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Chrome corrió con toda su energía, no tenía un destino, lo único que quería era estar lo más lejos de ese lugar que en algún momento llamó hogar. Su corazón dolía al latir, sus pulmones ardían al respirar y en su mente retumbaban las palabras de Kokuyo. “Ruri morirá”, eso gritó el jefe de la aldea tras regañar a Chrome y a Kohaku por haber ido por agua caliente de las termas y que su hija se lastimara el tobillo de camino; sin embargo, esa frase era lo único el niño no podía aceptar, podía soportar las miradas desaprobatorias y comentarios pasivo-agresivos sobre su curiosidad y pasatiempos, pero el hecho de que Ruri moriría por la desesperanza de los adultos jamás. Él lo evitaría. La salvaría. Chrome no sería como Kokuyo.
Estaba cansado, pero pese a ello seguía corriendo o eso hacía hasta que tropezó con una roca y estrelló su cara contra el suelo, ahora no solo era su interior que dolía, sino los raspones en sus palmas y el golpe en su cara. Ese era el límite de su resistencia, por lo que todas sus emociones brotaron de golpe ahogándolo en llanto. Hace mucho que Chrome no sentía sus emociones a flor de piel, no desde que sus padres fallecieron, pero al menos en ese momento tuvo consuelo, ahora se encontraba solo en medio del prado de girasoles.
Entre la aflicción y la pena del niño el cielo oscureció, sus ojos cansados se cerraron y sin más quedó dormido ahí mismo.
El camino de regreso fue eterno. Cada paso que daba era una razón para no volver y la duda lo carcomía porque el deseo de ver a su amiga sana era muchísimo más grande. Y así llegó al linde entre el bosque y la aldea; inseguro, temblando, queriendo huir hasta que vio a Kohaku recostada en uno de los soportes del puente y al verlo fue corriendo hacía él.
—¡Chrome, volviste! —Con fuerza lo abrazó y él le correspondió con duda porque no era un gesto común entre ellos—. Te buscamos por todas partes, pero cuando llegó la noche… —La niña empezó a sollozar. —No vuelvas a irte así, por favor.
—Lo siento. —Respondió con aflicción.
Ambos se separaron, se tomaron de las manos y mirándola de cerca Chrome pudo percatarse de las ojeras marcadas de Kohaku y sus ojos irritados.
—No lo sientas, no es tu culpa, mi papá no debió decir que Ruri… que Ruri… —Kohaku soltó las manos de su amigo para llevárselas a su rostro para tratar de impedir que sus lágrimas salieran. Chrome aguantaba sus ganas de llorar también. —Volvamos a la aldea, ¿sí? —Tomó de la muñeca de Chrome y dio media vuelta, pero el niño no se movió—. ¿Qué pasa?
—Y-yo... yo no voy a ingresar.
Kohaku lo miró confundida.
Chrome no podía ser egoísta, y sin embargo lo estaba siendo, no era solo él quien estaba sufriendo por los prejuicios y reglas de la aldea, sus dos más cercanas amigas también eran víctimas de las imposiciones y limitaciones de su sociedad y aun así estaba actuando pensando solo en él, pero debía poner en balance su meta y su propio bienestar. Si daba un paso dentro de la aldea ahora sentía que nada cambiaría.
—Por el momento no volveré —. Dijo con su voz temblorosa y mirando fijamente a Kohaku mientras apretaba los puños—. Dile a Ruri que seguiré buscando la manera de curarla. ¡Yo la salvaré!
Kohaku trató de interrumpirlo sin éxito, una ira se empezó a concentrar en su puño y explotó en la mejilla de Chrome abalanzándose sobre él. Ya encima le agarró del cuello de su jinbei y gritó:
—¡No puedes decir eso y abandonarla también! ¡Ella nos necesita juntos! ¿Adónde irás si no estás aquí? —Aún había tristeza en su voz.
—¡No lo sé! ¡Pero sabes mejor que nadie lo que significa resistirse! ¡Estoy cansado de aguantar, de pretender que todo está bien cuando solo sientes que te clavan cuchillos en la espalda! —Chrome apretó las muñecas de Kohaku. Temblaba—. No tengo nada más que a ustedes dos porque cuando pensé que volvía a tener un lugar seguro tu padre me demuestra lo contrario, así que por favor… por favor —Su voz se rompía hasta que finalmente quebró en llanto —. Déjame también trazar mi propio camino.
Al ver aquella reacción Kohaku lo soltó y solo quedó mirándolo soltando abundantes lágrimas.
Los gritos incesantes alertaron a los adultos quienes presenciaron la escena con tribulación, entre ellos el jefe se abrió paso junto a su mano derecha, Jasper, pero ni pudo acercarse al escuchar los motivos de la discusión. “He fallado”, pensó Kokuyo al sentir una opresión en su pecho y quedarse atónico ante la pelea. Entonces fue cuando Kohaku cuidadosamente de levantó y extendió su mano a Chrome. No dijo nada, solo lo ayudó a levantarse y cruzó el puente.
Desde ese día Chrome ya no frecuentaba la aldea pasando más tiempo de lo habitual —incluso días— a las afueras en busca de algo que pueda curar a Ruri o simplemente perdido en sus pensamientos mientras exploraba. Al inicio solo pasar por los alrededores de la aldea le revolvía el estómago, pero la sensación de libertad era algo que no cambiaría y además no estaba solo, Kohaku estaba ahí para apoyarlo. Poco después de su pelea se reencontraron en el bosque e hicieron las paces y le ayudaba en conseguir comida, ropa y herramientas que necesitaba en sus exploraciones solo hasta que Chrome perdiera el miedo de volver. También con el tiempo encontraron un lugar no muy lejos de la aldea y construyeron un fuerte donde Chrome guardaba sus minerales, rocas y plantas. Un nuevo hogar.
—¡Chrome, baja!
El niño asomó su cabeza por la entrada circular de su choza. Era Kohaku.
—Ten, Ruri te manda esto. —Le extiende un atado de tela con ambas manos—. Ella misma lo hizo, dijo que lo hizo un poco grande para que…
Chrome desenvolvió el paquete, era una capa de un tono ligeramente más oscuro al azul de su jinbei y sus emociones se mezclaron convirtiéndose en una cascada de lágrimas que trató de ocultar con uno de sus brazos. Kohaku no pudo terminar de hablar al ver la reacción de Chrome, este se puso de cuclillas abrazando el regalo de Ruri con mucha fuerza. Ella sonrió e hizo lo mismo sujetándole del hombro a modo de consuelo.
Ya llegará el día en el que Chrome, Ruri y Kohaku volverán a estar felices juntos.
FIN
