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ลℓмล φэмэℓล

Summary:

Había esperado esto demasiado tiempo como para blasfemar contra el designio que finalmente se cumplía. El alma gemela era una bendición otorgada a la humanidad, y Adám era el único humano primordial que aún la conservaba.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Chapter Text

¿Qué es un alma gemela, si no es tu complemento?

Dios creó las almas gemelas desde el momento cero. No como un regalo caprichoso, sino como un equilibrio. Era algo exclusivo de los humanos, una chispa diseñada para que nadie caminara completo en soledad. Sin embargo, decidió no asignarlas directamente. En su lugar, creó un sistema autónomo, una maquinaria invisible que uniría a las almas destinadas de manera aleatoria, justa y cruel a partes iguales.

Observó con pesar que las almas gemelas de Adám no eran ni Lilith ni Eva. Aun así, confió. Sabía que, tarde o temprano, él encontraría a quien realmente lo complementara.

Lilith y Eva fueron castigadas. No con fuego ni con muerte, sino con algo peor: la ausencia. Dios evitó que alguna vez se les asignara un alma gemela. Estarían incompletas por la eternidad como castigo a sus pecados: la desobediencia y el engaño con el que llevaron a Adám a caer.

Ese castigo se extendió a los pecadores que llegaban al infierno sin haber encontrado a su alma gemela en vida. El lazo se rompía. La marca desaparecía. El fragmento del alma que continuaba existiendo era reasignado, destinado a buscar una nueva mitad en otra vida, en otro tiempo.

Pero…
¿qué ocurría cuando una mitad estaba en el cielo y la otra en el infierno?

Eso nunca se había sabido.

Era inaudito.
Un caso sin precedentes.

Y aun así, allí estaban.

Adám observaba a su alma gemela. Esa a la que había esperado durante tanto tiempo. Un pecador.

Alastor, por su parte, sostenía su abrigo a la altura del pecho, inmóvil, mirando con una sorpresa casi infantil al ángel frente a él. Un ángel exterminador.

Su alma gemela era un ángel.

Por eso el lazo nunca se rompió cuando murió. No podía romperse. Su otra mitad jamás estuvo en el mundo terrenal.

Adam apretó los puños.
Esto debía haber sido sencillo.
Solo matar a ese pecador que había visto escabullirse en un callejón.

Y ahora estaban ahí.

Una cadena dorada se extendía desde el corazón del demonio hasta el suyo propio. Brillaba con una calma insolente, como una verdad imposible de negar. Una señal clara de que estaban destinados a permanecer juntos por lo que quedara de la eternidad.

Debería estar furioso.
Debería rechazarlo.

Pero no pudo.

Había esperado esto demasiado tiempo como para blasfemar contra el designio que finalmente se cumplía. El alma gemela era una bendición otorgada a la humanidad, y Adám era el único humano primordial que aún la conservaba.

El lazo entre dos almas destinadas es único e irrompible. Cuando dos personas entran en contacto, sea del tipo que sea, sus almas se enlazan mediante una cadena invisible para los mortales. Esa cadena puede romper cualquier otro vínculo. Es solo un preludio, pues cuando el lazo se completa mediante una muestra de afecto mutuo, normalmente un beso, las dos almas se fusionan, formando una sola que ambos compartirán.

Alastor lo negó durante años.

En vida, le ilusionaba la idea de conocer a su alma gemela. Su madre le contaba historias donde el amor era destino y el destino, consuelo. Pero al morir y caer en el infierno, tuvo que aceptar que tal vez eso jamás ocurriría. Que ese tipo de milagros no estaban hechos para monstruos como él.

Y ahora la tenía enfrente.

Esa otra mitad que existiría para él.
Que estaría ahí siempre que la necesitara.

Un ángel.
Su complemento.

Y por primera vez desde que murió, Alastor sintió algo parecido a la paz.

Porque un alma gemela es todo lo que podrías desear.

Es la única persona de la que puedes estar completamente seguro de que jamás te traicionará. No por moral, no por promesas, sino porque hacerlo también la destruiría. Porque el dolor sería compartido. Porque ese lazo es tan profundo que romperlo puede llevar a encerrarse en uno mismo… y a morir por dentro.

—Tú —dijo Adam.

Bajó el arma, dejándola apoyada contra la pared del callejón, antes de inclinarse ligeramente sobre el pecador. Era más pequeño que él. Precioso.

No.
Esto no era como lo había soñado durante tanto tiempo.
Pero no lo cambiaría por nada.

Al fin se había cumplido.

—¿Cómo te llamas? —preguntó, y su voz, sin querer, se suavizó.

—Es de mala educación preguntar el nombre de alguien sin presentarse primero —respondió el Overlord.

Alastor tuvo que alzar un poco la vista para mirarlo. Alto. Demasiado alto. Imponente. Y aun así… no daba miedo. Transmitía una calidez extraña, una paz que no recordaba haber sentido jamás.

¿Así se sentía conocer a tu alma gemela?
¿Así era la paz?

Se suponía que eso no existía en el infierno.
Y aun así, la estaba experimentando.

—Supongo que tienes razón —admitió el ángel.

Sonrió mientras se quitaba el casco, dejando ver su rostro por completo.

—Me llamo Adám. Es un placer.

Extendió la mano, clara invitación a un saludo.

—Alastor… Alastor Dupont —respondió, tomando la mano del ángel.

Era cálida.

Demasiado cálida para ser real.

—El placer es mío.

El silencio se instaló entre ambos. No incómodo. No tenso. Simplemente… quieto. Ninguno parecía dispuesto a soltar la mano del otro, como si hacerlo implicara perder algo que acababan de encontrar.

Entonces, las campanadas resonaron.

El sonido profundo anunció el final del día del exterminio.

¿Quién diría que un simple descuido al salir a comprar cosas para el hotel lo llevaría a encontrarse con su destinado?

—Creo… creo que tienes que irte —murmuró Alastor.

Y aun así, no lo soltó.

Algo dentro de él suplicaba seguir sosteniendo la mano del ángel de alas doradas. Como si, al hacerlo, pudiera asegurarse de que esto no era un sueño. De que no desaparecería en cuanto diera un paso atrás.

Adam tampoco se movió.

El mundo podía esperar unos segundos más.

—Yo… tengo que asegurarme de que todas las exorcistas regresen —dijo Adam, deslizando los dedos con cuidado sobre los nudillos de Alastor—. ¿Tal vez podríamos vernos cuando termine y estén de vuelta en el cielo?

Alastor sostuvo su mirada. No hubo burla, ni ironía. Solo atención plena, algo poco común en él.

—Eso me parece perfecto —respondió el Overlord con calma—. Me hospedo en un edificio a las afueras de la ciudad. —Se acercó apenas, lo justo para que el espacio entre ambos se volviera una elección—. Es fácil de encontrar. Tiene un letrero que dice “Hazbin Hotel”. Te estaré esperando.

Adam sonrió, genuino, y sin decir nada más tomó la mano del pecador para besarla con cuidado, como si el gesto fuera una promesa sellada en silencio. Luego extendió sus alas, que captaron la luz por un instante, y emprendió el vuelo con un impulso firme.

—¡Perfecto! Ahí estaré.

Alastor lo observó alejarse, siguiendo su figura hasta que el cielo volvió a cerrarse sobre él. Permaneció inmóvil un segundo más, dejando que la escena se asentara en su pecho.

—Lindo —murmuró al final.

Y entonces, como si nunca hubiera estado ahí, desapareció entre las sombras.