombrado su hija menor, aun las hubiese deseado; quizá aún hubiera deseado arrancharse los pechos a rasguños y mordidas para ver brotar la sangre desde la jaula de sus costillas. Quizá. A pesar de todo, Richard se queda y las vendas descansan en el buró de la habitación.

—Serás una esposa hermosa —dice Buckingham al detenerse un momento en el umbral de la puerta, pidiendo permiso para entrar en su espacio. Richard clava su mirada en él sin decir nada—. Pasado mañana, haré que envíen a Edward a la capital. Anne puede acompañarlo. Estarán seguros lejos de aquí, Richard, nadie les hará daño.

Richard intenta perforar su alma con sus ojos, pero Buckingham es un hombre enigmático y difícil; quiere reprocharle la crueldad, pero no encuentra la fuerza dentro de sí. Richard se sabe amado y es aquello lo más terrible de todo; el miedo lo paraliza, temeroso de dejar escapar al hombre que ama. Sus pies descalzos descansan sobre la duela del piso, sus manos se aferran al borde de la cama; quizá es así cómo las mujeres esperan el futuro en su lecho de casadas con la incertidumbre acomodada dentro de su pecho, entre sus costillas, constriñendo sus pulmones. Aquella vez no le entrega su cuerpo a Buckingham como suele hacerlo; elige esperar, mantener sus ojos clavados en él, en silencio. Adopta el papel de la esposa estoica, resignada, enamorada.

Buckingham se arrodilla a su lado y levanta el cabello de su flequillo que tapa sus ojos.

—¿Richard? Si sirve de algo, prometo que te haré feliz. —Una mano recorre su rostro hasta tocar una de las comisuras de sus labios—. Lejos, donde nadie sepa quienes somos, serás la esposa más feliz del mundo. Lejos de los sueños que tu padre cargó sobre ti, de la sangre, del legado maldito de tu estirpe…

—Todo esto no lo hice por mi padre —interrumpe Richard, recuperando su voz—. Quizá él me dio el destino que cargo.

Y fue amor, Buckingham, lo que me dio mi padre fue amor, aun si fue envenenado.

—Pero yo deseé esto. Hacerme cargo de este lugar podrido y decadente. Hace mucho, un niño que aún no era un hombre entendió lo que reflejaba mi mirada, Buckingham, y me lo dijo. Me prometió que me lo daría todo. ¿Por qué…? ¿Ahora…? ¿Por qué? —Alza la vista al cielo buscando a Dios sin encontrarlo. En lo alto solo encuentra el techo, las vigas, el dosel de la cama.

—Entonces ya te deseaba, Richard —murmura Buckingham y besa sus piernas, alzando el vestido, descubriendo sus muslos—. Quizá Dios me puso en este mundo para ti. He renegado de su palabra y me he alejado de la iglesia; he olvidado las oraciones, los salmos, los ritos. No respeto su palabra ni sus mandamientos; soy un pecador que no se arrepiente. Pero si rezara, Richard, desearía amarte de nuevo —Los labios de Buckingham recorren el interior de sus muslos—. Entonces ya te deseaba, pero no sabía lo que era amarte.

Richard se abraza a él.

—Ámame, entonces, como hacen los maridos con sus enamoradas en la noche de bodas. Haz que olvide mi destino, mis deseos, mi ser, Buckingham; sométeme a ti. Desde la primera vez… —Su corazón retumba—. Quizá este siempre fue el destino. Soy tuyo. Nadie más que tú me ha tocado allí donde soy mujer.

Su corazón palpita y Buckingham escucha el pum, pum, pum de su latir nervioso.

Siempre has tenido razón, me aterroriza de qué están hechos mis deseos, piensa Richard. Podrías encadenarme a los pies de tu cama, mantenerme desnuda, desesperada, por siempre deseándote, y seguiría añorando que me llamases tuya. Podrías encerrarme dentro de las cuatro paredes de esto que llamas amor y te seguiría como siguen las ovejas del sacrificio al hombre que las lleva, atadas del cuello, hasta el altar en donde se ha de derramar su sangre. Podrías besarme cómo Judas besó a Jesús y entregarme a los romanos, obligarme a cargar la cruz, azotar mi espalda y aun así iría con los pies descalzos y sangrantes hasta Gólgota. Descansaría sobre mis cabellos la corona de espinas cuando me alcen sobre la cruz y se hundan los clavos en mi carne. Alzaría la vista al cielo, allí donde ya no existe consuelo y rogaría: «perdónalo, padre, es el hombre que amo».

—Hazlo doler —pide, finalmente, con un hilo de voz—. Sobre mi carne, hazlo doler.

—¿Richard? —entona su nombre preguntando: «¿estás seguro?»

—Esta vez ya me has despojado de todo, Henry —dice Richard amorosamente, acariciando el cabello del hombre que será su marido—; no me hagas rogarte. Por favor. No me obligues a suplicarte.

Entre los dos descansa la certeza de que, si Buckingham ignorase sus deseos, Richard suplicaría, traicionándose a sí mismo, hasta acallar su espíritu. Señor, mira a tu hijo, se ha convertido en una esposa obediente.

—Mi hijo descansa en tu vientre —dice Buckingham, y así intenta zanjar el asunto.

—No es… No es… No…, no puedo, Henry. —Se abraza a él con más fuerza, llamándolo por su nombre de pila—. Incluso si me quedo, no me obligues a traerlo al mundo. Seré tu mujer cautiva, tu esposa sumisa, seré lo que desees, te amaré incluso si me mantienes de rodillas ante ti. Aterrador, ¿verdad? —Se detiene para evitar que su voz se quiebre y caiga al suelo como un cristal fino que se rompe en mil pedazos—. Por favor. No puedo ser… No puedo convertirme. Ella, Henry…, no sabes… No puedo ser una madre. Mi madre…

Buckingham pone distancia entre ambos. Usa sus brazos para separarse del abrazo suplicante y desesperado. Lo mira serio, con los labios apretados en una fina línea, el ceño confundido. Allí, en el altar de su futuro matrimonio, limpia las lágrimas de Richard con las yemas de sus dedos en silencio y escucha los sollozos que pretende acallar. Observa cómo, desamparado al verse forzado a soltarlo, las manos de Richard abrazan su vientre y sus uñas amenazan con clavarse en su carne. Se abriría la piel a pedazos, comprende Buckingham, si pudiera. Tomaría un gancho entre sus manos y sacaría al coágulo que crece dentro de él, clavaría en sus entrañas una espada y desangraría a la criatura antes de tener vida.

—Oh, Richard —murmura—, ¿acaso me crees un dios cruel?

—Eres un hombre cruel, Buckingham —responde su hombre, con un mapa de lágrimas dibujado sobre sus mejillas—; lo he sabido siempre, desde el momento que acepté tu trato profano y elegí someterme a ti. Te permito que seas dueño de mi cuerpo y hacedor de mi ser. Míralo, Henry Buckingham, el cuerpo que le arrebataste a Dios.

Buckingham desvía la mirada, turbado.

—Te llevaré con una curandera, si así lo deseas. Nadie lo sabrá.

No vuelven a mencionarlo. Si Henry Buckingham pensó en la descendencia que nunca tendría y la añoró, nadie lo supo nunca; si Richard tiempo después se abrazó a su vientre rogando el perdón de Dios ante su pecado, conjurando la existencia que nunca fue de la criatura que amenazó con crecer dentro de él, nunca quedó registrado en los anales del tiempo. Así se zanjó todo el asunto y nunca más volvería a mencionarse entre ambos. Los hombres de Dios a menudo clamaban desde sus púlpitos que, aquella mujer que asesinara a los hijos propios no conocería nunca la paz, ni sería bienvenida en el reino de Dios; declaraban que el arrepentimiento acabaría con ella, hasta ahogarse en él, pero Richard descubre que lo que sigue a su decisión es tan sólo la tranquilidad más absoluta. Dentro de él tan sólo siente paz. No hay culpas, ni reclamos, ni tristeza.

Hay un silencio atronador tras la súplica hasta que lentamente Buckingham desabrocha la hebilla de su cinturón y lo jala hasta doblarlo en dos entre sus manos.

—Levántate el vestido —ordena—, abre las piernas, déjame ver tus muslos.

El alivio de Richard es infinito.

—Gracias.

Se desprende del vestido blanco, colocándolo sobre las vendas, en el buró. Abre las piernas y se presenta como llegó al mundo, vulnerable, hermoso, delicada, desnuda. Allí, frente al hombre que ama hasta el punto de negar su ser, tiemblan sus manos al aferrarse al borde de la cama. El cinturón truena contra su piel y Richard aprieta los labios.

Dios te salve, María, llena eres de gracia, el señor es contigo. Bendita eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Aquella noche, el dolor se confundió con el placer, y Richard gimió el nombre de Henry Buckingham hasta olvidar el suyo propio. Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros los pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte, amén. Hundió su amado su rostro entre sus piernas y, presa del tormento más hermoso, Richard rindió su ser.

Bendito es el fruto de tu vientre, Santa María, madre de Dios, que sea mi primogénito el sacrificio de mis pecados. Que me maldiga Jehová durante toda la eternidad y me exilie del jardín del Edén, que sea mi castigo esta estirpe blasfema condenada a caminar una y otra vez sobre la tierra para derramar sobre ella la sangre, que caigan sobre nosotros las diez plagas de Egipto, que corra este río carmesí hasta Gólgota y muera tu hijo por mis pecados, que alce Jesús el rostro hacia el cielo en busca de tu infinita misericordia y ruegue: perdónalos, padre, pues son tus hijos y es tu amor infinito.

Volveré a la tierra para volver a nacer y en todas las vidas volveré a este momento, a esta elección y elegiré siempre sacrificarme ante ti, Henry Buckingham. Tú y yo pecadores, entrelazados en la eternidad, destinados al infierno.


En la vieja casa abandonada de la parroquia, se puede ver una mujer recargada contra la ventana de la habitación superior que en otros tiempos hubo de pertenecer al padre. Está recargada contra la ventana, sentada en el alfeizar y queda así su rostro escondido para los transeúntes que caminan por el pequeño callejón detrás de la iglesia. Sólo un hombre, al reconocerla, se detiene a verla. Va montado a caballo, como los hombres de campo, y todos lo reconocen como la silenciosa sombra de Richard Plantagenet. Quien lo ve entrar aquella tarde en la parroquia cree que visita a una amante secreta y nadie sospecha.

Pero Catesby reconocería la figura menuda recargada contra la ventana incluso con los sentidos vedados. Reconocería a la mujer vestida de blanco incluso si vendaran sus ojos y sólo pudiera guiarse por su instinto. Muchos años antes, cuando era sólo un muchacho que le daba de comer a los caballos del establo de los Plantagenet, el padre de Richard lo tomó del brazo y lo llevó hasta la habitación de su hijo menor. En aquel entonces, el niño era sólo una pequeña criatura menuda que escondía la mitad de su rostro bajo un pesado fleco, temía a su madre, y lloraba cuando había de rezar. «Richard necesita compañía, Catesby», dijo Richard Plantagenet padre y, desde entonces, aquel niño se había convertido en su razón de ser.

Las primeras manos que tocaron a Richard fueron las de un inexperto William Catesby que, torpe, cubrió su pecho con vendas de la manera más gentil que pudo. Lo enseñó a ponérselas tal cual le había enseñado una muchacha del barrio rojo que se había reído de él por gastar el poco dinero que recibía por su trabajo en los establos para hacer preguntas indiscretas. Catesby jamás confesó que todas sus dudas eran en realidad las dudas del señorito. Durante todos aquellos años, cuando aún eran unos niños empezando a crecer, sus manos fueron las únicas que recorrieron el cuerpo de Richard.

Cada vez que lo hirieron con una bala que pasó demasiado cerca, cada vez que el arroz que su madre solía esparcir en las losas del suelo de la capilla dentro de la casa grande se clavó en sus rodillas fueron sus manos cuidadosas las que curaron sus heridas. Richard, en aquel entonces, éramos tan sólo unos niños, usted y yo. Cuando se convirtió en un hombre, el patriarca se cuidó muy bien de que otros, incluso Catesby, lo vieran llorar. Nunca más volvió a ser el niño vulnerable que quiso envolver en sus brazos y cuidar para siempre; tan sólo pudo quedarse en silencio y observar a los hombres que se lo arrebataron.

Los días pasan y, engañosos, parecen todos iguales. Toda una vida se esconde en ellos, silencios qué se extienden como infinitos, desde la tierra fresca hasta lo más alto del firmamento. William Catesby ya no es el chico de los establos, pero en sus horas solitarias aún busca la compañía de los caballos de los Plantagenet. Se ha convertido en un hombre taciturno y reflexivo, protector. Acompaña con sus silencios las soledades de Richard, su pistola estará siempre a su servicio.

Catesby fuerza la cerradura de la vieja casa abandonada en la que varias veces vio perderse a Richard, buscando el consuelo del padre Henry. Catesby supo que era el Plantagenet perdido de la familia del barrio de Lancaster antes que todos y guardó silencio, porque aquel hombre tomó entre sus brazos a Richard y consoló su dolor. Tuvo tiempo de arrepentirse más tarde, cuando sostuvo a su patrón entre sus brazos y limpió las lágrimas. Catesby nunca supo lo que ocurrió en la iglesia donde Henry Plantagenet murió aquella noche oscura, más de diez años atrás. Aun así, desea haberlo detenido.

Quizá por eso sube las escaleras de dos en dos y corre hasta la habitación donde vio a la mujer de la ventana, para encontrar a Richard, pálido, con la mirada melancólica y un vestido blanco.

—¿Richard?

—¿Catesby? ¿Qué haces aquí?

—Cuando no volvió la mañana de ayer, la señora Anne se preocupó. No quise hacerle caso, pero… ¿Qué está ocurriendo?

—¿Catesby? —interrumpe una voz a su espalda. Ah, por supuesto, Buckingham—. ¿Qué haces aquí?

Se da la vuelta para encararlo, aun si no entiendo lo que está ocurriendo.

—¿Creerías que nadie lo reconocería, recargando contra la ventana, con ese vestido blanco? ¿A qué estás jugando, Buckingham?

Saca la pistola como un reflejo. El tiempo lo ha enseñado a no dudar cuando se trata de proteger a Richard. Le dispararía a un santo, si eso salvara a su patrón.

—Catesby —la voz de Richard, aun suave, es fuerte y clara. Es la voz de un patriarca acostumbrado a ser escuchado y a sentarse en la cabecera—. No es necesario. —Y después sus ojos se clavan en Henry. Grandes, hermosos, llenos de amor. Catesby lo observa lejana e inalcanzable, igual que lo ha visto siempre—. Oh, Henry —dice—, rendí mi alma ante ti hace mucho. ¿Me dejarás marchar, una última vez?

Buckingham lo ayuda a cambiarse en silencio y, al final mientras lo ayuda a calzarse las botas, Richard posa sus labios entre sus cabellos en un gesto demasiado íntimo. Catesby desvía la mirada, sin saber muy bien lo que está presenciando y no es sino hasta que pasa su propia capa por los hombros de Richard para cubrirlo, cuando vuelven a salir de la casa, que alguien vuelve a pronunciar palabra.

—Catesby, llévame con Jane Shore.

Richard recarga su pecho contra su espalda al montar a caballo y Catesby siente los sollozos sin verlos. Toda la vida ha presenciado a los hombres que han intentado arrebatarle a aquel hombre de entre sus brazos.


La mirada de Jane Shore es curiosa y Richard no puede desprenderse de la incomodidad cuando con sus manos siente su pecho y encuentra las vendas.

—Será mejor que te las quites —dice—, dentro de un rato, desearás no tenerlas. Puedo decirle a tu noble caballero que…

—No. Quiero que se quede.

A Catesby le sorprende escuchar aquellas palabras. Está acostumbrado a escuchar tras puertas cerradas, sin hacer nada, a la espera insoportable.  Cuando Henry Plantagenet murió, creyó que no volvería ningún espectro desde ninguna tumba para arrebatarle a aquel hombre y lo acompañó de cerca, con ese cariño silencioso que le había tenido siempre, sin atreverse a rodear su menudo cuerpo con sus brazos. Richard se llamaba a sí mismo demonio, pero Catesby juzgaba que Richard tenía la belleza etérea e inmortal que se le adjudicaba a los ángeles. Y sin embargo. Una noche lo esperó en el atrio de la iglesia durante las horas más frías y oscuras de la noche para verlo emerger en los brazos de Buckingham, arropado con el abrigo de aquel hombre que se lo había robado.

Supo que Richard lo amaba antes de que Richard lo admitiese para sí mismo, al ver la adoración con la que su patrón se había rendido a aquel hombre.

Nunca hubo ninguna derrota. William Catesby tan sólo había sido una sombra silenciosa, una compañía constante, un hombre demasiado cobarde para confesar lo que se había instaurado en su corazón desde la primera vez que había rodeado a Richard con sus brazos para protegerlo. Los muchachos de los establos no soñaban con los señoritos de buena familia ni se enamoraban de sus patrones; en silencio, se convertían en sus escudos más inquebrantables. Era aquel siempre su destino.

Richard se desabotona la camisa lentamente y luego se quita las vendas. Se cubre con una bata de mujer que le ofrece Jane Shore, cierra los ojos al sentir la tela sobre su piel.

—Lo siento, Richard —dice ella—, son las mujeres las que suelen venir a pedir mi ayuda… Ni siquiera tengo una palabra para quienes son como tú.

—Demonio —responde Richard, pero ella niega con la cabeza.

—No sé nada sobre los demonios —responde ella—; a veces creo que son sólo cuentos que las viejas inventaron para aterrorizarnos. Pero si existen, Richard, no son como tú. —Parece más un deseo agradable que una aseveración determinada, pero Catesby nota el alivio de la mujer cuando Richard no insiste—. Lo que vas a hacer…, Richard…

—No debes convencerme de no arrepentirme. No soy una mujer, no puedo…

—Aun así, tu cuerpo puede. Podría, quizá, si quisieras —dice Jane Shore—, pero no iba a intentar convencerte de no hacer esto. No es pecado. Eso lo inventaron los hombres porque querían poseerlo todo; deseaban los tesoros, las tierras, a las mujeres, deseaban la vida misma. Nunca les ha gustado aquello que no pueden controlar. —Mira a Catesby de soslayo y él, a su vez, le sostiene la mirada en silencio, sin interrumpirla—. Dios castigó a Eva y le dijo con dolor darás a luz los hijos, pero olvidó decirle que, aun si no los deseaba, la castigaría con el dolor. Esto que vas a hacer, Richard, hará que tu cuerpo se deshaga de dolor. —Pone una mano en su frente, sintiéndola, cerrando los ojos. Hay algo místico en ella, aprecia Catesby, y empieza a entender por qué las mujeres acuden a ella—. No serás la primera en hacerlo, ni serás la última. Este es el secreto más poderoso de una bruja. Todas lo somos, dentro de nosotras mismas. Sabemos lo que significa la vida porque la llevamos dentro; permitimos que se alimente de nosotras, que comprima nuestras entrañas y nos quite el aire, dejamos que nos destroce el cuerpo y consuma hasta nuestra alma. A los hombres les enseñan a matar para acabar, con ella; pero nosotras sabemos que a veces podemos extinguirla dentro de nosotras mismas.

—No soy una mujer, no sé…

—No —corta Jane Shore, sin dejarlo terminar—, pero eres una bruja, Richard.

Jane Shore pone un vaso sobre el buró de la habitación donde aloja a las mujeres que llaman a su puerta en medio de la noche. Richard no confía en ella, pero acepta la tranquilidad que Jane Shore le ofrece.

—Tómalo todo. Que tu caballero se quede contigo. Es mejor si el consuelo viene de una mano conocida. —Se pone en pie y mira a Catesby, sin dejar de dirigir sus palabras a Richard—. No hay pecado, es infinita la misericordia de Dios.

Detrás de ellos, días después, no queda más que una masa de sangre que cae por entre sus piernas como el milagro de la vida. El día amanece, la soledad se extiende. Con dolor darás a luz los hijos.


ponme como un sello sobre tu corazón, como una marca sobre tu brazo; porque fuerte es como la muerte el amor

cantares 8:6


James Tyrell se sienta a un lado de Henry Buckingham, en silencio. No suele ir a verlo; ambos pretenden que el otro es tan sólo un espectro con el que han de compartir una misma misión. Cuando Buckingham lo buscó entre los fantasmas, para arrastrarlo desde su tumba, quizá creyó que le estaba imponiendo un castigo cruel: el de entregar su ser al hombre que lo había asesinado; pero fue la verdad mucho más aterradora y terrible. Los muertos que carga James Tyrell sobre sus hombros llevan en sus labios el nombre de Richard Plantagenet.

—Fue con la amante de su hermano. La bruja. Shore —dice—. Pero supongo que ya lo sabías.

—Lo sabía —responde Buckingham. Su voz es neutra, totalmente vacía de todo sentimiento y emoción. Si añoró tiempo después al niño que Richard cargó en su vientre nunca lo dijo en voz alta, si lamentó su pérdida jamás expresó su desconsuelo. Se llevará a la tumba sus palabras y nunca las pronunciará en voz alta, condenado al silencio de quienes no ven destrozados sus cuerpos por la anunciación—. Me lo pidió.

—Lo permitiste.

Entre ellos, la certeza de que el cuerpo de Richard Plantagenet le pertenece a Henry Buckingham de la misma manera que a todo ser humano le pertenecen sus brazos, sus piernas, su corazón.

—Lo hubiera encadenado al dosel de la cama —dice Buckingham, desviando la mirada. Así es entre ellos, nunca se miran. En la calle son dos perfectos desconocidos y si algo los une es tan sólo el patriarca al que sirven y que, a cambio, les ha entregado su alma—. Lo hubiera mantenido preso de esta habitación hasta que hubiese muerto su furia, pero habría traído a la curandera hasta aquí. Le hubiese permitido salir tiempo después, cuando su nombre empezara a desaparecer de los labios del pueblo y su cabello empezara a caer hasta sus hombros, encadenado a mí. Hubiera… Voy a destruirlo, Plantagenet —confiesa, mirándose las manos propias, por donde ya cae la sangre que Richard ha de derramar—; deseo aplastar su alma hasta que no quede nada más que su adoración por mí. Quiero que me pertenezca entero, quiero que sea Richard y no el patriarca.

Cuando las lágrimas caen, no sabe cómo detenerlas. Nadie le enseñó nunca. Los hombres lloran siempre en la soledad donde otros no pueden asomarse a su alma.

—¿Crees que te perdonará? —pregunta Henry Plantagenet, moviendo su cuerpo para quedar arrodillado frente a él—. Richard.

—No lo sé.

Antes, cuando lo tuvo vestido de blanco, hermoso, y deseó hacerlo su esposa, pensó que sí.

—¿Importa?

Las manos de Henry limpian las lágrimas de Buckingham; sus dedos, aun llenos de cayos, están acostumbrados al consuelo, pero el gesto es demasiado íntimo, demasiado extraño. Así no es la vida entre los hombres que aman a Richard Plantagenet.

—¡¿Qué haces?!

—Dios perdona a todos sus hijos —le dice Henry, ya deshecho completamente de la imagen de James Tyrell, el pastor.

—No soy un hijo de Dios —responde Buckingham—. ¿No has escuchado? Renegué de él y de sus enseñanzas. No creo en su palabra, ni en su perdón, ni en su misericordia. Cuando se abra la tierra, cabalguen sobre ella los jinetes del apocalipsis y pise el anticristo este mundo, caeré a las fauces de satanás.

—Dios perdona a todos sus hijos —insiste Henry—, incluso si niegan su nombre y desean al diablo. —No vuelve a intentar tocarlo. Entre ellos, no hay nada más que Richard—. A veces, Henry Buckingham, hemos de destruir aquello que amamos igual que Dios envió a su hijo a Jerusalén. Jesús resucitó al tercer día, ascendió a los cielos y en su sonrisa se llevó todo el amor del mundo pues su sacrificio nos entregó la salvación. Corrieron desde Gólgota los ríos carmesíes de su sangre que contenían su palabra, su perdón y su misericordia. —Por un momento, vuelve a ser el párroco amable que siempre fue, con su voz suave—. Dios Padre le entregó un destino terrible y aun así nos amó; es un final feliz, a su manera.

»Henry Buckingham, libera a Richard. Sólo cuando su estirpe descanse bajo la tierra, condenada al olvido, todo esto tendrá un final.

Al principio, los hombres añoran hacerlo todo, caminan por el mundo convencidos de que pueden labrarse su propio destino. Algunos huyen, otros se rebelan, pero todos descubren tarde o temprano, que no pueden hacer sino aquello que deben y se rinden, por fin, al bucle infinito del olvido.


Anne Neville siente la muerte llegar lentamente. Camina a su lado desde el día que Edward lloró por primera vez entre sus brazos y ella besó su frente con una sonrisa en sus labios, acunados ambos entre los brazos de Richard. Aquel niño fue todo lo que la guerra no pudo quitarle. Lo amó antes de poder abrazarlo o de escuchar su risa, de sentirlo entre sus brazos, besar su frente, posar su nariz sobre su piel al abrazarlo y maravillarse de la inocencia de aquellos que habían nacido sin una disputa sangrienta a sus espaldas. Más tarde, le diría a Richard, mientras ambos compartían el té: «el nacimiento de Edward fue uno de los días más felices de mi vida», y, aún si su cuerpo no pudo perdonárselo nunca, no mintió.

Las criaturas que devienen mujeres en medio de la guerra tienen vidas cortas y sufrientes. Entierran padres, hijos, hermanos, lloran en las bodas, se casan entre los muertos, se funden en el negro del luto que tiñe sus ropas en las ollas entre un funeral y otro. Sus sonrisas son siempre melancólicas, aplastadas por todos los féretros sobre los que lloraron; sus manos están acostumbradas al consuelo silencioso de la tristeza más dura. Nada puede florecer en condiciones tan adversas, pero las mujeres persisten, obligadas a hacerlo en las llanuras más duras. Es tan hermosa como cruel su adversidad.

Anne Neville supo al casarse por segunda vez que la tristeza le duraría para toda la vida y supo también, cuando vio nacer a su primogénito que nunca sentiría ningún amor igual. Nadie más cargó con él dentro de su ser ni lo sintió patear todas las noches que deseó morir junto a sus sueños. Padre, nunca quise que me convirtieras en una hija, que me casaras con Edward Plantagenet, éramos sólo unos muchachos, que me entregaras a las fauces de Richard. La muerte la acecha desde entonces.

Una mañana descubre que no puede ponerse en pie y haciendo sonar la campana que alertará a una de las criadas, espera, sabiendo que el final se aproxima. Dios mío, te lo ruego, permite que vea la sonrisa de mi hijo infinitas veces más, permite que Richard me acompañe a tomar el té todas las tardes, perdona los pecados de mi marido, pues lo he acompañado a través de todas sus decisiones como la esposa fiel que me indicaste que debía ser. Cuando la criada entra y la ve pálida y enferma, se afana en preparar una compresa fría para su frente, pero Anne mueve uno de sus brazos como diciendo «eso no es importante, no retrases el destino».

—Haz que venga mi marido —dice—, por favor, quiero verlo. ¿Ha vuelto a casa?

—Hace unos días, señora —responde la criada. Durante un momento, Anne la ve debatirse sobre si debe añadir algo más; al final lo hace, intentando disimular el obvio juicio que hace sobre su patrón—: Nadie sabe donde estuvo. Volvió con Catesby. No parecía feliz de estar de vuelta, señora.

«Estuvo con otra mujer, señora», quiere decir la criada, como una advertencia de una a otra.

Anne Neville asiente, sin dejar que su expresión la traicione. Agradece la preocupación de otra, pero no tiene nada que responder a ello. Richard nunca ha tenido una amante; es otro al que ha recibido en su cama, aunque crea que su esposa no lo sabe, pero la señora de la casa grande no es ciega. No hay otra persona que conozca tan íntimamente a su marido como ella, ni que haya aprendido a leer sus expresiones a la perfección. Sus ojos podrán no verlo, pero su corazón sabe que Henry Buckingham pasa la mayoría de las noches en la casa grande, abrazado a su marido.

—Gracias. Haz que venga, por favor. Dile que es urgente, si es necesario —insiste Anne.

Cuando uno lleva tanto tiempo conviviendo con el dolor, se acostumbra a su presencia omnipotente. La señora de Richard Plantagenet ha olvidado ya lo que es la existencia que no está plagada por su constante ni recuerda ese otro mundo en el que su cuerpo estuvo entero. Cada día un poco más, cada día un poco menos. Dame un poco más de tiempo, Señor, te lo ruega tu sierva Anne.

Richard abre la puerta sin llamar a ella poco después y al encontrarse con sus ojos, Anne lo observa comprender que el tiempo se ha acabado y no habrá ya manera de darle vuelta al cruel reloj de arena del tiempo. Apenas tiene treinta años, dos menos que Richard, y no son suficientes treinta primaveras en el mundo para apreciar la magia de las flores en los campos, ni treinta inviernos para admirar todos los tonos de blanco con el que la nieve tiñe sus calles.

—Señora —dice Richard, con cariño, y su palabra carga consigo una tristeza inmensa.

—Ah, señor mío —Anne sonríe, intentando quitarle hierro al asunto—, tú y yo, siempre supimos que este día llegaría, ¿no? —Palmea la silla al lado de su cama, en donde Richard ha dormido más de una vez, mientras los doctores intentan encontrar el origen de las dolencias de Anne y las enfermeras monitorean su fiebre. Siempre ha sido un esposo protector, a pesar de haber roto ya todos sus votos de matrimonio y no haber sido capaz más que de observar a su esposa languidecer por la enfermedad—. Ven, siéntate a mi lado, hemos de hablar del hoy y del mañana, señor.

—Señora, no…

—Extrañaré el té a tu lado, Richard. En esta vida no me dejaste más remedio que acostumbrarme a ti y, mírame, lo he hecho. He sido una buena esposa, ¿no crees?

Richard se sienta a su lado. Su rostro está lleno de tribulaciones que no le contará a Anne y sobre las que ella no preguntará, pues así ha sido siempre entre ellos. Su matrimonio está construido sobre un castillo de naipes que dos niños crearon en las ilusiones que nunca hubieron de cumplirse. Sus manos se juntaron una tarde de verano mientras aprendían a bailar bajo la mirada atenta de sus padres que ya discutían la posibilidad de que se casaran el uno con el otro. Nada de aquello pasó, la realidad fue más cruel y les fue arrebatado el romance que nunca tuvieron y nunca tendrían.

—Señora, ¿me dejarás solo?

—Lo siento, Richard —dice Anne—, esta será la primera vez que rompa uno de mis votos de matrimonio. Tendrás que perdonarme.


Aun si en la lápida del hermoso mausoleo donde está destinada a descansar para la eternidad escriben su nombre de pila, muchos años después la recordarán como la señora de Richard Plantagenet. Será siempre más importante su filiación que ella misma, una figura apenas visible, escondida entre las sombras. Hija de Richard Neville, viuda de Edward, esposa de Richard. Se contará su historia sólo como un satélite orbitando la historia de otros y se la relagará con prontitud al olvido de lo poco importante. Pasará a la historia del pueblo como una mujer enfermiza y una esposa devota.

Aquella tarde ninguno de los dos piensa en eso. Hablan largo y tendido sobre lo que fue, lo que es y lo que ha de ser. Se enfrentan al futuro con la frente alta, con el cariño de los amigos que han aprendido a quererse en la adversidad y dejan sin decir aquellas cosas que no son necesarias. Anne no le reprocha que haya metido a otro hombre entre sus sábanas, porque ya no tiene sentido; es muy tarde para pretender ser una mujer dolida cuando su historia con Richard terminó antes de haber comenzado. No le reprocha el peligro en el que se ha puesto al aceptar el deber de ser el patriarca del pueblo, el hombre que mueve los hilos detrás de la silla del alcalde, aquel que gobierna detrás del trono verdadero. No le reprocha que sus conspiraciones hayan indirectamente matado a sus sobrinos ni le reprocha la muerte de su padre, ejecutado por su traición a los Plantagenet del barrio de York tantos años antes. Ha pasado tanto tiempo.

Nadie sabrá las palabras que se intercambian aquella tarde, mientras Richard cambia las compresas en la frente de su esposa y sostiene su mano.

—Richard —dice Anne—, he oído rumores. Sé que hay chispas que están intentando reavivar el conflicto de hace tantos años. Por ello, debo pedirte un último favor.

—Lo que desees, señora.

—Manda lejos a Edward. Es el momento justo, exacto. Es tu primogénito, nadie se extrañará si deseas que termine su educación en la capital.

Las familias que podían permitírselo enviaban, algunas veces, a sus hijos a estudiar a la capital o a alguna metrópoli. Volvían pocos, ya convertidos en hombres, con ideas nuevas, ropas modernas, gestos diferentes. Nunca había sido una costumbre de los Plantagenet, educados en casa todos ellos, puesto que el patriarca, su padre, presumía que su poder era tal que podía mandar traer a los mejores maestros disponibles. En realidad, Richard sospechaba que la familia temían perderlos en lo ancho del mundo, allí donde la vida era más libre, más anónima.

—Mi padre solía decir que, si mi hermana y yo hubiesemos sido varones, nos habría enviado a algún colegio prestigioso en la capital —sigue Anne—, pero eramos muchachas. Sus silencios dejaban claro que aquello hubiese sido sólo tirar el dinero al piso y dárselo de comer a los cerdos. Nunca nos permitió hacer estudios superiores; aprendimos a leer y a escribir, a hacer algunas cuentas, como los demás, antes de convertirnos en muchachas. Pero después fue imposible negar que eramos señoritas, y se nos educó tan sólo en lo que las esposas debíamos ser. Incluso Edward, mi difunto… —Se detiene, mirando a Richard con atención en espera de cualquier reacción ante la mención de su marido muerto—. Tenía dieciséis años cuando nos casamos, igual que yo. No sabía nada del mundo.

»Margaret d’Anjou dijo que era mejor así cuando me ajustó el velo con el que sería entregada a su hijo. Era mejor casarlos jóvenes, antes de que tuviesen ideas o de que añoraran la libertad. «No te preocupes, querida Anne, no podrás extrañar lo que nunca tuviste». Y sin embargo, siempre me pregunto… Te he envidiado siempre, Richard. Desde que me casé, nunca volví a levantar una pistola o a salir de caza con mi padre, no se me volvió a permitir ser algo que no era. Quizá Margaret d’Anjou, en su crueldad, creía tener razón, pero sus palabras no eran más que una vil mentira; aquello que nunca tuve lo he añorado siempre.

»Manda lejos a Edward, déjalo estudiar lejos, que tenga ideas nuevas, que se deshaga del lastre de este pueblo y pueda ser feliz en ese otro mundo de ciudades que no duermen, calles pavimentadas y juventud. Desherédalo si intenta regresar; dile al mundo que no fui una esposa filial y mentí cuando te casaste conmigo. Mándalo lejos antes de que lo envenen como lo hicieron con nosotros y le enseñen a odiar como odiamos nosotros. Richard, si este pueblo se vuelve a teñir escarlata, no quiero que nuestro hijo clame por la venganza; deseo que este lejos, allá donde nadie lo toque.

»Quiero decir, Richard, que podrás tener otros herederos —dice Anne, apretando su mano—, pero no deseo que seas cruel. Tu apellido, Richard…, ¿alguna vez estuvo destinado para la paz?

Las historias que se cuentan en el pueblo, aun si inexactas están llenas de cadáveres y traiciones, incluso durante las mejores épocas. Richard no se atreve a responder esa pregunta; teme conjurar la verdad y que ésta siga a su progenie el resto de su vida.

—Nuestro hijo estudiará en las mejores escuelas de la capital, señora, si así lo deseas.

—Gracias, Richard.

Aun si todos te olvidan, yo recordaré tus manos, tus sonrisas, las trenzas que enmarcaban tu cara y tus ojos iluminándose cuando me oían llamarte.

—Señora —llama, una vez más, con ese tono cariñoso al que se ha acosumbrado tras años de matrimonio. Anne Neville tiene treinta años, pasó por el altar a los dieciocho, y aun sonríe al escucharlo—. Lo siento.

—No tienes nada por qué disculparte —dice Anne, en una última mentira piadosa—. A pesar de todo, me alegro de haber sido llamada tu esposa.


Durante el funeral de su esposa, Richard desea la protección de los velos de las mujeres. Se queda en silencio, pasmado, a un lado del féretro en el que descansa Anne como si sólo durmiera plácidamente. Acepta el pésame de todas las personas que se detienen a dárselo sin reconocer sus rostros ni fijarse en sus expresiones, estrechando sus manos como ese consuelo inútil que es aquel gesto; oye las palabras de todos sin escucharlas realmente. A su lado, Edward oculta sus lágrimas lo mejor que puede, intentando reflejar la entereza que se espera de los hombres ante la muerte; apenas es un niño. Sus piernas, que aun no llegan al suelo cuando está sentado, se agitan inquietas y sus manos se aferran a los bordes de la silla. Por momentos, Richard descansa una de sus manos en su hombro.

Catesby se acerca un par de veces a servirle café o acompañarlo en los rezos, sin decir nada más. Richard agradece su silencio y su temple. De repente se pregunta si William Catesby se hubiese quedado a su lado de haber sido Richard una muchacha en aquel pueblo en el que las jovencitas tienen prohibido estar solas en compañía de un hombre; comprende que en aquella otra terrible realidad, el muchacho de los establos jamás hubiese guardado todos los secretos de Richard ni hubiese intercambiado palabra con él. La habría llamado «señorita» frente a otros, condenado a no conocerla jamás.

La última vez que se acerca, Richard lo detiene un momento antes de que tenga tiempo de irse de nuevo.

—¿Sabes algo de Buckingham? —pregunta.

—Lo siento —responde Catesby, negando con la cabeza.  

—Si lo ves…

—Lo traeré —responde Catesby, y pone en sus manos una nueva taza de café caliente—. Richard… —llama, pero parece arrepentirse tan pronto como pronuncia su nombre y él alza la cabeza—. No, no importa. Puede esperar.

Poco después de oscurecer, Richard se asegura que alguien acompañe a Edward hasta su habitación. El niño insiste en querer quedarse, pero cuando empieza a cabecear Richard se acuclilla frente a él y con voz suave le recuerda que debe dormir. Vamos, insiste, te sentirás mejor mañana, debes descansar.  Contiene las lágrimas al ver al niño que mece sus piernas en la silla sin que estas lleguen a tocar el suelo tan solo, tan desamparado. Desea que duerma y no sueñe, puesto que la mañana siguiente será la primera de muchas sin su madre y Edward aun no lo sabe. Desearía, niño mío, que estuvieras preparado y que dentro de ti existiera la entereza que nadie lleva dentro; quisiera quitarte el sufrimiento y hacerlo mío para que de tu rostro no se borre nunca la sonrisa.

Richard se queda al lado del féretro cuando las personas empiezan a retirarse. Incluso las criadas de la casa grande se disculpan, alegando que la cocina las espera. La más joven se detiene a prometerle una taza más de café antes de partir. Al final, por un rato, sólo queda Catesby a su lado.

—Richard… —Catesby es el primero en romper en silencio, pero antes de que pueda insistirle en que descanse, Richard niega con la cabeza.

—Era mi esposa. Merece ser velada en su sueño eterno. Catesby, todos mis votos… Nunca pude mantenerlos. Ella no merecía la vida que tuvo. Al menos…

«Oh, señora», piensa al mirar el cadáver de Anne Neville, «qué haré sin las tardes de té y los domingos de iglesia sin ti». Aprendieron a bailar juntos, tan sólo dos niños tomando lecciones al ritmo de una vieja pianola, bajo la mirada de sus padres. Fueron los primeros amigos del otro, antes de aprender a ser humanos fueron Anne y Richard; hubo un tiempo en que sus sonrisas fueron inocentes.

—Lo siento, Richard —dice Catesby—. Pediré por su alma.

—Gracias.

No llegan a decir nada más porque la puerta se abre bruscamente. Richard le da la espalda al féretro para ver quien más ha llegado y no puede contener su sorpresa al ver a Buckingham. Aun así, se mantiene impasible hasta que Buckingham se acerca hasta él, levanta su mano y posa sobre ella un beso. No dice nada, no ofrece pésame ni pronta resignación; tan sólo le entrega aquel beso y Richard se desmorona en sus brazos. Ocurre lentamente al principio y luego el universo se rompe y todo el tiempo transcurre a la vez.

El patriarca esconde su rostro en el pecho del hombre que ama, y llora la muerte de su esposa. Buckingham lo aferra como un ancla en medio de la tempestad y soporta el azote de la tormenta igual que la más impenetrable fortaleza. Durante un momento, William Catesby los observa, sabiéndose intruso de aquel momento íntimo. Ninguno de los dos le presta atención ni nota el cariño que siempre ha existido en sus ojos cuando éstos se detienen en Richard.

Al final, no le queda más que retirarse para ofrecerle aquel momento a Richard y cuidar fielmente los secretos del patriarca al otro lado de la puerta.


Creí que no volverías, las palabras que nunca llegan a su garganta. Con el rostro enterrado en su pecho, no se atreve a conjurar el horror de su último encuentro, ni aquel vestido blanco, ni el terror que le da pensar en sí mismo como la mujer que esconde, ni lo dispuesto que estuvo a sacrificar su ser. Creí que aquel sería el final y estaría destinado a conjurar aquel horror para extrañarte, que añoraría por siempre haber vestido de blanco, cargando con un pesado velo que escondiera mi rostro para que pudieses casarte con la novia que robaste. Habría caminado hasta el altar hermosa y resignada, suplicando piedad; habría prometido fidelidad y obediencia.

Durante mucho rato, sólo se escuchan sus sollozos. Richard se asombra de cuántas lágrimas contiene su cuerpo y tan sólo puede inundarlo el más terrible desconsuelo porque nunca las derramó mientras Anne estuvo viva. Al final, la había arrastrado a la mitad de aquella pelea sin sentido cuando le dio un tiro de gracia al muchacho hermoso con el que la habían casado y nunca le había permitido ser libre. Para Anne Neville, el matrimonio fueron los grilletes con los que aceptó morir, el único destino posible. Nunca se permitió formular la pregunta del pretétito pluscuamperfecto, ese qué hubiera sido si su padre no la hubiese reconocido muchacha, si hubiera olvidado su condición de mujer, tan inescapable. Las lágrimas sólo vienen ahora, cuando el cadáver se enfría en el féretro, y su amante lo sostiene en sus brazos.

Poco a poco llega la calma y con ella el silencio. Se queda allí, abrazado a Buckingham, incapaz de moverse, aterrado de mirarlo a los ojos y encontrar esa hambre aterradora con la que deseó hacerlo su esposa. Señor mío, si vuelve a preguntármelo, no sé qué será de mí.

—Este lugar huele a sangre, Richard —dice Buckingham, finalmente—; lo único que Dios ha traido a esta morada es sufrimiento.

—Anne me pidió que enviara a Edward lejos. A la capital. Lejos de aquí. Donde este pueblo no pueda envenenarlo.

—¿Lo harás? —Uno de los brazos de Buckingham rodea su cintura; el otro, dentras de su cabeza, acaricia los mechones de su cabello. Richard escucha su corazón—. Es tu único heredero.

—Anne lo sacrificó todo por él —responde Richard—, no puedo negarle su último deseo.

De no haberse casado con Richard y borrado su parentesco, habrían matado a ese niño. Algún leal a la familia del barrio de York lo suficientemente audaz hubiera apuntado con una pistola al craneo de un niño y habría regado sus visceras en el pavimento del pueblo, sólo para asegurarse que la estirpe de los enemigos muriera con Henry Plantagenet. Anne Neville lo supo desde la primera vez que se llevó las manos al vientre y, con un miedo que sacudió la tierra y la hizo temblar, dijo: es tu hijo, Richard, tu hijo, dentro de mí, tu hijo, tu sangre, tu carne, no puede ser nada más, lo sabes, es tuyo, te pertenece, tu sombra cuidará su destino.

—Si pudiera entregarle la paz no dudaría, le regalaría el destino que mi padre me entregó al nacer, Buckingham. —Richard alza la cabeza y busca los ojos de su amante para enfrentarlos con entereza—. Tú y yo sabemos lo que este sueño cuesta, lo que arrebata. No puedo condenarlo.

—Lo sé.

Henry Buckingham no dice nada más. Lo deja recargarse en su pecho mientras sueña con matar al patriarca que ayudó a encumbrar para quedarse con Richard. Sabe que, si no hubiera sido por el recuerdo de la mirada añorante, su regreso al pueblo habría sido imposible. Entregado al seminario a corta edad, había aprendido la palabra de Dios para desdeñarla más tarde en pos de una libertad que parecía inalcanzable. Pero olvidó todo aquello cuando recordó a Richard Plantagenet y sus sueños se plagaron de los ojos anhelantes con los que había perseguido su destino, haciéndolo volver hasta los pasos de su infancia y su primera juventud, a aquel pueblo sofocante donde nunca podría ser el amante que lleva al novio al altar para casarse con él. Aquellos como él y Richard estaban condenados a las sombras en un bucle de olvido infinito; no existirían daguerrotipos ni fotos de sus sonrisas, sus besos y sus abrazos, ningún hombre de Dios bendeciría sus uniones, no se les permitiría besarse ante la mirada de Cristo, salir tomados de la mano de la iglesia, bailar juntos, pegando el cuerpo. No existiría prueba alguna de su intimidad, condenados al repudio y a la inexistencia.

Sus más profundos deseos no habían existido nunca.

—Mata al patriarca, Richard —insiste Buckingham—, sé mío.

Richard Plantagenet le regresa la mirada; la tristeza de sus ojos es la misma tristeza que Dios sintió al poner a sus hijos sobre la tierra sabiendo que serían tentados y lo traicionarían, el mismo pesar con el que Dios vio a Eva morder la manzana para pecar por primera vez y conocer el placer. La tristeza de aquel que ama sin reparo, puesto que sacrificó a su propio hijo por su creación.

—¿Qué seré sin él, Buckingham? ¿Qué habrá significado entonces todo esto?


La tradición dicta que los hombres de la familia habrán de cargar el féretro de sus muertos hasta el panteón donde los Plantagenet tienen el mausoleo familiar. Richard siente el peso en los hombros, como si llevara el mundo entero en su espalda. Con la mano libre, sostiene a Edward. Una de las nanas intentó alejarlo y animarlo a caminar detrás del féreteo de su madre, igual que toda la procesión. Pero Edward se aferra a la mano de su padre con fuerza y Richard no tiene corazón para obligarlo a cumplir un protocolo opresivo.

En el panteón, un padre al que Richard apenas si le pone atención pronuncia las últimas bendiciones que ha de recibir Anne en vida y, entonces, los enterradores le dan oportunidad de despedirse. Toma un puño de tierra entre sus manos y, en silencio, lo deja caer sobre el féretro. Ve a Edward acercarse, dispuesto a imitarlo, con el rostro lleno de dudas y no duda en ponerse a su altura y mirarlo a los ojos. No se atreve a mentirle o asegurarle que todo estará bien. No está seguro de haber sido un buen padre o haberlo protegido lo suficiente. Pero le sonríe, escondiendo las lágrimas, enseñándole cómo despedirse de su madre. Del polvo venimos y al polvo regresaremos, Anne Neville. Deseo que ante ti se abra el reino de los cielos y en él seas coronada; deseo que nuestros caminos nunca más se crucen y que el destino te permita ser libre de la sombra que impuse sobre ti aquel día frente al sepulcro de tu padre.

Edward Plantagenet tira un puño de tierra sobre el féretro de su madre. Dirá su tumba: «Anne Neville, señora Plantagenet». Volverá al polvo y la olvidará el mundo, pero las tardes de lluvia, cuando el agacuero arrastre la hojarasca y el viento se robe los paraguas, Richard recordará con cariño llamarla señora.


por todos los difuntos, Señor, ten piedad.
por todos los que murieron en la fe de Cristo, ten piedad.
por todos los que murieron en la esperanza de la resurrección, ten piedad.

letanía para los fieles difuntos


El pueblo no tiene una estación de ferrocarriles. Uno ha de ir en carreta hasta el siguiente para comprar un boleto en los andenes y subir al tren que llega dos veces cada semana desde una ciudad pequeña lo suficientemente cercana. De allí, habrá de transferirse hasta el tren que lleva a la capital. En el camino, olvidará alguna vez el pequeño pueblo en el que pasó la infancia y, al enfrentarse al magno mundo, le parecerá pequeño y anticuado; no añorará volver. Cuenta la leyenda que quienes se marchan se pierden en el viento y Richard espera con desesperación que sea verdad la mañana siguiente al término de los novenarios de Anne Neville, cuando los velices de Edward están en la puerta y su pasaje está arreglado para llevárselo lejos.

Se ve tan pequeño en la puerta de la casa, vestido por primera vez con pantalones largos, marcando el abandono de la infancia. Va de negro, en luto por su madre. «La extraño», confesó la noche anterior, ante la inevitabilidad de la partida, y Richard lo abrazó contra sí. No se le ocurre en qué momento creció tanto. Una mañana era una criatura que lloraba en los brazos de Anne, pidiendo pecho, y otra es aquel niño de rostro melancólico que ha llorado por su madre más de lo que ningún ser humano debiera llorar nunca.

—Te escribiré —promete Richard—, para que no sientas que estás lejos. Has de ser valiente ahora, Edward, puesto que no estaré a tu lado. —Pone las manos sobre sus mejillas y le sonríe. Su hijo heredó el semblante delicado de su madre y el cabello rubio pajizo de los Plantagenet del barrio de Lancaster—. Tu madre deseaba ofrecerte un futuro brillante, algo más que este pueblo. Vete y no vuelvas, no vuelvas nunca. Olvida este lugar y todas sus cadenas, deja que el mundo haga de ti un hombre valiente y amable, Dios quiera que nunca hayas de levantar una pistola.

Richard abraza a su hijo por última vez una mañana fresca. Se escucha a los pájaros cantar a lo lejos, el rocío aun está fresco bajo las plantas. No importa que aquel niño no lleve su sangre: es suyo, tan suyo que deseó parirlo, sacarlo de sus entrañas.

Por eso le regala el mundo y el olvido.


el amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor;  no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad.  todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta

corintios 13:4-7


A los treinta y tres años, Richard es ya la sombra de todo lo que fue; se mira al espejo y le sorprende encontrarla todavía a su lado. La bruja de Orleans no lo ha abandonado. «Oh, querido», dice el espectro de Jeanne d’Arc, «tenía que terminar así; no hay otro final posible, nadie lo ha escrito. Esta historia se firmó con sangre y terminará con ella, corre el río carmesí sobre Gólgota. Todo esto es un uróboros que se come a sí mismo para nacer una y otra vez; el primer Plantagenet nació para que vinieras al mundo tú, Richard, y corriera la sangre de tu himen por el altar del señor».  

Que grande y terrible es el destino contado de esa manera, ahora que está solo, frente al espejo, y el amante al que se aferra le suplica que deje ir los sueños a los que Richard desea aferrarse incluso si lo destrozan. Resulta paradójico haber salvado al hijo del mismo final al que él se aferra: morir en la silla del patriarca, perseguido, traicionado, con la pistola al cinto o bajo la almohada, siempre cargada.

La puerta de su habitación se abre y es Henry Buckingham quien lo observa de lejos un momento y luego se va acercando, para enfrentarse al juicio del reflejo.

—He venido a despedirme —dice—. Si me quedo, me matarás.

—¿Cómo puedes…?

—Me matarás porque seré yo quien represente el peligro —interrumpe Buckingham—. Deseo acabar con esta imagen de ti y llevarte lejos. Vivir en una casa en medio del bosque, con una chimenea que esté siempre prendida en invierno, donde nadie nos moleste ni seamos el peso de nuestros apellidos, ni tengamos siempre una pistola cargada al alcance de nuestras manos. Me matarás porque acabaré traicionándote de nuevo, si es necesario, para salvarte de lo que te espera.

«Esta historia nunca ha terminado de otra manera», Richard aún puede oirla, Jeanne d’Arc es siempre su más fiel acompañante, «correrá el río carmesí sobre Gólgota».

Intenta mostrarse valiente cuando busca la mirada de Buckingham en el reflejo del despejo.

—Veniste tú y apareciste ante mí —reclama— buscando remover sueños a los que yo no había atendido nunca. Me prometiste el mismo trono del que ahora deseas arrancarme. Esperas que sea la mujer que permita su rapto cuando antes fuiste el hombre que me encumbró. ¿Te irás ahora, cuándo ya lo has causado todo y no puedes enfrentarte a lo que soy? —Se da la vuelta para enfrentarse a él y no a la sombra del espejo—. Ahora que no soy lo que deseas y no puedes moldearme a tu antojo… —Intenta golpearlo en el pecho, pero Buckingham lo detiene—. Ahora que tienes que enfrentarte a la imagen de lo que construiste… —Las lágrimas caen, una primero y luego un torrente; no sabe si es rabia o tristeza, quizá ambas—. Ahora que ya te lo he entregado todo, que no soy sino la sombra de todo lo que fui. Exigiste que fuera tuyo. Exigiste… Lo soy, Henry Buckingham, lo soy.

Sus rodillas no pueden más y sabe que si no fuera porque Buckingham lo sostiene caería ante él; se abrazaría a sus piernas como una esposa desesperada ante el abandono. Extendería eso que otros llaman dignidad frente aquel hombre que lo moldeó a sus gustos y sus deseos y exigió quedarse para sí una parte de su cuerpo. «Si no soy yo, Richard, nadie te hará sentir placer allí donde eres mujer».

Al final, cae de rodillas, cuando los brazos de Buckingham ceden y ya no queda nada por decir. Esconde sus ojos bajo su cabello, esperando salvar así la poca dignidad que le queda. Se postra como una esposa que ve partir a su marido lejos y se enfrenta al abandono más absoluto; sus manos buscan los pies de Buckingham. Mírame, le dice, me hiciste el patriarca pero también me hiciste esto; cómo te atreverás a irte después de arrancarme mi ser para hacerlo tuyo.

Cuando cuenten la historia sobre Richard Plantagenet, el patriarca, hablarán de un hombre temible y de como su yugo dejó cadáveres envenenados por todos lados para evitar ser traicionado. Hablarán de un hombre siniestro que encerró a sus sobrinos en la casa grande para más tarde verlos morir ante sus ojos; asegurarán lo mucho que deseaba hacerse con el poder. Las historias, irremediablemente, hablarán sobre Henry Buckingham, el hombre que lo hizo patriarca y lo encumbró hasta lo más alto del pueblo. Contarán que ninguna decisión podía tomarse sin pasar por la casa grande y la mirada de Richard. Cuando alguien pregunte sobre su tumba, responderán sus rivales que el diablo no merecía santo sepulcro y se encogeran de hombros los jornaleros, a los que nunca les ha interesado en donde descansen los patrones; quizá algunos digan que lo enterraron a un lado de la señora Anne, su esposa, sin marca alguna, puesto que temían ver la tumba profanada y quizá digan otros que Henry Tudor, el muchacho sobre el cual justificarían la traición, lo había lanzado a una zanja olvidada y se había pudrido su cuerpo en la soledad. Se instaurará en el imaginario, pues, la historia de un hombre siniestro y ambicioso que poco tiene que ver con aquella criatura desesperada, privada del cariño por el que ha rogado a Dios toda su vida, aquel hombre de rodillas, aquella mujer que llora.

Henry Buckingham puede verlo como todo aquello: el patriarca temible, la esposa sufriente, el amante desesperado, la mujer abandonada. Es aquella su maldición.

Se inclina ante él, levantando su rostro, fijando sus ojos en la mirada triste de Richard.

—Lo siento —dice por primera vez. Han pasado casi tres años desde la primera vez que se reencontraron cara a cara y los vientos del destino han cambiado tanto su curso que son incapaces de reconocer ya lo que añoraban tiempo atrás—. Toda mi vida soñé contigo. Deseo protegerte, incluso si soy yo mismo a quien debo de enfrentarme. Nunca quise ponerte ante una encrucijada.

—Quédate conmigo. Edward…, Anne… Todos se han ido. Todos se irán. Quédate conmigo. Si me obligas a suplicarte, lo haré; me inclinaré ante ti, me postraré. Si me obligas a ser tu esposa…

—¡Detente! —Buckingham lo abraza—. Nunca quise hacer de ti algo que no desearas, nunca deseé darte algo que no pidieras. Pero el amor es terrible, Richard; me da miedo de lo que seré capaz. He venido a despedirme del patriarca —y sus palabras caen lentas, entre ambos, en la duela de los pisos—, pero a ti, Richard, te amaré por siempre.

—Llévame a la parroquia donde consumamos nuestro pacto —pide Richard, con delicadeza; dejan de caer las lágrimas—, por favor.

Ojalá el tiempo fuera eterno, ojalá aquel momento nunca terminara. Que la noche nunca sucediera al día y sobre ellos no cayera el peso del demasiado amor.


Catesby tiene la pistola en las manos cuando Buckingham lo encuentra en el patio de la Casa Grande al marcharse. No apunta, pero su intención es clara.

—Te dio todo lo que tenía —dice Willian Catesby, sin alzar mucho la voz—, qué derecho tienes a ir y venir; destrozarlo a tu antojo. Cuando murió Henry Plantagenet, lo encontré con las manos cubiertas de sangre ajena en la iglesia, arrodillado en el piso. Richard estaba solo, pero parecía que aun podía ver el cadáver frente a él. Intenté que se pusiera en pie y caminara conmigo; estaba congelado allí, con un vestido hermoso, el pecho sin vendar, la pistola aún sin disparar en las manos. Ha odiado aquella piel toda su vida; mas siempre ha estado dispuesto a pretender que es suya cuando le ofrecen un atisbo de amor.

»Aquella vez el abandono casi acabó con él. Quizá no recuerda el duelo, pero yo sí, porque cuando lo cargué fuera de aquella parroquia sentí su cuerpo llorar contra el mío en silencio. El día de su boda pasó toda la mañana arrodillado en la iglesia, rezando, buscando algo perdido que nunca encontraría en Anne. Hay espectros que no deben aparecer de nuevo, Buckingham. Hay recuerdos que nunca debiste conjurar si ibas a ser tan cobarde y egoísta. Ese hombre que creaste es el mismo que te ama y no fuiste capaz de sostener su mano cuando acabó con ese hijo tuyo que nunca fue.

—Si me quedo, le haré daño; no puedo permitirlo.

Existe más en lo que no dice que en las palabras que salen de su boca. Es su silencio el que confiesa la manera en la que Richard se ha metido en su piel y del miedo; en aquel espacio se esconden las verdades de su amor.

—Los hombres como tú, Buckingham, se vuelven cobardes cuando el amor es difícil.  Acostumbrados a que todo lo que desean les sea dado, son incapaces de aferrarse cuando sus deseos empiezan a escapárseles de entre las manos. —Su voz es dura y carga consigo un tono que no admite réplica alguna—. He visto a Richard entregarlo todo a cambio de nada demasiadas veces. Los hombres como tú, Buckingham, no entienden lo que es esperar en las sombras y desear sin retribución; no entienden el valor de la espera ni de la paciencia, no comprenden la entrega porque nadie se las ha pedido nunca. No entienden el amar callado que ocurre en las sombras de los silencios y en los imposibles.

Aquello que no dice es mucho más poderoso; la confesión de su silencio no se le escapa a Buckingham. Ah, William Catesby, cuánto más estás dispuesto a esperar, quisiera decir, pero no necesita preguntarlo, porque conoce la respuesta. Los hombres como él esperan toda la vida.

Catesby sacude la cabeza, negando para sí y, al final, dice:

—Oí que renegaste del nombre de Dios.

—¿Y tú crees en él? —pregunta Buckingham.

—Me puso en el camino de Richard —responde, con ternura—; debo creer. Aunque sea poco. Sería un hijo poco filial si no lo hiciera.

Todas las confesiones que nunca ha pronunciado se esconden en los silencios entre una palabra y la siguiente. No suelta la pistola, pero tampoco la levanta; Henry Buckingham entiende que nunca será capaz de dispararla en su dirección. Dañar a Richard, para William Catesby, sería condenarse a sí mismo.

—Dios no me puso en el camino de nadie —insiste Buckingham—, le he arrebatado todo. No dejaré que se quede con lo que me pertenece.

—Lo sé. Los hombres como tú son crueles y cobardes. Huirás, antes de enfrentarte a aquello que quieres arrebatarle a Dios. Richard te ha ofrecido todo su ser; no seas tan necio como para no verlo. Cuando murió Henry Plantagenet, Richard fue hasta él como una mujer, suplicante, y cuando lo encontré vestido de blanco, preso de tus deseos, tenía la misma expresión en su rostro, doliente y resignada.

Buckingham no se da cuenta cuando sus manos empiezan a temblar.

—Quiero salvarlo —confiesa, y es quizá la primera verdad a la que no sabe cómo enfrentarse—. Incluso si he de salvarlo de mí.


Su cuerpo desnudo, arrodillado ante la cruz, rezando el padre nuestro es una visión tan hereje como lo es hermosa. Buckingham pasa una tela por sus ojos, cubriéndolos, y lo último que Richard ve es a Jesús crucificado.  Cae una lágrima solitaria por su mejilla y Richard siente cómo los labios de Buckingham lo besan con ternura; al sentirlo tan cerca de él quiere extender las manos y aferrarlo, rogarle que no lo suelte. Y sin embargo. Mantiene sus manos pegadas, juntas, suplicantes y aun reza pretendiendo que aquel momento es para siempre.

No escucha lo que hace Buckingham hasta que siente el cinturón doblado en dos tocar su piel como en una caricia. Richard tiembla, deseando que sean sus manos las que recorran su piel. Y sin embargo. Permanece inmóvil porque lo ama; confía en Henry Buckingham, aun si debiera no hacerlo.

—El amor es sufrido —murmura—, es benigno; el amor no tiene envidia…

En realidad nunca fue un buen estudiante de la palabra de Dios; lo aterraba pasar tiempo en la capilla obligado por su madre, de rodillas sobre el frío y duro piso, rezando para matar el hastío. «Niño demonio», lo llamaba su madre, obligándolo a postrarse ante el Señor, «rezarás hasta que tus rodillas sangren y hayas pagado por el pecado de haber nacido». Cuando llegó el momento de asistir a catequismo había sido su madre la que había llevado al viejo maestro que se había encargado de hacer de todos los hijos de Cecily hombres y mujeres de Dios. Los obligaba a recordar versículos completos y a recitarlos a la perfección como castigo; hacía que alzaran las manos y, ante cada error, dejaba caer con fuerza la regla. Tras las primeras veces, había quedado claro que era mucho mejor escuchar sus aburridas historias que ser obligado a recitar pedazos enteros de la biblia.

Ni siquiera Richard padre, usualmente mucho más permisivo con su progenie, había objetado ante aquel método, puesto que era aquella la tradición del pueblo. «Es mejor sufrir ahora», decía, con una sonrisa en el rostro, «que sufrir la condena del infierno».

Buckingham reconoce el versículo; sabe cómo sigue.  No cede, no lo toca. Se mantiene alejado, mirándolo, intentando grabarse aquel ser en sus ojos.

—… el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido…

—Alza las manos. Palmas hacia arriba —dice Buckingham—, si tanto quieres que interprete el papel de un catequista.

—… no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. —Los labios de Richard tiemblan antes de continuar y, cuando duda, siente el golpe en las manos. No es tan fuerte, quiere decirle a Buckingham; antes fue peor—. Todo lo sufre, todo lo espera… —Otro golpe—. Todo lo sufre, todo lo cree —rectifica—, todo lo espera…, todo lo soporta.

—Supongo que fuiste un buen estudiante. Aun recuerdas las lecciones.

—El amor todo lo sufre, todo lo cree —repite,  y esta vez extiende sus manos buscando asirse a él—, todo lo espera, todo lo soporta, Henry. Todo lo sufre, todo lo cree, todo…

Una mano sobre su boca lo detiene. Intenta seguir repitiéndolo, una y otra vez, pero Buckingham lo abraza cuando al sentirlo temblar y lo deja recargarse contra su pecho. Acaricia su cabello hasta que la respiración de Richard se tranquiliza. Quisiera decirle que, si lo eligiera, podría no entregarse de aquella manera tan absoluta, pero las palabras de Catesby aun retumban dentro de él.

—Lo sé, lo sé —dice—. El amor todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. Lo sé.

 —Te permitiría raptarme —confiesa Richard—, hacer de mí lo que quisieras. El amor todo lo sufre, todo lo cree. Te permitiría obligarme a dejar crecer mi cabello para poder pasar ante el altar. Todo lo espera, todo lo soporta. ¿Pagarás eso traicionándome?

Buckingham no responde, es muy tarde ya para echarse para atrás. Richard ha perdido a gran parte de los hombres que le fueron fieles al principio bajo las lisonjas que Elizabeth Woodville y aquel muchacho llamado Henry Tudor reparten entre las calles del pueblo. El yugo del patriarca ha perdido poder desde antes de la muerte de Anne; todos han podido comprobarlo. Las habladurías corren, sus días están contados. Aquel pedazo de tierra al que llaman hogar está condenado a la disputa eterna; nadie puede escapar de su destino por mucho tiempo. La rueda del tiempo corre y otra era de Plantagenets ha de terminar con Richard y Buckingham consumando su amor, su pecado, su herejía ante el altar.

—Confía en mí —pide Buckingham—, te haré libre.

Lo levanta en brazos para depositarlo sobre el altar y Richard se deja llevar como una novia en volandas.

—Ah, siempre has sido una ofrenda hermosa —sigue Buckingham—, pero nunca he querido entregarte. Te he traido ante Dios para que el Señor vea que me perteneces.

Recorre la piel de Richard con sus manos un momento, hasta que éste arquea la espalda, pidiendo algo más. Las retira entonces; Richard gime desesperado ante el súbito abandono hasta que algo caliente y viscoso gotea sobre sus piernas. La sensación lo desconcierta y tarda en entender, desorientado como está, que Buckingham derrama sobre él la cera de las velas de la iglesia. Gime de nuevo, arqueando la espalda, persiguiendo el placer,  por mínimo que sea. Pronto la cera se derrama entre sus piernas y es incapaz de controlar los gemidos. Olvida los rezos, la biblia, el catequismo. Tan sólo es capaz de recordar el nombre de Henry Buckingham.

Lo siente limpiar con cuidado la cera de su piel y luego cambiarlo de posición, con sus piernas colgando hacia el retablo, abiertas, su cuerpo expuesto. Ese todo que es, esa nada, hombre y mujer, la anatomía de los ángeles y los demonios. Escucha a Buckingham arrastrar la silla del padre y supone que se sienta en ella cuando siente sus labios entre sus muslos.

—Henry, por favor…

Su lengua recorre la piel de Richard hasta encontrar el punto exacto. Habrá de hacerlo una y otra vez hasta que sus piernas no puedan más y deba sujetarlas con firmemente, impidiéndole cerrarlas. Su consciencia empieza a desvanecerse y Richard le da la bienvenida a aquella sensación cuando escucha, de nuevo, la voz de Buckingham:

—Richard, Corintios 13:4-7. Repítelo. No te vayas.

—Henry, por favor…

La lengua en su sexo de la misma manera que Adán conoció carnalmente a Eva, José le prometió amor eterno a María y Jesús sacó a los siete demonios del cuerpo de María Magdalena. La lengua, el placer, el gemido.

—Repítelo. No te vayas.

—El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia…, Henry, por favor, te lo suplico… —y piensa, de repente, que no sabe realmente por qué ruega. El placer no se detiene hasta volverse tortura; Richard desea que aquello sea eterno—. El amor no es jactancioso, no se envanece…; no hace nada indebido, Henry…, te lo ruego, Señor, te lo ruego…, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.

Buckingham quita la venda de sus ojos, y lo besa en los labios tiernamente, como un esposo hace el día de su boda. Sus labios se empapan de las saladas lágrimas de Richard, quien llora como lo hacen las novias conmovidas.

—Aquella vez, ¿recuerdas? La marca del pecado que cometimos juntos.

—Hazlo otra vez —dice Richard, arrastrando las palabras—, que el placer sea el dulce tormento de lo profano.

Henry Buckingham acaricia su mejilla antes de levantarlo en brazos de nuevo. Consuman su pecado ante el retablo; Dios los mira y los considera divinos, hermosos, pecadores.


Buckingham envuelve a Richard en una de las sábanas moradas con las que cubren a los santos, y descubre a Catesby esperando en la estancia de la vieja abandonada casa parroquial. Deposita al patriarca en sus brazos y, al despedirse, acaricia su mejilla.

—Quiero salvarlo —murmura—; al menos, quiero mantenerlo con vida. Pero no lo haré en contra de su voluntad…, no quiero. No quiero que sea alguien que no es. Cuando sea el momento, quiero entregarle la felicidad que ha estado buscando toda su existencia; el patriarca debe morir para que Richard sobreviva.

William Catesby no dice nada, siempre testigo de los amores ajenos. Estoico en sus quereres, su amor es paciente y tranquilo, apacible como el viento que mece los árboles en primavera. Sus afectos son silenciosos, pero también son leales e impasibles como las ramas de los robles más altos. Al sostener a Richard entre sus brazos no flaquea, no duda, no se permite titubear; sostiene al hombre que ama con la adoración con la que uno se postra ante lo divino.

—Cuando lo elija, Catesby, todo abrá terminado.

Correrá el río carmesí sobre Gólgota, amén.


bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación

mateo 5:4


El frío de aquel invierno se mete en los huesos; la neblina se cierne sobre el pueblo haciéndolo parecer casi espectral. La gente camina con apariencia de fantasma por sus calles. Las chimeneas permanecen prendidas día y noche y los atizadores remueven la leva hasta que no quedan más que cenizas. En los salones en los que se refugian las mujeres a coser, bordar o tejer se cuentan las historias de la traición de Henry Buckingham a los Plantagenet. De repente los hombres que habían sido los mandamases del pueblo por generaciones no parecen tan poderosos ni tan intrigantes y todo el mundo empieza a especular cuánto tardará Richard en caer.

Es tan sólo el congelado invierno lo que mantiene a todos tranquilos; así los días se extienden uno tras otro convirtiéndose en semanas. Llega un plenilunio y el siguiente, y el pueblo continúa en aquella quietud casi insoportable. Nadie dispara las pistolas, pero todos las mantienen firmemente al cinto.

Richard acude de nuevo a la capilla de la casa grande, allí donde tantas veces rezó de rodillas sin el consuelo de un reclinatorio por castigo de su madre, y se arrodilla frente al pequeño altar para rezar el padre nuestro. No sabe que lo lleva a hacerlo, hasta que su madre, que hace tiempo no vive allí, lo encuentra. Cecily Neville ha dejado de parecer aterradora con el cabello canoso y el velo blanco con el que adora su viudez eterna. Siempre fue una esposa fiel y entregada, a pesar de que nunca se le permitió estar sola con el hombre que habría de ser su marido antes de casarse. Los Neville la habían resguardado bajo siete candados bajo el riguroso cuidado de nanas e institutrices que, a su vez, habían sido carceleras. Richard Plantagenet la vio a través de una ventana una de las noches de carnaval y se encaprichó con ella; apenas adivinó la silueta a través del vidrio y unos pocos cabellos se escaparon de su trenza, pero eso sirvió para enamorarse.

A veces su padre contaba la historia de cómo llamó a la puerta de los Neville y pidió ver a su hija. «Deseo casarme con ella», declaró, seguro de si mismo. Sólo hasta que se convencieron de sus intenciones lo dejaron ver a la muchacha, que bajó con un vestido de manga larga y cuello cerrado que la cubría hasta los talones. No llevaba velo cubriéndole el cabello tan sólo porque no era una monja todavía, pero todos aseguraban que los Neville planeaban meterla a novicia para mantenerla pura. Richard se enamoró igual perdidamente y volvió a decir: «quiero casarme con ella». Dos meses más tarde habían pasado por la iglesia. Richard Plantagenet se refería a su mujer cómo una esposa amable, entregada, la luz de sus ojos, el lucero de sus mañanas; estuvo enamorado toda la vida de una mujer que supo esconderle su crueldad y representar el papel de la doncella. Ella lo llora aún en la muerte, y es aquella la única evidencia que tiene Richard de que su madre es también capaz de amar.

—Monstruo —llama, ni siquiera dice su nombre—; ¿aún esperas que Dios perdone tus pecados?

Cuando pasa por su lado, saliendo de la capilla, ella toma su brazo y clava en su piel sus uñas, de la misma manera que hacía cuando niño. A Richard le sorprende descubrir que aquel gesto que le pareció tan terrorífico en la infancia ahora es sólo una molestia.

—¿Acaso no somos los monstruos también creación de Dios, madre? —responde. Le sonríe abiertamente, cómo sonríen los hombres condenados a la soledad—. ¿No deberías postrarte ante él y pedir su misericordia, madre, por haberme traído al mundo?

¿Acaso no es bruja también la mujer que me acogió en su vientre para traerme al mundo? Monstruo, bruja, demonio, humano. Soy todo, soy nada.


 Al final de todo, Richard Plantagenet se enfrenta solo al destino que ha de venir y llegar. Escucha el viento remover las hojas caídas de los árboles por las calles de piedra del pueblo a través de la ventana abierta de su habitación. La paz se tambalea y, pronto, los balazos volverán a animar la noche con su cruel melodía. Ha perdido lentamente el apoyo, casi sin darse cuenta, entre sospechas, traiciones y amoríos; el sueño de su padre se ha convertido en una pesada carga sobre sus hombros y empieza a volverse su pesadilla. Quizá los hombres Plantagenet están destinados a las muertes tempranas, las vidas turbulentas y la soledad. Incluso en los días más felices, Richard recuerda a su padre mirar a lo lejos, allí donde el monte se topaba con el cielo, con los ojos llenos de una nostalgia por algo que nunca habría de ocurrir, teñidos los iris de sus ojos con la melancolía de los recuerdos de viejas glorias que no sabía cómo habían llegado hasta él. Richard ha escuchado las historias y ahora comprende que su desdeño por ella no era más que una muestra de su inocencia y su egolatría; acaso, rey que no fuiste nunca, te atreviste a creer que serías diferente.

Ah, Richard Plantagenet, siempre has venido al mundo a ser el último de tu estirpe. Rey coronado con las espinas de las rosas blancas que chorrean la sangre de tus enemigos y tus amantes.

Si las criadas alguna vez notaron que Henry Buckingham pasaba las noches mucho más seguido en la habitación del patriarca que en su propio hogar, nunca dijeron nada. Jamás se extendieron habladurías por las cocinas o los lavaderos. Qué importaba quién se metiera entre las sábanas del patriarca, pensaron las mujeres, si ellas seguirían sudando al calor del fogón todos los días y raspando sus manos en las piedras que fregaban la ropa y los trapos, de sol a sol. Tampoco dirán nada cuando, aquella noche, Richard salga de la habitación y se dirija al fondo de la planta baja, donde duerme parte de la servidumbre y llame a la puerta del hombre que, mucho tiempo antes, fue el chico de los establos.

Catesby abre y, al notar quien lo espera, lo deja pasar sin una palabra, cerrando la puerta tras de sí. Abre la boca para pronunciar su nombre cuando Richard se lanza sobre él, desesperado y se esconde en su pecho, buscando el consuelo de sus labios.

—No puedo dormir, Catesby —dice; su voz se arrastra con el tinte agudo de la desesperación—. No escucho su respirar ni siento su voz ni su piel, no lo encuentro en mi cama, no… ¿Por qué no está? ¿Por qué se ha ido? —Golpea el pecho de Catesby, quien lo abraza a pesar de todo—. No puedo dormir. Ni siquiera las sábanas huelen igual, el vacío a mi lado…, Catesby. Dime que volverá. Por favor. No puedo… ¿Por qué no está aquí?

William Catesby observa a Richard con el terror de aquellos que entienden que no hay consuelo posible mientras el silencio se extiende y tan sólo se escucha la respiración agitada y triste de Richard.

—Catesby…

Lo ve levantar la cabeza y, con curiosidad, observa que ahora sus ojos tienen una extraña determinación. Es aquella la única advertencia que tiene antes de que Richard se lance hacia sus labios, buscándolos con un hambre incomprensible.

Willian Catesby se tensa, aterrado, y deja caer los brazos a un lado de su cuerpo, inertes, haciendo que Richard pueda apresarlo en el marco de su propia puerta.

—Catesby…, por favor —suplica. Su voz es cada vez más aguda y desesperada; cada vez más triste—. Lo necesito, por favor. No importa si no piensas en mí… —Richard se ríe, pero la carcajada es corta y termina en un sollozo que le impide terminar con sus palabras. Deja caer la baja por sus hombros, revelando su pecho desnudo, ese que Catesby ha visto tantas veces pretendiendo no mirar, ese que ha vendado tantas veces; una de sus manos guía la mano del otro hasta sus pechos—. Puedes pretender que soy alguna mujer del pueblo, Catesby, puedes pretender que soy una mujer que adoras. No importa, puedes usarme…

Aquellas últimas frases rompen el encantamiento que le impide moverse. Aleja su mano del pecho de Richard. Lo toma por los hombros, obligándolo a alejarse. Willian Catesby siente que le tiemblan las rodillas ante aquella crueldad desorbitada. Ve las lágrimas caer por las mejillas de Richard y no sabe que hacer.

Siempre lo ha amado. Hombre, mujer criatura, no importa quién es. Desde el momento en que su mano tomó la de Richard por primera vez conoció la infatuación más inocente, el enamoramiento más puro; con la juventud vino el deseo, la envidia, los celos. Ahora, en la adultez, lo que queda es un amor pacífico, tranquilo, capaz de entregarlo todo. Piensa que, si Richard vuelve a lanzarse sobre él, no será capaz de negarse, no será capaz de pararlo todo antes de verlo hacerse daño y al reflexionar sobre ello, sus manos tiemblan. No será capaz de volver a levantar la mirada si le hace daño.

—Catesby…

—No puedo, Richard.

No quiero que pretendas ser esa mujer desconocida que crees que deseo, no quiero que uses mi cuerpo y tu cuerpo para castigarte. Vuelva en su voz toda la piedad y la caridad que le quedan, todo el consuelo.

Es aquello lo que rompe el torrente de lágrimas.

—Lo siento —dice Richard, y llora en su pecho hasta que William Catesby lo abraza de nuevo, suplicando por un perdón que fue suyo desde el día que se conocieron.

Más tarde, cuando Catesby vigila su sueño desde una silla de madera y Richard está acomodado entre las cobijas de la cama del primer piso, piensa en la noche que lo encontró sólo y ensangrentado a un lado del altar unos doce años antes. En aquel momento, se prometió que no permitiría que su patrón volviera a derramar lágrimas tan tristes; lo prometió ante el altar, como hacen los fieles, con el cuerpo de Richard en sus brazos, como María cargó a Jesús muerto, su hijo hermoso.

Y sin embargo.

Deposita un beso sobre la frente de Richard en sueños y es eso todo lo que se atreve a robarse. Ha perdido al niño que enseñó a cubrirse uno de sus ojos con el flequillo de su cabello, el joven que enseñó a vendarse el pecho, el patrón que, cuando intento llamarlo «señorito», insistió en ser llamado por su nombre. Lo vio transformarse en un hombre frío pero desesperado de afecto, lleno de esperanza, nostálgico del destino. Lo vio convertirse en un patriarca cruel a la vez que justo, sostuvo su mano cuando se lo pidió.

—Puedes pedirme lo que sea, Richard —musita—, pero no esto. No puedo mentirte, ni ser tan cruel contigo o conmigo.

Una de sus manos acaricia brevemente su mejilla; el patriarca duerme profundamente y Catesby desea que sus sueños sean tranquilos y llenos de esperanza. Las palabras se arremolinan en su garganta y se quedan allí atoradas, sin atreverse a salir. Ni siquiera entonces puede confesarle el amor que le ha estado declarando toda su vida.


La noche que Henry Tudor salió de las entrañas de su madre, Margaret Beaufort lo acunó en sus brazos de niña y susurró en su oído: «lamento el destino que has de tener, pues has de salvarnos». Cuando tiempo más tarde le llevaron la noticia de que su esposo había muerto, ella se quedó viendo sin expresión alguna a los hombres que, sentados en su sala, le estaban dando el pésame. Parecían abatidos, pero Margaret Beaufort no pudo comprender su tristeza mientras un niño lloraba en sus brazos buscando su pecho. Eran los tiempos en los que el barrio de los York y el de los Lancaster convirtieron las canaletas de las calles en ríos de sangre y en la morgue los muertos se pudrían antes de poder ser lanzados a la fosa común.

Más tarde, mientras Henry estaba colgado de su pecho hinchado y lloraba por el dolor en los pezones al que su madre nunca podría acostumbrarse, ella le dio las gracias a Dios por llevarse con él a su marido. En verdad era el Señor misericordioso.

Henry Tudor creció bajo la sombra de su madre, empapado con las lágrimas de la desesperación de una niña a la que nadie enseñó como cuidar algo vivo. Margaret Beaufort le encomendó un destino demasiado grande para él; no importaba cómo, pero Henry Tudor iba a salvarlos de todas las indignidades a las que los habían sometido.

La oportunidad no se daría hasta mucho más tarde, cuando todos los hombres leales a Henry Plantagenet que se habían escondido por casi una década aparecieron ante su puerta, ofreciéndole el pueblo entero si los libraba del patriarca en turno. Le dijeron: «ve con las Benedictinas» y Henry Tudor subió la colina hasta la clausura y se sentó en la sala de visita, donde tras una pesada reja carcelaria, una mujer hermosa ataviada con los vestidos y las joyas de su matrimonio pasado extendió su mano e, intentando alcanzarlo a través de las rendijas, le dijo: «si mis hijos hubiesen vivido, quizá en un futuro se parecerían a ti, tienes la mirada de los Plantagenet».

Henry Tudor asintió. No dijo: «Hago esto porque ansío ver a mi madre sonreír». Tampoco declaró: «Busco el poder para que mi madre deje de rasparse las rodillas de rezarle al señor postrada en los templos». Sólo asintió. Si aquel era el destino que le ofrecía la vida para salvar a su madre, acataría las ordenes del señor.

Elizabeth Woodville sonrió cuando se consumó su alianza y dijo:

—Te daré una esposa, si haces esto por mí.

Nadie supo si Elizabeth Plantagenet estuvo de acuerdo cuando se discutieron los esponsales. Muchos años más tarde, sería la única persona que acudiría sin falta a dejar flores en la tumba de Anne Neville, con un velo negro, y dejaría siempre dos ramos, como si Richard hubiese sido enterrado con ella; la gente del pueblo la consideraba misericordiosa y admiraba su piedad. Se convirtió aquella mujer de cabellos claros, velos blancos en los domingos de iglesia y firme devoción en el último testigo de una estirpe condenada a desaparecer. Elizabeth Plantagenet se fundiría en el fondo de lo doméstico, siempre con el vientre redondo de los embarazos, y la gente olvidaría de dónde había salido la bella esposa de Henry Tudor. Olvidarían su voz y su presencia, y ella se resignaría a aquella tranquila existencia, siempre en la frontera de la felicidad y la nostalgia.

Henry Tudor tuvo la tentación de decir: «no será necesario».

Pero justo en ese momento entró en el cuarto de las visitas Elizabeth Plantagenet y pudo verla por primera vez. Iba vestida de postulante, con un velo blanco que ocultaba gran parte de su rubio cabello. Henry Tudor vio sus manos claras, sus ojos amables, su mirada apacible; olvidó en ese momento todas las palabras y la gramática del mundo, nunca pudo explicar a sus hijos años más tarde la dicha que sintió al conocer a su madre. Sólo recordaría, los días lejanos, ya en su lecho de muerte, tras décadas de paz, que Elizabeth Plantaget, heredera única del barrio de los York, era la mujer más hermosa del mundo.

Ella clavó en él su mirada y él ya nunca más pudo volver a apartarla. Fue aquel su destino y toda su historia.

Así que asintió, cerrando el trato con Elizabeth Woodville y todos los conspiradores que deseaban alejar a Richard del puesto en la cabecera de la mesa de la Casa Grande.

Días más tarde, volviendo al presente, mataría a Richard Plantagenet.


le dijo Jesús: yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿crees esto?

Juan 11:25-26


El destino no llega con un disparo o una explosión. Al final, todo es silencioso y quizá anticlimático. Se escuchan botas que golpean la duela de madera del piso y algunos gritos que son acallados antes de terminar de manifestarse; la visión de Jeanne d’Arc lo abraza en sus últimos momentos de paz, antes de que lo despierte el ruido que harán los asaltantes al golpear la puerta. Es siempre así. Nunca puede salvarlo de sí mismo ni de sus pasiones, nunca puede aliviar su existencia; la historia siempre termina de la misma manera. «Este es siempre el final de todas las brujas, ¿acaso no lo sabías, Richard?»

El ruido de la puerta lo despierta y antes de que pueda gritar por ayuda, siente cómo lo jalan para sacarlo de la cama y ponen una venda en sus ojos. La pelea termina antes de haber comenzado. Oye como los hombres que lo capturan se burlan de él, de su cuerpo menudo, de sus curvas de mujer. Richard forcejea para soltarse, más por el terror de que descubran el secreto que esconde a tener verdaderas intenciones a escapar de la muerte. Intenta llamar a alguien y, cuando una mano aprieta su rostro para evitarlo, recuerda que Henry Buckingham lo ha abandonado y ya nunca más atenderá a sus súplicas. Llora de pura rabia. El destino de los Plantagenet siempre es cruel.

Escucha disparos y cuerpos caer. El olor del ambiente se impregna de un metálico olor a sangre; mientras lo arrastran por los pasillos y los patios de la casa grande, sus pies pisan los charcos que dejan tras de sí los cadáveres. Su piel siente la fría brisa de una de las últimas noches de verano de aquel año. Intenta volver a zafarse pero alguien lo apuñala en una pierna y empieza a sentir la sangre caer lentamente; cojea cuando lo obligan a seguir caminando aun herido.

Lo encierran en uno de los cuartos y atascan la puerta para que no pueda huir mientras afuera se siguen escuchando disparos. Richard se quita la venda de los ojos tan pronto cómo le es posible y se lanza contra la puerta, lleno de furia y rabia; se convierte en una bestia salvaje, deseosa de acabar con todos los actores de aquella humillación. Descubre muy tarde que está en la capilla y, al enfrentarse a la mirada de Jesús crucificado, no puede más que reír histéricamente. Jeanne d’Arc lo abraza sin tocarlo, para siempre una visión condenada a repetir la misma historia. Richard ya ni siquiera parece ser capaz de notarla. Todo siempre acaba igual.

Los cuenteros siempre coinciden que la existencia de Richard Plantagenet termina con el hombre cayendo de rodillas, aplastado por el peso de su maldición, suplicando ayuda con la voz desesperada. Richard escucha un grito y no comprende de dónde sale, si está solo, hasta darse cuenta que es su propia garganta la que ruega, desesperadamente, por otro final.

Tú y yo, Buckingham, destinados al infierno. ¿Vendrás conmigo? ¿Me acompañarás en este último viaje?

Y sin embargo.

Cuando la puerta se abre no es Buckingham el que entra. Richard se lanza sobre la figura de un pastor de cabello negro y cicatrices en el rostro que sonríe aun al ser atacado y, al tiempo que las uñas de Richard se clavan en su piel, buscando la sangre, la muerte, el final, toma el rostro de su atacante entre sus manos y sonríe.

—Richard —dice.

El mundo se detiene. De repente, los disparos que ocurren afuera de aquel cuarto suenan terriblemente lejanos, casi como si nunca hubieran ocurrido. Richard sólo puede concentrarse en el rostro del hombre que le habla, en sus cicatrices, en su cabello del color equivocado. Henry Plantagenet le sonríe desde el piso y, atrayéndolo hacia sí, lo besa por última vez.

—Ah, Richard Plantagenet —murmura Henry—, eres la belleza, eres eterno, y yo te amo.  

Hay muchas cosas que nunca dirá: esta es mi manera de disculparme, mi expiación por todas las lágrimas de las que fui culpable; este fue siempre mi destino. Otras que no se atreve a decir: no eres bruja ni monstrúo ni enigma, eres tú, Richard, y tu destino será aquel que desees. Y, finalmente, algunas que pone en aquel beso y aquella despedida: te entrego toda la felicidad que te fue negada, toda la piedad que no pude darte antes; recuerda siempre que el señor perdona a todos sus hijos.

Cuando Richard se desmaya en sus brazos, lo acuna unos momentos, abrazándolo con fuerza, juntando su frente a la de él.

—En algunas historias, a veces alcanzas a decirme que me amas, creo —murmura—. Lo vi en mis sueños. No importa que no lo hayas dicho esta vez. Yo lo sé; lo sabré siempre. Intentaré guardarlo en mi corazón, al final, pero no me culpes si siento miedo. Será sólo temporal, rezaré por encontrarte en el reino de Dios.

Se queda allí hasta que una figura encapuchada se acuclilla a su lado. Henry Plantagenet entrega el cuerpo del hombre que ama y lo ve marcharse. Luego se dirige hasta el crucifijo y se arrodilla frente al altar de la casa grande, ruega a Dios que la muerte lo encuentre rápido. Padre nuestro que estás en el cielo. Cubre sus ojos con una venda, y espera. Amén.

Richard Plantagenet morirá esa noche.

Más tarde, cuando la casa grande está llena de cadáveres, Henry Tudor observa a la figura frente a él. Nunca antes ha visto a Richard Plantagenet. De rodillas, despojado de todo, con una venda cubriéndole los ojos, aquel hombre no concuerda con las historias amenazantes que ha oído en las calles del pueblo. No parece ser un demonio, ni el diablo, no evoca ni siquiera a los monstruos que se esconden en las historias que las madres cuentan a sus hijos para enseñarles el miedo del mundo. Quizá es que, frente a la muerte, todos los hombres no son más que hijos devotos de Dios rogando por su misericordia.

Alza la pistola y le quita el seguro.

—¿Tienes buena puntería? —pregunta el hombre frente a él. No intenta huir, resignado a su destino.

No responde pero sus manos tiemblan. Decide ser piadoso y se acerca, apuntándole directo a la sien. No se disculpa ni ruega perdón por cometer un pecado en la casa de Dios.

—Lo hago por mi madre —confiesa, y dispara—. Amén.

Henry Plantagenet será enterrado más tarde en una tumba sin nombre. Será aquel su último acto de amor.


porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Jehová, pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis.

jeremías 29:11


William Catesby entra a la iglesia dónde empezó todo dispuesto a terminar con aquella historia maldita. Recuesta a Richard en el altar y atasca todas las puertas. Venda la herida que aun gotea sangre de su pierna, y espera; suplica a Dios sin saber realmente si vale la pena pedir su misericordia; el señor es bueno y justo, pero también implacable. ¿Alguna vez perdonará sus pecados?

Acuna a Richard entre sus brazos, esperando que despierte y deposita un beso traidor en la sien del hombre que ama. Es aquel el único amor que le ha estado permitido, silencioso y calmado, lejano, pero firme como las ramas de los robles. En tiempos pasados, Catesby rogaría ser armado caballero y ganaría torneos en su honor. Detendría su caballo frente a Richard, y le entregaría una corona de flores, pidiendo sus rezos, su piedad, su favor. Ahora no puede más que protegerlo desde las sombras.

Richard vuelve en sí al filo del amanecer.

Arrastra todos los pedazos de su ser y despierta asustado; sus ojos se abren, enormes, llenos de miedo. Catesby se apresura a atraparlo entre sus brazos y ofrecerle aquel refugio. Richard Plantagenet despierta como los hombres resucitados, lleno de miedo y zozobra, con la mente aun muy lejos de allí. Golpea el pecho de Catesby intentando liberarse hasta que alza su rostro y lo ve, comprendiendo. Entonces, al entender lentamente lo ocurrido, las lágrimas llegan a sus ojos; el beso de Henry, la despedida, el cabello negro y equivocado. Richard Plantagenet está muerto y, sin embargo, respira.

William Catesby lo deja llorar en su pecho hasta que vuelve en sí y deja de sollozar. Se queda otro rato en silencio, acomodado de forma que escucha el corazón de Catesby, pegado a su pecho. No se oye ni un ruido; el pueblo entero ha dejado de hablar después de la matanza de la noche anterior. Ríos carmesí corren hasta Gólgota. Le toma mucho tiempo armarse de valor para levantar la vista y enfrentarse a los ojos que siempre han estado mirándolo.

—Si le pido a Dios que te quedes a mi lado —empieza—, ¿lo harás?

Con una mano intenta alcanzar la mejilla de Catesby. Nunca antes lo había mirado. La constante de su vida, el silencio de su existencia, la calma apacible de su presencia. Sus ojos se llenan de lágrimas otra vez. Quizá es egoísta rogarle a Dios que no le arrebate a un hombre que lo ama siendo su hijo pecador, mujer que mordió la manzana, hombre, mujer, todo y nada. Catesby junta su frente con la suya, sin decir nada. No necesita responder. Richard recorre sus labios con uno de sus dedos, imaginando cómo se sentirán más tarde por su piel.

El patriarca ha muerto.


Henry Buckingham entra en el pueblo montando a caballo unos días después, pero nadie le presta atención. Las mujeres están ocupadas llorando a sus muertos, vestidas todas de negro, con pesados velos cubriendo sus rostros. Elizabeth Plantagenet se casa con Henry Tudor en una iglesia del barrio de York, cerrando por fin aquella alianza y terminando con años de masacres en un pueblo donde todos los hombres llevaban una pistola al cinto y las lágrimas de las mujeres alimentaban el agua del río con su tristeza. Nadie le preguntó que hacía allí después de traicionar a Richard, y quienes lo vieron de lejos quizá asumierton que volvía después de haber escuchado las noticias de la muerte del patriarca. Durante los años que siguieron, se extendió la historia de que había regresado a robarse una mujer, y que se la llevó vestida de blanco, montada a caballo, junto a un hombre encapuchado en lo oscuro de la noche. Nadie volvería a verlo.

Entra en la vieja iglesia del barrio de los York por una ventana y espera hasta que Richard alza la vista y clava en el sus ojos, sin decir nada. Confiesa sus crímenes en aquella mirada: destruí al patriarca y salvé a un hombre, Señor, y no me arrepiento, puesto que lo amo. Amén. Contarán los espiritus que el silencio duró mucho tiempo y Richard años más tarde no recordará las palabras que salieron de sus labios; preferirá olvidar si se mezcló el amor con el odio porque carecerá de importancia.

Al final, se acerca lentamente hasta Henry Buckingham y, para convencerse de que no está viendo a un fantasma, alza la mano y toca su mejilla. No lo perdonará, pero cerrará sus ojos y, cuando caiga la primera lágrima, confesará lo que se esconde en su pecho, entre sus costillas, en sus latidos: —Si supieras lo mucho que te he extrañado, desearías haberme arrancado el corazón para llevarlo contigo y ahorrarme todo el sufrimiento. Desearía habértelo arrancado yo y habérmelo tragado entero, hacerlo parte de mí, para que no pudieses dejarme nunca.

—Richard —llama.

—Al final, si me lo pides, volveré a postrarme a tus pies —dice. Va cubierto con la capa de Catesby, marcado como las mujeres en los rituales de boda—. Es tan aterrador saber que no importa cuánto tiempo pase, siempre podrás hacer que me ponga de rodillas y postre mi frente ante el suelo que pisas.

»Heme aquí. Se ha cumplido tu deseo. Me lo has arrebatado todo hasta que no quedó nada; asesinaste a mis sobrinos, llevaste al amor de mi vida ante la muerte, entregaste las vidas de todos los que me fueron leales, hiciste correr el río de sangre y las lágrimas de este pueblo. Me arrebataste la dignidad y destruirte los deseos de mi padre; me hiciste entregarte una parte de mi cuerpo y será tuya por siempre. Estoy aquí, Henry Buckingham, ¿me llevarás contigo?  

La vestirá de blanco y cubrirá su rostro con un velo. Quienes los vean partir dirán que Henry Buckingham se robó una novia y que ésta lloraba entre sus brazos mientras un hombre encapuchado los seguía de cerca.


Los pueblos del norte se parecían todos entre sí. En lo más lejano de las tierras altas los inviernos eran duros y, cuando llegaba la primavera, aún había algunos rastros de nieve. A las afueras de uno de aquellos pueblos viejos, llenos de casas de piedra, pegadas unas con otras, había una granja. Los hombres del pueblo la veían a lo lejos cuando salían a cazar y saludaban con un asentimiento al hombre de piel morena que cuidaba a unas cuantas ovejas y daba de comer a los caballos. Sabían que en la granja vivían tres o cuatro personas, no podían estar seguros; forasteros, decían, desconocidos. No se metían con ellos y, en respuesta, los sureños no los molestaban tampoco. Algunas veces bajaban al pueblo los domingos, a veces un hombre, a veces otro. Llevaban del brazo a una mujer de cabello corto que, cubierta con un velo, acudía a la misa católica e, hincada en los reclinatorios de la iglesia, rezaba en silencio tras terminada la misa.

En el pueblo contaban que aquella mujer no podía ser más que un espectro, pues nadie la había visto si no era en domingo de misa, siempre con el rostro cubierto, en silencio, del brazo de un hombre. Aquellos que se habían acercado a la granja no la habían visto nunca en el campo, ni en el granero y mucho menos a través de las ventanas de la casita al lado del arroyo. Son sólo tres hombres que viven solos, decían, cuidan sus ovejas, sus caballos, sus cabras, y viven en silencio; sólo usan el carro para bajar al pueblo unas cuantas veces al mes. Nada más. Llegaron a pensar que habían imaginado a la mujer en misa, rezando; a la mujer en el atrio de la iglesia, del brazo de uno de los hombres de la granja. Siempre en silencio, siempre pegada a ellos. Quizás es un fantasma con un asunto pendiente, sugerían los jóvenes; quizá ellos sólo quieren ayudarle.

En realidad, no sabían nada de los forasteros. Habían llegado una noche fría, cuando se acercaba el otoño y el verano daba ya sus últimos coletazos, y uno de los hombres había bajado al pueblo. «No tenemos luz», le había dicho al viejo dueño de uno de los bares, «¿sabe donde podemos conseguir aceite para unas lámparas?». Le habían preguntado quién era, de dónde venía, en dónde se estaba quedando. Sus respuestas habían sido cortas y al grano. «Una vieja granja, a las afueras», «del sur», «soy Henry Stafford». Si hubieran sabido que aquellos hombres vivirían como ermitaños, hubieran preguntado más cosas con tal de satisfacer su curiosidad.

Quizá, cuando los años pasaran, las historias sobre los forasteros del sur correrían lejos, hasta llegar a un viejo pueblo católico en el que las calles se habían convertido en ríos de sangre, donde Henry Tudor estaba apretando la mano de su esposa mientras paría en el mundo al primero de su estirpe que nacería sin la maldición de los Plantagenet, muy lejos de la casa grande, donde ya nunca nadie habría de volver a caminar. «Cosas del norte», dirían, y lo olvidarían para siempre.

—Henry Stafford —dijo Richard, la primera vez que escuchó aquel nombre, acariciándolo con sus labios. Se había quitado el vestido con el que Buckingham se lo había robado tan pronto como había podido.

—Lo oí una vez —respondió Buckingham—, en mis sueños.

William Catesby sirvió el té a la luz de una lámpara de aceite. Quedaban muchos días y muchas noches y ya nada sería cómo antes.


Catesby era gentil y era aquella la mayor tortura de todas. La primera vez que besó a Richard lo hizo con la gentileza con la que un caballero besa el dorso de la mano de la mujer que ama, la primera vez que tocó su cuerpo, sonrió y le dijo: «no te escondas, quiero admirarte». Con sus dedos recorrió sus mejillas, la curva de su cuello, su clavícula, el contorno de sus pechos, su vientre, sus muslos. Besó cada parte de su cuerpo hasta que Richard comprendió que siempre lo había amado a él, desde la más tierna juventud.

Ahora, recostado sobre el pecho de Catesby, sujeto a la tortura de Buckingham, no puede hilar ningún pensamiento. Sus labios sólo producen súplicas por piedad, pero ninguno de sus amantes se muestra misericordioso. Los dedos de Buckingham en su sexo, ese que sólo le pertenece a él. Los labios de Catesby en la curva de su cuello, la espalda arqueada, la desesperación.

—Por favor —murmura Richard.

Quiere que se detengan, quiere que el placer sea eterno, que la tortura no termine nunca. Desea que marquen su cuerpo con su amor y que, al mirarse al espejo, no quede duda a quién pertenece.

—No cierres las piernas —escucha a Buckingham—, o te amarraré a los postes de la cama hasta que no puedas moverte.

La amenaza sólo lo hace gemir una vez más desesperado. Siente que se quema por dentro, que el fuego arrasa con todo su ser. Su cuerpo lo traiciona una y otra vez, hasta que las lágrimas del éxtasis corren por sus mejillas. Ave María Purísima, ruega por nosotros los pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte.

—Richard —escucha la voz de Catesby, en su oído, antes de que éste muerda el lóbulo de su oreja.

La lengua de Henry Buckingham entre sus muslos. Para someter a una mujer, los hombres sólo deben amarla.


porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón.

mateo 6:21


La carta llega cuando el muchacho no está en casa y Jane la deja debajo de la puerta con una nota. «Para ti, dice tu nombre». Hace mucho que no llega correspondencia, aunque el muchacho va a dejar una carta al correo cada semana y le pregunta a la señorita que lo atiende si no hay nada para él.

Regresa cada vez con las manos vacías y Jane no se atreve a contarle el destino de su familia, creyendo que aquella omisión es mucho más piadosa que la verdad. Estuvo un par de años viviendo en el colegio al que lo había enviado su padre, hasta que la mujer lo encontró y lo llevó a vivir con ella. Edward Plantagenet tenía el semblante pensativo y la mirada nostálgica, como de un hombre que había vivido demasiados años. Se reía poco, y escribía mucho; las páginas de sus cuadernos estaban llenas de historias de caballeros y dragones, princesas en torres y castillos y reyes sentados en tronos majestuosos.

En su habitación había colgadas fotografías viejas en las que Edward aparecía de niño del brazo de su madre, vestida para un domingo de iglesia, al lado de su padre, que llevaba un sobrio traje negro. A veces se quedaba mirándolas como si quisiera grabarse aquellos rostros en la retina para no olvidarlos nunca.

Cuando el muchacho llegue, encontrará una carta en la alfombra de su habitación con una dirección extraña en el remitente, en una caligrafía que no conoce y la abrirá confundido, creyendo que no es para él. En el sobre sólo estará la fotografía de un hombre que sonríe a la camara, con el cabello del flequillo rebelde medio cubriéndole los ojos, una camisa blanca y una corona de flores en la cabeza. Al voltearla, en la misma caligrafía desconocida, verá: «porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón; la dirección está en el sobre, le alegrará saber de ti».

Edward Plantagenet cuelga la fotografía de su padre junto al resto de los recuerdos de su infancia y, a lo lejos, Richard le sonríe.


fin.


 

Notes:

Pueden encontrarme en @neapoulain.bsky.social.

Esta historia empezó como una respuesta a la primera vez que planee Sacra Profanación junto a amigos en el Hispanic Fandom Server. Se me salió de las manos y me ha perseguido a lo largo de casi dos años en los que no he podido escribir casi nada más. Por suerte ya que terminé me siento libre.

El pueblo no tiene nombre y aunque en la realidad se supone que es un pueblo católico que vive en una pequeña burbuja contenida en la inglaterra protestante en algún punto entre los años veintes y los cincuentas, y las tierras altas son Escocia, está mucho más inspirado por el imaginario mexicano y católico, aun cuando la estética tiende a lo medievalista y europeo. Nunca se mencionan los países de una manera deliberada, como el pueblo tampoco tiene nombre.

Para mí, la historia responde a la idea de lo que significa la existencia de las mujeres y cómo puede ser insoportable serlo; es quizá por eso mi historia más personal, pero está todo escondido bajo cinco capas de ficción. Aún si Richard no es una mujer, los pensamientos en torno a su género y a su intersexualidad me abrieron paso para discutir ficcionalmente todo lo que yo quise. También es deliberado que no aparezcan palabras como intersexualidad u homosexualidad: Richard no las considera como descriptores porque no existen en su entorno.

No soy católica creyente, sino atea, pero crecí en un ambiente culturalmente católico y la mitología católica me parece fascinante.

Gracias por leer.