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La adrenalina en forma de anticipación continuaba corriendo por sus venas incluso minutos luego de haberse quitado la máscara y desechado el acto de estoicismo. Le había costado mirarlo a los ojos y enfrentar el coctel de emociones y sentimientos de rechazo, ira, vergüenza y asco que sabría que estarían reflejados en el rostro de Gi-hun.
No estaba en lo correcto, pero tampoco estaba completamente equivocado.
Le debía tantas explicaciones y aun así ni siquiera se había dignado a vocalizar una respuesta a la primera pregunta dirigida a él.
—¿Intentas ayudarnos? —Gi-hun había preguntado y él había colocado la daga sobre la mesa.
Un movimiento, no una explicación.
Una acción cargada de porqués.
—¿Por qué me ofreces eso? —luego había cuestionado directamente su accionar, sus motivaciones, su plan detrás de la decisión de haberlo llamado a su habitación privada.
Una que en realidad no le pertenecía, sino que simplemente se había conformado a habitarla como lo que era: una sala de mando personalizada.
Así que, para responderle, In-ho se había quitado la máscara, permitiéndole a la represa desbordar unas pocas gotas de lo que no podía decir con tal de seguir sintiéndose en control. Un acto, una acción, un movimiento, una reverencia al deslizar la capucha de su cabeza, un saludo o una despedida al revelar su rostro.
Merecía tanto la mirada de ira de Gi-hun por el crudo papel que había aceptado interpretar como Gi-hun no merecía sentir la traición infligida por su identidad falsa. Una paradoja que pendía del hilo del destino compartido que los había llevado hasta este punto en su obsesión mutua.
Y esperaba que eso respondiera el porqué.
Entonces el tiempo se estiró como una banda elástica a punto de golpearle el rostro. Y aunque le había pedido que se sentara, In-ho trataba de guiarlo por la salida rápida. No había pensado, no había un motivo dentro de la lógica de su ideología, no estaba en sus cinco sentidos, pero sí había algo que quería:
«Ya lo sabes. Lastímame como yo te he lastimado. Deja una marca en mí. No la merezco, pero la necesito».
—Seong Gi-hun-ssi. Perdóname por lo de Jung-bae.
El filo de la daga cortó la tensión y su acto de quemeimportismo fue rasgado por el movimiento en su contra sin siquiera tocarlo. Gi-hun estaba de pie frente a él debatiéndose su siguiente movimiento.
Aun cuando sostenía la daga desenvainada con la determinación de desaparecerlo en un parpadeo —o no— y la duda de los días compartidos.
Palabras estaban saliendo de sus labios, no estaba muy seguro, porque su mente solo reproducía como un viejo VHS los tres días que compartieron juntos. Las mentiras que fueron verdades y las miradas tomadas con temor de que luego fueran reclamadas.
Gi-hun habría estado en todo su derecho, por supuesto. Así que mordió la llaga de su acción y le sacó sangre, le pidió que lo matara, que aprovechara la soledad y el anonimato, aunque eso no acabara con los juegos ni tuviera otro propósito más que herirlo y retribuirle todo el mal que le había hecho.
In-ho deseaba que lo odiara y le dio la gasolina, la mecha y el fósforo. La solución que él había tomado tantos años atrás: matar o ser matado. Porque las reglas de ese entorno eran esas y si podía hacer algo para que Gi-hun se subiera finalmente a ese avión, él lo haría.
Le estaba entregando el guion que deseaba que siguiera al pie de la letra. Deseaba que lo atravesara con todo el odio que había estado cosechando durante estos años, deseaba dejar de adormecer su corazón con el licor de la indiferencia. Una parte de sí ansiaba que Gi-hun acabara con su penitencia autoinfligida, porque sabía que él mismo no sería nunca capaz de hacerlo.
Sin embargo, el rechazo dolió más de lo que había previsto. El silencio se internó en sus huesos huecos y lo estremeció al ver cómo el otro hombre se daba la vuelta y decidía ignorarlo como castigo pasivo. Había empezado a ver borroso por las lágrimas acumuladas que se negaba a derramar; entonces, en un último acto de llamar su atención, dio ese último disparo que sabía que derrumbaría los muros que Gi-hun había apresurado en levantar cuando lo reconoció como Young-il:
—Jugador 456, ¿aún tienes fe en la humanidad?
Como si hubiera sido una orden, Gi-hun detuvo su andar, sus piernas largas sosteniendo la fragilidad del hombre que estaba frente a él. En un minúsculo parpadeo, In-ho recibió el impacto de su provocación.
Logró inhalar antes de sentir el filo de la daga presionado contra su cuello, con cada respiro el metal lo rozaba, una voz interna tentó a In-ho a inclinarse más hacia él y, cuando levantó la mirada, la furia del otro hombre se había encendido finalmente como un faro en medio de una playa cubierta con neblina.
Un fuego que In-ho egoístamente negaba que se consumiera.
—Sabes cómo me llamo. Sabes quién soy. No puedes reducirme a tres números. ¿O eso también fue una maldita mentira? —Gi-hun escupió las palabras contra sus ojos aguados—. ¿Llamarme por mi nombre?
In-ho estaba consciente del repliegue emocional, de la protección fantasma, del idealismo caótico y falso fuera de los juegos. Gi-hun lo había llevado de la mano al final de esa carrera ideológica y mental. E In-ho no quería perder, pero tampoco realmente deseaba ganar.
La muestra de su egoísmo era el alivio que le daría detener el tiempo en este instante y obligar a que los segundos pasaran a la velocidad de minutos, mientras los minutos se transformaban en horas. Solo reunidos ellos dos. Atrapados eternamente viviendo en la ilusión.
Solo con él.
—Jugador 45–
—Preguntaste por mi nombre, úsalo —esta orden había salido de los dientes apretados de Gi-hun como el humo adormecedor de la limusina en la que habían hablado ya dos veces.
Inmediata. Sin retorno. Dominante.
Sintió un tirón de la nuca que lo obligaba a mirar a Gi-hun directamente a los ojos, le estaba jalando el cabello y arrinconándolo en el sofá para que le diera respuestas.
Él asintió, aliviado solo un poco por la indulgencia de su encuentro.
—Te escucho, Gi-hun, pero no respondiste mi pregunta.
Sus ojos no habían parado de escudriñarlo en ningún momento, como si estuviera buscando de qué hilo tirar para tenerlo a su merced. Gi-hun tragó saliva y el movimiento hizo que de uno de sus ojos se deslizara una lágrima.
—¿De verdad crees que puedes exigirme eso? ¿Y disculparte por matar a Jung-bae? —negó con sorna—. ¿Siquiera te arrepientes?
—¿No me crees?
—¿Puedo hacerlo? ¿Puedo creerte, Young-il? ¿Crees que puedo olvidar lo que pasó en esta isla hace cuatro años? ¿Que personas como tú se divierten con el dolor ajeno?
—Tuviste que subir a ese avión.
—¿Y qué? —soltó con amargura hablando más de lo que In-ho podría haber deseado—. ¿Resignarme a vivir en tu idea retorcida del feliz por siempre? ¿Eso hiciste tú?
Con esa pregunta, Gi-hun bajó la daga y dio dos pasos atrás. In-ho se dio cuenta de que estaba verificando el peso del arma e inconscientemente acarició el mango, le recordó por un breve instante a su propia mano hace nueve años: dubitativa, pero enfocada; aterrorizada, pero determinada.
Un sonido sordo atravesó la habitación cuando Gi-hun tiró la vaina sobre la mesita de madera que estaba entre ambas sillas.
—No voy a matarte, no puedo, pero si es cierto lo que dices…
—¿Me odias?
—Mandaste a tu perro al hotel después de dos años cazándote. Y le dije que quería hablar… Hablemos entonces —Gi-hun continuó casi hablando para sí mismo, como si In-ho no lo hubiera interrumpido.
—Sigues sin responder mis preguntas.
—Si crees que esto se reduce a un sí o un no, soy yo quien te ha estado sobreestimando.
Como si finalmente estuviera cediendo al agotamiento mental por medio de su cuerpo, Gi-hun caminó a la barra de licores. In-ho lo siguió con la mirada desde su asiento, lo vio pasar los dedos por las botellas caras y reposar la mano derecha sobre una de soju de frutilla que no debería estar ahí.
La promesa antes de la rebelión colgaba tácita sobre sus cabezas como el candelabro que iluminaba la habitación y le hundió el corazón cuando Gi-hun colocó dos vasos junto con la botella sobre la mesita del centro. Uno frente al otro.
—Sírvete.
Con una falsa indiferencia, In-ho controló la vibración que sintió recorriéndole el cuerpo por la palabra y exhaló el aire sobrante de sus pulmones antes de que pudiera confundirse con un suspiro. Quitándose los guantes, uno a uno, recordó las horas antes de haber dado la orden de traer a Gi-hun a la habitación del Front Man.
Su reflejo en el espejo del baño lo observaba como si fuera parte de una sátira, una burla maquinada ante la incredulidad de lo que estaba haciendo con la hoja de afeitar. Limpió la última sombra de barba incipiente en su mandíbula y dejó que el chorro de agua se llevara el resto de la espuma. Entonces fue el turno de su cabello.
Abrió los ojos, no había escuchado lo que Gi-hun había dicho. La mirada de In-ho se había desviado a la máscara sin correa que descansaba en uno de los brazos del sofá. Frente al espejo del baño había tomado una decisión al lavarse el cabello y peinarse. Si Gi-hun decidía matarlo en su encuentro, al menos le daría el rostro de quien lo había traicionado. No el Young-il incitador pero comprensivo, tampoco el Front Man indiferente y letal, sino Hwang In-ho o al menos lo que quedaba de él.
Un meticuloso porqué dicho con acciones, no con palabras.
—¿Por qué? ¿Qué hago aquí? ¿Por qué tienes tanto interés en mí? ¿Por qué no me mataste? ¿Soy tu prisionero? ¿Tu proyecto personal? ¿Un capricho heredado de Il-nam? —Gi-hun, quien había estado dando vueltas sin dirección por la habitación, se detuvo frente a la caja de música—. No respondas todavía.
Su mano se acercó con curiosidad al mueble con las figuras de la banda de jazz, pero debió notar que In-ho lo observaba, porque inmediatamente la retrajo.
—Estoy cansado de las mentiras, de la falsa gentileza, de los juegos mentales, de lo que representa este lugar —siguió hablando, esta vez caminando detrás del sofá de In-ho, quien estaba tomando todo de sí para no seguirlo con la mirada—. ¿Qué tengo que hacer para que me digas la verdad?
No podía arriesgarse nuevamente al silencio.
«Podrías pedírmelo».
—Di algo que piensas que pasó. Cualquier cosa que haya hecho o dicho. Te diré si es real o no —dijo como un ofrecimiento de paz, sin pensar mucho en lo que implicaba, entre estas cuatro paredes solo estaban dos hombres destrozados por el mismo sistema y vueltos a formar por sus propias decisiones para combatirlo a su manera—. No tienes motivos para confiar en mí y mi palabra no vale nada, pero no puedo ofrecerte nada más.
Gi-hun levantó las cejas de forma inmediata como si recordara algo torcidamente divertido, In-ho creyó oírlo musitar unas palabras que solo podían significar que el reclutador había hecho algo de más durante su encuentro en el hotel: “Podríamos jugar ruleta rusa y probar el revólver si decides mentirme”.
La decisión de In-ho fue levantar el vaso frente a él, sus huellas rojas quedaron impregnadas en el cristal. Su mano libre buscó el lugar donde la daga había estado sobre su cuello: sangre.
—Tu historia, tu esposa, tu hijo. ¿Real o no?
Sin aviso, Gi-hun cargó el revólver con una pregunta y apuntó directo al corazón moribundo de In-ho, quien con solo una palabra apretó el gatillo:
—Real.
Gi-hun recordaba exactamente tres veces que había soñado con la voz del hombre que estaba sentado frente a él.
La primera vez el Front Man había sostenido las cabezas degolladas de Sang-woo y Sae-byeok en la puerta de su habitación del Pink Motel, Gi-hun no había dudado en dispararle a quemarropa.
La segunda vez lo había tenido a sus espaldas confiando en su conocimiento previo de los juegos, el tono bañado de incredulidad de Young-il y esa mirada que rayaba en la decepción lo habían sacudido, aunque apenas llevaba una noche conociéndolo. Había algo que los unía que en ese momento no era capaz de definir con palabras y quizá ni siquiera con sentimientos. No hasta un día después, cuando pensó que lo había perdido en el enorme salón con el carrusel y las puertas.
La tercera vez había sido un reto —ahora lo sabía— disfrazado de preocupación y choque ideológico: el sacrificio de unos cuantos por un bien mayor. La alarma de su cerebro para protegerlo olvidándolo o instándolo a recordarlo y alimentarse del dolor porque los juegos y su rebelión se lo habían arrebatado.
Ahora, en la habitación de paredes oscuras y luces doradas, Gi-hun se encontraba frente al mismo dilema.
La daga, la bebé de Jun-hee, la máscara que había cubierto el rostro de Young-il. Tantos callejones sin fondo a los que correr y había tomado el más estrecho y oscuro: la conversación durante la primera noche en los juegos.
—¿Todo?
Se relamió los labios porque, aunque seguía enojado con el hombre frente a él, no podía ignorar el resto de las emociones fuera del espectro negativo que cualquier persona cuerda debería estar experimentando. Gi-hun se sentía aliviado, las palmas de las manos no le sudaban, al contrario, el agarre firme le había permitido mantener la daga en su lugar cuando se acercó a Young-il; el corazón le continuaba latiendo desbocado, sin una explicación fisiológica fuera de que no le disgustaba saber que el hombre que creía muerto estaba vivo.
Conscientemente reprimió la sonrisa que se estaba formando en sus labios, quizá haciéndolo parecer más tétrico frente a Young-il, eso tampoco le importaba. No cuando le había confesado que la conversación que habían tenido esa noche bajo la luz dorada de la alcancía gigante había sido real.
Young-il estaba casado, debía regresar con su esposa y ver nacer a su hijo. Y Gi-hun necesitaba entender por qué él estaba ahí, aunque lo hiciera sentir completamente decepcionado consigo mismo.
—¿Cambia algo? —la voz de Young-il, baja, casi quebrada, tratando de mantener la compostura, lo conectó de nuevo al presente—. ¿Te hace verme diferente el hecho de que tenga algo por lo que luchar, según tus ideales?
Gi-hun volvió a respirar. Su corazón había dejado de latir erráticamente y ahora formaba parte de una especie de sonido blanco.
—Sí. Te vuelve menos un monstruo y más un rompecabezas —dejó que el silencio los arropara por unos segundos y se volvió a sentar en la silla que le había ofrecido al inicio de su reunión, esta vez inclinándose hacia adelante como cuando el reclutador lo había visitado. Entonces preguntó—: ¿Aún tienes fe en la humanidad?
Esa pregunta había sido dirigida a Gi-hun tantas veces que había perdido la cuenta. Por qué tenía que ser él quien les diera las respuestas a estos hombres que deseaban ponerlo a prueba, por qué no notaban que él no era una singularidad, sino una muestra de la intuición humana, por qué quienes los habían colocado en estas situaciones de falso libre albedrío los veían como caballos y no como historias completas con acciones cometidas que los habían dejado en lo más bajo, pero no sin posibilidades de volver a levantarse.
—No, ya no. No cuando todos estos años he sido testigo de la verdadera naturaleza humana, si es que se la puede llamar así. Si eso es ser humano, prefiero no considerarme uno. No cuando todos son tan egoístas, brutalmente eligen engañar y ser crueles… Crueldad, esa es la naturaleza humana que tanto defiendes.
Gi-hun lo interrumpió de inmediato antes de que pudiera continuar. Había querido lanzar una carcajada seca, porque quizá este era el momento en el que Young-il le demostraba que era igual que Il-nam y la imagen del hombre fracturado y decepcionado que había sido acorralado para entrar a los juegos terminaba siendo evaporada de la frágil concepción suya que había empezado a reconstruir.
Quería reír y quería dejar que las lágrimas fluyeran en decepción, quería sacudir a Young-il de su asiento y hacerlo recordar el sacrificio de Jun-hee, las personas que participaron en la rebelión, la sangre que manchaba sus propias manos, pero que incluso así servían para acunar a una bebé que no había deseado nacer en esa cámara de eco.
—¿Eso debería sorprenderme y convertirme en un asesino en masa? ¿El egoísmo es tu gran revelación? ¿Por qué crees que tantos terminamos aquí? Y, aun así, no por eso merecemos morir —no podía creer que tenía que explicarse así—. Young-il, todos somos egoístas, todos podemos ser malas personas. Lo sé porque yo soy una de ellas. No es la revelación que crees que es…
—Gi-hun, tú has estado dos veces ahí —este fue su turno de interrumpirlo—. Has visto cómo la gente actúa bajo presión, cómo su primer pensamiento no es ayudarse y si lo hace es para luego apuñalarse por la espalda a la mínima oportunidad.
Su boca se secó, pero igualmente obligó a su lengua a hablar.
—Geum-ja se mató porque no podía soportar seguir viviendo con la culpa de que ella había matado a su hijo —no fue suave, no lo dijo para recargar la pistola y volver a disparar, sino porque lo recordaba.
—¿Ves? Fue egoísta. Te dejó con la carga de una bebé que ni siquiera pediste.
—¿Y tu idea fue hacerla participante de los juegos? —espetó y miró fijamente a Young-il.
En pocos minutos se había dado cuenta de que los rasgos del hombre se suavizaban en momentos deformando la imagen estoica de la máscara inanimada con la que Gi-hun había soñado durante esos años. ¿Lo que veía era indecisión? ¿Estaba luchando contra verlos como números o como personas? ¿O es que Gi-hun continuaba embebiéndose en el optimismo de no soltar al hombre que conoció por tres días? ¿Por qué? ¿Por qué si había visto a través de la fachada de Il-nam en uno de los puntos más bajos de su vida? ¿Por qué ahora era diferente?
—¿Real o no?
La manzana de Adán de Young-il tembló, parecía haberse vuelto más pequeño bajo su escrutinio. Gi-hun le sostuvo la mirada.
—Real.
—¿Por qué? —preguntó Gi-hun inmediatamente enderezando su espalda, alejándose unos centímetros de la mesita que los continuaba separando.
—Protección, pragmatismo, practicidad, como quieras llamarlo. Tuya y de ella. Por los vips. Te lo dije hace rato, el poder de mi puesto es limitado —haya sido o no su intención, Gi-hun notó el pequeño movimiento de los dedos de Young-il tocando la piel detrás de su oreja antes de reposar el mentón sobre su puño.
Hace dos años había tirado por el drenaje la única forma que tenían de rastrearlo desde los juegos. Seguro que le habían vuelto a colocar otro al ingresar de nuevo, no lo dudaba. ¿Pero acaso Young-il también se encontraba en la misma posición de vigilancia? ¿Acaso el puesto superior dentro de la estructura no era más que un simple título brillante?
¿Acaso cada persona que formaba parte de la maquinaria global de los juegos había empezado en el mismo borde de desesperación de los jugadores esperanzados por salir con dinero suficiente para cambiar sus vidas?
La implicación de lo que eso significaba le hundió el estómago. Estaba a dos frases de echarse a reír maníacamente y a tres de levantarse y huir para así encontrar la solución de este laberinto por su cuenta. De repente, se sentía como una hormiga perdida en túneles que no había ayudado a excavar. Y el hombre frente a él… El hombre frente a él era una contradicción viviente.
Perpetrado y perpetrador.
Las tres veces que había soñado con su voz.
—¿Qué pasa? ¿Estás decepcionado? —Young-il pareció recobrar su confianza, porque entrelazó los dedos sobre su regazo y cruzó las piernas.
Una sonrisa de suficiencia casi imperceptible que decía “¿Lo ves?” bailaba en su rostro.
—Sí. Para alguien que habla desde su propio pedestal de una forma tan desdeñada de las personas, se me hace muy irónico que tengas tu propia correa.
Su respuesta pareció sorprender a Young-il, quien desvió la mirada antes de recomponerse y exhalar como si le estuviera costando respirar. Había topado algo. ¿Qué cosa? Aún no estaba seguro de eso.
—Continúa preguntando. Tu intuición nunca te ha fallado.
Gi-hun asintió, sus manos recorrieron la tela de sus pantalones desde las rodillas hasta los muslos. El pecho le tembló al exhalar, su mirada se fijó nuevamente en la mesa y en los vasos. Necesitaba más información, necesitaba tiempo, necesitaba saber qué hacía ahí.
—¿Querías irte la primera vez que presionaste el círculo en las votaciones? ¿Fue real lo que me dijiste cuando te acercaste o no?
—No. No quería salir —la voz de Young-il salió más clara—. De hecho, no quería que nadie saliera.
—No entiendo, ¿por qué? ¿No hubieras querido ver a tu esposa lo más pronto posible? Deja de lado ser jugador o… ser lo que sea que eres ahora. ¿Por qué no salir de aquí?
En esta ocasión, Young-il fue el que se inclinó hacia adelante y tomó el vaso entre sus dedos, le dio la vuelta moviendo la muñeca con lentitud como si quisiera ser el único testigo de la luz reflejándose en el alcohol. La máscara geométrica continuaba donde la había dejado; sin embargo, el control de sus músculos faciales lo estaba traicionando nuevamente. Era como verlo ponérsela y quitársela con cada parpadeo.
El Front Man y Young-il.
Young-il y el Front Man.
—Porque es donde he estado los últimos años —respondió el hombre en el que confluían estas identidades como si le estuviera arrancando las palabras con una pinza.
La pregunta que le había hecho en la limusina hace cuatro años continuaba teniendo relevancia: “¿Quién eres?”, la misma que lo había llevado a buscarlo obsesivamente por dos años, el salvavidas más denso que el río de sangre en el que se había lanzado, que no debería mantenerlo a flote, pero que lo hacía y lo seguía haciendo.
—Hay algo que no me estás contando. Y sabes que me estoy dando cuenta, si no, no estarías dando vueltas a propósito. ¿O es que te asusta que yo sepa? ¿Cómo puedes haber estado todos estos años en esta isla si…? ¿Quién eres? —apretó los puños contra sus rodillas.
Como si aún estuviera meditando sus palabras, Young-il le dio un sorbo largo y tendido al soju en el vaso. Su postura se había vuelto más descompuesta en esos segundos, sus pupilas se perdían en la oscuridad de su mirada atormentada, el cabello se le había empezado a pegar contra la frente, el labio superior desigual le tembló antes de hablar nuevamente:
—Mi esposa lleva nueve años muerta, Gi-hun. La perdí antes de llegar al hospital con el premio de los juegos. Incluso creo que la perdí antes.
Podía culpar al alcohol por aflojar su lengua, podía culpar a la idea de llamar a Gi-hun en medio de la noche antes del juego final, podía culparlo a él. Sí, podía hacer eso, lavarse las manos y convencerse… No, no convencerse. Convencerse iba en contra de la certeza del conocimiento. ¿Por qué debería convencerse de lo que ya sabía?
El soju se había calentado de tenerlo tanto tiempo apretado en su mano, incluso luego de servirse otro vaso.
In-ho respiró en silencio por varios segundos y se permitió repensar su impulso anterior al ver que Gi-hun continuaba esperando una explicación que él no podía darle.
El silencio y el impulso, esos a los que había aplicado la cura de la indiferencia luego de la muerte de su esposa y que habían regresado como pequeños síntomas desde que tomó la decisión de unirse nuevamente a los juegos para probar la tesis de Gi-hun sobre la naturaleza humana.
¿De verdad había insinuado una protección más allá de la defensa directa a través de la violencia?
¿De verdad había creído en la posibilidad de Gi-hun de unírsele indefinidamente en este baile macabro del que eran parte por retribuciones contra un enemigo distinto?
—¿De verdad quieres desperdiciar tu tiempo desenmascarándome? —sabía la burla que sus palabras implicaban, el peso de la máscara del Front Man tiraba de su mano izquierda hacia el fondo de la isla, donde estaban todos los hilos que controlaba—. Mi turno. ¿Por qué volviste?
—No vamos a hacer eso. ¿Por qué no mentiste? ¿Por qué esa noche antes de la carrera me contaste una historia que pudiste haber inventado? ¿Por qué no lo hiciste?
—¿Entiendes la diferencia entre un artesano y un artista?
—Ambos crean cosas.
—Esa no es una diferencia.
—No has respondido mi pregunta, no responderé la tuya. ¿Por qué? —repitió Gi-hun.
—Los griegos no marcaban la diferencia entre ambos por aquello que dices, no porque no valoraran lo suficientemente los trabajos individuales de ambos tanto como para darles una significación pura; más bien era porque ambos se centraban en el hacer, los dos creaban a partir de conocimientos que ellos habían adquirido y que ponían en práctica a través de su oficio —se llevó el vaso de soju a los labios y aprovechó los segundos extras para apreciar la mirada curiosa de Gi-hun.
El deseo insaciable de tenerla solo para sí lo consumía como brasas apagadas que aún mantenían su calor interno, tentadas cada segundo a despertarse y contagiar a lo que las rodeaba o extinguirse definitivamente y pasar a ser carbón inactivo.
La luz que venía del pasillo enmarcaba su cabeza como un halo. In-ho tomó su silencio como una señal para continuar. El alcohol rodó por su garganta.
—En una obra de arte, la utilidad queda rezagada a segundo plano, como cuando admiras una escultura en lugar de preguntarte para qué sirve. La diferencia no está en la mano, sino en el producto. ¿No crees que hay algo artístico en interpretar personajes? ¿En usar una nueva máscara sobre la vieja? ¿En involucrarse lo suficiente como para que el otro lo crea y distanciarse como modo de protección porque quien interpretas no eres tú?
Las cejas de Gi-hun se dispararon hacia arriba, no era entendimiento ni reconocimiento, quizá había rastros de diversión, quizá pedazos de incredulidad. Le había revelado más de lo que pretendía, había captado más de lo que se sentía cómodo trayendo a la superficie y, aun así, no le molestaba.
—Al menos Il-nam usó su nombre real para engañarme.
—¿Sigues creyendo que eso es lo que he querido hacer todo este tiempo? —su mirada volvió a la mano de Gi-hun que sostenía la daga.
El agarre se había aflojado, sus venas no destacaban como hace unos minutos y, cuando levantó su propia botella de soju, tuvo que dejarla sobre la mesa.
—¿Debería saberlo? ¿Hay alguna diferencia? No, espera, tengo una mejor pregunta: ¿te importa que yo sepa esa diferencia?
Cuando asumió el puesto de Front Man, In-ho recobró la noción de certeza. Sí, había sido despojado de incontables rasgos que revelaban la debilidad humana, como el sentimentalismo y la creencia en la justicia, pero participar activamente en los juegos era un trabajo para un fin: no debía preocuparse personalmente por los jugadores, sino por el manejo del sistema y que todo saliera a la perfección. El entretenimiento no era su motivación, sino un resultado.
Ser policía había sido un logro por sí solo: cerrar casos, encontrar a los culpables, servir en un sistema que les daba justicia a tantas historias y aminoraba las cifras de culpables sueltos en beneficio de quienes eran clasificados como inocentes. Ahora no había personas, sino números que estaban ahí por sus propias malas decisiones —o simplemente decisiones en general si todo lo que el ser humano hacía estaba potenciado por la maldad inherente—.
Involucrarse emocionalmente lo había llevado a arriesgarlo todo por la posibilidad de seguir manteniendo lo que había luchado tanto por conseguir: su puesto en la institución, su esposa y su familia. Aceptar el puesto en la isla había cortado a cuchillo limpio los hilos emocionales de su trabajo. Casi automatizándolo. Casi desproveyéndolo de todo aquello que lo había hecho tan débil y que lo había constituido en Hwang In-ho.
Ese hombre había sido enterrado junto con su esposa. Su lugar en la tierra había sido ocupado por un cascarón y su interior estuvo vacío y libre de pulsaciones por tantos años.
Hasta Seong Gi-hun.
Este hombre era la tentación traída a la tierra, porque no había otra explicación para que In-ho tan vehementemente deseara compartirle quién había sido más que quién era ahora.
Tres identidades.
Tres personajes.
Tres máscaras.
Gi-hun había tomado ese frágil empaque y lo había puesto a prueba en condiciones similares sin saber el límite de presión que estaba destinado a soportar. E In-ho había descuidado tanto tiempo su interior que ni siquiera pensó en asignar como algo más que fascinación a este hombre que no había permitido que el río se llevara sus piezas rotas por las mismas circunstancias a las que él se había enfrentado hacía años.
Pestañeó tres veces seguidas, embriagándose en esos segundos en la dinámica a la que se había vuelto dependiente como la botella de whisky junto a su mesa mientras veía a los juegos desarrollarse. Adormecía su mente en alcohol, ahogaba sus oídos en jazz y el único riñón que le quedaba era el recuerdo final de esa vida pasada.
Asintió.
Porque sí importaba; si no, no lo habría llamado, no le habría ofrecido la daga, no estaría dándole respuestas, no lo atormentaría la posibilidad de no volver a escucharlo después de mañana.
—Pensé que necesitaba verte sufrir, pensé que disfrutaría atormentarte —su túnica gris se le pegaba a la piel sobre la camiseta negra que llevaba debajo—. Estaba equivocado.
—¿Por qué?
Luego de la fascinación vino la obsesión, esa misma que los llevó a ambos a perseguirse tanto afuera como en el ambiente controlado que eran los juegos. Debió entonces darse cuenta de que su interior no estaba hueco, sino que continuaba siendo maleable.
No lo hizo, claro.
Y ahora estaban aquí, frente a frente. E In-ho ya no podía otorgar únicamente un nombre para definir lo que sea que tuvieran entre ellos.
—Quiero que vivas, incluso si eso significa que lo hagas lejos de mí.
El silencio que le siguió a sus palabras se estiró como brea y se derramó en el cuadro místico y abrumador de Magritte que In-ho no estaba seguro de si Gi-hun también veía. Su respiración se sincronizó con sus parpadeos, espaciados e imperceptibles.
El chirrido de las patas de la silla.
Los zapatos de vestir golpeando el piso.
Los susurros de tela contra tela al avanzar hacia su sofá.
Los ojos entrecerrados de Gi-hun que lo analizaban no con intención quirúrgica, sino con una suavidad que quemaba contra sus pupilas como si estuviera viendo directamente al sol.
Así de cerca se había colocado de In-ho.
¿Le temía a lo que haría o a lo que aún no hacía? ¿Qué clase de tortura era desear cada vez más algo que no lo lastimaba, sino que se encargaba de buscar en aguas profundas los pedazos de un hombre que se creía perdido? ¿Cuántas veces más tendría que ser encerrado en ese laberinto? ¿Cuánto tiempo les quedaba?
«Condéname ahora, regrésame a mi celda. Celador, celador, descríbeme mis crímenes. Por ti añadiré los detalles crudos y tristes».
No podía ser un sueño porque esos acababan con él muriendo a manos de Gi-hun, el único con derecho para borrar su existencia, su identidad y su persona de la faz de la tierra. Su yo de hace unas horas se reía de pena, su yo del presente deseaba moverse, su yo del futuro se preguntaba por qué.
El crujido del cuero sobre un peso desconocido, aún manteniendo la diferencia de altura que existía entre ellos, aunque Gi-hun se había sentado en el brazo derecho del sofá y ya no estaba de pie, le recordó que no era el único en la habitación, que él no estaba hablándole a la nada y que la persona frente a él aún tenía que tomar una decisión.
Gi-hun se inclinó más hacia adelante, mientras In-ho continuaba mirando hacia arriba. Hace tiempo había perdido la posición de ataque y sus defensas habían sido desmanteladas con cada segundo que pasaba en el que escuchaba su voz.
Quería decir algo, pero a la vez temía romper el momento.
Los labios de In-ho se separaron al sentir la calidez del tacto delicado de Gi-hun sobre el corte debajo de su cuello que la daga había causado hace casi una hora. El escalofrío partió de la base de su nuca, bajó por su columna y se asentó en lo bajo de su abdomen.
Gi-hun no se disculpó, pero su rostro siguió acercándose peligrosamente, invadiendo su espacio personal como si no supiera el efecto que tenía sobre él. Eso hizo calcular a In-ho qué tantas posibilidades tenían de salir de esa isla con vida, ¿siquiera se le permitía ceder a la indulgencia de ese escenario? ¿O cuando el momento llegase la cobardía sería la que guiaría sus acciones?
Por un breve segundo pensó descaradamente cerrar la distancia, robar lo que sea que Gi-hun le estaba entregando y aprovechar la oportunidad antes de que fuera demasiado tarde, ese impulso desapareció tan rápido como el cuero del sofá volvió a producir otro crujido, esta vez porque Gi-hun necesitaba apoyar su mano derecha sobre el respaldar para mantener el equilibrio. Las manos de In-ho se cerraron sobre la primera superficie que encontraron: la izquierda se aferró al brazo izquierdo del sofá, pintando de blanco sus nudillos; la derecha estaba sobre su propia rodilla, aguantando la prueba del autocontrol.
In-ho podía elegir escapar en su imaginación al siguiente paso sin cerrar los ojos, pero por qué elegiría la quimera y el espejismo, cuando apenas un hilo los separaba de estar completamente unidos, piel contra piel, labios encajando como un mecanismo intrincado de una maquinaria que nadie sabía cómo detener, dientes de engranajes que se necesitaban entre sí para hacerla andar.
Ninguna grabación podía compararse con tener a Seong Gi-hun a un centímetro de distancia por decisión propia, sosteniéndole el mentón en lo alto, otorgándole benevolencia y la dicha de oler su aliento fermentado, catalogar cada arruga como dunas en una playa y contemplar la sangre que aún adornaba el lado izquierdo de su frente.
Medio centímetro. Sus narices se habían tocado.
No era un beso, ni siquiera era un roce de labios. Era una promesa que busca compromiso, garantía y decisión.
Es la versión enredada de confianza de los dos.
—No creo que vaya a poder tener todas las respuestas esta noche, pero puedo intentarlo. Y puedo esperar que hagas algo con las que te he dado cuando llegue el momento. Puede ser mañana, en unos años, puede que ni siquiera nos volvamos a ver, pero espero que nunca se te olviden.
Cada palabra era darle monedas a la casualidad de lo probable, de que la siguiente sílaba fuera la que acercara el labio inferior de Gi-hun contra el superior de In-ho, cada vez que sí lo hacía se sentía afortunado, aunque seguía sin creer en la suerte, cada vez que no se daba la oportunidad sabía que se lo merecía.
No se apartó ni cedió, se dejó tentar, recibir y dar a través de la inacción. Ese naipe había sido su némesis por tanto tiempo.
—De verdad quiero entenderte y no matarte.
In-ho reprimió un bufido con una exhalación lenta y controlada tanto por la nariz como por los labios entreabiertos. ¿Por qué apenas estaba notando las similitudes entre ambos? Su deseo era que bajara y asesinara a quienes lo querían muerto, porque, en comparación con Gi-hun, las vidas de ellos no valían nada y seguían siendo desechables en el panorama general y el largo plazo.
—Pero aún debo hacer una pregunta más.
Su poder era limitado a menos que se jugara con las reglas.
—¿Prometiste que la bebé y yo saldremos de aquí con vida?
Pero para eso solo tenía una sola palabra con la que responder:
—Real.
